jueves, 28 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXII y XXIII  (01.03.2013)

CAPITULO XXII

Sancho Mena despachó un sirviente a La Bañeza para que informara a Leopoldo López, que deseaba verle y, dado que ignoraba dónde vivía, le indicó al sirviente que seguramente lo encontraría en compañía de Benito Riaño, persona muy conocida en la villa regada por el río Tuerto.
Leopoldo López se encontraba, en efecto, en compañía Riaño  en la taberna que éste frecuentaba. Leopoldo López había decido no distanciarse de  Riaño hasta tener segura su relación con Sancho Mena, en previsión de que si algo fallaba, poder seguir teniendo acceso al edecán del Alférez de León, y este acceso sólo era posible, de momento, mediante su compañero de libaciones en la taberna.
El enviado del Señor de Urueña le trasmitió el deseo  de su amo de verle lo antes posible en Palacios, ya que tenía que partir de inmediato para su plaza fronteriza.
El exregidor de Cuéllar tuvo que hacer un esfuerzo para no exteriorizar su satisfacción. El pez había tragado el anzuelo hasta lo más profundo, pensó. Ya le parecía sentir en sus labios el dulce sabor de la miel de la venganza. Se excusó ante Riaño y salió seguido por el sirviente del Señor de Urueña, al que dijo que se adelantara y que comunicara a su amo que al mediodía estaría en Palacios, pues primero tenía que terminar , sin falta, un asunto, pero que le ocuparía muy poco tiempo..
Se imaginaba, más bien estaba seguro de lo que aquel, a su juicio poco dotado intelectualmente Señor de Urueña, le iba a proponer. Su seguridad era tal que antes de partir decidió pasar por su casa a orillas del Tuerto para dar instrucciones a su criado al que dijo  que mientras estuviera  ausente de la Villa, cuidara de la casa y cumpliera las instrucciones que le llegaran por cualquier  mensajero que  él pudiera enviarle y que para reconocer a ese  mensajero, a éste le saludaría con la frase “ allea, jacta est “ acuñada por Julio César al cruzar el Rubicón.
- Pero amo, yo no conozco a ese Julio César que decís y no sé ni qué es ni donde está ese rubicón – le había contestado el esbirro
- Ya, ya. No te preocupes por ello; cuando el mensajero te diga esa frase, sabrás que lo he enviado yo y atenderás todo lo que te pida. ¿Lo has entendido?
- Si, amo; haré todo lo que me pida- contestó.
- Bien, pues ahora ensíllame el caballo y méteme alguna ropa en la alforja, y rápido pues me están esperando.
No tardó en enfilar el camino de Palacios cruzando, como en las dos ocasiones anteriores, el río  en Ornia en  la pequeña población de Santiago y llegando a Palacios cuando el sol estaba en su  cenit.
Sancho Mena le recibió con una amplia sonrisa.
- He de felicitaros, amigo mío; vuestra estrategia ha dado el resultado que habíais previsto. Sin duda que sois un buen conocedor de los comportamientos humanos. Sois, permitidme que os lo diga, un genio- le alabó.
- Exageráis, Señor. Vos mismo la podíais haber elaborado si vuestras ocupaciones no os restaran tiempo para poder pensar en ello – contestó adulador.
- Es posible, es posible, pero ahora dejemos eso y  dejadme que os diga la razón por la que os he solicitado que vinierais a  verme antes de mi marcha a Urueña.
- Os escucho, Señor.
- Como sabéis, no son buenos los tiempos que corren para las relaciones entre Los reinos de León y Castilla. Los primos no se fían el uno del otro y no es improbable que la guerra entre ambos se reproduzca y que, por su posición estratégica, Urueña se encontraría, inevitablemente, en medio de la  lucha y, aunque somos leales a Alfonso IX, el resultado de un enfrentamiento no es predecibles. Las tropas leonesas están cansadas como consecuencia de la recientemente terminada campaña del suroeste y, además, escasa de efectivos, mientras que las castellanas, que no han cruzado las armas con ningún ejército desde Las Navas de Tolosa, están descansadas y son numerosas, lo que les da una notable ventaja respecto de nuestras tropas ¿Me seguís, amigo mío?
- Continuad, por favor; no solamente os sigo con mucho interés, sino que hasta ahora comparto vuestro análisis- contestó Leopoldo López
- En esta situación – continuó– la conquista de Urueña por los castellanos es posible, incluso ahora que está prácticamente toda amurallada. En el pasado, desde la mitad del pasado siglo, esta plaza ha sido alternativamente castellana y leonesa y mi familia ha sabido adaptarse en cada una de las situaciones para seguir señoreándola. Mi padre, el anterior Señor de Urueña, supo rodearse de consejeros muy  capaces cuyas indicaciones le permitieron superar satisfactoriamente esas situaciones cambiantes. Pero hoy tales consejeros esperan la resurrección al final de los tiempos y yo no he encontrado mentes tan capaces como la suyas hasta que os he conocido; es más, creo que los superáis.
- Disculpad, Señor que os interrumpa, pero ¿ estáis tratando de decirme que quisierais que fuera vuestro consejero?- preguntó
- ¡Veis, veis¡.Esta es otra prueba de vuestra sagacidad. Vuestro pensamiento se ha adelantado a mis palabras, adivinando lo que, efectivamente, os iba a proponer. Sois el hombre que necesito en estos días de incertidumbre y os ruego que aceptéis  mi petición.
- Pero, Señor. Yo sólo soy un comerciante de telas sin ningún conocimiento ni experiencia militar y, además, pronto tendré que volver a Tortosa donde mis responsabilidades mercantiles me esperan- le contestó.
Leopoldo López quería hacerse de rogar, pues cuanto más insistiera  el de Urueña, mas fortalecido quedaría cuando, finalmente y por complacerle – favor que le debería- dijera que sí, que aceptaba ser su consejero, aunque no más allá de  cuatro meses, hasta la entrada del otoño.
Sancho Mena aceptó la condición sobre la limitación en el tiempo calculando que el conflicto, que estaba a punto de estallar, no duraría  allá de dos o tres meses.
-Siempre os estaré agradecido por vuestra disposición y espero poder  demostrároslo. Y ahora hemos de partir. ¿Necesitáis recoger  alguna pertenencia de vuestra casa en La Bañeza? porque si es así, mis sirvientes pueden ocuparse de ello, mientras nosotros nos ponemos en camino.
- Soy hombre que viaja con poco equipaje y dado que es necesario partir ya, el que queda en mi casa, bien lo puedo sustituir cuando lleguemos a vuestra plaza, así que por mí no demoréis más la partida, que yo estoy dispuesto.
- Pues partamos, que el tiempo apremia.
Daniel Mena dio las órdenes oportunas a sus sirvientes y abandonaron Palacios por el camino que muy poco antes había recorrido el nuevo consejero del Señor de Urueña, pero en sentido opuesto.



CAOITULO XXIII

La vida en la ciudadela de Cuéllar transcurría con la rutina diaria. El Padre Gumersindo dirigía todo lo que pudiera concernir al  buen funcionamiento administrativo del castillo, mientras que Máximo Paniagua, accidental jefe supremo de la escasa tropa que allí había quedado y frecuentemente acompañado por Lucas, a quien el Capitán había ordenado que se quedara pues – así lo dijo – necesitaba en la fortaleza a alguien con sus dotes de observación para el mejor buen hacer de Paniagua. La verdad es que Iñigo Aldai, ante el riesgo de tener que  cruzar las ramas con tropas leonesas y aunque no dudaba del valor de Lucas, no quería exponerle a ese peligro, pues aún no estaba lo suficientemente preparado para ello.

Cada atardecer, Máximo Paniagua  informaba al Padre Gumersindo sobre el desarrollo de la jornada y solicitaba  órdenes para la siguiente. Durante los últimos días, Lucas  pasaba bastante tiempo viendo como los carpinteros y peones contratados por la Comunidad y bajo la autoridad de Pablo Isasi, el regidor, montaban las talanqueras para el recorrido de los toros durante el encierro. Faltaban pocos días para el acontecimiento y los preparativos estaban casi terminados. 
Como aquel año de mil trescientos y trece  el día consagrado a  San Juan caía en lunes, el Consejo  de la Comunidad había acordado celebrar los encierros el sábado y el domingo.
El evento era tan esperado que eran pocos los que todavía se acordaban del bando anunciado por toda la Villa sobre el toque de las campanas de San Esteban y lo que ese toque suponía. El contenido del bando, que se justificó por la necesidad de realizar un ensayo, hizo suponer  a muchos que esa no era la verdadera razón, sino que había alguna grave que por ser tal  y para no atemorizarles, no se hacía pública, todo lo cual despertó la preocupación y el nerviosismo, manifestados  unas veces  con cuchicheos entre vecinos y otras con increpaciones al pregonero para que les dijera que era en realidad lo que estaba pasando o iba a pasar.
- Solo sé lo que os digo. Soy el pregonero y anuncio tal como me ordenaron – contestaba- y si queréis saber más, si como decís que  debe haber, id a la ciudadela o, mejor, preguntadle al Regidor, pues el es el que me ordena.
Durante los años que Leopoldo López fue regidor de la Villa, su trato y relación con los cuellaranos fue distante y autoritaria, por lo que le temían y con razón, pues fueron muchos los vecinos que tuvieron que sufrir su arbitrariedad a la hora de aplicar sanciones, así como  la dureza de estas.
La llegada de Pablo Isasi marcó una notable diferencia con su antecesor,  pero seguía siendo la máxima autoridad en la Villa, el representante del Rey y eso imponía, por lo que nadie decidió hacer caso de la sugerencia del pregonero y poco a poco con el pasar los días sin que las campanas de San Esteban repicaran y ningún acontecimiento alterar la vida de la Villa,  aquella inicial preocupación fue sustituida por  la excitación de los encierros, próximos a celebrarse.
Máximo Paniagua trató de organizar la reducida tropa que se había quedado en el castillo, solo eran siete soldados, para las guardias  tanto en las puertas de entrada a la ciudadela como en los templos más alejados de la Villa, pero no le salían las cuentas. Tenía cuatro puertas que cubrir: San Basilio, San Andrés, la Judería, Santiago y San Martín, además de las  iglesias de San Andrés, San Esteban, San Miguel y San Pedro.
Decidió consultar el problema con el Padre Gumersindo. Quizá el sacerdote supiera como poder cubrir los puestos durante el día y la noche y que  los soldados  pudieran descansar algunas horas, pues era imposible que velaran sin hacerlo durante tres días.
Máximo Paniagua le expuso el problema el jueves 20, a primera hora de la mañana, tras haber consumido parte de  la noche intentando, sin éxito, encontrar él la solución.
- Hijo mío,  se me ha dado la capacidad, por la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, de realizar cada día el  extraordinario milagro de la consagración del pan y del vino,  pero no el de multiplicar a tus siete soldados  para que se conviertan en catorce, así que repasemos despacio los efectivos que tenemos, los puestos de guardia que hay que cubrir y establezcamos prioridades.
Repasaron una y otra vez la situación y ni contando con Lucas podrían solucionarla.
Al Padre Gumersindo le preocupaba la seguridad de los templos no tanto por el valor de los objetos sagrados que pudieran robar, como ya había ocurrido en el pasado, sino por lo sacrílego del hecho. Tras pensarlo detenidamente decidió que asegurarían en primer lugar los templos de San Andrés, que estaba fuera de la muralla de la Villa, y San Pedro, que  aunque formando parte de la muralla, quedaba, no obstante, muy alejada. Para las iglesias  se precisarían cuatro soldados en dos turnos  de doce horas cada uno y con los otros tres  harían las guardias de dos de las cinco puertas de entrada a la ciudadela, por lo que había que cerrar tres de ellas durante esos tres días. Un soldado haría guardia en cada puerta desde el alba hasta el atardecer y el tercero vigilaría ambas puertas entre el atardecer y el alba. Decidieron  cerrar las  puertas de Santiago, San Andrés y la Judería, y abiertas la de  San Martín, ya que posibilitaba el acceso a la ciudadela  desde la Villa sin exigir  desvíos de consideración, y la de San Basilio, como  la única entrada desde el exterior tanto a la ciudadela como a la Villa
El Padre Gumersindo  sabía que era arriesgado apostar por esas dos iglesias dejando sin protección las de San Esteban, San Miguel y El Salvador, pero no podía hacer otra cosa con los soldados que habían quedado en el castillo. Suponía que si había ladrones interesados en las iglesias, preferirían  hacer su oficio en las más alejadas. Cierto es que podía también contar con Lucas, que aunque no había profesado como soldado, ya manejaba las armas, la espada en concreto, con habilidad aceptable, pero quería mantenerlo libre de servicio en previsión de que tuviera que ponerse en contacto con el Capitán si se produjera algún acontecimiento que así lo requiriera.
El Capitán, antes de partir, le había dicho a qué lugar se dirigía con la tropa, y acordaron que si fuera necesario hacerle llegar cualquier información que relacionada con el  castillo o la Villa fuera importante, que enviara a Lucas, pues además de discreto, era un chico muy hábil y astuto, como ya lo había demostrado cuando investigaban el asesinato del alcaide Fernando Huarte a manos del regidor Cuéllar,  Leopoldo López.

miércoles, 27 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXI (28.02.2013)

Un sudoroso jinete cruzaba la puerta del Azogue tras recorrer el estrecho callejón que formaban las dos torres cilíndricas de la muralla que  rodeaba al castillo de Urueña. La muralla, tenía solo de dos puertas. Una de ellas, la orientada al sur, disponía de rastrillo además de portones y a través de ella se  accedía a la Villa. La otra, conocida como del Azogue solo disponía de portones y daba la entrada desde el páramo.
El jinete descabalgó delante del cuartel de la guardia y dejando al caballo con la brida colgando se dirigió rápidamente hacia la entrada de la Torre del Homenaje donde  el guardia le dio el alto.
- He de hablar con el secretario, sobre un asunto importante, así  que avísale o déjame pasa r- le conminó.
- Aguarda un instante, que ahora vendrá un lacayo - le dijo mientras con  el asta de la pica golpeaba tres veces las losas del suelo. No pasó mucho tiempo hasta que un sirviente apareció.
- ¿Qué quieres?- le preguntó al guardia de la puerta?
- Este soldado, que quiere hablar con el secretario sobre un asunto importante, según dice.
- ¿Quién eres y que asunto es ese?- le preguntó al recién llegado.
- Dile a tu señor que ha llegado un hombre de Cuéllar, que lo demás no es asunto tuyo- le contestó.
La respuesta no  le gustó al sirviente a juzgar por  el gesto de desagrado que hizo y la mirada aviesa que le echó, pero dando media vuelta  volvió al interior de la Torre mientras entre dientes le decía que esperara. Tardó en regresar más tiempo del que pudiera considerarse como razonable – era su forma de vengarse de aquel jinete descarado  que le había humillado ante el guardia de la puerta.
-¡ Sígueme¡- le espetó

Tras presentarse al secretario, el hombre que acababa de llegar de Cuéllar, le contó todo lo acaecido desde su llegada, el reclutamiento de Marcial Costa y  Baudelio Pardo así  como habían organizado el sistema de comunicación de la información obtenida..
-¿Pero sólo has venido a contarme eso? ¿No habéis conseguido alguna información que nos permita adivinar las intenciones de los castellanos?- le preguntó  irritado.
Entonces Aquilino, que así se llamaba el soldado, le dio toda la información que Juan Costa le había trasladado.
-¿Dices que es una tropa de dos docenas de soldados y armados y avituallados?- le preguntó.
- Así me lo dijo, Señor y que aunque no se sabía a donde se dirigían, todo apuntaba a que venían hacia esta parte de la frontera, y también me dijo que os preguntara si continuaban su misión o regresaban.
- Si como parece ser, Marcial y Baudelio forman parte de la tropa que se dirige hacia aquí, no va  a ser posible hacerles llegar orden alguna, así que dejaremos que ellos actúan según las circunstancia se lo sugieran – pensaba en voz alta - Y tú, ahora, - le ordenó - recupera fuerza, come y duerme y mañana sales nuevamente para Cuéllar y continuáis con la labor de vigilancia. 
El secretario dictó al escribano un informe para su Señor, Daniel Mena, en el que le informaba sobre los acontecimientos que le acababan de contar  y  despachó a un mensajero con el informe a Palacios para que lo entregara en mano a su Señor.
El secretario, Paulino Sánchez, hombre nada amigo de las armas y  muy amante de la paz y el sosiego que le permitían  realizar su labor sin sobresaltos y  dedicar tiempo a su  gran afición, la columbicultura, se quedó preocupado. Si se desataban las hostilidades entre León y Castilla, Urueña era zona fronteriza y, por tanto sería sin duda, terreno de batalla; y eso le asustaba. Temía por sus palomas primero, por su vida después y también por su statu quo en el castillo. En el pasado, la plaza de Urueña había sido castellana durante el  reinado de Sancho III tras la división  del reino de León y Castilla por Alfonso VII, pero después de la muerte de Sancho III, el Deseado, al año de su reinado, al pasarse el Infantado de Valladolid, de quien dependía Urueña, a la jurisdicción leonesa con Fernando II, hermano de Sancho III, la plaza adquirió una notable importancia estratégica por su condición de plaza fronteriza entre ambos reinos. Todo esto la sabía bien el secretario y de ahí su preocupación. Pero él nada podía hacer. Su Señor le había responsabilizado de la administración de la plaza durante su ausencia, pero no le había otorgado competencias para disponer la utilización de la tropa, así que, cumpliendo lo ordenado por su Señor desde Palacios, le envió el informe comprensivo de los últimos acontecimientos y ahora esperaría   nuevas disposiciones  o, lo que sería mejor, el regreso de su Señor. 
Cuando  dos días más tarde Daniel Mena leyó el informe enviado por su secretario, el corazón le dio un vuelco de alegría. El Rey ya no tendría excusa para  seguir dilatando en el tiempo su decisión. Urueña estaba en peligro por la presencia de tropas castellanas desplazándose hacia aquella zona de la frontera y ya no podía haber duda  sobre las intenciones castellanas. Si a pesar de esa evidencia, el Rey no se decidía a movilizar al ejército, al menos tendría que permitirle regresar  a Urueña para defender la Villa de un ataque o asedio castellano. No había  otras alternativas.
Tras comentarle la situación con Marcelino Molina, Señor de Carrión, este estuvo de acuerdo en que debía hacer llegar el informe lo antes posible a Rodrigo Pérez de Villalobos, Alférez de Alfonso IX, así que sin perder más tiempo, se dirigió a la residencia real donde entregó el informe al Alférez. A medida que iba leyendo, el rostro de éste  expresaba el crecimiento de la preocupación.
- ¿Cuándo habéis recibido este informe, Señor Mena?- preguntó
- Hoy mismo, Señor y visto su contenido, he considerado que era importante hacéroslo llegar cuanto antes por si deseáis informar al  Rey sobre los acontecimientos que relata- contestó.
- Ciertamente que su contenido es importante, y afecta o parece afectar a la seguridad del reino, pero me habéis dicho que esta información fue recabada por hombre vuestros en la villa de Cuéllar, así que decidme ¿ qué  hacían o por qué teníais  hombres  en esa villa castellana?.
- Es una práctica habitual, cuando se gobierna una plaza fronteriza, tener algún hombre  destacado en la plazas próximas del otro lado de la frontera, eso sí, siempre de incógnito, de la misma forma que, supongo, Cuéllar tendrá algún infiltrado entre  los carrasqueños, para de esa forma, prevenir cualquier acción ofensiva de una u otra parte. Es la vieja costumbre del espionaje, Señor, que hasta Nuestra Santa Madre la Iglesia practica para descubrir  herejes.
- Bien, bien. Habéis prestado un gran servicio al reino. Informaré  de todo esto a Don Alfonso, quien decidirá lo que haya que hacer. Entre tanto y a pesar de vuestra natural preocupación, debéis permanecer en Palacios hasta que se disponga otra cosa que, si así fuera, se os comunicaría lo más rápidamente posible.
- Estoy seguro de que el Rey tomará la decisión mejor para el reino - se despidió.
Estaba seguro de que el Rey  no solamente le permitiría regresar a Urueña, sino que se lo ordenaría. El plan que le había diseñado el comerciante tortosino,  estaba funcionando a la perfección. Aquel Leopoldo López era  un hombre muy inteligente y le gustaría tenerlo  su lado, así que, si recibía la orden que esperaba del Rey, le propondría que se viniera con él a Urueña como consejero.
Alfonso IX seguía resistiéndose a movilizar a su ejército. Las noticias llegadas de Urueña eran preocupantes, pero no podía deducirse de ellas que su Alfonso VIII pretendiera invadir el reino leonés; las tropas que se desplazaban en dirección a l frontera no eran numerosas; era un grupo reducido y que bien podría  estar realizando tareas de vigilancia fronteriza, pero tampoco convenía confiarse, por lo que tras oír la opinión de su Alférez, ordenó a éste que comunicara a los señores de Urueña y Carrión que regresaran a sus plazas y protegieran la parte de frontera que les correspondía y que si se produjera algún acto de agresión por parte de tropas castellanas más allá de la incursión de algún grupo armado, que despacharan mensajeros a la Corte informando sobre lo acaecido.
Daniel Mena y Marcelino Molina recibieron con alborozo la llamada de Rodrigo Pérez de Villalobos. No podía ser para otra cosa que para ordenarles que regresaran a sus plazas de inmediato. No se equivocaban.
- Debéis retornar  a vuestras plazas de inmediato y asegurar la frontera  con Castilla entre Carrión y Urueña, pues como estoy seguro que ya conocéis - miraba  a Marcelino Molina – se han detectado tropas castellanas dirigiéndose al noroeste y aunque no  parecen, por su número, representar un peligro de importancia, conviene estar alerta, por lo que si cruzaran la frontera y atacaran  aldeas, majadas, molinos o cualquier posesión leonesa, nos informaréis de inmediato con todos los detalles. Ahora, partid, pues así lo ha ordenado el Rey.

martes, 26 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XX (27.02.2013)

Iñigo Aldai había preparado con Pergentino Menéndez la ruta que iban a seguir así como las etapas necesarias para llegar a  la llanura de Torrelobatón, hasta alcanzar el río Hornija, donde plantarían sus tiendas a la espera de acontecimientos. Llegaron en la primera etapa hasta la aldea de Megeces, a unas cuatro leguas de Cuéllar, siguiendo el curso del río Cega. Allí se les unió un grupo de doce soldados y su mando,  que era la tropa que el alcaide de Iscar ponía bajo las órdenes del  Capitán  siguiendo las instrucciones de su Señor, Don Alvaro Núñez de Lara. El total de los treinta y cinco hombres estaba compuesto por  cuatro jinetes, diez arqueros y veintiun lanceros; una fuerza minúscula para enfrentarse al ejército leonés, pero lo suficientemente  numerosa como para  cubrir una amplia zona de la frontera y enfrentarse a grupos equiparables en número.

Habían dosificado las marchas  de forma que  cada etapa sería un poco más corta  que  la anterior,  para evitar que el cansancio acumulado pudiera restarles fuerzas en caso de  un probable enfrentamiento con tropas leonesas
Al día siguiente y siempre siguiendo el curso del Cega y dejando Mojados al norte, alcanzaron el lugar en el que el río Eresma vertía sus aguas en el  Adaja,  pues  ese punto ofrecía mejores posibilidades de vado. De haber tomado el camino del noroeste, en dirección a la aldea de  Aniago, se hubieran visto obligados a  vadear el Adaja en  barcas, lo que ocasionaría, además de un retraso, un gasto que de no ser estrictamente necesario, el Capitán quería evitar.
Avanzaban  con seguridad por aquella llanura que parecía perderse en el infinito. Era territorio castellano por lo que no era previsible encontrarse con tropas leonesas, tal como se desprendía del contenido del documento que portaba el mensajero de Urueña capturado unas semanas antes. De tarde en tarde veían algún rebaño de merinas apurando los escasos brotes de hierbajos que  habían brotado  entre los quejigos con las lluvias de hacía unos días. Enormes  mastines,  a los que se les marcaban las costillas, cuidaban de las ovejas que miraban con sus ojos inexpresivos el paso de la tropa.
 Pernoctaron  en las cercanías de Serrada, una aldea de apenas media docena de casas de adobe, de donde salieron algunas mujeres y hombres ofreciéndoles queso y leche de oveja, que Pergentino compró para la tropa, siguiendo instrucciones del Capitán. Iñigo Aldai repudiaba la práctica habitual en el ejército de tomar las vituallas de grado o por fuerza allá por donde pasaban, sin importarles que las alde4as fueran amigas o no, lo que hacía que a los habitantes de esos lugares  les resultara indiferente  la pertenencia de la tropa, ya que a ellos los saqueaban de cualquier forma.

A legua y media quedaba la aldea de  Villanueva de Duero, donde cruzarían el Duero, inevitablemente en la balsa que hacía el servicio entre ambas orillas, pues el río era demasiado ancho y caudaloso como para intentar vadearlo a pie. 
La tosca balsa de maderos de chopo, con capacidad para diez hombres o cuatro hombres y dos caballos, cruzaba el río trabada a una soga doble que pasaba por poleas de madera instaladas sobre postes en cada orilla del río. El barquero agarraba la soga y haciendo tope con los pies en unos tacos de madera fijados a la balsa, tiraba de la soga haciéndola avanzar lentamente. Pergentino ordenó a dos de sus hombres que  tiraran de la soga con el barquero para terminar lo antes posible. Con el sexto viaje toda la tropa quedó al otro lado del Duero, aquel majestuoso río que atravesaba, curiosamente, los reinos cuyos monarcas habían firmado la tregua de Coimbra dos años antes y dos de los cuales, el leonés y el castellano  parecía que iba a  terminar enfrentándose en el campo de batalla.
Aquel día alcanzaron Velliza al atardecer. Acamparon bajo un cielo con miríadas de estrellas que ni siquiera  la luz de la luna llena conseguía ocultar. Los soldados cenaron su ración en sus propias tiendas. 
El silencio de la noche solo era roto por el croar de las ranas  en una charca lejana y por las voces apagadas de algunos soldados que aún se resistían a dormir. 
A unas cinco o seis varas de distancia del campamento, Iñigo Aldai divisó a Oono que, sentado en cuclillas y cubiertos los hombros con una manta, miraba absorto al cielo. 
Se acercó a él y sin pronunciar palabra se sentó a su lado. Levantó su mirada al firmamento y  por un instante su corazón pareció dejar de latir impresionado por la belleza de aquella inmensa bóveda estrellada. Reconoció la Ursus Major, la Ursus Minor con su  estrella Polaris y a su izquierda, Cassiopeia. Casi en el borde, sobre el horizonte, Pegasus lucía con todo su esplendor  y  en el centro mismo de la bóveda, estaba Hércules, su preferida. Siempre le habían fascinado las estrellas y las constelaciones que formaban y a las que aprendió a distinguir y conocer por sus nombres durante los años que sirvió como escudero por los campos  de Castilla con las tropas de su Señor, Don Diego López de Haro.
Como si de una de aquellas constelaciones saliera, la imagen de Marta, su esposa, ocupó totalmente su pensamiento. La imaginó mirando  desde la ventana de su alcoba el mismo cielo que el miraba ahora y algo en su interior pareció encogerse. ¡Cuánto le hubiera gustado que estuviera a su lado en estos momentos para  poder  compartir con ella la visión de tal belleza¡.
-Cuantas noches me he sentado a la puerta de la cabaña de mi padre, allá en mi aldea africana, y he contemplado, lo mismo que ahora, la hermosura del cielo estrellado. – la voz de Oono, aunque baja, le sobresaltó -   Eran estas mismas estrellas y esta misma luna, Capitán y mirándolas  me parece ver a mi padre, y a mis vecinos descansando y comentando alrededor de la hoguera, cómo les había ido el día con sus rebaños y cultivos.  Esas estrellas y la Luna siguen ahí, pero ¿seguirá  existiendo  mi aldea? ¿Vivirán aún  las gentes de mi pueblo, aquellos con los que crecí y los que me vieron crecer? Y si así fuera ¿nos recordarán a mi y a todos los demás que conmigo fuimos capturados y esclavizados? En las noches frías del desierto, cuando se sienten al calor de la hoguera ¿hablarán de nosotros?.¿Contarán a los niños quiénes éramos y por qué ya no estamos allí sentados con ellos? No saberlo, me produce un gran dolor de corazón, porque si no permanecemos en su memoria y aunque la sangre siga fluyendo por nuestras venas, estaremos muertos y olvidados, y  nuestro espíritu, cuando abandone para siempre el cuerpo en el que ha habitado, no podrá encontrarse con los de nuestros antepasados, así que vagará eternamente perdido  por un mundo  desconocido llamándolos sin cesar  y sin que su llamada encuentre respuesta. 
Oono miraba las estrellas mientras hablaba. No le estaba preguntando a su amigo Iñigo Aldai, el Capitán, sino que se preguntaba a si mismo, y eso siempre es angustioso cuando no se pueden encontrar las respuestas ni esperar que sea otro el que responda.
El Capitán sentía gran afecto por Oono y aunque no podía sentir en su corazón aquella angustia con la intensidad que se desprendía de sus palabras, sufría también porque si él mismo sintió como se corazón se encogía por la lejanía de la mujer que tanto amaba y  estaba solo a  tres jornadas de distancia, ¡cómo no iba a sufrir el de Oono hallándose en un país que no era el suyo al que fue llevado a la fuerza, a miles de leguas de su pueblo, con un mar y una tierra desconocida y peligrosa por medio  y cuando las últimas imágenes que quedaron grabadas en su memoria fueron las de su padre asesinado por aquellos  bandidos cuando, de rodillas, imploraba misericordia para su pueblo¡.
A Iñigo Aldai le estaba resultando muy difícil encontrar las palabras que expresaran su solidaridad con Oono, para decirle que le comprendía y  que compartía su dolor, así que, sin dejar de mirar al cielo, apoyó una mano en su hombre y apretó ligeramente.
- Lo sé Capitán, lo sé y os doy las gracias – le dijo Oono mirándole a los ojos.
Continuaron allí sentados, bajo el cielo estrellado, en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.  El ladrido insistente de un perro de  la aldea les hizo retornar a la realidad.
- Debemos descansar,  amigo mío- dijo el Capitán – pues  la etapa de mañana, aunque corta, pues apenas son dos leguas, va a necesitar nuestra mejor disposición, pues dejamos estas llanuras pobladas de quejigos y encinos para adentrarnos en los  páramos que llaman Torozos y que, aun sin ser muy elevados y con su parte alta llana, requerirán un mayor esfuerzo  de la tropa.
- ¿Dónde vamos a establecer el campamento, Capitán?
- Lo montaremos en Torrelobatón, está equidistante de los lugares entre los que hemos de patrullar- contestó
- ¿Y esa  zona es muy amplia ?
- Cubriremos desde la aldea de Marzales hasta  Wamba, la antigua Gérticos, lugar de descanso del godo Recesvinto y  donde, a su muerte, fue proclamado Wamba como rey de los godos. Desde Torrelobatón y aguas arriba hasta Wamba está la aldea de Castrodeza y  aguas abajo  las de Villasexmir, San Salvador y Vega de  Valdetronco antes de Marzales. De un extremo al otro hay unas  cuatro leguas y son varios los puntos en los que es  posible vadera el río sin dificultad, lo que va a exigir una vigilancia permanente y, por tanto, un gran esfuerzo de nuestros hombres. Cierto es que el poder vigilar desde las mesetas de los Tarozos, nos facilitará  poder controlar cualquier  movimiento de tropas leonesas que, necesariamente tienen que vadear  el Hornija, pero al poder hacerlo por distintos lugares, hemos de establecer un régimen de patrullas que permita cubrirlos todos.
- Cuatro leguas son muchas leguas para cubrir con los efectivos de que disponemos, incluidos nosotros, si hay que mantener la vigilancia día y noche, así que tenéis razón  Capitán. Debemos ir a descansar y renunciar a seguir admirando, por esta noche,  la extraordinaria belleza de la bóveda celeste. 
- Buenas noches, amigo mío- le deseó el Capitán.
- Que descanséis, Señor- correspondió Oono.

Ascender a aquella meseta caliza resulto más dificultoso de lo que en principio pudiera parecer, pues la  empinada  ladera estaba formada por piedras sueltas que al pisarlas se deslizaban. Oono, acostumbrado a subir dunas en el desierto y a caminar sobre piedras sueltas, le dijo a Pergentino que si en vez de intentar subir de frente, que lo hicieran oblicuamente  y pisando de lado. Sería una subida en zig-zag que les llevaría a la planicie con seguridad. La mayor dificultad fue para los caballos que en ocasiones se iban de los cuartos traseros. El cansancio hizo que la mayoría de los soldados al alcanzar la planicie se tumbaran, sin concesión alguna a la disciplina militar. Pergentino les ordenó levantarse y continuar la marcha hasta que él no ordenara otra cosa.
Al atardecer divisaron, en el valle del Hornija, en medio de los Torozos, el Concejo Fuerte de Lobatón. Habían llegado a su destino. Pergentino Menéndez, cumpliendo las instrucciones del capitán Iñigo Aldai,  ordenó  que plantaran las tiendas y descargaran las acémilas, puesto que en aquel lugar iba a permanecer un tiempo indeterminado.
La soldados, en voz baja, se preguntaban entre ellos qué  misión sería la que tendrían que llevar a cabo en  a hacer en aquel inhóspito lugar, con apenas media docena de quejigos y rodeados de la nada por todas partes. Todos, menos Marcial Costa y Baudelio Pardo que, aunque no tenían la certeza, suponían que o bien se trataba de hacer alguna incursión en tierras leonesas con una finalidad que no alcanzaban a imaginar o, se trataría de lo contrario. Es decir, que Castilla temiera una incursión  leonesa y pretendieran con esa tropa impedirla haciéndole frente. Cualquiera de las dos posibilidades les suponía un serio problema, pues salieron de Cuéllar antes de recibir  las instrucciones que habían solicitado y no sabían, por tanto, si continuar enrolados y en caso de  un enfrentamiento actuar como soldados castellanos, o escaparse por la noche y regresar a su cuartel en el castillo de Urueña.
No tuvieron mucho tiempo ni unos ni otros para seguir haciéndose preguntas, pues después de haber levantado las tiendas, Pergentino les ordenó que formaran y el Capitán les informó que la misión que allí les había traído era la de detectar cualquier movimiento de tropas leonesas que se acercaran al Hornija o lo vadearan, por lo que había que patrullar a lo largo del río unas cuatro leguas y que Pergentino constituiría patrullas de dos soldados cada una,  asignándoles turnos y zona de vigilancia. Dos veces al  día, una  a mediodía y otra al atardecer, dos hombres a caballo  saldrían del campamento en direcciones opuestas: uno hacia el noreste, hasta Wamba y el otro hasta Marzales, al suroeste, y a quienes los soldados de patrulla informarían  sobre las novedades habidas.
Marcial y Baudelio vieron, en lo que el Capitán quería hacer, la solución a su problema. Ellos dos formarían pareja y en tanto estuvieran patrullando, no solamente no se verían en la situación de tener que enfrentarse a  tropas de su cuartel, sino que incluso, en caso de avistarles, podrían prevenirles sobre la presencia de  las patrullas a fin de evitarlas y pode seguir su avance sin ser descubiertos. 
- Es lo mejor que nos podía pasar - le dijo entre dientes Marcial a su compañero.
- Cierto – le contestó Baudelio  también en voz  baja– pues incluso nos resultará muy fácil cruzar el río y llegar a Urueña.
- Solo escaparemos si nos descubren. Entre tanto y como  hasta aquí no nos van a llegar instrucciones del  castillo, seguiremos haciendo nuestro papel con la mayor prudencia posible y tratando de pasar lo más desapercibidos que podamos. ¿Te queda claro Baudelio? - le dijo Juan con firmeza.
- Tu eres el jefe, así que  haremos lo que creas más conveniente y cuando lo estimes más oportuno- aceptó.

lunes, 25 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULO XIX (26.02.2013)

Cinco días más tarde, pasaba bajo el arco de San Basilio una tropa compuesta por diecinueve soldados de a pie y tres jinetes. A caballo  y en cabeza el capitán Iñigo Aldai  seguido por Oono y tras él, Pergentino Menéndez. Una reata de cinco acémilas portando las provisiones y equipamiento cerraba la marcha.
Hacía dos horas que el sol había salido aquel miércoles, 5 de junio. Habría luna llena durante los próximos  siete días lo que facilitaba hacer etapas más largas. Aquel año, la festividad de San Juan caía en lunes, por lo que el Consejo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar había acordado celebrar los encierros tanto el domingo  23  lunes.


Cuando Iñigo Aldai comunicó al Consejo que  tendría que estar ausente de la Villa durante un tiempo indeterminado, los procuradores se alarmaron. El Capitán, que no les dijo a qué se debía  su ausencia, les tranquilizó diciéndoles que la protección de  las iglesias y otros centros de la Villa se  haría según acordaron en la anterior reunión del Consejo y que al frente de la tropa durante su ausencia, quedaba Máximo Paniagua quien ya había recibido instrucciones sobre cómo actuar en ese sentido.

Si el Consejo se quedó tranquilo tras la explicación dada por el Capitán, no era así en el caso de su esposa Marta de la Fuente. Iñigo Aldai trató de tranquilizarla diciéndole que solo se trataba de una misión exploratoria en la que no  esperaba que hubiera enfrentamientos con tropas leonesas, y que estaría ausente unas dos semanas, esperaban estar de regreso para San Juan.  
Marta era tan feliz al lado de su esposo, que  pensar en que no le iba a ver  durante las próximas dos semanas se le hacía muy duro y si además esa ausencia era por razones militares y, por tanto arriesgada, al dolor de la ausencia se sumaba la preocupación por la seguridad de aquel hombre al que  tanto amaba. Marta conocía  las razones de la salida de la tropa, ya que su Iñigo le había informado sobre el contenido del documento enviado por Don Diego López de Haro, Señor del castillo. Cada noche, después de cenar, ambos se sentaban delante de la inmensa chimenea con la que  se calentaba la planta de la Torre del Homenaje donde tenían sus aposentos y comentaban las incidencias del día, ya fueran las actividades de Iñigo como alcaide o de ella misma. Las más de las veces hablaban cogidos de las manos y mirándose a los ojos hasta que  las palabras se hacían innecesarias, pues ya los que se hacían confidencias eran sus corazones  expresándose por la ventana de sus ojos. Iñigo seguía tan impresionado por la belleza de los ojos de Marta como aquella noche en que la  vio por primera vez durante la cena  ofrecida por el alcaide, su esposo entonces, Fernando Huarte. Mirarla a los ojos, era como estar en medio de una noches estrellada del mes de julio; se sentía perdido  en la inmensidad de aquella belleza. El la amaba profundamente, hasta sentir como le dolía el alma y tener que estar lejos de ella, aunque solo fueran unos días, hacía que su corazón se encogiera. Cuántas veces había  temido que cualquier circunstancia pudiera separarlos. A gusto hubiera renunciado - de hecho se vio obligado a aceptar - a su cargo de alcaide para evitar esa separación, pues sabía que tarde o temprano  ocurriría. 
Pero pensar en lo que podía haber sido, no conducía a nada y no le aliviaba en absoluto. La realidad era la que era y él tenía sus responsabilidades para con el castillo, debía lealtad a su Señor y además había jurado cumplir los mandamientos del caballero cuando fue armado, muchos años antes y que parecían grabados a fuego en su memoria y corazón:
- creer en todo lo que la Iglesia enseñe y observar todos sus mandamientos
- proteger a la iglesia
- tener respeto por sus debilidades y respetarlas
- amar el país en el que se ha nacido
- no retroceder ante el enemigo
- hacer a los infieles una guerra sin cuartel
- cumplir las órdenes feudales si no contradicen la ley de Dios
- no mentir y ser fiel a la palabra dada
- ser generoso
- mantener el bien frente a la injusticia y el mal

Aquella mañana, cuando la tropa ya estaba dispuesta para partir, Marta e Iñigo se despidieron con un largo e intenso abrazo pero con la sonrisa en sus rostros. Ninguno quería aumentar el dolor del otro exteriorizando el suyo propio. Era una muestra más del profundo amor que se tenían.
Marta, desde la ventana de su aposento, la misma ventana desde la que había visto la marcha del capitán Iñigo Aldai cuando investigaba la muerte violenta de su esposo y la participación del regidor Leopoldo López en el asesinato, veía alejarse a la tropa por el camino de Valladolid una vez sobrepasada la puerta de San Basilio. Silenciosas lágrimas rodaban por sus mejillas. A su lado, Carmen Gómez, su dama y amiga,  cogía sus manos entre las de ella tratando con aquel gesto de consolarla.
- No estéis triste, pues pronto volverá – la animaba – dos semanas pasan pronto. Veréis como esta tristeza que ahora desgarra vuestro corazón al verle partir, es compensada por la enorme alegría de verle regresar dentro de unos días.
- Lo sé, amiga mía, lo sé; pero es que le amo tanto que quisiera estar con él cada minuto de mi vida – dijo con  vehemencia.
- Sois  muy afortunada por amar así y por ser correspondida de la misma forma -.Dios os ha dado un pedazo de cielo en la tierra y debierais mostraros agradecida desechando la tristeza de vuestro corazón.
- Tienes razón. Me estoy mostrando egoísta cuando debiera estar dando gracias a Nuestro Señor por haberme bendecido con el amor de Iñigo. Rezaré solicitando su perdón y el regreso feliz de mi esposo y los que le acompañan.

domingo, 24 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULOS XVII y XVIII (25.02.2013)

CAPITULO XVII

Oono estaba preparando lo necesario para continuar su aventurado viaje hacia el sur. Había permanecido en el castillo más tiempo de los tres días inicialmente previstos y la razón era que se encontraba muy a gusto entre aquellos a los que consideraba sus amigos. Se sentía querido y respetado y eso le gustaba. Las horas pasadas con Lucas y su insaciable curiosidad por las costumbres de aquellas tierras tan lejanas de las que procedía Oono, y que ni siquiera era capaz de imaginar, habían sido deliciosas y, al mismo tiempo, dolorosas pues  le obligaban a recordar lo ocurrido el día de su secuestro. La amistad manifiesta tanto de Iñigo Aldai como de su esposa le compensaba de parte de los infortunios pasado. Incluso el sacerdote que era el hombre de confianza del Capitán, le había caído bien y había tenido el detalle de no tratar de convertirlo a su religión. Era una muestra de  respeto que agradecía.
Lucas le había pedido insistentemente que no se marchara tan pronto, que esperara a después del verano  y así también podría adiestrarle en el  manejo de la espada y la pica.
Oono estaba decidido a partir y aunque le dolía tener que despedirse de tan buenos amigos, la necesidad de saber qué había ocurrido con su familia y aldea era muy superior al deseo de quedarse.
Caminaba con Lucas camino de la herrería  para recoger un alfanje que el herrero se había ofrecido  forjarle cuando Lucas le contó su historia y su relación con el Alcaide.
A Oono le gustaba más ese sable corto y curvo con filo a un solo, arma característica del soldado musulmán, más que la espada recta de media mano que utilizaban habitualmente los cristianos.
El herrero había hecho un magnífico trabajo. Era un arma espléndida, y manejada por Oono, sería letal en  un combate.
Cuando salía de la herrería se encontraron con el capitán y el Padre Gumersindo que regresan de la reunión del Consejo. Notaron la preocupación en los rostros de ambos.
- ¿Te has fijado en su rostro?- preguntó Lucas- Algo malo ha pasado o está pasando para que el Capitán parezca tan preocupado y fíjate que hasta el padre Gumersindo, que siempre está sonriendo, parece que viene de un funeral.
- Si, eso parece. No han debido de ir  bien las cosas en esa reunión que tenían - comentó Oono.
- No creo que haya sido por eso pues, por lo que yo he oído, en esas reuniones solo se tratan cosas de  pastos y tierras. Ha de ser otra razón, seguro.
- Sea cual sea la causa, hemos de procurar enterarnos, pues yo no quisiera partir  llevándome en el recuerdo esos rostros de preocupación, así que, Lucas,  tu que tienes muchos y buenos conocidos  aquí, procura informarte y después me lo cuentas..
- No será fácil, pero alguna forma habrá de saberlo- dijo Lucas.

Sus indagaciones durante toda la tarde fueron infructuosas. Nadie sabía nada de nada. Que no era  por algo relacionado con la gestión de la Comunidad de Villa y Tierra era seguro- pensaba Lucas – y tampoco era por algo relacionado con la seguridad, pues Pergentino, el jefe de la soldadesca, no sabía de que le estaba hablando cuando le preguntó qué ocurría para  que el Capitán pareciera tan preocupado.

Aquella noche cinco personas pasaron parte de la noche en vela: Marta, a quien su esposo informó sobre las órdenes recibidas del Alférez de Castilla que fue informada por su esposo, el Padre Gumersindo que aprovecho la  vela para rezar pidiendo que no se cumplieran los peores pronósticos, Oono y Lucas desazonados y, el propio Iñigo Aldai pensando  en la mejor forma de actuar.
Desde media mañana del día siguiente, el pregonero de la Villa de  Cuéllar, anunciaba al vecindario que por decisión del Regidor y con la colaboración del Alcaide, cuando oyeran el tañer de las campanas de San Esteban, todos los vecinos, sin excepción, dejarían sus actividades y se dirigirían rápidamente a la ciudadela entrando por las puertas de Santiago y San Martín. Que  quienes así no lo hicieren, se expondrían a ser sancionados por la Autoridad de la Villa, pues se trataba de un ejercicio de entrenamiento en beneficio de la Comunidad.

Cuando uno de los sirvientes contó en el castillo lo del bando que acaba de oír en la Judería, la voz se corrió por la ciudadela y pronto Oono y Lucas se enteraron. No pudieron evitar relacionar  el contenido del bando que la preocupación del Capitán. No había duda; algo grave iba a pasar y  afectaba a la Villa.
Oono coincidía en su análisis con el de Lucas. Hablaría con el Capitán; no podía  partir con la incertidumbre de no saber si sus amigos estaban en peligro y si así era, él retrasaría su partida hasta que el peligro ya no existiera. Era lo menos que podía hacer por aquellos que le habían tratado de igual, que le profesaban afecto y que le habían abierto las puertas de su casa.
El Capitán estaba reunido con el Padre Gumersindo y con Pergentino Menéndez.
- Buenos días, Oono – saludó el Capitán al verle - ¿Deseas algo de mí?
- Perdonad que os interrumpa, Capitán, pero necesito hablar con Vos antes de partir.
El Padre Gumersindo y Pergentino, tras saludar a Oono y sin necesidad de que el Capitán se lo indicara, iniciaron la salida de la sala.
- No es necesario que os vayáis – dijo OOno dirigiéndose a ellos – pues nada de lo que voy a decir os es desconocido.
Iñigo Aldai accedió con un ligero moviendo de cabeza.
- Dime entonces, amigo mío, que deseas  decirme – le invitó a hablar el Capitán.
- Capitán, sabéis que me siento honrado porque me consideráis amigo vuestro, así como que os profeso un gran afecto  y también.  No ignoráis el deseo intenso que tengo de regresar a mi pueblo, algo que podré hacer gracias nuestro común amigo Fabián y a vuestra ayuda. Regresar a mi pueblo es lo que más deseo en este mundo, y la alegría de partir solo se ve empañada por la tristeza de tener que  abandonar vuestra compañía y la de las  buenas personas que viven en torno a vos. Pero  ayer, aunque no os disteis cuenta, pude observar que erais presa de una gran preocupación, por lo que supuse que algo grave había ocurrido y lo mismo
pensó  Lucas. Hoy hemos oído lo que por la Villa se está pregonando y no hemos podido evitar relacionarlo con vuestro estado de ánimo de ayer. Creo que éste no es por  algo grave que haya ocurrido, sino que va a ocurrir y, sabiéndolo, yo no puedo partir. No puedo dejar aquí a quienes tanto me honran sabiendo que el peligro les acecha. Por eso, Capitán, desearía que me hicierais partícipe de esa preocupación y que contarais conmigo, sin limitaciones, para  lo que necesitéis. Solamente cuando ese peligro que presiento haya sido neutralizado, iniciaré el viaje a mi pueblo.
El Padre Gumersindo miraba aquel fornido negro por el que sentía simpatía, con admiración, por sus dotes deductivas y por su generosidad y lealtad con el Capitán. Este sabía de la inteligencia de Oono, pero no sabía que decirle, pues aunque le vendría muy bien contar con Oono en todo lo que se avecinaba, era consciente del deseo de  este de regresar a su aldea africana, y si le contaba lo que se les venía encima, Oono pospondría su partida y eso, a  Iñigo Aldai, le parecía un sacrificio excesivo para un hombre que ya había sufrido demasiado en su vida. ¿Qué hacer? se preguntaba.
El Padre Gumersindo  conocía al Iñigo Aldai lo suficiente como para no saber qué estaba pasando por su cabeza.  Cuando su mirada se cruzó con la del capitán, le hizo un casi imperceptible gesto de asentimiento.
- Mi buen amigo – comenzó el Capitán – has deducido bien. Nos enfrentamos a la posibilidad de sufrir un ataque por parte del ejército del vecino reino de León motivado, por lo que hemos podido saber, por afán de expansión. Esta Villa y su castillo parecen ser  uno de los objetivos y he recibido  órdenes del Alférez de Castilla, a quien bien conoces pues fue quien te protegió y entrenó en Toledo tras tu captura, de hacer frente a ese peligro de la forma que considere más adecuada. Y  en esta reunión – continuó – analizamos la situación y los medios para cumplir nuestra misión. Ayer informé de todo al Regidor y acordamos que en caso de ataque a la Villa, sus vecinos se protegerán en la ciudadela. Ahora bien, agradezco profundamente tu disposición para ayudarnos, pero no puedo aceptar que sacrifiques tu mayor anhelo para participar en una lucha que, resuélvase como se resuelva, a ti en nada te va afectar y, en el peor de los casos, hasta te puede costar la vida. Sé que te ofreces con el corazón  y hace que cada día me sienta más orgulloso de tenerte como amigo, pero …
- Perdonad que os interrumpa Capitán, pues si bien cierto es que el enfrentamiento entre los dos reinos a mí en nada me afecta, no es así cuando en esa lucha están involucrados mis amigos. Sabéis de mis conocimientos con la armas, ya que vos mismo me ofrecisteis entrenar a vuestro soldados. La tropa del castillo no es numerosa y puede que incluso escasa para defender la ciudadela en caso de ataque, por lo que contar con un hombre más, siempre será bueno y es que Capitán, ahora, si mantenéis vuestro ofrecimiento, sí acepto ser preparador de vuestros soldados y de los que deseéis formar. ¿Qué decís Capitán? ¿Me aceptáis como  instructor?
- No puedo negarte ahora lo que entonces te ofrecí, aunque me duele que sea en estas circunstancias, y que ello suponga posponer la realización de tu sueño; pero no puedo negar que un hombre con tu preparación en el manejo de las armas y tu inteligencia, será de gran ayuda. Acepto que seas el instructor de los soldados  y de los que reclutemos entre la población de la Villa con dos condiciones, la primera de las cuales es la de que cuando la situación se normalice, no perderás ni un minuto el partir hacia tu pueblo si así lo sigues deseando .¿Prometido? – preguntó.
- Prometido, Capitán, ¿y la segunda condición?
- La segunda condición es que ni los soldados a los que prepares, ya sean veteranos o reclutas, han de saber lo que estamos esperando, ya que no tardaría en saberlo la población y el miedo podría hacer presa en ella con resultados catastróficos. Cuando llegue el  momento, si es que finalmente llega, ya se les informará. ¿Aceptas la segunda condición, Oono?
- La acepto por razonable y porque Vos me lo pedís, Capitán, y os agradezco que me permitáis luchar a vuestro lado si  es que lo que teméis ocurre.
- Gracias a ti, amigo mío, por tu generosidad. Como ya conoces  Pergentino, el jefe de los .soldados, te pondrás de acuerdo con él para iniciar cuanto antes la preparación de nuestra tropa, así como la que podamos reclutar en los próximos días


CAPITULO XVIII                                                    

Una cuadrilla de cuatro hombres con aspecto de campesinos, cruzaba el arco de San Basilio, puerta de acceso a la ciudadela y a la Villa de Cuéllar de aquellos  que llegaran por el camino de Valladolid.  Vestían ropas ordinarias y una mula cargaba con lo que debían ser sus enseres. El soldado de la puerta les preguntó que quienes eran y de dónde venían, a lo que contestaron que eran braceros en busca de trabajo, el que fuera,  y que ahora venían del norte donde habían estado trabajando en la siembra de la remolacha. 
- Pues si no os importa cualquier trabajo, puede que lo encontréis en la milicia, pues el alcaide del castillo está reclutando soldados. Si os interesa preguntad  por Máximo Paniagua, que es el reclutador- les informó.
- ¿Sabes si la paga es buena?- preguntó uno de el más alto de los cuatro
- No sé cual será la paga, pero nunca será lo suficientemente buena, aunque el trabajo tampoco es agobiador y, en los tiempos que corren tener asegurada la comida y la paga es más de lo que la mayoría se pueden permitir- respondió
- -Tienes razón. Ser soldado en tiempos de paz no será tan cansado como tener que estar con la espalda doblada de sol a sol y comiendo … ¡ qué te voy a contar¡ Preguntaremos por ese Máximo ¿Paniagua has dicho, verdad?, el reclutador.
- Sí, así se llama. Le encontraréis en el cuerpo de guardia, justo a la derecha de la entrada del castillo. ¡ que tengáis suerte¡- les despidió.
Mientras subían la pequeña cuesta que daba acceso a la explanada delante del castillo y al fondo de la cual se elevaba la torre de la iglesia de San Martín, el que parecía ser el jefe del grupo les dijo que solo dos, uno él mismo y el otro un voluntario, solicitarían en ingreso en la milicia, ya que los otros dos deberían estar siempre libres para poder llevar a Urueña la información que obtuvieran. Les ordenó buscar alojamiento  y comprar un par de caballos. 
- Tenéis que pasar  desapercibidos y  relacionaros con la población lo menos posible. Si  os preguntaran dónde trabajáis o de qué vivís, responderéis que estáis esperando la llegada de un ganadero de Aranda de Duero que os ha prometido trabajo en su hacienda.
- Y una vez que nos hayamos instalado y comprado los caballos ¿cómo nos pondremos en contacto?- preguntó uno de ellos.
- Hemos de conocer  primero las costumbres  y horarios de la milicia del castillo. Así que mañana, al mediodía, uno de vosotros, acudirá a esa iglesia que  hay ahí enfrente y esperará  el tiempo necesario a uno de nosotros para que le diga como os pasaremos la información que  uno de vosotros llevará a nuestro Señor. Y ahora, separémonos.
El jefe del grupo y uno de los hombres se dirigieron a la entrada del castillo donde preguntaron al centinela por Máximo Paniagua, pues el soldado de guardia en la puerta que había a la izquierda de la muralla, les había dicho que el castillo reclutaba soldados y que como ellos no tenían trabajo y eran fuertes y estaban sanos, pensaban que podían servir bien como soldados.
Máximo Paniagua  anotó sus nombres, Marcial Costa y Baudelio Pardo, y les informó que la paga era de cinco sueldos de cobre al día, dos comidas diarias y el alojamiento. Su instrucción empezaría al día siguiente, así que una vez les indicara dónde estaba su alojamiento, podría tomarse libre lo que quedaba del día, advirtiéndoles que tenían que regresar antes de la puesta del sol, cuando se cerraban las puertas de la ciudadela. Les advirtió que pernoctar fuera de la ciudadela sin su autorización o ausentarse en tiempo del servicio se consideraba como deserción y se castigaba con el cepo en el mejor de los casos y que a  los traidores se les cuelga, arrastrar y descuartiza, y antes de que mueran, el verdugo les arranca las entrañas, les extrae el corazón y lo muestra al público mientras grita ¡mirad el corazón de un traidor¡ y después, su cabeza se ensarta en una pica y se exhibe en una de las puertas de entrada a la ciudadela para que todo el mundo sepa lo que le espera a un traidor.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos nuevos reclutas del castillo.
Los otros dos miembros de la cuadrilla, encontraron alojamiento en una posada aledaña a la iglesia de San Pedro.
Los espías que Leopoldo López le había sugerido al señor de Urueña, ya  habían llegado a su destino.

Los nuevos reclutas  decidieron, porque así lo dispuso Marcial Costa, el jefe, no salir a la Villa y aprovechar para enterarse de las costumbres y  de los horarios de instrucción y servicio. El tiempo franco de servicio era escaso para los reclutas; apenas una hora después del rancho, por lo que los encuentros para pasar  información  a sus compañeros  debían ser muy precisos y así se lo hicieron saberla día siguiente cuando se encontraron con ellos, tal como habían acordado, delante de la iglesia de San Martín. Marcial Costa les ordenó que cada dos días y alternándose, uno de ellos se acercaría a la iglesia pasado el mediodía y esperaría durante una hora. Si transcurrido ese tiempo no aparecía  él o Tomás, es que no había noticias que enviar a Urueña.

Durante los seis días siguientes, Marcial, Baudelio y  trece reclutas más, fueron instruidos intensamente  por Oono en  el uso de las distintas armas de la infantería.  Los dos hombres de Urueña, se mostraban torpes a propósito para no evidenciar su condición de soldados veteranos.
 Tanto Marcial como Baudelio, no perdían oportunidad para informarse de todo aquello que pudiera tener relación con su secreta misión. 
Estimaban que la tropa  operativa del castillo era de veintitrés soldados, de los cuales, siempre había cinco destinados de guardia en cada una de las puertas de entrada a la ciudadela, más otros dos en la entrada al castillo, por lo que, en el mejor de los casos, había diez y seis disponibles que, con los trece reclutas y una vez finalizada su instrucción, supondría un total de veintinueve soldados incluidos los mandos. Según pudieron saber, durante los festejos de los encierros, las iglesias de la Villa estarían custodiadas por soldados que si hacían un único turno, la fuerza disponible  durante esos días sería de veinticinco hombres. 
Las instrucciones que habían recibido del secretario de Daniel Muñoz eran las de informar sobre la importancia de las tropas del castillo y de cualquier movimiento que hicieran en dirección al noroeste, por lo que Marcial Costa no sabía si aquellos veintitrés hombres se podían considerar una  fuerza importante o no, así que se limitaría a informar sobre su número y sobre su nivel de preparación que era, en su opinión, muy poco apropiado para el combate cuerpo a cuerpo.
Al séptimo día del ingreso  de Marcial y Baudelio en la milicia del castillo, el capitán Iñigo Aldai  le dijo a Oono que acelerara todo cuanto pudiera la  instrucción de los reclutas, pues en pocos días habrían de estar preparados para partir como tropa regular.
Marcial y Baudelio comentaron  el hecho entre sí  y concluyeron que  esa intensificación de la instrucción solo podía deberse a que pronto tendrían que entrar en acción y si eso era así, habría que estar atento a cualquier pista que les indicara hacía dónde les llevarían, pues esa información era la  que con mayor interés se les  había requerido.
Harían un primer intento durante la hora del rancho, cuando coincidían veteranos y reclutas así como el jefe de la tropa, Pergentino Menéndez, y su segundo, Máximo Paniagua. Ellos tenían que  saber algo.
- Con una instrucción tan dura termino agotado – dijo  en voz alta Marcial dirigiéndose a su compañero Baudelio. – así que me comería doble ración de rancho sin pestañear.
- Pues  yo también  estoy  cansado y con más hambre que un lobo- contestó Baudelio.- ¿Habrá doble ración de rancho, jefe? – le preguntó a Pergentino
- Come lo que te pongan y vete acostumbrándote, mejor dicho, acostumbraros todos a comer poco y trabajar mucho, pues durante las marchas no tendréis ni la comida caliente aunque sea de calabaza, ni la comodidad de una mesa para tomarla – respondió el jefe de la tropa dirigiéndose a todos.
- Pero ¿es que vamos a ir de marcha? ¿ahora que  pronto van a ser los encierros?- preguntó Baudelio fingiendo incredulidad.
- Me temo que  los de este año no van a ser los primeros que veas, Baudelio. Habértelo pensado antes de alistarte y, aprende también que en la milicia se  obedece sin preguntar. Si yo te digo que iremos de marcha, irás de marcha sin saber a dónde ni por qué. ¿ Te queda claro a  ti y a los demás?.
- Pero jefe, sólo era un comentario. No os pongáis así conmigo. Si decís que salgamos de marcha, pues… salimos y a lo que sea, ¿o no, Marcial?- se volvió preguntando a su compañero.
Marcial no le contestó, sino que se dirigió a Pergentino  pidiéndole que disculpara a su compañero  que desde que oyó hablar a  otros sobre los encierros de toros que  cada año se celebran en la Villa,  tenía muchas ganas de verlos y, claro, lo de tener que ir de marcha, pues le había sorprendido, - porque salimos de marcha ¿verdad, jefe?.
- Sí, sí, saldremos de marcha un día de estos. Y ahora, se acabó la conversación. Terminad el rancho que os espera una  larga tarde de faena.
Los catres apenas estaban separados una vara entre sí. Marcial tenía a su izquierda a un recluta del lugar de Cogeces del Monte, en el sexmo de  Valcorba, y al  que llamaban  el campanero, pues desde que había llegado al castillo  no había perdido ocasión para contar a todos los que querían oírle que él era el tocaba las campanas del santuario en los funerales y en la misa que se celebraba el día de la patrona, Nuestra de la Armadilla y, a su derecha estaba el catre de Baudelio. Los ronquidos y resoplidos de algunos de aquellos reclutas y soldados apenas eran absorbidos por las paredes de adobe de la construcción que les servía de dormitorio, por lo que hacían innecesario el intento de Marcial de hablar con Baudelio susurrándole, así  que elevó la voz para que le oyera:
- No cabe duda, Baudelio, que algo se está preparando, y el que vayamos  salir de marcha, creo que tiene relación con los motivos que han hecho que  el secretario nos enviara aquí, así que debemos informarle sobre esta marcha que se avecina.
- Pero no sabemos cuando vamos a salir- contestó su compañero 
- Cierto, pero es seguro que saldremos y cuanto antes tenga esa información, será  mejor tanto si es importante como si no- replicó Marcial.
- Oye, Marcial. Y sí esa marcha fuera en realidad una incursión en nuestro reino y se produjera un enfrentamiento ¿qué haríamos nosotros? ¿tendríamos que luchar contra nuestros verdaderos compañeros para no descubrir  lo que somos?.
- Pues por eso es necesario enviar la información cuanto antes, porque si es la que nuestro Señor espera, seguro que  recibimos órdenes de regresar y si no es esa la información que necesita, nos dirá, creo yo, que sigamos aquí  con nuestra misión.
- Tienes razón, Marcial. Así que mañana tendremos que arreglárnosla para acudir a la iglesia e informar a nuestro compañero, y no va a ser fácil con el poco tiempo que tenemos ahora para comer. ¿Quién va a salir?- le preguntó.
- Iré yo; durante la  comida,  con la excusa de que tengo apretón de tripas, saldré y  me  escaparé hasta la iglesia esa. Y ahora, guardemos silencio, no sea que alguien pueda oírnos, aunque con estos ronquidos no es probable, pero…
Durante la instrucción al siguiente día por la mañana, Pergentino Menéndez  y Máximo Paniagua estaban hablando en el patio de armas mientras los reclutas practicaban con las picas bajo la dirección de Oono. La suerte quiso que Baudelio estuviera lo suficientemente cerca de ellos como para poder oír algunas palabras, que no frases completas, de su conversación. Le pareció oír  algo así como hornija, por lo que supuso que se trataba del río  que pasaba a unas  seis leguas al sureste de Urueña. Le comentó lo oído a Marcial.  
A media tarde, un jinete salía al galope por el camino de Valladolid. Su destino era el castillo de Urueña donde tenía que informar al secretario del Señor que una partida de al menos veinticinco soldados armados y con avituallamiento, se estaba preparando para salir de marcha, aunque no se sabía la fecha exacta ni el destino, pero que Marcial Costa creía que iban a salir en dirección  noroeste, es decir, hacia la frontera con el reino de León, en la comarca bajo el control de la plaza de Urueña y que Marcial deseaba saber si tenían que seguir con su misión o regresaban a  Urueña.

sábado, 23 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULOS XVI (24.02.2013)


Desde las almenas del torreón de planta circular levantado al suroeste del recinto amurallado que era su palacio de verano,  Alfonso IX, rey de León, miraba ensimismado las cumbres nevadas del Teleno mientras pensaba en los motivos que le habían inducido a  retirarse durante unos días a Palacios acompañados de los nobles más importantes ya fuera  por el rango o por controlar áreas  sensibles del reino, como eran las plazas fronterizas con Castilla.
Sintió la presencia de alguien detrás. Se volvió. Era su Alférez, Rodrigo Pérez de Villalobos, hombre en quien tenía  total confianza.
- ¿Qué ocurre, mi buen Rodrigo?-preguntó
- Señor,  os ruego que me  disculpéis por interrumpir vuestro recogimiento, pero no puedo evitar sentirme preocupado, pues algunos nobles se muestran nerviosos e impacientes, especialmente aquellos cuyas tierras limitan con Castilla. Temen que un ataque castellano les pille lejos de su fortaleza y, por otro lado, aunque acatan vuestras órdenes, no saben qué hacen aquí desde hace ya dos semanas y sin que no se  les informe de otra cosa que la de seguir esperando acontecimientos que ni siquiera se sabe si se van a producir.
- Sé que algunos desean que nos adelantemos a esos acontecimientos, pero, tal como ya se les ha hecho saber, Nos no queremos  ser los primeros en romper la tregua y sólo responderemos si somos atacados. He decidido retener a los nobles aquí, precisamente para evitar que esos nervios que dicen padecer les lleven a tomar iniciativas, sin justificación objetiva, que provoque una nueva guerra entre nuestros reinos y en unas circunstancias que no nos son las más favorables  pues, vos mejor que nadie, bien sabéis que necesitamos tiempo para recomponer nuestro ejército, disminuido y agotado tras la campaña de Extremadura.
- Señor, sabéis  que comparto vuestro análisis y que mi lealtad hacia Vos es inquebrantable por lo que os seguiré  allá a donde decidáis y sin cuestionar las razones, pero hemos de tranquilizar a los nobles, al menos a aquellos que tienen sus plazas próximas a la frontera, ya que si el malestar se extiende, la situación  podría ser difícil. Así que, Señor, si me lo permitís, os sugiero que autoricéis a  los señores de Carrión y Urueña a regresar a sus plazas, ya que ellos mismos  me han insistido en que os lo pida –insistió el Alférez
- Comprendemos su nerviosismo, pero son precisamente las plazas fronterizas las que han de estar más controladas, pues  es desde ellas desde donde se puede desencadenar acciones precipitadas que, por las razones que os acabo de exponer, en modo alguno deseamos. Comunicad a los señores de Carrión y Urueña que su Rey, a quien juraron lealtad, les ordena permanecer en Palacios hasta que decidamos otra cosa. Y ahora, podéis retiraros -dijo dando por terminada la conversación.
- Haré tal como decís, Majestad –  y el Alférez se retiró con  una mayor preocupación  aún instalada en su ánimo. Sabía de la lealtad de Carrión y Urueña, pera ahora, si ocurría lo que esperaban, corrían el riesgo de perder sus plazas y ese era un sacrificio que quizás no amparara su lealtad al Rey.

Habían pasado cinco días desde que aquel comerciante de Tortosa, cuyo nombre no había conseguido recordar, le había visitado. No se le había olvidado su comentario sobre que cuando menos se espera  pueden aparecer las soluciones a los problemas, incluso al que él tenía. No conseguía quitarse de la cabeza ese comentario y deseaba fervientemente que aquel hombre volviera a visitarle, tal como le prometió si es que encontraba alguna solución. El Alférez  ya le había comunicado  el deseo del  Rey de que permanecieran en Palacios. Rodrigo Pérez  de Villalobos  había recalcado lo de que era  el deseo del Rey. Daniel Mena sabía muy bien que Alfonso IX no era duro en sus expresiones pero que tras cada una de ellas había una orden que había de cumplirse so pena de incurrir en Su enojo. Por todo ello, su preocupación iba en aumento. Si regresaba Urueña se exponía a ser castigado por el Rey y si se quedaba y el ataque castellano se producía, podría perder sus tierras. No sabía que hacer y aquel tortosino que le había abierto una puerta a la esperanza  no daba señales de vida, y no podía tratar de buscarlo, pues ignoraba donde podría encontrarse y tampoco se le había ocurrido preguntárselo. Si no hubiera bebido tanto aquel día … - pensaba.
Un sirviente llamó a su puerta.
- Señor, hay un hombre en la puerta que desea que le recibáis. Dice llamarse Leopoldo López y que vos le conocéis – le informó.
- Decidle que pase ¡ rápido, hacedle pasar¡.¡Daos prisa!- le ordenó  agitado.
- ¡Por fin!- exclamó en voz alta liberando la tensión acumulada.

Leopoldo López había dejado pasar intencionadamente los días suficientes  para  que aquel bebedor insaciable, que era el Señor de Urueña, picara el anzuelo que había cebado con la esperanza de una solución a su problema. Jugaba con ventaja, pues sabía que  a medida que fueran pasando los días, la preocupación y el nerviosismo irán aumentando y haciéndolo, por tanto, cada vez más receptivo a cualquier  solución que se le ofreciera.
- ¡Pasad, pasad, amigo López! - saludó efusivo.- No sabéis cuanto me alegra veros – añadió.
- Vaya que si lo sé – pensó el exregidor. – Yo también me alegro, Señor Mena. Es más, deseaba veros cuanto antes- añadió. 
- ¿Y a qué se debe ese interés? - preguntó fingiendo ignorancia.
- Pues a que tal como os prometí, he estado pensando en vuestro problema tratando de encontrar un solución factible y ….
- ¿La habéis encontrado? – le interrumpió impaciente.
- Hay una posible solución, si a vos os parece bien aunque tiene sus riesgos y requiere acciones que pudieran no gustaros, pero no he….
- ¡Disculpadme! - le interrumpió- he olvidado la más elemental norma de cortesía y no os he invitado a tomar una buena jarra de vino, pero ahora mismo pongo remedio a tal incorrección - añadió al tiempo colocaba dos vasos de latón sobre la mesa y que colmaba con un vino tinto. - Y ahora, contadme, contadme que solución habéis encontrado y por qué pudiera no gustarme. No os privéis y contádmelo con todo detalle, os lo ruego.
- Bien, si así lo  deseáis, os diré lo que he pensado. Os ruego que me escuchéis con la máxima atención, pues no quisiera que por un malentendido, pudiera no servir a vuestro interés. – Leopoldo López hizo una pausa, pues quería que el estado de ansiedad de Daniel Mena alcanzara el nivel adecuado -  Si mal no os entendía el otro día, vos deseáis regresar a vuestra plaza pero el Rey no os lo permite, ya que está esperando que sea Castilla la que rompa las hostilidades. ¿Es así? – y sin darle tiempo a responder continuó – y si eso ocurre,  teméis que vuestro castillo sea el primero en ser atacado, por lo que vos,  que como Aristóteles, creéis que la mejor defensa sería un buen ataque, no podéis actuar por la prohibición del Rey. ¿Estoy en lo cierto? – preguntó
- Plenamente, es tal como decías, pero os ruego que continuéis – le apremió.
- Siendo esta la situación, es de suponer que vuestro rey os autorizará a regresar a vuestras tierras para defenderlas si el ataque se Castilla se produce, así que la solución es bien sencilla. Se trataría de que ese ataque se produzca- y  se calló.
Daniel Mena se le quedó mirando sin articular palabra. Por un instante pensó que ese comerciante tortosino se estaba burlando de él. Ya sabía de sobra que  pasaría si se producía la agresión.
Leopoldo López se sentía feliz. Estaba llevando a su anfitrión a donde a él le convenía.
-Pero… - trató de decir algo pero Leopoldo López  le cortó.
- Esto que acabo de decir, bien lo sabéis, y ahí está la  solución del problema,  es la forma de conseguir la autorización real para regresar a vuestro feudo. 
- Os aseguro que no os entiendo. Aclarádmelo, os lo ruego – pidió 
- Es necesario provocar el ataque de Castilla, pero por una reducida fuerza para que pueda ser repelido  sin dificultad y después informar al Rey sobre lo ocurrido, o, al menos, que tropas castellanas sean vistas en la frontera, tras lo cual, estoy seguro que autorizará vuestro regreso y el de los señores de  feudos fronterizos.
- Pero ¿cómo conseguir ese ataque que decís? ¿Por qué van a atacar los castellanos con una fuerza reducida? ¿Qué habéis pensado al respecto?
- Escuchadme con mucha atención., os lo ruego y esperad a que concluya- le pidió- Para que ocurra tal como os acabo de exponer, es necesario que en Castilla se tema un ataque por parte de León con la pretensión de  hacer avanzar la frontera, de tal forma que ese temor le obligue, como medida preventiva, a hacer lo que Alfonso IX no quiere hacer: atacar primero. ¿Y cómo hacer que Castilla se entera de los planes leoneses?, os estaréis preguntando. Para ello, deberéis enviar un mensajero al señor de Carrión portando un documento en el que se diga que  prepare sus tropas para lanzar un ataque, sin especificar fecha, pero que parezca que va a ser inminente, coordinadamente con las Urueña para tomar las aldeas y lugares  castellanos hasta llegar a la ribera opuesta de los ríos Carrión y Hornija. Pero ese mensajero ha de ser interceptado por las patrullas fronterizas castellanas a fin de que el documento que porta llegue a la corte de Toledo, por lo que deberá recibir instrucciones  estrictas para que el trayecto desde Urueña a Carrión  pase por territorio de Castilla, única forma de que pueda ser capturado y el documento descubierto. Para que no se extrañe por el rodeo que tiene que dar, le entregaréis otro documento con un contenido intrascendente  o simplemente sin contenido alguno, ya que nunca ha de llegar a su destino, y que ha de entregar al alcaide de Villalba del Alcor. Y ahora decidme  ¿podréis llevar a cabo esta estratagema? Pensadlo bien, pues sacrificareis a uno de vuestros hombres.
Daniel Mena permanecía callado. Leopoldo López no sabía que pensar. Si la propuesta no le gustaba a aquel adorador de Baco, tendría que recomponer las piezas de su plan de venganza, pues lo que había sugerido al señor de Urueña era una pieza indispensable en él.
- ¡ Magnífico, excelente!. Sois un genio. Es un plan sencillo y  será eficaz. El Rey no tendrá otra salida que la de defenderse atacando antes de que  el grueso de las tropas de Alfonso VIII lo hagan. Os felicito, amigo López y ahora bebamos  por el éxito de nuestro plan. 
El Señor de Urueña estaba exultante. Ya se veía cabalgando hacia su plaza. No le preocupaba perder a uno de sus siervos capturado por los castellanos. Su sacrifico significaba la seguridad de su castillo.
- Además, - continuó Leopoldo López -debéis enviar a la Villa de Cuéllar, en Segovia, a tres o cuatro de vuestros hombres que, organizándose como mejor consideréis, os tendrán informado de todo lo que acontezca  en el castillo relacionado con el movimiento de soldados, especialmente si parten hacia la frontera, ya que desde Cuéllar  partirá, con toda seguridad, la fuerza inicial de ataque, según  he podido deducir teniendo en cuenta su proximidad a la frontera.
- ¿Me estáis diciendo que  meta espías en el castillo de Cuéllar?- preguntó.
- Así es. ¿Podréis hacerlo?
- No será difícil. Redactaré las instrucciones en ese sentido para hacerlas llegar a mi secretario y que él  elija a los hombres más competentes para  esa misión de espionaje.
- Bien, ya que estáis de acuerdo en todo, bebamos esa jarra de vino, pero  debéis empezar cuanto antes con la ejecución del plan – concluyó Leopoldo López
- Descuidad, mi buen amigo, que hoy mismo redactaré el documento  que un sirviente llevará a Urueña con instrucciones a mi secretario para que despache un mensajero con las órdenes que habéis dicho. ¿Os parece bien así?- preguntó
- Sí, muy bien. Cuánto antes actuéis, antes podréis regresar a vuestro castillo – contestó como si la rapidez de actuación de Daniel Mena  era algo que solo interesara a este.
- Y ahora decidme ¿ cómo podré mostraros mi agradecimiento por vuestra ayuda? ¿Puedo hacer algo por vos?- le preguntó el Señor de Urueña.
- No habéis de preocuparos por ello. Os he prestado mi pobre ayuda sin buscar ninguna compensación y sé, ahora que os conozco, que si yo tuviera necesidad de la vuestra, podría contar con ella – contestó
- Podéis estar seguro, amigo mío, que podéis contar con mi ayuda en lo que esté en mi mano, no importa cuando. Os lo prometo y permitidme que nuevamente os de las gracias.


Leopoldo López regresaba  satisfecho a su casa de La Bañeza. Poco a poco, iba construyendo las piezas de su maquinaria para la venganza y, hasta ahora, todas ajustaban a la perfección.

Seis días más tarde, Alvaro Núñez de Lara, Alférez de Alfonso VIII, el Noble, rey de Castilla, recibía dos documentos  que  portaba un mensajero leonés del castillo de Urueña, capturado  en las cercanías de Fuensaldaña, uno de los cuales era para el  alcaide de Villalba del Alcor  y en el que el Señor de Urueña se interesaba por la salud del alcaide  y otro, dirigido al castillo de Carrión, en el que se indicaba a éste que prepara sus  tropas para  atravesar el  río Carrión y penetrar en territorio castellano, al tiempo que desde Urueña se cruzaría  el Hornija. 

Después de  haber sido informado por Alvaro Núñez de Lara, el Rey  convocó una reunión en la que además de Núñez de Lara y Diego López de Haro que hacía pocas fechas había regresado de la corte de León, asistió el capitán Crisanto Martín, hombre de confianza del rey castellano.
Alfonso VIII, tras  escuchar las opiniones de sus asesores sobre el contenido del documento dirigido a Carrión, que fueron plenamente coincidentes en que se  trataba de una ruptura de la tregua entre Castilla y León y que el monarca leonés pretendía, sin duda, perpetrar la agresión a Castilla con alevosía, pues estaba vigente el acuerdo de Coimbra firmado por los monarcas de ambos reinos, el Rey ordenó a su Alférez que informara a la plaza de Íscar,  y  a  Diego López, su Abanderado  a la de Cuéllar para que repelieran cualquier intento leones de traspasar la frontera  entre el río Carrión y el Hornija, disponiendo lo necesario para ello según su criterio, e informando  a la Corte sobre cualquier enfrentamiento que se produjera por si la importancia de este pudiera aconsejar la intervención del ejército del Rey.