martes, 30 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXI (01.05.2013)

Le dolía fuertemente la cabeza por el intenso esfuerzo de ahondar en su memoria  buscándose. Nada encontraba en ella que le dijera quien era. Sus recuerdos parecían estar al otro lado de un enorme e infranqueable muro. Toda su vida la constituían los sucesos que recordaba y estos no eran otros que el despertarse mojada y llena de barro y un vacilante caminar ¿hacía dónde? hasta que la oscuridad la envolvió. Después eran las espaldas de aquellos monjes hablando y el chirrido de las ruedas de una carreta mientras caía en un negro abismo sin fondo. Ahora estaba allí, sin saber dónde ni por qué, con su cuerpo dolorido y la aflicción clavándole en el alma sus afiladas garras.  Levantó sus ojos al cielo y el sufrimiento se transformó en una angustiosa súplica que, silenciosa, surgió desde lo más profundo de su corazón:
- Dios mío, mi Señor misericordioso, apiádate de mí pues estoy perdida. No sé quien soy ni conozco mi lugar en este mundo. Señor, me falta parte de mi vida y siento como  si con ella hubiera perdido parte del alma que Tú me diste. Dios de bondad, haz que se llene el vacío de mis recuerdos, te lo suplico humildemente. Apiádate de mi Señor, y alivia el sufrimiento de mi corazón, calma mi angustia y devuélvele la plenitud a mi alma. Por tu hijo Jesús, oye mi súplica.
Sintió el sabor salado de las lágrimas en los labios. Sentada sobre el viejo tronco de chopo, lloró silenciosamente hasta que sus ojos, secos ya, se cerraron en un sueño reparador del cuerpo y puede que también del alma.
La quietud de la noche solo era rota por los chapoteos de las nutrias pescando en los cercanos ríos Órbigo y Tuerto que flanqueban Requeixo de Alarico y algún jabalí hocicando en los sembrados.
Los muchos años  de vida monacal levantándose  para maitines y laudes  cada noche, unas veces de grado y otras por exigencia de la Regla, habían acostumbrado a  fray Apuleyo al sueño profundo, pero breve, de apenas  tres horas, así que apenas pasada la medianoche, se despertó y antes de que siquiera se hubiera dado cuenta de  dónde estaba, sus labios ya musitaban el salmo Miserére:
Miserére mei, Deus / secúndum misericórdian tuam / et secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum / dele iniquitátem meam / Amplius lava me ab iniquitáte mea / et a peccáto meo munda me/ Quóniam iniquitátem meam ego cognósco/ …
(Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa …)
Cuando abrió los ojos pudo ver que Gervasio estaba despierto, lo que le satisfizo pensando que también estaba rezando, pero interrumpió su propia plegaria la darse cuenta de que el aspirante a monje, que seguía sentado en un tronco frente a la muchacha, tenía la mirada puesta en ella como si nada a su alrededor existiera.
- ¿Duermes con los ojos abiertos o has entrado en éxtasis? – le preguntó en voz baja.
Gervasio se sobresaltó al oírle y sintiéndose sorprendido, la vergüenza subió a su rostro aunque fray Apuleyo no pudiera ver cuan rojo se ponía. 
- Pensaba que si la muchacha, que ahora está dormida, hablara en sueños, podríamos saber algo de su vida, por lo que estaba en forzada y cansada vela, tal como me habéis visto -respondió tratando de justificarse.
- ¡Ingenuo muchacho¡ Viejo soy y algo sordo, pero no del todo ciego- dijo fray Apuleyo con tono enfadado - Mañana, al atardecer llegaremos, Dios mediante, al final de nuestro viaje, así que ya poco importa saber quién es, de dónde viene o a dónde iba. Si la Abadesa de Santa María la acoge, será ella quien tenga que buscar las respuestas a esas preguntas, si es que son de su interés, así que cumple ahora con tus obligaciones y recita la plegaria de laudes, que buena falta le hará a tu alma pecadora.
Gervasio no respondió, sino que inclinando la cabeza en actitud piadosa, pareció entregarse al rezo.

El ruidoso canto de los pájaros en las cercanas choperas les despertó. El sol  aún no había hecho su aparición, pero la claridad que le precedía le permitió a Gervasio  enganchar la mula a la carreta antes de que fray Apuleyo terminara de rezar el salmo 5 correspondiente a la hora prima.
Marta seguía dormida, pero Gervasio no se atrevió a acercarse a ella para despertarla, en aras de no provocar el enfado del anciano monje. Fue este quien se acercó a ella.
- Despierta muchacha, que ya es hora de partir – le dijo mientras la zarandeaba del hombro - a menos que prefieras quedarte aquí, que sería lo más conveniente - añadió apenas en un susurro.
Marta abrió los ojos. Estaba pálida y ojerosa por el llanto silencioso de aquella noche. Su aspecto no era  nada saludable, lo que preocupaba a fray Apuleyo que temía que recayera en la inconsciencia y que tal estado fuera un impedimento para que la Abadesa de Santa María de Carrizo la acogiera en el monasterio. Era necesario mantenerla consciente hasta entonces y para ello necesitaba recuperar fuerzas, así que mandó a Gervasio que trajera un pedazo de queso y un trozo del pan que había en la saca y también que le acercara la vasija de barro bajo el pescante de la carreta - pues esta muchacha necesita hacer sangre para acabar con su palidez – añadió justificando así que hasta entonces  nada hubiera dicho de la existencia de la vasija.
Ante el gesto de extrañeza de Gervasio, que nada sabía sobre lo que el monje guardaba bajo el pescante, le dijo que se trataba de vino, el mismo que cada mañana les servían en el monasterio en cantidad de una hemina y que él acostumbraba a llevar  cada vez que salía de viaje, pues no olvidaba cuánto lo había echado en falta para calentar su cuerpo durante su primer viaje llevando la sal, ya que aunque había salido  de Moreruela con sol y calor, al segundo día el tiempo tornó bruscamente y a punto estuvo de enfermar de pulmonía por el frío y la humedad.
Marta  apenas comió y bebió un único sorbo de vino. Gervasio, a un paso de distancia, se fijó en sus ojos color miel  buscando su mirada, pero ella parecía ausente. Miraba al horizonte, sobre los chopos, hacia donde pronto asomaría el sol, pero era la mirada perdida de quien tiene el corazón desgarrado por el sufrimiento. Sintió deseos de acercarse a ella, cogerle las manos y decirle palabras de consuelo, pero…fray Apuleyo no lo contemplaría como un acto de compasión cristiana, sino como algo menos espiritual, tal como había ocurrido aquella noche cuando le sorprendió mirándola mientras dormía.

Después de lo ocurrido aquella noche y tras recitar la plegaria de laudes, se esforzó en dormir, pero no pudo. Su ánimo estaba inquieto y en su cabeza parecía haber perdido la capacidad de razonar, pues no sabía qué es lo que le estaba pasando. Aquella muchacha había despertado en él sensaciones desconocidas y contrapuestas. Mientras que un nudo estrangulaba su estómago ocasionándole dolor y desasosiego, una miríada de mariposas parecía haberse instalado en su corazón. Nunca, hasta ahora, había  sentido nada igual, por lo que no sabía si era algo bueno o desagradable a los ojos de Dios. Necesitaba el consejo de un hombre sabio y bueno, pero aunque esa consideración le merecía fray Apuleyo, no creía que fuera el más indicado para confesarle lo que le estaba pasando, pues ya le había juzgado aquella noche,
Gervasio, por indicación del monje, ayudó a  Marta a subir a la carreta, donde se acomodó sin siquiera preguntar a dónde iban. La verdad es que no le importaba. ¿Cómo le iba a importar tal cosa a quien  ni siquiera sabía como se llamaba o quién era?.
Fray Apuleyo, como en años anteriores, seguiría el curso del Órbigo por su margen izquierda, pues el camino era mejor, conservando aún en algunos tramos restos que indicaban que en el pasado había sido una importante vía de comunicación entre las poblaciones ribereñas. Quedaban solamente unas seis leguas hasta Carrizo, así que  antes de que el sol se ocultara tras el Teleno habría culminado  el que para él era su último viaje.
El terreno llano favorecía la marcha y no tardaron en cruzar los asentamientos  de Soto y Vecilla para adentrarse ya en las aldeas del alfoz de San Cristóbal  que apenas – comentaba fray Apuleyo – habían crecido desde que las conociera en su primer viaje. Veguellina, a la misma orilla del Órbigo, contaba con media docena de rústicas construcciones de barro, mientras que San Román, alejado del río unos cientos de varas, tenía una población mayor y sería en el siglo siguiente, sede de la Orden Militar de Malta u Hospitalaria de San Juan de Jerusalén al mando de un Prior militar, y que dio lugar a que la población empezara a ser conocida como San Román del Priorato. Siguiendo el camino, que nuevamente les llevaba a la orilla del Örbigo, se acercaban a Villamediana, cuyo nombre no tenía relación con su tamaño, sino con su localización a medio camino entre San Cristóbal, a cuyo alfóz pertenecía y  Villa Aurea o Villoria, que en el pasado fuera campamento de la Legio VII Ferrata e importante nudo de comunicaciones al pasar por la localidad la Vía que desde Astorga llegaba a León para seguir a  Zaragoza, así como por  formar parte del Camín Real que unía la Meseta o La Mesa con Asturias. Como todas las  viejas aldeas y los nuevos asentamientos a lo largo del Órbigo, Villamediana se había levantado paralelamente al río, quedando sus tierras de cultivo al oeste. Hasta estas tierras llegó el monótono chirriar de los ejes de la carreta que hizo que algunos labriegos que laboraban en la recolección del trigo enderezaran, curiosos, sus corvas espaldas. 
De la misma forma que le ocurriera al ver por primera vez la Vega del Jamúz, Gervasio contemplaba  admirado aquella llanura  que, desde la densa fronda de chopos a lo largo del cauce fluvial, se extendía sin sobresaltos orográficos entre el cordal del Teleno al oeste y la Cordillera Cantábrica, pues de ella formaban parte las montañas que se veían al norte, según le dijo fray Apuleyo.  El camino continuaba desde Villamediana a la aldea de Seisón, a unas trescientas brazas, desde donde se divisaban ya las casas de la población a la que los romanos llamaban Villa Aurea por el potencial aurífero del río que la regaba, nombre  que con el paso del tiempo derivó en Villoria. 
Al salir de Villamediana se encontraron con un rebaño de ovejas ocupando todo el ancho del camino y custodiado por dos enormes mastines, obligándoles a moderar la marcha, para contrariedad del fray Apuleyo.
- ¿Cuánto creéis que pesarán esos enormes perros, fray Apuleyo? –preguntó Gervasio.
- Más  de quintal y medio - contestó- pues el mastín, que de esta raza son los que ves  y me atrevería a decir que es el mastín leonés, es uno de los perros de mayor peso, lo que lo hace especialmente útil para pastorear en tierra de lobos. ¿Ves la carlanca con que el pastor les protege? No hay lobo que se atreva a lanzarse a su cuello? 
- Fray Apuleyo estaba locuaz, pues mientras Gervasio conversara con él, y aunque ello supusiera el incumplimiento  de la regla del silencio, no estaría pensando o pendiente de la muchacha a la que pronto dejarían en manos de la Abadesa del monasterio de Santa María de Carrizo.
Marta permanecía ajena a todo. Ni el paisaje, ni la conversación entre los dos religiosos, ni el sol que caía a plomo parecían importarle. Su cerebro seguía incansable buscando cualquier grieta o fisura en el muro que le separaba de su vida pasada. Su mundo actual apenas tenía cuatro días de existencia y se negaba a aceptar la inexistencia de una vida anterior. Tenía que recuperar el mundo que se le había ido de la cabeza. Su vida presente carecería de sentido si no lograba saber quien era. 

lunes, 29 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XX (30.04.2013)

     -  ...Y los caballos se asustaron, derribándome a mí el mío y desbocándose el de mi esposa que pronto, y bajo aquella intensa lluvia, desapareció entre la arboleda sin que pudiera yo nada pudiera hacer, pues quedé atrapado bajo mi montura y con la pierna rota, como podéis ver.
El alguacil escuchaba con atención lo que Leopoldo López le contaba sobre la desaparición de su esposa, una vez superada la desconfianza inicial provocada por la indumentaria del ex Regidor, cuando éste le dijo que se trataba de un pudiente comerciante tortosino que iba de peregrino a Compostela para pedir  al Apóstol que intercediera para que su esposa, enferma de insania desde que muriera su hijo a las pocas semanas de nacer, recuperara la cordura.
- … así que, dado que nuestro desgraciado accidente se produjo cerca  de esta ciudad, es posible que – y ojalá haya sido así – hasta aquí haya llegado, por lo que os ruego, y sabré agradecer adecuadamente vuestra dedicación, hagáis que vuestros alguaciles recorran las calles en su búsqueda así como los alrededores, por si su caballo la hubiera derribado, lo que no es improbable, ya que no siendo buena amazona estando cuerda, con su salud tan gravemente dañada…
- Haré que dos de mis hombres busquen por  la ciudad y que otros dos recorran  el camino desde donde tuvisteis el accidente hasta  aquí. Si ha llegado a la ciudad no será difícil encontrarla, pero si no ha sido así y está perdida entre la floresta o ha sufrido una caida …deberías preparaos para lo peor.
- Lo sé, lo sé – contestó Leopoldo López con voz apenada- pero mi corazón me dice que está viva y que no desespere. Disponed según acabáis de decir, pero no olvidéis, por si la encontráis,  que en su locura podría deciros cosas extrañas que su mente enferma le dicta y a las que no debéis dar crédito pues…
- ¿Cosas extrañas decís? ¿Cómo cuales? – le interrumpió el alguacil.
- Decíroslas me produce vergüenza y dolor, por lo que os ruego me libréis de repetirlas, salvo que insistías por necesidad de vuestro trabajo.
- Comprended que no es otra la razón que la de mejor hacer mi oficio, ya que cuando una mente enferma dice cosas extrañas, a veces es conveniente fingir que se comparten para así ganarse  su confianza y poder traerla o llevarla dócilmente, según me han contado algunos físicos de los que con frecuencia pasan por aquí peregrinando a Compostela.
- Sin duda sois un hombre tan inteligente como parecéis y comprensivo, por lo que os diré que, para mayor dolor de mi corazón, desde hace varios meses a mi esposa se le ha metido en la  cabeza que es otra persona, que yo no soy su esposo y que la llevo conmigo a la fuerza. Incluso en ocasiones dice que su marido es un noble castellano, alcaide de no sé que castillo- dijo poniendo cara de enorme pena.
- Lo que me decís es, efectivamente, muy doloroso y comprendo bien vuestro sufrimiento. Intentaré traérosla lo antes posible si se encuentra en la ciudad o en los alrededores. Decidme donde os vais a alojar para avisaros del hallazgo.
- El caso es que si no la encontráis antes de media tarde, habría de colegir que su caballo desbocado la ha llevado muy lejos de aquí, por lo que tendría que reanudar su búsqueda por las poblaciones próximas. No podría pasar la noche durmiendo en una posada mientras mi esposa está perdida o yace malherida en algún camino expuesta a las alimañas. Yo buscaré también por la ciudad y si os parece bien, cada hora pasaré por aquí por si hay nuevas.
- Como deseéis – concedió el alguacil. Y ahora prepararé la búsqueda que espero sea fructuosa.
- Ruego a Dios Nuestro Señor para que así sea- dijo el ex Regidor a tiempo que se despedía.
Salio del cuartel satisfecho por como se había desarrollado la entrevista con el alguacil. Si por un casual encontraban a Marta De La Fuente y ésta le contaba quien era y lo que había ocurrido, el alguacil no la creería, poniéndola en sus manos otra vez.
Esperaría, tal como le había dicho al justicia, hasta media tarde y si para entonces no la habían encontrado, desandaría el camino que habían traído desde Urueña y preguntaría en todas las poblaciones que encontrara y, si era necesario, llegaría hasta Cuéllar para dar con ella, confiando en que, con su astucia y el disfraz de peregrino, nadie podría reconocerle.
Su pierna herida no le permitía permanecer de pie mucho tiempo y menos aún caminar un largo trecho, así decidió pasar la espera sentado en el interior de la iglesia de Santa María.
Ató el caballo a una argolla encastrada en uno de los muros de la iglesia y entró en el recinto sagrado que tenía planta de cruz latina, de tres naves y cinco ábsides en la cabecera y con los pilares cruciformes. Era una iglesia magnífica, tuvo que reconocer. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo ver que no había más de una docena de fieles en el templo, arrodillados algunos sobre las toscas losas de pizarra del suelo y de pie otros, esperando todos, quizás, el inicio de los Oficios. Se sentó en un banco de piedra adosado a la pared de la nave izquierda  intentado aliviar el dolor de su pierna, pues la tintura que le había puesto en ella el médico de la Judería, había dejado de producir su efecto sedante. Recordaba la advertencia del galeno sobre que no se excediera en la toma de medicina que le había dado ya que podría causarle grave daño, así que soportaría el dolor como mejor pudiera hasta que al anochecer tomara los polvos de harpago.
Notaba que cuando conseguía  dejar la mente en blanco durante un buen rato, el dolor desparecía, pero le era imposible mantenerse así todo el tiempo, pues al menor descuido, su cabeza se llenaba con las imágenes de todo lo ocurrido desde que saliera  de Urueña con Marta y entonces la rabia que sentía, hacía que la sangre fluyera alocada por sus venas y que su estómago se encogiera hasta producirle náuseas… y el dolor volvía con más intensidad como para que no se olvidara de que aquella pierna rota era consecuencia de lo ocurrido.

Salió a mediodía para tomar un refrigerio en una taberna próxima a la plaza y después se acercó al cuartel del alguacil, que encontró cerrado, por lo que supuso que no había nueva alguna sobre el paradero de Marta ya que los justicias la estarían aún buscando. Como el calor apretaba, se refugió nuevamente en la penumbra y frescor de la iglesia donde permaneció  hasta media tarde cuando de nuevo volvió al cuartel que, entonces ya abierto. 
¿Habrían encontrado a Marta? ¿Cómo reaccionaría cuando le viera entrar por la puerta? La pierna entablillada le impedía caminar con la celeridad que le impelía la necesidad de conocer la respuesta a esas preguntas.
Aún no se habían adaptado a la penumbra sus ojos, cuando oyó al alguacil:
-   Ni en la ciudad ni el los alrededores hemos encontrado pista alguna que nos permitiera localizar a vuestra esposa- le informaba el alguacil – y ni siquiera hemos podido encontrar a alguien que la hubiera visto ya fuera aquí o por los caminos de la comarca. Lamento que así haya sido, pero colijo que vuestra esposa puede estar lejos de aquí, aunque no podría deciros en que dirección.
- Os agradezco, no obstante, vuestros interés y trabajo y también el de vuestros hombres. Aceptadme, como muestra de mi agradecimiento, estas monedas para que os regaléis unas jarras de vino, que tengo entendido que el de esta comarca agrada y mucho a los buenos paladares.
- Pues nos las beberemos a vuestra salud y brindaremos por que encontréis pronto a vuestra esposa y por su recuperación.
- Os lo agradezco, y ahora he de irme  continuar  su búsqueda. Quedad con Dios - se despidió
- Y que Él os acompañe- respondió el alguacil.
Minutos más tarde el ex Regidor de Cuéllar, profundamente decepcionado y lleno de rabia, salía de Malgrat en dirección sureste. 

domingo, 28 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XIX (29.04.2013)

Siguendo las indicaciones de Silvestre, el Capitán y Lucas, cabalgando sin descanso, no tardaron en llegar a la población de Destriana. El terreno era suavemente ondulado, con escasa vegetación a excepción de la propia de las riberas de los ríos, que posibilitaba mantener un trote ligero que, al atardecer, les llevó a las puertas  del recinto amurallado que antaño había sido capital del Conventus Asturicum, Asturica Augusta, hasta que el emperador Diocleciano la privó de tal capitalidad
Astorga era una ciudad de obligado paso para quienes peregrinando a Santiago optaran por el camino  franco-navarro. Situada sobre  un cerro y circundada por el río Jerga, dominaba el valle del Tuerto. Su condición de diócesis  había favorecido la fundación de iglesias tanto intra como extramuros,  el hospital de San Juan Bautista para asistencia a los peregrinos, así como la catedral de Santa María, levantada sobre los cimientos de otra anterior.
Iñigo Aldai y Lucas subieron la empinada ladera sur del cerro y entraron en la ciudad, en cuya parte más alta se levantaba la catedral. La plaza entre la catedral y la iglesia de Santa Marta estaba  muy concurrida y aunque atardecía, las antorchas y candiles  en las puertas de algunas posadas y albergues cercanos, permitían contemplar  sin dificultad el transitar de aquellas gentes, entre la que destacaban los peregrinos, fácilmente identificable por su hábito y sin que faltaran rateros dispuestos a aliviarles la bolsa, mendigos o putas que entre risas y requiebros ofrecían sus servicios.
Lucas, cumpliendo lo dispuesto por el Capitán, pronto pudo saber que los peregrinos que pasaban por Puente de Órbigo entraban en Astorga por el camino del oeste una vez que dejaban atrás San Justo de la Vega, así que, con la esperanza de que ese camino fuera el tomado por el ex Regidor y Marta, se apostaron cerca de la entrada, desde donde gracias a la luz que proyectaban las antorchas situadas a ambos lados de la puerta amurallada, podrían ver a todo aquel que la cruzara. 
El flujo de peregrinos fue disminuyendo a medida que la oscuridad se iba adueñando del firmamento  que, ausente la Luna, lucía en todo su esplendor y al que la Vía Láctea parecía dividir en dos mitades. A media noche ya no había gente por las calles y el silencio reinaba en la ciudad, roto ocasionalmente por el ladrido de algún perro. No obstante, el Capitán y Lucas, turnándose, estuvieron en vela, pues las puertas de la muralla no se cerraban – no sólo quedaban lejos los tiempos en los que Al-Mansur Billah, más conocido como Almanzor, había arrasado la ciudad, sino que quedaba muy al interior del Reino de León como para temer una incursión castellana o portuguesa si fuera el caso – facilitando así la llegada de los peregrinos, y con ellos  la pujanza mercantil de la diócesis de la que era obispo Pedro Andrés.
El Capitán sabía que el raptor de su esposa era tan astuto como malvado, por lo que no descartaba que se aprovechara de la noche para entrar en la ciudad y así pasar desapercibido. Pero una vez más, el amanecer fue testigo de su decepción, al tiempo que también lo era del despertar de la ciudad, cuya puerta de salida hacia la templaria Ponte Ferrata, no tardó en verse  llena de peregrinos que continuaban su camino  a Compostela.
A media mañana su espera seguía siendo infructuosa.
El Capitán dijo a  Lucas que ensillara los caballos, pues no tenía sentido seguir esperando allí, ya que si las estimaciones de maese  Silverio no eran erróneas, su esposa y el ex Regidor tendrían que estar en el camino de Puente de Órbigo a Astorga, o bien no iban a Compostela, como le habían dicho al maese de cómicos y, en este último caso, encontrarlos sería una labor extremadamente difícil, aunque no por ello  perdería la esperanza de encontrar y rescatar a su esposa.
- Recorreremos el camino hasta Puente de Órbigo y si no los encontramos, seguiremos hasta La Bañeza y de allí a Malgrat nuevamente.
- Creo Señor, que maese Silverio dijo la verdad, pues agradecido os quedó por salvarle la vida  y sus bienes, así que yo también creo que pudieran estar en este camino ya que no lo estaban en el que recorrimos hasta Senabrie. Es más Capitán, algo me dice, y no sé qué es, que están muy cerca.
- Esa misma sensación tengo yo Lucas, así que partamos pues sin más demora hacia Puente de Órbigo y que Dios Nuestro Señor nos ayude en nuestra búsqueda.
Montaron y salieron al trote dispuestos a recorrer las tres leguas de distancia que hasta allí había, lo antes posible.


sábado, 27 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XVIII (28.04.2013)


Gervasio sabía que tendría que confesarse, pues lo que estaba haciendo, además de ser impropio de un monje o postulante a monje, era faltar a la caridad. Estaba  pidiéndole a su santo favorito, San Nemesio, que intercediera ante el Supremo para que aquella muchacha no recuperara la consciencia antes de la cercana población de Jiménez donde fray Apuleyo tenía intención de dejarla si salía de su desmayo.
Seguía pensando que encontrarla había sido el hecho más destacado de su vida y que, aún no sabía bien por qué, al haber sido él quien la descubriera tirada en aquel ribazo del camino, era responsable de su vida. En su imaginación, más proclive a fantasear con aventuras terrenales que espirituales, que hubieran sido las más propias por su condición de postulante a monje cisterciense, él era un  audaz caballero que había rescatado de los brazos de la muerta a aquella doncella que quedaba prendada de él por su valentía y prestancia y que un día ella, rendida a sus pies, le entregaría la pureza de su amor.
Las preces a San Nemesio se alternaban con el  recuerdo de aquellas gotas de agua  que resbalando por la barbilla de la muchacha desaparecían entre sus senos.
Había cerrado los ojos para concentrarse mejor y tan abstraído estaba que no se dio cuenta de que entraban en la población que fray Apuleyo dijo que  llamaban Jiménez de Jamuz.
- ¿Ha vuelto ya en si? – preguntó el fraile
Gervasio tardo unos instantes en regresar de su mundo de fantasía al de la realidad.
- No, fray Apuleyo, sigue dormida y su respiración – se fijó en su pecho que subía y bajaba lentamente – sigue siendo débil, como si estuviera a punto de detenerse.
El anciano fraile, contrariado, murmuró algo entre dientes.
- ¿Qué decís, fray  Apuleyo, que no os he oido?
- Nada, nada, que no podemos entonces dejarla aquí al cuidado del cura- contestó para satisfacción de Gervasio que, al darse cuenta de donde estaban, temía que  hubiera llegado el momento de que la muchacha se quedara en el pueblo.
- ¡Qué contrariedad, Señor¡ - seguía hablando entre dientes fray Apuleyo -¿Qué  te he hecho para que me castigues de esta forma en mi último viaje? Si merecería algún castigo podías haber hecho que se soltara una rueda de la carreta, o que las lluvias  nos hubieran impedido vadear el río, pero …Señor, encontrar una mujer  sola y malherida en el camino, sin saber quién es, ni de donde viene ni a dónde quería ir… y por si te pareciera poco, además joven y aunque sucia y harapienta, capaz de perturbar a este muchacho que sin mucha convicción, por lo que parece, quiere convertirse en tu siervo. Pero ¿quién soy yo para juzgar tus planes, Señor? – la firmeza de su fe se imponía sobre sus conveniencias terrenales -  Si tu voluntad es que siga con nosotros, seguirá hasta que se despierte o una señal tuya nos indique que debe irse.
Dejaron atrás Jiménez llegando a  media tarde a las proximidades de La Bañeza, aunque no entraron en ella para evitar el portazgo o pontazgo al cruzar el río que llaman Tuerto. Fray Apuleyo le explicó a Gervasio que bordeando  la población por el sur, aunque ello suponía un pequeño rodeo, podían vadear el Tuerto en una zona muy poco profunda aguas abajo de La Bañeza  muy cerca de donde el Tuerto vertía sus aguas al Orbigo y que después seguirían el curso de este, siempre al norte, llevándoles sin perdida hasta el monasterio de Santa María de Carrizo, final de su viaje.
Las choperas que  se miraban en las aguas del Órbigo formaban en todo el recorrido del río una muralla arbórea tan alta y espesa que ni la luz del sol era capaz de penetrarla, por lo que el camino que transcurría bajo ellas estaba en penumbra durante el día y en la más absoluta oscuridad durante la noche. No era el mejor lugar para pernoctar – ya se estaba acercando la hora – así que fray Apuleyo decidió que lo harían en los aledaños de la iglesia de Requeixo de Alarico, bajo la protección de Santa Leocadia, a la que estaba dedicada su iglesia.
Quiso la Santa o el azar, que mientras tomaban una frugal cena consistente en un mendrugo de pan y un pedazo de queso duro, la muchacha que yacía en la carreta recobrara el sentido. Al abrir los ojos, Marta no vio otra cosa que un cielo poblado de miríadas de estrellas y, a pesar del natural aturdimiento producido por tan largo tiempo privada del sentido, pudo distinguir sobre su cabeza la  Osa Mayor y a su derecha a Cassiopeia, Conocía los nombres de muchas estrellas, aunque ahora no recordaba quién se los había enseñado. Al intentar incorporarse, el gemido que salió de su garganta hizo que Gervasio a punto estuviera de atragantarse con el pedazo de queso duro. Su corazón se aceleró y levantándose rápidamente corrió hacia la carreta, que estaba a unas cuatro o cinco varas de donde se habían  sentado para dar cuenta de sus escasas viandas. Llegó a su lado cuando ella había logrado incorporarse.
- Bendito y alabado sea el Señor, pues te has despertado No temas, estás entre amigos – dijo tratando de tranquilizarla al ver el gesto de ella echándose hacia atrás.- Somos monjes y… bueno el monje es él, fray Apuleyo y yo sólo soy postulante. Déjame que te ayuda a bajar de la carreta para que cenes con nosotros y nos digas quién eres y qué te ha ocurrido.
Marta recordó entonces que había visto a dos monjes  de espaldas hablando entre sí, aunque no sabría decir si la visión había sido real o en un sueño. Con un notable esfuerzo, más por su estado que por la altura de los adrales, bajó de la carreta. Gervasio tuvo que agarrarla  por un brazo para que no diera con su cuerpo en el suelo, pues la pérdida de sangre y los dos días de postración y sin alimento, la había debilitado hasta el punto de resultarle dificultoso mantenerse erguida.
Fray Apuleyo, que también se había levantado, la cogió por el otro brazo al tiempo que le decía que no temiera, que estaba entre hombres de Dios y que pronto se restablecería de sus heridas. Entonces Gervasio cayó en la cuenta de que no le había aplicado las medicinas que le había dado el monje enfermero en Santa María de Nogales.
Cuando Marta intentó masticar un pedazo de queso que le entregó fray Apuleyo, un pinchazo de dolor en la sien  hizo que llevara una mano a la herida, cubierta por el apósito que le había colocado el fraile enfermero en Santa María de Nogales.
- ¿Qué me ha ocurrido? ¿Por qué este vendaje? – preguntó extrañada- Y mis piernas ¿qué les ha pasado a piernas que están arañadas y mi rodilla ennegrecida? Decidme ¿que me ha ocurrido? ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es este y por qué estoy aquí con vosotros? ¿Cuándo …?
- ¡Cálmate, muchacha, vamos, tranquilízate¡ - le cortó fray Apuleyo. No nos hagas preguntas cuya respuesta desconocemos, pues sólo a algunas de ellas podemos responder. La venda en la cabeza  cubre la herida  de la frente, aunque no sabemos ni cómo, ni dónde ni cuándo te la has hecho y lo mismo sobre el estado de tus piernas y rodilla. Y sobre por qué estás con nosotros, se debe a que este imprudente muchacho que postula para monje, te descubrió malherida en un ribazo del camino y como su poco juicio pudo más que su sentido común empeñándose en que dejarte en manos de Dios sería faltar a la caridad cristiana, te subió a nuestra carreta en la que has permanecido dormida desde hace dos días. 
Gervasio permanecía en silencio. Sentía la sequedad de su garganta y sabía que sería incapaz de pronunciar palabra alguna. La voz de aquella muchacha, había entrado por sus oídos y llegado no sólo a su cerebro, sino también a su corazón. No era la voz de un ángel, pensó, sino la de un arcángel, pues de todos es sabido que al estar más cerca del Creador, su voz es más bella, más celestial. Quería  cambiarle las vendas de la frente y de la rodilla y aplicarle los cataplasmas que le había preparado el fraile enfermero, pero sus manos temblaban demasiado - no sabía por qué – y tampoco recordaba cuál había de aplicar en cada lugar. El fraile había insistido en que no confundiera el de la cabeza con el de la rodilla, pues podría causarle grave daño, pero ¿dónde el de verbena? ¿dónde el de caléndula? Su corazón, que latía muy rápido, parecía negarse a enviar sangre a su cerebro, pues era incapaz de pensar con claridad. Era como  en algunas ocasiones en el monasterio cuando, durante los oficios, el humo del incienso casi hacía irrespirable la atmósfera del templo.
Marta estaba sentada sobre el tronco de  un chopo caído. Fray Apuleyo permanecía de pie y él se sentó sobre otro tronco de los muchos que por allí había, frente a ella. La destrozada capa de peregrino  de Marta apenas cubría sus piernas hasta las rodillas, dejando al descubierto las pantorrillas arañadas de las que Gervasio era incapaz de retirar la mirada. Había Luna nueva pero el cielo estrellado hacía que  la oscuridad en plena noche, en los aledaños de la iglesia de Santa Leocadia, no fuera tan intensa , aunque suficiente como para que fray Apuleyo no pudiera darse cuenta de lo que le ocurría a Gervasio, por fortuna para el postulante, pues de haberse percatado, la ya mala opinión que le merecía como aspirante a monje, hubiera empeorado de forma tan notable que seguramente su camino hacia el monacato se hubiera terminado con el regreso a  Santa María de Moreruela.
- Y ahora dinos tú  qué es lo que te ha ocurrido ¿cómo te has hecho esas  heridas?- preguntó fray Apuleyo.
- No lo sé- respondió ella – No lo recuerdo.
- Pues entonces dinos quien eres, cómo te llamas y de dónde eres, que eso si lo recordarás.
- Me llamo… me llamo… ¡Oh Dios mío¡ ¡No recuerdo mi nombre!- exclamó asustada.
- ¿Cómo no vas a saber tu nombre? ¿Te burlas de nosotros que te hemos auxiliado?
- No, no. Os lo aseguro. No recuerdo mi nombre…¡Ay, Señor! ¿qué me está pasando?
El tono de su voz era tan angustioso que fray Apuleyo se estremeció. Gervasio sintió como el vello de sus brazos se erizaba.
- Pero  al menos sabrás de dónde eres o de dónde vienes- afirmaba más que preguntaba fray Apuleyo, aunque sin gran convicción - porque esa capa, o lo que queda de ella, es propia de quien peregrina a Compostela.
- No sabría decíroslo, pues lo único que recuerdo es que me desperté en un lugar desconocido, mojada y cubierta de barro y que caminé hasta que las fuerzas me abandonaron. Y tampoco sé porque llevo esta capa - respondió acongojada
- Así que no sabes como te llamas, ni tampoco de dónde eres, ni de donde vienes, ni a dónde ibas, ni cómo te has herido, ni nada de nada. ¡Señor, Señor¡- exclamo mirando al cielo estrellado - ¿Por qué este castigo en mi ancianidad? ¿No te parecía bastante el tener que hacer mi último viaje acompañado por este muchacho que pretende servirte sin otra motivación que huir de la pobreza de su casa? ¿Te das cuenta a dónde nos ha llevado ese errado sentido  tuyo de la caridad y que no es otra cosa que imprudencia? – preguntó enfadado a Gervasio- ¿Qué hacemos ahora? Dímelo tú que veías en todo esto la mano de Dios. Ya la has oído. No sabe quien es, ni dónde está su casa. ¿Dónde ves ahora la mano del Creador?
Gervasio agacho la cabeza. No sabía que contestar. De pronto tuvo una idea que aplacaría el malhumor del fraile y solucionaría el problema creado.
- No os enojéis conmigo fray Apuleyo, pues si cierto es que el no saber quién es la muchacha ni dónde vive, nos impide entregarla a su familia, no lo es menos que nuestro viaje termina en el cenobio de Santa María de Carrizo, donde seguramente la aceptarán de buen grado como miembro de la comunidad y quien sabe si todo lo ocurrido forma parte de un plan del Señor para que esta muchacha tome los hábitos para Su mayor gloria y la de su Santa Iglesia. ¿No lo veis así?- preguntó con voz melindrosa.
- Ya lo veremos mañana, al anochecer, cuando lleguemos a Carrizo – respondió, dándose cuenta de que aquellas mismas palabras habían sido las pronunciadas por el Prior de Santa María de Nogales - Y ahora durmamos, que ya es muy tarde. Tú – dijo dirigiéndose a Marta- puedes echarte en la carreta si lo prefieres.
- Pero antes debo cambiar los cataplasmas de sus heridas- dijo Gervasio.
- Con tan poca luz no lo podrás hacer, así que espera a mañana. 
- Recordad fray Apuleyo que la primera cura fue ayer por la noche y el fraile enfermero dijo que había que cambiar los apósitos la noche siguiente, es decir, ahora, y por la luz no os preocupéis, pues bastante hay para poder hacerlo con seguridad.
El anciano fraile no se molestó en responder.
Cuando Gervasio no tenía ocupada su mente con fantasías, era capaz de encontrar salidas a las situaciones comprometidas que pudieran presentársele, así que mientras fray Apuleyo se lamentaba por lo ocurrido, se le ocurrió que si al quitarle el cataplasma de la herida de la cabeza lo olía y también lo hacía con los que el enfermero le había dado, sabría dónde tenía que poner cada uno y al hacerlo por la noche, nadie le vería olerlos. 
Con la autorización tácita de fray Apeyo para hacer la cura, y tras respirar profundamente para tranquilizar su corazón, se acercó a Marta. Esta, llena de angustia por lo que le estaba pasando y que no entendía, no había prestado atención a la conversación de los dos religiosos, por lo que la acercarse Gervasio, se  echó ligeramente hacia atrás.
- No tengas miedo, solo voy a curarte las heridas – le dijo con voz calmosa – Te cambiaré los vendajes de la cabeza y de la rodilla. No te dolerá y te sentirás mejor. Después, si quieres, te traeré un poco de agua para que te quites el barro y la sangre de la cara.

No hacía mucho calor aquella noche del diez y nueve de julio del mil y doscientos trece, pero las manos de Gervasio sudaban y también su frente. Con la mayor delicadeza  quitó le la venda de la frente y al hacer el movimiento de dejarla en el suelo, la pasó por delante de su nariz, captando su olor. Después cogió una de las que había preparado el enfermero y simulando verificar de cerca su estado, la acerco a la cara. Tuvo suerte pues olía como la que acababa de quitar, así que con la seguridad de no errar, la colocó sobre la herida mientras interiormente rogaba a San Nemesio que acallara los latidos de su corazón que, seguramente,  se oirían  a muchas brazas de distancia.
Apenas podía controlar el temblor de sus manos cuando, arrodillado delante de Marta, empezó a quitarle la venda de la rodilla. Por suerte para él, la muchacha parecía no darse cuenta. Una vez colocada la venda, fue a  la carreta a por agua indicándole a Marta que hiciera un cuenco con sus manos para verter el agua en él y que así pudiera lavarse la cara. Después se recostó sobre el tronco en el que había estado sentado, sabiendo que aquella noche le sería muy difícil conciliar el sueño. Marta permaneció  sentada sobre el seco tronco de chopo.

viernes, 26 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XVII (27.04.2013)


Ya fuera por el entablillado que le hizo el huesero y que le permitía caminar, aunque auxiliado por un muleta que el posadero le proporcionó y cuyo coste incluyo en la cuenta del alojamiento, o por la rabia que sentía por lo ocurrido, Leopoldo López logró reunir las fuerzas y ánimos  necesarios para abandonar su forzada reclusión en aquella posada que más parecía cochiquera que alojamiento para personas, y tratar de recuperar a la que era su instrumento para vengarse del Capitán y también porque deseaba, de forma casi enfermiza, a aquella mujer.  
 Durante aquellos dos días pasados en la posada, Marta De La Fuente podía haber llegado a Castilla y si así fuera – era la peor de las posibilidades- las suyas de encontrarla eran prácticamente inexistentes. Pero dado que ella desconocía el camino que habían seguido desde que salieran de Urueña, no era descabellado pensar que pudiera estar perdida  o que, incluso, hubiera solicitado ayuda en cualquier población que encontrara en su huida. Si estaba perdida, la encontraría desandando el camino recorrido, aunque más se inclinaba por la posibilidad de que hubiera pedido protección a las autoridades identificándose como la esposa del Alcaide de Cuéllar, algo que sólo podría hacer en Malgrat, ya que era la población más cercana al lugar donde habían tenido el accidente, así que la buscaría allí.

No le preocupaba en absoluto si era como pensaba, pues si ella se había presentado al alguacil identificándose y denunciándole, difícilmente el Justicia creería a una mujer vestida con una tosca capa de peregrino y sin nadie que corroborara su identidad, por lo que él, presentándose en el cuartel, podría reclamarla como su esposa contando al alguacil lo mismo que le había dicho  al cacaseno de Sancho Mena: que la muerte temprana de su hijo de pocas semanas de vida, había roto su corazón y, lo que era peor, que su razón había enfermado de forma que, según los físicos, no tenía cura y desde entonces su comportamiento era el propio de su estado, que le hacía contar historias absurdas. También le diría – iba hilvanando su discurso mientras cabalgaba hacia Malgrat - que su dolor era tan grande o mayor que el de ella, pues no era sólo por el hijo perdido, sino por la enfermedad que afectaba a su querida esposa y que sin remedio conocido para su mal, quedándole sólo la fe, peregrinaban a Santiago para postrase ante el Apóstol y rogarle que intercediera ante Nuestro Señor para que su recuperara la cordura, y que estando en ese peregrinaje le había dado un ataque de enajenación escapando al galope mientras gritaba incoherencias dictadas por su insania. Que él, cuando se dio cuenta de lo ocurrido, trató de salir en su busca, pero su caballo tropezó derribándolo y que tuvo que ser asistido en la vecina población de Santa Cristina, como muy bien puede acreditar tanto el posadero como el físico de la localidad que trató su pierna herida.

Leopoldo López no tenía la menor duda de que el alguacil daría crédito a su versión. Era perfecta, sin la menor fisura. Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro. El era un halcón y ella una paloma desprevenida. Ya eres mía – musitó.
Casi sin darse cuenta se encontró subiendo la empinada cuesta que desde el llano conducía al interior de la Villa y que bordeaba  el ala sur del torreón. Una vez en el alto no tuvo dificultad alguna para dirigirse hacía la plaza del Azogue, pues, aunque inconclusa, la iglesia de Santa María del Azogue destacaba sobre las casas de la localidad.  Hubiera querido entrar en la plaza desmontado para  pasar desapercibido, lo que le daría una notable ventaja en el caso de que Marta  se encontrara entre las gentes que deambulaban y comerciaban delante de la iglesia de Santa María, pero su pierna herida, rígida por el entablillado y que le ocasionaba un constante y sordo dolor, no le permitía hacerlo con suficiente habilidad, y pedir ayuda llamaría la atención, así que se cubrió con la capucha de la capa y discretamente, con el caballo al paso, recorrió el perímetro de aquella plaza de forma irregular– algo que le sorprendió, pues no era ni cuadrada ni circular como era lo habitual -  buscando ansioso entre aquellas gentes a la que él consideraba mujer de su propiedad, al tiempo que prestaba atención, aunque si detenerse, a las conversaciones cercanas, pues sabía, por su experiencia como Regidor de Cuéllar, que son muy pocos los sucesos, independientemente de su importancia, que pasan inadvertidos en una población con gentes deambulando por sus calles y mucho menos si ese suceso tiene alguna singularidad y no se podría decir – así se lo imaginaba – que la llegada de una mujer sin compañía, ataviada con  pobres ropas de peregrino, pero  a caballo, no fuera un suceso si no singular, al menos extraño, y  que su llegada sería objeto de comentarios entre los viandantes, posibilidad esta que le había hecho tomar la decisión de echar un vistazo en la plaza, antes de ir al cuartel del alguacil. 

No tuvo éxito su búsqueda en la plaza, así que salió extramuros, en dirección a la sinagoga pensando que como el accidente sufrido había sido a orillas del Órbigo y allí se asentaba la judería, quizás Marta pudiera haber  buscado socorro en la colación judía. Sin duda sus habitantes  pertenecían a la clase no privilegiada a juzgar por los carteles que de sus oficios colgaban de las paredes de las casas, anunciando a curtidores de pieles, linaceros, aguadores, herreros, …Siguió su lento recorrido buscando el cartel - ¿cómo no se le habría ocurrido antes? pensó – que anunciara los servicios de un médico, pues aquel golpe con la rama al huir, seguramente la habría herido y necesitaría  la atención de un galeno. No tardó en encontrar lo que buscaba y, en esta ocasión, aunque con dificultad, desmontó. Su ostensible cojera y el entablillado de su pierna derecha, que seguía doliéndole, justificarían sobradamente su visita al físico. Ayudándose con la muleta que le había proporcionado el posadero de Santa Cristina, entró en el establecimiento. A punto estuvo de dar con su cuerpo en el suelo, pues la penumbra le impidió ver el pequeño escalón de piedra que salvaba el nivel de la calle, seguramente como protección contra el agua. Un mareante olor a hierbas llenaba todo aquel reducido espacio que no mediría- pensó cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz – más de diez pies de largo por otros tantos de ancho. Un hombre de baja estatura y de edad avanzada, vistiendo una túnica de color ceniza y cubierta su cabeza con un bonete, echaba en un recipiente redondo de barro una cucharada del polvo amarillo que había en un cuenco sobre la mesa en la que laboraba. Había también un mortero de madera y un puñado de bayas rojas sobre la mesa y que Leopoldo López identifico como escaramujos, pues siendo él propenso a  las evacuaciones frecuentes de consistencia líquida o cagalera - como le había dicho en cierta ocasión el físico de Cuéllar- había sido tratado con infusiones de este fruto de la rosa silvestre. 
El galeno no le prestó atención hasta que vació la cuchara con el polvo amarillo en el recipiente. Tenía  la rala barba blanca  y los ojos tan hundidos en sus cuencas que resultaba difícil verlos. La nariz era ganchuda, muy común entre los de su raza.
- No tengo nada para darte, así que sigue tu camino – dijo malhumorado.
- No vengo a pediros nada que no sean vuestros servicios como físico – contestó Leopoldo López con voz meliflua conteniendo sus deseos de contestar desabridamente a aquel vejestorio - ¿podéis atenderme?
El físico pareció entonces darse cuenta de que aquel peregrino pudiera no ser  lo que aparentaba, así que convendría ser prudente, ya que el haberlo sido en aquellos tiempos tan revueltos y poco seguros, era lo que le había permitido alcanzar  una edad a la que pocos llegaban.
- Decidme entonces que mal os aqueja – contestó amablemente.
- Hace unos días que un accidente de caballo me rompió una pierna y que un huesero me compuso como mejor pudo al no ser ese su oficio, por lo que quiero que mi pierna rota sea examinada y tratada por un médico de prestigio – le aduló - cuya asistencia pagaré generosamente, pues aunque  con toscas ropas de peregrino me veis vestido, lo es por una promesa y no por carencia de medios.
- Tumbaos ahí – le indicó señalándole una mesa alargada en un rincón  que por la penumbra Leopoldo López no había podido ver.
El médico, tras mirar las ataduras del entablillado, empezó a desatarlas con mucho cuidado. Leopoldo López observaba aquellos dedos flacos, nudosos y alargados que deshacían con facilidad los nudos de sus ataduras. Cuando el galeno le quitaba una de las tablillas, un  intenso ramalazo de dolor que partía de la pantorrilla rota llegó hasta su cerebro.
- ¡Tened cuidado, os lo ruego, que la herida es reciente!- gritó muy a su pesar.
- Es normal que os duela – dijo el galeno mientras tanteaba la zona morada que a media pantorrilla contrastaba con la blancura del resto de su piel – pues la inflamación es grande debido a que al romperse la tibia, ha dañado algunos músculos y vasos. Las dos partes del hueso parecen estar bien ensambladas – continuó - por lo que os daré algo para tratar la inflamación y os volveré a   colocar las tablillas. Ahora quedaos quieto mientras voy a por un remedio.
El galeno desapareció tras la cortina que separaba la estancia en la que estaban de la que sería su almacén o vivienda. Por un momento vino a su memoria la imagen de la botica de Cuéllar donde había adquirido el ricino que le había servido para acabar con Fernando Huarte, el Alcaide. Al acordarse de lo ocurrido, más que sangre, fue rabia lo que pareció circular por sus venas. ¡Maldito Iñigo Aldai que había acabado con su sueño¡ Pagaría, ya estaba pagando por ello, aunque su castigo apenas había comenzado.
No tardó en regresar el galeno que, tras aplicarle una tintura de manzanilla sobre la zona inflamada, le colocó las tablillas que ató fuertemente.
- Durante tres días tomaréis estos polvos de harpago a razón de un adarme cada vez y dos veces al día. Os reducirá la inflamación y dejaréis de sentir dolor; pero – le advirtió - no debéis excederos en la dosis, pues sus efectos se volverían contra vuestro cuerpo pudiendo  causaros grave daño.
- Así lo haré y con la seguridad de que me producirá efectos beneficiosos, pues a vuestra ciencia sumareis una larga experiencia en su aplicación con los muchos peregrinos que por aquí pasan, algunos de los que, sin duda aquejados de males diversos consecuencia del largo camino desde sus lejanas tierras, acudirán a vos buscando remedio como yo le he hecho.
- Decís bien, pues no hay semana en la que no llamen a mi puerta solicitando mis servicios, aunque no siempre me es posible prestárselo por no disponer ellos de bolsa u otra forma de compensarlo. 
- ¿Y atendéis por igual a hombres que mujeres?- preguntó el ex Regidor.
- Soy médico, Señor y pongo mis conocimientos al servicios de quien los necesita y puede pagarlos, ya sea hombre o mujer y …
- No os ofendáis, os lo ruego. Solo lo preguntaba por satisfacer una curiosidad más, pues aunque este peregrinaje a Santiago tiene una finalidad mística, es también fuente de conocimientos sobre los usos y costumbres de los hombres y poblaciones que el peregrino se encuentra a lo largo del camino. Como veis es sólo curiosidad o, si lo preferís,  una permanente sed de saber y que en el caso de vuestro oficio me es insaciable pues acumuláis tales conocimientos sobre los humores del cuerpo, sus huesos y sus vísceras además de sobre pócimas, cataplasmas, emplastos, elixires, polvos, infusiones, plantas, semillas, raíces y venenos que hacen que hasta un comerciante de buena posición como yo, se considere un gran ignorante – comentó con fingida humildad.
El galeno, que sintió reconocido su trabajo con aquel comentario tan sincero – pensó – recuperó su afabilidad anterior.
- Son muchos los años necesarios para adquirir todos esos conocimientos y muchos también para aplicarlos correctamente, por lo que una vez adquiridos, aplicarlos han de tener su compensación, pues así como es posible expulsar el mal del cuerpo o arreglar un hueso roto, no hay forma de mantener un cuerpo sin vida si no se le alimenta. Eso es lo que he querido  haceros ver cuando os dije que ya fuera hombre o mujer si pueden pagar mis conocimientos…
- Tenéis mucha razón. Lo que decís tiene mucho sentido; pero decidme – y os ruego disculpéis mi insistencia, motivada por lo que ya os he dicho - ¿atendéis a más hombres que mujeres o son estas las que solicitan vuestros servicios médicos en mayor número?
- Son muy pocas la mujeres, pues una matrona las ayuda  a parir y cuando se hieren trabajando en los campos, aplican sus propios remedios. Más de un año ha  desde que la última mujer, esposa de un caballero portugués que regresaba a Bragança, entró en esta apoteca buscando alivio para unas migrañas.
- Me gustaría seguir hablando con vos, pero ahora que el dolor de mi pierna parece aliviarse, he de continuar mi camino – dijo al tiempo que le entregaba unas monedas que el galeno se apresuró a coger haciéndolas desaparecer rápidamente por una abertura de su túnica. 
Ya sabía que Marta no había pasado por allí, así que como tampoco la había visto por la plaza, iría al cuartel del alguacil, como tenía planeado.

jueves, 25 de abril de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XVI (26.04.2013)

El Rey, en la reunión del Consejo de aquella tarde, dio el beneplácito a la propuesta que Alvaro Núñez de Lara y Diego López de Haro le presentaron sobre el nombramiento de Pablo Isasi, Regidor en Cuéllar, como Alcaide accidental del castillo, en los términos que sus consejeros habían acordado. 
Con las primeras luces del día, un faraute salía de Toledo para entregar al Regidor de Cuéllar su acta de nombramiento como Alcaide del castillo.
El Padre Gumersindo, visiblemente recuperado de su herida, leyó el acta de nombramiento que le acababa de entregar el mensajero. A medida que iba leyendo, su rostro adquiría mayores rasgos de preocupación. Cuando terminó la lectura del documento, le dijo al faraute que pasara por la cocina para que se ocuparan de su sustento y alojamiento si deseaba quedarse aquella noche. Mandó llamar a Carmen Gómez informándola del contenido del documento que acababa de llegar de Toledo y que firmaban tanto Don Diego López de Haro como Señor del castillo y Alvaro Núñez de Lara como el Alférez de Castilla. La consternación estaba reflejada en sus rostros y no era porque el nombrado fuera Pablo Isasi, el Regidor, pues con él mantenían muy buena relación y era un buen colaborador del castillo además de buen gestor del gobierno de la Villa. No, no era por Pablo Isasi por quién estaban consternados y afligidos, sino porque del nombramiento se desprendía algo tan obvio como que el capitán Iñigo Aldai estaría mucho tiempo ausente, tanto que quizás ya nunca volviera ni tampoco su esposa, Marta De la Fuente, a quién buscaría incesantemente para rescatarla de las manos del indeseable, miserable, ruin y despreciable hijo de Satán que la había raptado.

El Padre Gumersindo había sido testigo del nacimiento de su amor, él los había unido en matrimonio el día de Epifanía de aquel mismo año; eran sus hijos amados y sufría porque ellos estarían sufriendo. Carmen Gómez era la amiga y confidente de Marta. Con ella había compartido las emociones y el nerviosismo de aquel amor inesperado y le había dado ánimos cuando se sentía desfallecer y consolado cuando las lágrimas rodaban por sus mejillas añorando a su amado Iñigo que se encontraba lejos, allá en la frontera del Hornija, protegiendo los intereses de Castilla. Marta era para ella la hermana que siempre quiso y nunca tuvo. Ahora sufría y lloraba por ella.
Sobreponiéndose al dolor y a la tristeza, el Padre Gumersindo convocó a Fabián y a Oono a sus aposentos. Allí les informó sobre lo dispuesto por Don Diego y el Alférez de Castilla, que venía a significar la aceptación de la petición de licencia del Capitán, pero con un límite temporal de año y medio, de tal forma que, de no haber regresado para entonces, su licencia sería definitiva.
Cuando el Capitán les ordenó regresar a Cuéllar con las instrucciones para que el Padre Gumersindo solicitara a Don Diego que le licenciara como Alcaide, sabían, porque así lo habían leído en sus ojos, que fuera licenciado o no, no regresaría al castillo sin su esposa aunque su búsqueda le llevara toda su vida.

Había pasado algo más de una semana desde que dejaron al Capitán en Urueña y sin que ni una sola noticia sobre su paradero o que indicara que estaba sobre la pista del ex Regidor hubiera llegado a la ciudadela. Trataron de animar al Padre Gumersindo y a ellos mismos también diciéndole al buen sacerdote que estaban seguros que el Capitán pronto regresaría con su esposa y con el ex Regidor encadenado, que tenía que tener esperanza y paciencia como ellos la tenían, razón por la que se quedarían en el castillo para esperar su regreso y poder celebrarlo con todos.
- Yo también así lo creo, pues Dios Nuestro Señor vela por aquellos que le aman- les dijo – y a Él elevaremos nuestras oraciones para que la prueba a la que ha sometido a nuestros amigos termine pronto. Mañana –continuó- llamaré a Pablo Isasi para que tome posesión de la alcaidía e informaremos de tal nombramiento a todos los moradores de la ciudadela convocados en el patio de armas. El nuevo Alcaide decidirá si tú – dirigiéndose a Oono – sigues instruyendo a los soldados o si, por el contrario, quedas libre del nombramiento que te hizo el Capitán. En cualquier caso, sois libres de quedaros cuanto tiempo os plazca o iros cuando os parezca sabiendo que aquí os tenemos en mucha estima, que se os aprecia y respeta y que todos nos sentimos honrados de poder considerarnos vuestros amigos. Y ahora, si me lo permitís, voy a ir a la capilla, pues necesito reconfortar mi alma, ya que mi cuerpo parece que poco a poco se va recuperando.

Fabián y Oono salieron cabizbajos de los aposentos del Padre Gumersindo. Guardaban silencio, pues no sabían que decir el uno al otro para tratar de crear un poco de esperanza. El dolor que sentían se había convertido en una fuerte soga que parecía apretarles la garganta ahogándolos. Se despidieron con un gesto encaminándose cada uno a su habitación. Ni aquella noche, ni las que siguieron durante mucho tiempo fueron como aquellas que ambos compartieron en Mariaca, alrededor de la lumbre, en el caserío de Fabián durante el invierno pasado. Las de ahora eran noches tristes y amaneceres de desilusión y de esperanzas cada vez más débiles.
No tardó en extenderse por la Villa la noticia del nombramiento, que fue recibida con sentimiento general de desasosiego, que no se debía a que el Regidor fuera el nuevo Alcaide, sino por la razón que forzaba la ausencia del capitán Iñigo Aldai
A media tarde del día en que el Padre Gumersindo convocó en el patio de armas a los servidores del castillo, una muchacha cruzaba la explanada delante de la iglesia de San Martín y se dirigía a la entrada del castillo.
El soldado de centinela no la reconoció como servidora en la ciudadela, por lo que le dio el alto.
- ¿Quién eres y qué quieres, muchacha? – le preguntó.
- -Soy Ana, la hija del herrero y solicito hablar con el Padre Gumersindo - le contestó.
- ¿Con el Padre Gumersindo dices? ¿Acaso le conoces o te conoce él a ti? – le preguntó sorprendido.
- El a mí no me conoce, pero yo a él sí, aunque no personalmente- contestó.
- ¿Cómo es eso entonces? ¿Le conoces o no le conoces? porque si no le conoces ¿cómo pretendes que te reciba?
- Es que Lucas me ha hablado tanto de él que es como si le conociera y además también me dijo Lucas que podía acudir a él cuando lo necesitara, y ahora…
- ¿Te refieres a Lucas, el escudero del Capitán? – le preguntó interrumpiéndola.
- Si, así es – contestó – pero aún no es su escudero, sino aprendiz.
- Eso cambia las cosas. Tratándose de Lucas creo que el Padre Gumersindo te recibirá, a pesar de su estado. Espera aquí que voy a avisar a Pergentino, el jefe de la guardia.
Cuando Ana le dijo a Pergentino que quería hablar con el Padre Gumersindo para preguntarle por Lucas, pues se había ido con su Señor y, según las noticias que circulaban por la Villa sobre que el Alcaide no iba a regresar mientras no rescatara a su esposa y que no se sabía cuanto tardaría en conseguirlo, ella quería saber si Lucas iba a volver, pues…
- ¡Pobre niña!- se compadeció Pergentino- tan joven y ya te toca llorar ausencias, pues nada se sabe del Capitán ni de Lucas. Sólo sabemos que cabalga por tierras de León decidido a encontrar a la Señora aunque la hayan ocultado en el fin del mundo y Lucas le acompaña en ese empeño. Conociendo al Capitán, todos creemos que no tardará en regresar con la Señora sana y salva. Esto es lo que también te dirá el Padre Gumersindo, pues no hay otra información. Así que, si quieres, te llevo ante él para que te diga esto mismo. ¿Vamos? – la invitó a seguirle.
- No, os lo agradezco mucho, pero ya no es necesario – dijo mientras las lagrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas.
- Esas lágrimas me dicen que tú eres Ana, la muchacha que ha hecho que las mariposas, y así me lo dijo él, revoloteen en su corazón. No me equivoco ¿verdad?
Ana se ruborizó.
- Me llamo Ana y soy hija del herrero, pero no sabía que Lucas os hubiera hablado de mí.
- ¿Hablado dices? Durante las últimas semanas parecía que no sabía hacer otra cosa. Cuando se nos acercaba, a todos nos surgían tareas urgentes que hacer para no tener que aguantarle – dijo Pergentino soltando una carcajada.
Trataba de animar a la muchacha y algo consiguió, pues Ana esbozó una sonrisa y su mirada resplandeció.
- Deja de llorar y no viertas más lágrimas por ese picarón, que no las merece – dijo en tono de broma provocándole otra sonrisa - Eso está mejor y como ya se quién eres y donde vives, cuando regrese con el Capitán, o solo, mandaré a un soldado a comunicártelo si me prometes que no habrá más lágrimas en esos bonitos ojos. ¿Te parece bien?
Ana sonrió.
- Os doy las gracias nuevamente y os prometo no volver a llorar.
- En ese caso y ya que no deseas hablar con el Padre Gumersindo, vete a tu casa, que cuando haya noticias sobre Lucas, te las haré llegar.

Ana había acudido preocupada a buscar información sobre Lucas. Ahora salía de la ciudadela esperanzada, pues la seguridad del jefe de la guardia, que tan amable había sido con ella, al decirle que esperaba que el Alcaide no tardaría en regresar con su esposa y con ellos Lucas, reconfortaba su corazón.

miércoles, 24 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XV (25.04.2013)

Lucas regresó al otero donde había quedado el Capitán.
 -   Lo siento, mi Señor, pues en la única posada de esta aldea, ni están ni se les ha visto –le  informó.
Una nueva nube de tristeza se sumó a las muchas que ya cubrían el corazón de Iñigo Aldai. Había llegado a Senabrie con la esperanza de que allí terminara su búsqueda, pues si todo había sido tal como  el maese de cómicos se lo había contado a Lucas y, si como él suponía, el miserable ex Regidor trataba de pasar al Reino de Portugal utilizando el camino a Santiago vestido como peregrino, el paso más rápido y seguro era desde donde estaban, ya que la distancia  a Bragança apenas superaba las siete leguas, que podrían recorrer en una jornada. Cabía la posibilidad, aunque era muy remota, de que el vil raptor de su esposa, pensando que le estaba siguiendo, decidiera salir del camino y entrar en Portugal por cualquier otro punto de la frontera antes de Senabrie, pero para ello tendría que cruzar la sierra de La Culebra, tarea nada fácil y muy arriesgada para quien no estuviera bregado en recorridos por sierras de elevadas cumbres y sin senderos o caminos definidos. El riesgo de extraviarse o  de ser atacado por los lobos era alto, todo lo cual le hacía pensar que, dado que el ex Regidor ni era experimentado jinete,  y además tendría que mantener vigilada permanentemente a Marta y que no conocería la comarca, no habría optado por otro paso que no fuera el de Senabrie. Y si ni estaban ni se les había visto en esa población y tampoco en el camino desde Malgrat, forzoso era concluir que aún se encontraban en la Villa o cerca de ella, así que volverían sobre sus pasos y retomarían la búsqueda en la antigua Ventosa donde y si aún continuaba allí, hablaría con el maese de cómicos  a fin de obtener todos los detalles  posible que le permitieran tomar decisiones más acertadas.
    - Dormiremos aquí, bajo aquello pinos y al alba cabalgaremos de regreso a Malgrat – le dijo a Lucas.
La noche era calurosa pero obscura, pues  había Luna nueva, lo que permitía apreciar el esplendor de aquel firmamento tachonado de estrellas y dividido por aquel blanco camino al que llamaban Vía Láctea. El Capitán Aldai, tumbado sobre la osma que los pinos habían ido dejando sobre el reseco suelo, recordó aquella otra noche, camino de Torrelobatón, en la que sentado al lado de Oono, se extasiaron contemplando la belleza del cielo estrellado. Entonces su corazón  estaba triste también pues había dejado a su esposa en Cuéllar, pero no era la misma tristeza y dolor que sentía ahora, pues entonces ella quedaba segura en el castillo y él regresaría en pocos días, mientras que el desconocimiento de su paradero y de su estado ahora y el no saber cuándo la encontraría, constituían un sufrimiento tal que, a veces, temía no poder soportarlo.
Cerró los ojos y con la imagen de Marta en su cabeza, poco a poco se fue entregando al sueño.
Lucas, tumbado a unos pasos y cerca de los caballos que había atado al tronco de un pino joven, dormía profundamente. 
Desde que Alfonso II, el Casto, Rey de Asturias, peregrinara a Compostela para visitar la tumba del apóstol Santiago el Mayor, el flujo de peregrinos desde cualquier punto de la cristiandad con el mismo fin, no había cesado, favoreciendo así los intereses de aquellos a los que,  bien por gusto o porque la vida o la ambición los había hecho de esa forma, eran amigos de vivir de los bienes ajenos conseguidos nunca de grado y siempre por fuerza. Las cuadrillas de asaltantes de peregrinos no escaseaban, por lo que quienes podían formaban grupos numerosos capaces de disuadir a los posibles asaltantes; otros, con medios económicos suficientes, se hacían acompañar de hombres de armas y eran los solitarios o grupos pequeños los que con mayor frecuencia sufrían el robo de las escasas pertenencias que portaban.

Los alguaciles y regidores de las localidades importantes del camino, despachaban hombres armados que patrullaban por su recorrido en prevención de asaltos, pues ese  incesante flujo humano era una fuente de ingresos para  el Señores de las comarcas que atravesaba el Camino mediante el derecho de guía que aplicaban a los peregrinos, o el de paso en los puentes donde los había o por cruzar en barca un río, además del impuesto con que gravaban las mercancías de aquellos que utilizaban el camino como vía para la realización de su comercio. 
La pena capital establecida para los asaltantes no era lo suficientemente disuasoria, pues abundaban las cuadrillas de bandidos mejor o peor organizadas, beneficiándose del escasa o nula eficacia de los alguaciles para detenerlos, ya que la orografía facilitaba  la emboscada y posterior ocultación y como el flujo de personas, ya fueran peregrinos o comerciantes, era constante, los bandoleros podías permitirse  elegir el momento y lugar más adecuado para ejercer su oficio lejos de los agentes de la Justicia.
Cuando el sol empezaba a asomar por encima de los montes de la sierra de La Culebra, Iñigo Aldai y Lucas llevaban cabalgando ya más de dos horas. Habían salido con las primeras luces del alba, tanto por la impaciencia del Capitán como para cabalgar lo más que pudieran antes de que el sol calentara en exceso, encontrándose ya no muy lejos de la población de Mombuey, cuya torre militar, levantada por la Orden del Temple, destacaba con nitidez contra el horizonte y a una legua de Rionegro, donde tendrían que pagar por cruzar el puente sobre el río Negro, de igual forma que lo hicieran el día anterior en dirección contraria. Rionegro era lugar de encuentro del camino de Zamora (Azemur la llamaban los árabes) con el de Malgrat y Senabrie, y aunque su población de derecho no era numerosa, sí lo era la de hecho por la afluencia de peregrinos, así que  su mercado semanal de los viernes era muy concurrido, para disfrute, especialmente, de los alcabaleros.

No fue la necesidad de comprar, sino la de buscar, la que decidió al Capitán y a su aprendiz de escudero a entrar en la población y recorrer su mercado con la esperanza de encontrar allí a quien estaban buscando. Bajaron la suave pendiente que conducía hasta el río, en cuya orilla se levantaban una docena de casas circulares con paredes de piedra y techo cónico de paja y  que, por lo que supieran más tarde, eran las habituales en la comarca y las llamaban pallozas. Se acercaron al  santuario de Nuestra Señora de la Carballeda, en cuyos alrededores se celebraba el mercado. Su esperanza resultó fallida, pues aún había muy poca gente en el lugar, así que, tras pagar el portazgo, cruzaron el río y tomaron el camino de Malgrat.
El camino seguía en su mayor parte el curso del río Tera, cuyas orillas estaban pobladas de chopos, protegiendo del sol a quienes por él transitaran.
A  media mañana llegaban a Camarzana, en la orilla norte del río Tera. Desde allí hasta la siguiente población de Sitrama, los peregrinos, en su afán de acortar distancias, con el paso del tiempo habían abierto una nueva senda que se alejaba de la que seguía el curso del río por que sólo transitaban aquellos que llevaban carretas o que, simplemente, no tenían prisa.
El Capitán y Lucas tomaron el camino antiguo, más ancho y también, a esas horas del día, más fresco por la sombra de los chopos y la proximidad del río.
Cabalgaban con un trote ligero, cada uno ensimismado en sus pensamientos, cuando  unos gritos procedentes del bosque les sorprendieron hasta el punto de  obligarles a detener sus caballos. Los gritos y voces airadas sonaban muy cerca, quizás tras el recodo que hacía el camino forzado por un meandro del río. 
- Alguien está en apuros – dijo el Capitán – Vamos a ver que ocurre.
Picaron espuelas y  la escena con la que se encontraron cuando doblaron el recodo era la suficientemente  explícita como para  no necesitar explicación alguna sobre lo que allí estaba ocurriendo. Un hombre, armado con un gran cuchillo de hoja curva, tenía cogido por el cuello a un anciano mientras se dirigía al grupo de hombres y mujeres que otros dos mantenían agrupados también bajo la amenaza de sus navajas. Sin duda eran bandidos atracando a un grupo de  viajeros. 
- No os lo volveré a preguntar ¿dónde guardáis la bolsa y los objetos de   valor? O me lo decís ya o rebano el cuello a vuestro jefe. ¡Vamos, hablad de una vez! Y vosotras, dejas  de gritar¡ - dijo dirigiéndose a  las mujeres, cuyos gritos eran los que habían oído el Capitán y Lucas.
Los bandidos no se percataron de su llegada hasta que oyeron a sus espaldas, una voz conminatoria:
- ¡Alto! ¡Soltad a ese hombre y  deponed las armas!
Al volverse sorprendidos hacia donde procedía la voz, vieron a dos hombres a caballo, vestidos con ropas vulgares y aparentemente desarmados. Dos clientes más - pensaron
El que tenía cogido al anciano por el cuello se desentendió de él y se dirigió a los recién llegados. Era un hombre corpulento, con barba de color indefinido por la suciedad y una cicatriz desde la mejilla izquierda hasta la fosa nasal de ese mismo lado y que estaba incompleta, quizás como consecuencia de alguna pelea con cuchillo o espada. Vestía un jubón raído bajo el que se podía ver partes de una camisa de color terroso. Sus compinches no mejoraban el aspecto del que, sin duda, era su jefe. Alto y enjuto uno de ellos, con una cabellera casi roja y nariz prominente, mientras que su compañero era de mediana estatura, cabello oscuro y cargado de espaldas. Ahora le observaban con una mueca que pretendía ser una sonrisa. Estaban seguros que el encuentro con aquellos dos recién llegados les iba a proporcionar un rato de diversión, además de dos monturas que, junto a las otras dos que tiraban de las carretas, constituían el mejor de los botines para quienes tenían como oficio aligerar el peso de los demás.
- Sois justo lo que necesitamos llegando en el momento oportuno- dijo el de la cicatriz acercándose al Capitán. Desmontad y vaciad vuestra bolsa y  árguenas,  pues seguramente su peso no os deja cabalgar ligeros – dijo mientras soltaba una carcajada que dejó al descubierto una boca con escasos dientes  y aún éstos, por lo que amarilleaban, más parecían de alimaña que de humano.
El Capitán no llevaba su espada a la vista, pues al entrar en el Reino de León no había querido significarse como hombre de armas para no llamar la atención, así que envuelta con un trozo de  tela  la ocultaba atada a la silla, de tal forma que cuando estaba montado quedaba oculta totalmente a los ojos de cualquiera. Lucas  no se había separado de su daga en ningún momento y, al acercarse el jefe de aquella chusma, con un lento movimiento de su mano derecha, pudo asir la empuñadura bajo el jubón.
- Ya has soltado a ese hombre como te dije; ahora deponed las armas- le ordenó el Capitán sin desmontar.
Los bandidos soltaron una carcajada al unísono. Les hacía gracia el atrevimiento de aquel infeliz que, desarmado y acompañado sólo de un muchacho, pues eso les pareció Lucas, se atrevía a dar órdenes a su jefe.
.   - O tienes agallas o careces de juicio – respondió Alercio, que así se llamaba   el jefe – lo que me da igual, así que baja del caballo y vacía los bolsillos y las alforjas, a menos que prefieras que lo haga yo una vez que te rebane el cuello.
El Capitán hizo además de desmontar al tiempo que le dirigía una rápida mirada a Lucas. Este apretó con fuerza la empuñadura de la daga presto a desenvainarla, pues sabía que su Señor se disponía a luchar. Iñigo Aldai desmontó despacio y por el lado contrario al de donde se encontraba Alercio, quedando así oculto por el caballo, lo que impidió que el jefe de los bandidos pudiera ver como extraía su espada. Lucas le imitó.
Con el caballo cogido por la brida con la mano izquierda, el Capitán se acercó hasta donde Alercio le esperaba confiado, pues ninguno de aquellos hombres representaba ningún peligro  para un grupo armado como el que él dirigía.
Con un rápido movimiento, el Capitán extrajo la espada y colocó certeramente su punta en el gañote del bandido antes de que éste fuera consciente de lo que estaba ocurriendo.
- Di a esos dos que suelten sus cuchillos o  a tu cabeza que se despida  de tu cuerpo- le ordenó el Capitán.
Alercio sintió el pinchazo de la punta de la espada y, aunque no se explicaba aún de dónde había salido, no tuvo duda de que la amenaza iba en serio y con voz vacilante ordenó a sus hombres que tiraran sus armas.
Lucas, tembloroso por la emoción – era su primera oportunidad de participar en un enfrentamiento armado - había sacado también su daga y estaba dispuesto a saltar contra cualquiera de aquellos bandidos si la ocasión así lo exigía.
Los compinches de Alercio habían mutado su sonrisa por una mueca de asombro y temor. Estaban acostumbrados a asaltar a peregrinos o carreteros indefensos y nunca se habían enfrentado a un hombre armado con espada y con aquella habilidad para manejarla. 
El pelirrojo lanzó un escupitajo al suelo, muestra de su impotencia quizás, y tiró su cuchillo. Su compañero no le secundó, por lo que Alercio, al sentir como aumentaba la presión de aquella espada de tres pies de longitud en su gaznate, le conminó a que lo hiciera.
- Y ahora, idos de aquí rápidamente y procurad que no nos volvamos a encontrar, porque entonces no tendréis tanta suerte – les ordenó el Capitán cuando los tres estuvieron desarmados.
Tuvieron que salir corriendo, pues tan pronto los vieron sin armas, las mujeres y hombres de aquel grupo, empezaron a tirarles cantos rodados del camino mientras corrían tras ellos diciéndoles toda clase de improperios.
 Lucas, que había reconocido en el viejo al que Alercio tenía agarrado, a Silverio, el maese de cómicos, se lo iba a decir al Capitán, pero se le adelantó el viejo.
- Gracias, Señor, por habernos salvado de esos maleantes. Soy Silverio, maese de cómicos y toda esta gente es mi compañía, y nos dirigimos a Senabrie después de haber actuado ayer en Malgrat. Si no llega a ser por vuestra intervención, no sé que hubiera sido de nosotros, pues esos bandidos seguramente, además de las pocas monedas que ganamos con nuestro oficio, se hubieran llevado los caballos que tiran de las carretas y, sin ellas, nada podríamos hacer. Pero, muchacho  - dijo mirando a Lucas- ¿no eras tú el que ayer por la mañana estaba en Malgrat preguntando por unos peregrinos?
Lucas iba a contestar, pero fue el Capitán quien habló.  
- No es necesario que nos agradezcáis lo hecho, pues deber es de todo hombre honrado ayudar al necesitado y sí, este muchacho, mi escudero, estuvo ayer en Malgrat y me contó que había hablado con vos y que le habíais dicho que una pareja de peregrinos os  había pedido ayuda en el camino así como que el comportamiento de uno de ellos os había parecido poco natural. Os agradecería que me contarais también a mi cómo fue tal encuentro.
- Os lo contaré con gusto, Señor, aunque como ya le dije a vuestro escudero, no pude ver bien la cara a ninguno de  los dos, pero cuando uno de ellos quiso hablar…  
Maese Silverio le contó a Iñigo Aldai lo ocurrido unas leguas antes de Malgrat y cuando dijo que el que había querido hablar fue callado bruscamente por el otro, así como que su voz no era de hombre, una de las mujeres del grupo que presenciaba la conversación  y a la que se unieron las otras dos, dijo:
- No hay duda, Señor. Aquella voz era voz de mujer y joven, aunque su  atuendo y aspecto fuera de hombre con aquella capa y  la capucha calada. Os lo aseguro, Señor; era una mujer y no parecía ir a gusto con aquel hombre.
- Entonces ¿os dijo aquel hombre que iban a Compostela a venerar al Apóstol? – preguntó el Capitán.
- No exactamente – contestó maese Silverio – sino que  cuando se postraran ante la tumba del Apóstol, rogarían por nosotros. ¿Así fue, verdad? –dijo mirando a su gente.
- Si, es como has contado – contestaron algunos.
- Pero  ¿no pudisteis oír qué camino tomarían? – preguntó el Capitán ansioso por recibir una respuesta afirmativa.
- No Señor- contestó maese Silverio- pero desde Malgrat solo hay una forma de ir y es tomando el camino que nosotros llevamos, el de Senabrie y desde allí hasta Verín, donde actuamos el año pasado; después llegar a Xinzo para seguir hasta Orense y de allí a Lalín y Santiago. Es mucha la distancia, pues aunque nunca hemos llegado tan lejos para comprobarlo, algunos nos han contado que desde  Senabrie hay más de cincuenta leguas,  que  no se recorren en menos de cuatro o cinco jornadas y eso siempre que no tenga uno encuentros como el del que hoy nos habéis salvado vos. Pero vos no vais en esa dirección, sino en la contraria y aunque …
- Os agradezco la información, maese Silverio, y ahora decidme, vos que parece que conocéis muy bien estos caminos, si ayer fue el encuentro con ese hombre y la mujer ¿dónde pensáis que pudieran  hallarse hoy, al mediodía, por ejemplo?
- Como habrán  tenido que parar para pasar la noche y si han seguido el camino que antes os he dicho, no debieran estar muy lejos de Rionegro- le contestó – aunque si al llegar a Malgrat se dirigieron al norte para coger el camino francés en Puente de Órbigo, podrían  estar cerca de Astorga que, como seguramente sabréis, es un camino más concurrido y seguro que este que llaman sanabrés.
Esa podía ser la razón por la que no  los encontraron en el camino a Senabrie, pensó el Capitán. Aunque seguía teniendo dudas sobre la verdadera intención del ex Regidor, no podía descartar cualquier posibilidad de encontrarle y el camino de Astorga era una más, así que tendrían que regresar a Malgrat y cabalgar hasta la que fuera sede de la Legio X Gemina, Asturica Augusta.
Desde Malgrat hasta Astorga había unas trece o catorce leguas, que podrían recorrer en lo que quedaba de jornada, si se daban prisa.
- Nuevamente os doy las gracias, maese Silverio y ahora hemos de partir, pues quisiera llegar a Astorga antes de que oscurezca- dijo a modo de despedida.
- Permitidme Señor, que os manifieste mi agradecimiento por vuestra ayuda con, como vos mismo decíais, mis buenos conocimientos de estos caminos, ya que ganaréis tiempo si en vez de llegaros hasta Malgrat volvéis hasta la población de Sitrama y tomáis  el camino hacia el norte que os llevará hasta Castro Calbón, al otro lado del Ería y  ya en dirección noroeste, cruzareis el Jamúz y a una legua toparéis con el  Ornia que podréis vadear sin dificultad en esta época del año , en cuya orilla norte se encuentra la población de Destriana. Desde allí solamente os quedarán por recorrer  unas tres leguas hasta Astorga sin otro obstáculo que  vadear el río Turienzo, algo que incluso podríais hacer a pie.
- Así lo haremos, maese Silverio. ¡Que Dios os bendiga!
- ¡Que Él os acompañe!