sábado, 15 de agosto de 2009

IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY

A pesar de que llevaba ya una hora cabalgando, no había conseguido quitarse el frío de encima. Había salido en plena madrugada, aún faltaba más de una hora para que empezara a amanecer y, a pesar de aquel verano de año del mil y doscientos doce estaba siendo anormalmente largo - era ya finales de septiembre l- as madrugadas eran muy frías y húmedas y, aunque bien abrigado, sabía que hasta que los primeros rayos de sol no asomaran sobre el horizonte y empezaran a calentar el aire, sólo el esfuerzo de cabalgar al trote le proporcionaba el calor necesario para soportar la dentellada del frío y mantenerse alerta, ya que la oscuridad impedía tener una buena visibilidad de las condiciones del camino. Sería una imprudencia que podría costarle cara si decidiera ir al galope aún cuando la zona que recorría era despejada, llana y sin arboleda, pero el empedrado del camino, restos de la antigua calzada romana que saliendo de Toledo pasaba por Bayona de Tajuña, antigua Titulcia romana y llegaba hasta la Cesar Augusta romana ( actualmente Zaragoza y capital del reino de Aragón), se dirigía en dirección nordeste, estaba humedecido y resbaladizo por el relente nocturno, por lo que una caída en esas condiciones no era improbable.

Llevaba recorridas unas dos leguas y estaba apenas a una de la población de Aceca, cercana al río Tajo, desde donde tomaría el camino del norte, cuando la claridad del cielo, incluso antes de que el sol asomara, ya le permitía distinguir no sólo los detalles del camino, sino hasta una buena distancia, así que puso su caballo al galope con la determinación de llegar antes del anochecer a San Martín de Valdeiglesias, aldea surgida no hacía mucho en torno a la ermita dedicada a San Martín de Tours, a unas quince leguas al nordeste de Toledo, de donde había partido en aquella fría madrugada de septiembre. Quería pasar allí la noche y descansar todo lo que pudiera, pensando que al día siguiente tendría que llegar a la ciudad amurallada de Ávila, donde empezaría a dar cumplimiento a la misión que el Rey en persona le había encomendado la tarde del día anterior, cuando estando en la herrería del Alcázar, un reducido cobertizo hecho de adobes y techado con ramas de brezo, construido adosado a la caballeriza, observando como el fornido herrero y su ayudante, que era todo lo contrario, herraban los cascos delanteros de su caballo, Crisanto Martín , capitán del ejército de Castilla, se le acercó ordenándole que le siguiera, pues el Rey demandaba su presencia de inmediato.

Ya le intranquilizó el hecho de que fuera Crisanto Martín quien le informara de la demanda, pues el Capitán era hombre cuya importancia y prestigio era mayor que el que podía sugerir su grado militar. Asturiano de origen humilde, había servido como soldado bajo a las órdenes de Fernando II, Rey de León quien se ocupó de la tutoría de Alfonso tras el fallecimiento del regente Nuño Pérez de Lara, hasta su coronación como rey de Castilla a los 14 años. Durante todos esos años, Crisanto Martín se había ganado el respeto y la admiración de todos los que le conocían, por su valentía y coraje en todos los enfrentamientos bélicos en los que había participado, ya fuera contra los musulmanes almohades o en las escaramuzas con las tropas de los reinos vecinos. Habíase ganado con mérito cada uno de los ascensos que la llevaron a alcanzar el grado de capitán y a formar parte del reducido grupo de nobles y militares más cercanos a la Corona, pues el Rey Alfonso VIII le tenía en gran estima.

Pero más le intranquilizaba el hecho de que fuera nada más y nada menos que el Rey, quien le llamara, así que no las tenía todas consigo, tanto por lo inhabitual del hecho, él era sólo un capitán del ejército de Don Diego Lope de Haro, Señor de Vizcaya que, como vasallo del Rey castellano, había venido con sus tropas luchar en la cruzada contra los musulmanes, lo mismo que lo hicieron Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y diversas Ordenes Militares estimulados por Bula del Papa Inocencio III, por lo tanto y aunque caballero y capitán, muy lejos en la pirámide de rangos militares que le hicieran pensar en la posibilidad de ser requerido directamente por el Rey.

La sensación de intranquilidad que nació en su interior cuando el capitán Martín le indicó que debería acompañarle sin dilación, no sólo no desapareció, sino que se hizo más intensa cuanto más trataba de adivinar a qué se debía esa llamada urgente del Rey.

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