EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO VII (30.12.2012)
Bertulfo estaba contento pues Teodegonda estaba satisfecha con el progreso producido en su cuerpo con la utilización de sus recetas, y así se lo había reconocido.
- Sois un buen físico Bertulfo y lamento haber sido tan dura con vos al no dar crédito a vuestras palabras sobre la recuperación de mi cuerpo tras el parto. Cierto es que me hubiera gustado que el proceso fuera más rápido, pero – continuó – aún falta mes y medio para que regrese el rey y confío en que para entonces volveré a tener la misma figura que cuando él partió para la Hispania.
- No lo dudéis, mi reina, pues no sólo recuperareis vuestra figura, sino que ésta aún será más hermosa a los ojos tanto del rey por el hijo que le habéis dado, como del esposo, pues la Naturaleza parece convertir la maternidad en una halo de hermosura que no sólo afecta al cuerpo, sino al alma, por lo que el brillo de vuestros ojos reflejará toda la felicidad que sentís y la pasión que seréis capaz de sentir para hacer que de esa felicidad goce también vuestro esposo.
- Sois un hombre sabio Bertulfo y me alegro de que seáis mi médico.
- Agradezco vuestras palabras, mi reina- contestó.
Todos los días varias veces, sus doncellas la desnudaban completamente para que pudiera contemplarse en el espejo y comprobar una y otra vez como su vientre recuperaba su forma y los pechos, que ya había dejado de producir leche, se volvían duros y firmes. Se contemplaba de frente, de perfil y hasta de espaldas merced a la utilización de otro espejo que su doncella sostenía en la posición adecuada.
A Adriana, su primera dama, le preocupaba la obsesión de la reina por su figura, hasta el punto de pensar que podría enfermar de insania, pero no sabía cómo decirle lo innecesario que era estar contemplándose varias veces al día para ver como evolucionaba su cuerpo. Aunque llevaba siendo su dama bastante tiempo y casi podría decir que hasta eran amigas, pues muchas confidencias le había hecho durante los últimos mese de la preñez, temía que Teodegonda estallara en cólera y la castigara por impertinente, pero tampoco podía dejar que aquella obsesión la condujera a un estado de enajenación que, estaba convencida, no tardaría en producirse.
Adriana, presente siempre en esos momentos de contemplación ante el espejo, no encontraba nada anormal, ni impropio de un cuerpo joven; es más, le parecía que era hermoso, bien proporcionado, de nalgas prietas, vientre armonioso y pechos firmes. Era difícil, para quien no lo supiera, que había parido hacía muy pocas semanas.
No podía permitir que enfermara de locura, tanto por el afecto que le profesaba, como por ella misma, pues si ahora, cuando todo era perfecto se comportaba de esa forma ¿quien la soportaría si su mente enfermaba? Así que una mañana, cuando le ordenó que sostuviera el espejo para verse de espaldas, cuando le preguntó cómo la veía, aprovechó la ocasión.
- Mi señora, si de vuestra espalda salieran dos grandes alas de blanco plumaje, seríais un ángel, pues tenéis un cuerpo tan hermoso, que solo con el de un ángel podría ser comparado.
- Es cierto que mi cuerpo es hermoso, pero no hasta ese extremo que dices, pues aún siento algo de flacidez en mis pechos y fíjate en mis nalgas que presentan algo de rugosidad. ¿Crees que este podría ser el cuerpo de un ángel? ¿Acaso crees que estoy tan ciega como para no ver que aún me queda camino por recorrer? Las cremas de Bertulfo están produciendo su efecto, pero aún no se ha culminado el proceso y es preciso que haya finalizado antes de que llegue mi esposo.
- Pero, mi señora, no puedo negar lo que mis ojos ven y no es por el afecto que os tengo, sino porque sé cuanto valoráis la sinceridad- contestó y además ¿creéis que el observaros diariamente varias veces acelerará ese proceso? ¿No hará que parezca todo lo contrario, pues en un día, nada o muy poco puede cambiar, si es que algo tuviera que hacerlo? ¿No sería, en caso de que tuviera que ser así, e insisto en que estáis perfecta, más reconfortante contemplaros cada tres o cuatro días para poder apreciar esos cambios que decís?
- ¿No te das cuenta de que mi esposo estará aquí en mes y medio y que para entonces nada ha de quedar en mi cuerpo como consecuencia de haber parido? ¿No entiendes que necesito asegurarme que así será y que necesito comprobarlo día a día?
- Como digáis, mi señora – contestó.
Adriana optó por no seguir insistiendo. La cabeza de aquella joven mujer que era su reina, estaba cerrada a cualquier razonamiento que no coincidiera con sus propias creencias, así que tendría que buscar las vías para hacerla entrar en razón.
Dos días más tarde se hizo la encontradiza con Bertulfo. Tenía una buena opinión de él como médico y sabía que era un hombre juicioso. Bien lo había demostrado cuando a punto estuvo de perder su puesto en la corte por hacer ver a la reina que la transformación de su cuerpo por la preñez y el parto era algo natural y que en poco tiempo recuperaría su estado anterior.
- Quisiera hablar con vos, Bertulfo, si disponéis de tiempo.
- Decidme Adriana en qué os puedo servir ¿Acaso estáis enferma?
- No se trata de mí, sino de la reina – contestó
- ¿Le ocurre algo a la reina?- preguntó alarmado
- No, no le ocurre nada que ya no sepáis – le tranquilizó.
Durante unos minutos, Adriana le habló a Bertulfo sobre el comportamiento de Teodegonda y el temor que sentía a que enfermara de insania. También le contó la conversación que había tenido con ella dos días antes y la cerrazón de la reina a aceptar cualquier razonamiento.
Bertulfo escuchaba con la máxima atención lo que Adriana le contaba.
- De verdad que no faltan motivos para que esteis preocupada, pues la mente es un arma muy poderosa y complicada que bien puede, aún sin querer, causar mal al cuerpo, cuando pierde el control; pero no veo que pueda hacer yo, si eso era lo que de mí buscabais, cuando a vos, por lo que decís, no ha querido haceros caso.
- Quizás si vos le hablarais como médico advirtiéndole del riesgo de… No, no creo que sirviera de nada. Tendría que ser algo que la
hiciera temer que su recuperación podría retrasarse si se obsesionaba con comprobar continuamente su avance… o algo parecido. ¿Qué opináis, Bertulfo?
- Algo se me ocurrirá, no os preocupéis, aunque en modo alguno puedo aseguraros el éxito del intento. Algo se me ocurrirá.
- Confío en vos y estoy segura que sabréis como proteger de sí misma a la reina.
Al día siguiente, Bertulfo solicitó ser recibido por la reina para verificar su estado de recuperación, petición que Teodegonda concedió de muy buen grado. Adriana fue testigo de la conversación que ambos tuvieron y en la que la reina respondió afirmativamente a la pregunta del médico sobre si continuaba notando los efectos positivos del tratamiento prescrito.
Después de preguntarle si sus pechos habían adquirido la firmeza deseada y habiéndole contestado ella que aún la consideraba insuficiente, Bertulfo creyó llegado el momento de intentar lo que había pensado.
- Por lo que decís, el tratamiento aún no ha logrado el efecto final previsto, algo que me tiene confundido, pues ya debería haberlo conseguido – comentó.
- ¿Qué decís, Bertulfo? ¿Estáis insinuando que podría no lograr lo que tanto deseo? ¿Es así? ¡Vamos, contestad¡
- El caso es, mi señora, que los males del cuerpo, y en vuestro caso en modo alguno pueden considerarse como tales, aunque a efectos didácticos así los entenderemos, están relacionados con los de la mente y viceversa, de tal manera que imaginando poseer una enfermedad, el cuerpo puede responder a esa idea enfermando, o que una mal corporal termine afectando a la mente perturbándola y…
- Explicaos, que no os entiendo ¿Qué queréis decir? – le interrumpió Teodegonda.
- Quiero decir, mi señora, que si el cuerpo se siente muy controlado por la mente, puede ocurrir que los remedios que le son aplicados no actúen de acuerdo con su condición, por lo que sus efectos pudieran anularse o simplemente retrasarse.
- Pero ¿qué tiene que ver conmigo eso que decís? – preguntó.
Había llegado el momento más difícil, pero no había posibilidad de volver atrás.
- Tiene que ver con vos, mi reina, porque que estar comprobando diariamente y varias veces en el día qué avances se producen en vuestro cuerpo, pudiera hacer sentir a éste que vuestra mente trata de controlarlo, y no es improbable que si así fuera, los progresos fueran menores de lo que debieran porque se haya anulado o apagado la eficacia de las cremas que os prescribí.
- Pero necesito estar segura de que el rey me encontrará …
- Lo comprendo, mi reina – se permitió interrumpirla – pero bien podéis hacer esas comprobaciones cada seis o siete días. De esa forma no solamente facilitaréis la eficacia del tratamiento, sino que os agradará ver de una forma más evidente como vuestro cuerpo progresa hacia la perfección.
- Es my duro eso que me pedís, Bertulfo, pero pondré de mi parte todo lo necesario para que cuando llegue mi señor, me encuentre más atractiva y deseable que nunca.
- Celebro que así lo decidáis, pero recordad lo que os he dicho para cuando la impaciencia os tiente. Y ahora, si no deseáis nada más de mi …
- Podéis retiraros con mi agradecimiento- concedió Teodegonda.
Adriana, que había permanecido callada durante todo el tiempo, estaba admirada por la hábil manera con la que el médico había conseguido reconducir el comportamiento de la reina. Suspiró aliviada.
CAPITULO VII (30.12.2012)
Bertulfo estaba contento pues Teodegonda estaba satisfecha con el progreso producido en su cuerpo con la utilización de sus recetas, y así se lo había reconocido.
- Sois un buen físico Bertulfo y lamento haber sido tan dura con vos al no dar crédito a vuestras palabras sobre la recuperación de mi cuerpo tras el parto. Cierto es que me hubiera gustado que el proceso fuera más rápido, pero – continuó – aún falta mes y medio para que regrese el rey y confío en que para entonces volveré a tener la misma figura que cuando él partió para la Hispania.
- No lo dudéis, mi reina, pues no sólo recuperareis vuestra figura, sino que ésta aún será más hermosa a los ojos tanto del rey por el hijo que le habéis dado, como del esposo, pues la Naturaleza parece convertir la maternidad en una halo de hermosura que no sólo afecta al cuerpo, sino al alma, por lo que el brillo de vuestros ojos reflejará toda la felicidad que sentís y la pasión que seréis capaz de sentir para hacer que de esa felicidad goce también vuestro esposo.
- Sois un hombre sabio Bertulfo y me alegro de que seáis mi médico.
- Agradezco vuestras palabras, mi reina- contestó.
Todos los días varias veces, sus doncellas la desnudaban completamente para que pudiera contemplarse en el espejo y comprobar una y otra vez como su vientre recuperaba su forma y los pechos, que ya había dejado de producir leche, se volvían duros y firmes. Se contemplaba de frente, de perfil y hasta de espaldas merced a la utilización de otro espejo que su doncella sostenía en la posición adecuada.
A Adriana, su primera dama, le preocupaba la obsesión de la reina por su figura, hasta el punto de pensar que podría enfermar de insania, pero no sabía cómo decirle lo innecesario que era estar contemplándose varias veces al día para ver como evolucionaba su cuerpo. Aunque llevaba siendo su dama bastante tiempo y casi podría decir que hasta eran amigas, pues muchas confidencias le había hecho durante los últimos mese de la preñez, temía que Teodegonda estallara en cólera y la castigara por impertinente, pero tampoco podía dejar que aquella obsesión la condujera a un estado de enajenación que, estaba convencida, no tardaría en producirse.
Adriana, presente siempre en esos momentos de contemplación ante el espejo, no encontraba nada anormal, ni impropio de un cuerpo joven; es más, le parecía que era hermoso, bien proporcionado, de nalgas prietas, vientre armonioso y pechos firmes. Era difícil, para quien no lo supiera, que había parido hacía muy pocas semanas.
No podía permitir que enfermara de locura, tanto por el afecto que le profesaba, como por ella misma, pues si ahora, cuando todo era perfecto se comportaba de esa forma ¿quien la soportaría si su mente enfermaba? Así que una mañana, cuando le ordenó que sostuviera el espejo para verse de espaldas, cuando le preguntó cómo la veía, aprovechó la ocasión.
- Mi señora, si de vuestra espalda salieran dos grandes alas de blanco plumaje, seríais un ángel, pues tenéis un cuerpo tan hermoso, que solo con el de un ángel podría ser comparado.
- Es cierto que mi cuerpo es hermoso, pero no hasta ese extremo que dices, pues aún siento algo de flacidez en mis pechos y fíjate en mis nalgas que presentan algo de rugosidad. ¿Crees que este podría ser el cuerpo de un ángel? ¿Acaso crees que estoy tan ciega como para no ver que aún me queda camino por recorrer? Las cremas de Bertulfo están produciendo su efecto, pero aún no se ha culminado el proceso y es preciso que haya finalizado antes de que llegue mi esposo.
- Pero, mi señora, no puedo negar lo que mis ojos ven y no es por el afecto que os tengo, sino porque sé cuanto valoráis la sinceridad- contestó y además ¿creéis que el observaros diariamente varias veces acelerará ese proceso? ¿No hará que parezca todo lo contrario, pues en un día, nada o muy poco puede cambiar, si es que algo tuviera que hacerlo? ¿No sería, en caso de que tuviera que ser así, e insisto en que estáis perfecta, más reconfortante contemplaros cada tres o cuatro días para poder apreciar esos cambios que decís?
- ¿No te das cuenta de que mi esposo estará aquí en mes y medio y que para entonces nada ha de quedar en mi cuerpo como consecuencia de haber parido? ¿No entiendes que necesito asegurarme que así será y que necesito comprobarlo día a día?
- Como digáis, mi señora – contestó.
Adriana optó por no seguir insistiendo. La cabeza de aquella joven mujer que era su reina, estaba cerrada a cualquier razonamiento que no coincidiera con sus propias creencias, así que tendría que buscar las vías para hacerla entrar en razón.
Dos días más tarde se hizo la encontradiza con Bertulfo. Tenía una buena opinión de él como médico y sabía que era un hombre juicioso. Bien lo había demostrado cuando a punto estuvo de perder su puesto en la corte por hacer ver a la reina que la transformación de su cuerpo por la preñez y el parto era algo natural y que en poco tiempo recuperaría su estado anterior.
- Quisiera hablar con vos, Bertulfo, si disponéis de tiempo.
- Decidme Adriana en qué os puedo servir ¿Acaso estáis enferma?
- No se trata de mí, sino de la reina – contestó
- ¿Le ocurre algo a la reina?- preguntó alarmado
- No, no le ocurre nada que ya no sepáis – le tranquilizó.
Durante unos minutos, Adriana le habló a Bertulfo sobre el comportamiento de Teodegonda y el temor que sentía a que enfermara de insania. También le contó la conversación que había tenido con ella dos días antes y la cerrazón de la reina a aceptar cualquier razonamiento.
Bertulfo escuchaba con la máxima atención lo que Adriana le contaba.
- De verdad que no faltan motivos para que esteis preocupada, pues la mente es un arma muy poderosa y complicada que bien puede, aún sin querer, causar mal al cuerpo, cuando pierde el control; pero no veo que pueda hacer yo, si eso era lo que de mí buscabais, cuando a vos, por lo que decís, no ha querido haceros caso.
- Quizás si vos le hablarais como médico advirtiéndole del riesgo de… No, no creo que sirviera de nada. Tendría que ser algo que la
hiciera temer que su recuperación podría retrasarse si se obsesionaba con comprobar continuamente su avance… o algo parecido. ¿Qué opináis, Bertulfo?
- Algo se me ocurrirá, no os preocupéis, aunque en modo alguno puedo aseguraros el éxito del intento. Algo se me ocurrirá.
- Confío en vos y estoy segura que sabréis como proteger de sí misma a la reina.
Al día siguiente, Bertulfo solicitó ser recibido por la reina para verificar su estado de recuperación, petición que Teodegonda concedió de muy buen grado. Adriana fue testigo de la conversación que ambos tuvieron y en la que la reina respondió afirmativamente a la pregunta del médico sobre si continuaba notando los efectos positivos del tratamiento prescrito.
Después de preguntarle si sus pechos habían adquirido la firmeza deseada y habiéndole contestado ella que aún la consideraba insuficiente, Bertulfo creyó llegado el momento de intentar lo que había pensado.
- Por lo que decís, el tratamiento aún no ha logrado el efecto final previsto, algo que me tiene confundido, pues ya debería haberlo conseguido – comentó.
- ¿Qué decís, Bertulfo? ¿Estáis insinuando que podría no lograr lo que tanto deseo? ¿Es así? ¡Vamos, contestad¡
- El caso es, mi señora, que los males del cuerpo, y en vuestro caso en modo alguno pueden considerarse como tales, aunque a efectos didácticos así los entenderemos, están relacionados con los de la mente y viceversa, de tal manera que imaginando poseer una enfermedad, el cuerpo puede responder a esa idea enfermando, o que una mal corporal termine afectando a la mente perturbándola y…
- Explicaos, que no os entiendo ¿Qué queréis decir? – le interrumpió Teodegonda.
- Quiero decir, mi señora, que si el cuerpo se siente muy controlado por la mente, puede ocurrir que los remedios que le son aplicados no actúen de acuerdo con su condición, por lo que sus efectos pudieran anularse o simplemente retrasarse.
- Pero ¿qué tiene que ver conmigo eso que decís? – preguntó.
Había llegado el momento más difícil, pero no había posibilidad de volver atrás.
- Tiene que ver con vos, mi reina, porque que estar comprobando diariamente y varias veces en el día qué avances se producen en vuestro cuerpo, pudiera hacer sentir a éste que vuestra mente trata de controlarlo, y no es improbable que si así fuera, los progresos fueran menores de lo que debieran porque se haya anulado o apagado la eficacia de las cremas que os prescribí.
- Pero necesito estar segura de que el rey me encontrará …
- Lo comprendo, mi reina – se permitió interrumpirla – pero bien podéis hacer esas comprobaciones cada seis o siete días. De esa forma no solamente facilitaréis la eficacia del tratamiento, sino que os agradará ver de una forma más evidente como vuestro cuerpo progresa hacia la perfección.
- Es my duro eso que me pedís, Bertulfo, pero pondré de mi parte todo lo necesario para que cuando llegue mi señor, me encuentre más atractiva y deseable que nunca.
- Celebro que así lo decidáis, pero recordad lo que os he dicho para cuando la impaciencia os tiente. Y ahora, si no deseáis nada más de mi …
- Podéis retiraros con mi agradecimiento- concedió Teodegonda.
Adriana, que había permanecido callada durante todo el tiempo, estaba admirada por la hábil manera con la que el médico había conseguido reconducir el comportamiento de la reina. Suspiró aliviada.


