domingo, 31 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LVIII (01.04.2013)

Ya les era imposible seguir. La luz de la luna, en cuarto menguante, era insuficiente para penetrar en  el follaje de los chopos a lo largo del Órbigo  e iluminar el estrecho camino que les llevaría casi hasta su desembocadura en el Esla, al sur de Malgrat. Ese tramo de camino, de unas  ocho leguas, era para Lucas y sus amigos, el más difícil por ser el menos conocido.
Acamparon para pasar la noche a orillas del río, allí donde se le unía su tributario, el río Jamuz. Estaban cansados, pues habían sido muchas las horas que habían cabalgado, así que comieron un poco de cecina de jabalí y se echaron a  dormir bajo una techumbre de ramas que Fabián había construido. No consideraron  que fuera aquella una zona peligrosa por la existencia de alimañas, así que acordaron no establecer turnos de guardia.
Lucas se despertó sobresaltado. Del río llegaba  ruido  chapoteos. 
- Alguien se acerca por el río – le susurró a Fabián, que también se había despertado.
- ¡Calla y escucha¡ - le dijo Fabián en voz baja.
- ¿Qué animal podrá ser? ¿Será peligroso?
- No lo creo, pues los caballos está tranquilos.
Fabián le levantó y sigilosamente se asomó a la orilla. Se volvió hacia Lucas.
- Duerme y no te preocupes – concluyó el amurriano – son nutrias pescando.
- Pues menudo susto me han dado – dijo Lucas
Oono dormía profundamente. Era un hombre acostumbrado  a  dormir la más de las veces a la intemperie en su tierra africana, por lo que eran muy pocos y concretos los ruidos de la noche que podían alterar su sueño.
El canto de los mirlos al amanecer despertó a Lucas. Miró a su alrededor. Oono estaba inmóvil agachado en la orilla. No veía a Fabián por ninguna parte. Se acercó a OOno y éste, al oirle, se volvió y le hizo un gesto para que se agachara y observara. Lucas, extrañado, hizo lo que le había indicado. Fabián,  metido en al agua hasta las rodillas, estaba  sacando del agua una especie de cesto alargado que había hecho con los abundantes mimbres que crecían en la orilla del río.
Terminó de sacar el cesto y se volvió sonriente hacia sus amigos. Metió la mano y les mostró una trucha de considerable tamaño.
Hicieron fuego y las asaron sobre las brasas. Fabián les contó que él solía hacer nasas de mimbre para pescar truchas en el río Altube, no muy lejos de su caserío y que cuando se acercó a la orilla al despertarse, pudo ver algunos buenos ejemplares buscando comida entre las raices de las mimbreras, así que hizo la nasa y… el resultado se lo estaban comiendo.
Lucas ya había conocido las habilidades de Fabián para pescar, el año anterio, cuando el Capitán le llevaba a Toledo por orden del Rey. Oono le pidió a Fabián que, cunado tuviera ocasión, le enseñara a pescar de esa forma, pues quizás algún día pudiera necesitarlo.
Tres horas más tarde dejaban atrás Malgrat y cabalgaban por el polvoriento camino de aquella Tierra de Campos  hacia Villa Ardega, sintiendo en la cara  la agradable sensación del sol, suave aún a esas horas de la mañana.
La vista de la mole del castillo de Villa Ceide, sobre el monte Taraza, les indicó que debían seguir contra corriente el curso del río Sequillo que les llevaría a una legua de Urueña.
El recorrido siguiendo el curso del río era muy sinuoso y tanto más cuanto más se acercaba a los Torozos, por lo que son podían poner sus caballos al galope, por lo que avistaron la villa amurallada más tarde de lo que deseaban. Oono, que iba en cabeza, les señaló una columna de polvo en la lejanía, hacia el norte.
- Será  un grupo numerosos de jinetes o un rebaño de ovejas – gritó Lucas
No le dieron mayor importancia, impacientes como estaban por entrar en la Villa y encontrarse con el Capitán.

Era la hora nona en el cenobio de San Pablo y San Pedro de Cubillas o las tres de la tarde en el mundo extramuros del monasterio, cuando tres jinetes, sobre caballos sudorosos, entraban en la amurallada villa de Urueña por  la puerta del Azogue. Los centinelas les observaron con curiosidad, quizás más por el hecho de uno de aquello jinetes era negro y de una gran corpulencia, que por el aspecto de los demás. Se miraron el uno al otro como dudando si les daban el alto o no. Como  no parecía que fueran armados, les dejaron paso franco. OOno se dio cuenta de que era objeto de su atención y les dedicó una amble sonrisa a la que ellos correspondieron con una mueca que pretendía ser lo mismo.
No desmontaron y  tomaron la calle que tenían delante, que era la calle principal que unía las dos puertas de la muralla. El calor empezaba a ser asfixiante y la calle estaba vacía. El golpeteo de los cascos de los caballos contra las piedras del suelo resonaba entre las paredes de aquellas casas construidas de tapial. Era, a aquella hora, el único ruido que turbaba el silencio propio de la hora, en aquel domingo doce de julio del mil y doscientos trece. 
Iñigo Aldai, después de haber estado recorriendo las calles hasta el mediodía con la esperanza de toparse con el exregidor o alguna pista que le llevara a él, había decidido esperar a que Lucas, que llegaría  el día siguiente. Ahora estaba cansado y desilusionado, pues había llegado a Urueña con la seguridad de que allí iba a encontrar, sin dilación, a su esposa, pero sus esperanzas  se vieron frustradas. Se había sentado a pensar en todo ello a la sombra de una higuera en una amplia plaza aledaña a la calle principal.
El sonido de los cascos de los caballos le sacó de sus pensamientos. Calculo, por la cadencia del sonido, que eran tres caballo. ¿Quién podría cabalgar por las calles de la Villa a esas horas, con el calor infernal que hacía,  acrecentado por la protección que brindaban las murallas impidiendo el paso de la brisa procedente de la llanura?
El sonido se acercaba y empezó a sentir curiosidad. Su sorpresa no pudo ser mayor cuando vio asomar al primer jinete. Le costaba creer lo que estaba viendo, pues aquel negro corpulento era Oono, su amigo Oono, a quien suponía en Cuéllar. Iba a gritar su nombre cuando apareció Lucas y detrás de él, Fabián, el hombre blanco más fuerte que se haya podido encontrar y que fue honrado por el rey de Castilla en Toledo.
- ¡ Lucas, Oono, Fabián!- gritó al tiempo que se levantaba
- ¡Capitán, mi Señor!-grito Lucas - ¡estáis aquí, a Dios gracias!
El Capitán abrazó a Fabián y a Oono. Lucas, que no olvidaba que estaba ante su Señor, se mantenía a unos pasos  de distancia.
- Acércate Lucas – le dijo el Capitán- ven para que te dé un abrazo.
Iñigo Aldai sentía un sincero afecto por aquel muchacho que sus padres, Mateo Ros, el molinero del Pirón y Matilde Moreno, su esposa, le habían confiado.
Después de los saludos y bajo la sombra de la higuera que, hasta los caballo agradecieron, Lucas informó al Capitán sobre la orden de retirada de las tropas  dictada por el Rey y cómo Fabián, que había llegado a  Cuéllar dos días después del rapto de Doña Marta y Oono se habían empeñado en acompañarle para ayudar  en la búsqueda de la Señora y en la captura del responsable.
Por su parte, el capitán les informó sobre el encuentro con Lupicinio, uno de los hombres que había participado en el rapto, su arrepentimiento y sobre lo acaecido en La Bañeza. Les contó que Benito Riaño había sugerido que Leopoldo López pudiera estar en Urueña, razón por lo había venido a la Villa al comprobar que el exregidor había dejado su casa  en La Bañeza, pero que no había podido obtener sobre dónde podría estar, aún cuando había estado toda la mañana recorriendo la Villa buscando pistas.
Después les contó su plan de que, al día siguiente, Lucas indagara en el castillo

sábado, 30 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LVII (31.03.2013)

Sancho Mena se disponía, como cada domingo, a asistir a los oficios religiosos en el templo de Santa María. Acudía acompañado por su edecán y de su oficial Amador García. El castillo contaba con capilla propia y podría hacer que el capellán de Santa María acudiera a oficiar allí, pero le gustaba salir y que las gentes de la Villa le saludaran con servil reverencia. El era un hombre importante, era el Señor de Urueña y su alfoz, pero le complacía que toda aquella gente, sin distinción de clase social, se lo reconociera.  En el templo tenía un sitial reservado en lugar preferente y el oficiante, cuando en su sermón se refería a él, siempre lo hacía en términos laudatorios. Pero ese domingo temía que no iba a poder darse el baño de vanidad que tanto le complacía, pues aunque  Amador García, el capitán de su tropa estaba en el Hornija, el mayordomo le acaba de anunciar la presencia de Salvador Río, un capitán del Rey, que solicitaba audiencia urgente.
Tuvo un mal presentimiento y no pudo evitar relacionar la visita con todo lo acontecido durante las semanas pasadas y las decisiones tomadas sobre el movimiento de su tropa a la frontera.
Recibió al capitan Salvador Río en la sala de audiencias.
-  Sed bienvenido Capitán. Decidme ¿qué noticias traéis de la Corte que reclaman tanta urgencia?
-   Señor, el Rey os ordena retirar de inmediato de la frontera a la tropa armada que mantenéis alli y …
-    ¿Retirarla decís? ¿Acaso ha olvidado el Rey que hay tropas armadas al otro lado y dispuestas a entrar en León y que si no lo han hecho es por la presencia de mis soldados allí? – le interrumpió.
-   Señor, la respuesta a vuestras preguntas sólo el Rey os las podrá dar, pues solicita vuestra presencia urgente en León y amí me ha ordenado que os preste escolta hasta la Corte. Debéis, pues, prepararos para partir de inmediato.
-    ¿Con urgencia decís? ¿Y en León? ¿No está la Corte en Palacios, de donde vine hace  dos semanas? ¿Sabéis, por fortuna, qué asunto requiere mi presencia ante el Rey?
-    Lo siento Señor. Sólo sé lo que os he dicho. Las razones del Rey, son razones son de Rey. He de escoltaros hasta la Corte, así que, os lo ruego, disponeos a partir.
-    Enseguida estoy con vos, Capitán. Daré las órdenes necesarias para que las tropas  regresen.

Sancho Mena se retiró preocupado, muy preocupado, no por el hecho de que el Rey quisiera verle, pues aunque inusual no era extraño que el Rey quisiera ver a uno de sus nobles, pero que lo reclamara con esa urgencia sí que le preocupaba. ¿Habrían descubierto el plan de López para que el Rey le autorizara a dejar Palacio e ir a Urueña? No, no era posible, pues ese plan sólo lo conocían él, López y Amador García. No, esa no podía ser la razón de que el Rey le llamara a la Corte. Pero ¿y si lo era? ¿Qué demonios querría el Rey de él? Si era por lo que había urdido López, ¿convendría que le acompañara? Quizás lo mejor era que no, ya que así siempre podría aducir que tomó sus deciudones basándose en sus informes y opiniones, pues era consejero suyo, lo cual podría hacer que el Rey no fuera excesivamente severo con él, si es que la comparecencia tenía como finalidad pedirle cuentas por lo hecho, claro que su declaración podría ser puesta en duda al no poder ser contrastada con la de López. De otra forma, si Leopoldo López estaba presente, podría negarlo todo pero ¿a quién daría crédito el Rey? ¿ a uno de sus nobles o a un comerciante que ni siquiera era Su súbdito?  El Rey podría entonces reprocharle que lo tuviera como consejero, pero entonces podría aducir que ignoraba ese extremo y que por su sagacidad e inteligencia había dado por supuesto que, necesariamente, tenía que ser súbdito de Su Majestad. Pero  ¿y si la comparecencia ante el Rey nada tenía que ver con lo que pensaba? En cualquier caso – concluyó - lo mejor sería que López le acompañara, así que además de cursar las órdenes de retirada de la tropa, despachó a su mayordomo a casa de su Leopoldo López. Notaba que tanta incertidumbre le estaba poniendo nervios. A gusto hubiera buscado cualquier excusa para no ir, pero no tenía escapatoria. La tropa del capitán Río era algo más que una escolta.

Marta había pasado llorando silenciosamente las dos noches que llevaba encerrada en aquella habitación; por el día estaba tensa y dispuesta a plantarle cara al miserable que la había raptado, demostrándole que no tenía miedo, aunque en su interior estuviera aterrorizada. Mientras las dos sirvientas estuvieran en la casa, el exregidor tendría que comportarse y no se atrevería materializar sus lujuriosos deseos, pero también podría despacharlas cuando quisiera y entonces la débil protección que esa presencia suponía, dejaría de existir.
 Pensaba en ello desde el instante en que llegaron las dos mujeres enviadas por el Señor de la Villa y  recordó que aquel miserable le había dicho que con el tiempo y la convivencia se acostumbraría a él, así que decidió aparentar que empezaba a aceptar la situación y, venciendo la repugnancia que le producía el mero hecho de dirigirle la palabra, le pidió que permitiera que una de las sirvienta le acompaña durante la noche. El se sintió complacido, pues interpretó la petición en el sentido que Marta quería.  Los efectos de su venganza sobre Iñigo Aldai durarían tanto como  viviera. A Alfonso VIII le había creado problemas con su primo y a Marta la tenía allí, en su poder y, por lo que acababa de suceder, empezando a aceptar su situación como irreversible, así que no se apresuraría, pues es más grata la fruta cuando está madura y cae del árbol que cuando por verde hay que arrancarla.
No obstante las pocas veces que en esos dos días salió de casa, dejaba cerrada  con llave la puerta de entrada. Aún era muy pronto para confiar en ella.
Aquel domingo se disponía a salir para acudir a la iglesia – ya que iba a vivir un tiempo en Urueña como consejero del Señor de aquellas gentes, quería aparentar una vida propia de tal cargo – cuando llamaron a la puerta.
No esperaba a nadie y las sirvientas estaban en alguna otra parte de la casa, así que abrió él mismo.
Era el mayordomo al que había pedido que alojara a Marta el día que llegaron al castillo.
- ¿Sí?¿Qué quieres?- le preguntó
- Mi Señor os solicita con urgencia en el castillo – dijo
- Bien, dile que iré después de cumplir con mis deberes religiosos del  domingo. Ahora vete.
- Mi Señor me ha insistido en que os diga que es muy urgente.
- Está bien, está bien. Iré ahora mismo – dijo de mala gana.
Por el camino se iba preguntando qué motivos tendría aquel memo para  reclamarle con tanta urgencia.
El mayordomo le condujo al salón de audiencias donde Daniel Mena estaba acompañado por un soldado de rango, a juzgar por su uniforme, y sobre el que lucía bordado un león de gules coronado en oro  en campo azur. Era el escudo de León. 
- ¿Qué ocurre que con tanta urgencia me reclamáis, Señor? 
- Amigo López, este hombre es el capitán Salvador Río y ha venido con instrucciones del Rey para que le acompañe a la Corte de inmediato.
- ¿A la Corte? ¿Los dos?¿Vos y yo?- preguntó sorprendido
- Así es, Señor – respondió Daniel Mena. Su Majestad ha sido muy explícito tanto en ese sentido como en lo de la urgencia, así que henos de partir sin demora.
- Pero… ¿así de pronto? Tengo mi caballo en el establo de la herrería y no puedo dejar sola a mi esposa en su estado de salud y..
- Montaréis uno de mis caballos, y sobre vuestra esposa, no os preocupéis. Un sirviente irá a informarle que habéis tenido que salir urgentemente de viaje y que volveréis tan pronto os sea posible – dijo Sancho Mena.
No. No podía ir. Si no aparecía por la casa, Marta podría intentar huir y todo lo hecho  hasta entonces habría sido inútil.
- Capitán, yo no soy súbdito del Rey de León, pues soy un comerciante tortosino al servicio temporal del Señor de Urueña y nada me complacería más que satisfacer los deseos de vuestro Rey, pero razones poderosas me lo impiden, por lo que os ruego me disculpéis…
- Señor, mis órdenes son las de escoltar al Señor de Urueña y nada se me ha dicho respecto de otros. Si es vuestro deseo acompañarle podréis hacerlo, pero como veo que no, seáis o no súbdito  de nuestro Rey, no estáis obligado a ello. 
Daniel
- Pero amigo mío – traó de seducirle- así conoceréis la Corte y quizás al mismo Rey. Os lo suplico, hacedme merced de vuestra compañía.
- Nada más me complacería que acompañaros y tener la oportunidad de conocer al Rey, pero ya conocéis mis razones y que no son por mi interés, sino por la salud de mi esposa – se excusó pensando que no iba a jugarse el cuello por echar una mano a aquel incompetente. Que se las arreglara como pudiera. 
- Insisto, amigo mío- suplicó Sancho Mena
- Disculpadme, Señor – intervino el capitán Río – pero hemos de partir y es evidente que vuestro amigo declina acompañaros.
- Entonces, con vuestro permiso, me retiro – se despidió Leopoldo López
Sancho Mena ni contestó.Su mirada suplicante le acompañó hasta que salió de la estancia.
.
Realmente el capitán Salvador Río tenía prisa, mucha prisa, pues pocos minutos más tarde salían para la Corte. 
 El grupo de jinetes embocaba la puerta del Azogue cuando Iñigo Aldai trataba de acostumbrar sus ojos del paso de la penumbra del templo a la luz del sol, por lo que no los pudo ver, aunque sí oír.  No podía saber que si hubiera salido un momento antes podría habr  visto a Leopoldo López entrando en el castillo. 

Decidió esperar la salida de los fieles por si oía algun comentario que le pusiera sobre la pista. La presencia de un hombre que no era de la Villa y  llevando a una mujer joven, hermosa y de noble porte, seguramente no habría pasada desapercibida, así que podría ser que alguno de los fieles los hubiera visto y quizá lo comentara con algún conocido, pues la salida de los oficios religiosos era aprovechada para comentar, entre los conocidos, lo ocurrido durante la semana.No oyó nada que pudiera interesarle.
Hasta el mediodía estuvo recorriendo las calles de la Villa confiando en que la suerte le sonriera, pero parecía darle la espalda. Benito Riaño había sugerido Urueña por la relación entre Leopoldo López y el Señor de la Villa, así que  ¿por qué no intentar averiguar algo en el castillo? Claro que después de haber estado hablando con los guardias y habiéndose manifestado como forastero, volver allí preguntando si había llegado o estaba en el castillo un hombre amigo del Señor, acompañado de una dama, sería sospechoso. No podía hacerlo él. Lucas debería llegar hoy a La Bañeza y, si todo iba bien, recogería el recado que le había dejado en la taberna para que viniera a Urueña, así que al día siguiente podría estar en la Villa. Él  se ocuparía de indagar en el castillo.

viernes, 29 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LVI (30.03.2013)


El relieve de aquella Tierra de Campos, era de perfil suave y con una vegetación menos frondosa que la que cubría las tierras al sur de Malgrat, por lo que podía llevar su caballo al galope con relativa seguridad.  El capitán Aldai había dormido  en campo abierto, con el cielo estrellado como techo y  la  escasa luz de la luna, en cuarto menguante, iluminando aquellas llanuras. Encendió un fuego para mantener alejadas a los animales nocturnos que, aunque no fueran peligrosas, pues principalmente podrían ser zorros a la caza de liebres o conejos, podrían impedirle dormir.
El frío le despertó al amanecer, pues aunque era julio y los días muy calurosos, por las noches y  con  cielo raso, la temperatura caía bruscamente. No había brasas, así que el fuego se debía haber extinguido durante las primeras horas.
Su caballo, que había dejado atado a unos arbustos, piafaba, posiblemente porque no tenía nada a su alcance para comer, así que lo desató dejándolo suelto para que comiera mientras él hacía lo propio con las escasas viandas que le quedaban.
Poco tiempo después cabalgaba nuevamente y al galope. Cruzó el  Valderaduey a la altura de Castroverde de Campos por el puente de la antigua calzada romana y  apenas a dos leguas de distancia tuvo que vadear  el río Ahogaborricos, su  tributario, lo que no le supuso ninguna dificultad por el escaso caudal que tenía.
 Sólo la presencia ocasional y muy distante de algún pastor con su rebaño de ovejas le impedía tener la sensación, a veces, de ser el único habitante en aquel espacio sin límites.
Pasó al galope por la cercanía de la aldea de Morales y no tardó  en llegar a la población encastillada de Oter de Fumos, donde diez y nueve años antes, el monarca castellano, Alfonso VIII, había firmado con su primo leonés, Alfonso IX un tratado de paz. Desde allí siguió el curso del río Sequillo aguas abajo hasta Villagarcía, población  asentada sobre la antigua vía romana XXVII, entre Astúrica y Cesaraugusta. Estaba escasamente a una legua de Urueña y empezaba a notar una extraña y desagradable sensación en el estómago.
En Urueña estaban depositadas todas sus esperanzas para encontrar a  Marta, su amada esposa. Si no se cumplieran, ya no sabría por dónde seguir.
Puso el caballo al paso para no llamar la atención de los guardias que custodiaban la entrada a la Villa. Oyó el tañido de unas campanas que le parecieron que procedían de alguna iglesia en el interior de la Villa. Era domingo y llamarían a  los  oficios religiosos, pensó.
Se disponía a cruzar la puerta llamada del Azogue cuando tuvo que apartarse bruscamente para no ser arrollado por un grupo numeroso de jinetes que entraba al galope en la Villa procedentes del valle, en la otra vertiente de la loma sobre la que se levantaba la Villa amurallada Eran hombres de armas, sin duda, pero lo que más le sorprendió fue darse cuenta de que uno de ellos portaba el estandarte real de León, detalle en el que probablemente se fijaron también los guardias, que se protegieron tras las hojas de la puerta.
La puerta del Azogue daba directamente a la iglesia de Santa María y, a su izquierda se abría la calle que, siguiendo la muralla, llevaba  al castillo, y esa fue la dirección que tomó el grupo de jinetes. 
Nada de su indumentaria permitía identificarle como militar, así que desmontó y con la mayor naturalidad se dirigió a centinelas de la puerta, que quizás pudieran darle alguna pista sobre lo que buscaba.
- ¡Uf¡ Si no llego a andar listo, me llevan por delante esos jinetes, que parecen venir con mucha prisa¡
- Sí, habéis tenido mucha suerte. Podéis dar gracias a Dios por haberos librado, pues los hombres del Rey andan con miramientos cuando cabalgan - comentó uno de ellos.
- ¿Son hombres del Rey, decís?- preguntó fingiendo extrañeza
- ¿Acaso no habéis visto el estandarte real? Aunque no me extraña, pues bastante habéis tenido con esquivarlos. Son hombres del Rey y no solamente no se les esperaba, sino que no viene a menudo por aquí, así que algo importante habrá ocurrido – concluyó.
- Quizá alguno de esos jinetes sea un noble importante de paso o que venga a ver a vuestro Señor en nombre del Rey  ¿no os parece?
- Pudiera ser – respondió el otro guardia – pero no deja de ser raro, ya que nuestro Señor regresó de la Corte hace pocos días, pero… no son asuntos nuestros, así que si tiene problemas que se los resuelva su nuevo consejero.
- Tenéis razón. Si no son vuestros problemas, menos lo son míos, así que y dado que es domingo, entraré en esa iglesia a santificar el día y a dar gracias a Dios por haber evitado el atropello evitado el atropello.
Apenas se había alejado tres pasos, cuando se volvió hacía los guardias.
- Ya os habréis dado cuenta de que soy forastero en esta Villa, así que ¿podríais decirme dónde puedo encontrar establo para mi caballo?
- Seguid  esta calle, que llega hasta la puerta de la Villa, sin desviaros, y casi  final de la misma, enfrente de la puerta de la Villa, encontraréis la herrería.
- Os doy las gracias por vuestra amabilidad.
Los guardias le siguieron con la mirada mientras se alejaba. No estaban acostumbrados a tanta cortesía por los habitantes de la Villa. 
El Capitán siguió las indicaciones de los guardias y no tardó en encontrar la herrería. Dejó el caballo al cuidado del mozo del herrero a quien dio unas monedas y se dispuso a empezar su búsqueda por la Villa. Decidió acudir a las iglesias, tal como lo había pensado la noche anterior. Ya sabía donde había una pero ignoraba cuántas más habría y si sus oficios coincidirían en el tiempo, por lo que preguntó al herrero quien le dijo que en la Villa había sólo una iglesia donde la puerta del Azogue y un cenobio, pero que éste estaba extramuros, en el valle.
Esa información le simplificaba al máximo la búsqueda en las iglesias, así que se dirigió a la que había visto a la entrada. Poco podía imaginar que allí cerca, apenas a unos cuarenta pasos, se encontraba su esposa, recluida en una habitación de la casa que Daniel Mena  le había proporcionado a su consejero Leopoldo López.
Aquella calle, llamada Real, unía las dos puertas de entrada a la Villa: la del Azogue, al nordeste y que daba salida al llano, y la de la Villa, al suroeste, dando salida por una ladera de notable pendiente, al valle  en el que se asentaba el monasterio de San Pablo y San Pedro de Cubillas.
Llegó a la entrada de la iglesia y se unió a los que, respondiendo a la llamada de las campanas, entraban en el recinto sagrado.
El templo era de reducidas dimensiones y de tosca fábrica, sin más iluminación que la de la luz que entraba por dos ventanas saeteras y los cirios habituales en los oficios religiosos.
Desde que vio la llegada de los hombres del Rey, supuso que el Señor de la Villa no acudiría al templo, lo que hacía poco probable que lo hicieran los  cargos importantes del castillo.
 En el pórtico del templo, un mendigo supuestamente ciego y otro enseñando la deformidad de su pierna derecha, extendían suplicantes la mano esperando el óbolo que todo buen cristiano debe dar para obras de caridad, obligación que, por razona pragmáticas, cumplían depositándolo no en la manos del necesitado, incapaces de darle buen uso, sino en el cepillo o cepillos  que para ese fin recaudatorio había en la mayoría de los templos y que con espíritu samaritano solían administrar los sacerdotes y clérigos sin olvidar ese principio de que la caridad empieza por uno mismo. 
Una vez que se hubo acostumbrado a la penumbra reinante, el Capitán se fue fijando en cada uno de las aproximadamente dos docenas de fieles que atentos seguían el desarrollo del oficio religioso. Le resultaba difícil ver los rasgos de aquellas personas que, con la cabeza inclinada parecían meditar sobre lo que el oficiante, un sacerdote escaso de carnes, algo inusual, leía con  tono de voz  reprobadora:
“… Audístis, quia dictum est: Díliges próximum tuum, et ódio habébis inimícum tuum. Ego autem dico vobis: Dilígite inimícus vestros, benefácite his, qui odérunt vos, et orate pro persequéntibus et calumniántibus vos, ut sitis fílii Patris vestris, qui in  caléis est: qui solem suum oríri facit super bonos et malos, et pluit super justos et injústos. Si enim dilígitis eos, qui vos díligitum, quam mercédem habébitis? nonne et publicáni fáciunt ? Et si...  
( “Habéis oído que se dijo : Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan y calumnien para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa váis a tener?¿no hacen eso mismo tambien los publicanos? Y si …”
Iñigo Aldai era un buen cristiano y conocía el Evangelio de Mateo 5, 43-48 que estaba leyendo aquel sacerdote. Sentía cómo cada una de aquellas palabras entraba en su cabeza y sacudía su conciencia, pero no podía, no podía perdonar  y mucho menos amar a aquel miserable había raptado a su esposa. Podía perdonarle que hubiera intentado asesinarle, pero  no el sufrimiento que por deseos de venganza estaba ocasionando a su amada Marta. Quizás ella lo hiciera algún día, pues su corazón era todo bondad, pero él no.podía.
Estaba empezando a sentirse incómodo, así que se concentró todo lo que pudo en lo que había ido a hacer y se movió por un lateral como si estuviera buscando un sitio para arrodillarse mientras, con discreción, se iba fijando en los rostros de aquellas personas.
Nada. Ni Marta ni el felón del exregidor se encontraban en el templo, con lo que la primera posibilidad de encontrarla, se desvanecía.
Salió del templo sin saber por donde continuar la búsqueda.

jueves, 28 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LV (29.03.2013)

Lucas, que había recorrido parte del camino que les llevaba a La Bañeza cuando acompañó al Capitán, encabezaba la marcha.  Oono y Fabián, más pesados que él, tenían que exigirles a sus caballos un mayor esfuerzo para poder seguirle. Lucas tenía urgencia por informar al Capitán  sobre la órdenes recibidas de Toledo, aunque lo que más deseaba era llegar y que al preguntar en la taberna si había algún recado para él, el tabernero le dijera que sí, pues eso indicaría que el Capitán había conseguido rescatar a su esposa.
Pasaron la primera noche en la orilla norte del río Sequillo. Fabián preparó una frugal cena y se lamentó de no poder contar con su habitual provisión de habas. 
Al amanecer estaban de nuevo galopando. Lucas quería llegar cuanto antes a Malgrat, hasta donde el camino le era conocido, pensando que, a partir de allí, tendrían que cabalgar más despacio para evitar el  riesgo de tomar un camino equivocado y así poder llegar a La Bañeza al anochecer. El recorrido era ahora más cómodo, pues abandonaban las mesetas de los Torozos y entraban en Tierra de Campos, llanas y ligeramente onduladas. 
Llegaron a Malgrat según lo previsto y allí pidieron información sobre que dirección debían tomar para ir a La Bañeza. Siguiendo el Orbigo aguas arriba, le  dijeron.
La alta vegetación que cubría las orillas del río  creciendo a la sombra  de las inmensas choperas, dificultó su avance, pero  cuando el sol se ocultaba tras el Teleno, ese monte que los romanos dedicaron a Mars Tilenus, cruzaban el puente sobre el Tuerto y entraban en La Bañeza.
El camino que llevaba desde el puente hasta la iglesia de San Pedro parecía ser la calle principal de la Villa, pues a ambos lados, aunque escasas, se levantaban pequeñas casas de tapial y también otras de mayores dimensiones con un enorme portalón como entrada, lo que sugería la existencia de un  espacioso patio interior capaz para albergar carretas. La corpulencia, quizás más que el color de Oono, llamaba la atención de los escasos transeúntes con los que se cruzaron antes de llegar a la plaza delante de la iglesia de San Pedro.  Un mendigo  cojeando y auxiliándose con una larga vara, se les acercó  con un pequeño cuenco de barro en la mano. Lucas, al tiempo que echaba una moneda de cobre en el cuenco, le preguntó por la taberna Pedrucho. El mendigo  les indicó con la vara  el camino a seguir. Acordaron que  sólo Lucas entraría en la taberna, pues para él sería el recado del Capitán, en caso de que lo hubiera. Fabián y Oono esperarían  al cuidado de los caballos.
Al contrario que la calle, la taberna estaba muy concurrida. Cuando Lucas empujó el portón, el olor a rancio del sebo ardiendo y del sudor, llenó sus narices provocándole una arcada que a punto estuvo de hacerle vomitar. No era Lucas hombre acostumbrado a las finuras ni a los olores delicados, pero es que el olor que, arrastrado por el aire caliente al abrir la puerta, había llegado a sus fosas nasales era realmente asqueroso. Se sobrepuso como pudo y, casi a codazos, se acercó al mostrador en el que las jarras de vino competían en espacio con las moscas, y esperó a que se acercara el tabernero. 
- Me llamo Lucas.¿Tienes algún mensaje para mí?- le preguntó
- ¿Lucas? ¿Qué Lucas? – se quedó pensativo unos instantes - ¡Ah, sí¡ Ahora recuerdo. Tu amo me dijo que te comunicara que fueras a … a …. 
- ¿A casa?-  le interrumpió Lucas impaciente
- No, creo que dijo a que a Urueña. Sí, ahora estoy seguro, a Urueña.
- Gracias, muchas gracias, tabernero. ¡ Ah¡ Una última pregunta ¿ por qué hay tanto bullicio aquí mientras la calle está casi vacía? 
- ¿Es que no sabes lo ocurrido? Serás el único que no lo sabe. Han encontrado  a dos  vecinos muertos, asesinados según dicen, en una casa a la entrada de la Villa.
- ¿Y se sabe quién  ha sido?- preguntó
- Parece ser que el comerciante que tenía alquilada la casa, pues ha desaparecido, aunque dejó la llave puesta en la cerradura. Los alguaciles andan como locos buscándolo y la gente tiene miedo a andar por la calle cuando se hace  de noche.
- Bueno, pues me voy. Gracias por todo.
- ¿Es que no vas a tomar ni una jarra? – le preguntó
- No, lo siento, pero no tengo tiempo; mi amo es muy exigente- se disculpó
Salió de la taberna.
- Nos vamos. El Capitán está en Urueña – informó a sus compañeros.
- Pero ¿sabes si ha encontrado a Doña Marta?- le preguntó Oono.
- No lo sé, pues el Capitán me había dicho que si recuperaba a su Doña Marta antes del día doce, que me dejaría el recado en la taberna. El recado me lo ha dejado, por lo que habría que pensar que sí la ha recuperado, pero no entiendo por qué tenemos que ir a Urueña, cuando lo lógico sería que tuviéramos que volver a Cuéllar.
- Puede ser – intervino Oono – que aquí hubiera encontrado alguna pista que le indicara que Doña Marta está en Urueña. ¿Qué opinas tú, Fabián?
- Coincido contigo, amigo mío. El Capitán, no sé cómo, ha sabido que su esposa está en ese lugar que  dices, o que allí encontrará información sobre dónde encontrarla.
- Tenemos que ir a Urueña – dijo Lucas – Saldremos ya y cabalgaremos hasta donde la luz de la luna nos lo permita.

miércoles, 27 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LIV (28.03.2013)

Cuando el sol empezaba a enviar sus rayos por encima de la masa de chopos que bordeaban el Tuerto, Iñigo Aldai salió cuidadosamente para no ser visto, de la casa que había ocupado Leopoldo López y en la que quedaban los cuerpos de Gerondio, el jefe del grupo de raptores de su esposa y uno de su cómplices  que había pagado su arrepentimiento con la vida.
Dejó la llave de la casa en cerradura y se  encaminó al centro de la Villa. Allí pregunto a un viandante madrugador por la taberna de Pedrucho, pues ese era el nombre de la taberna donde Pablo Isasi le dijo que había conocido a Benito Riaño.
- Cerca del humilladero – le informó – y antes del monasterio de Sancti Salvatoris.
La taberna aún estaba cerrada, por lo que al estar cerca del monasterio, decidió entrar. Necesitaba rezar pidiendo perdón  porque su conciencia no dejaba de reprocharle el abandono de los cadáveres en aquella casa.
Salió del monasterio y se  dirigió a la taberna de Pedrucho   que ya estaba abierta y  muy concurrida. El humo de las teas  dificultaba la visión y hacía que los ojos escocieran. El olor del sebo quemándose  se mezclaba con el del vino y  con los corporales, creando un ambiente casi irrespirable. Pero nada de ello parecía importarte a Benito Riaño que sentado en una mesa al fondo  sostenía su habitual monólogo con  una jarra de vino.  Iba a emprender viaje de negocios y había madrugado, pero antes de partir tenía que entonar su estómago, y el vino de Pedrucho, era un magnífico tónico, tan bueno que cuanto más bebiera, mejor.

Cuando el Capitán le preguntó al tabernero si Benito Riaño se encontraba allí, le señaló la mesa del fondo.
- Sois vos Benito Riaño?- preguntó
Benito Riaño, interrumpió su monólogo y levantó, con alguna dificultad, la cabeza.
- ¿Y vos quién sois?- respondió con voz pastosa
- Mi nombre es Iñigo Aldai y busco a Leopoldo López, de quien me  dijeron que vos sois amigo, por lo que quizás podáis decirme dónde puedo encontrarle
- Sentaos caballero, porque ¿sois un caballero, verdad? Sentaos y bebed conmigo – le invitó
Iñigo se sentó. 
- ¿Así que sois amigo de Leopoldo López, decís?
- No he dicho que sea su amigo, sino que deseo encontrarle, pues tengo unos asuntos que resolver con él, así que decidme ¿sabéis dónde puedo encontrarle?
- Siento no poder dar una respuesta que os satisfaga, pues hace tiempo que no  viene por aquí ni, por lo que he podido saber, tampoco está en Palacios, pues mi pariente Juan vallejo, que es el ayudante del Alférez del Rey, me lo hubiera dicho, porque habéis de saber que mi pariente es un hombre con mucho poder y…
- ¿No sabéis entonces dónde se encuentra o dónde podría encontrarse?- le interrumpió el Capitán. 
- Pues…¿os he dicho ya que mi pariente es el ayudante del Alférez del Rey?
- Si, si, ya me lo habéis dicho y ahora os ruego que penséis dónde podría encontrar a vuestro amigo Leopoldo López.
- Ya os he dicho que desconozco dónde puede estar y lo único que puedo deciros es que mi pariente le presentó al Señor de Urueña, con quien parece ser que mantiene una buena relación, aunque no sé que puedan tener en común un fabricante de telas tortosano y ese Daniel Mena.
- ¿Pensáis entonces que pudiera estar en Urueña? – preguntó impaciente
- No se me ocurre otro posible lugar- respondió - aunque también pudiera estar en cualquier otro lado por  causa de sus negocios.
- Os  agradezco vuestra información, señor Riaño. Intentaré encontrarle en Urueña. Y permitidme que os manifieste mi reconocimiento  con una  nueva jarra de vino … y ahora, si me lo permitís, he de irme.
- Jarra que beberé a vuestra salud, señor…señor.... como os llaméis.
El Capitán se acercó al tabernero y tras pagarle la jarra de  vino para Benito Riaño, le dijo, al tiempo que le entregaba unas monedas, que dentro de unos días un muchacho llamado Lucas entraría en la taberna preguntándole si había algún mensaje para él y que entonces le dijera que el recado era que se dirigiera a Urueña, donde se encontrarían.

Iñigo Aldai cruzó a pie el puente sobre el Tuerto y una vez en la otra orilla, montó y salió al galope por el camino que le llevaría a los Torozos, en una de cuyas mesetas se elevaba el castillo amurallado de Urueña. La única pista que tenía era la que aquél Benito Riaño le había proporcionado sugiriendo que Leopoldo López pudiera estar allí, aunque también en cualquier otra parte, había dicho, pero ¿ dónde estaba esa cualquier otra parte?. 
No tenía ninguna alternativa a Urueña, ni conocía otro camino para ir que aquel por el que había venido, así que lo prudente sería seguirlo hasta encontrar un cruce o desvío que le indicara el camino de Urueña pero, quizás si tomara un camino más al norte, podría llegar antes ya.
El mes de julio estaba siendo caluroso y a media mañana, sin una sola nube en el cielo del páramo, el sol empezaba a hacer fatigosa la cabalgada. No soplaba el habitual viento del noroeste que durante  el verano en barría aquella inmensa planicie  haciendo inclinarse a los chopos que marcaban el recorrido del Jamuz, del Orbigo o del  Ería y levantando el polvo del camino hasta hacerlo, en ocasiones, invisible en medio de aquella vegetación de cardos, acederillas, escaramujos, hinojos,… cuando su hábitat no había sido aún invadido por quejigos, enebros y encinas que estrechaban la senda y que obligaban al viajero a cabalgar con cuidado para que sus hojas rasposas no hirieran  cara y manos.
Decidió aventurarse y vadeando el Órbigo tomó un sendero que, al poco tiempo, le condujo hasta una pequeña aldea llamada Roperuelos. Allí el sendero se convertía en camino y siguiéndolo, le llevaría hasta la importante población de Valderas, a unas seis leguas, según se informó en la aldea.
 Cabalgó sin otra dificultad distinta a la ocasionada por el calor  y no tardó en llegar a la orilla oeste del río  Esla, al sur del lugar llamado Villaquejida. Había una balsa amarrada a dos postes hincados en la orilla, pero no veía al barquero, por lo que supuso que sería de la aldea que acababa de dejar a su espalda, a una media legua, así que  volvió sobre sus pasos y fue en busca del barquero, ya que intentar cruzar el río  a caballo le parecía muy arriesgado al parecerle las aguas profundas aunque no fuera importante.
Su indumentaria, aunque era propia de un hombre con recursos económicos, no llamaba la atención como lo hubiera hecho si vistiera su ropa de capitán, así que no despertó alarma alguna  cuando hizo su entrada en la pequeña aldea, ni cuando preguntó por el barquero  a un anciano de rostro arrugado y tostado por mil soles que, sentado ante la puerta de su casa  de adobes, parecía dormitar bajo un alero techado de brezo.
El barquero era su hijo, pero no estaba en ese momento pues había ido a la majada en las afueras de la aldea, pero que no tardaría en regresar, así que si quería podía esperarle en el embarcadero, le comentó aquel hombre de edad indefinida.
Iñigo regresó al embarcadero. Desmontó y se sentó sobre un tronco seco que seguramente alguna riada habría llevado hasta allí. 

Ni por un instante dejaba de pensar en Marta. Imaginársela en poder de Leopoldo López  le roía las entrañas. ¿Estaría bien?¿Hasta cuándo pensaba retenerla en su poder? ¿Cuál sería el límite de su venganza? ¿Y si no tenía límite alguno y pensaba retenerla indefinidamente? Sabía que el exregidor siempre había deseado poseer a Marta y que, tal como ella misma le confesó, así se lo insinuó cuando era aún esposa del alcaide  Fernando Huarte. ¿Se habría atrevido aquel miserable a llevar a cabo sus lujuriosos deseos? ¿Cómo estaría llevando su esposa lo de su rapto?
No cesaban sus preguntas, pero no encontraba las respuestas, pues era imposible saberlas. Era incapaz de ponerse en el lugar de Leopoldo López para tratar de adivinar qué podía o qué pensaba hacer, pues no le era posible  estrangular sus sentimientos ni enterrar su conciencia.
Ensimismado  en estos pensamientos, el tiempo de espera se le hizo corto.
Ya en la otra orilla, montó y puso el caballo al galope por aquella tierra  ondulada y de cerros bajos, que llamaban de Campos y que era la antesala de
los Torozos.
El barquero le dijo que Valderas estaba a  dos leguas y media y que, por lo que había ido  a otros pasajeros,  la puerta de entrada se cerraba con la puesta del sol.
Galopaba sin prestar mucha atención, confiando en el instinto de su caballo para seguir el camino. En poco más de una hora estaría en esa villa fortificada y amurallada. Se vio obligado a vadear un río muy poco caudaloso, antes de llegar  ante la muralla. El fortín, con sus torreones, estaba  edificado sobre un otero y  de una de ellos  arrancaba la muralla que descendía rodeando el otero para terminar en la puerta de entrada que custodiaba un soldado. 
- ¿Quién eres y que buscas aquí? – le preguntó más por rutina que por saber realmente las respuestas a sus preguntas.
- Soy un peregrino que regresa de  Santiago – se le ocurrió decir – y  hace dos días tuve un problema con mi caballo que hizo me separara de un hombre y una mujer que cabalgaban conmigo, que me dijeron que aquí me aguardarían.
- Pues no creo que  los encuentres en esta Villa, pues ningún hombre acompañado de una mujer ha entrado en los últimos días- contestó.
- ¿Estás seguro? Podrían haber entrado por otra puerta o cuando tu no estuvieras de guardia.
- Eso es imposible, pues esta  puerta de San Isidro es la única puerta de entrada  y por el arco de las Arrejas no se accede desde el camino que traes, aunque puede que lo hayan hecho no estando yo de guardia, como dices, así que, si quieres asegurarte, es mejor que se lo preguntes al jefe de la guardia,  a quien  encontrarás  dos puertas más arriba, al final de la cuesta.
- Te agradezco la información.  Entraré y preguntaré al jefe de la guardia.
Encontró al jefe donde le había indicado el guardia de la puerta, quien le confirmó la información de su subordinado. Nadie que respondiera a las características de los que buscaba había entrado en la Villa.
Antonino Cabo, que así se llamaba el jefe de la guardia de aquella Villa , feudo del Señorío de los Osorio, le dijo que quizás sus compañeros hubieran tomado otro camino más al sur, ya que era el más frecuentado por los peregrinos que iban a los llanos de Compostela, y que pasaba por Malgrat.
Iñigo Aldai lamentaba no haber podido obtener alguna pista que le permitiera pensar que Urueña era el lugar dónde podría encontrar a su esposa. No podía volver atrás para comprobar  si habían pasado por Malgrat, porque si no lo habían hecho así, ya no sabría por dónde buscar. Ahora, por lo menos, tenía  algo a lo que su esperanza podía agarrarse: la posibilidad  apuntada por Benito Riaño de que estuvieran en Urueña. 
Abandonó  Valderas y tomó el camino que le había indicado Antonino Cabo y que, según le dijo, le llevaría sin desviarse hasta el río Sequillo. Cuando llegara al cauce fluvial, debería seguir su curso aguas abajo unas dos leguas y no tardaría en ver el castillo de Urueña y su muralla en lo alto de una loma, en las estribaciones de los Montes Torozos.

Era imposible que llegara en esa misma jornada, pues aunque la distancia era sólo de unas diez leguas, cuando llegara sería ya de noche.
No conocía la Villa de Urueña y pensaba que sus puertas de entrada estarían cerradas  desde la puesta del sol, como ocurría en Cuéllar, así que no podría entrar hasta la mañana siguiente que era el domingo día siete.  Pensó que si Leopoldo López estaba, como así lo deseaba, en Urueña, es que en esa Villa se sentía seguro, por lo que era probable que el domingo acudiera a los oficios religiosos, puede incluso que con Marta. Pensar que pudiera ser  así, hacia que se sintiera mejor. Decidió entonces que aflojaría la marcha y que pernoctaría allá donde le pareciera, pues una vez que entrara en los Torozos, no habrían de faltarle donde dormir con cierta seguridad en medio de aquellas masas de quejigos y carrascos. 

martes, 26 de marzo de 2013

IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LIII (27.03.2013)

Leopoldo López quería hacer en una sola jornada las diez y ocho leguas que había entre La Bañeza y Urueña, pues no deseaba pernoctar en ninguna posada. Llegar a Urueña sin ser visto era lo que más le convenía ya que así quedaba enterrada cualquier pista sobre su paradero y, lógicamente, el de Marta.
Cierto que podrían pasar la noche a la intemperie, pues aunque era principio del verano, las noches empezaban a ser cálidas, pero era hombre habituado a las comodidades y dormir sin más techo que la copa de un pino y sobre un lecho de osma, era algo que en modo alguno se aproximaba a lo que él entendía como comodidades mínimas y, además, tendría que atar a Marta, pues no descartaba que intentara escapar a la primera oportunidad que se le presentara. Había esperado que ella estuviera atemorizada y sumisa, pero ya desde el primer encuentro en su casa de La Bañeza, se había mostrado altiva, serena y sin exteriorizar miedo alguno, y eso hacía que no se fiara de ella. Por otro lado, confiaba en que tras una larga estancia con él, Marta terminaría por aceptar su situación, así que mientras pudiera quería darle el trato más amable y delicado que las circunstancias le permitieran y atarla no era precisamente un acto de amabilidad.
Llevaba los caballos al trote, atada a su silla las riendas del que montaba Marta.
Cruzaron el Esla por el puente de Villafer y vadearon el Cea al sur de Valderas. Cuando llevaban unas tres horas cabalgando, según calculó el exregidor, hicieron un alto para tomarse un pequeño descanso a orillas del Valderaduey y para que bebieran los caballos. Marta seguía negándose a hablar y ni siquiera contestó cuando Leopoldo López le preguntó si deseaba comer algo.
Llegaron a Urueña cuando en el cenobio de San Pedro y San Pablo de Cubillas llamaban a Vísperas. Entraron por la puerta del Azogue y se dirigieron directamente a la entrada del castillo. Los soldados que custodiaban la entrada, al reconocer al consejero de su Señor, les dejaron paso franco.
Después que un mozo se hiciera cargo de los caballos, entraron en la Torre del Homenaje donde fueron recibidos por un mayordomo a quien Leopoldo López pidió que condujera a la dama a un aposento apropiado, pues él tenía que reunirse con su Señor.
Daniel Mena se sorprendió agradablemente cuando un Amador García le informó que Leopoldo López se encontraba en el castillo y que deseaba verle.
Durante la reunión apenas hablaron del tema fronterizo, pues ya no era del interés del exregidor una vez que tal asunto había dejado de serle útil, así que informó al que ahora era su Señor, que habiendo terminado sus asuntos en La Bañeza, había decidido trasladarse a Urueña para mejor poder prestarle sus servicios como consejero y que le agradecería que pudiera conseguirle un buen alojamiento, pues le acompañaba su pobre esposa y deseaba que disfrutara de ciertas comodidades.
Daniel Mena estaba soltero, pero el celibato, como bien lo sabían algunas mozas de la Villa y su alfoz, no era algo que practicara, por lo que cuando Leopoldo López le dijo lo de la esposa, cambió la expresión de su mirada.
- ¿Vuestra esposa decís? Desconocía que estuvierais casado. Será una mujer hermosa, pues siempre me habéis parecido hombre de gustos exquisitos – le dijo haciéndole un guiño de complicidad- ¿Me equivoco, amigo mío?
- No os equivocáis Señor, en cuanto a su hermosura. Es una dama tan hermosa como recatada y piadosa, no en vano es hija de una noble familia de profundas raíces cristianas, pero la muerte de nuestro hijo a las pocas semanas de nacer la afectó tan profundamente que su razón enfermó, y desde entonces me acompaña en todos mis viajes, pues no deseo que se quede sola en medio de su insania –dijo con gesto compungido.
- Cuánto lo siento, amigo mío. Y decidme ¿dónde se encuentra vuestra esposa ahora?- preguntó
- Me tomé la libertad de pedirle a vuestro mayordomo que la alojara en el castillo mientras os veía; espero que no haberos disgustado por ello.
- En modo alguno, amigo López; habéis hecho bien. Ya sabéis que estoy en deuda con vos, pero si vuestra esposa está aquí, me complacería saludarla, si no os importa.
De buena gana se hubiera negado a la petición de aquel cretino, pero no podía hacerlo siendo quien era y, sobre todo, porque lo necesitaba, así que trató de buscar rápidamente un excusa.
- Mi esposa se sentiría halaga – contestó con fingida complacencia – pero el cansancio del viaje desde La Bañeza la ha alterado más de lo habitual y no se encuentra bien, por lo que seguramente le sería más grato conoceros en condiciones mejores
- Comprendo, comprendo. Pero ya que vais a vivir en la Villa, no nos faltará ocasión para conocerla. Y ahora me ocuparé de que os proporcionen una vivienda digna de vos. Aguardad un momento – le dijo mientras salía por una puerta lateral.
Regresó al cabo de unos instantes. Leopoldo López ya tenía su residencia en Urueña, por lo que tras agradecerle a Daniel Mena su amabilidad y prometerle que trasladaría a su esposa sus deseos de que recuperara pronto su salud , recogió a Marta y se dirigió a la que durante un tiempo indeterminado – éste dependería de las circunstancias – sería su casa.
Había sido una buena idea esa de hacer pasar a Marta por su esposa trastornada – pensaba - ya que así nadie la creería si en algún momento decidía contar a alguien quien era y pedir ayuda.

Marta había tendido la tentación de pedir ayuda al mayordomo cuando la acompañaba al aposento donde debía de esperar el regreso del exregidor, pero se había fijado en algunos detalles, tales como el saludo a éste de los soldados de guardia en la puerta del castillo y la autoridad con la que había ordenado al mayordomo que la alojara, por lo que pensó que el Señor del castillo sería amigo o aliado de su captor, así que decidió esperar a mejor ocasión para escapar y también, porque en el fondo de su corazón, esperaba que de un momento a otro apareciera aquel joven – recordaba que su nombre era Lupicinio – que le había prometido ayudarla a escapar.

Salieron del castillo guiados por un sirviente que les condujo, siguiendo la muralla hacia el oeste, hasta una vetusta casa a unos diez estadales de la Puerta de la Villa.
No tardaron en llegar dos mujeres enviadas por el Señor del castillo, según le dijeron, para ocuparse de todo lo concerniente a la limpieza de la casa y de la cocina. Estuvo tentado de rechazarlas, pero por un lado, el temor a que hacerlo pudiera ser considerado como un desaire, y por el otro, que su sentido común y espíritu práctico le aconsejaron no hacerlo, le hicieron desistir de su primera intención.
Marta se encerró en su habitación y apenas probó bocado de la cena que una de las mujeres le llevó al aposento.
Leopoldo López cenó y bebió abundantemente, pues estaba satisfecho de cómo iban trascurriendo los hechos: tenía a Marta en su poder y estaba convencido de que con el paso del tiempo su actitud hacia él cambiaría y entonces sería suya por mucho que estuviera casada; se había vengado del capitán Aldai quitándole aquello que más quería: su esposa y también lo había vengado del que había sido su rey, creándole un conflicto con el reino de León. Su plan de venganza había salido según lo planeado y sin riesgos para él. Ahora encontrándose en lugar seguro y bajo la protección del Señor de la Villa quizás era el momento de empezar a pensar en cómo conseguir su otro objetivo: la tenencia o alcaidía de un castillo y, el de Urueña era tan bueno como cualquier otro.
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS LII (26.03.2013)

Cuando su Alférez le comunicó la llegada del embajador del Rey de Castilla, Alfonso IX mostró esperanzado, pues en modo alguno le interesaba un conflicto con el reino vecino, consciente como era del desgaste de su ejército tras la campaña por el suroeste, así que la presencia del embajador cuando el clima de las relaciones entre ambos reinos era prebélico, hasta el punto de que había tropas armadas de ambos bandos situadas a uno y otro lado del Hornija, sólo podría deberse a que su primo optaba por la diplomacia frente a la actividad armada. Le concedió audiencia de inmediato.

Tras los saludos protocolarios, Don Diego López le hizo entrega de los dos documentos firmados y sellados por el Rey de Castilla. Alfonso IX leyó en primer lugar aquel en el que su primo reafirmaba su compromiso ncon el acuerdo de Coimbra, lo que satisfizo al monarca leonés, pero cuando leyó el segundo documento, no pudo disimular su enfado.
- Leed esto, Don Rodrigo y decidme que sabéis de todo lo que aquí se dice.
La espesa barba negra de Rodrigo Pérez de Villalobos, Alférez de León, contrastaba con el color pálido que había adquirido de su tez al finalizar la lectura del documento.
- Señor, no sé que decir. Si lo que aquí se relata es cierto y no hay motivo para pensar que el Rey de Castilla mienta, es necesario concluir que se ha producido un acto de alta traición que ha puesto al borde la guerra a ambos reinos- contestó
- Pero decidme ¿acaso no tomamos la decisión de autorizar al Señor de Urueña a regresar a su castillo y defender la frontera basándonos en un informe que vos mismo me entregasteis y en el que se decía de la existencia de tropas castellanas al otro lado del Hornija?
- Así es, Señor. Y el informe no admitía duda, pues había sido el propio Sancho Mena quien había comprobado la presencia de las tropas castellanas, aunque, tal como dice este documento, la presencia de esas tropas pareció deberse a una estratagema montada por ese Leopoldo López y la colaboración de Sancho Mena.
- De lo que se deduce que nuestro querido Señor de Urueña, Nos ha utilizado, aunque no sé en beneficio de qué o de quién, pero, en cualquier caso, su actuación es traición a la Corona y sobre él ha de caer el peso de la justicia del Rey. Disponed la tropa que consideréis adecuada y traed al Señor de Urueña ante Nuestra presencia- ordenó – Ah, y que se retiren nuestras tropas de la frontera.
- Haré tal como ordenáis, Señor
- Y vos, Don Diego, informaréis a vuestro Señor, mi querido primo, que León desea mantener la paz con Castilla tal como lo signamos en Coimbra y también le manifestaréis Nuestro reconocimiento por la información que ha puesto al descubierto la traición de uno de nuestros nobles para con su Rey y por la que responderá ante Nos así como sus cómplices. Podéis partir cuando lo deseéis.
Concluida la breve pero intensa audiencia, Don Diego y su escolta, salieron al galope parta cubrir la primera de las cuatro etapas que les llevaría llegar a Toledo.

Poco después de que partiera la comitiva castellana, el capitán Salvador Río dando un grupo de ocho hombres a caballo salía en dirección a Urueña con la orden de traer a la Corte, ya fuera de grado o por la fuerza a Sancho Mena y hacerlo comparecer ante el Rey de León.
A lo largo de toda su carrera militar nunca le habían encomendado una misión como aquella. La detención, que eso era por mucho eufemismo que se empleara, de un noble y señor de castillo además, no era algo habitual. Por lo que la orden que la había dado el Alférez no le había agradado, aunque se guardó muy mucho de manifestarlo. El era un soldado y obedecía las órdenes de sus superiores sin cuestionarlas. El Alférez había sido muy claro y conciso: llevar ante el Rey a Sancho Mena aunque para ello tuviera que utilizar la fuerza, razón por la que todos iba pertrechados adecuadamente para una confrontación armada, aunque era muy poco probable, con los soldados del castillo.
El estandarte con el león rampante de gules coronado en oro sobre campo azur les identificaba como soldados del Rey, por tanto, con la autoridad real para llevar a cabo la misión encomendada. Rodrigo Pérez de Villalobos era hombre cuidadoso con los detalles y pensó que cuando los soldados llegaran a Urueña, la simple visión del estandarte real sería suficiente como para desalentar cualquier movimiento en defensa de Sancho Mena si éste se resistía a acompañarles.

domingo, 24 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS L y LI (25.03.2013)

CAPITULO L

Leopoldo López no era hombre que se fiara totalmente de nadie y mucho menos de aquellos que le servían exclusivamente por dinero, pues de la misma forma que él había comprado sus servicios, cualquier otro que los quisiera podría hacer lo mismo ofreciéndoles mejor paga. Gerondio le había servido bien hasta la fecha y se había comprometido con acciones que merecerían el castigo más severo de la Justicia. Su participación directa y necesaria en el rapto de la esposa del Alcaide de Cuéllar siguiendo instrucciones suyas, debieran  asegurarle su lealtad, pero, al mismo tiempo, lo convertía para él en aquella espada que Dionisio, El Viejo, Tirano de Siracusa, colgó  de una crin de caballo sobre la cabeza de Damocles, tal como contaba Cicerón en sus Tusculanas. Era seguro que nunca iría a la Justicia, pues sería tanto como ofrecer voluntariamente su propia cabeza al verdugo, pero sí que podría hacerle chantaje amenazándole con informar anónimamente sobre dónde estaba Marta de La Fuente,  bien a los alguaciles o al propio capitán Aldai.  No podía, pues, correr ese riesgo, por lo que decidió que lo prudente era marcharse de La Bañeza. Se iría con ella a un lugar seguro y donde contara con cierta  protección. ¿Y dónde mejor que en Urueña, cuyo Señor estaba en deuda con él y del que era, además, su consejero principal? Sí, se instalaría en Urueña. Estaba decidido. Cuando llegó a La Bañeza, había tomado aquella casa a orillas del Tuerto y pagado su alquiler para un año, por lo que podía irse cuando quisiera sin tener que dar explicaciones a nadie y sin otra obligación que entregar la llave a su propietario; pero había de hacerlo sin que Gerondio se enterara. Lo alejaría de La Bañeza, así que al día siguiente de la llegada de Marta, al filo del mediodía, llamó a su criado.
- Quiero que partas de inmediato a la población de Benavides de Orbigo donde, según he podido saber, hay algunos importantes rebaños de merinas sobre los que tengo interés. Te informarás sobre su número y pertenencia.
- Pero Señor, yo no entiendo de rebaños, ya sean de ovejas o cualquier otro animal, así que mal os puedo servir.
- No es preciso- le replicó- que entiendas de ovejas para averiguar  a quien pertenecen los rebaños más importantes y cuantas cabezas los componen, así que parte ya sin más dilación – le ordenó.
Mejor era no hacer preguntas - pensó Gerondio – mientras me pague y como la paga es buena…
Leopoldo López se aseguró  primero de que Gerondio  abandonaba la casa; después llamó a la puerta del aposento de Marta de La Fuente.
- Señora, disponeos a partir de inmediato. Encontraréis ropa adecuada para cabalgar en el arcón que hay al fondo del aposento. Daos prisa pues no disponenmos de mucho tiempo.
Marta ya se había dado cuenta la noche anterior de la existencia del arcón, pero ni sintió curiosidad por saber  qué contenía ni quería  dar carácter de normalidad a su estancia allí. Aquella noche, cuando Gerondio le preguntó que deseaba cenar, ni siquiera le contestó y cuando el criado le trajo en una bandeja un muslo asado de pollo, pan y un vaso de vino, que dejó sobre la pequeña mesa de la habitación, le dio la espalda en un gesto claramente despectivo. No había cenado ni tomado nada para desayunar. Pensaba que si se sometía a las normas y horarios de su raptor, éste concluiría que empezaba a aceptar su situación y eso, era algo que jamás iba a hacer. Tenía hambre y se sentía con fuerzas, y aún así decidió continuar con su decisión de no seguir su juego por lo que  no abrió el arcón.
Leopoldo López llamó a la puerta.
- ¿Estáis preparada? Salid, pues nos vamos.
Marta ni se movió. Pasados unos instantes y dado que la puerta no tenía cierre interior, Leopoldo López entró en la habitación.
- Señora, os  ruego que salgáis de buen grado, pues no quisiera verme obligado a utilizar métodos que seguramente os resultarían desagradables. Os lo ruego por última vez. Salid ya pues hemos de partir.
Marta, silenciosamente y sin siquiera mirarle, se dirigió a la puerta. El exregidor la siguió.
Poco tiempo más tarde salían por el portón de la casa. En la cerradura quedaba  puesta la llave  y en el interior, sobre la mesa grande, había dejadod una nota para Gerondio con la dirección dónde había de entregar la llave y unas monedas como pago por el viaje a Benavides.
Cruzaron el Tuerto. Leopoldo López en cabeza y atada a su silla las riendas del caballo de Marta.
Había decidido no hacer el viaje a Urueña por el camino habitual; es decir, por Malgrat, Villa Ardega y Belver, pues temía que al pasar por alguna de estas poblaciones, por donde había pasado el grupo al venir de Cuéllar, pudieran alguien reconocer a Marta y de esa forma dejar pistas sobre su paradero. Harían el camino más al norte, por Roperuelos, Valderas, Castroverde de Campos y Morales. Tardarían un poco más, pero era más seguro.


CAPITULO LI

Lupicinio le sugirió al Capitán que entraran en La Bañeza por Requeixo de Alarico y al atardecer, pues si lo hacían  a la luz del día, desde la casa que  habitaba el comerciante tortosinio, donde retenían a la Señora, podrían verles fácilmente, lo que les pondría en alerta. Era mejor cogerles por sorpresa.
Esperaron delante de la iglesia de Santa Leocadia a que el sol se ocultara por detrás del Teleno.
Lupicinio había  dado detalles del comerciante tortosino a Iñigo Aldai, por lo que éste ya no tenía ninguna duda de que se trataba del anterior regidor de Cuéllar, el hombre al que había llevado ante el Rey acusado de asesinato y conspiración y que Alfonso VIII, el Noble, había castigado desterrándole del reino para siempre.
El Capitán estaba preocupado, pues pensaba que  siempre y cuando el rapto hubiera tenido motivaciones políticas, la seguridad de su esposa no correría peligro, pero al tratarse de lo que era una venganza personal, fruto del odio, de la frustración y de la ruindad personal, al ser él el objetivo de esa venganza, el riesgo para su esposa era grande, ya que cuanto más daño le hiciera a ella, ese daño se multiplicaría hasta el infinito para él. No podía dejar que Leopoldo López les viera. Si eso ocurría, quizás la presencia tan cercana de aquél de quien se quería vengar, le llevaría a  llevar a cabo alguna acción con consecuencias irreversibles np0arav su esposa. La prudencia se imponía a la hora de realizar cualquier movimiento, por lo que no pudo menos que estar de acuerdo con la sugerencia de Lupicinio de esperar al anochecer lejos de la vista desde  la casa de aquel felón exregidor.
Poco a poco iban siendo menos numerosos las personas que cruzaban el puente hacia la Villa procedentes de las asentamientos cercanos así como las que llegaban o iban a la cercana localidad de Xaxa Oxa en el camino de La Bañeza  a  Palacios de La Val d`Ornia.
Al no ser una villa amurallada, la entrada en ella no estaba limitada por horarios o pasos, así que nada más ocultarse el sol, Iñigo Aldai y Lupicinio se dirigieron desde Requeixo a La Bañeza  cruzando el puente sobre el río Tuerto con el caballo de la mano para evitar llamar la atención. El Capitán tenía planeado acercarse a la casa donde Lupicinio le había dicho que estaba su esposa, comprobar que gentes había en la casa y entrar en ella de forma sigilosa para sorprender  y reducir al exregidor y recuperar a Marta.
La casa estaba situada a  unas veinte brazas a la derecha del puente y entre el camino de acceso y el río Tuerto había una  variada y abundante vegetación arbustiva que les facilitaba el acercamiento.
Ambos caminaban en silencio, cubiertas su cabezas con  capuz, tratando de dar la impresión, si alguien les observaba,  de que eran dos hombres que, como otros muchos, regresaban a su aldea al finalizar la jornada.
Pasaron por delante del portón de entrada e Iñigo Aldai y miró con disimulo y sin detenerse.
- Esta es la entrad, Señor – susurró Lupicinio
- Veo que tiene la llave puesta en la cerradura, lo que me parece muy extraño- comentó el Capitán – y que tanto puede indicar que hay gente dentro y que se han olvidado de retirarla, o lo contrario.
- Nadie deja la llave puesta si está en casa, Señor – dijo Lupicinio – al menos aquí en La Bañeza. Creo que han salido y se han olvidado de retirarla al cerrar el portón.
- Necesitamos asegurarnos, así que acércate y  golpea con la aldaba. Si hubiera  alguien, saldrá a abrir - dispuso el Capitán- Yo me colocaré a un lado para reducir a quien salga y poder entrar. Una vez que yo entre, tú te quedarás aquí fuera, escondido entre las sombras, cuidando  mi caballo y manteniendo a buen recaudo al sirviente.
- Señor, os prevengo que si quien sale a abrir la puerta, si es que hay alguien dentro – advirtió Lupicinio – es ese Gerondio, puede ser peligroso, pues suele ir armado con una daga que maneja con facilidad.
- No te preocupes por eso, pues no tengo intención de darle la oportunidad de usarla. 

Se acercaron cautelosamente. El Capitán pegó la espalda al arco de sillería del portón.
A su indicación, Lupicinio, que  con su mano izquierda llevaba la brida del caballo, golpeó con la aldaba. Esperaron unos instantes. No se oía ningún ruido en el interior. Repitió la llamada. La casa parecía estar vacía. 
-   Voy a entrar- dijo el Capitán- así que ocúltate entre los arbustos, pues si alguien viniera a  la casa, nada le debe alertar. ¿Sabes imitar el canto de algún pájaro nocturno?
-   A veces entretengo a mis hijos imitando el canto de los pájaros y el del  búho me sale muy bien – contestó un poco sorprendido.
-     Bien, pues si mientras estoy dentro alguien trata de entrar en la casa, imita al búho y así no podrá sorprenderme, sino al contrario.  Ahora escóndete tras esos arbustos – le ordenó – que voy a entrar.
Lupicinio se alejó con el caballo unas diez varas y se escondió tras los arbustos.
El Capitán  se acercó para girar la llave. Los mecanismos de la cerradura se deslizaron sin el menor ruido. Empujó suavemente la puerta  que giró sobre sus goznes y accedió a un patio de medianas dimensiones. Había un fuerte olor a excrementos de caballo. La luz de la luna nueva que se estrenaba aquella noche del tres de julio,le permitió ver  una puerta que, probablemente, era la de acceso a la casa. Se acercó a ella, agarró el picaporte y la empujó. La puerta se abrió sin ninguna dificultad. Prestó atención por si oía algo. Nada. El silencio era absoluto. Cuando sus ojos se adaptaron  a la oscuridad pudo ver que se encontraba en una pequeña antesala.Una silla de madera era el único mobiliario. Al fondo había una puerta de doble hojas. Se acercó a ella cuando  oyó el canto de un búho. Lupicinio le advertía de que alguien llegaba. Volvió sobre sus pasos y cuando estaba a punto de alcanzar la puerta de entrada al patio, vio como ésta se abría. Se escondió entre las sombras. Era un hombre solo el que entraba con su caballo de la mano. ¿Sería  Gerondio, el  sirviente del exregidor y jefe del grupo de raptores de su mujer?

Gerondio  traía la información que su amo le había solicitado sobre los rebaños  de ovejas más importantes de Benavides y sobre quienes eran sus propietarios. Se sorprendió al encontrar la llave puesta en el portón de entrada a la casa y dudó sobre si entrar o no. Decidió entrar pensando que lo de la llave era un descuido de su amo que, seguramente, habría ido a la taberna como otras muchas noches.
 Estaba atando su caballo a una argolla fijada en la pared, cuando se sintió sujetado por el cuello y notó el filo de una daga en su garganta. Tenía la suficiente experiencia como para saber que debía quedarse quieto.
- ¿Quién eres? – le preguntó  el Capitán.
-     Me llamo Gerondio – respondió – y soy el sirviente de esta casa, y si has entrado aquí con intención de robar, te prevengo que has perdido el tiempo, pues mi amo no guarda aquí fortuna ni objetos de valor.
 -     No es eso lo que busco, sino información que tú me vas a dar si no quieres esta noche sea la última de tu vida- le contestó – así que dime ¿dónde está la mujer que tu amo ha traído a esta casa?
Gerundio notó el aumento de la presión de la daga sobre su cuello. Un escalofrío recorrió su cuerpo al oír la pregunta. ¿Cómo el hombre que te tenía cogido por el cuello sabía lo de la mujer? No  era la voz de ninguno de los hombres que le habían acompañado a Cuéllar y nadie les había visto llegar. ¿Sería acaso que alguno de los perseguidores, que suponía les habían seguido desde Cuéllar, había conseguido localizarles, por muy improbable que pareciera? Si era así, su vida – pensaba Gerundio – no valía un cobre. Necesitaba ganar tiempo para encontrar una salida a la situación.
- ¿De qué mujer me hablas? Yo vengo ahora de la población de Benavides de hacer unas gestiones para mi amo  y cuando salí de aquí, en esta casa no había ninguna mujer – contestó – así que quizás te hayas confundido de casa, ni siquiera para el servicio, pues mi amo gusta de comer fuera.
- ¿Y dónde está tu amo ahora?- le preguntó
- Debiera estar en casa, pues cuando pernocta fuera me lo advierte para que deje todo bien cerrado- contestó.
- Veremos si has dicho la verdad o me has mentido-  dijo el Capitán – ahora vuélvete despacio y cruza los brazos.
- Te aseguro que te he dicho la verdad. No sé de qué mujer me hablas.
Al volverse pudo, a pesar de la oscuridad, ver la cara del Capitán. No le resultaba conocida, por lo que, sin duda, aquel hombre era de Cuéllar en busca de la mujer que habían raptado. Si no conseguía convencerle de que nada sabía de esa mujer, su vida correría serio peligro.
El Capitán le agarraba  del cuello con su mano izquierda manteniendo la daga en la derecha.
- Enciende ese antorcha – le ordenó
Gerondio cogió el pedernal y la estopa que  había sobre un saliente de la pared a la derecha de la antorcha y la encendió.
No le gustó a Iñigo Aldai el rostro que vio a la luz de la antorcha. Había algo maligno en su mirada. Eran unos ojos negros, hundidos e inquietos. Era la mirada de un hombre sin escrúpulos, capaz de cualquier felonía. 
Desde su escondite entre los arbustos, Lupicinio vio la luz en el patio de la casa. Se acercó cautelosamente, pues no había oído ningún ruido ni el Alcaide le había llamado. No sabía lo que podía haber pasado.
 Al estar más cerca, ya en el dintel del portón, pudo ver  que el Capitán tenía cogido  por un brazo al hombre que había entrado.
- ¡Acércate¡ - le gritó el Capitán
Gerondio quiso volverse para ver a quien se dirigía, pero el Capitán se lo impidió. Quería  ver su  reacción  frente a Lupicinio, pues si el hombre al que mantenía agarrado por el brazo  no era el ejecutor del rapto, al ver a Lupicinio no reaccionaría de ninguna forma, mientras que si lo era, no podría ocultar la sorpresa de ver a uno de sus cómplices y ya no le cabría ninguna duda de que todo estaba perdido y que ocultar la información que le pedía en nada le iba a beneficiar. Claro que podía ser un hombre con tal sangre fría que en ningún caso se inmutara, pero si Lupicinio le reconocía como el jefe del grupo de raptores, esa capacidad de autocontrol, no lo iba a proteger.
- ¡Vuélvete¡ - le ordenó- ¿reconoces a este hombre?
Gerondio se volvió y al ver el rostro de Lupicinio, supo que de nada le iba a servir negarlo. Si Lupicinio había contado lo ocurrido, siendo culpable como era y estaba allí y además había estado fuera sin escapar, si confesaba su participación en el rapto cumpliendo, bajo amenazas, estrictas órdenes de su amo, quizás pudiera salir bien  o menos mal librado de todo aquel asunto. Su amo le había pagado bien por el trabajo y además la reventa de los caballos al herrero también le había proporcionado pingüe beneficios, así que ¿por qué poner en riesgo todo lo ganado. Nada le debía a su amo y su lealtad hacia él ya estaba sobradamente cumplida. Decidió hacer su jugada.
- Sí- respondió- Este hombre se llama Lupicinio y es mi vecino y él, como yo, hemos prestado servicios a mi amo.
- Lupicinio ¿ es este el hombre de quien me hablaste? ¿Es este el hombre que te contrató para raptar a mi esposa?
Así que aquel hombre era el alcaide de Cuéllar, el que tenía una deuda con su amo que no quería pagar.
- Así es, Señor- contestó Lupicinio- este hombre me contrató a mí y a otros tres para  llevar, por deseo del Rey, a vuestra esposa ante su padre.
- Es cierto lo que Lupicinio  dice, Señor. Yo cumplía las órdenes que mi amo me dio y que no eran otras que traer a vuestra esposa ante su padre, pues era deseo de éste verla ante de morir y así se lo hizo saber al Rey quien, para evitar enojar a su  primo Alfonso VIII, ordenó a mi amo que se ocupara de ello.
- Y si esas era las órdenes, ¿por qué trajisteis a  mi esposa a este lugar?- preguntó
- Porque así me lo ordenó mi amo, con la advertencia de que si no cumplía sus órdenes, sería severamente castigado, pues era lo mismo que incumplir una orden del Rey.
- Y ahora, te repito la pregunta ¿ dónde está mi esposa?
- No lo sé, Señor. Yo la dejé aquí hace dos noches y ayer, cuando mi amo me dio instrucciones para ir a Benavides, ella seguía aquí. Os lo juro.
- ¿Cómo se llama tu amo?- le preguntó
- Leopoldo López, Señor y es un comerciante tortosano en busca de buenas lanas para sus telares, según he podido saber, pues él no me lo ha contado.
- ¿Te dijo  o sabías si tenía intención de ausentarse?
- No, Señor. Es más, me he sorprendido cuando al llegar  he encontrado la llave en la cerradura, por lo que he supuesto que quizás estuviera en la taberna, como en anteriores ocasiones.
- Entremos en la casa por si algo nos pudiera indicar a dónde ha podido ir. Condúcenos y recuerda que tienes mi daga  cerca.
Gerondio cogió la antorcha y les condujo al interior de la casa donde, con la misma antorcha, encendió dos hachones que iluminaron la estancia principal. Sobre la mesa había una nota y una pequeña bolsa. El Capitán leyó la nota y al terminar, sin hacer comentario alguno, tomó la bolsa y la sopesó.
- Tu amo te da instrucciones para que entregues la llave de la casa y te deja unas monedas como pago de las gestiones en Benavides. Esta nota confirma que no se encuentra en  esta Villa y no nos aporta información alguno sobre a dónde ha podido ir.
- ¡Maldito hijo de Satanás¡¡Mala centella lo mate¡ - exclamó Gerondio.
- Tu amo te ha abandonado una vez que le has hecho el trabajo sucio que él no se atrevía a hacer, así que nada le debes, por lo que más te conviene colaborar para que encontremos a mi esposa, ya que de lo contrario, la cabeza que va a rodas bajo el hacha del verdugo va a ser la tuya y no la de tu amo.
- No sé cómo podría ayudaros a recuperar  a vuestra esposa, pues, como os dije, desconocía que mi amo fuera va ausentarse – contestó mientras pensaba que si Lupicinio no le había contado que él había sido quien apuñalara a aquel sacerdote, el Alcaide no sería muy severo  si colaboraba – aunque quizás pudieran saber algo en la taberna a la que solía ir casi cada día - sugirió.
- Pues vayamos a esa taberna – dispuso el Capitán
- Es tarde para ir, Señor, pues  probablemente estará cerrada; habrá que esperar a mañana.
- Bien, pues esperaremos aquí.  Lupicinio, busca una cuerda fuerte  y tú , pon las manos en la espalda – le ordenó a Gerondio
Inutilizadas las manos y atado al travesaño de la gruesa mesa de la sala, era imposible que, aunque se durmieran los dos, pudiera escapar. No obstante, evitaría correr riesgos por lo que le dijo a Lupicinio  que harían dos turnos de vela durante la noche, aunque antes le dijo que mirara en la cocina por si había algo para cenar, ya que no habían tomado bocado en todo el día.
Después de cenar un pedazo de queso seco que encontró en una alacena y beber agua que trajo en una jarra, el Capitán, cuando vio que Lupicinio se  echaba a dormir en un rincón de la sala, le ordenó que fuera dormir al aposento del exregidor, y que ya le despertaría para que hiciera su turno de vela.
Se sentó en una silla a la izquierda de la puerta de entrada  y de espaldas a la pared. Desde allí veía a Gerondio atado a la mesa y si alguien entrara por sorpresa, al abrir la puerta no le vería, pues quedaba a su espalda y eso le daba una enorme ventaja.

El Capitán estaba contrariado por no haber encontrado a su esposa donde Lupicinio le había dicho que la habían dejado. La impaciencia  empezaba a hacer presa en él  cada vez le costaba más mantener la cabeza fría  y concentrarse en lo que estaba haciendo.
Las horas transcurrían lentas, demasiado lentas y parecía que la mañana, aquella mañana en la que necesariamente habría de encontrar alguna pista sobre el paradero de su esposa, no iba a llegar nunca.  Muy pasada ya la media noche, un ruido le sobresaltó. Instintivamente echó mano a su daga, pero era Lupicinio. 
- Señor, yo  velaré ahora. Dormid algo, pues debéis estar cansado.
- Aun no es la hora, pero ya que te has levantado, iré a dormir. Despiértame al alba y  no descuides la atención.
Gerondio había estado durmiendo durante la vela del Capitán, pero la conversación de éste con Lupicinio le despertó, aunque no abrió los ojos. Fingió seguir durmiendo. Cuando el Capitán estableció los turnos de vela, un rayo de esperanza iluminó su desesperada situación. Esperaría el turno de Lupicinio para tratar  de huir. Aún le parecía increíble que cuando el Capitán le sorprendió en el patio, no mirara si llevaba arma alguna encima; si lo hubiera  hecho, ahora no tendría su daga oculta bajo la ropa.
Lupicinio le había atado al travesaño de la mesa y éste  estaba recubierto en su parte central por un  tosco herraje de hierro. Durante la guardia del Capitán, con movimientos muy lentos, se había ido acercando a esa parte central y con mucho cuidado para no hacer un ruido que pudiera ser oído por el Capitán, empezó a frotar  con el herraje la cuerda que ataba sus muñecas.
Cuando Lupicinio empezó su vela, ya notaba la atadura floja. Le faltaba poco para librar las manos. De ve en cuando hacía algún movimiento extraño, como si fuera consecuencias de un mal sueño o una pesadilla, por si Lupicinio se daba cuenta del movimiento de sus hombros.
Despacio separó las manos y se inclinó hacia su derecha, como si, en su sueño, buscara una postura más cómoda; de esa dejaba fuera de la vista de su guardián el brazo derecho, algo necesario para poder sacar la daga de su  cinturón. Cuando la tuvo en su mano, con mucho cuidado, entreabrió los ojos. Lupicinio sentado en su silla parecía estar ensimismado. Le chistó.
- ¿Qué quieres?- le preguntó Lupicinio
- Tengo una sed horrible. ¿podrías darme un poco de agua?- le pidió
Lupicinio dudó durante unos segundos, pero se levantó y cogió la jarra que seguía encima de la mesa y se acercó con ella a Gerondio. Al tener éste las manos atadas, tendría que ponérsela en los labios.
Ese era el momento que esperaba Gerondio. Con velocidad de relámpago, movió el brazo derecho y la daga entró profundamente en el costado izquierdo de un sorprendido Lupicinio, arrancándole la vida. Gerondio lo sostuvo con su brazo izquierdo y despacio lo dejó sobre el suelo. Ahora era el turno del Alcaide; lo degollaría mientras dormía.
Pisaba con mucho cuidado, pues algunas tablas del suelo crujían. La puerta del aposento donde dormía el Capitán estaba entreabierta. La empujó muy suavemente. La luz de la luna llena que entraba por la ventana, le permitía ver la cama y un bulto sobre ella, pero no las facciones del Alcaide. Oía su respiración, que era rítmica. Continuó su lento y cuidadoso avance. Le asestaría la puñalada en el corazón, pensó, sería lo más práctico. Ya estaba al borde la cama; levantó su brazo derecho armado con la daga y se dispuso a clavarla en aquel hombre que no había hecho otra cosa que causarle problemas. Para dar mayor impulso a su golpe cargó su peso sobre la pierna izquierda, lo que hizo que la tabla crujiera. La daga cruzó el aire y entró limpiamente y hasta la empuñadura en el jergón. Entonces sintió como algo frío entraba en su carne y el suelo parecía hundirse bajo sus pies. Nunca supo que el crujido de aquella tabla había activado el  entrenado sentido de autodefensa de la que iba  a ser su víctima que se giró en el último momento al tiempo que extraía su puñal de la funda y lo hundía en la sombra negra que se le había echado encima.
Se levantó rápidamente y dio la vuelta al hombre que había intentado apuñalarle. Al reconocer a Gerondio se sorprendió, pues debía se estar atado a la mesa, a menos que Lupicnio … pero no, no podía ser, pues el arrepentimiento de este parecía sincero. Corrió  hacia la sala, solo iluminada por la luna. En el lugar donde tenía que estar Gerondio había un bulto. Comprobó que  Lupicinio estaba muerto. 
- Pobre hombre – pensó – Ha pagado bien cara  su culpa.
Lo ocurrido le ocasionaba un nuevo problema, pues no sabía que hacer con los muertos.
Al alba decidió dejarlos allí con la esperanza de que alguien los encontrara, pues iba a dejar la llave puesta en la cerradura, tal como la encontró y seguramente alguien, extrañado por ello, entraría o avisaría al casero. Era algo que repugnaba a su conciencia pero no tenía otra solución; era un caballero castellano  de incógnito en León  y que había  entrado en una casa que no era la suya aprovechándose de la noche. Sería muy probable que el Justicia de la Villa  le considerara autor de los asesinatos si acudía a él, y que entonces le prendiera, imposibilitándole así seguir la búsqueda del paradero de su esposa.
No, no podía arriesgarse de esa forma.