martes, 4 de junio de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LVI (05.06.2013)

Aquel capitulum sería recodado durante mucho tiempo en el monasterio. Nunca se había celebrado una ordalía en él y la expectación era enorme, aunque disimulada. 
Comenzaron los preparativos en la iglesia, pues allí se celebraría el ritual. Tras la reja, en el coro, se situaría las monjas. La Abadesa, flanqueada por la Priora y Subpriora, delante del altar mayor y, a seis pasos delante de la mesa que ocuparían, se colocarían lo dos recipientes con agua hirviendo donde  cada uno de los dos disputantes meterían la mano por un tiempo de un minuto medido por un reloj de arena que controlaría la Madre Priora. Según establecía el ritual, si uno de los dos sacaba la mano antes de que ese tiempo se cumpliera, sería declarado culpable, lo que en el caso que se iba a abordar, significaría que su reclamación se desestimaba. A quien aguantara durante ese minuto, el Juez le vendaría la mano y sellaría la venda para abrirla al cabo de tres días. Aquél que presentara señales de quemadura en la piel, sería declarado culpable y sufriría la pena establecida en función del delito.
La hermana María  estaba ahuecando los jergones de la hospedería, cuando  la hermana Inés le contó lo de la ordalía a la que se iban a someter los dos hombres que decían ser su esposo, y a la que podría asistir toda la Comunidad.
- Tú no podrás estar en el coro, pero podrás observar lo que ocurre, si lo deseas, desde la puerta que comunica la hospedería con la iglesia, pero hazlo sigilosamente para que no te vean. Será a la tercia.

Lucas había contado al Capitán su conversación con el físico, lo que le había dejado aún más preocupado de lo que estaba, pues era una prueba más de hasta donde estaba dispuesto a llegar aquel miserable para conseguir su objetivo.
Caminaba seguido por Lucas con paso decidido hacia la iglesia del monasterio. Sabía bien lo que le esperaba, pero aún así, estaba dispuesto a soportar cualquier prueba por dolorosa que fuera para recuperara  a su amada. No ignoraba que tanto él como el ex Regidor, cuando se les retiraran las vendas, tendrían las señales de la quemadura, pero  confiaba en que este no fuera capaz de aguantar el tiempo establecido con la mano metida en el agua hirviendo, pues lo que alimentaba su interés era el odio y el deseo de venganza, no el amor. El amor que él sentía por Marta le daría la fuerza para soportar no un minuto, sino todos los que fueran necesarios. Era ese amor que todo lo vence. Amor vincit omnia.
Aunque el ex Regidor no acudiera, él tendría que realizar la prueba necesariamente.

Entraron en la iglesia. Los rayos de luz que entraban por las saeteras incidían sobre el humo del brasero sobre el que había colocadas dos vasijas de las que salían  nubes de vapor. Lucas tuvo un escalofrío. La Abadesa ocupaba ya su lugar así como la Priora y Subpriora.  El Juez estaba de pie cerca del brasero y sobre una pequeña mesa estaban las vendas y el material para el sellado. A su lado un alguacil. En el coro, las monjas imploraban la ayuda del Espíritu entonando el Veni, Creator Spiritus. 
La hermana María aún no había terminado con los jergones. Quería presenciar el ritual de la ordalía, así que se apresuró, pues acababa de oír la campana que anunciaba la tercia. Cruzó por la cocina en la que dos conversas preparaban verduras para la comida. Cuando estaba a punto de llegar al refectorio de la hospedería, desde el que se accedía a la iglesia, pisó el borde del hábito cayendo al suelo y golpeándose con la cabeza contra las duras  pizarras del suelo. 
- ¡Dios mío¡ ¡Dios mío¡- exclamó una de las conversas al ver lo ocurrido. 
Las dos corrieron a auxiliar a la hermana María que estaba inconsciente y pálida.  Una de ellas le levantó la cabeza tratando de incorporarla.
     -  Afortunadamente no hay herida; parece que sólo ha sido un golpe.  Tráeme un trapo mojado para humedecerle la frente y así quizá se recupere- le pidió a su compañera.
El frío del trapo humedecido produjo su efecto y,  aunque muy despacio, abrió los ojos.
      -     ¡Gracias a Dios! Qué susto nos has dado hermana María- suspiraron.
Ella les miró con extrañeza, al tiempo que les preguntaba que por qué la llamaban hermana María, cuando su nombre era Marta y qué hacía  vestida de monja en aquel lugar y tumbada en el suelo.
Todas en el monasterio, monjas, novicias y conversas, conocían el estado de pérdida de memoria de la hermana María, así que al oírla hablar ahora de aquella forma, se sorprendieron grandemente. 
  -   Corre, corre y avisa a la hermana Inés – dijo la que le sostenía la cabeza – y dile que la hermana María ha recuperado la memoria o que, al menos eso parece, después de …
No siguió hablando, pues su compañera ya  había desaparecido por la puerta que comunicaba el refectorio con la iglesia. 
El coro ya había finalizado el canto al Espíritu sin que el comerciante de Tortosa hubiera aparecido, así que la Abadesa llamó al Juez y éste ordenó al alguacil que fuera a la posada y condujera  engrilletado a aquel hombre a la cárcel, para ser juzgado. 
- Acercaros, caballero Aldai – dijo la Abadesa – La no comparecencia del  otro disputante os deja a vos sólo con vuestra reclamación, pero ello no acredita la legitimidad de la misma, por lo que, y así os lo expuse en la nota que os envié, os pregunto si aún persistís en ella, con la advertencia  de la culpa en la que incurriréis si desistís. Así pues ¿qué contestáis?
- Me someteré con gusto a esta y cualquier otra prueba que me permita recuperar a mi esposa, así que podéis proceder cuando gustéis- contestó.
- Vuestro comportamiento bien acredita vuestra convicción, pero no así cuánto valor hay tras ella para haceros soportar el dolor de tan dura prueba como la que os espera.
- El amor por mi esposa me da el valor para soportar el más intenso de los dolores y que por ser del cuerpo nunca serán tan intensos como el que hace sangrar mi corazón por su ausencia.
- Procedamos entonces, ya que así lo deseáis- ordenó.
El Capitán descubrió el brazo derecho y con la mano extendida se acercó sin vacilar a la vasija más cercana. Cerró los ojos para retener en su cabeza la imagen de Marta y alargó la mano para meterla en el agua. En la penumbra, Lucas lloraba en silencio.
En el coro todas estaban pendientes de lo que ocurría, así que casi ninguna de las monjas se dio cuenta de la entrada de una conversa que susurró algo  oído a la hermana Inés. Esta se levantó llamando la atención de las demás y abriendo la portilla de la reja se dirigió a la mesa donde estaba la Abadesa, a la que cuchicheo algo al oído.
- ¡Deteneos, caballero Aldai¡¡Deteneos¡- ordenó la Abadesa.
Iñigo Aldai, que ya había empezado a sentir el agua hirviendo en la yema de los dedos, retiró la mano, aunque no bruscamente, mirando sorprendido, como los demás, a la Abadesa.
- Me acaban de comunicar que la hermana María ha recuperado la memoria, y el haberlo hecho en este momento, bien puede considerarse como algo milagroso. Contamos ahora con la prueba que podrá confirmar como legítima vuestra pretensión, caballero Aldai, sin necesidad de infligiros  un dolor físico que la acredite – Y dirigiéndose a la hermana Inés – Id a buscar a la hermana María y traedla aquí.
El Capitán estaba convencido de que los latidos de su corazón eran oídos por todos los que estaban allí. Lucas había dejado de llorar y respiraba agitadamente por la excitación producida por la noticia que la Abadesa acaba de dar a conocer.
El tiempo transcurría con lentitud exasperante. Por la puerta que comunicaba la iglesia con la hospedería apareció la hermana Inés; tras ella la hermana María. Las monjas que seguían en el coro no perdían detalle de lo que estaba ocurriendo.
Pasaron unos segundos antes de que los ojos de la hermana Maria se adaptaran a la penumbra de la iglesia. Miró en primer lugar hacia la mesa donde estaba la Abadesa, iluminada por sendos candelabros y después al… 
- ¡ Iñigo, amor mío¡¡Amado mío¡ 
 No pudo decir más, pues se desvaneció y contra el suelo se hubiera golpeado si no fuera por la rápida intervención del Capitán, que la cogió amoroso entre sus brazos, al tiempo que la cubría de besos. La emoción del encuentro tan deseado había podido con la fortaleza que durante su secuestro la había mantenido viva. Lucas disimulaba sus lágrimas, ahora de alegría, ocultando el rostro en las sombras.
El alguacil que había ido a prender al ex Regidor, entró aceleradamente en la iglesia y se dirigió al Juez. Este informó a la Abadesa que el posadero había encontrado muerto en su aposento al comerciante de Tortosa  y que el físico, al que había llamado con urgencia, según le había dicho un vecino, había salido de viaje la tarde anterior.
- Iré  a levantar el cadáver y a ordenar su enterramiento – dijo el Juez.
Marta, recuperada ya de su desmayo, se había quitado la toca y permanecía abrazada a Iñigo Aldai, su esposo, su vida.
En el coro, las monjas entonaban el himno de acción de gracias:
Te deum laudámus/ te Dóminum confítemur/Te aetérnum Patrem /ovnis terra venerátur/Tibi amnes ángeli/ tibi caeli/ et univérsae potestátes.
El Capitán y Marta, de rodillas sobre las frías losas del suelo se sumaron a la acción de gracias.
A media tarde, el Capitán, Marta y Lucas iniciaban el regreso a su villa de Cuellar, bajo un sol  radiante que llenaba de luz la inmensa llanura abierta ante sus ojos.
A esa misma hora caían las primeras paladas de tierra sobre el tosco ataúd de madera de chopo en el que, bajo los efectos del bebedizo que había tomado cinco horas antes, yacía, aparentemente muerto, el que fuera Regidor de Cuéllar. 


                                          FIN DEL LIBRO TERCERO


PERSONAJES HISTÓRICOS Y DE FICCIÓN DE LA NOVELA
Albizua Pablo .tesorero del castillo
Alejandro III Papa, (1159-1181)
Alercio Jefe bandidos
Alfonso IX, Rey de León ( 1171-1230)
Al-Nasir Sexto califa de la dinastía almohade ( 1198     - 1213)
Amauri Arnaldo, legado pontificio en Ocitania (1160- 1225)
Ana        Hija de Elpidio
Aniceto Posadero de La Bañeza
Apuleyo Monje de Moreruela
Aquilino Soldado de Urueña
Astarac Céntulo de, conde
Ba rtolomé Monje de san Pedro de Carcedo
Beatriz Cillerera de Carrizo
Benito Monje camarero de San Pedro de Carcedo
Berenguer Obispo de Barcelona (1212- 1241)
Bernarda Subpriora de Carrizo
Blason Teobaldo de, Señor de Poitou
Busto Laureano , jefe alguaciles de Cuéllar
Carril Alonso, comerciante lanero de Cuéllar
Celedonio Sicario de Gerondio
Celestino III Papa, (1191-1198)
Costa Marcial, soldado de Urueña
Cuadra Angel María, vidriero del castillo
De la Fuente Marta, esposa del Alcaide del  castillo de Cuéllar
Díaz Antonio ,comerciante lanero de Cuéllar
Díaz de Haro Lope, hijo de Diego López de Haro (1170-1236)
Dimas Monje de San Pedro de Carcedo
Elpidio Herrero de Cuellar
Enrique Hijo de Alfonso VIII de Castilla ( 1204-1217)
Ernesto Prior de Santa María de Nogales
Escubi Ignacio , mantenimiento en el castillo
Expósito Mulero de Belorado
Faubero Renata, Abadesa de Carrizo
García Amador, jefe soldados de Urueña
García Obispo de Tarragona (1199- 1215)
Gerardo Obispo de Osma
Gerondio Criado de Leopoldo López
Gervasio Postulante de Moreruela
Giraldo Obispo de Segovia
Gómez Carmen, dama de Marta de La Fuente
Gómez Rodríguez, Maestre del Temple
Guillermo Arzobispo de Burdeos
Gumersindo Sacedote secretario y confesor del castillo
Halaja Martín, cabrero en el Muradal
Huarte Fernando , Alcaide del castillo y esposo de Marta
Inés        Adjunta cillerero de Carrizo
Inocencio III Papa, ( 1198- 1216)
Isasi Pablo ,Regidor de Cuéllar
Justo Abad de Moreruela
Leonila Tesorera de Carrizo
Leonor Hija de Alfonso VIII de Castilla ( 1190-1244)
Llorca Juan, bandolero
López Leopoldo ,Regidor de Cuéllar
López de Haro Diego, Abanderado de Alfonso VIII (1162-1214)
Lupercio Sicario de Gerundio
Lupicinio Hombre de La Bañeza
Maldonado Pedro , mantenimiento del castillo
Marcos Camarero del castillo
Mariaca  de Fabián, amurriano de extremada fuerza
Martín Crisanto ,capitán de Alfonso VIII
Matías Camarero de Sta. María de Nogales
Mena Sancho, Señor de Urueña
Menéndez Pergentino ,jefe de los soldados del castillo
Molina Marcelino, Señor de Carrión
Mónica Priora de Carrizo
Moreno Matilde, esposa de Mateo Ros y madre de Lucas
Nuñez de Lara Alvaro , Alférez de Castilla
Oono Esclavo en la Guardia Negra del Miramamolín
Paniagua Máximo ,soldado del castillo
Paniego Francisco , tesorero del castillo
Pardo Baudelio, soldado de Urueña
Pedro Adjunto al cillerero de Sta. María de Nogales
Pedro II Rey de Aragón (1178- 1213)
Pérez de Villalobos Rodrigo, Alférez de León (1158-1214)
Pinedo Pedro, escribano del castillo 
Pinedo Eugenio , limosnero del castillo
Plantagenet Leonor , esposa de Alfonso VIII de Castilla (1160.1214)
Raimundo Adjunto al cillerero de Moreruela
Remírez Jesús , armero del castillo
Riaño Benito ,comerciante de La Bañeza
Río Salvador, capitán de León
Rodríguez Cipriano , procurador de Hontalbilla
Ros Lucas, escudero del capitán Aldai
Ros Mateo , padre de Lucas, molinero
Rosendo Jefe alguaciles de La Bañeza
Saez de Salcedo Hurtado , Señor de Ayala ( 1160 -     )
Said  ben Djami Abud, visir de Al-Nasir
Salcedo Ramón, mensajero del Regidor
Sánchez Paulino, Secretario de Urueña
Sancho VII Rey de Navarra (1194- 1234)
Serafina Cocinera del castillo
Servando Sicario de Gerundio
Silverio Maese de cómicos
Simón Alquimista de Cuellar
Tamayo Soldado-trovador del castillo
Téllez de Meneses Tello, Obispo de Palencia
Turena Ramón de , vizconde
Vallejo Juan, ayudante  del Alférez de León
Vicenta Esposa de Lupicinio
Victorio Jefe accidental del castillo de Cuéllar
Ximénez de Rada Rodrigo , Arzobispo de Toledo (1209- 1247)
Yusuf II Califa  padre de Al-Nasir ( 1163- 1184)

lunes, 3 de junio de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LV (04.06.2013)

La nota estaba signada por la Abadesa y en ella decía que … dado el estado de la hermana María y la ausencia de pruebas sólidas y suficientes que permitan dirimir el conflicto creado por la existencia de dos disputantes, la jurisdicción civil careciendo de elementos de juicio para dictar una solución que garantice la legitimidad de una de las dos reclamaciones planteadas, así como preservar la seguridad de la hermana María mediante su entrega a su verdadero esposo, y siempre en el supuesto de que  uno de los dos lo fuera…
El Capitán leía sorprendido el contenido de aquella nota. Nunca hubiera pensado que esa pudiera ser la decisión que la Abadesa adoptara. Había oído hablar de la existencia de esa clase de pruebas para determinar la culpabilidad o inocencia de un acusado, así como que el recurso a ella era poco habitual tanto por la crueldad de alguna de sus modalidades como por la inseguridad de que la conclusión a la que llevaba fuera justa.


Así como la reacción de Iñigo Aldai al leer la nota de la Abadesa había sido de sorpresa, en el ex Regidor de Cuellar, había sido de indignación.
- ¡Maldita bruja! - exclamó rojo de ira - ¿Pretendes privarme de lo que es mío, hija de ramera? No sabes a quien te enfrentas, maldita, y te voy a demostrar que lo  que es mío no me lo quita ni Dios.
Su tez  pálida era ahora del color de la grana. Las venas de las sienes estaban hinchadas y su corazón parecía desbocado.
Volvió a leer la nota y sobre todo la parte que tanto le había indignado:
      … de que uno de los dos lo fuera, he decidido someter la disputa sobre la hermana María, al juicio de de Aquél cuya justicia es invariable e inmutable, pues Él es infinitamente justo en su propio Ser  y en todos su caminos, por lo que mañana, en el día trigésimo primero del mes de julio de este año del mil y doscientos trece, os conmino a comparecer a la hora tercia, en la iglesia de este monasterio para someter vuestra reclamación al juicio de Dios, apercibiéndoos que de no comparecer, decaerá vuestra reclamación y seréis  hecho preso por intento de fraude a este monasterio.
 No tenía alternativa. O comparecía y se sometía a aquella estúpida prueba, o no lo hacía, en cuyo caso le esperaba la cárcel. Conocía lo que era la ordalía o el juicio de Dios, pues su conocimiento formaba parte de los necesarios para un Regidor real, ya que, en ocasiones, era quien sellaba las vendas del acusado que había metido la mano en agua hirviendo y quien verificaba, tres días después, si había señales de daño en la piel, lo que acreditaba la culpabilidad del acusado. Nadie le impediría - al menos así lo creía – salir de la posada y huir, pero eso sería hacer inútiles todos los esfuerzos y sufrimientos padecidos desde que Marta se le escapó. No. No huiría y tampoco se presentaría para someterse a la ordalía, ni iría a la cárcel. Tenía que pensar  sobre como hacerlo posible. Iba de un lado a otro de su aposento buscando ideas. Una veces se mesaba la perilla y otras el cabello y cuando le parecía encontrar un atisbo de solución, se paraba concentrándose al máximo. En uno de estos momentos, al pasar la mano derecha por la nuca, notó el cordoncillo de …   
- ¡Ya! Ya se como burlar tu estúpida exigencia – exclamó.
Del cordoncillo que llevaba al cuello colgaban el frasquito que le había proporcionado el físico de Urueña, cuando preparaba una huida urgente. Allí seguía – cómo no haberse dado cuenta antes – el bebedizo que le llevaría a un estado de muerte aparente y aunque no tenía el revulsivo que lo contrarrestaría, recordaba que aquel galeno le había indicado la dosis máxima que debería ingerir para que el efecto de catalepsia desapareciera por sí sólo a las ocho horas de la ingesta, recuperando su estado normal.
Pondría en marcha la misma estratagema que elaboró en Urueña. Sólo necesitaba  un colaborador dispuesto a venderle su lealtad por un puñado de cobres y si era un físico mejor, pues tendría más fácil acceso al supuesto cadáver.
Preguntó en la posada por un físico y salió hacia la dirección que le había indicado el posadero.
Lucas, arrimado a la pared del cuartel, seguía manteniendo  guardia por si el Capitán lo necesitaba. Vio salir a un hombre de la posada y su figura le pareció familiar. Los últimos rayos del sol iluminaron su cara. El corazón le dio un vuelco. Era Leopoldo López, el hombre que había secuestrado a su Señora, el miserable al que perseguían desde hacía dos meses. El hombre se alejaba y Lucas dudaba si entrar en el cuartel e informar  al Capitán o seguirle. Recordó que él  le había animado a tener iniciativa, así que decidió seguir al ex Regidor, que parecía saber a dónde dirigirse.
Vio que entraba en el establecimiento de un físico, según indicaba el cartel colgado al lado de la puerta.
¡Qué extraño! - se dijo – pues aparte de que cojeaba un poco, no parecía tener mal aspecto.
Se apostó en la esquina de una casa próxima  dispuesto a  esperar largo tiempo, pero no fue tan larga la espera como suponía. El ex Regidor regresó a la posada sin que sospechara que alguien le seguía.
Lucas, al dar cuenta de lo ocurrido al Capitán, se extraño cuando no observó en el ningún gesto de sorpresa.
- ¿Sabíais que él estaba aquí, Capitán?
- Sí, Lucas. Lo supe ayer por boca de la Abadesa.
Y entonces le contó lo de la nota y lo que era la ordalía o el juicio de Dios.
     -    La visita al físico  de ese bellaco me preocupa, pues si estuviera enfermo sería el médico quien lo visitara y, por lo que me dices, exceptuando la cojera, nada había que diera la impresión de que su salud no era buena.
           Procura enterarte de qué hablaron- le dijo después de unos instantes de silencio.
- No se preocupe, Capitán, que eso se me da muy bien.

Leopoldo López había regresado satisfecho de su visita al físico. Había sido más fácil y barato de lo esperado. Una dobla de oro fue el precio de la lealtad del médico, con el que había acordado que, al alba del día siguiente tomaría el bebedizo haciéndole parecer muerto, por lo que el posadero, cuando  lo descubriera, avisaría al físico y también al Juez, quien ordenaría el levantamiento  del cadáver y su entierro del que se ocuparía el médico a costa del erario de la localidad, pero tal entierro no se produciría, sino que velaría el supuesto cadáver hasta que pasara el efecto de la pócima.
Recuperado del efecto del tóxico, le pagaría lo acordado- así se aseguraba su asistencia. 
Una vez que aquella prueba de la ordalía se hubiera celebrado con Iñigo Aldai como actor principal, como era imposible, salvo milagro, que una mano introducida en agua hirviendo no presentara señales de daño, el Capitán sería declarado culpable y su reclamación rechazada, además de la posible pena de prisión por fraude al monasterio, como decía bien claro la nota de la Abadesa, y Marta quedaría en el monasterio, quedándole el terreno libre para poner en marcha su plan.

Mientras Lucas se dirigía a la casa del físico, se acordó de aquel día en el que consiguió saber que había sido el Leopoldo López quien había comprado el mortal polvo de ricino al  alquimista Simón, en Cuéllar, hecho que constituyó una prueba fundamental para condenar al Regidor por el asesinato del Fenando Huarte, Alcaide de la ciudadela. Las circunstancias de aquel caso no eran comparables con el que ahora se le presentaba pero, igual que entonces, actuaría con osadía.
- ¿Qué quieres muchacho? ¿Quién está enfermo?
- No hay nadie enfermo- contestó Lucas 
- Entonces ¿qué te trae aquí además de hacerme perder el tiempo?
- Quiero saber  qué habéis tratado el hombre que  ha estado aquí no hace mucho- le espetó.
- Eso no es asunto tuyo, muchacho, así que lárgate de una vez- contestó enfadado.
- Me iré, si así lo queréis, pero os advierto que esa persona es un fugitivo de la Justicia y cualquier acuerdo o trato con él os convertiría en cómplice de su delito y mi Señor se vería obligado a advertir de ello al Juez y a la Abadesa, pues su delito afecta a la seguridad del monasterio. Así que, quedad con Dios - dijo dirigiéndose a la puerta.
Al oírle nombrar al monasterio, se asustó. El vivía pacíficamente en aquella población donde tenía un nivel de vida que podía considerar como bueno y sabía del celo de la Abadesa para todo aquello que podía afectar al cenobio o a sus pertenencias. Lo último que deseaba era darle motivos para intervenir contra él. Las monedas que, como señal, le había entregado aquel hombre y la dobla de oro, eran escaso pago para el riesgo que corría, así que sin decirle a Lucas que ya había cobrado una cantidad a  cuenta, le contó lo acordado con su visitante.
- No le digas nada al Juez, te lo ruego – le imploró
- No diré nada a nadie si vos olvidáis la visita que tuvisteis y de lo que os propuso. ¿Estáis de acuerdo? 
- ¿Cómo no podía estarlo? Gracias muchacho. De haber sabido que ese hombre era un malhechor, nada hubiera acordado con él. Nuevamente te doy las gracias.

domingo, 2 de junio de 2013

NOTA: Ayer cometí un error y publiqué el Capitulo LIV en ligar del LIII, con lo que para muchos carecería de sentido. Hoy publico en  LIII que habrá que leer antes del de ayer. Pido disculpas por el error.

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LIII (03.06.2013)

La Abadesa esperaba a la hermana María en el claustro. La había visto en la iglesia y la llamó cuando se levantó para regresar a la hospedería. Era casi mediodía, la hora  sexta monástica del día siguiente al de los reconocimientos y reuniones con los dos hombres que la reclamaban como su esposa.
El día, como era habitual en el mes de julio, era luminoso. Los rayos del sol caían verticalmente sobre el espacioso claustro cuadrado, de unas veinte varas de lado.
La Abadesa le estaba contando a la hermana María la llegada de aquellos hombres que decían que la reclamaban como esposa y  que a ella le habían resultado conocidos cuando los vio en la iglesia.
            … uno de ellos aparece en tus sueños, según me dijo la Madre Priora, así como que al verlo en la iglesia tuviste un estremecimiento y me gustaría que me dijeras qué emoción, qué sentimiento te lo provocó. ¿Qué sentiste en ese momento? ¿Afecto? ¿Quizás temor? Trata de recordar, hija mía.
- No lo podría describir Madre. Sentí como una ráfaga de aire frío recorriendo mi cuerpo y calándome hasta los huesos, pero no sabría deciros que la motivó.
- Y con el otro hombre ¿sentiste algo al verlo?
- No Madre Abadesa. Sus rasgos me eran muy familiares, pero tal como os dije ayer, no  se por qué, ni si le conocí en el pasado, ni …
- Está bien, hija mía. No llores. Tranquilízate. Sólo te lo preguntaba por si con ello te ayudaba a recordar. Vuelve a tus tareas y no te preocupes más por esos hombres.

Marta regresó a la hospedería pensando en todo lo que la había contado la Madre Abadesa. Iba tan abstraída que a punto estuvo de caer al pisar el borde de su hábito, que le quedaba un poco holgado.

La Abadesa convocó a la Madre Mónica, a la Madre Bernarda, a la Madre Leonila, Priora, Subpriora y Tesorera respectivamente del monasterio, además de a la Madre Beatriz, la Cillerera, a una reunión en la Sala Capitular tan pronto finalizaran la hora nona.
No había querido exponer en el capitulum de la mañana el problema ocasionado por la presencia de aquellos dos hombres, pues aún no había decidido sobre la forma de resolver el problema. 
- … y, en resumen, la situación es esta: ninguno de los dos hombres ha sido reconocido por la hermana María como su esposo, por lo que no disponemos de ningún elemento de juicio que nos permita saber quien de ellos dice la verdad o si los dos mienten. Podíamos esperar a que la hermana María  se recuperara – continuó - pero  no sabemos cuando podría ocurrir, si es que ocurre y tener a esos dos hombres acechando, crearía una situación de peligro permanente no sólo para ella, sino también para la Comunidad, y eso es algo que no puedo permitir. 
Guardó silencio durante unos instantes esperando alguna pregunta de las hermanas.
 … los dos hombres están  uno en el  cuartel y el otro en la posada, para evitar un encuentro entre ellos, que supongo que  no sería pacífico, esperando mi llamada para comunicarles mi decisión sobre sus reclamaciones. El caso es, hermanas mías, que ni podemos eludir el caso ni podemos someterlo a la jurisdicción civil al carecer de testimonios  tanto por una como por la otra parte.
- ¿Cómo resolver el problema entonces, Madre? – preguntó la Priora.
No contestó al momento. Lo que iba a decir nunca había sido puesto en práctica en el monasterio desde su fundación, hacia medio siglo, y deseaba  darle toda la solemnidad posible. Las monjas esperaban expectantes la respuesta.
- Ya que los siervos somos incapaces para resolver con justicia este singular caso, lo someteremos a  la justicia del Señor.
Se miraron unas a otras como preguntándose si habían oído bien.
- ¿Os referís a la ordalía Madre? – preguntó la Subpriora.
- Así es, hermanas mías. El Juicio de Dios resolverá este conflicto.
- ¿Y cuándo se celebrará el ritual Madre Abadesa?  La Madre Beatriz, como Cillerera, era la responsable de toda la intendencia del monasterio, por lo que la competían los preparativos necesarios para la ordalía.
- Las  circunstancias que os he expuesto, requieren que esta situación se resuelva con urgencia, así que disponed todo lo necesario para mañana, a la tercia. En el capitulum informaré al resto de las hermanas.

Las ordalías o juicios de Dios, era prácticas probatorias de inocencia o  culpabilidad de acusados o de la veracidad de lo que se manifestaba y que, a pesar de la prohibición del papa  Alejandro III  en la segunda mitad del siglo XII, continuaron celebrándose  cuando la justicia civil agotaba sus recursos, aunque ya no se realizaba la prueba del hierro candente, ni la de la inmersión en agua, sino la del agua hirviendo  para los caballeros o la del agua fría para los villanos o pecheros.

sábado, 1 de junio de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LIII (02.06.2013)

                                                 
Iñigo Aldai, como cada noche desde que se había producido el rapto de su esposa, tardó en conciliar el sueño; pero la noche que se vio obligado a pasar en el cuartel, aunque no estaba en condición de preso, fue toda ella de  vela. El constante esfuerzo para controlar su deseo de salir y buscar al miserable responsable del rapto de su esposa y de los asesinatos de Lupicinio y de dos de sus soldados, le privaba del sosiego necesario. Temía además que el astuto ex Regidor consiguiera, a pesar de la protección del monasterio, llegar a Marta y volver a huir con ella.  
No podía imaginar que en la posada aledaña al cuartel, el ex Regidor, también en vela, elaboraba los planes para recuperar a Marta si la Abadesa decidía no entregársela y fallaba a favor del Capitán, o si tampoco se la entregaba a él. 
Serían situaciones distintas que requerirían planes diferentes. Por el momento cumpliría las exigencias de la Abadesa, pues no sería inteligente desaprovechar la oportunidad de que decidiera que él era el legítimo esposo. Contaba a su favor, que cuando Marta  fue llevada al monasterio, aunque desgarrada y sucia, vestía una capa de peregrino, prueba suficiente para dar verosimilitud a su versión de que ambos peregrinaban a Compostela como esposos.

Lucas, cumpliendo las órdenes del Capitán permanecía cerca del cuartel. Al anochecer le había llevado dos muslos de pollo, queso y una jarra de cerveza para cenar. Había dormido en el establo con los caballos y ahora, ya con la luz del sol dorando el polvo de las calles de Carrizo, esperaba instrucciones sentado al lado de la puerta de entrada al cuartel. Sabía que su Señor no debía salir del recinto si deseaba recuperar a su esposa, y eso era lo que el Capitán deseaba más que nada en este mundo, así que permanecería allí hasta que la Abadesa lo llamara. El tendría que estar pendiente de lo que necesitara.
La agradable temperatura a esa hora de la mañana y el no haber dormido bien, lo condujeron, sin darse cuenta, a un  placentero estado de estado de somnolencia del que le sacó la voz del alguacil.
- ¿Te duermes, muchacho? Pues espabílate, que tu Señor lleva ya levantado desde el alba y si te pilla dormido te va a dar un buen tirón de orejas.
- No es mi Señor de esos –contestó – que no hay caballero  en el mundo que mejor trate a su escudero que él.
- Veo que le tienes aprecio, razón de más para que estés alerta por si te pide algo, que aquí dentro sólo agua le podemos proporcionar. ¿Tú sabes por qué el Juez lo ha mandado aquí? No habrá sido muy grave su delito cuando no nos ordenaron engrilletarlo ni cerrar con llave la puerta de su celda.
- Mi Señor no ha cometido ningún delito y no está ahí dentro como preso, sino porque la Abadesa del monasterio le pidió que esperara en el cuartel la respuesta a un asunto que le había planteado, sólo por eso.
- ¡Ah! Y ese asunto que dices ¿tiene algo que ver con un peregrino al que ayer, poco antes que a tu Señor, acompañamos a esta posada? – preguntó mientras con un gesto de la cabeza señalaba la posada aledaña.
- No os lo puedo decir, pues no sé que peregrino es ese – contestó- pero ¿por qué tuvisteis que acompañarlo? ¿acaso es ciego?
- No, no. Fueron órdenes del Juez y supongo que siguiendo indicaciones de la Abadesa, pues también estaba en el monasterio.
- ¿No os parece que es muy extraño?
- Sí que lo es, pero a nosotros, como a ti, sólo nos toca cumplir  órdenes. Bueno, ahora voy dentro, que no soy yo muy amigo del sol.
Lucas, mirando a la posada, se preguntaba quién sería el peregrino que había dicho el alguacil. No sería ningún malhechor, si no habría sido conducido a la cárcel. Quizás alguien que no encontrara alojamiento en la hospedería del monasterio y que habiéndose encontrado casualmente con el Juez, a quien habría preguntado por alguna posada en la población, habría ordenado a los alguaciles que lo guiaran hasta allí. Habrá sido eso - concluyó.

En el interior de su celda, el Capitán, sentado en el jergón sobre el que había pasado la noche y con la cabeza entre sus manos y los ojos cerrados, se concentraba en retener la imagen de Marta cuando cruzó frente al altar mayor, con aquel hábito marrón  cuyas mangas ocultaban sus manos, aquellas manos capaces de acariciar tan dulcemente y que él había besado con amor tantas y tantas veces, y la cofia blanca que no conseguía ocultar sus cabellos cobrizos que destellaban bajo la luz que entraba por las saeteras de iluminación. Estaba tan cerca y podía estar  tan lejos al mismo tiempo. Todo dependía de la decisión que tomara la Abadesa. Le pareció una mujer sabia y como tal, prudente y decidida a tomar la mejor decisión para Marta, para la hermana María, como la llamaba. La espera le resultaba insufrible, pero no podía hacer otra cosa.

Leopoldo López también se había levantado temprano aunque estaba cansado. Durante la noche, había puesto en juego todas sus dotes de estratega en la elaboración de los planes para recuperar a Marta teniendo en cuenta las tres posibles decisiones que la Abadesa podría tomar. Ahora solamente quedaba esperar su llamada y conocer cuál de las tres había tomado para poner en marcha  el plan correspondiente.

Poco antes de que el sol se ocultara tras los montes de la cordillera del Teleno, el Juez entraba en el cuartel y entrega un escrito de la Abadesa al capitán Aldai y, minutos más tarde, otro idéntico al peregrino alojado en la posada.

viernes, 31 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LII (01.06.2013)

Leopoldo López se sobresaltó al oír lo que le pareció el cerrojo de la puerta de la iglesia. Supuso que sería la hora de cierre. La Madre Priora aún no había regresado para comunicarle la decisión de la Abadesa y ya se estaba impacientando.
- Señor, Señor – la voz  venía de detrás del cortinón – la Madre Priora os pide que vayáis al locutorio. En un momento la hermana portera os abrirá el portón de la iglesia.
Sin contestar, se levantó y con pasos tan largos como su pierna aún no curada del todo le permitía, cruzó la nave central y después la lateral llegando a la puerta de salida en el momento en que una monja, la hermana portera, la abría.
- Señor, os ruego que os dirijáis al locutorio, donde os esperan.
Mientras recorría la corta distancia  que había desde la puerta de la iglesia a la de entrada al monasterio se iba preguntando  el por qué  de aquel cambio. Algo no va como debiera – pensó - así que tendría que estar alerta.

- Soy la Abadesa de este monasterio y la Madre Priora me ha informado sobre vuestra reclamación, así como que la hermana María os ha reconocido, aunque no os identifica. ¿Podéis aportar alguna prueba que legitime vuestra reclamación sobre quien decís que es vuestra esposa?
- Nunca hubiera podido imaginar poder encontrarme en una situación  como esta, en la que la enfermedad de mi pobre esposa le impide reconocerme como su legítimo esposo, así que Madre Abadesa, todas los testimonios que yo pudiera aportar, están en Tortosa, desde donde peregrinamos y presentároslos requeriría, en el mejor de los casos, un mes.  Comprenderéis Madre que…
- No disponemos de ese tiempo, cuando además de vos, hay un caballero que ha reclamado también a la hermana María como su esposa y … ¿Os encontráis bien? –le preguntó al ver, aún con la escasa luz del locutorio, la repentina palidez de su rostro.
- Si, si, me encuentro bien. Es que el  paso del excesivo  calor de fuera al fresco de esta estancia ha debido de afectarme - necesitaba ganar tiempo para rehacerse de la impresión - ¿Otro hombre decís? No es posible, pues yo soy su único y legítimo esposo. No sé quien puede querer arrebatarme a la mujer que el sacramento del matrimonio convirtió en mi esposa hace casi dos años ¿Acaso, Dios mío, es una prueba más de nuestra fe? – se preguntó en voz alta con tono resignado y elevando los ojos al techo del locutorio.
La noticia de que aquel odiado  capitán Aldai lo había localizado y no sólo a él, sino también  a su esposa, le había sorprendido y atemorizado. Recuperar a Marta ahora se volvía una misión muy difícil, casi imposible. La única probabilidad le quedaba, era la de mantener su reclamación aprovechándose de que Marta, por su estado, tampoco reconocería a su esposo. Si ahora, por miedo a ser atrapado por  el Capitán, huía, Marta se le escaparía para siempre y con ella la venganza que había convertido en el objetivo de su vida. Correría el riesgo a la espera de lo que resolviera la Abadesa.
- Esta anómala situación en la que hay dos disputantes alegando cada uno la legitimidad de su reclamación y sin que sea posible aportar el testimonio de la hermana María, me impide reconocer  vuestro derecho de igual forma que la del otro pretendiente; pero buscando lo mejor para la mujer que reclamáis y que vive bajo la protección del monasterio, os tengo que pedir que accedáis, si persistís en vuestra reclamación, a permanecer en la posada donde os alojáis, sin salir de ella, hasta que os llame para haceros saber cómo dirimir este asunto. Si incumplís esta condición -continuó – consideraré que renunciáis a vuestra reclamación. ¿Accedéis a cumplir lo que os pido?
- Así lo haré, Madre Abadesa – contestó – pues confío en vuestra sabiduría.
- Los alguaciles os acompañarán a la posada. Id con Dios.
Apretando los dientes para contener su rabia, Lepoldo López adoptó una vez más el aspecto  sumiso con el que se había presentado. De todo lo ocurrido en el locutorio, solo le satisfacía la escolta de los alguaciles, pues ignoraba dónde podría estar el capitán Aldai y temía un encuentro con él.

El Capitán y Lucas, pendientes del avance de la sombra de gnomón esperando que superara las seis, no se dieron cuenta de que delante de la entrada del monasterio dos alguaciles -  a juzgar pos su vestimenta - parecían esperar a alguien del interior. 
Encontraron el portón de la iglesia cerrado.
- No debiera estar cerrada – comentó con gesto de extrañeza. Iré al locutorio para que me abran. Tú espera aquí Lucas.
- La Madre Abadesa os ruega que aguardéis aquí su llegada – le dijo la hermana portera.
- Tenía que encontrarme con la madre Abadesa en la iglesia ¿Qué ocurre, hermana?  - preguntó sin obtener respuesta. 
La impaciencia que sentía desde que reconoció a Marta en la hermana María, empezaba a convertirse en preocupación e intranquilidad.

Un hombre vestido con el ropaje propio de los Justicias, entró en el locutorio.
-   ¿Sois vos el caballero castellano que busca a su esposa?- preguntó.
El Capitán se volvió sorprendido.
- Si, yo soy. Y vos ¿quién sois? ¿Cómo sabéis que busco a mi esposa?
- Yo le he informado caballero Aldai y ese hombre es el Juez Ordinario de esta población y de todas aquellas  pertenecientes al monasterio - era la voz de la Abades, detrás de la reja.
- Y la razón de su presencia – continuó – es que hay un segundo hombre con vuestra misma pretensión sobre la hermana María, lo que me haría inferir, en el caso de que diera verosimilitud a vuestra versión, que ese…  
- ¿Dónde está ese miserable? ¡Decídmelo, os lo ruego, pues he de hacerle pagar caro su delito! Os lo suplico, decidme dónde está – insistió  al tiempo que apretaba con fuerza la empuñadura de la espada que llevaba al cinto. 
El capitán estaba visiblemente alterado.
- Sosegaos caballero. No os dejéis conducir por la ira, ni desenvainéis vuestra espada en mi jurisdicción. Yo dispondré lo que convenga en interés de la hermana María. Ahora, os ruego acompañéis al Juez que os conducirá al cuartel, donde permaneceréis hasta que nuevamente os llame.
- ¿Me detenéis Madre Abadesa? – preguntó incrédulo.
- No es una detención, sino una medida necesaria que las circunstancias me obligan a tomar y que, cuando este asunto se resuelva, comprenderéis. Como no vais a estar preso, podéis salir del cuartel si así lo deseáis, pero si así lo hiciereis – aclaró – consideraré que renunciáis a vuestra reclamación y consideraré como legítima la del otro disputante. ¿Os queda claro, Capitán?
No le cabía la menor duda  de que así lo haría, así que aceptó acompañar al Juez y permanecer en el cuartel el tiempo que fuera necesario.
 Lucas, que aguardaba delante del portón de la iglesia, se quedó con la boca abierta al ver a su Señor escoltado por dos alguaciles y un tercer hombre también con indumentaria negra, aunque distinta de la de los justicias.
- ¡Señor, Señor! ¿qué ocurre?  
- No te preocupes – respondió el Capitán -  busca un establo para los caballos y permanece cerca del cuartel por si necesito de ti.
Lucas no entendía nada de lo que estaba pasando, pero se dispuso a cumplir las órdenes de su Señor.

jueves, 30 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LI (31.05.2013)

La Abadesa de Santa María de Carrizo, Renata Faubero, estaba preocupada. El ejercicio de sus responsabilidades abaciales no estaba exento de problemas, tanto de índole interna  como externa, ya que como Abadesa tenía postestades  de señorío y vasallaje con jurisdicción civil y criminal no sólo sobre Carrizo, sino también sobre las localidades y poblaciones de San Pedro de las Dueñas, Grulleros, Cubillos de los Oteros, Argavayones y Tapia. Ella nombraba personalmente al Juez Ordinario y a su Tenente y proponía  al Obispado el nombramiento del cura cuando se producía vacante en alguna de las poblaciones sometidas al monasterio.
Desde que había asumido el cargo de Abadesa, había tenido que intervenir en no pocas ocasiones en asuntos de índole civil, pero ninguno como el que presentía que iba a requerir su máxima atención, como era el de las reclamaciones formuladas por el capitán castellano Iñigo Aldai y el comerciante tortosino Leopoldo López sobre la hermana María, de la que los dos decían ser esposos. El asunto no hubiera tenido mayor importancia si la hermana María no sufriera de amnesia, pero…
Uno de los dos mentía; de ello no tenía duda alguna, pero ¿quién? ¿El hidalgo o el comerciante? Solo quedaba la prueba de reconocimiento prevista para la hora de vísperas. Si la hermana María decía que no conocía al comerciante, el problema se diluía, pero si su rostro le era conocido y, como había ocurrido con el castellano, no sabía de qué, la situación se complicaría sobremanera, y como no podía inhibirse desde el momento en que la hermana María estaba bajo la protección del monasterio, tendría que pensar cómo resolverla. 
Si tal como le había dicho al capitán Aldai, tendría que presentar  testigos o Fiel de fechos  que  acreditaran su relación con la que decía era su esposa, idéntica prueba pediría al comerciante. Esa le pareció, en principio, la fórmula mejor, pero después pensó que si uno de los dos mentía, el mentiroso podría presentar testigos de conveniencia. Pero ¿cuáles eran o podían ser los falsos testigos? ¿Los del caballero castellano o los del  comerciante peregrino? Así que concluyó que una solución que la llevaba  al principio del problema, no era solución. Otra posibilidad sería pedirles que concurrieran los sacerdotes que oficiaron su enlace, pero pronto desechó la idea, pues las distancias que había desde Carrizo hasta cada una de las poblaciones de cada uno de los disputantes, no permitiría resolver el problema, en el mejor de los casos, en menos de un mes, y no era el hecho de tener a la hermana María tanto tiempo en el monasterio lo que la preocupaba, pues bien le gustaría que se quedara de por vida formando parte de la comunidad si así lo deseaba, sino que aquel que mintiera, tendría tiempo sobrado para asegurar la presencia de cualquier sacerdote que se prestara a dar fe  en su favor a cambio de dinero, pues, lamentablemente, no todos aquellos  consagrados para servir a Dios vivían de acuerdo con Sus mandatos.
¿Cómo resolver el problema, entonces? Los haría detener entre tanto no encontrara la solución, tal como le había dicho a la Madre Priora, aunque quizás se estaba preocupando antes de tiempo, pensó,  porque podía ocurrir- era lo deseable – que la hermana María  reconociera al comerciante.


La agradable temperatura de la iglesia y la penumbra existente producían un efecto relajante que no tardó en sumir en el sopor a Leopoldo López. En su sueño se veía como señor de un castillo de esbeltas líneas, observando los ejercicios de armas que realizaban en el patio sus soldados, cuando una nube de polvo en el camino que desde la llanura subía hasta el castillo, llamó su atención. Cuando el jinete apareció tras el último recodo antes de llegar al puente, lo reconoció como al hombre que había enviado a Cuéllar para que comentara por las tabernas y posadas de la Villa que la que otrora  Señora de la ciudadela y esposa del Alcaide, era ahora una mujer feliz viviendo con el que fuera Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra y al que complacía con tal entrega, que hasta le había dados hijos, y que permaneciera en la Villa el tiempo necesario para asegurarse que tales noticias llegaban a oídos del capitán Aldai, y así pudiera ver su reacción.
La llamada de la campana a vísperas le sacó de su feliz sueño. Tardó unos segundos en volver a la realidad. Después se situó en el lugar que le había indicado la Priora.

Con su mano derecha, la Madre Priora separó un palmo el  cortinón de la reja, mientras que con la otra mano agarraba el brazo derecho de la hermana María, así que pudo percibir, sin dificultad, el estremecimiento de ella cuando fijó su mirada en el hombre que con capa de peregrino estaba en la iglesia, a poco más de cuatro pasos de ellas y como su respiración se agitaba.
- ¿Lo conoces, hija mía? – preguntó.
- Si madre – respondió temblorosa – pues es el hombre que  aparece en mis sueños.
- ¿En tus sueños? ¿Pero de qué le conoces? ¿Por qué lo ves en tus sueños? ¿Recuerdas si ha formado parte de tu vida pasada?
- No lo sé Madre Priora. Pero al verlo, he sentido algo extraño en mi interior.
- Está bien, hija. Ahora  vuelve a la hospedería y no te preocupes, que  aquí nada has de temer.
Después que se hubo ido, la Priora llamó a Leopoldo López. 
- La hermana María os ha reconocido, pero no como su esposo.
Leopoldo López se alarmó. ¿Habría recuperado la memoria precisamente ahora, pensó? No, no podía ser. Tendría que apelar a su insania.
- ¿Cómo es posible que me reconozca, pero no como su esposo? Qué dice de mí desde su desgraciada locura?
- Que no recuerda de qué os conoce.
- Pero aún así ¿podremos continuar nuestra peregrinación, verdad? – preguntó.
- Informaré primero a la Madre Abadesa; entretanto esperad aquí a que os traiga su respuesta.

No se explicaba a qué se debía tanto reparo para que le entregaran a Marta. Si las monjas sabían que nada recordaba de su pasado y aún así a él lo había reconocido ¿qué importancia tenía, en su estado, que no supiera decir de qué le conocía? Esperaría la decisión de la Abadesa que, necesariamente, tendría que ser favorable a sus intereses. No aceptaría una respuesta negativa.

- Esa respuesta es la que no deseaba Madre Priora, pues no estaré tranquila mientras tengamos cerca a esos hombres reclamando a una misma mujer sin saber quien  de los dos tiene legitimidad para hacerlo o puede que, incluso, ninguno de ellos la tenga, así que por la seguridad del monasterio y  por la de la hermana María, hemos de actuar. Como sabéis – continuó - el caballero castellano estará al llegar y desearía que no se encontrara con el comerciante, pues si ambos pretenden lo mismo, no es improbable un enfrentamiento entre ellos, así que ordenad a la hermana portera que cierre la iglesia y que cuando  ese caballero la encuentre cerrada y acuda al locutorio, que le diga que aguarde allí pues deseo hablarle. Daos prisa. Y después haced saber al Juez que deseo verle con urgencia, y que se haga acompañar por dos alguaciles.
- Si Madre Abadesa. Ahora mismo. 

miércoles, 29 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO L (30.05.2013)


Marta acudía a la llamada de la  Abadesa que le había transmitido la hermana Ines, preguntándose qué querría de ella. Entró en la iglesia por la puerta que comunicaba con la hospedería. Hizo una genuflexión al pasar por delante del altar central en el que permanentemente ardía un candil de aceite y se dirigió a la puerta que comunicaba con el claustro. Aunque caminaba con la cabeza  ligeramente inclinada hacia delante, la luz que entraba por las saeteras de iluminación era la suficiente como para que Iñigo Aldai, bajo el arco apuntado donde la Abadesa le había indicado que se colocara, viera su rostro. El corazón pareció parársele y tuvo que hacer una profunda inspiración para recuperar el impulso vital. Era ella. Era su adorada Marta. No podía ver sus maravillosos ojos pero el cabello que sobresalía de la toca, reflejaba la luz produciendo destellos cobrizos. Apretó los puños con fuerza  y también los dientes para ahogar el grito que, llamándola, pugnaba por salir de su garganta. La siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Era el momento de salir sigilosamente, tal como le había pedido la Abadesa, pero su  cuerpo  se resistía a obedecer las órdenes de su razón. Quizás pudiera oír su voz cuando hablara con la Abadesa; aunque sólo fuera una palabra. Lo necesitaba.
- ¿Me habéis mandado llamar, Madre?
Ni los cantos de los mismos ángeles hubieran alegrado tanto su corazón como lo hizo aquella voz que no oía desde… ¡ Dios mío¡ ¿Cómo había podido soportar esta ausencia durante tanto tiempo? Ahora ya podía salir y lo hizo con el corazón rebosando alegría y con una radiante sonrisa que contagió a Lucas cuando le vio aparecer por la puerta del templo.
No necesitó preguntar nada a su Señor. No hacían falta las palabras. El Capitán había encontrado a su esposa. Notó que sus ojos se humedecían.
- Se acabó la búsqueda, Lucas. Pronto volveremos a casa.
- Lo sé Capitán. Creo que me acordaré de este momento  como uno de los más felices de mi vida. ¿Cuándo la recogeréis, Señor?
- Es necesario esperar al mediodía, pues la Abadesa quiere saber si ella me reconoce.
- No os entiendo Capitán ¿Qué queréis decir con eso de que os reconozca?
El Capitán expuso a Lucas  lo acordado con la Abadesa y las razones de tal proceder, que no eran otras que la de su protección, pues cualquiera  podría aprovecharse de su ausencia de recuerdos para reclamarla como su esposa, y entre ellos, el miserable que la había raptado y de quien había conseguido huir.
- Pero mi Señor ¿qué ocurrirá si Doña Marta no os reconoce? ¿Os la entregará?
- No Lucas, pues cuando esa misma pregunta hice yo a la Abadesa, me contestó que si ese era el caso, tendría que acreditar  la legitimidad de mi reclamación mediante testigos o Fiel de fechos.
- ¿Mi testimonio serviría, Capitán?
- Me temo que no Lucas, pues eres mi escudero y eso te condiciona. Si se diera el caso, supongo que la Abadesa me indicará qué nivel de testimonio considera necesario, pero esperemos que no sea preciso.
- ¡Ójala, Capitán!
- Yo así lo espero. Dentro de tres horas lo sabremos. Esperaremos por aquí cerca.

Aun no estaba el sol en su cenit cuando el Capitán ya estaba arrodillado en el primer banco de la fila más próxima a la reja de la clausura, tal como le había indicado la Abadesa, en el caso de que hubiera reconocido en la hermana María a su esposa.
No tardó en oír el tañido de la campana llamando a la oración del mediodía. Se acercaba el momento decisivo. Si Marta le reconocía, la pesadilla que tanto ella como él habían vivido durante aquellos dos meses, concluiría.

La Abadesa separó apenas un palmo el cortinón que cubría la reja y pudo ver, de perfil, al capitán Aldai, que mantenía la cabeza alta, mirando ligeramente a su derecha. Entonces le indicó a la hermana María que mirara  detenidamente aquel hombre. 
- Fíjate bien, hija mía – le susurró.
La hermana María fijó su atención en aquel hombre. La Abadesa observó como fruncía ligeramente el entrecejo, lo que no era buena señal.
- Y ahora dime si te es conocido – le pidió.
- Su rostro me resulta  familiar, pero no sabría deciros de qué le conozco. No sé quien es; pero ¿por qué me lo preguntáis Madre?
- A su tiempo te lo diré, hija mía; ahora vete a la oración con el resto de las hermanas. Yo enseguida iré también.
Cuando la hermana María se hubo alejado, llamó en voz queda al Capitán, que se acercó a la reja temiendo lo peor, pues estaba seguro que si Marta le hubiera reconocido, le habría llamado.
- Lo siento, caballero Aldai. A la hermana María  le resultáis conocido, aunque no sabe de qué. No tengo por tanto, la seguridad plena de que seáis su esposo, por lo que no os la puedo entregar.
- Pero Madre Abadesa, si me conoce, aunque no recuerde ahora de qué, ¿acaso no es prueba suficiente? No prolonguéis nuestro sufrimiento, por Dios os lo suplico – imploró.
- No puedo complaceros Capitán y lamento que mi decisión prolongue vuestro  dolor, pero tal como ya os expliqué, si sois quien decís, deberéis acreditarlo suficientemente.
- ¿Qué testimonios aceptaréis como válidos, Madre Abadesa?
- Os lo haré saber esta misma tarde, después de vísperas, no antes ni a esa hora, sino después. Es importante que así sea. Os espero en este mismo lugar a esa hora.
¿Por qué la Abadesa no le había dicho ya que testimonios tenía que aportar? ¿Qué estaba pasando? Empezaba a sentirse preocupado, pero no tenía otra opción que la de esperar hasta después que la sombra del gnomón del reloj de sol que había en la fachada del  monasterio, pasara de las seis. 


      -  Es ella, Madre Priora; es mi pobre esposa. ¡Pobrecilla¡ ¡Cuánto habrá sufrido sola por esos campos y en su estado¡ Gracias, Madre, por haberla protegido. ¡Que Dios os bendiga¡  
Leopoldo López, en su papel, estaba exultante.
       - ¿Cuándo nos podremos reunir para continuar nuestra peregrinación? – le peguntó impaciente.
       - Tal como os dije esta mañana, es necesario que estéis aquí para la hora de vísperas. Entonces responderé a vuestra pregunta. Ahora, idos o quedaos en la iglesia si deseáis rezar.
 Nada en Carrizo que no fuera la espera hasta la  hora indicada requería su atención, así que decidió quedarse en la iglesia. En el exterior y a esa hora del día, el calor era asfixiante mientras que en la iglesia la temperatura era agradable y en medio de aquel silencio se encontraba cómodo. Puede que incluso la suerte le dedicara una amplia sonrisa haciendo que Marta volviera a pasar por la iglesia. Si eso ocurría – pensó- cabía la posibilidad de sorprenderla y llevársela sin tener que esperar a vísperas; pero no, no lo haría porque seguramente ella se resistiría, aún cuando no lo reconociera, y llevar por la fuerza  y por la vía pública a una monja- ya que ese aspecto ofrecería vestida con hábito- pudiera provocar la intervención de los alguaciles, algo que en modo alguno le convenía. Pero imaginarse que la sorprendía, le agradaba.