lunes, 31 de diciembre de 2012


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO IX (01.01.2013)

Ana cerró el libro y también los ojos. Sintió la agradable brisa que venía de la mar aunque con un ligero olor a petróleo, quizás por la cercanía de los depósitos de CLH, y se imaginó a Teodegonda, inquieta, nerviosa y ansiosa por ver a su esposo y también preocupada por el temor de que él no la encontrara suficientemente atractiva o, incluso, a que centrara toda su atención y emociones en su hijo - no tanto por el niño en sí, carne de su carne, sino porque era su primer hijo legítimo y por tanto sería su sucesor - dejándola en un segundo plano de atención no sólo como reina, que eso era lo que menos le importaba, sino como su esposa.
Ana también había pasado por algo similar, pues siendo y sintiéndose el centro de la vida de su marido, después de nacer Sandra, ésta se convirtió en lo más importante para él y eso a ella le satisfacía, pero a medida que la niña fue creciendo y él asumía nuevas y más altas responsabilidades en la empresa, la entrega casi obsesiva a su trabajo por un enfermizo sentido de la lealtad con la entidad, casi sin darse cuenta, le fue alejando de ambas hasta el punto de llevarles a la situación en la que desde hacía tres años se encontraban.
Supo de la angustia que causa la impotencia por evitar lo que parecía inevitable, pues cuando un hombre visceral como Alberto se entregaba a una causa, y ésta era la de su trabajo, todo lo demás pasaba a un segundo o tercer lugar y sin que él fuera consciente de ello. Cuando ella, en las escasas ocasiones en que tuvo la oportunidad de hablar de lo que estaba ocurriendo entre ellos, del alejamiento que, aunque lentamente, se estaba produciendo entre ellos, el decía no tener esa sensación y que si bien cierto era que dedicaba la mayor parte de su tiempo a su trabajo, lo hacía por ellas, por darles una vida mejor, porque su vida fuera transcurriera sin incertidumbres económicas presentes ni futuras, que lo hacía por su familia, que era ella y su hija. Ana sabía que Alberto estaba convencido de lo que decía y que se lo exponía con sinceridad, lo que aumentaba su dolor, pues aunque el motivo llenaba de amor su corazón, la consecuencia suponía pagar un precio inaceptable, pero la propia causa lo hacía inevitable.

Comprendía muy bien los temores de aquella Teodegonda, y empezó a sentir empatía por ella. Aunque les separaban más de quince siglos, tenían mucho en común.
Pensando en la reina visigoda, tomo el Camino del Arbeyal y enseguida la calle de la Estrella para llegar al Savannah, donde comió pixín alangostado como único plato. Mientras que dejaba que el té –dark ceylon era su preferido – reposara los preceptivos cinco minutos, sacó el libro de su bolso para seguir conociendo la historia de aquella mujer visigoda. Se estaba bien allí, bajo aquella sombrilla que la protegía del sol y con una temperatura agradable.

… La entrada de Alarico y su ejército en Toulouse fue apoteósica. La muchedumbre, que ocupaba la calle desde la entrada a la ciudad hasta el palacio, vitoreaba su nombre sin cesar apagando el sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado de la calle. De algunos balcones colgaban paños de color rojo, pues éste era el color de los visigodos, por ser el de la sangre y, por asociación, el de la vida.
Alarico encabezaba la comitiva y sus generales cabalgaban unos pasos por detrás. Tras la caballería, imponente con sus robustos caballos engalanados – Alarico así lo había ordenado para entrar a la ciudad – avanzaba la infantería en perfecta formación, cual si de una legión romana se tratara. El entusiasmo de la población era inmenso, pero entre esa multitud, no faltaba quienes no lo compartían y cuyos ojos estaban más pendientes de cuantificar los efectivos de aquel ejército, que de los fastos organizados para recibirles. Eran civiles, curas y frailes católicos que siguiendo instrucciones de Clodoveo unos y de sus obispos y abades los otros, espiaban al rey hereje buscando toda la información posible sobre su capacidad para resistir un ataque de los francos para reinstaurar el catolicismo y, por tanto la disciplina de Roma, en toda la Galia, interés principal de la Iglesia, mientras que para Clodoveo era el de la conquista del reino visigodo. Para poder conseguir su objetivo, Clodoveo necesitaba la alianza con la Iglesia y ésta, para lograr el suyo, con Clodoveo, pero prevaleciendo siempre la voluntad de Roma, pues esta voluntad, era la voluntad de Dios.
La reina flanqueada por el obispo y otros dignatarios religiosos arrianos y algunos nobles, esperaban en el patio del palacio la llegada del rey. Un nutrido
grupo de sirvientes formados a ambos lados del patio y tras las filas de soldados armados con lanza que formaban el pasillo de entrada, esperaban para hacerse cargo de las monturas tan pronto los jinetes desmontaran.
Alarico hizo su entrada diez pasos por delante de sus caballeros. Su sonrisa era la de un hombre satisfecho. Había sido informado semanas antes, del feliz nacimiento de su hijo, su heredero, cumpliéndose así uno de sus más fervientes deseos, pues era preciso que así fuera para asegurar la línea sucesoria de su casa, evitando que nobles ambiciosos pretendieran el trono si a él le ocurriera algo o incluso que pudiera servir de excusa a su vecino Clodoveo para hacerse con él.
El corazón de Teodegonda latía apresuradamente cuando el rey se acercó a ella. ¿La encontraría atractiva? ¿Despertaría sus deseos? Había llegado el momento de encontrar la respuesta a esas preguntas que llevaba haciéndose tantos meses y que tan angustiada la habían tenido.
Cuando Alarico estaba a dos pasos de distancia, Teodegonda se inclinó, pues así lo exigía el protocolo.
- Mi rey y Señor, mi corazón está feliz por vuestro regreso- saludó.
- Levantaos, mi reina – dijo Alarico al tiempo que la tomaba de la mano – y dejad que os estreche entre mis brazos que tanto os han añorado.
Y él la abrazó con tal intensidad que, aun cuando la presión de la cota de malla sobre sus pechos le provocó dolor, nunca había vivido unos instantes de tanta felicidad. Aquellas breves palabras pronunciadas por su esposo, compensaban sobradamente la soledad, la angustia, los sacrificios y los miedos padecidos durante los meses de su ausencia. Habían sido la respuesta a sus preguntas. Él la seguía amando, la seguía deseando, así que la encontraba atractiva.

Alarico se volvió hacia sus generales:
- Id y abrazad a vuestras esposas e hijos, que bien lo merecéis, pues me habéis servido bien. Y ahora esposa mía, decidme dónde está mi hijo, que ardo en deseos de conocerlo.
- Venid, mi Señor, a conocer a vuestro hijo.
Adriana tenía a Amalarico en brazos cuando Alarico y Teodegonda entraron en la estancia.
El brillo que la emoción había puesto en sus ojos, pareció apagarse al tiempo que un cambio de la expresión de su cara imperceptible para todos menos para Teodegonga, le hizo saber a ésta que se sentía decepcionado.
Alarico miró a su esposa y cogió al niño en sus brazos.
- Me lo imaginaba más crecido – dijo. Después lo devolvió a Adriana y salió de la estancia.
Teodegonda reaccionó rápidamente del estado de desconcierto que las palabras del rey le habían producido y fue tras él.
- Mi Señor, sólo tiene cinco meses y es un niño sano y fuerte. En pocos meses más ya andará y…- la angustiosa voz de Teodegonda hizo que Alarico se detuviera.
- Esposa mía, nada te reprocho y estoy satisfecho por haberme dado el hijo que esperaba – dijo al tiempo que cariñosamente cogía sus manos – Ha sido el deseo de que pudiera estar ya a mi lado delante del pueblo, el que ha nublado mi razón, haciéndome querer ver una realidad que sólo es posible con el paso del tiempo.
Cuidadlo – continuó – para que crezca sano y fuerte, pues así ha de ser para que algún día pueda ceñir la corona de este reino.
Las palabras del rey parecieron devolver el sosiego al corazón de Teodegonda.
- Son muchos los asuntos que tras tan larga ausencia requieren mi atención – continuó Alarico sin soltar sus manos - y que me mantendrán ocupado y hasta alejado de él y de vos más tiempo del que quisiera, pero tenedme al corriente de su evolución y especialmente informadme cuando pueda ya sostenerse de pie.
- Descuidad, esposo mío, mi rey, pues vos y nuestro hijo sois lo más preciado de la vida y a ambos entrego la mía sin límite alguno.
Alarico pudo ver como los ojos de Teodegonda se humedecían, lo que era la mejor prueba de que hablaba con el corazón. Había sido un acierto la elección de la hija de Teodorico como esposa. No tenía la menor duda.
Alarico había dispuesto que al día siguiente se celebrara un acto religioso de acción de gracias en la basílica que había levantado Exuperio, el que fuera obispo de Tolosa tras la muerte del obispo Silvio en el 405, en honor de San Saturnino, pues este santo había sido quien 150 años antes había construido la capilla que ahora servía de base a la basílica. Tras la ceremonia religiosa, en el palacio tendría lugar un gran banquete al que acudiría la nobleza y los dignatarios de la Iglesia arriana, así como todos sus generales. Quería celebrar tanto su regreso como el éxito de la campaña en Hispania contra los suevos.
La noticia sobre la celebración del acto religioso y precisamente en la basílica, irritó sobremanera a los dignatarios eclesiásticos católicos y a algunos nobles fieles la doctrina de Roma, interpretando la decisión de rey hereje como una provocación a la Iglesia de Roma y una afrenta al obispo fundador de la basílica, pues Exuperio, al haberse negado a aceptar la doctrina arriana en tiempos del padre de Alarico, tuvo que exiliarse muriendo en el destierro.
Dos días más tarde también llegó la noticia a la corte de Clodoveo que no dudó tampoco en considerarlo, convenientemente aconsejado por el obispo Remigio, como una provocación y una manifestación de fuerza frente a él, el rey católico que defendía la auténtica fe.

Teodegonda temía la llegada de la noche, cuando su esposo se acostara a su lado. Él la había visto vestida a su llegada, pero ¿la seguiría encontrando sensual y atractiva cuando la viera desnuda? Su estado de ánimo navegaba entre la esperanza y el nerviosismo. Adriana, a quien hizo partícipe de sus temores, insistió en que nada debía temer en ese sentido, pues su cuerpo era tan hermoso como antes de que concibiera a su hijo. Aún así, le ordenó que perfumara su cuerpo con agua de flores y frutas, pues es sabido- le dijo – que su olor produce en el hombre efectos afrodisiacos.
Vanos había sido sus temores, pues aquella noche, tras tan larga ausencia, fue pródiga en amores, ternuras y caricias de las que las temblorosas llamas de la chimenea fueron únicos testigos.
Fue también noche de confidencias, pues aquella cama la compartían no sólo el rey y la reina, sino un hombre y una mujer que se amaban.
Alarico le contó cómo se había producido la herida en el muslo cuando ella se fijó en la cicatriz y también la impresión que le había producido encontrar a aquel pueblo de gentes tan ancianas y al mismo tiempo con buen aspecto y sin falta de vigor y cómo alguno de sus generales decía que era obra de su propia naturaleza, pues no sabían cuál podría ser la razón de ese efecto, ya que todas las gentes de aquella parte del reino se alimentaban de igual manera y si de pócimas o magia se tratara, no hubiera sido posible mantener el secreto. Lo cierto es que – le decía mientras la cabeza de ella descansaba sobre su pecho – me intriga tal misterio. Diríase que esas gentes poseen el secreto para vencer a la muerte.
Teodegonda permanecía en silencio. Las últimas palabras de su esposo se asentaban sólidamente en su cabeza.
- ¿Te imaginas – continuó él – lo que supondría conocer ese secreto?
- Pero, amado mío, nadie puede vivir eternamente, aunque coincido contigo que poder vivir muchos, muchos años sin acusar los efectos del paso del tiempo, sería algo maravilloso.
- Si, sería fantástico ver como mis enemigos van desapareciendo y sus hijos y los hijos de sus hijos, pero…sólo son ilusiones, pues nadie vive para siempre, aunque con alcanzar la edad de aquel hombre, que ya había nacido en tiempos de Honorio… me daría por satisfecho.
- ¿Tan anciano era? – le preguntó Teodegonda interesada.
- No supo decirme su edad, pero ésta era de más de 80 años- contestó.
- Son muchos años ciertamente y si, como dices, otros de su pueblo, hombres y mujeres también, son muy longevos, causa habrá para ello que no conocemos – comentó ella.
- No conocer esa causa es lo que ocupa mi pensamiento con más frecuencia de la que debiera. Tanto – continuó Alarico - que no he dejado de pensar en ello durante el largo trayecto de regreso desde aquella parte del reino.
- No permitas que esos pensamientos turben tu ánimo. Mañana puedes preguntarle a Bertulfo, que entiende de medicinas, de pócimas, ungüentos y raíces si algún preparado puede alargar la vida de un hombre, o al obispo por si para ello hubiera razón divina, que por tal desconocemos. Ahora, esposo mío, mi rey, duerme y descansa, que yo velo tu sueño.

A la mañana siguiente no fue el rey quien habló con Bertulfo, sino Teodegonda. El médico no conocía tratamiento alguno capaz de alargar la vida de un hombre más allá de lo que la voluntad de Dios hubiera dispuesto, y nunca había oído de nada que se le pareciera.
Cuando tras los actos religiosos en la basílica Alarico le preguntó al obispo, éste le contestó que la hora de la muerte la decidía el Altísimo y que nadie podría vivir eternamente, ya que en el Génesis, el libro sagrado mediante el que el Creador había manifestado su voluntad, estaba escrito: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; más serán sus días ciento veinte años” (Gen. 6.3)

Ni aún así Alarico se dio por satisfecho. Ahora eran muchos los asuntos y muy graves algunos los que requerían su máxima atención y dedicación, pero cuando los hubiera resuelto se ocuparía de encontrar la respuesta a la pregunta que no conseguía quitar de su cabeza: ¿cuál es la causa de la longevidad de aquellas gentes que conoció en Hispania, en la ribera del Órbigo y cercanas a la población donde había dejado parte de su ejército y a la que había puesto Requeixo de nombre?

domingo, 30 de diciembre de 2012

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO VIII (31.12.2012)

Cuando se despertó, vio el libro abierto sobre la cama. No se acordaba de cuando empezó a quedarse dormida. El último recuerdo que tenía en su memoria era el de una conversación entre la reina visigoda y su médico. Busco el marcapáginas entre la arrugada sábana y lo colocó en la página en la que el libro había quedado abierto. Antes de cerrarlo echó un vistazo a las últimas líneas. Se trataba, efectivamente, de la conversación que recordaba. Dejó el libro sobre la mesilla de noche donde el reloj-despertador señalaba las nueve y veinte de la mañana del lunes 4 de julio. Para las once y media ya había desayunado, hecho la cama y puesto una lavadora con la ropa de Sandra Demsar Kastelic. Después se arregló para salir de compras. Mientras se maquillaba frente al espejo se decía, como todos los días, que nadie diría que acababa de cumplir los cuarenta y siete, pues su aspecto más propio era de una mujer de treinta o treinta y dos años.
Salió al balcón para ver qué tiempo hacía y decidir que ropa ponerse. El día en Gijón era soleado y ya se veían algunos bañistas en la cercana playa del Arbeyal. Al fondo, por encima de la Campa Torres, sobresalían las dos chimeneas rojiblancas de la central de Aboño. No había una sola nube en todo el cielo.
Decidió ir caminando hasta el Carrefour, a unos diez minutos para hacer las pequeñas compras que necesitaba: pan y una caja de cápsulas de café de café au lait para la Dolce Gusto que había comprado hacía dos meses. Una compañera de trabajo le había hablado del buen café que hacía y de lo prácticas que era, y así lo pudo comprobar. Para tan corta distancia y escasa compra y con una mañana tan agradable, nada le apetecía sacar el coche.
Cruzó por la calle Guatemala hasta la República Argentina y desde allí, como hacía habitualmente cuando iba a comprar caminando, subió por la calle Ecuador hasta el Carrefour.
Cuando salió con la compra se acercó al Yelmo Cines, a la izquierda del aparcamiento del Carrefour, para echar un vistazo a la cartelera. No vio nada que encajara en sus gustos. Le gustaba las comedias y dramas románticos, del estilo de Bajo el sol de la Toscana o Memorias de África, además de las películas sobre la Edad Media y nada de lo que se anunciaba pertenecía a ninguno de esos géneros. Era una lástima, pues le hubiera gustado pasar la tarde en una de las salas del Yelmo.

Estaba de vacaciones y sola. Sandra había intentado convencerla para que, mientras ella estaba en Manchester, se fuera al cualquier lugar de la costa mediterránea unos días, pero no le apetecía. La playa no era una de sus debilidades y, aunque no fuera así, a cien metros de su casa tenía la del Arbeyal y no muy lejos la de Poniente o San Lorenzo. Había decidido no hacer ningún plan y que fuera la vida, si tenía alguno, quien se lo presentara.
Volvió a su casa con la desgana propia de quien no tiene nada que hacer y a muy corta distancia del aburrimiento y algo que no se quería permitir, era aburrirse, así que dejó la compra sobre la mesa de la cocina, fue a su habitación y cogiendo el libro de la mesilla de noche- el bolso no lo había soltado ni un instante – salió a la calle. Cruzó por el parque entre el edificio circular de EMA y la Casa del Mar para sentarse en un banco que vio libre en el paseo que bordeaba la playa del Arbeyal. Había varios bancos, pero todos, excepto aquel, estaban ocupados por personas mayores, hombres en su mayoría, que se calentaban al sol mientras charlaban o simplemente miraban añorando sus tiempos de juventud, a las mujeres que con bikini unas y en topless otras paseaban por la arena de aquella playa artificial, otrora asentamiento de un astillero de los muchos en que Gijón había cincuenta años atrás.

Abrió el libro, cruzó las piernas – se sentía así más cómoda – y retomó la lectura de aquella novela de que, poco a poco, comenzaba a interesarla por el personaje femenino protagonista, Teodegonda, la esposa de Alarico, más que por las hazañas de éste.
El sol estaba casi ya en su zénit, por lo que pasaría ya de las doce. Leería hasta las una y media y después tomaría una caña en la terraza del Savannah, donde comería.

…A medida que avanzaban hacia el noreste, la calzada tenía mayor número de tramos con pendiente, haciendo que la marcha del ejército de Alarico fuera más lenta. Ocho tediosas jornadas tardaron en llegar a Pampelon, donde acamparon dos días, tanto para recuperar fuerzas y reponer víveres como para dar tiempo a que los ojeadores de Alarico informaran sobre la seguridad del recorrido hasta Valcarlos, y que sus espías obtuvieran información sobre posibles actuaciones de los vascones, pues las relaciones de los visigodos y este pueblo no era cordiales, al contrario de lo que había sido con los romanos. Era necesario evitar sorpresas en un terreno abrupto, con tramos donde la calzada transcurría entre barrancos desde cuyas alturas un reducido grupo de vascones podría atacar impunemente a cualquier columna de soldados, ya fueran de infantería o caballería que se encontrara cruzando los angostos pasos, sin que los atacados tuvieran posibilidad alguna de responder.
Pampelón había sido levantada por el general Pompeyo Magno en el año 75 a.C. sobre una poblado llamado Iruña, llegando a convertirse en la ciudad principal de los vascones y centro de vital importancia por su posición estratégica para controlar el paso de salida y entrada a la península.
Alarico, como medida preventiva, ordenó formar una tropa de 50 hombres a caballo y 200 de a pie que, partirían un día antes que el grueso del ejército, pues aunque sus espías no obtuvieron indicio alguno sobre que los vascones tuvieran intención de tenderles alguna emboscada aprovechando el paso por la cordillera, ni sus ojeadores hubieran observado nada sospechoso al menos en las siguientes 20 millas, prefería ser precavido. Un tropa de vanguardia como la que había formado, era lo suficientemente numerosa como para merecer el interés de los vascones de forma que si fuera atacada, él, con el resto del ejército podría caer sobre los atacantes y dejar expedito el paso.
Diez jornadas tardaron en llegar a Valcarlos y tres más en recorrer el valle pues los numerosos arroyos que nacían en las altas montañas aún traían el agua del deshielo. En la aldea de Arnéguy o Arnegui, en la lengua de los vascones, al otro lado del valle, les esperaba la tropa que Alarico había enviado como vanguardia. El terreno seguía siendo montañoso, pero no tan abrupto como el que acababan de cruzar y las presencia de los vascones era insignificante, por lo que nada había de temer. Reunido ya todo el ejército y tras descansar una jornada, partieron hacia Toulouse, a donde llegaron un mes más tarde, entrando en la capital del reino visigodo cuando las primeras nieves cubrían de blanco las cimas de las no muy lejanas montañas.
En la corte, informada Teodegonda de la proximidad del ejército por los farautes enviados por Alarico, desde hacía unos días todo estaba preparado para que el pueblo hiciera un gran recibimiento a su rey y a su victorioso ejército.

sábado, 29 de diciembre de 2012


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO VII (30.12.2012)

Bertulfo estaba contento pues Teodegonda estaba satisfecha con el progreso producido en su cuerpo con la utilización de sus recetas, y así se lo había reconocido.
- Sois un buen físico Bertulfo y lamento haber sido tan dura con vos al no dar crédito a vuestras palabras sobre la recuperación de mi cuerpo tras el parto. Cierto es que me hubiera gustado que el proceso fuera más rápido, pero – continuó – aún falta mes y medio para que regrese el rey y confío en que para entonces volveré a tener la misma figura que cuando él partió para la Hispania.
- No lo dudéis, mi reina, pues no sólo recuperareis vuestra figura, sino que ésta aún será más hermosa a los ojos tanto del rey por el hijo que le habéis dado, como del esposo, pues la Naturaleza parece convertir la maternidad en una halo de hermosura que no sólo afecta al cuerpo, sino al alma, por lo que el brillo de vuestros ojos reflejará toda la felicidad que sentís y la pasión que seréis capaz de sentir para hacer que de esa felicidad goce también vuestro esposo.
- Sois un hombre sabio Bertulfo y me alegro de que seáis mi médico.
- Agradezco vuestras palabras, mi reina- contestó.

Todos los días varias veces, sus doncellas la desnudaban completamente para que pudiera contemplarse en el espejo y comprobar una y otra vez como su vientre recuperaba su forma y los pechos, que ya había dejado de producir leche, se volvían duros y firmes. Se contemplaba de frente, de perfil y hasta de espaldas merced a la utilización de otro espejo que su doncella sostenía en la posición adecuada.
A Adriana, su primera dama, le preocupaba la obsesión de la reina por su figura, hasta el punto de pensar que podría enfermar de insania, pero no sabía cómo decirle lo innecesario que era estar contemplándose varias veces al día para ver como evolucionaba su cuerpo. Aunque llevaba siendo su dama bastante tiempo y casi podría decir que hasta eran amigas, pues muchas confidencias le había hecho durante los últimos mese de la preñez, temía que Teodegonda estallara en cólera y la castigara por impertinente, pero tampoco podía dejar que aquella obsesión la condujera a un estado de enajenación que, estaba convencida, no tardaría en producirse.
Adriana, presente siempre en esos momentos de contemplación ante el espejo, no encontraba nada anormal, ni impropio de un cuerpo joven; es más, le parecía que era hermoso, bien proporcionado, de nalgas prietas, vientre armonioso y pechos firmes. Era difícil, para quien no lo supiera, que había parido hacía muy pocas semanas.
No podía permitir que enfermara de locura, tanto por el afecto que le profesaba, como por ella misma, pues si ahora, cuando todo era perfecto se comportaba de esa forma ¿quien la soportaría si su mente enfermaba? Así que una mañana, cuando le ordenó que sostuviera el espejo para verse de espaldas, cuando le preguntó cómo la veía, aprovechó la ocasión.
- Mi señora, si de vuestra espalda salieran dos grandes alas de blanco plumaje, seríais un ángel, pues tenéis un cuerpo tan hermoso, que solo con el de un ángel podría ser comparado.
- Es cierto que mi cuerpo es hermoso, pero no hasta ese extremo que dices, pues aún siento algo de flacidez en mis pechos y fíjate en mis nalgas que presentan algo de rugosidad. ¿Crees que este podría ser el cuerpo de un ángel? ¿Acaso crees que estoy tan ciega como para no ver que aún me queda camino por recorrer? Las cremas de Bertulfo están produciendo su efecto, pero aún no se ha culminado el proceso y es preciso que haya finalizado antes de que llegue mi esposo.
- Pero, mi señora, no puedo negar lo que mis ojos ven y no es por el afecto que os tengo, sino porque sé cuanto valoráis la sinceridad- contestó y además ¿creéis que el observaros diariamente varias veces acelerará ese proceso? ¿No hará que parezca todo lo contrario, pues en un día, nada o muy poco puede cambiar, si es que algo tuviera que hacerlo? ¿No sería, en caso de que tuviera que ser así, e insisto en que estáis perfecta, más reconfortante contemplaros cada tres o cuatro días para poder apreciar esos cambios que decís?
- ¿No te das cuenta de que mi esposo estará aquí en mes y medio y que para entonces nada ha de quedar en mi cuerpo como consecuencia de haber parido? ¿No entiendes que necesito asegurarme que así será y que necesito comprobarlo día a día?
- Como digáis, mi señora – contestó.
Adriana optó por no seguir insistiendo. La cabeza de aquella joven mujer que era su reina, estaba cerrada a cualquier razonamiento que no coincidiera con sus propias creencias, así que tendría que buscar las vías para hacerla entrar en razón.

Dos días más tarde se hizo la encontradiza con Bertulfo. Tenía una buena opinión de él como médico y sabía que era un hombre juicioso. Bien lo había demostrado cuando a punto estuvo de perder su puesto en la corte por hacer ver a la reina que la transformación de su cuerpo por la preñez y el parto era algo natural y que en poco tiempo recuperaría su estado anterior.
- Quisiera hablar con vos, Bertulfo, si disponéis de tiempo.
- Decidme Adriana en qué os puedo servir ¿Acaso estáis enferma?
- No se trata de mí, sino de la reina – contestó
- ¿Le ocurre algo a la reina?- preguntó alarmado
- No, no le ocurre nada que ya no sepáis – le tranquilizó.
Durante unos minutos, Adriana le habló a Bertulfo sobre el comportamiento de Teodegonda y el temor que sentía a que enfermara de insania. También le contó la conversación que había tenido con ella dos días antes y la cerrazón de la reina a aceptar cualquier razonamiento.
Bertulfo escuchaba con la máxima atención lo que Adriana le contaba.
- De verdad que no faltan motivos para que esteis preocupada, pues la mente es un arma muy poderosa y complicada que bien puede, aún sin querer, causar mal al cuerpo, cuando pierde el control; pero no veo que pueda hacer yo, si eso era lo que de mí buscabais, cuando a vos, por lo que decís, no ha querido haceros caso.
- Quizás si vos le hablarais como médico advirtiéndole del riesgo de… No, no creo que sirviera de nada. Tendría que ser algo que la
hiciera temer que su recuperación podría retrasarse si se obsesionaba con comprobar continuamente su avance… o algo parecido. ¿Qué opináis, Bertulfo?
- Algo se me ocurrirá, no os preocupéis, aunque en modo alguno puedo aseguraros el éxito del intento. Algo se me ocurrirá.
- Confío en vos y estoy segura que sabréis como proteger de sí misma a la reina.

Al día siguiente, Bertulfo solicitó ser recibido por la reina para verificar su estado de recuperación, petición que Teodegonda concedió de muy buen grado. Adriana fue testigo de la conversación que ambos tuvieron y en la que la reina respondió afirmativamente a la pregunta del médico sobre si continuaba notando los efectos positivos del tratamiento prescrito.
Después de preguntarle si sus pechos habían adquirido la firmeza deseada y habiéndole contestado ella que aún la consideraba insuficiente, Bertulfo creyó llegado el momento de intentar lo que había pensado.
- Por lo que decís, el tratamiento aún no ha logrado el efecto final previsto, algo que me tiene confundido, pues ya debería haberlo conseguido – comentó.
- ¿Qué decís, Bertulfo? ¿Estáis insinuando que podría no lograr lo que tanto deseo? ¿Es así? ¡Vamos, contestad¡
- El caso es, mi señora, que los males del cuerpo, y en vuestro caso en modo alguno pueden considerarse como tales, aunque a efectos didácticos así los entenderemos, están relacionados con los de la mente y viceversa, de tal manera que imaginando poseer una enfermedad, el cuerpo puede responder a esa idea enfermando, o que una mal corporal termine afectando a la mente perturbándola y…
- Explicaos, que no os entiendo ¿Qué queréis decir? – le interrumpió Teodegonda.
- Quiero decir, mi señora, que si el cuerpo se siente muy controlado por la mente, puede ocurrir que los remedios que le son aplicados no actúen de acuerdo con su condición, por lo que sus efectos pudieran anularse o simplemente retrasarse.
- Pero ¿qué tiene que ver conmigo eso que decís? – preguntó.
Había llegado el momento más difícil, pero no había posibilidad de volver atrás.
- Tiene que ver con vos, mi reina, porque que estar comprobando diariamente y varias veces en el día qué avances se producen en vuestro cuerpo, pudiera hacer sentir a éste que vuestra mente trata de controlarlo, y no es improbable que si así fuera, los progresos fueran menores de lo que debieran porque se haya anulado o apagado la eficacia de las cremas que os prescribí.
- Pero necesito estar segura de que el rey me encontrará …
- Lo comprendo, mi reina – se permitió interrumpirla – pero bien podéis hacer esas comprobaciones cada seis o siete días. De esa forma no solamente facilitaréis la eficacia del tratamiento, sino que os agradará ver de una forma más evidente como vuestro cuerpo progresa hacia la perfección.
- Es my duro eso que me pedís, Bertulfo, pero pondré de mi parte todo lo necesario para que cuando llegue mi señor, me encuentre más atractiva y deseable que nunca.
- Celebro que así lo decidáis, pero recordad lo que os he dicho para cuando la impaciencia os tiente. Y ahora, si no deseáis nada más de mi …
- Podéis retiraros con mi agradecimiento- concedió Teodegonda.
Adriana, que había permanecido callada durante todo el tiempo, estaba admirada por la hábil manera con la que el médico había conseguido reconducir el comportamiento de la reina. Suspiró aliviada.

viernes, 28 de diciembre de 2012

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS por Alfonso Martínez.

CAPITULO VI (29.12.2012)


CAPITULO VI
Acababan de salir de la Estación de Autobuses de Oviedo, así que en poco más de veinte minutos llegaría a Gijón, su destino.
Colocó un marcapáginas que encontró en el bolso y que quizás estaba allí desde que asistiera a la presentación de un libro en la Librería Central tres meses antes, tercera parte de la trilogía del caballero Iñigo Aldai, novela histórica que le había gustado, obra del escritor asturiano Alfonso Martínez, y cerró despacio, como distraída, la novela que aquella misma mañana, casi al mediodía, había comprado en el Rastro de Madrid.

Estaba cansada como consecuencia de haber dormido poco, pues había cogido el ALSA Gijón- Madrid a la una de la mañana para acompañar a su hija Sandra al aeropuerto de Barajas, donde debía tomar el vuelo VX1013 Madrid- Manchester, de aireuropa a las ocho. Sandra iba a pasar el verano trabajando de au-pair para una familia y mejorar así su inglés.
Después de despedirla en la puerta de la zona de embarque, tomó el 8 hasta Nuevos Ministerios y allí el 10 hasta Puerta del Sur. Dudó si seguir caminando hasta la Puerta del Sol o tomar el 1 en Tribunal. Optó por seguir utilizando el Metro y ya en Sol, donde el calor empezaba a sentirse, después de comprar un décimo de lotería en Doña Manolita donde ya había que hacer cola, se dirigió a la aledaña calle del Carmen. La terraza de la cafetería Europa, con sus sombrillas blancas, invitaba a sentarse y a tomar un desayuno que buena falta le hacía, pues en el aeropuerto sólo había tomado un café.

Allí estuvo durante casi una hora disfrutando del croissant relleno de jamón y lechuga acompañado por una caña y que remató con un café a la crema.
Tenía el billete de regreso a Gijón para las cinco de la tarde en el Supra, así que disponía de varias horas para hacer lo que quisiera en la capital del Reino.
Siempre había tenido ganas de ir al Rastro y esta era una buena ocasión, pues era domingo y no quedaba lejos. Iría paseando, sin prisa.
Allí fue donde en un puesto de libros antiguos y descatalogados, le llamó la atención uno de tapa dura, de color azul desleído, con el título impreso en color dorado: La fuente de Alarico. Lo cogió y miró los créditos. Había sido editado
en 1823 por una editorial de Barcelona que ni le sonaba y tampoco el autor. La hojas estaban amarillentas y los bordes irregulares. Echó un vistazo a la primera página para colegir de qué iba la novela:
Que Teodegonda era una mujer hermosa nadie lo ponía en duda. Su cuerpo esbelto y bien proporcionado, del que estaba ausente la aparente robustez habitual del resto de las mujeres de su pueblo, así lo acreditaba. Sus ojos azules eran como dos pedazos de cielo destacando en un rostro de delicadas facciones y su cabellera, rubia como el oro procedente del mejor crisol, emitía destellos dorados cuando los rayos del sol incidían sobre ella.
Aunque hija ilegítima de Teodorico, nacida de Audefleda, había sido considerada por su padre como prenda bastante para fortalecer la unión del pueblo ostrogodo (godos del este) con el visigodo (godos del oeste) dándola como esposa a Alarico II, rey de los visigodos, y así poder enfrentarse a los francos de Clodoveo I que eran demasiado numerosas como para que cada pueblo pudiera enfrentarse a ellas con alguna probabilidad de éxito.

Se trataba de una novela histórica, pensó, de las que a ella le gustaba y más aún si transcurría en la Alta Edad Media. Pagó los 12 euros que le pidió el librero y lo guardó en su bolso.
Eran las diez y media de la noche cuando el Supra entraba en la Plaza del Humedal y enfilaba Magnus Blikstad para, por la calle Ribadesella, entrar en la Estación de Autobuses de Gijón.
Cogió un taxi en la parada de Prendes Pando y en menos de quince minutos estaba abriendo el portal de su casa, en el 68 Bis de la Avenida de Eduardo Castro, en el Arbeyal, cerca del edificio de la Empresa Municipal de Aguas.
Por rutina y al no darse cuenta que era domingo, echó un vistazo al buzón. Ana Toral y Sandra Llanos, 4º A, decía la etiqueta.
Hacía 3 años que sobre ese mismo buzón también estaba el nombre del que había sido su marido.
El divorcio se había producido de forma amistosa, quizás porque la separación, inconscientemente, se estaba gestando desde hacía unos años. La continuos viajes de Alberto al extranjero por razones de trabajo – era director de
producción de una empresa dedicada a la exportación de bienes de equipo – había ido enfriando su relación hasta el punto que casi nada había que hablar entre ellos.
Fue ella la que, tras meditarlo profundamente y durante largo tiempo, le expuso lo inútil de una relación que a nada conducía y que, lo más probable era que terminara causando la infelicidad de ambos, viéndose impedidos a tener una vida sentimental aceptable. Él le propuso pedir un cambio de puesto en la empresa que le permitiera estar junto a ella y su hija todo el tiempo posible, pero no aceptó la propuesta, pues sabía que aunque él lo decía sinceramente, el sacrificio de su carrera profesional, tarde o más bien pronto que tarde, cobraría su precio en términos de frustración personal, y ella no quería ver en su mirada el reproche que con palabras nunca le haría. No. Era mejor ahora que más tarde. Ella le quería y no dudaba que el sentimiento era recíproco, pero cambiar la situación para que las circunstancias fueran las adecuadas era prácticamente imposible, pues no era tan fácil en los tiempos de crisis que corrían, disponer libremente de tal o cual trabajo en función de la conveniencia de cada momento, ni el sacrificio podía ser sólo de una parte, pues ella a nada tendría que renunciar, ya que su jornada de trabajo como administrativo en la Junta de Obras del Puerto era intensiva, de siete a dos y media, lo que le permitía compatibilizar perfectamente su vida familiar y laboral.
Estuvieron hablando durante largas horas, tumbados en la cama, casi hasta el amanecer, envueltos por la penumbra de la habitación que favorecía el diálogo sincero.
Acordaron que él haría una asignación mensual de 800 € para Sandra hasta que cumpliera los 21 y a la que podría visitar siempre que las circunstancias se lo permitieran, así como que pudiera llevarla de vacaciones, cuando las tuviera, si así lo deseaba, mientras que ella se quedaría con la vivienda, pero sin asignación, ya que tenía los ingresos propios de su trabajo.
Quince días más tarde y después de hablarlo con Sandra, dieron finalizada oficialmente su convivencia, iniciada 22 años antes.
El primer año fue doloroso, especialmente en las Navidades, pero el tiempo fue suavemente mitigando aquel dolor y casi sin darse cuenta, los sentimientos que habían nacido y crecido en su corazón, poco a poco se fueron durmiendo y
ahora apenas se acordaba de él, salvo cuando recibía la asignación mensual y que agradecía con una sonrisa.
Ya en su casa, se dio una ducha y se preparó un sándwich vegetal que cenó sentada delante de la tele aunque no la encendió.
Eran las once y media cuando decidió irse a la cama segura que en cuanto se tumbara caería en un sueño profundo. La noche era calurosa por lo que se cubrió solamente con la sábana. Cerró los ojos y se dejó llevar al mundo de la inconsciencia; pero …incomprensiblemente, el sueño no llegaba. Es más; tenía que forzar los párpados para mantenerlos cerrados. Temiendo una noche de insomnio, se levantó y preparó una infusión de valeriana con miel de azahar que tomó ya metida en la cama.
Sobre las 3 de la mañana, el bocinazo de un conductor irresponsable que seguramente vendría de alguna verbena de las muchas que por esas fechas tenían lugar en las pedanías de Gijón, la despertó. ¿Estaría condenada a pasar la noche en blanco? ¿Cómo era posible que no tuviera sueño cuando apenas había dormido desde la noche anterior? Nada había ocurrido que la preocupara hasta el punto de privarla del sueño, pues la marcha de Sandra a Manchester era algo que habían hablado entre ellas y estaban de acuerdo y, además, Sandra era una chica muy responsable, quizás incluso demasiado madura para su edad.

Se acordó del libro que había venido leyendo en el ALSA. Quizás si leyera un poco le entrara el sueño. Fue al salón, donde había dejado el bolso tirado en el chaise longue y cogió el libro. Dobló la almohada para estar con el tronco más erguido y abrió la novela por dónde había colocado el marcapáginas.
Comenzó a leer.

jueves, 27 de diciembre de 2012

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez


CAPITULO V (28.12.2012)

Clodoveo, rey de los francos, llevaba varios día reunido con sus generales en Soissons, al norte del reino, donde estaba instalada su Corte desde que venciera al último magister militum de las Galias, Siagrio, conocido como Rey de los romanos, cuatro años antes en la batalla de Soissons.
También asistía a la reunión Remigio, el obispo de Reims, pues era su consejero desde la conversión del rey al catolicismo en el año 496, como consecuencia de lo acaecido en la batalla de Tolbiac, frente a los alamanes, aquel conjunto de tribus germanas que vivían en el borde sur del río Elba y a lo largo del Mena, pues según se decía, cuando más delicada era la situación de Clodoveo durante la batalla, y sin que las súplicas a sus dioses fueran oídas, en un gesto desesperado invocó al dios de su esposa Clotilde, que era cristiana y de alto linaje, hija del que fuera rey de los burgundios, Chilperico II y de Caretena, quienes tuvieron un trágico final en el año 476, cuando Gundebaldo, tío de Clotilde, asesinó a su padre y después ahogó a su madre. La invocación a Cristo pareció ser escuchada, pues cuando estaba a punto de ser capturado, Siagrio cayó muerto por una flecha que atravesó su armadura, lo que provocó la huida de su ejército y la gran victoria de Clodoveo.

Clotilde y Remigio presionaban constantemente a Clodoveo para que se convirtiera al cristianismo, llegando finalmente a vencer su reticencia hasta el punto que llegó a prometer que si salía victorioso de la batalla contra Siagrio, se bautizaría, así que cuando regresó victorioso, ambos le reclamaron el cumplimiento de la promesa hecha.
Tras ser instruido por Remigio en los misterios del cristianismo, se celebró el rito del bautismo en Reims, aconteciendo allí un nuevo hecho milagroso, pues al llegar al baptisterio, el obispo dio cuenta de que no había en él crisma para la unción; pero, ante el asombro de todos, apareció una paloma llevando en su pico una crismera de la que el mitrado tomó el sagrado aceite para ungir al rey.

No podía haber duda alguna sobre que Clodoveo era grato a los ojos de Dios.
El motivo de la reunión con el generalato no era otro que analizar con detalle cualquier circunstancia que pudiera justificar un ataque a Alarico y que debía ser tal que no diera razones a su suegro Teodorico para acudir en defensa de su yerno, como ya lo había hecho en el pasado, aunque en enfrentamiento no había sido contra el actual rey franco.
La población franco-romana católica clamaba por la intervención de Clodoveo, no por las razones políticas que a éste le interesaban, sino porque detestaban a los herejes arrianos a los que había que borrar de la faz de la Tierra y de los que Alarico era el máximo exponente.
Los obispos y sacerdotes católicos que aún podía predicar y ejercer su oficio en el reino visigodo, no perdía oportunidad para alentar a sus fieles a manifestarse en defensa de la auténtica fe y a combatir la herejía arriana, así que – cuando llegue el momento, Alarico no sólo tendrá que enfrentarse a vuestro ejército – decía el obispo Remigio – sino que también a una parte importante de su propio pueblo.
- Cierto es que ese será un grave contratiempo, pero en cualquier caso y como bien decís, será cuando llegue el momento y no os he reunido aquí para pergeñar la estrategia más conveniente para esa batalla, sino para determinar qué circunstancias o hechos son los más convenientes para establecer ese momento que decís, obispo – dijo Clodoveo con firmeza – así que centrémonos en ello.
- ¿Os parece débil razón defender la verdadera fe y la doctrina del Papa? – preguntó el obispo algo molesto.
- No, obispo; me parece razón suficiente, pero con razones no se derrota al enemigo en el campo de batalla, sino con soldados y aún cuando nuestro ejército en más numeroso que el de Alarico al que podríamos vencer con facilidad, si esa es la voluntad de Nuestro Señor – contestó Clodoveo – la ayuda de los ostrogodos inclinaría la balanza hacia el otro lado y, ante esa posibilidad de intervención de Teodorico, atacar Toulouse sería de necios, así que ¿cómo evitar esa posible ayuda de Teodorico?
Ante esta argumentación, el obispo Remigio guardó silencio.
- Si Teodorico decidiera acudir en ayuda de su yerno y eso es muy probable, solo lo podría disuadir la presencia de un ejército mucho más numeroso – era Argimiro quien hablaba, uno de los generales de Clodoveo, un hombre de gran corpulencia y una llamativa barba pelirroja – y tal ejército se podría formar si contáramos con la ayuda de Anastasio.
- Pero Anastasio acaba de empezar la guerra contra los persas y, además es monofisita – intervino Gastón, general de infantería.
- Es cierto que sigue defendiendo la doctrina hereje de Eutiques de Constantinopla – se apresuró a decir el obispo – a pesar de que fue condenada en el IV Concilio Ecuménico de Calcedonia hace ya 51 años y…
- Pero practica el Henotikón– replicó Gastón – que, como sabéis y aunque promulgado por su antecesor el emperador Zenón, fue redactado por Acacio, el patriarca de Constantinopla, para lograr la pacificación religiosa y, por lo que sabemos, sigue siendo eficaz en el imperio de Occidente.
- Aún así, sigue siendo un hereje y la defensa de la fe católica no…
- ¡Callad¡ - ordenó Clodoveo – No discutamos ahora por algo que en las actuales circunstancias no es posible contemplar. Cuando el Dicorus termine la guerra contra Persia, será el momento de estudiar la conveniencia de solicitar o no su ayuda, pues como ya os dije, obispo, las batallas las ganan los ejércitos y no las razones teológicas.
- Pero …- Una mirada de Clodoveo hizo que interrumpiera lo que iba a decir.
Los rostros de los dos soldados que, lanza en mano, guardaban la puerta de entrada a la sala donde tenía lugar la reunión, eran hieráticos e imperturbables, lo que en modo alguno, a pesar del grosor de la puerta, les impedía oír la conversación que tenía lugar a sus espald
as.
- ¿Quién es ese Dicorus? – preguntó entre dientes uno de ellos.
- Así le llaman al emperador Anastasio, pues tiene un ojo de cada color – contestó de la misma forma su compañero.
Satisfecha su curiosidad, continuaron con su función de centinelas sin que un músculo de su cuerpo diera a entender que estaban vivos.
Dos horas más tarde, Clodoveo dio por finalizada la reunión sin que hubieran acordado otra cosa distinta a la de esperar noticias tanto del desarrollo de la guerra de Anastasio contra los persas, como sobre el regreso de Alarico de su campaña en Hispania.

miércoles, 26 de diciembre de 2012


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez

CAPITULO IV

Todo esto recordaba Alarico mientras cabalgaba con su ejército de regreso a la Galia donde, sin duda, le esperaban asuntos importantes de gobierno y alguno de la suficiente gravedad como para que, de no resolverlo favorablemente, su corona como rey de los visigodos corriera peligro, tal como era el de convencer a los nobles arrianos más radicales de la necesidad de aplicar las medidas de tolerancia, que ya tenía in mente, con los católicos para evitar que Clodoveo se erigiera como valedor de éstos y enviara su ejército contra Toulouse.
La herida del muslo parecía ir mejor tras la cura que el físico le había hecho cerca de Legio y las jornadas iban transcurriendo sin contratiempo alguno, pues el orden parecía reinar en aquellas poblaciones por las que pasaban y en las que sus jefes, acompañados por el pueblo, acudían a rendirle pleitesía.

Cierto era que el grueso del ejército iba precedido por una avanzadilla de 50 jinetes como primera fuerza de choque en prevención de encuentros no deseados, así como para asegurarse del caluroso recibimiento con que Alarico sería recibido en todas y cada una de las poblaciones por donde el ejército tenía que pasar.
El avance de un ejército de más de 1500 hombres era necesariamente lento, pues aunque la infantería, algo más de 1100 soldados cargando con sus pertrechos, podía caminar unas ocho horas por jornada, no así las carretas con las vituallas, tiendas, forjas, leña, ruedas para las carretas, etc. lo que limitaba el avance a unas veinte millas diarias y eso siempre que por el estado de la calzada, no siempre en las condiciones adecuadas para aquellas pesadas carretas con ruedas de madera tiradas por mulas, no se rompiera algún eje o rueda, en cuyo caso el avance aún se volvía más lento.
Todos eran soldados experimentados que llevaban años sirviendo en el ejército visigodo, por lo que montar el campamento apenas les llevaba dos horas y otro tanto levantarlo cada amanecer.

Una semana tardaron el llegar desde Legio a Segisama y dos jornadas y media hasta Virovesca, donde Alarico decidió descansar durante un día.
Aquella noche, como todas las anteriores, cenaba con sus generales en la tienda real. Los temas habituales de conversación durante casi toda eran sobre la milicia, los hechos de la campaña, recuerdos de otras pasadas y ya, cuando el abundante vino que trasegaban en cuernos de vaca o póculos de latón empezaba a nublar sus mentes, eran las mujeres el motivo de sus voces pastosas y sonoras carcajadas hasta que o bien Alarico levantaba la reunión o iban cayendo dormidos sobre los maderos de la mesa en la que habían cenado jabalí, cordero o aves de caza, que en el recorrido algunos arqueros y lanceros, sin otra misión que esa, cazaban por los espesos bosques de robles y encinos que se extendían inmensos a ambos lados de la calzada.

Las vituallas de la tropa no eran tan copiosas, aunque en ellas no faltaba la carne y el tocino, además de pan de cebada y vino.
La cena de aquella noche transcurría con inusual tranquilidad y las conversaciones entre los generales eran casi a media voz, quizás debido a que el rey cenaba en silencio y aparentaba estar abstraído.
Allí estaban Huberto, bajo cuyo mandato estaba la mitad de la caballería; Lanfrarico, que mandaba la otra mitad, Edgardo, Arduino y Gerbrando responsables de la infantería y Boleslao, de quien dependía la intendencia.
- ¿Os preocupa algo, Señor? – se atrevió a preguntar Huberto, con la confianza que le daba el haber sido preceptor de Alarico cuando servía a las órdenes de Eurico, su padre y anterior rey.
Pasaron unos instantes hasta que la pregunta sacó a Alarico de su abstracción.
- No, no – contestó – Solamente pensaban en aquella gente que salió del bosque cuando tuvimos el encuentro con la partida de suevos y…
- Fue donde os hirieron, pero pagaron caro su atrevimiento – le interrumpió Arduino, que era el general que había protegido al rey cuando fue herido.
- Si, fue entonces, pero no pensaba en mi herida, ya curada, sino en … - quedo unos instantes en silencio - ¿Os disteis cuenta - continuó – de cuan viejos que eran aquellos hombres y sin embargo con un vigor impropio de la edad que aparentaban? Ochenta años tenía, como poco, aquel que dijo llamarse Froi, pues ya había nacido en los tiempos de Honorio.
- Así es, Señor. A todos nos llamó la atención y más aún cuando en la población que habéis fundado vimos tanto hombres como mujeres muy longevos – comentó Lanfrarico – aunque cierto es que apenas vimos hombres jóvenes.
- No dejo de preguntarme qué hay en la naturaleza de esos Egurros para que vivan tantos años y aún mantengan el vigor, si es que de su naturaleza se trata, o de qué se alimentan, o si toman bebedizos o pócimas secretas que prolonguen su vida. ¿Qué opináis? – preguntó sin dirigirse a nadie en concreto.
- Lo ignoramos, Señor - contestó Boleslao – aunque me atrevería a decir que nada tiene que ver con su alimentación, pues los recursos de la comarca, por lo que pudimos ver, son los mismos que para los Bedunios y Amacos y en ninguno de estos dos pueblos hemos visto cosa igual a la de los Egurros.
La opinión de Boleslao estaba cargada de razón, pues él, como responsable de la intendencia del ejército, se ocupaba del avituallamiento que, necesariamente, había de nutrirse en su mayor parte con los que se diera en cada lugar donde acampaban, y en aquella amplia comarca tan generosamente regada por los ríos Tuerto, Órbigo, Ornia, los recursos procedían de la caza – jabalíes, conejos, aves – así como de la pesca tanto para Bedunios como para Egurros y Amacos.
- Entonces, Boleslao ¿crees que se trata del efecto de bebedizos o encantamientos? – le preguntó el rey.
- No lo creo así, Señor, pues si de magia o pócimas milagrosas se tratara, difícil sería mantener el secreto si se administrara a toda la tribu y, por lo que hemos visto …
- Ergo… ¿cuál es tu conclusión?
- Que la razón para alcanzar edades tan avanzadas está en la naturaleza de esas gentes, por lo que no es ni siquiera un secreto.
Forma parte de su carne y convencido estoy de que ni ellos mismos conocen la razón – concluyó.
- Seguramente así es. Ahora comamos y bebamos, que el estómago también reclama nuestra atención.
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EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS (26.12.2012) 
por Alfonso Martínez.

CAPITULO III

Mientras Teodegonda se sometía gustosa y esperanzada al tratamiento prescrito por Bertulfo, Alarico, que iniciaba el regreso a Toulouse de Languedoc al frente de sus tropas, compuestas por 410 hombres a caballo y 1164 soldados de a pie después de haber dejado una guarnición de 18 jinetes y 32 soldados de infantería en el recién fundado lugar de Requeixo, entre el Órbigo y el Tuerto, cruzaba pensativo la población de Villa Aurea, donde antaño había estado acampada una legión de sus seculares enemigos: la romana Legio VII Ferrata.

Cuando partió de la corte tolosana seis meses antes para iniciar la campaña que ahora había finalizado, su esposa Teodegonda había concebido al que sería su primer hijo y sucesor, porque no tenía duda alguna sobre que sería un varón, hecho que, unido a su victoriosa campaña, le aseguraría una mayor protección de su suegro Teodorico, el Grande, frente a las pretensiones expansionistas del rey de Clodoveo, el rey de los francos, a quien sólo quedaba por conquistar el reino visigodo de Toulouse para dominar toda la Galia.
Eurico, su padre, rey de los visigodos desde el 446 hasta el 484 después de asesinar a su hermano Teodorico II, había sido un fanático arriano y combatido a los prelados católicos acabando con los obispos de Perigueux. Limoges, Bazas, Cousans, Burdeos, Mende y Eause. El obispo de Bigorre, Fausto, tuvo mejor suerte pues le perdonó la vida aún cuando se negó a abjurar del catolicismo, pero no así Gaudencio y Sidonio Apolinar, obispos de Bigorre y Clermont. Los fanáticos arrianos sintiéndose protegidos por Eurico, crearon un clima de terror entre los católicos que obligó a muchos a huir buscando lugares seguros allende los Pirineos, en la Hispania visigoda.
Mientras cabalgaba, analizaba la reciente historia del reino, cuya estabilidad le preocupaba grandemente. Él también era arriano, pero más le importaba conservar la corona para él y el hijo que ya habría nacido, que las discusiones teológicas sobre la esencia divina del Hijo, convenciéndose cada vez más de la necesidad de aplicar medidas tolerantes con los católicos que permitieran acabar con aquella peligrosa situación que, de mantenerse, no tendría otra consecuencia que la de dar argumentos a Clodoveo, convertido al catolicismo, para intervenir, algo que desde hacía tiempo estaba deseando hacer y no por defender la ortodoxia católica, aunque ese pudiera ser el pretexto, sino para cumplir sus objetivos políticos: hacerse con la corona del reino visigodo.

Aunque el paso de los hombres de a pie era ágil, el avance era menos rápido de lo que a él le hubiera gustado. Había acordado con sus generales utilizar como ruta de regreso a Toulouse la vía construida hacía unos siglos por los romanos y que naciendo de Asturica Augusta (Astorga) les llevaría por Legio (León), Segisama (Sasamón) donde había estado asentada la Legio IV Macedónica al mando de Octavio Augusto para someter a cántabros y astures, para seguir por Virovesca (Briviesca), Pompelon (Pamplona) y superar el puerto Sumo Pyrineo (Ibañeta) desde donde quedaban unas 215 millas romanas hasta Toulouse, la capital de su reino. En total recorrerían más de 550 millas que un jinete avezado y sin contratiempo alguno en el camino podría hacer en ocho o nueve días, pero un ejército de más de 1500 hombres con sus carretas y pertrechos y teniendo además que ir asegurándose de la consolidación de los asentamientos, al menos de los principales, no podía avanzar más de 8 o 9 millas diarias, razón por la que el mensajero que había enviado a Toulouse informó a Teodegonda que el rey tardaría unos tres meses en llegar.
Cuando eso ocurriera – pensaba Alarico – dispondría que se abrieran las iglesias que su padre había clausurado, renunciaría a su derecho a intervenir en el nombramiento de los obispos, a quienes autorizaría para convocar concilios, y daría a los católicos libertad para gestionar sus propios recursos eclesiásticos. Confiaba que estas medidas calmaran los ánimos de los católicos y frenaran las intenciones de Clodoveo, aunque antes de llevarlas a cabo informaría de sus intenciones a los nobles arrianos más notables, no sea que por estabilizar el reino, pudiera perder la corona.
Un ligero pinchazo en el muslo izquierdo hizo que se fijara en el vendaje que lo envolvía y en la mancha de sangre que le indicaba que la herida se había vuelto a abrir.
No era una herida grave, pero si molesta y que le hacía cojear ligeramente cuando caminaba. Había sido cuando en un recorrido a pie – era imposible utilizar caballos - por la ribera del río Órbigo con dos docenas de soldados, a unas tres millas aguas abajo de Villa Aurea, sorprendieron a una partida de suevos rezagados que recorría la margen derecha del río saqueando las pequeñas aldeas que se levantaban entre los claros de la abundante floresta que acompañaba al río en todo su recorrido, cuyos habitantes eran por derecho súbditos visigodos y a los que, por interés del propio reino, debía proteger, cuando en la refriega pudo, en el último instante con su escudo de madera, desviar una francisca, la temible hacha franca, destinada a partirle el pecho, pero sin poder evitar que le hiriera en el muslo. Ni siquiera sintió el dolor pues toda su atención y esfuerzo estaban concentrados en atravesar con su espada de algo más de una vara, el cuerpo de aquel suevo cuya frustración por lo fallido de su ataque puedo ver en sus ojos antes de que los cerrara para siempre. No tardó en empezar a notar algo de torpeza al moverse coincidiendo con la aparición del dolor en la parte herida y que no protegía la cota de malla de hierro con la que cubría su cuerpo. Se dio cuenta de que sangraba abundantemente, pero – ya había sido herido en ocasiones anteriores – coligió que no era una herida grave aunque si aparatosa, por lo que siguió inmerso en la lucha tratando de compensar con coraje la pérdida de agilidad. Uno de sus generales, que se percató de la situación, gritó dos nombres y casi al instante, tres hombres se situaron a su lado protegiéndole.
No tardaron los suevos en ser muertos y los pocos que no perecieron en la lucha, fueron ejecutados.
El físico que se ocupaba de la atención al rey, le aplicó un emplasto de consuelda en la herida, pues esa planta era un extraordinario cicatrizante, y se la vendó.

Hasta tres docenas de hombres empezaron a salir del bosque acercándose al grupo armado y al que algunos soldados se dispusieron a cortarles el paso. Estaban desarmados y – recordaba Alarico – tal parecían que había salido de
la noche de los tiempos, pues todos ellos eran hombres que por su aspecto parecían de muy ancianos, aunque se mantenían erguidos y su caminar erguido no era propio de la edad que aparentaban.
Cuando con un gesto del rey se acercaron, se postraron ante él expresándole su agradecimiento por haberles librado de aquellos suevos que les robaban y les obligaban a mantener escondidas a sus mujeres en la espesura del bosque, pues en el pasado se habían llevado a algunas de ellas y a otras, tras haberlas tomado por la fuerza, las había degollado delante de sus familias.
El que se identificó como jefe del grupo respondió a Alarico cuando éste le preguntó por qué no había jóvenes entre ellos, que muchos hombres había muerto luchando contra los romanos y que otros había sido esclavizados o forzados a servir en su ejército. Que pertenecían a la tribu de los Egurros y que ya estaban establecidos allí cuando llegaron los romanos, a los que habían combatido, pues preferían morir antes que ser convertidos en esclavos para trabajar en la extracción del oro, la plata y otros minerales abundantes en la comarca, así que cuando los aguerridos visigodos los liberaron del yugo romano, habían aceptado de buen grado su dominio, pues respetaban sus costumbres y les permitían dedicarse a aquello que había sido siempre su medio de vida: la pesca y los cultivos, razón por la que siempre se asentaban en las proximidades de los ríos.
Cuando Alarico le preguntó por su edad, el egurro, que dijo llamarse Froi, le contestó que no la conocía, pero que cuando él nació, Honorio era el emperador de Roma, lo que permitió al rey deducir que, habiendo muerto Flavius Honorius en el año 423, el hombre que tenía delante pasaba de los 80 años, una edad tan sorprendente que Alarico, arrastrado por la curiosidad, le preguntó si todos los miembros de la tribu, incluidas las mujeres, eran así de longevos.
- Así es, mi Señor- contestó – todos somos muy viejos, pero aún con las fuerzas necesarias para esperar con ilusión la salida del sol cada día.
- Asombroso, realmente asombroso- se admiró Alarico. Desde ahora ya no tendréis que preocuparos por vuestras mujeres y
pertenencias- continuó - pues para proteger esta comarca he dejado una guarnición allá cerca de donde este río se junta con el que viene del oeste, al que llaman Tuerto y a la que podéis recurrir en caso de necesidad. Y ahora, volved con vuestra gente.
Los Egurros era una tribu del pueblo astur y que desde hacía siglos vivía en el territorio entre la confluencia de los ríos Órbigo y Tuerto, al norte del que habitaban los Bedunios y al sur del territorio de los Amacos, cuyo principal núcleo de población era la Astúrica Augusta de los romanos.

El asentamiento fundado por Alarico era de dimensiones reducidas, de unos 10 actus quadratus, y había sido cercado con una empalizada de unos 9 cubitus o codos de alto con los troncos de los árboles que habían talado para despejar la zona. Solo había una entrada custodiada permanentemente por cuatro soldados.
Dentro del recinto se había instalado la tropa que quedaba de retén mientras que el grueso del ejercito estaba acampado en las afueras, entre la arboleda.
A la recién fundada población empezaban a llegar lugareños por curiosidad unos, por ver la forma de asentarse otros y sin que faltaran los que buscaban comerciar vendiendo a la tropa peces, quesos o frutas, así que Alarico pudo ver tanto hombres como mujeres con aspecto de ser muy longevos, pero sin que sus movimientos indicaran tal cosa.
A los dos días también aparecieron algunos niños y también muchachas, cuya presencia obligo a algunos jefes militares a poner orden en su alterada tropa.
Así, desde su tienda en Requeixo, pudo comprobar Alarico que lo que aquel anciano le había dicho sobre la longevidad de las gentes de su pueblo era cierto. No recordaba haber visto nunca tantos ancianos con tal vitalidad.
Una semana más tarde Alarico ordenó a sus generales que se preparan para regresar a Tolosa. Antes de partir también llamó al jefe de la guarnición que quedaba en Requeixo dándole instrucciones para que atendiera las demandas de protección que pudieran presentarle los lugareños, así como que favoreciera el libre trato entre sus mujeres y los soldados, - pues hembras capaces de llegar a edades tan avanzadas parirán hijos que servirán al Reino durante más tiempo – le dijo.
CAPITULO II (25.12.2012)

No fue hasta el atardecer del día siguiente cuando llegaron las doncellas que habían recorrido las aldeas cumpliendo las órdenes de Teodegonda.
Lo que le contaron a su Señora en nada complació a ésta, pues – siempre decís lo mismo y esas palabras no moldean mi cuerpo como deseo – les espetó, pues las fámulas le dijeron que había visto más de una docena de mujeres que acababan de parir y a otras que lo había hecho hacía varios meses y que así como las primeras les habían contado que sus senos – y era evidente – se habían desarrollado notablemente y sus vientres había quedado flácidos , aquellas otras que alumbraron meses antes, les dijeron que una vez que habían dejado de amantar, sus senos habían empezado a recuperar el tamaño anterior al del parto y que sus vientres empezaban a endurecerse, así como que no entendían por qué les hacían tales preguntas siendo como eran mujeres como ellas.
Teodegonda no amantaba a su hijo, que de eso se encargaba una nodriza, por lo que sus pechos – pensaba ella - debieran de haber dejado de producir leche, pero no era así y varias veces al día encontraba sus ropas mojadas por la leche que secretaban. Todo ella la había convencido de que, aún siendo cierto lo que todas sus doncellas, incluida Adriana, le decían, no recuperaría su aspecto normal hasta que pasaran muchos meses, quizás un año o más, en cualquier caso mucho después de que su esposo regresara. Dentro de tres meses Alarico la vería con aquellos enormes colgantes pechos que se abrían hasta casi tocar sus antebrazos y con en el vientre estriado que cualquier cosa parecía que no fuera el vientre de una mujer joven.
Si Alarico se decepcionaba – eso era lo más probable – estaba segura de que buscaría consuelo y placer en otras camas y sin que ella pudiera nada pudiera hacer.
Mandó llamar a Bertulfo, a quien expuso la necesidad de que sus pechos dejaran de producir leche, ya que así quizás pudieran recuperar la tersura, tamaño y firmeza perdidas, por lo que le ordenaba que le proporcionara el remedio adecuado para ello, so pena que de no conocer alguno, su incompetencia quedaría acreditada, no siendo, por tanto, necesario como médico de la Corte.
De nada sirvieron las protestas de Bertulfo insistiendo en que el mejor remedio para que su figura volviera a ser la de antes era el tiempo, pues Teodegonda – muchacha testaruda, pensó- reiteró su amenaza, así que, tras advertirle que cortar bruscamente la producción de leche podría traer complicaciones para su salud, le dijo que mandara a una de sus doncellas que hirviera en un cuenco con agua la cantidad de lúpulo que pudiera coger entre sus dedos, otra cantidad igual de nogal y otra más de menta y que después de colar la infusión la bebiera tres veces al día durante siete días y para las estrías del vientre – le indicó - mandad que os preparen una mezcla a partes iguales aceite de olivo con aceite de escaramujo y en la cantidad que os quepa en el cuenco de la mano, con cuatro gotas de aceite de sándalo y cada noche frotad con ella la parte afectada.
Apenas habían trascurrido cinco semanas desde que iniciara el tratamiento indicado por Bertulfo, cuando ya empezó a notar que la presión de sus pechos disminuía y que aunque los apretara ya nada salía de los pezones, todo o cual la satisfizo esperando que con rapidez encogieran y adquirieran la dureza que tenían antes de haber parido, por lo que no dejaba de prestarles atención día y noche, así como a su vientre, que examinaba con detenimiento y del que ya habían desaparecido casi todas las estrías, aunque seguía encontrándolo flácido.
Bien fuera por el tratamiento de Bertulfo o bien por lo que la Naturaleza dispone sobre la recomposición de la morfología de ciertas partes del cuerpo tras el alumbramiento, recomposición que se realiza con mayor eficacia en los cuerpos jóvenes de madres primerizas, lo cierto es que Teodegonda tuvo que admitir que todo aquello que sus doncellas le habían dicho, así como también el médico Bertulfo, no carecía de razón, pues cuando aún faltaban dos semanas para el regreso del rey, el aspecto de su cuerpo parecía ser el mismo que antes de quedar preñada.
La desazón que la había acompañado durante aquellos dos largos meses formaba ahora parte del pasado y había dejado paso a la impaciencia gozosa por el regreso de su esposo Alarico.
Cierto es que su matrimonio había sido por conveniencia política y que cuando su padre Teodorico la mandó llamar para decirle que iba a ser desposada con el visigodo Alarico, no palpitó de felicidad su corazón, sino de incertidumbre y, por qué no, de temor, pues fama de brutos tenía los visigodos, que en nada se parecían a ellos, los ostrogodos, que eran un pueblo civilizado y católico y que además habían sido declarados herejes por la Iglesia católica en el I Concilio de Nicea, en el 325 y por el de Constantinopla en el 381 por defender el arrianismo, aquella pecaminosa doctrina que negaba la naturaleza divina de Jesucristo.
Le habían contado que la juventud de su futuro esposo había trascurrido entre banquetes y concubinas, con una de las cuales, Arcaagna, tuvo a Gesaleico así como que su vida licenciosa a punto estuvo dejar vacías las arcas del tesoro real, viéndose obligado a acuñar moneda de muy baja ley.
Teodorico había justificado el enlace con un personaje tan poco digno de ceñir corona, para extender y consolidar el imperio ostrogodo con el que soñaba, pues habiendo casado a su otra hija ,Otsgoda con Segismundo, el rey de Borgoña; a su hermana Amalafreda con Trasimundo, rey de los vándalos y habiéndose desposado él mismo con Audafledas, hermana de Clodoveo I, rey de los francos, sólo quedaba por incorporar el reino de Tolosa, cuya corona ceñía Alarico y de esta forma también frenaría cualquier intento expansionista de Clodoveo sobre el reino visigodo.
Cuando Teodegonda conoció a Alarico, el mismo día en que se celebraron los esponsales, aunque su opinión sobre el pueblo al que se unía seguía siendo la misma, no fue así sobre el que iba a ser su esposo.
Alarico era un hombre alto, de facciones agradables y con una sonrisa que no borró de su rostro ni aún en los momentos más solemnes de la ceremonia, todo lo cual la sorprendió agradablemente, pues esperaba encontrarse a un hombre de más edad, de facciones toscas y rostro ceñudo.
A Teodegonda le gustó Alarico y empezó a pensar que, a pesar de ser un enlace motivado por la necesidad de alianzas políticas, pudiera llegar a ser feliz con aquel hombre que era la estampa de quien sólo parecía importarle el momento en que vivía y del que procuraba disfrutar.
Desde una de las ventanas de su aposento, con la mirada fija en el Garona que a corta distancia serpenteaba entre la lujuriosa frondosidad de la arboleda que crecía en su ribera, Teodegonda recordaba aquel día y hasta el momento primero en el que conoció al que iba ser su esposo y las dichosas noches de intimidad una vez que acreditaron ante el obispo Heraclius y los nobles de mayor rango, su unión carnal tras la ceremonia que los convirtió en esposos.
Con el paso del tiempo, aquella agradable impresión producida en el momento del primer encuentro, terminó convirtiéndose en un sentimiento que hacía que su corazón palpitara gozoso cuando él estaba con ella o, al menos, en la Corte y que lo llenaba de una angustia insufrible durante sus largas ausencias al mando de las tropas por las tierras de Hispania.
El agua del río reflejaba los rayos del sol del atardecer convirtiéndola en una palpitante cinta plateada sobre la que Teodegonda lo imaginaba cabalgando victorioso de regreso a sus brazos y al calor de su lecho.
Ella, que era la reina, le había dado un hijo que sería su sucesor, pues era legítimo y no como el tenido de Arcaagna; pero enamorada como estaba de aquel hombre que ceñía la corona de los visigodos y que parecía vivir siempre en una eterna juventud, quería que sólo con ella se sintiera feliz y que sólo a ella deseara. Era preciso - y a punto estaba de lograrlo – que su cuerpo volviera a ser aquel que encendió la pasión de su esposo desde el instante en que sus cuerpos se juntaron; quería oír de sus labios las mismas arrebatadoras palabras que noche tras noche le susurraba al oído y, a la tenue y temblorosa luz de la lumbre de su aposento, ver el brillo de su mirada apasionada.
Unos golpes en la puerta de su alcoba la sacaron de su ensimismamiento.
Suspiró profundamente, como liberando sus emociones y se dirigió al lecho para que su doncella le aplicara en el vientre el remedio indicado por Bertulfo
- Es preciso – se dijo.
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS , por Alfonso Martínez.

CAPITULO I

Ana Miranda esperaba sentada en un banco frente al andén 27 de la Estación del Sur, Méndez Álvaro en Madrid, a que abrieran las puertas del ALSA Supra que la llevaría de vuelta a Gijón.
Llevaba allí unos quince minutos y estaba cansada. El paseo por el Rastro madrileño a mediodía y con el calor intenso de aquel domingo 3 de julio, sobre todo el sofocante calor, parecían haber agotado sus fuerzas.
Cinco minutos antes de las 5, hora de salida, un operario de ALSA abrió la puerta. Los pasajeros hicieron cola para mostrar sus billetes y empezaron a entrar.
El empleado cogió y el suyo y lo cotejó con su lista.
- Asiento número 15, señora- le dijo al tiempo que le devolvía el billete.
- Gracias – contestó ella.
Cuando localizó su plaza, se dijo que había tenido suerte, pues era en la fila de individuales, con lo que el viaje sería más cómodo al no verse obligada a conversar con vecino de asiento. No es que fuera poco sociable, simplemente es que le apetecía dormir un poco si podía.
No cerró los ojos hasta pasar Las Rozas. La temperatura agradable en el interior del SUPRA y el silencio solo alterado por el monótono zumbido del aire al abrirse al paso del autobús, la ayudaron a sumirse en un agradable sopor que no tardó en convertirse en sueño, pues aunque había una película, 60 segundos recordaba que era el título, los pasajeros que no dormitaban la seguían con los cascos puestos.
No despertó hasta cerca de Tordesillas. Tras la siesta se sentía mejor, así que sacó del bolso aquel libro de pastas duras de color azulado con olor a desván que había comprado en el Rastro y se dispuso a llenar el tiempo que faltaba hasta Gijón con su lectura. La fuente de Alarico era el título que figuraba impreso con letras doradas en la tapa.
Comenzó a leer.
ue Teodegonda era una mujer hermosa nadie lo ponía en duda. Su cuerpo esbelto y bien proporcionado, del que estaba ausente la aparente robustez habitual del resto de las mujeres de su pueblo, así lo acreditaba. Sus ojos azules eran como dos pedazos de cielo destacando en un rostro de delicadas facciones, y su cabellera, rubia como el oro procedente del mejor crisol, emitía destellos dorados cuando los rayos del sol incidían sobre ella.
Aunque hija ilegítima de Teodorico, nacida de Audefleda, había sido considerada por su padre como prenda bastante para fortalecer la unión del pueblo ostrogodo (godos del este) con el visigodo (godos del oeste) dándola como esposa a Alarico II, rey de los visigodos, y así poder enfrentarse a los francos de Clodoveo I, que eran demasiado numerosos como para que cada pueblo pudiera enfrentarse a ellos con alguna probabilidad de éxito.
La elección de Teodegonda agradó a Alarico porque, aunque ilegítima, el prestigio de Teodorico, su padre, era notable tras su victoria sobre el rey suevo Requiario, el viernes día 5 de octubre del año 456 en la orilla derecha del Órbigo, donde hoy se levanta el Hospital que da nombre a la localidad, victoria tras la cual los visigodos controlaron toda la Hispania excepto la Galleacia, que permanecería en poder de los suevos hasta el año 586 cuando la conquista el rey Leovigildo.
Corría el año 502 cuando Teodegonda paría a su primer hijo, al que pusieron por nombre Amalarico y que llenó de gozo a Alarico , aunque su felicidad poco le había de durar, ya que cinco años más tarde moriría en el transcurso de la batalla de Vouillé contra el franco Clodoveo I. Pero así como Amalarico fue el único hijo de Teodegonda, no lo fue de Alarico II, pues no siendo la fidelidad conyugal práctica habitual entre los reyes visigodos, reconoció la paternidad de Gesalaeico, concebido en cama ajena, que llegaría a ser rey de los visigodos entre el 507 y el 510, usurpado el trono a Amalarico, aunque éste fuera repuesto más tarde en su trono por los ostrogodos, provocando la huida de Gesalaeico a África.
Pero nada de los sucedido y mucho de lo que aún tendría que suceder preocupaba de forma notable a Teodegonda. Sus preocupaciones eran de otra
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índole y nada relacionadas con la política y sus responsabilidades como reina, sino con algo más suyo, más cercano y, desde su punto de vista, no menos noble o principal que los asuntos del reino. Se trataba de su propia persona, de su cuerpo que, como consecuencia del parto, había experimentado un cambio que en nada la satisfacía. Sus pechos se habían agrandado hasta el punto de haber perdido toda su firmeza y su vientre, otrora cuasi liso y cuyo tacto tanto agradaba a su esposo, estaba ahora flácido desde la cintura hasta el pubis presentando, además, un aspecto agrietado.
Todo ello parecía ser consecuencia del hijo que había parido, pues pesaba las diez libras pasadas. Sus damas trataban de consolarla diciéndole que con el paso de los meses, tanto sus pechos como su vientre recuperarían el aspecto anterior al parto, pero estas palabras ciertas no parecían sosegar el ánimo de Teodegonda ni acabar con su preocupación. Ella se sabía hermosa y pensaba que siempre lo sería, y ahora su aspecto actual le resultaba tan odioso que empezó a caer en un estado de melancolía que no tardó en hacer mella en su salud.
Mientras Alarico estaba ocupado en los asuntos del reino ya fuera en la corte de Toulouse, batallando contra los francos o buscando el calor en otros lechos, Teodegonda se sumía más y más en un pozo sin fondo empujada por un miedo que parecía haberse apoderarse de su voluntad e instalado en su corazón: el miedo a envejecer y que con el paso de los años, no sólo no recuperara la belleza que cautivó a Alarico y que tanto le satisfacía a ella misma, sino que su horrible aspecto actual pudiera llegar a ser aún peor.
El físico de la Corte, de quien decían que poseía los conocimientos de los antiguos druidas, en vano trataba de convencerla sobre lo pasajero de su estado físico, llegando incluso a traer a su presencia a una mujer de edad parecida a la suya y que como ella acababa de parir, y a otra que hacía cinco meses que lo había hecho para que, desnudas, pudiera ver el aspecto de una y otra. Tan obsesionada esta Teodegonda, que lo hecho por el físico no solamente no consiguió el efecto pretendido por éste, sino que agravó su estado al considerar horribles a ambas mujeres.
Bertulfo, que así se llamaba el físico, había preparado ungüentos diversos utilizando fórmulas arcanas con plantas, raíces y bayas que obtenía de los
bosques cercanos, más por contentarla que por pensar que le harían el efecto que ella pretendía y que se aplicaba con frenesí una y otra vez esperando ver de un momento a otro cómo su vientre volvía a ser terso, sus pechos se erguían y la piel de su rostro recuperaba la lozanía perdida. Pero nada de eso ocurría y de nada le servían las palabras de Bertulfo diciéndole que el efecto no era inmediato, que hasta que pasaran al menos dos lunas llenas nada notaría.
Harta de los ungüentos del físico, despachó a algunas sirvientas por las aldeas cercanas y por la propia ciudad con instrucciones de que en toda casa, choza o cobertizo en la que hubiere recién nacidos, hicieran que las madres les mostraran el vientre y los pechos y en la que vieren el vientre sin estrías y los pechos, aunque cargados de leche, erguidos, que preguntaran si siempre habían tenido ese aspecto también antes de parir o si habían aplicado algún ungüento y, de ser así, que les dijeran cual y cómo conseguirlo.
Dos días habían pasado desde que Teodegonda enviara a las sirvientas a las aldeas. Ninguna de las que recorrieron la ciudad, trajo buena nueva alguna. Esperaba ansiosa el regreso de las que había enviado a las aldeas.
Un mensajero había llegado a la Corte el día anterior con nuevas sobre la campaña del rey Alarico en la Hispania, consolidando los asentamientos en las tierras conquistadas, fundando otros y acabando con las bandas de suevos que cruzaban la frontera del reino, asaltando algunas poblaciones que su abuelo había fundado tras la batalla del Órbigo, y que graves daños estaban causando a sus súbditos.
Alarico necesitaba que sus éxitos militares fueran conocidos por los nobles de la Galia- Aquitania que no le habían acompañado en su campaña, y así frenar cualquier intento de aprovechar su ausencia para usurpar el trono, costumbre esta bastante extendida, cuando no era el asesinato del propio rey el medio elegido y es que aún no estaba plenamente aceptado el sistema de sucesión hereditaria que se había iniciado con Teodorico I.
El mensajero informó a Teodegonda que el rey, tas haber aniquilado a las bandas de suevos en territorio visigodo, había dado por finalizada su campaña
con la fundación de una población entre los ríos Órbigo y Tuerto, a la que había puesto por nombre Requeixo, pues entre dos ríos significa esa palabra y que iniciaba el regreso a la Corte, a donde llegaría tres meses más tarde.
- ¿Por qué tardan tanto?– preguntaba a sus sirvientas mientras paseaba nerviosa de un lado a otro de su estancia – Ya has pasado más de dos días desde que salieron para recorrer las aldeas y deberían estar aquí.
- Sosegaos, Señora, que no tardarán en regresar –contestó una de ellas – Habéis de tener en cuenta que algunas aldeas se encuentran casi a una jornada de distancia y si además han de pararse en todas…
- Lo sé, lo sé; pero es que dentro de tres meses llegará mi esposo y no quiero que me vea en este estado y …
- Os torturáis sin razón, mi Señora, pues seguís siendo una mujer muy bella y el haber parido un hijo en casi nada ha afectado vuestro cuerpo – trató de animarla Adriana, su primera dama, esposa de Erminoldo, uno de los nobles que acompañaban a Alarico en su campaña por Hispania – Sin duda que no hay otra mujer más hermosa en todo el reino.
- ¡No me mientas, Adriana¡ Mira mis pechos casi en mi cintura y mi vientre que más parece un pellejo lleno de cerveza ¿Acaso te has vuelto ciega? ¿O es que tomas por tonta a tu reina?
- No mi Señora - contestó con firmeza -. Ni soy ciega ni os tomo por tonta. Lo que os digo no es por consolaros y, aunque me duele ver como os torturáis sin razón y ello pudiera ser razón suficiente para hacerlo, os digo lo que mis ojos ven con la misma sinceridad con la que os diría lo contrario si yo así lo viera.
Adriana era ya una mujer mayor y tenía la experiencia de haber parido cinco hijos y en cada uno de ellos había pasado por las mismas alteraciones físicas
que aquella joven inexperta y temerosa que era su reina y que se negaba a aceptar la transitoriedad que la Naturaleza había dispuesto para la clase de modificaciones corporales que el parto le había producido. Debía respeto a la reina, pero la mujer que tenía delante era solo una madre primeriza asustada a la que en modo alguno quería compadecer, así que aún a riesgo de provocar su enojo, consideraba que su deber era decirle lo que pensaba aunque ello no fuera lo que la reina esperara, por lo que, nuevamente, le contó el proceso por el que pasa toda mujer mientras gesta y cómo su cuerpo se modifica después del parto para, al cabo de unos meses, recuperar su aspecto habitual - Así me ha ocurrido a mí y os ocurrirá a vos como ha venido ocurriendo desde los tiempos de Eva, de quien todos descendemos- concluyó