IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LII (01.06.2013)
Leopoldo López se sobresaltó al oír lo que le pareció el cerrojo de la puerta de la iglesia. Supuso que sería la hora de cierre. La Madre Priora aún no había regresado para comunicarle la decisión de la Abadesa y ya se estaba impacientando.
- Señor, Señor – la voz venía de detrás del cortinón – la Madre Priora os pide que vayáis al locutorio. En un momento la hermana portera os abrirá el portón de la iglesia.
Sin contestar, se levantó y con pasos tan largos como su pierna aún no curada del todo le permitía, cruzó la nave central y después la lateral llegando a la puerta de salida en el momento en que una monja, la hermana portera, la abría.
- Señor, os ruego que os dirijáis al locutorio, donde os esperan.
Mientras recorría la corta distancia que había desde la puerta de la iglesia a la de entrada al monasterio se iba preguntando el por qué de aquel cambio. Algo no va como debiera – pensó - así que tendría que estar alerta.
- Soy la Abadesa de este monasterio y la Madre Priora me ha informado sobre vuestra reclamación, así como que la hermana María os ha reconocido, aunque no os identifica. ¿Podéis aportar alguna prueba que legitime vuestra reclamación sobre quien decís que es vuestra esposa?
- Nunca hubiera podido imaginar poder encontrarme en una situación como esta, en la que la enfermedad de mi pobre esposa le impide reconocerme como su legítimo esposo, así que Madre Abadesa, todas los testimonios que yo pudiera aportar, están en Tortosa, desde donde peregrinamos y presentároslos requeriría, en el mejor de los casos, un mes. Comprenderéis Madre que…
- No disponemos de ese tiempo, cuando además de vos, hay un caballero que ha reclamado también a la hermana María como su esposa y … ¿Os encontráis bien? –le preguntó al ver, aún con la escasa luz del locutorio, la repentina palidez de su rostro.
- Si, si, me encuentro bien. Es que el paso del excesivo calor de fuera al fresco de esta estancia ha debido de afectarme - necesitaba ganar tiempo para rehacerse de la impresión - ¿Otro hombre decís? No es posible, pues yo soy su único y legítimo esposo. No sé quien puede querer arrebatarme a la mujer que el sacramento del matrimonio convirtió en mi esposa hace casi dos años ¿Acaso, Dios mío, es una prueba más de nuestra fe? – se preguntó en voz alta con tono resignado y elevando los ojos al techo del locutorio.
La noticia de que aquel odiado capitán Aldai lo había localizado y no sólo a él, sino también a su esposa, le había sorprendido y atemorizado. Recuperar a Marta ahora se volvía una misión muy difícil, casi imposible. La única probabilidad le quedaba, era la de mantener su reclamación aprovechándose de que Marta, por su estado, tampoco reconocería a su esposo. Si ahora, por miedo a ser atrapado por el Capitán, huía, Marta se le escaparía para siempre y con ella la venganza que había convertido en el objetivo de su vida. Correría el riesgo a la espera de lo que resolviera la Abadesa.
- Esta anómala situación en la que hay dos disputantes alegando cada uno la legitimidad de su reclamación y sin que sea posible aportar el testimonio de la hermana María, me impide reconocer vuestro derecho de igual forma que la del otro pretendiente; pero buscando lo mejor para la mujer que reclamáis y que vive bajo la protección del monasterio, os tengo que pedir que accedáis, si persistís en vuestra reclamación, a permanecer en la posada donde os alojáis, sin salir de ella, hasta que os llame para haceros saber cómo dirimir este asunto. Si incumplís esta condición -continuó – consideraré que renunciáis a vuestra reclamación. ¿Accedéis a cumplir lo que os pido?
- Así lo haré, Madre Abadesa – contestó – pues confío en vuestra sabiduría.
- Los alguaciles os acompañarán a la posada. Id con Dios.
Apretando los dientes para contener su rabia, Lepoldo López adoptó una vez más el aspecto sumiso con el que se había presentado. De todo lo ocurrido en el locutorio, solo le satisfacía la escolta de los alguaciles, pues ignoraba dónde podría estar el capitán Aldai y temía un encuentro con él.
El Capitán y Lucas, pendientes del avance de la sombra de gnomón esperando que superara las seis, no se dieron cuenta de que delante de la entrada del monasterio dos alguaciles - a juzgar pos su vestimenta - parecían esperar a alguien del interior.
Encontraron el portón de la iglesia cerrado.
- No debiera estar cerrada – comentó con gesto de extrañeza. Iré al locutorio para que me abran. Tú espera aquí Lucas.
- La Madre Abadesa os ruega que aguardéis aquí su llegada – le dijo la hermana portera.
- Tenía que encontrarme con la madre Abadesa en la iglesia ¿Qué ocurre, hermana? - preguntó sin obtener respuesta.
La impaciencia que sentía desde que reconoció a Marta en la hermana María, empezaba a convertirse en preocupación e intranquilidad.
Un hombre vestido con el ropaje propio de los Justicias, entró en el locutorio.
- ¿Sois vos el caballero castellano que busca a su esposa?- preguntó.
El Capitán se volvió sorprendido.
- Si, yo soy. Y vos ¿quién sois? ¿Cómo sabéis que busco a mi esposa?
- Yo le he informado caballero Aldai y ese hombre es el Juez Ordinario de esta población y de todas aquellas pertenecientes al monasterio - era la voz de la Abades, detrás de la reja.
- Y la razón de su presencia – continuó – es que hay un segundo hombre con vuestra misma pretensión sobre la hermana María, lo que me haría inferir, en el caso de que diera verosimilitud a vuestra versión, que ese…
- ¿Dónde está ese miserable? ¡Decídmelo, os lo ruego, pues he de hacerle pagar caro su delito! Os lo suplico, decidme dónde está – insistió al tiempo que apretaba con fuerza la empuñadura de la espada que llevaba al cinto.
El capitán estaba visiblemente alterado.
- Sosegaos caballero. No os dejéis conducir por la ira, ni desenvainéis vuestra espada en mi jurisdicción. Yo dispondré lo que convenga en interés de la hermana María. Ahora, os ruego acompañéis al Juez que os conducirá al cuartel, donde permaneceréis hasta que nuevamente os llame.
- ¿Me detenéis Madre Abadesa? – preguntó incrédulo.
- No es una detención, sino una medida necesaria que las circunstancias me obligan a tomar y que, cuando este asunto se resuelva, comprenderéis. Como no vais a estar preso, podéis salir del cuartel si así lo deseáis, pero si así lo hiciereis – aclaró – consideraré que renunciáis a vuestra reclamación y consideraré como legítima la del otro disputante. ¿Os queda claro, Capitán?
No le cabía la menor duda de que así lo haría, así que aceptó acompañar al Juez y permanecer en el cuartel el tiempo que fuera necesario.
Lucas, que aguardaba delante del portón de la iglesia, se quedó con la boca abierta al ver a su Señor escoltado por dos alguaciles y un tercer hombre también con indumentaria negra, aunque distinta de la de los justicias.
- ¡Señor, Señor! ¿qué ocurre?
- No te preocupes – respondió el Capitán - busca un establo para los caballos y permanece cerca del cuartel por si necesito de ti.
Lucas no entendía nada de lo que estaba pasando, pero se dispuso a cumplir las órdenes de su Señor.
viernes, 31 de mayo de 2013
jueves, 30 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LI (31.05.2013)
La Abadesa de Santa María de Carrizo, Renata Faubero, estaba preocupada. El ejercicio de sus responsabilidades abaciales no estaba exento de problemas, tanto de índole interna como externa, ya que como Abadesa tenía postestades de señorío y vasallaje con jurisdicción civil y criminal no sólo sobre Carrizo, sino también sobre las localidades y poblaciones de San Pedro de las Dueñas, Grulleros, Cubillos de los Oteros, Argavayones y Tapia. Ella nombraba personalmente al Juez Ordinario y a su Tenente y proponía al Obispado el nombramiento del cura cuando se producía vacante en alguna de las poblaciones sometidas al monasterio.
Desde que había asumido el cargo de Abadesa, había tenido que intervenir en no pocas ocasiones en asuntos de índole civil, pero ninguno como el que presentía que iba a requerir su máxima atención, como era el de las reclamaciones formuladas por el capitán castellano Iñigo Aldai y el comerciante tortosino Leopoldo López sobre la hermana María, de la que los dos decían ser esposos. El asunto no hubiera tenido mayor importancia si la hermana María no sufriera de amnesia, pero…
Uno de los dos mentía; de ello no tenía duda alguna, pero ¿quién? ¿El hidalgo o el comerciante? Solo quedaba la prueba de reconocimiento prevista para la hora de vísperas. Si la hermana María decía que no conocía al comerciante, el problema se diluía, pero si su rostro le era conocido y, como había ocurrido con el castellano, no sabía de qué, la situación se complicaría sobremanera, y como no podía inhibirse desde el momento en que la hermana María estaba bajo la protección del monasterio, tendría que pensar cómo resolverla.
Si tal como le había dicho al capitán Aldai, tendría que presentar testigos o Fiel de fechos que acreditaran su relación con la que decía era su esposa, idéntica prueba pediría al comerciante. Esa le pareció, en principio, la fórmula mejor, pero después pensó que si uno de los dos mentía, el mentiroso podría presentar testigos de conveniencia. Pero ¿cuáles eran o podían ser los falsos testigos? ¿Los del caballero castellano o los del comerciante peregrino? Así que concluyó que una solución que la llevaba al principio del problema, no era solución. Otra posibilidad sería pedirles que concurrieran los sacerdotes que oficiaron su enlace, pero pronto desechó la idea, pues las distancias que había desde Carrizo hasta cada una de las poblaciones de cada uno de los disputantes, no permitiría resolver el problema, en el mejor de los casos, en menos de un mes, y no era el hecho de tener a la hermana María tanto tiempo en el monasterio lo que la preocupaba, pues bien le gustaría que se quedara de por vida formando parte de la comunidad si así lo deseaba, sino que aquel que mintiera, tendría tiempo sobrado para asegurar la presencia de cualquier sacerdote que se prestara a dar fe en su favor a cambio de dinero, pues, lamentablemente, no todos aquellos consagrados para servir a Dios vivían de acuerdo con Sus mandatos.
¿Cómo resolver el problema, entonces? Los haría detener entre tanto no encontrara la solución, tal como le había dicho a la Madre Priora, aunque quizás se estaba preocupando antes de tiempo, pensó, porque podía ocurrir- era lo deseable – que la hermana María reconociera al comerciante.
La agradable temperatura de la iglesia y la penumbra existente producían un efecto relajante que no tardó en sumir en el sopor a Leopoldo López. En su sueño se veía como señor de un castillo de esbeltas líneas, observando los ejercicios de armas que realizaban en el patio sus soldados, cuando una nube de polvo en el camino que desde la llanura subía hasta el castillo, llamó su atención. Cuando el jinete apareció tras el último recodo antes de llegar al puente, lo reconoció como al hombre que había enviado a Cuéllar para que comentara por las tabernas y posadas de la Villa que la que otrora Señora de la ciudadela y esposa del Alcaide, era ahora una mujer feliz viviendo con el que fuera Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra y al que complacía con tal entrega, que hasta le había dados hijos, y que permaneciera en la Villa el tiempo necesario para asegurarse que tales noticias llegaban a oídos del capitán Aldai, y así pudiera ver su reacción.
La llamada de la campana a vísperas le sacó de su feliz sueño. Tardó unos segundos en volver a la realidad. Después se situó en el lugar que le había indicado la Priora.
Con su mano derecha, la Madre Priora separó un palmo el cortinón de la reja, mientras que con la otra mano agarraba el brazo derecho de la hermana María, así que pudo percibir, sin dificultad, el estremecimiento de ella cuando fijó su mirada en el hombre que con capa de peregrino estaba en la iglesia, a poco más de cuatro pasos de ellas y como su respiración se agitaba.
- ¿Lo conoces, hija mía? – preguntó.
- Si madre – respondió temblorosa – pues es el hombre que aparece en mis sueños.
- ¿En tus sueños? ¿Pero de qué le conoces? ¿Por qué lo ves en tus sueños? ¿Recuerdas si ha formado parte de tu vida pasada?
- No lo sé Madre Priora. Pero al verlo, he sentido algo extraño en mi interior.
- Está bien, hija. Ahora vuelve a la hospedería y no te preocupes, que aquí nada has de temer.
Después que se hubo ido, la Priora llamó a Leopoldo López.
- La hermana María os ha reconocido, pero no como su esposo.
Leopoldo López se alarmó. ¿Habría recuperado la memoria precisamente ahora, pensó? No, no podía ser. Tendría que apelar a su insania.
- ¿Cómo es posible que me reconozca, pero no como su esposo? Qué dice de mí desde su desgraciada locura?
- Que no recuerda de qué os conoce.
- Pero aún así ¿podremos continuar nuestra peregrinación, verdad? – preguntó.
- Informaré primero a la Madre Abadesa; entretanto esperad aquí a que os traiga su respuesta.
No se explicaba a qué se debía tanto reparo para que le entregaran a Marta. Si las monjas sabían que nada recordaba de su pasado y aún así a él lo había reconocido ¿qué importancia tenía, en su estado, que no supiera decir de qué le conocía? Esperaría la decisión de la Abadesa que, necesariamente, tendría que ser favorable a sus intereses. No aceptaría una respuesta negativa.
- Esa respuesta es la que no deseaba Madre Priora, pues no estaré tranquila mientras tengamos cerca a esos hombres reclamando a una misma mujer sin saber quien de los dos tiene legitimidad para hacerlo o puede que, incluso, ninguno de ellos la tenga, así que por la seguridad del monasterio y por la de la hermana María, hemos de actuar. Como sabéis – continuó - el caballero castellano estará al llegar y desearía que no se encontrara con el comerciante, pues si ambos pretenden lo mismo, no es improbable un enfrentamiento entre ellos, así que ordenad a la hermana portera que cierre la iglesia y que cuando ese caballero la encuentre cerrada y acuda al locutorio, que le diga que aguarde allí pues deseo hablarle. Daos prisa. Y después haced saber al Juez que deseo verle con urgencia, y que se haga acompañar por dos alguaciles.
- Si Madre Abadesa. Ahora mismo.
CAPITULO LI (31.05.2013)
La Abadesa de Santa María de Carrizo, Renata Faubero, estaba preocupada. El ejercicio de sus responsabilidades abaciales no estaba exento de problemas, tanto de índole interna como externa, ya que como Abadesa tenía postestades de señorío y vasallaje con jurisdicción civil y criminal no sólo sobre Carrizo, sino también sobre las localidades y poblaciones de San Pedro de las Dueñas, Grulleros, Cubillos de los Oteros, Argavayones y Tapia. Ella nombraba personalmente al Juez Ordinario y a su Tenente y proponía al Obispado el nombramiento del cura cuando se producía vacante en alguna de las poblaciones sometidas al monasterio.
Desde que había asumido el cargo de Abadesa, había tenido que intervenir en no pocas ocasiones en asuntos de índole civil, pero ninguno como el que presentía que iba a requerir su máxima atención, como era el de las reclamaciones formuladas por el capitán castellano Iñigo Aldai y el comerciante tortosino Leopoldo López sobre la hermana María, de la que los dos decían ser esposos. El asunto no hubiera tenido mayor importancia si la hermana María no sufriera de amnesia, pero…
Uno de los dos mentía; de ello no tenía duda alguna, pero ¿quién? ¿El hidalgo o el comerciante? Solo quedaba la prueba de reconocimiento prevista para la hora de vísperas. Si la hermana María decía que no conocía al comerciante, el problema se diluía, pero si su rostro le era conocido y, como había ocurrido con el castellano, no sabía de qué, la situación se complicaría sobremanera, y como no podía inhibirse desde el momento en que la hermana María estaba bajo la protección del monasterio, tendría que pensar cómo resolverla.
Si tal como le había dicho al capitán Aldai, tendría que presentar testigos o Fiel de fechos que acreditaran su relación con la que decía era su esposa, idéntica prueba pediría al comerciante. Esa le pareció, en principio, la fórmula mejor, pero después pensó que si uno de los dos mentía, el mentiroso podría presentar testigos de conveniencia. Pero ¿cuáles eran o podían ser los falsos testigos? ¿Los del caballero castellano o los del comerciante peregrino? Así que concluyó que una solución que la llevaba al principio del problema, no era solución. Otra posibilidad sería pedirles que concurrieran los sacerdotes que oficiaron su enlace, pero pronto desechó la idea, pues las distancias que había desde Carrizo hasta cada una de las poblaciones de cada uno de los disputantes, no permitiría resolver el problema, en el mejor de los casos, en menos de un mes, y no era el hecho de tener a la hermana María tanto tiempo en el monasterio lo que la preocupaba, pues bien le gustaría que se quedara de por vida formando parte de la comunidad si así lo deseaba, sino que aquel que mintiera, tendría tiempo sobrado para asegurar la presencia de cualquier sacerdote que se prestara a dar fe en su favor a cambio de dinero, pues, lamentablemente, no todos aquellos consagrados para servir a Dios vivían de acuerdo con Sus mandatos.
¿Cómo resolver el problema, entonces? Los haría detener entre tanto no encontrara la solución, tal como le había dicho a la Madre Priora, aunque quizás se estaba preocupando antes de tiempo, pensó, porque podía ocurrir- era lo deseable – que la hermana María reconociera al comerciante.
La agradable temperatura de la iglesia y la penumbra existente producían un efecto relajante que no tardó en sumir en el sopor a Leopoldo López. En su sueño se veía como señor de un castillo de esbeltas líneas, observando los ejercicios de armas que realizaban en el patio sus soldados, cuando una nube de polvo en el camino que desde la llanura subía hasta el castillo, llamó su atención. Cuando el jinete apareció tras el último recodo antes de llegar al puente, lo reconoció como al hombre que había enviado a Cuéllar para que comentara por las tabernas y posadas de la Villa que la que otrora Señora de la ciudadela y esposa del Alcaide, era ahora una mujer feliz viviendo con el que fuera Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra y al que complacía con tal entrega, que hasta le había dados hijos, y que permaneciera en la Villa el tiempo necesario para asegurarse que tales noticias llegaban a oídos del capitán Aldai, y así pudiera ver su reacción.
La llamada de la campana a vísperas le sacó de su feliz sueño. Tardó unos segundos en volver a la realidad. Después se situó en el lugar que le había indicado la Priora.
Con su mano derecha, la Madre Priora separó un palmo el cortinón de la reja, mientras que con la otra mano agarraba el brazo derecho de la hermana María, así que pudo percibir, sin dificultad, el estremecimiento de ella cuando fijó su mirada en el hombre que con capa de peregrino estaba en la iglesia, a poco más de cuatro pasos de ellas y como su respiración se agitaba.
- ¿Lo conoces, hija mía? – preguntó.
- Si madre – respondió temblorosa – pues es el hombre que aparece en mis sueños.
- ¿En tus sueños? ¿Pero de qué le conoces? ¿Por qué lo ves en tus sueños? ¿Recuerdas si ha formado parte de tu vida pasada?
- No lo sé Madre Priora. Pero al verlo, he sentido algo extraño en mi interior.
- Está bien, hija. Ahora vuelve a la hospedería y no te preocupes, que aquí nada has de temer.
Después que se hubo ido, la Priora llamó a Leopoldo López.
- La hermana María os ha reconocido, pero no como su esposo.
Leopoldo López se alarmó. ¿Habría recuperado la memoria precisamente ahora, pensó? No, no podía ser. Tendría que apelar a su insania.
- ¿Cómo es posible que me reconozca, pero no como su esposo? Qué dice de mí desde su desgraciada locura?
- Que no recuerda de qué os conoce.
- Pero aún así ¿podremos continuar nuestra peregrinación, verdad? – preguntó.
- Informaré primero a la Madre Abadesa; entretanto esperad aquí a que os traiga su respuesta.
No se explicaba a qué se debía tanto reparo para que le entregaran a Marta. Si las monjas sabían que nada recordaba de su pasado y aún así a él lo había reconocido ¿qué importancia tenía, en su estado, que no supiera decir de qué le conocía? Esperaría la decisión de la Abadesa que, necesariamente, tendría que ser favorable a sus intereses. No aceptaría una respuesta negativa.
- Esa respuesta es la que no deseaba Madre Priora, pues no estaré tranquila mientras tengamos cerca a esos hombres reclamando a una misma mujer sin saber quien de los dos tiene legitimidad para hacerlo o puede que, incluso, ninguno de ellos la tenga, así que por la seguridad del monasterio y por la de la hermana María, hemos de actuar. Como sabéis – continuó - el caballero castellano estará al llegar y desearía que no se encontrara con el comerciante, pues si ambos pretenden lo mismo, no es improbable un enfrentamiento entre ellos, así que ordenad a la hermana portera que cierre la iglesia y que cuando ese caballero la encuentre cerrada y acuda al locutorio, que le diga que aguarde allí pues deseo hablarle. Daos prisa. Y después haced saber al Juez que deseo verle con urgencia, y que se haga acompañar por dos alguaciles.
- Si Madre Abadesa. Ahora mismo.
miércoles, 29 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO L (30.05.2013)
Marta acudía a la llamada de la Abadesa que le había transmitido la hermana Ines, preguntándose qué querría de ella. Entró en la iglesia por la puerta que comunicaba con la hospedería. Hizo una genuflexión al pasar por delante del altar central en el que permanentemente ardía un candil de aceite y se dirigió a la puerta que comunicaba con el claustro. Aunque caminaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, la luz que entraba por las saeteras de iluminación era la suficiente como para que Iñigo Aldai, bajo el arco apuntado donde la Abadesa le había indicado que se colocara, viera su rostro. El corazón pareció parársele y tuvo que hacer una profunda inspiración para recuperar el impulso vital. Era ella. Era su adorada Marta. No podía ver sus maravillosos ojos pero el cabello que sobresalía de la toca, reflejaba la luz produciendo destellos cobrizos. Apretó los puños con fuerza y también los dientes para ahogar el grito que, llamándola, pugnaba por salir de su garganta. La siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Era el momento de salir sigilosamente, tal como le había pedido la Abadesa, pero su cuerpo se resistía a obedecer las órdenes de su razón. Quizás pudiera oír su voz cuando hablara con la Abadesa; aunque sólo fuera una palabra. Lo necesitaba.
- ¿Me habéis mandado llamar, Madre?
Ni los cantos de los mismos ángeles hubieran alegrado tanto su corazón como lo hizo aquella voz que no oía desde… ¡ Dios mío¡ ¿Cómo había podido soportar esta ausencia durante tanto tiempo? Ahora ya podía salir y lo hizo con el corazón rebosando alegría y con una radiante sonrisa que contagió a Lucas cuando le vio aparecer por la puerta del templo.
No necesitó preguntar nada a su Señor. No hacían falta las palabras. El Capitán había encontrado a su esposa. Notó que sus ojos se humedecían.
- Se acabó la búsqueda, Lucas. Pronto volveremos a casa.
- Lo sé Capitán. Creo que me acordaré de este momento como uno de los más felices de mi vida. ¿Cuándo la recogeréis, Señor?
- Es necesario esperar al mediodía, pues la Abadesa quiere saber si ella me reconoce.
- No os entiendo Capitán ¿Qué queréis decir con eso de que os reconozca?
El Capitán expuso a Lucas lo acordado con la Abadesa y las razones de tal proceder, que no eran otras que la de su protección, pues cualquiera podría aprovecharse de su ausencia de recuerdos para reclamarla como su esposa, y entre ellos, el miserable que la había raptado y de quien había conseguido huir.
- Pero mi Señor ¿qué ocurrirá si Doña Marta no os reconoce? ¿Os la entregará?
- No Lucas, pues cuando esa misma pregunta hice yo a la Abadesa, me contestó que si ese era el caso, tendría que acreditar la legitimidad de mi reclamación mediante testigos o Fiel de fechos.
- ¿Mi testimonio serviría, Capitán?
- Me temo que no Lucas, pues eres mi escudero y eso te condiciona. Si se diera el caso, supongo que la Abadesa me indicará qué nivel de testimonio considera necesario, pero esperemos que no sea preciso.
- ¡Ójala, Capitán!
- Yo así lo espero. Dentro de tres horas lo sabremos. Esperaremos por aquí cerca.
Aun no estaba el sol en su cenit cuando el Capitán ya estaba arrodillado en el primer banco de la fila más próxima a la reja de la clausura, tal como le había indicado la Abadesa, en el caso de que hubiera reconocido en la hermana María a su esposa.
No tardó en oír el tañido de la campana llamando a la oración del mediodía. Se acercaba el momento decisivo. Si Marta le reconocía, la pesadilla que tanto ella como él habían vivido durante aquellos dos meses, concluiría.
La Abadesa separó apenas un palmo el cortinón que cubría la reja y pudo ver, de perfil, al capitán Aldai, que mantenía la cabeza alta, mirando ligeramente a su derecha. Entonces le indicó a la hermana María que mirara detenidamente aquel hombre.
- Fíjate bien, hija mía – le susurró.
La hermana María fijó su atención en aquel hombre. La Abadesa observó como fruncía ligeramente el entrecejo, lo que no era buena señal.
- Y ahora dime si te es conocido – le pidió.
- Su rostro me resulta familiar, pero no sabría deciros de qué le conozco. No sé quien es; pero ¿por qué me lo preguntáis Madre?
- A su tiempo te lo diré, hija mía; ahora vete a la oración con el resto de las hermanas. Yo enseguida iré también.
Cuando la hermana María se hubo alejado, llamó en voz queda al Capitán, que se acercó a la reja temiendo lo peor, pues estaba seguro que si Marta le hubiera reconocido, le habría llamado.
- Lo siento, caballero Aldai. A la hermana María le resultáis conocido, aunque no sabe de qué. No tengo por tanto, la seguridad plena de que seáis su esposo, por lo que no os la puedo entregar.
- Pero Madre Abadesa, si me conoce, aunque no recuerde ahora de qué, ¿acaso no es prueba suficiente? No prolonguéis nuestro sufrimiento, por Dios os lo suplico – imploró.
- No puedo complaceros Capitán y lamento que mi decisión prolongue vuestro dolor, pero tal como ya os expliqué, si sois quien decís, deberéis acreditarlo suficientemente.
- ¿Qué testimonios aceptaréis como válidos, Madre Abadesa?
- Os lo haré saber esta misma tarde, después de vísperas, no antes ni a esa hora, sino después. Es importante que así sea. Os espero en este mismo lugar a esa hora.
¿Por qué la Abadesa no le había dicho ya que testimonios tenía que aportar? ¿Qué estaba pasando? Empezaba a sentirse preocupado, pero no tenía otra opción que la de esperar hasta después que la sombra del gnomón del reloj de sol que había en la fachada del monasterio, pasara de las seis.
- Es ella, Madre Priora; es mi pobre esposa. ¡Pobrecilla¡ ¡Cuánto habrá sufrido sola por esos campos y en su estado¡ Gracias, Madre, por haberla protegido. ¡Que Dios os bendiga¡
Leopoldo López, en su papel, estaba exultante.
- ¿Cuándo nos podremos reunir para continuar nuestra peregrinación? – le peguntó impaciente.
- Tal como os dije esta mañana, es necesario que estéis aquí para la hora de vísperas. Entonces responderé a vuestra pregunta. Ahora, idos o quedaos en la iglesia si deseáis rezar.
Nada en Carrizo que no fuera la espera hasta la hora indicada requería su atención, así que decidió quedarse en la iglesia. En el exterior y a esa hora del día, el calor era asfixiante mientras que en la iglesia la temperatura era agradable y en medio de aquel silencio se encontraba cómodo. Puede que incluso la suerte le dedicara una amplia sonrisa haciendo que Marta volviera a pasar por la iglesia. Si eso ocurría – pensó- cabía la posibilidad de sorprenderla y llevársela sin tener que esperar a vísperas; pero no, no lo haría porque seguramente ella se resistiría, aún cuando no lo reconociera, y llevar por la fuerza y por la vía pública a una monja- ya que ese aspecto ofrecería vestida con hábito- pudiera provocar la intervención de los alguaciles, algo que en modo alguno le convenía. Pero imaginarse que la sorprendía, le agradaba.
CAPITULO L (30.05.2013)
Marta acudía a la llamada de la Abadesa que le había transmitido la hermana Ines, preguntándose qué querría de ella. Entró en la iglesia por la puerta que comunicaba con la hospedería. Hizo una genuflexión al pasar por delante del altar central en el que permanentemente ardía un candil de aceite y se dirigió a la puerta que comunicaba con el claustro. Aunque caminaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, la luz que entraba por las saeteras de iluminación era la suficiente como para que Iñigo Aldai, bajo el arco apuntado donde la Abadesa le había indicado que se colocara, viera su rostro. El corazón pareció parársele y tuvo que hacer una profunda inspiración para recuperar el impulso vital. Era ella. Era su adorada Marta. No podía ver sus maravillosos ojos pero el cabello que sobresalía de la toca, reflejaba la luz produciendo destellos cobrizos. Apretó los puños con fuerza y también los dientes para ahogar el grito que, llamándola, pugnaba por salir de su garganta. La siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Era el momento de salir sigilosamente, tal como le había pedido la Abadesa, pero su cuerpo se resistía a obedecer las órdenes de su razón. Quizás pudiera oír su voz cuando hablara con la Abadesa; aunque sólo fuera una palabra. Lo necesitaba.
- ¿Me habéis mandado llamar, Madre?
Ni los cantos de los mismos ángeles hubieran alegrado tanto su corazón como lo hizo aquella voz que no oía desde… ¡ Dios mío¡ ¿Cómo había podido soportar esta ausencia durante tanto tiempo? Ahora ya podía salir y lo hizo con el corazón rebosando alegría y con una radiante sonrisa que contagió a Lucas cuando le vio aparecer por la puerta del templo.
No necesitó preguntar nada a su Señor. No hacían falta las palabras. El Capitán había encontrado a su esposa. Notó que sus ojos se humedecían.
- Se acabó la búsqueda, Lucas. Pronto volveremos a casa.
- Lo sé Capitán. Creo que me acordaré de este momento como uno de los más felices de mi vida. ¿Cuándo la recogeréis, Señor?
- Es necesario esperar al mediodía, pues la Abadesa quiere saber si ella me reconoce.
- No os entiendo Capitán ¿Qué queréis decir con eso de que os reconozca?
El Capitán expuso a Lucas lo acordado con la Abadesa y las razones de tal proceder, que no eran otras que la de su protección, pues cualquiera podría aprovecharse de su ausencia de recuerdos para reclamarla como su esposa, y entre ellos, el miserable que la había raptado y de quien había conseguido huir.
- Pero mi Señor ¿qué ocurrirá si Doña Marta no os reconoce? ¿Os la entregará?
- No Lucas, pues cuando esa misma pregunta hice yo a la Abadesa, me contestó que si ese era el caso, tendría que acreditar la legitimidad de mi reclamación mediante testigos o Fiel de fechos.
- ¿Mi testimonio serviría, Capitán?
- Me temo que no Lucas, pues eres mi escudero y eso te condiciona. Si se diera el caso, supongo que la Abadesa me indicará qué nivel de testimonio considera necesario, pero esperemos que no sea preciso.
- ¡Ójala, Capitán!
- Yo así lo espero. Dentro de tres horas lo sabremos. Esperaremos por aquí cerca.
Aun no estaba el sol en su cenit cuando el Capitán ya estaba arrodillado en el primer banco de la fila más próxima a la reja de la clausura, tal como le había indicado la Abadesa, en el caso de que hubiera reconocido en la hermana María a su esposa.
No tardó en oír el tañido de la campana llamando a la oración del mediodía. Se acercaba el momento decisivo. Si Marta le reconocía, la pesadilla que tanto ella como él habían vivido durante aquellos dos meses, concluiría.
La Abadesa separó apenas un palmo el cortinón que cubría la reja y pudo ver, de perfil, al capitán Aldai, que mantenía la cabeza alta, mirando ligeramente a su derecha. Entonces le indicó a la hermana María que mirara detenidamente aquel hombre.
- Fíjate bien, hija mía – le susurró.
La hermana María fijó su atención en aquel hombre. La Abadesa observó como fruncía ligeramente el entrecejo, lo que no era buena señal.
- Y ahora dime si te es conocido – le pidió.
- Su rostro me resulta familiar, pero no sabría deciros de qué le conozco. No sé quien es; pero ¿por qué me lo preguntáis Madre?
- A su tiempo te lo diré, hija mía; ahora vete a la oración con el resto de las hermanas. Yo enseguida iré también.
Cuando la hermana María se hubo alejado, llamó en voz queda al Capitán, que se acercó a la reja temiendo lo peor, pues estaba seguro que si Marta le hubiera reconocido, le habría llamado.
- Lo siento, caballero Aldai. A la hermana María le resultáis conocido, aunque no sabe de qué. No tengo por tanto, la seguridad plena de que seáis su esposo, por lo que no os la puedo entregar.
- Pero Madre Abadesa, si me conoce, aunque no recuerde ahora de qué, ¿acaso no es prueba suficiente? No prolonguéis nuestro sufrimiento, por Dios os lo suplico – imploró.
- No puedo complaceros Capitán y lamento que mi decisión prolongue vuestro dolor, pero tal como ya os expliqué, si sois quien decís, deberéis acreditarlo suficientemente.
- ¿Qué testimonios aceptaréis como válidos, Madre Abadesa?
- Os lo haré saber esta misma tarde, después de vísperas, no antes ni a esa hora, sino después. Es importante que así sea. Os espero en este mismo lugar a esa hora.
¿Por qué la Abadesa no le había dicho ya que testimonios tenía que aportar? ¿Qué estaba pasando? Empezaba a sentirse preocupado, pero no tenía otra opción que la de esperar hasta después que la sombra del gnomón del reloj de sol que había en la fachada del monasterio, pasara de las seis.
- Es ella, Madre Priora; es mi pobre esposa. ¡Pobrecilla¡ ¡Cuánto habrá sufrido sola por esos campos y en su estado¡ Gracias, Madre, por haberla protegido. ¡Que Dios os bendiga¡
Leopoldo López, en su papel, estaba exultante.
- ¿Cuándo nos podremos reunir para continuar nuestra peregrinación? – le peguntó impaciente.
- Tal como os dije esta mañana, es necesario que estéis aquí para la hora de vísperas. Entonces responderé a vuestra pregunta. Ahora, idos o quedaos en la iglesia si deseáis rezar.
Nada en Carrizo que no fuera la espera hasta la hora indicada requería su atención, así que decidió quedarse en la iglesia. En el exterior y a esa hora del día, el calor era asfixiante mientras que en la iglesia la temperatura era agradable y en medio de aquel silencio se encontraba cómodo. Puede que incluso la suerte le dedicara una amplia sonrisa haciendo que Marta volviera a pasar por la iglesia. Si eso ocurría – pensó- cabía la posibilidad de sorprenderla y llevársela sin tener que esperar a vísperas; pero no, no lo haría porque seguramente ella se resistiría, aún cuando no lo reconociera, y llevar por la fuerza y por la vía pública a una monja- ya que ese aspecto ofrecería vestida con hábito- pudiera provocar la intervención de los alguaciles, algo que en modo alguno le convenía. Pero imaginarse que la sorprendía, le agradaba.
martes, 28 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLIX(28.05.2013)
Leopoldo López entró en la iglesia del monasterio y se arrodilló en un banco próximo a la celosía que separaba el templo de la clausura. En la posada se había enterado de la hora en que se oficiaba la misa diaria a la que suponía que desde detrás de la celosía asistía la comunidad. Quería causar la mejor de las impresiones a quienes, con seguridad, lo estarían observando, por lo que fingió el más hondo de los recogimientos durante el Oficio y sus genuflexiones y santiguadas fueron los propios de una profunda devoción.
Terminado el ritual, salió de la iglesia y se dirigió al locutorio donde le fue preguntado el motivo de su visita por la hermana portera, y a la que, tras identificarse como una comerciante tortosino en peregrinación a Compostela, expuso su deseo de hablar con la Madre Priora sobre un asunto que para él era de la máxima importancia.
- Si lo que deseáis es alojamiento o la atención médica, debéis dirigiros a la hospedería donde …
- No, hermana. No se trata de eso, sino de un asunto de notable gravedad que requiere de la atención de vuestra Priora.
- Aguardad entonces a que le comunique lo que pedís.
Pasaron unos minutos antes de que pudiera oír la voz de la Priora detrás la celosía.
- Si no precisáis alojamiento ni atención médica ¿qué asunto es el que requiere nuestra atención? – le preguntó tras el saludo protocolario.
- Se trata de mi desgraciada esposa, Madre Priora, que enferma de insania por el dolor que la causó la muerte de nuestro único hijo poco después de nacer, aunque pudo ser bautizado, desde hace unos días vaga extraviada por estas tierras desconocidas para ella cuando su locura la hizo huir sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, ya que al intentarlo, me derribó mi caballo dejándome malherido.
- El dolor de una madre por la pérdida de un hijo debe ser, sin duda, tan intenso como para, como parece ser que ha sido el caso de vuestra esposa, provocar la pérdida de la cordura; pero en medio de tanto dolor, grande tiene que ser alivio para su alma sabiendo que está con los ángeles en el cielo, gozando de la presencia del Señor.
- Así es Madre Priora – dijo con aire compungido - Ambos somos de fe profunda y animados por ella a Compostela peregrinábamos para pedir al Apóstol por la recuperación de su salud, pero en el camino ocurrió lo que os acabo de contar.
- Si se lo pedís con la misma devoción con la que habéis oído el oficio Divino esta mañana, seguro que intercederá por vuestra esposa ante Aquél que todo lo puede. Y si por lo que deseabais hablar conmigo era este motivo, quedad tranquilo, pues elevaremos nuestras oraciones al Señor para que encontréis a vuestra esposa y por su curación.
- ¡Que Dios os bendiga por ello, Madre Priora! pero deseba hablar con vos, de la misma forma que he venido haciendo en los pueblos y aldeas de esta amplia comarca, por si hubierais tenido noticias sobre alguna mujer joven, sola y desamparada, cubierta con capa de peregrino, que deambulara por la comarca, pues, si así fuera, podría tratarse de mi pobre esposa.
- Nada hemos oído y os aseguro que si vuestra esposa hubiera sido vista en esta localidad o en aquellas sobre las que tiene jurisdicción este monasterio, lo habríamos sabido. Siento no poder daros la noticia que tanto deseáis.
Esta respuesta de la Priora cerraba la conversación sin que hubiera podido llegar a donde a él le interesaba, así que con fingida decepción, dio un sutil giro para hacer que la Priora dijera lo que él ya sabía.
- Confío en que el Señor, en Su infinita misericordia, se apiade de este su humilde servidor y no permita que mi pobre esposa vague sin rumbo, sino que algún alma caritativa la recoja y la ponga bajo la protección de un templo o convento donde pueda estar sin peligro – el cebo estaba echado y no podía errar, pensó – Y ahora he de seguir con su búsqueda. ¡Quedad con Dios, Madre Priora¡ - se despidió haciendo además de marchar.
- ¡Aguardad, aguardad un momento! - le urgió la Priora.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír de satisfacción.
- ¿Sí Madre Priora?- se volvió con semblante compungido.
- Hace unos días que unos monjes de Moreruela trajeron al monasterio a un joven que habían encontrado malherida cerca de Santa Cristina de Polvararia, y que no sabe quien es ni recuerda nada de su pasado y aquí …
- ¡Gracias, Dios mío por haber oído mis plegarias¡ - exclamó dejándose caer de rodillas - ¡ Gracias, Señor misericordioso¡
- Tranquilizaos, os lo ruego, tranquilizaos porque puede que no sea vuestra esposa- trató de calmar su fingida emoción la Priora.
- Tenéis razón Madre Priora; os ruego que me disculpéis, pero es que después de tantos días de angustiosa búsqueda…
- Lo comprendo. Es una reacción muy natural – concedió
- ¿Y cuándo podré ver si esa joven es mi esposa, Madre Priora?
- Tiene que ser la Madre Abadesa la que diga cuándo y cómo, así que ahora mismo la informaré de todo y os haré saber lo que decida, si aguardáis aquí mi regreso.
- Aguardaré con impaciencia la decisión de la Abadesa.
- ¡Qué rara coincidencia¡ - dijo la Abadesa después de escuchar el relato de la Priora.
- ¿Coincidencia decís, Madre? ¿A qué os referís? – preguntó extrañada.
- A que ayer, poco antes de completas, un hombre que dijo ser hidalgo de Castilla y capitán de su ejército, acudió a mí pidiendo ver a la hermana María, pues creía que era su esposa, que había sido raptada en su castillo en Cuéllar por un hombre al que él había llevado ante la Justicia y que fue desterrado de Castilla por su Rey.
- ¿Y es su esposa?
- No lo sé, y ahora, menos de un día después, llega este otro hombre con similar pretensión. ¿No os parece una coincidencia, cuando menos, extraña?
- Ciertamente, Madre. ¿Y qué pensáis hacer?
La Madre Renata le contó a la Priora lo que había acordado con el Capitán y...
- … así que le diréis a ese otro hombre lo mismo que yo le he dicho al caballero castellano, pero a la hora nona y a la de vísperas para que no se encuentren. Haciéndolo así, sabremos quien dice la verdad.
- Pero Madre ¿y si la hermana María no reconoce a ninguno de los dos como su esposo?
- Entonces ella seguirá bajo la protección de este monasterio y ordenaré su detención a los alguaciles para que los entreguen al Juez Ordinario, acusados de intento de dolo al monasterio.
Leopoldo López escuchó con disimulada contrariedad las instrucciones de la Priora, de la que se despidió hasta la hora indicada, con exagerados gestos y palabras de agradecimiento. Después regresó a la posada, donde esperaría hasta que llegara el momento de regresar al monasterio. Nada tenía que hacer en Carrizo hasta entonces y a su pierna le vendría bien el reposo y, además, tendría la tranquilidad necesaria para pensar en todo lo que tenía que hacer cuando tuviera a Marta en su poder.
CAPITULO XLIX(28.05.2013)
Leopoldo López entró en la iglesia del monasterio y se arrodilló en un banco próximo a la celosía que separaba el templo de la clausura. En la posada se había enterado de la hora en que se oficiaba la misa diaria a la que suponía que desde detrás de la celosía asistía la comunidad. Quería causar la mejor de las impresiones a quienes, con seguridad, lo estarían observando, por lo que fingió el más hondo de los recogimientos durante el Oficio y sus genuflexiones y santiguadas fueron los propios de una profunda devoción.
Terminado el ritual, salió de la iglesia y se dirigió al locutorio donde le fue preguntado el motivo de su visita por la hermana portera, y a la que, tras identificarse como una comerciante tortosino en peregrinación a Compostela, expuso su deseo de hablar con la Madre Priora sobre un asunto que para él era de la máxima importancia.
- Si lo que deseáis es alojamiento o la atención médica, debéis dirigiros a la hospedería donde …
- No, hermana. No se trata de eso, sino de un asunto de notable gravedad que requiere de la atención de vuestra Priora.
- Aguardad entonces a que le comunique lo que pedís.
Pasaron unos minutos antes de que pudiera oír la voz de la Priora detrás la celosía.
- Si no precisáis alojamiento ni atención médica ¿qué asunto es el que requiere nuestra atención? – le preguntó tras el saludo protocolario.
- Se trata de mi desgraciada esposa, Madre Priora, que enferma de insania por el dolor que la causó la muerte de nuestro único hijo poco después de nacer, aunque pudo ser bautizado, desde hace unos días vaga extraviada por estas tierras desconocidas para ella cuando su locura la hizo huir sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, ya que al intentarlo, me derribó mi caballo dejándome malherido.
- El dolor de una madre por la pérdida de un hijo debe ser, sin duda, tan intenso como para, como parece ser que ha sido el caso de vuestra esposa, provocar la pérdida de la cordura; pero en medio de tanto dolor, grande tiene que ser alivio para su alma sabiendo que está con los ángeles en el cielo, gozando de la presencia del Señor.
- Así es Madre Priora – dijo con aire compungido - Ambos somos de fe profunda y animados por ella a Compostela peregrinábamos para pedir al Apóstol por la recuperación de su salud, pero en el camino ocurrió lo que os acabo de contar.
- Si se lo pedís con la misma devoción con la que habéis oído el oficio Divino esta mañana, seguro que intercederá por vuestra esposa ante Aquél que todo lo puede. Y si por lo que deseabais hablar conmigo era este motivo, quedad tranquilo, pues elevaremos nuestras oraciones al Señor para que encontréis a vuestra esposa y por su curación.
- ¡Que Dios os bendiga por ello, Madre Priora! pero deseba hablar con vos, de la misma forma que he venido haciendo en los pueblos y aldeas de esta amplia comarca, por si hubierais tenido noticias sobre alguna mujer joven, sola y desamparada, cubierta con capa de peregrino, que deambulara por la comarca, pues, si así fuera, podría tratarse de mi pobre esposa.
- Nada hemos oído y os aseguro que si vuestra esposa hubiera sido vista en esta localidad o en aquellas sobre las que tiene jurisdicción este monasterio, lo habríamos sabido. Siento no poder daros la noticia que tanto deseáis.
Esta respuesta de la Priora cerraba la conversación sin que hubiera podido llegar a donde a él le interesaba, así que con fingida decepción, dio un sutil giro para hacer que la Priora dijera lo que él ya sabía.
- Confío en que el Señor, en Su infinita misericordia, se apiade de este su humilde servidor y no permita que mi pobre esposa vague sin rumbo, sino que algún alma caritativa la recoja y la ponga bajo la protección de un templo o convento donde pueda estar sin peligro – el cebo estaba echado y no podía errar, pensó – Y ahora he de seguir con su búsqueda. ¡Quedad con Dios, Madre Priora¡ - se despidió haciendo además de marchar.
- ¡Aguardad, aguardad un momento! - le urgió la Priora.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír de satisfacción.
- ¿Sí Madre Priora?- se volvió con semblante compungido.
- Hace unos días que unos monjes de Moreruela trajeron al monasterio a un joven que habían encontrado malherida cerca de Santa Cristina de Polvararia, y que no sabe quien es ni recuerda nada de su pasado y aquí …
- ¡Gracias, Dios mío por haber oído mis plegarias¡ - exclamó dejándose caer de rodillas - ¡ Gracias, Señor misericordioso¡
- Tranquilizaos, os lo ruego, tranquilizaos porque puede que no sea vuestra esposa- trató de calmar su fingida emoción la Priora.
- Tenéis razón Madre Priora; os ruego que me disculpéis, pero es que después de tantos días de angustiosa búsqueda…
- Lo comprendo. Es una reacción muy natural – concedió
- ¿Y cuándo podré ver si esa joven es mi esposa, Madre Priora?
- Tiene que ser la Madre Abadesa la que diga cuándo y cómo, así que ahora mismo la informaré de todo y os haré saber lo que decida, si aguardáis aquí mi regreso.
- Aguardaré con impaciencia la decisión de la Abadesa.
- ¡Qué rara coincidencia¡ - dijo la Abadesa después de escuchar el relato de la Priora.
- ¿Coincidencia decís, Madre? ¿A qué os referís? – preguntó extrañada.
- A que ayer, poco antes de completas, un hombre que dijo ser hidalgo de Castilla y capitán de su ejército, acudió a mí pidiendo ver a la hermana María, pues creía que era su esposa, que había sido raptada en su castillo en Cuéllar por un hombre al que él había llevado ante la Justicia y que fue desterrado de Castilla por su Rey.
- ¿Y es su esposa?
- No lo sé, y ahora, menos de un día después, llega este otro hombre con similar pretensión. ¿No os parece una coincidencia, cuando menos, extraña?
- Ciertamente, Madre. ¿Y qué pensáis hacer?
La Madre Renata le contó a la Priora lo que había acordado con el Capitán y...
- … así que le diréis a ese otro hombre lo mismo que yo le he dicho al caballero castellano, pero a la hora nona y a la de vísperas para que no se encuentren. Haciéndolo así, sabremos quien dice la verdad.
- Pero Madre ¿y si la hermana María no reconoce a ninguno de los dos como su esposo?
- Entonces ella seguirá bajo la protección de este monasterio y ordenaré su detención a los alguaciles para que los entreguen al Juez Ordinario, acusados de intento de dolo al monasterio.
Leopoldo López escuchó con disimulada contrariedad las instrucciones de la Priora, de la que se despidió hasta la hora indicada, con exagerados gestos y palabras de agradecimiento. Después regresó a la posada, donde esperaría hasta que llegara el momento de regresar al monasterio. Nada tenía que hacer en Carrizo hasta entonces y a su pierna le vendría bien el reposo y, además, tendría la tranquilidad necesaria para pensar en todo lo que tenía que hacer cuando tuviera a Marta en su poder.
lunes, 27 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLVIII (28.05.2013)
Ya había pasado la hora de vísperas, por lo que preguntar por Marta en la portería a una hora tan tardía, no era aconsejable ya que correría el riesgo de ponerla en alerta e, incluso, de darle la oportunidad de huir durante la noche. Ella estaba allí sintiéndose segura, así que no se precipitaría. Dormiría aquella noche en alguna posada no lejos del monasterio y por la mañana, sobre la hora tercia, sin madrugar, acudiría al cenobio sin prisas, como aquel que lleva mucho tiempo buscando en villas y aldeas, sin dar a entender que sabe que la persona que busca se encuentra allí, sino que pregunta por si acaso tienen alguna noticia.
Le contaría a quien le atendiera, la misma historia que había contado al alguacil de Malgrat: su pobre esposa trastornada de dolor por la pérdida de su hijo a las pocas semanas de nacer; cómo ambos peregrinaban a Compostela para pedirle al Apóstol que intercediera por su salud; su arrebato de locura lanzándose al galope con su caballo campo a través cerca de Santa Cristina de Polvararia y cómo le fue imposible seguirla al derribarle el caballo rompiéndose una pierna. Desde entonces, y de ello hacía tres semanas - le diría con gesto compungido – la estaba buscando por todas partes, preguntando aquí y allá, ya fueran villas, aldeas, iglesias o monasterios.
Su capa de peregrino daría credibilidad a su historia y, si fuera necesario, mentaría al jefe de los alguaciles de Malgrat y al físico que le había curado la pierna en su barrio judío, quienes podrían dar fe de lo que él decía; pero esta cita sería un recurso que esperaba no tener que utilizar, pues ¿quien iba a poner en duda la palabra de un honrado comerciante tortosino que desde tan lejos peregrinaba a Compostela? Lo que Marta dijera, si es que recordaba algo, no sería otra cosa que manifestaciones consecuencia de su insania y si no recordaba nada, las monjas no pondrían objeciones.
De acuerdo con su estrategia, buscó una posada para pernoctar, renunciando a hacerlo en la hospedería del monasterio por razones de prudencia.
Mientras Leopoldo López se hospedaba, Iñigo Aldai y Lucas, que habían venido por el camino que desde Puente de Órbigo llevaba hasta Carrizo por la margen derecha del río, desmontaban delante de la entrada al monasterio. Lucas se hizo cargo de los caballos y el Capitán, nervioso e impaciente, golpeaba el portón de entrada con la pesada aldaba, que no tardó en abrirse. No había nadie tras ella; no era necesario, pues el portón se abría mediante un ingenioso sistema de poleas accionadas desde la clausura. Cuando el visitante se iba, la hermana portera, con el mismo sistema, lo cerraba.
Un candil de aceite iluminaba el locutorio. El Capitán pudo ver la campanilla al lado de la celosía a través de la que se comunicaba con el interior y, a su derecha, el torno.
Tocó insistente la campanilla sin que nadie respondiera a su llamada. Su corazón palpitaba tan fuertemente que, en el silencio que seguía tras la extinción del campanilleo, le parecía que las paredes de piedra de aquel lugar le devolvían el eco de sus latidos.
Los minutos que pasaron hasta que oyó pasos en el interior, le parecieron eternos.
Tras la celosía se corrió una cortina y una voz surgió de la oscuridad.
- El Señor esté contigo – saludó- ¿qué te trae este lugar de oración y recogimiento a hora tan tardía?
- Se que es tarde hermana, pero el asunto que me trae bien lo justifica – contestó el Capitán – y que he de exponer a la Abadesa a la mayor brevedad.
- ¿Y quien es aquél que desea hablar con nuestra Abadesa?
- Soy Iñigo Aldai, caballero de Castilla, y capitán de su ejército- contestó.
- Aguardad, caballero Aldai, mientras informo de vuestra presencia.
Era consciente de su nerviosismo y de la excitación que afectaba a su ánimo. Mientras esperaba, impaciente iba de un lado a otro del locutorio, cuya bóveda de crujía amplificaba el sonido de sus pasos sobre las desgastadas losas del suelo, lo que le impidió oír los de alguien que se acercaba tras la celosía y que le habló de esta manera:
- Decid capitán Alda! ¿qué asunto vuestro requiere nuestra atención?
- ¿Sois vos la Abadesa de este convento?- preguntó
- Así es. Soy la Madre Renata, Abadesa de este monasterio y que ha accedido a oíros a esta hora tan impropia, pues el asunto que queréis exponer no ha de ser baladí cuando es un capitán del Rey de Castilla quien lo trae, así que hablad y os ruego seáis breve, pues pronto llamarán a completas.
- Seré todo lo breve que pueda Madre Abadesa. Ahora escuchad con atención, os lo ruego.
El Capitán, durante más de diez minutos, relató a la Madre Renata todo lo acaecido desde la llegada de los sicarios del ex Regidor a Cuéllar hasta la huida de éste desde Urueña y la posterior búsqueda por la Tierra de Campos y los caminos a Compostela.
- … todo lo cual me ha traído hasta este monasterio – concluyó.
- Lo que os ha ocurrido ha sido algo terrible y comprendo vuestro dolor y angustia y también el de vuestra joven esposa, aunque me cuesta imaginarme un sufrimiento tan intenso. Habéis concluido vuestro relato diciendo que lo ocurrido os ha traído aquí, así que decidme ¿qué relación tienes esos hechos con este monasterio?
- Creo Madre Abadesa, que la mujer herida que los monjes de Moreruela dejaron bajo vuestra protección hace unos días, es mi esposa.
- ¿Os referís a la hermana María?
- ¿La hermana María? No, no sé quien es la hermana María. Mi esposa se llama Marta.
- Pudiera ser, ya que a la mujer que trajeron los monjes de Moreruela, le pusimos de nombre María, pues no recordaba el suyo propio. No obstante, convendréis conmigo que antes de cualquier otra cosa, es necesario que os aseguréis si la hermana María es Marta, vuestra esposa.
- Convengo con vos en ello Madre Abadesa y cuanto antes mejor, pues si, como decís, comprendéis mi dolor, seréis comprensiva también con mi urgencia.
- En ese caso, será mañana cuando podáis verla y así aseguraros de…
- Pero…
- Ya sé que ardéis de impaciencia, pero la hermana María, y así la seguiremos llamando en tanto no verifiquemos quién es, está en su celda de la que no saldrá ante de la hora prima, pues por no ser ni novicia ni postulante, no está sometida a las horas canónicas – no quería decirle que dormía en la hospedería por temor a que el hombre que decía ser su esposo no pudiera dominar su deseo de comprobar cuanto antes si se trataba de ella – pero mañana – continuó – vos entraréis en la iglesia sobre la hora tercia. El templo consta de tres naves, una central con el altar mayor y dos laterales y a las que se accede desde la primera por sendos arcos a uno y otro por delante de la reja que separa la clausura. Una puerta a la izquierda de esta zona comunica con la hospedería y otras dependencias y otra, a la derecha, con el claustro. Vos os colocaréis bajo el arco que comunica la nave central con la lateral en cuyo ábside veréis un altar con la imagen de un Cristo crucificado. La penumbra os ocultará. Yo estaré en el claustro, a donde acudirá la hermana María, a la que habré mandado llamar y que cruzará tras la reja de clausura, cuya cortina estará abierta, desde la puerta izquierda hasta la de salida al claustro. Desde vuestra posición podréis ver su rostro y comprobar se es vuestra esposa o no. Ella no debe veros, por lo que os ruego, mejor dicho, os exijo que tanto si la reconocéis como si no, permanezcáis en silencio y que no tratéis de acercaros a ella. Cuando haya salido por la puerta que da al claustro, vos os abandonaréis la iglesia silenciosamente. ¿estáis de acuerdo?
- Se que me supondrá un esfuerzo ímprobo, pero haré como decís, aunque quisiera conocer las razones para este proceder.
- Razones que, no dudo comprenderéis y que no tienen otra finalidad que la de preservar de cualquier peligro a la hermana María.
- Os confieso que no entiendo lo queréis decir. ¿Qué peligros puede correr en la seguridad de este monasterio? – preguntó desconcertado.
- Señor Capitán, vos habéis llegado aquí y me decís que la hermana María es vuestra esposa. Suponed que yo os la entrego en la confianza de que lo que decís es cierto, pero que en realidad vos no fuerais su esposo y…
- Por los clavos de Cristo, Madre Abadesa. Soy caballero e hidalgo de Castilla, y capitán del ejército del Rey sirviendo a las órdenes de su Abanderado ¿cómo podéis poner en duda mis palabras? – protestó alterado.
- Aún creyendo vuestras palabras Capitán, comprended que mi responsabilidad para con la hermana María justifica cualquier medida para protegerla, pues no debéis olvidar que los monjes la encontraron tirada en el camino y gravemente herida, sin que sepamos cómo, ni quien, ni porqué. ¿Acaso no podrías ser vos la persona de la que, según me habéis contado, huyó y que habiéndoos enterado de su presencia aquí, fingís ser su esposo para que os la entregue?
Un largo silencio siguió a la pregunta.
- Os ruego que disculpéis mi actitud, Madre Abadesa, pues obráis con sabiduría y prudencia. ¿Y si mañana reconozco en ella a Marta, mi esposa, cómo sabréis con seguridad que la entregáis a su legítimo esposo? porque…
- Dejadme hacer a mí para asegurarme de ello - contestó sin dejarle terminar- así que, si ella es vuestra esposa, volveréis a la iglesia tres horas después, cuando nos reunamos para la oración de la sexta, y os arrodillaréis en el primer banco de la fila más cercana a la reja de la clausura. La hermana María estará entre nosotras y yo le indicaré que os mire. Si sois su esposo, os reconocerá y entonces ya no habrá …
- Pero Madre Abadesa, si ella no recuerda nada de su vida anterior al encuentro por los monjes ¿cómo podrá reconocer en mí a su esposo?
- Ha habido casos en la que la persona que ha perdido la memoria la recupera milagrosamente ante la visión de algo o alguien que formó parte de su vida pasada. Confiemos en Dios Nuestro Señor para que así ocurra también en este caso, porque si así no fuera, no podría entregárosla sin que vuestra identidad haya quedado acreditada por testigo o fiel de fechos.
En su fuero interno Iñigo Aldai reconocía la solidez de aquellos argumentos. Sin duda que Marta estaba bien segura bajo su protección, así que habiendo aceptado la propuesta de la Abadesa, salió del locutorio, fuera del cual le esperaba Lucas, también dominado por la impaciencia.
- ¿Es ella Capitán? ¿Es vuestra esposa la que recogieron los monjes?
El Capitán le miró con profundo afecto. La preocupación y la impaciencia de Lucas eran sinceras y sabía que, aunque no con la misma intensidad, compartía su dolor. Los molineros del Pirón habían criado a un buen hijo.
. No lo podré saber hasta mañana, Lucas, pues aunque para nosotros no lo sean aún, estas horas son tardías en la vida del monasterio – contestó. Pediremos alojamiento en la hospedería y mañana veremos.
La noche no fue tranquila para Iñigo Aldai ni para Leopoldo López, hospedado a unos cien estadales del monasterio. Tanto para uno como para el otro, las horas transcurrían con exasperante lentitud. Ellos no podían suponer que se encontraban tan próximos ni que sus pensamientos eran casi idénticos, aunque por razones distintas.
El ex Regidor no conseguía conciliar el sueño pensando en que, apenas en unas horas, Marta De La Fuente volvería a ser suya y sólo suya, y esta vez se aseguraría de que la posesión fuera total. Se habían acabado las consideraciones y los intentos de que, con el tiempo, cayera en sus manos como fruta madura. En la oscuridad de su alojamiento se recreaba en la resistencia que ella pondría, con el miedo en sus ojos y quizás, hasta le suplicaría que la respetara, pero no. El primer acto de su venganza fue el secuestro y el segundo sería hacerla suya. Después, más adelante, y en cualquier lugar de paso, contrataría a un mensajero para que llevara a Cuéllar dirigida a su Alcaide, una nota en la que le informaba de lo mucho que su esposa le había complacido en la cama y como ella empezaba a disfrutar también. Se imaginaba la furia de aquél advenedizo, su rabia y, sobre todo, el sufrimiento que padecería, mientras que él disfrutaría de ella y saborearía el dulzor de la venganza.
El Capitán y Lucas fueron alojados en jergones consecutivos. Eran aquellos jergones que esa misma mañana había mullido la hermana María. ¡Qué poco podían imaginar que apenas a veinticinco pasos, en una celda de reducidas dimensiones, echada sobre un jergón de paja, Marta, como cada noche, acosada por las preguntas de siempre, también tenía dificultades para conciliar el sueño.
CAPITULO XLVIII (28.05.2013)
Ya había pasado la hora de vísperas, por lo que preguntar por Marta en la portería a una hora tan tardía, no era aconsejable ya que correría el riesgo de ponerla en alerta e, incluso, de darle la oportunidad de huir durante la noche. Ella estaba allí sintiéndose segura, así que no se precipitaría. Dormiría aquella noche en alguna posada no lejos del monasterio y por la mañana, sobre la hora tercia, sin madrugar, acudiría al cenobio sin prisas, como aquel que lleva mucho tiempo buscando en villas y aldeas, sin dar a entender que sabe que la persona que busca se encuentra allí, sino que pregunta por si acaso tienen alguna noticia.
Le contaría a quien le atendiera, la misma historia que había contado al alguacil de Malgrat: su pobre esposa trastornada de dolor por la pérdida de su hijo a las pocas semanas de nacer; cómo ambos peregrinaban a Compostela para pedirle al Apóstol que intercediera por su salud; su arrebato de locura lanzándose al galope con su caballo campo a través cerca de Santa Cristina de Polvararia y cómo le fue imposible seguirla al derribarle el caballo rompiéndose una pierna. Desde entonces, y de ello hacía tres semanas - le diría con gesto compungido – la estaba buscando por todas partes, preguntando aquí y allá, ya fueran villas, aldeas, iglesias o monasterios.
Su capa de peregrino daría credibilidad a su historia y, si fuera necesario, mentaría al jefe de los alguaciles de Malgrat y al físico que le había curado la pierna en su barrio judío, quienes podrían dar fe de lo que él decía; pero esta cita sería un recurso que esperaba no tener que utilizar, pues ¿quien iba a poner en duda la palabra de un honrado comerciante tortosino que desde tan lejos peregrinaba a Compostela? Lo que Marta dijera, si es que recordaba algo, no sería otra cosa que manifestaciones consecuencia de su insania y si no recordaba nada, las monjas no pondrían objeciones.
De acuerdo con su estrategia, buscó una posada para pernoctar, renunciando a hacerlo en la hospedería del monasterio por razones de prudencia.
Mientras Leopoldo López se hospedaba, Iñigo Aldai y Lucas, que habían venido por el camino que desde Puente de Órbigo llevaba hasta Carrizo por la margen derecha del río, desmontaban delante de la entrada al monasterio. Lucas se hizo cargo de los caballos y el Capitán, nervioso e impaciente, golpeaba el portón de entrada con la pesada aldaba, que no tardó en abrirse. No había nadie tras ella; no era necesario, pues el portón se abría mediante un ingenioso sistema de poleas accionadas desde la clausura. Cuando el visitante se iba, la hermana portera, con el mismo sistema, lo cerraba.
Un candil de aceite iluminaba el locutorio. El Capitán pudo ver la campanilla al lado de la celosía a través de la que se comunicaba con el interior y, a su derecha, el torno.
Tocó insistente la campanilla sin que nadie respondiera a su llamada. Su corazón palpitaba tan fuertemente que, en el silencio que seguía tras la extinción del campanilleo, le parecía que las paredes de piedra de aquel lugar le devolvían el eco de sus latidos.
Los minutos que pasaron hasta que oyó pasos en el interior, le parecieron eternos.
Tras la celosía se corrió una cortina y una voz surgió de la oscuridad.
- El Señor esté contigo – saludó- ¿qué te trae este lugar de oración y recogimiento a hora tan tardía?
- Se que es tarde hermana, pero el asunto que me trae bien lo justifica – contestó el Capitán – y que he de exponer a la Abadesa a la mayor brevedad.
- ¿Y quien es aquél que desea hablar con nuestra Abadesa?
- Soy Iñigo Aldai, caballero de Castilla, y capitán de su ejército- contestó.
- Aguardad, caballero Aldai, mientras informo de vuestra presencia.
Era consciente de su nerviosismo y de la excitación que afectaba a su ánimo. Mientras esperaba, impaciente iba de un lado a otro del locutorio, cuya bóveda de crujía amplificaba el sonido de sus pasos sobre las desgastadas losas del suelo, lo que le impidió oír los de alguien que se acercaba tras la celosía y que le habló de esta manera:
- Decid capitán Alda! ¿qué asunto vuestro requiere nuestra atención?
- ¿Sois vos la Abadesa de este convento?- preguntó
- Así es. Soy la Madre Renata, Abadesa de este monasterio y que ha accedido a oíros a esta hora tan impropia, pues el asunto que queréis exponer no ha de ser baladí cuando es un capitán del Rey de Castilla quien lo trae, así que hablad y os ruego seáis breve, pues pronto llamarán a completas.
- Seré todo lo breve que pueda Madre Abadesa. Ahora escuchad con atención, os lo ruego.
El Capitán, durante más de diez minutos, relató a la Madre Renata todo lo acaecido desde la llegada de los sicarios del ex Regidor a Cuéllar hasta la huida de éste desde Urueña y la posterior búsqueda por la Tierra de Campos y los caminos a Compostela.
- … todo lo cual me ha traído hasta este monasterio – concluyó.
- Lo que os ha ocurrido ha sido algo terrible y comprendo vuestro dolor y angustia y también el de vuestra joven esposa, aunque me cuesta imaginarme un sufrimiento tan intenso. Habéis concluido vuestro relato diciendo que lo ocurrido os ha traído aquí, así que decidme ¿qué relación tienes esos hechos con este monasterio?
- Creo Madre Abadesa, que la mujer herida que los monjes de Moreruela dejaron bajo vuestra protección hace unos días, es mi esposa.
- ¿Os referís a la hermana María?
- ¿La hermana María? No, no sé quien es la hermana María. Mi esposa se llama Marta.
- Pudiera ser, ya que a la mujer que trajeron los monjes de Moreruela, le pusimos de nombre María, pues no recordaba el suyo propio. No obstante, convendréis conmigo que antes de cualquier otra cosa, es necesario que os aseguréis si la hermana María es Marta, vuestra esposa.
- Convengo con vos en ello Madre Abadesa y cuanto antes mejor, pues si, como decís, comprendéis mi dolor, seréis comprensiva también con mi urgencia.
- En ese caso, será mañana cuando podáis verla y así aseguraros de…
- Pero…
- Ya sé que ardéis de impaciencia, pero la hermana María, y así la seguiremos llamando en tanto no verifiquemos quién es, está en su celda de la que no saldrá ante de la hora prima, pues por no ser ni novicia ni postulante, no está sometida a las horas canónicas – no quería decirle que dormía en la hospedería por temor a que el hombre que decía ser su esposo no pudiera dominar su deseo de comprobar cuanto antes si se trataba de ella – pero mañana – continuó – vos entraréis en la iglesia sobre la hora tercia. El templo consta de tres naves, una central con el altar mayor y dos laterales y a las que se accede desde la primera por sendos arcos a uno y otro por delante de la reja que separa la clausura. Una puerta a la izquierda de esta zona comunica con la hospedería y otras dependencias y otra, a la derecha, con el claustro. Vos os colocaréis bajo el arco que comunica la nave central con la lateral en cuyo ábside veréis un altar con la imagen de un Cristo crucificado. La penumbra os ocultará. Yo estaré en el claustro, a donde acudirá la hermana María, a la que habré mandado llamar y que cruzará tras la reja de clausura, cuya cortina estará abierta, desde la puerta izquierda hasta la de salida al claustro. Desde vuestra posición podréis ver su rostro y comprobar se es vuestra esposa o no. Ella no debe veros, por lo que os ruego, mejor dicho, os exijo que tanto si la reconocéis como si no, permanezcáis en silencio y que no tratéis de acercaros a ella. Cuando haya salido por la puerta que da al claustro, vos os abandonaréis la iglesia silenciosamente. ¿estáis de acuerdo?
- Se que me supondrá un esfuerzo ímprobo, pero haré como decís, aunque quisiera conocer las razones para este proceder.
- Razones que, no dudo comprenderéis y que no tienen otra finalidad que la de preservar de cualquier peligro a la hermana María.
- Os confieso que no entiendo lo queréis decir. ¿Qué peligros puede correr en la seguridad de este monasterio? – preguntó desconcertado.
- Señor Capitán, vos habéis llegado aquí y me decís que la hermana María es vuestra esposa. Suponed que yo os la entrego en la confianza de que lo que decís es cierto, pero que en realidad vos no fuerais su esposo y…
- Por los clavos de Cristo, Madre Abadesa. Soy caballero e hidalgo de Castilla, y capitán del ejército del Rey sirviendo a las órdenes de su Abanderado ¿cómo podéis poner en duda mis palabras? – protestó alterado.
- Aún creyendo vuestras palabras Capitán, comprended que mi responsabilidad para con la hermana María justifica cualquier medida para protegerla, pues no debéis olvidar que los monjes la encontraron tirada en el camino y gravemente herida, sin que sepamos cómo, ni quien, ni porqué. ¿Acaso no podrías ser vos la persona de la que, según me habéis contado, huyó y que habiéndoos enterado de su presencia aquí, fingís ser su esposo para que os la entregue?
Un largo silencio siguió a la pregunta.
- Os ruego que disculpéis mi actitud, Madre Abadesa, pues obráis con sabiduría y prudencia. ¿Y si mañana reconozco en ella a Marta, mi esposa, cómo sabréis con seguridad que la entregáis a su legítimo esposo? porque…
- Dejadme hacer a mí para asegurarme de ello - contestó sin dejarle terminar- así que, si ella es vuestra esposa, volveréis a la iglesia tres horas después, cuando nos reunamos para la oración de la sexta, y os arrodillaréis en el primer banco de la fila más cercana a la reja de la clausura. La hermana María estará entre nosotras y yo le indicaré que os mire. Si sois su esposo, os reconocerá y entonces ya no habrá …
- Pero Madre Abadesa, si ella no recuerda nada de su vida anterior al encuentro por los monjes ¿cómo podrá reconocer en mí a su esposo?
- Ha habido casos en la que la persona que ha perdido la memoria la recupera milagrosamente ante la visión de algo o alguien que formó parte de su vida pasada. Confiemos en Dios Nuestro Señor para que así ocurra también en este caso, porque si así no fuera, no podría entregárosla sin que vuestra identidad haya quedado acreditada por testigo o fiel de fechos.
En su fuero interno Iñigo Aldai reconocía la solidez de aquellos argumentos. Sin duda que Marta estaba bien segura bajo su protección, así que habiendo aceptado la propuesta de la Abadesa, salió del locutorio, fuera del cual le esperaba Lucas, también dominado por la impaciencia.
- ¿Es ella Capitán? ¿Es vuestra esposa la que recogieron los monjes?
El Capitán le miró con profundo afecto. La preocupación y la impaciencia de Lucas eran sinceras y sabía que, aunque no con la misma intensidad, compartía su dolor. Los molineros del Pirón habían criado a un buen hijo.
. No lo podré saber hasta mañana, Lucas, pues aunque para nosotros no lo sean aún, estas horas son tardías en la vida del monasterio – contestó. Pediremos alojamiento en la hospedería y mañana veremos.
La noche no fue tranquila para Iñigo Aldai ni para Leopoldo López, hospedado a unos cien estadales del monasterio. Tanto para uno como para el otro, las horas transcurrían con exasperante lentitud. Ellos no podían suponer que se encontraban tan próximos ni que sus pensamientos eran casi idénticos, aunque por razones distintas.
El ex Regidor no conseguía conciliar el sueño pensando en que, apenas en unas horas, Marta De La Fuente volvería a ser suya y sólo suya, y esta vez se aseguraría de que la posesión fuera total. Se habían acabado las consideraciones y los intentos de que, con el tiempo, cayera en sus manos como fruta madura. En la oscuridad de su alojamiento se recreaba en la resistencia que ella pondría, con el miedo en sus ojos y quizás, hasta le suplicaría que la respetara, pero no. El primer acto de su venganza fue el secuestro y el segundo sería hacerla suya. Después, más adelante, y en cualquier lugar de paso, contrataría a un mensajero para que llevara a Cuéllar dirigida a su Alcaide, una nota en la que le informaba de lo mucho que su esposa le había complacido en la cama y como ella empezaba a disfrutar también. Se imaginaba la furia de aquél advenedizo, su rabia y, sobre todo, el sufrimiento que padecería, mientras que él disfrutaría de ella y saborearía el dulzor de la venganza.
El Capitán y Lucas fueron alojados en jergones consecutivos. Eran aquellos jergones que esa misma mañana había mullido la hermana María. ¡Qué poco podían imaginar que apenas a veinticinco pasos, en una celda de reducidas dimensiones, echada sobre un jergón de paja, Marta, como cada noche, acosada por las preguntas de siempre, también tenía dificultades para conciliar el sueño.
domingo, 26 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLVII (27.05.2013)
La actividad cotidiana la villa de Cuéllar y en su ciudadela, se desarrollaba con la rutina y normalidad de siempre. Pablo Isasi, Alcaide accidental del castillo y Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra, con prudencia y ecuanimidad había ido ganándose el respeto de las gentes de la Comunidad y el afecto de quienes, por razón de sus responsabilidades, trataban frecuentemente con él.
Poco a poco fue logrando que acudir a él para resolver cuitas y problemas relacionados con asuntos de su competencia, como era lo relativo a uso de pastizales, impuestos o licencias, fuera algo natural, sin el temor que había inspirado su antecesor en la Regiduría. Los Procuradores representantes de los sexmos de la Comunidad, prestaban la máxima colaboración desde que pudieron comprobar, en la segunda reunión del Concejo, que las decisiones no se imponían como en el pasado, sino que cada uno argumentaba a favor o en contra de la propuesta que se tratara en cada caso tomándose la decisión por mayoría. Incluso en los casos de igualdad de voto entre los Procuradores, el Regidor procuraba aportar nuevas razones o presentar las ya dadas desde una perspectiva diferente, evitando que su voto fuera determinante. El Regidor representaba al Rey y sus decisiones eran vinculantes, pero Pablo Isasi prefería que fuera la Comunidad, a través de sus representantes, la que decidiera sobre todo aquello que podía condicionar su progreso y bienestar. Esta forma de entender los asuntos generales, expuesta por el Regidor en su primar acto corporativo, sorprendió a los Procuradores que llegaron incluso a pensar – así lo comentaron entre ellos – que se trataba de un mero gesto que actuaciones posteriores borrarían; pero tuvieron ocasión de reconocer que tal impresión había sido errónea, pues efectivamente y por primera vez desde hacía muchos años, encontraron utilidad a su condición de miembros del Concejo.
Cuando les fue comunicado el nombramiento de Pablo Isasi ejercería también como Alcaide del castillo en tanto no regresara el capitán Iñigo Aldai y siempre que esta se produjera en menos de año y medio, desde la tristeza que les embargaba por las razones de la ausencia de quien había llevado ante la justicia del Rey, por sus actuaciones delictivas, al anterior Regidor, se alegraron de que quien a partir de ese momento era la máxima autoridad de la ciudadela fuera un hombre en el que confiaban.
Pablo Isasi dedicaba más tiempo a sus responsabilidades como Regidor que a las propias de Alcaide, ya que la gestión administrativa de la ciudadela la ejercía con acierto el Padre Gumersindo, plenamente recuperado de la grave herida que le había causado Gerondio, el sicario del vengativo ex Regidor, cuando raptaron a la esposa del Alcaide. Además, la incorporación de facto a la actividad del castillo de Carmen Gómez, la que había sido dama y amiga íntima de Marta De La Fuente, había aportado un plus de eficacia a la intendencia de la ciudadela.
No obstante la normalidad de la vida diaria de la ciudadela, no había un sólo día sin que, ya fuera en la cocina, en el cuartel de la tropa o en las dependencias de la servidumbre, alguien tuviera de viva voz, un recuerdo para la Señora, raptada por el más abyecto de los mortales y para el Capitán, su esposo, al que imaginaban cabalgando en su búsqueda sin desmayo por tierras leonesas. Este recuerdo sumía a muchos en la tristeza, pues numerosos eran los que les profesaban afecto. Serafina, la oronda cocinera cuyo corazón maternal había sido tocado por Lucas, no podía evitar el sollozo cada vez que en su reino de pucheros y cacerolas, alguien preguntaba si se sabía algo, sí había alguna noticia o simplemente comentaba alguna de las anécdotas ocurridas entre aquellos fogones y en la que Lucas era el principal actor.
No lejos de la ciudadela, en la calle de los herreros, Elpidio, como cada día, ejercía su oficio de herrero con maestría y también, como siempre, Ana, su hija, a media mañana le llevaba algo para comer. Elpidio sufría viendo la tristeza en los ojos de Ana. Durante los primeros días, mientras que sentados sobre los sacos de carbón desayunaban, reían recordando alguna de las historias que Lucas contaba cuando cada día se acercaba a la herrería y se sentaba con ellos; pero a medida que iban pasando los días, las esperanzas que Pergentino Menéndez le había dado a Ana sobre el pronto regreso de Lucas, se iban desvaneciendo.
Había pasado ya más de mes y medio y no había ninguna noticia esperanzadora sobre el ansiado regreso y la tristeza y la melancolía asentadas en su corazón empezaron, a mostrase en sus ojos. Cada noche, tumbada en el jergón, sus pensamientos eran para él hasta que el sueño la vencía y cada mañana, al levantarse, trataba de levantar su ánimo pensando que ese iba a ser el día en el que Pergentino, tal como le había prometido, enviaría a alguien a comunicarle que Lucas, el Capitán y su esposa estaban de regreso, pero … ese día terminaba siendo como el anterior y lo mismo el siguiente, y el siguiente…
Su padre asistía impotente a su sufrimiento. Nada podía hacer y lo poco que podía decir para aliviar aquella tristeza, eran las palabras surgidas de su profundo amor de padre y que escaso efecto producían en el corazón de su amada hija.
CAPITULO XLVII (27.05.2013)
La actividad cotidiana la villa de Cuéllar y en su ciudadela, se desarrollaba con la rutina y normalidad de siempre. Pablo Isasi, Alcaide accidental del castillo y Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra, con prudencia y ecuanimidad había ido ganándose el respeto de las gentes de la Comunidad y el afecto de quienes, por razón de sus responsabilidades, trataban frecuentemente con él.
Poco a poco fue logrando que acudir a él para resolver cuitas y problemas relacionados con asuntos de su competencia, como era lo relativo a uso de pastizales, impuestos o licencias, fuera algo natural, sin el temor que había inspirado su antecesor en la Regiduría. Los Procuradores representantes de los sexmos de la Comunidad, prestaban la máxima colaboración desde que pudieron comprobar, en la segunda reunión del Concejo, que las decisiones no se imponían como en el pasado, sino que cada uno argumentaba a favor o en contra de la propuesta que se tratara en cada caso tomándose la decisión por mayoría. Incluso en los casos de igualdad de voto entre los Procuradores, el Regidor procuraba aportar nuevas razones o presentar las ya dadas desde una perspectiva diferente, evitando que su voto fuera determinante. El Regidor representaba al Rey y sus decisiones eran vinculantes, pero Pablo Isasi prefería que fuera la Comunidad, a través de sus representantes, la que decidiera sobre todo aquello que podía condicionar su progreso y bienestar. Esta forma de entender los asuntos generales, expuesta por el Regidor en su primar acto corporativo, sorprendió a los Procuradores que llegaron incluso a pensar – así lo comentaron entre ellos – que se trataba de un mero gesto que actuaciones posteriores borrarían; pero tuvieron ocasión de reconocer que tal impresión había sido errónea, pues efectivamente y por primera vez desde hacía muchos años, encontraron utilidad a su condición de miembros del Concejo.
Cuando les fue comunicado el nombramiento de Pablo Isasi ejercería también como Alcaide del castillo en tanto no regresara el capitán Iñigo Aldai y siempre que esta se produjera en menos de año y medio, desde la tristeza que les embargaba por las razones de la ausencia de quien había llevado ante la justicia del Rey, por sus actuaciones delictivas, al anterior Regidor, se alegraron de que quien a partir de ese momento era la máxima autoridad de la ciudadela fuera un hombre en el que confiaban.
Pablo Isasi dedicaba más tiempo a sus responsabilidades como Regidor que a las propias de Alcaide, ya que la gestión administrativa de la ciudadela la ejercía con acierto el Padre Gumersindo, plenamente recuperado de la grave herida que le había causado Gerondio, el sicario del vengativo ex Regidor, cuando raptaron a la esposa del Alcaide. Además, la incorporación de facto a la actividad del castillo de Carmen Gómez, la que había sido dama y amiga íntima de Marta De La Fuente, había aportado un plus de eficacia a la intendencia de la ciudadela.
No obstante la normalidad de la vida diaria de la ciudadela, no había un sólo día sin que, ya fuera en la cocina, en el cuartel de la tropa o en las dependencias de la servidumbre, alguien tuviera de viva voz, un recuerdo para la Señora, raptada por el más abyecto de los mortales y para el Capitán, su esposo, al que imaginaban cabalgando en su búsqueda sin desmayo por tierras leonesas. Este recuerdo sumía a muchos en la tristeza, pues numerosos eran los que les profesaban afecto. Serafina, la oronda cocinera cuyo corazón maternal había sido tocado por Lucas, no podía evitar el sollozo cada vez que en su reino de pucheros y cacerolas, alguien preguntaba si se sabía algo, sí había alguna noticia o simplemente comentaba alguna de las anécdotas ocurridas entre aquellos fogones y en la que Lucas era el principal actor.
No lejos de la ciudadela, en la calle de los herreros, Elpidio, como cada día, ejercía su oficio de herrero con maestría y también, como siempre, Ana, su hija, a media mañana le llevaba algo para comer. Elpidio sufría viendo la tristeza en los ojos de Ana. Durante los primeros días, mientras que sentados sobre los sacos de carbón desayunaban, reían recordando alguna de las historias que Lucas contaba cuando cada día se acercaba a la herrería y se sentaba con ellos; pero a medida que iban pasando los días, las esperanzas que Pergentino Menéndez le había dado a Ana sobre el pronto regreso de Lucas, se iban desvaneciendo.
Había pasado ya más de mes y medio y no había ninguna noticia esperanzadora sobre el ansiado regreso y la tristeza y la melancolía asentadas en su corazón empezaron, a mostrase en sus ojos. Cada noche, tumbada en el jergón, sus pensamientos eran para él hasta que el sueño la vencía y cada mañana, al levantarse, trataba de levantar su ánimo pensando que ese iba a ser el día en el que Pergentino, tal como le había prometido, enviaría a alguien a comunicarle que Lucas, el Capitán y su esposa estaban de regreso, pero … ese día terminaba siendo como el anterior y lo mismo el siguiente, y el siguiente…
Su padre asistía impotente a su sufrimiento. Nada podía hacer y lo poco que podía decir para aliviar aquella tristeza, eran las palabras surgidas de su profundo amor de padre y que escaso efecto producían en el corazón de su amada hija.
sábado, 25 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLVI (26.05.2013)
Puso el caballo al paso para que se recuperara del esfuerzo hecho, pues desde que saliera de la hospedería de Santa María de Nogales aquella mañana, había galopado sin descanso urgido por el incontenible deseo de llegar cuanto antes a Carrizo. El golpeteo continuo de su pierna, aun débil, contra el correaje que sujetaba la silla, había hecho reaparecer, aunque no fuertemente, el dolor que ya tenía olvidado, por lo que ir al paso un trecho también le permitiría descansar a él.
Había pasado casi toda la noche en vela pensando que en muy pocas horas tendría a aquella mujer nuevamente en sus manos. Sentía la excitación del arquero a punto de disparar su flecha contra un ciervo desprevenido. Había tensado el arco y apuntado mientras la presa vivía ajena a todo allá en Carrizo. Se acercaba el momento del disparo.
Cuando a media mañana llegó a Jiménez, decidió dar un rodeo por el oeste para evitar entrar en La Bañeza. Cuantos menos testigos hubiera de sus andanzas, más difícil sería seguirle a donde fuera. No tardó en alcanzar la aldea de Xaxa Oxa donde vadeó el Duerna llegando hasta Santa Colomba. Recordaba bien el camino que llevaba hasta Palacios de la Val d’Ornia, pero como cuando estuvo alojado en La Bañeza no había tenido necesidad de recorrer las aldeas levantadas a orillas del Órbigo, el terreno que ahora pisaba le era desconocido. Por esa razón no pudo cabalgar tan rápido como lo había hecho a primeras horas de la mañana. Llegó a una población llamada San Cristóbal de la Puebla Entera donde, discretamente, se informó sobre el camino que debía seguir para ir a Carrizo. A media tarde, tras dejar detrás de sí el hospital para peregrinos levantado a orillas del Órbigo, frente a Puente, recorría al paso la larga calle principal de la localidad de Benavides. Recordó entonces que allí había enviado a su criado Gerondio para interesarse por los rebaños de merinas mientras él escapaba con Marta para Urueña. El camino recto y llano se ceñía al curso del río, cuyas riberas estaba pobladas por inacabables masas de chopos.
A medida que avanzaba por aquella llanura, acercándose por tanto a su destino, la sensación de urgencia que lo había dominado desde la noche anterior cuando supo donde se encontraba Marta, iba disminuyendo. Ya no tenía tanta prisa. Sabía dónde estaba ella y que de allí no iba a huir. Si como le había contado el hospedero de Santa María de Nogales, Marta no recordaba nada, ni siquiera su propio nombre, podría plantarse ante ella sin que le reconociese, pero aún si no fuera como aquel aspirante a monje le había dicho, era poco a nada probable que ella pudiera imaginar tantos días después de su huida en las cercanías de Santa Cristina de Polvararia, que él estuviera tan cerca.
Leopoldo López se regodeaba con estos pensamientos hasta tal punto que una sonrisa de satisfacción mudó la rigidez habitual de su rostro.
- ¡ Ay, infeliz, que no sabes lo que te espera! Fui considerado contigo e incluso te respeté no ejerciendo mi derecho sobre ti. Quise ser amable y no te violenté cuando podía haberlo hecho, y a mi generosidad diste el desprecio y la huida fue tu pago. Ahora prepárate, pues bien vas a saber quien es tu dueño. Solo siento que, si es como dicen, nada recuerdes de tu vida pasada, pues vive Dios que ello impedirá que tu sufrimiento sea el que yo quisiera que padecieras por ti misma y por aquél que, sin derecho y usurpando el mío con engaños y traiciones, te llevó al tálamo.
Ha llegado la hora de mi venganza y nada ni nadie lo va a impedir.
Esta reafirmación de sus intenciones pareció insuflarle una gran fuerza interior y la seguridad de la que hacía muchos días carecía. Ahora se sentía como siempre había sido: preciso y certero en sus análisis, seguro del éxito de sus planes y decidido a llevarlos a cabo frente a cualquiera que tratara de interponérsele.
Pudo ver a lo lejos las primeras construcciones de Carrizo y destacando entre todas, a su izquierda, la que supuso que era el monasterio al que se dirigía, pues sus paredes no tenían el color terroso de la obra con barro, como las de las demás, sino grisáceo, propio de la sillería caliza y que, estando ya más cerca, pudo apreciar que era labrada.
Se detuvo a unas cuatrocientas varas del monasterio imaginándose a su desprevenida presa allí dentro. Nuevamente una sonrisa se dibujó en su cara.
El capitán Aldai y Lucas deshacían el camino recorrido exigiendo a sus caballos el mayor esfuerzo. El afortunado encuentro con Gervasio había acortado de forma considerable la búsqueda ya que había eliminado la incertidumbre del paradero de Marta así como su estado. Ahora sabían dónde estaba y también cómo se encontraba. El hecho de que ya no estuviera en manos del abyecto, ruin y canalla ex Regidor de Cuéllar, había extraído del corazón del Capitán uno de los puñales que lo estaban desangrando.
Aquel muchacho les había dicho que estaba herida cuando la encontraron en el camino, seguramente producida durante la huida, porque de ser obra de su captor, no iba a ser la Justicia del Rey la que dictara sentencia, sino que él mismo lo haría tan pronto lograra atraparlo, y esta sentencia no podía ser otra que la de separarle la cabeza del tronco, aunque el tomarse la justicia por su mano le ocasionara remordimientos de conciencia durante toda su vida, pues sabía que aunque sintiera dolor de contrición, por la firme voluntad que tenía de hacer lo que pensaba, aún sabiendo que su proceder no sería grato a los ojos de Dios, no podría ser absuelto.
Si la pérdida de su memoria se debía a la herida sufrida, necesitaría de los conocimientos de la ciencia médica y de los máximos cuidados para recuperarla, pero sobro todo, por encima de medicinas y tratamientos, iba a necesitar algo que él podía darle sin límite alguno, su amor. Y si a pesar de todo, su vida pasada quedaba en el olvido sin llegar a recordarle, estaba absolutamente convencido de que el amor que sentía por ella avivaría alguna chispa que aún quedara encendida en su corazón, para que en éste ardiera, otra vez el fuego de los sentimientos hacia él que aquel día de Epifanía del año anterior habían confirmado ante Dios y los hombres en la iglesia de San Martín, en Cuéllar.
Tenía motivos para que el dolor de su corazón se aliviara y algunas leguas por delante para que ese alivio fuera mayor, ya que no lo sería pleno mientras su amada no estuviera con él y totalmente recuperada. Ahora reunirse con ella y llevarla a su casa, a su hogar en Cuéllar, era lo más importante. Ya tendría tiempo de ocuparse de la localización y captura del ex Regidor.
Lucas tuvo que gritarle para que aflojara el galope pues su jamelgo, aún al límite de sus fuerzas, se iba quedando rezagado.
Contrariado, el Capitán redujo la marcha lo suficiente para que Lucas se pusiera a su lado.
- Lo siento mi Señor, pero mi caballo no es lo suficientemente veloz para seguiros y ni siquiera creo que pusiera mantener este ritmo una legua más.
- No te falta razón Lucas. Ni tu caballo ni el mío podrían soportar durante mucho tiempo el galope que traíamos. Saber por fin, después de todas estas semanas de zozobra, donde se halla mi esposa, me ha hecho descuidar la prudencia. Cabalgaremos lo más rápidamente que podamos atendiendo a las posibilidades de tu jamelgo, ya que lo peor que podría ocurrirnos, estando tan cerca de culminar nuestra búsqueda, sería que reventáramos a estas nobles y poco exigentes criaturas.
A partir de aquel momento llevaron los caballos a un trote ligero que en poco más de dos horas, les llevaron a la altura de San Esteban de Nogales, cerca de donde se levantaba el monasterio de Santa María. En San Esteban, el Ería tomaba dirección oeste mientras que el camino que tenían que seguir lo hacía hacia el norte. El terreno llano hasta entonces, empezó a ser ondulado, con colinas que, si bien no eran de notable altura, obligaban a las monturas a un esfuerzo mayor hasta que llegaron La Portilla, donde empezaba la bajada al valle del Jamuz. No prestaron la atención que la belleza del valle se merecía, como lo había hecho Gervasio en su viaje a Carrizo, pues cada uno de ellos iba con su pensamiento puesto en aquello que más aceleraba el ritmo de sus corazónes. Los pensamientos de Lucas habían volado hasta Cuéllar, hasta la herrería donde, como cada mañana Ana, su princesa, llevaría el desayuno a su padre. Después de tantas semanas ausente – se preguntaba- ¿seguiría ella acordándose de él o pensando que podrían pasar meses o incluso años hasta que regresara, intentaría olvidarle? Se hacía esta pregunta para torturarse, pues sabía que los sentimientos hacia él que sus ojos le habían transmitido, no sucumbirían ni mudarían con el paso de tiempo, ya fueran semanas, meses o años.
Los pensamientos de Iñigo Aldai eran de otra índole. ¿Me reconocerá cuando me vea? ¿Su olvido del pasado alcanzará también a sus sentimientos? ¿Y si no me reconoce como su esposo, accederá a regresar conmigo a Cuéllar? ¿Qué hacer si dice no conocerme y se niega a acompañarme? ¿Autorizaría el monasterio, bajo cuya protección estaba, que aún así pudiera llevármela? Sin darse cuenta se fijó en el anillo que llevaba en el dedo anular de su mano izquierda, con la que asía la brida del caballo. Recordó la leyenda que había mandado grabar en su interior cuando puso otro idéntico y con el mismo aforismo en el dedo de ella: amor vincit omnia. Ese amor era lo suficientemente fuerte para vencer cualquier obstáculo que pretendiera mantenerle separado de su amada esposa.
Cuando en el monasterio de Sancti Salvatoris, de La Bañeza, llamaban a la oración de la hora nona, cruzaban el puente que salvando el Tuerto conducía a Requeixo de Alarico. El camino, siguiendo el Orbigo, ya les era conocido pues lo había recorrido días antes en dirección contraria.
Tres horas más tarde, entraban en Carrizo.
CAPITULO XLVI (26.05.2013)
Puso el caballo al paso para que se recuperara del esfuerzo hecho, pues desde que saliera de la hospedería de Santa María de Nogales aquella mañana, había galopado sin descanso urgido por el incontenible deseo de llegar cuanto antes a Carrizo. El golpeteo continuo de su pierna, aun débil, contra el correaje que sujetaba la silla, había hecho reaparecer, aunque no fuertemente, el dolor que ya tenía olvidado, por lo que ir al paso un trecho también le permitiría descansar a él.
Había pasado casi toda la noche en vela pensando que en muy pocas horas tendría a aquella mujer nuevamente en sus manos. Sentía la excitación del arquero a punto de disparar su flecha contra un ciervo desprevenido. Había tensado el arco y apuntado mientras la presa vivía ajena a todo allá en Carrizo. Se acercaba el momento del disparo.
Cuando a media mañana llegó a Jiménez, decidió dar un rodeo por el oeste para evitar entrar en La Bañeza. Cuantos menos testigos hubiera de sus andanzas, más difícil sería seguirle a donde fuera. No tardó en alcanzar la aldea de Xaxa Oxa donde vadeó el Duerna llegando hasta Santa Colomba. Recordaba bien el camino que llevaba hasta Palacios de la Val d’Ornia, pero como cuando estuvo alojado en La Bañeza no había tenido necesidad de recorrer las aldeas levantadas a orillas del Órbigo, el terreno que ahora pisaba le era desconocido. Por esa razón no pudo cabalgar tan rápido como lo había hecho a primeras horas de la mañana. Llegó a una población llamada San Cristóbal de la Puebla Entera donde, discretamente, se informó sobre el camino que debía seguir para ir a Carrizo. A media tarde, tras dejar detrás de sí el hospital para peregrinos levantado a orillas del Órbigo, frente a Puente, recorría al paso la larga calle principal de la localidad de Benavides. Recordó entonces que allí había enviado a su criado Gerondio para interesarse por los rebaños de merinas mientras él escapaba con Marta para Urueña. El camino recto y llano se ceñía al curso del río, cuyas riberas estaba pobladas por inacabables masas de chopos.
A medida que avanzaba por aquella llanura, acercándose por tanto a su destino, la sensación de urgencia que lo había dominado desde la noche anterior cuando supo donde se encontraba Marta, iba disminuyendo. Ya no tenía tanta prisa. Sabía dónde estaba ella y que de allí no iba a huir. Si como le había contado el hospedero de Santa María de Nogales, Marta no recordaba nada, ni siquiera su propio nombre, podría plantarse ante ella sin que le reconociese, pero aún si no fuera como aquel aspirante a monje le había dicho, era poco a nada probable que ella pudiera imaginar tantos días después de su huida en las cercanías de Santa Cristina de Polvararia, que él estuviera tan cerca.
Leopoldo López se regodeaba con estos pensamientos hasta tal punto que una sonrisa de satisfacción mudó la rigidez habitual de su rostro.
- ¡ Ay, infeliz, que no sabes lo que te espera! Fui considerado contigo e incluso te respeté no ejerciendo mi derecho sobre ti. Quise ser amable y no te violenté cuando podía haberlo hecho, y a mi generosidad diste el desprecio y la huida fue tu pago. Ahora prepárate, pues bien vas a saber quien es tu dueño. Solo siento que, si es como dicen, nada recuerdes de tu vida pasada, pues vive Dios que ello impedirá que tu sufrimiento sea el que yo quisiera que padecieras por ti misma y por aquél que, sin derecho y usurpando el mío con engaños y traiciones, te llevó al tálamo.
Ha llegado la hora de mi venganza y nada ni nadie lo va a impedir.
Esta reafirmación de sus intenciones pareció insuflarle una gran fuerza interior y la seguridad de la que hacía muchos días carecía. Ahora se sentía como siempre había sido: preciso y certero en sus análisis, seguro del éxito de sus planes y decidido a llevarlos a cabo frente a cualquiera que tratara de interponérsele.
Pudo ver a lo lejos las primeras construcciones de Carrizo y destacando entre todas, a su izquierda, la que supuso que era el monasterio al que se dirigía, pues sus paredes no tenían el color terroso de la obra con barro, como las de las demás, sino grisáceo, propio de la sillería caliza y que, estando ya más cerca, pudo apreciar que era labrada.
Se detuvo a unas cuatrocientas varas del monasterio imaginándose a su desprevenida presa allí dentro. Nuevamente una sonrisa se dibujó en su cara.
El capitán Aldai y Lucas deshacían el camino recorrido exigiendo a sus caballos el mayor esfuerzo. El afortunado encuentro con Gervasio había acortado de forma considerable la búsqueda ya que había eliminado la incertidumbre del paradero de Marta así como su estado. Ahora sabían dónde estaba y también cómo se encontraba. El hecho de que ya no estuviera en manos del abyecto, ruin y canalla ex Regidor de Cuéllar, había extraído del corazón del Capitán uno de los puñales que lo estaban desangrando.
Aquel muchacho les había dicho que estaba herida cuando la encontraron en el camino, seguramente producida durante la huida, porque de ser obra de su captor, no iba a ser la Justicia del Rey la que dictara sentencia, sino que él mismo lo haría tan pronto lograra atraparlo, y esta sentencia no podía ser otra que la de separarle la cabeza del tronco, aunque el tomarse la justicia por su mano le ocasionara remordimientos de conciencia durante toda su vida, pues sabía que aunque sintiera dolor de contrición, por la firme voluntad que tenía de hacer lo que pensaba, aún sabiendo que su proceder no sería grato a los ojos de Dios, no podría ser absuelto.
Si la pérdida de su memoria se debía a la herida sufrida, necesitaría de los conocimientos de la ciencia médica y de los máximos cuidados para recuperarla, pero sobro todo, por encima de medicinas y tratamientos, iba a necesitar algo que él podía darle sin límite alguno, su amor. Y si a pesar de todo, su vida pasada quedaba en el olvido sin llegar a recordarle, estaba absolutamente convencido de que el amor que sentía por ella avivaría alguna chispa que aún quedara encendida en su corazón, para que en éste ardiera, otra vez el fuego de los sentimientos hacia él que aquel día de Epifanía del año anterior habían confirmado ante Dios y los hombres en la iglesia de San Martín, en Cuéllar.
Tenía motivos para que el dolor de su corazón se aliviara y algunas leguas por delante para que ese alivio fuera mayor, ya que no lo sería pleno mientras su amada no estuviera con él y totalmente recuperada. Ahora reunirse con ella y llevarla a su casa, a su hogar en Cuéllar, era lo más importante. Ya tendría tiempo de ocuparse de la localización y captura del ex Regidor.
Lucas tuvo que gritarle para que aflojara el galope pues su jamelgo, aún al límite de sus fuerzas, se iba quedando rezagado.
Contrariado, el Capitán redujo la marcha lo suficiente para que Lucas se pusiera a su lado.
- Lo siento mi Señor, pero mi caballo no es lo suficientemente veloz para seguiros y ni siquiera creo que pusiera mantener este ritmo una legua más.
- No te falta razón Lucas. Ni tu caballo ni el mío podrían soportar durante mucho tiempo el galope que traíamos. Saber por fin, después de todas estas semanas de zozobra, donde se halla mi esposa, me ha hecho descuidar la prudencia. Cabalgaremos lo más rápidamente que podamos atendiendo a las posibilidades de tu jamelgo, ya que lo peor que podría ocurrirnos, estando tan cerca de culminar nuestra búsqueda, sería que reventáramos a estas nobles y poco exigentes criaturas.
A partir de aquel momento llevaron los caballos a un trote ligero que en poco más de dos horas, les llevaron a la altura de San Esteban de Nogales, cerca de donde se levantaba el monasterio de Santa María. En San Esteban, el Ería tomaba dirección oeste mientras que el camino que tenían que seguir lo hacía hacia el norte. El terreno llano hasta entonces, empezó a ser ondulado, con colinas que, si bien no eran de notable altura, obligaban a las monturas a un esfuerzo mayor hasta que llegaron La Portilla, donde empezaba la bajada al valle del Jamuz. No prestaron la atención que la belleza del valle se merecía, como lo había hecho Gervasio en su viaje a Carrizo, pues cada uno de ellos iba con su pensamiento puesto en aquello que más aceleraba el ritmo de sus corazónes. Los pensamientos de Lucas habían volado hasta Cuéllar, hasta la herrería donde, como cada mañana Ana, su princesa, llevaría el desayuno a su padre. Después de tantas semanas ausente – se preguntaba- ¿seguiría ella acordándose de él o pensando que podrían pasar meses o incluso años hasta que regresara, intentaría olvidarle? Se hacía esta pregunta para torturarse, pues sabía que los sentimientos hacia él que sus ojos le habían transmitido, no sucumbirían ni mudarían con el paso de tiempo, ya fueran semanas, meses o años.
Los pensamientos de Iñigo Aldai eran de otra índole. ¿Me reconocerá cuando me vea? ¿Su olvido del pasado alcanzará también a sus sentimientos? ¿Y si no me reconoce como su esposo, accederá a regresar conmigo a Cuéllar? ¿Qué hacer si dice no conocerme y se niega a acompañarme? ¿Autorizaría el monasterio, bajo cuya protección estaba, que aún así pudiera llevármela? Sin darse cuenta se fijó en el anillo que llevaba en el dedo anular de su mano izquierda, con la que asía la brida del caballo. Recordó la leyenda que había mandado grabar en su interior cuando puso otro idéntico y con el mismo aforismo en el dedo de ella: amor vincit omnia. Ese amor era lo suficientemente fuerte para vencer cualquier obstáculo que pretendiera mantenerle separado de su amada esposa.
Cuando en el monasterio de Sancti Salvatoris, de La Bañeza, llamaban a la oración de la hora nona, cruzaban el puente que salvando el Tuerto conducía a Requeixo de Alarico. El camino, siguiendo el Orbigo, ya les era conocido pues lo había recorrido días antes en dirección contraria.
Tres horas más tarde, entraban en Carrizo.
viernes, 24 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLV (25.05.2013)
La Madre Renata había sido informada por la Priora de la petición de la recién llegada, la hermana María, para poder acudir a la iglesia cada día una vez terminado su trabajo en los dormitorios de la hospedería. La petición agradó a la Abadesa y a la Madre Mónica, la Priora, pues de la misma forma que la hermana Inés, veían en esta petición el embrión de una vocación religiosa que les complacía. La Abadesa, deseosa tanto de lograr la curación de la nueva hermana como de alentar su vocación, la citó en el claustro, algo insólito, pues solo las postulantes y novicias, además de las monjas, podían acceder a él.
Pasearon largo tiempo por el luminoso y espacioso claustro al que entraba la luz por cinco grandes arcos de medio punto. La Madre Renata le habló sobre la Orden, su fundación, su misión en este mundo y la felicidad de servir a Dios teniendo como guía el Evangelio según el espíritu de San Benito, viviendo una vida sencilla y austera compartida con sus hermanas, en el recogimiento, la oración y el trabajo.
Le animó a que cuando hablara con Dios, le pidiera que iluminara el camino que había de seguir para mejor servirle, y que confiara en Su infinita misericordia. También le prescribió la medicación que había de tomar cada día antes de acostarse, para que su sueño fuera plácido y así, estando su cerebro relajado, los recuerdos volverían a él más pronto. Ella misma podía preparase la infusión de lúpulo, pues esa era la medicina que había de tomar, pero, le recordó, sólo una vez al día, antes de acostarse.
Fuera por aquella charla, por los efectos de la infusión de lúpulo o por las visitas a la iglesia que había empezado a realizar y en las que encontraba una gran paz interior, o por todo junto, cada vez con más frecuencia, a lo largo de los tres días que llevaba en el monasterio, venían a su cabeza, aunque solo fuera un instante, imágenes de lugares y personas que no conocía, pero que le dejaban la sensación de que los había visto en algún momento de esa vida que permanecía oculta en su cabeza. Estas fugaces apariciones le hicieron concebir esperanzas sobre su recuperación, aunque sabiendo que esta podría tardar mucho tiempo, debía vivir hasta entonces con toda la normalidad posible su situación tanto en lo relacionado con sus actividades monásticas como respecto de ella misma.
Su harapienta capa y destrozado calzado, había sido sustituido por un sencillo hábito de lana cruda de color marrón, al contrario que las monjas, que vestían hábito blanco y sobre él el escapulario negro, y unas sandalias. No llevaba escapulario, aunque sí cubría su cabeza con una toca blanca. La Regla de San Benito no era generosa con el uso del agua para la higiene personal, estando reguladas las ocasiones en las que estaba permitido bañarse y estableciendo sanciones de gravedad para quienes vulneraran esta norma e, incluso la expulsión para quienes salieran del monasterio buscando agua caliente para hacerlo.
La hermana María, instruida en este sentido por la hermana Inés, trataba de ser respetuosa con la disposición, pero con cada día que pasaba, se sentía más incómoda. Su cabello cobrizo estaba enmarañado, áspero y rígido, haciéndole incómodo el uso de la toca. Tenía que acabar con aquella desagradable sensación, así que sacó agua del pozo y llenó una jofaina. No tuvo dificultad para conseguir jabón, pues en la hospedería había provisión de aquel que llamaban de Castilla para atender a las necesidades de peregrinos u otros huéspedes que, en ocasiones, llegaban cansados después de una o varias jornadas por los caminos, ansiosos de quitarse el polvo y la suciedad que cubrían sus ropas y cuerpos.
En una pila, detrás de la cervecería, lavó su cabeza y también los pies. Cuando los estaba secando con un trozo de paño, se dio cuenta de que en el dedo anular de la mano izquierda llevaba un anillo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Tan grande había sido su abstracción? Si llevaba un anillo en su mano izquierda, es que era una mujer casada. Pero casada ¿con quién? ¿Quién era su esposo? ¿Tendría hijos? ¿Cuántos? ¿Dónde? …
- ¡Dios mío, ayúdame¡ - imploró en silencio.
Después, lentamente, extrajo el anillo de dedo. En su interior había algo grabado. Amor vincit omnia, el amor todo lo puede – leyó. Cerró los ojos dejando que esa frase llenase su cabeza. Buscó intensamente en ella algún mínimo recuerdo, pero todo intento se estrellaba contra un muro infranqueable. El esfuerzo realizado le produjo un fuerte dolor en las sienes. Seguiría intentándolo envuelta por la paz y el silencio de la iglesia y si allí no conseguía encontrar respuesta o respuestas, estaba segura que, durante el sueño, todas aquellas preguntas danzarían alocadamente en su subconsciente buscando cada una de ellas su par con tanta intensidad, que de nada le iba a servir la infusión de lúpulo que le había prescrito la Abadesa para mantener su cerebro sosegado.
Sin prisa, se secó el cabello que nuevamente volvía a emitir destellos cobrizos a la luz del sol, y después de notar con agrado que su tacto era sedoso, se colocó la toca.
Se puso el anillo y lo acarició con la esperanza de que el amor de quien había mandado grabar aquella leyenda en su interior, le diera la fuerza necesaria para derribar el muro que la mantenía alejada de él.
Aquel anillo había abierto una finísima fisura en el muro, insuficiente para provocar su derrumbe, pero ahora sabía, al menos, que había tenido una vida anterior compartida con alguien que la amaba y que, probablemente, estaría tan perdido como estaba ella, buscando en medio de la oscuridad una luz, aunque no fuera mayor que la de una luciérnaga, que le orientara, que le señalara el camino en medio de aquella calígine para llegar hasta su amada.
Regresó a la hospedería y subió a su celda. Sentada en el borde del jergón, acarició nuevamente el anillo.
- ¡Háblame¡ ¡ Dime quien te puso en mi dedo!- musitó- ¿Quién? ¿Quién?
Trató de imaginar cómo sería ese hombre, qué aspecto tendría su esposo. ¿Será un noble? Seguramente noble o con hacienda – se contestó – pues un anillo de oro no está al alcance de un plebeyo. ¿Será de su edad o mucho mayor que ella? ¿Alto y esbelto o tal vez barrigudo y feo? ¿Habrá sido un matrimonio por amor o convenido entre familias? ¿Será de corazón generoso y sensible o egoísta e inhumano? ¿Cómo serán sus ojos? ¿Cómo su mirada? ¿Podría encontrar las respuestas a esas preguntas cuando se volvieran a reunir? ¿Y si no era tal como su corazón lo deseaba y su imaginación lo creaba? ¿Estaría relacionado con él el accidente que había sufriendo? ¿Por qué estaba ella sola cuando la encontraron los monjes? ¿Dónde estaba él en ese momento?
Aquel vendaval de preguntas fluyendo incesantes en su cerebro intensificó el dolor de cabeza. Se dejó caer de espaldas sobre el jergón y, cerrando los ojos, trató de dejar su mente en blanco. Si no controlaba su ansiedad, terminaría por perder la razón y, si eso ocurría, ya nada valdría la pena.
CAPITULO XLV (25.05.2013)
La Madre Renata había sido informada por la Priora de la petición de la recién llegada, la hermana María, para poder acudir a la iglesia cada día una vez terminado su trabajo en los dormitorios de la hospedería. La petición agradó a la Abadesa y a la Madre Mónica, la Priora, pues de la misma forma que la hermana Inés, veían en esta petición el embrión de una vocación religiosa que les complacía. La Abadesa, deseosa tanto de lograr la curación de la nueva hermana como de alentar su vocación, la citó en el claustro, algo insólito, pues solo las postulantes y novicias, además de las monjas, podían acceder a él.
Pasearon largo tiempo por el luminoso y espacioso claustro al que entraba la luz por cinco grandes arcos de medio punto. La Madre Renata le habló sobre la Orden, su fundación, su misión en este mundo y la felicidad de servir a Dios teniendo como guía el Evangelio según el espíritu de San Benito, viviendo una vida sencilla y austera compartida con sus hermanas, en el recogimiento, la oración y el trabajo.
Le animó a que cuando hablara con Dios, le pidiera que iluminara el camino que había de seguir para mejor servirle, y que confiara en Su infinita misericordia. También le prescribió la medicación que había de tomar cada día antes de acostarse, para que su sueño fuera plácido y así, estando su cerebro relajado, los recuerdos volverían a él más pronto. Ella misma podía preparase la infusión de lúpulo, pues esa era la medicina que había de tomar, pero, le recordó, sólo una vez al día, antes de acostarse.
Fuera por aquella charla, por los efectos de la infusión de lúpulo o por las visitas a la iglesia que había empezado a realizar y en las que encontraba una gran paz interior, o por todo junto, cada vez con más frecuencia, a lo largo de los tres días que llevaba en el monasterio, venían a su cabeza, aunque solo fuera un instante, imágenes de lugares y personas que no conocía, pero que le dejaban la sensación de que los había visto en algún momento de esa vida que permanecía oculta en su cabeza. Estas fugaces apariciones le hicieron concebir esperanzas sobre su recuperación, aunque sabiendo que esta podría tardar mucho tiempo, debía vivir hasta entonces con toda la normalidad posible su situación tanto en lo relacionado con sus actividades monásticas como respecto de ella misma.
Su harapienta capa y destrozado calzado, había sido sustituido por un sencillo hábito de lana cruda de color marrón, al contrario que las monjas, que vestían hábito blanco y sobre él el escapulario negro, y unas sandalias. No llevaba escapulario, aunque sí cubría su cabeza con una toca blanca. La Regla de San Benito no era generosa con el uso del agua para la higiene personal, estando reguladas las ocasiones en las que estaba permitido bañarse y estableciendo sanciones de gravedad para quienes vulneraran esta norma e, incluso la expulsión para quienes salieran del monasterio buscando agua caliente para hacerlo.
La hermana María, instruida en este sentido por la hermana Inés, trataba de ser respetuosa con la disposición, pero con cada día que pasaba, se sentía más incómoda. Su cabello cobrizo estaba enmarañado, áspero y rígido, haciéndole incómodo el uso de la toca. Tenía que acabar con aquella desagradable sensación, así que sacó agua del pozo y llenó una jofaina. No tuvo dificultad para conseguir jabón, pues en la hospedería había provisión de aquel que llamaban de Castilla para atender a las necesidades de peregrinos u otros huéspedes que, en ocasiones, llegaban cansados después de una o varias jornadas por los caminos, ansiosos de quitarse el polvo y la suciedad que cubrían sus ropas y cuerpos.
En una pila, detrás de la cervecería, lavó su cabeza y también los pies. Cuando los estaba secando con un trozo de paño, se dio cuenta de que en el dedo anular de la mano izquierda llevaba un anillo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Tan grande había sido su abstracción? Si llevaba un anillo en su mano izquierda, es que era una mujer casada. Pero casada ¿con quién? ¿Quién era su esposo? ¿Tendría hijos? ¿Cuántos? ¿Dónde? …
- ¡Dios mío, ayúdame¡ - imploró en silencio.
Después, lentamente, extrajo el anillo de dedo. En su interior había algo grabado. Amor vincit omnia, el amor todo lo puede – leyó. Cerró los ojos dejando que esa frase llenase su cabeza. Buscó intensamente en ella algún mínimo recuerdo, pero todo intento se estrellaba contra un muro infranqueable. El esfuerzo realizado le produjo un fuerte dolor en las sienes. Seguiría intentándolo envuelta por la paz y el silencio de la iglesia y si allí no conseguía encontrar respuesta o respuestas, estaba segura que, durante el sueño, todas aquellas preguntas danzarían alocadamente en su subconsciente buscando cada una de ellas su par con tanta intensidad, que de nada le iba a servir la infusión de lúpulo que le había prescrito la Abadesa para mantener su cerebro sosegado.
Sin prisa, se secó el cabello que nuevamente volvía a emitir destellos cobrizos a la luz del sol, y después de notar con agrado que su tacto era sedoso, se colocó la toca.
Se puso el anillo y lo acarició con la esperanza de que el amor de quien había mandado grabar aquella leyenda en su interior, le diera la fuerza necesaria para derribar el muro que la mantenía alejada de él.
Aquel anillo había abierto una finísima fisura en el muro, insuficiente para provocar su derrumbe, pero ahora sabía, al menos, que había tenido una vida anterior compartida con alguien que la amaba y que, probablemente, estaría tan perdido como estaba ella, buscando en medio de la oscuridad una luz, aunque no fuera mayor que la de una luciérnaga, que le orientara, que le señalara el camino en medio de aquella calígine para llegar hasta su amada.
Regresó a la hospedería y subió a su celda. Sentada en el borde del jergón, acarició nuevamente el anillo.
- ¡Háblame¡ ¡ Dime quien te puso en mi dedo!- musitó- ¿Quién? ¿Quién?
Trató de imaginar cómo sería ese hombre, qué aspecto tendría su esposo. ¿Será un noble? Seguramente noble o con hacienda – se contestó – pues un anillo de oro no está al alcance de un plebeyo. ¿Será de su edad o mucho mayor que ella? ¿Alto y esbelto o tal vez barrigudo y feo? ¿Habrá sido un matrimonio por amor o convenido entre familias? ¿Será de corazón generoso y sensible o egoísta e inhumano? ¿Cómo serán sus ojos? ¿Cómo su mirada? ¿Podría encontrar las respuestas a esas preguntas cuando se volvieran a reunir? ¿Y si no era tal como su corazón lo deseaba y su imaginación lo creaba? ¿Estaría relacionado con él el accidente que había sufriendo? ¿Por qué estaba ella sola cuando la encontraron los monjes? ¿Dónde estaba él en ese momento?
Aquel vendaval de preguntas fluyendo incesantes en su cerebro intensificó el dolor de cabeza. Se dejó caer de espaldas sobre el jergón y, cerrando los ojos, trató de dejar su mente en blanco. Si no controlaba su ansiedad, terminaría por perder la razón y, si eso ocurría, ya nada valdría la pena.
jueves, 23 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLIV (24.05.2013)
Si seguía el curso del Esla por su margen derecha, a la que había cruzado en Bretó, llegaría sin dificultades al primer monasterio en el que habían dejado una saca de sal. Recordaba bien aquella parada y no era por lo que puedo ver, sino por todo lo contrario, ya que dejaron la saca sin que nadie apareciera a su vista. Eran monjas las que allí habitaban, le había explicado fray Apuleyo y su régimen de clausura era muy estricto. Gervasio tardó unas cuatro horas en llegar a Santa Colomba.
Había salido de Moreruela al amanecer y sin haber conseguido ropa que no fuera de fraile, ni comida alguna. Ahora el hambre estaba llamando a la puerta de su estómago y no se atrevía a pedir algo de comida en la hospedería del monasterio. No quería dejar pistas de su recorrido, aunque no sabía bien por qué, ya que las únicas represalias que podía esperar eran las de su padre, que se había esforzado en conseguir que lo aceptaran como postulante, aun sin haber aportado dote alguna, y su progenitor seguro que no iba a iniciar su búsqueda cuando se enterara- y para cuando eso ocurriera, podrían haber pasado varios meses- así que, en realidad no había razón alguna para tomar tantas precauciones, pero… por si acaso.
Reconoció tanto el lugar en el que habían encontrado a la muchacha que de tal forma había hecho tambalear o, siendo más preciso, derrumbado su débil inclinación hacia la vida monástica, así como aquel espacio entre los chopos donde habían pasado la noche y él le había limpiado la sangre y el barro de la cara. Se recreó en la escena y sintió un extraño cosquilleo en su cuerpo cuado recordó su piernas descubiertas al intentar curarle la rodilla.
Aquellos recuerdos lo estimulaban y quería acelerar el paso para llegar cuanto antes a Carrizo, pero el estómago no aceptaba las emocione como sustitutivo de la comida y seguía con sus sonoras protestas.
No muy lejos, a su izquierda, pudo ver tierras de cultivo, probablemente – pensó – pertenecientes al monasterio de Santa Colomba. Cautelosamente se fue acercando hasta poder comprobar que, efectivamente, eran huertas y sin aparente vigilancia. Su conciencia le decía que no estaba bien lo que iba a hacer, pero su estómago opinaba lo contrario. Aquellos melones en sazón eran demasiado atractivos como para poder resistirse a la tentación. No obstante, y para silenciar en lo posible la voz de su conciencia, decidió que solamente cogería uno; grande, eso sí, pues la culpa no iba a ser menor porque así fuera el melón y es que, además, había tantos… que por uno menos las monjas no iban a pasar necesidad.
El peso de argumentos tan convincentes le animaron a entrar en el melonar, una vez que comprobó que no había nadie a la vista y con más trabajo del que esperaba, pudo arrancar de su mata un ejemplar que pesaría no menos de dos libras, suficiente para todo lo que le quedaba de jornada. Abandonó el lugar mucho más rápidamente que cuando entró y ya lejos, confundido con la vegetación ribereña, se sentó a dar cuenta del producto de su … de su … No se atrevía a llamarlo robo, pues había sido consecuencia de la necesidad, pero no encontrando tampoco la palabra adecuada que apaciguara sus remordimientos, decidió que lo mejor era olvidarse del asunto y ponerse a comer.
Repuestas las fuerzas, continuó su camino siguiendo el Órbigo con la intención de llegar al anochecer, o antes si podía, a Villaferrueña para hacer noche allí, pues aunque había nacido y vivido en el campo, dormir sólo a la intemperie y en lugar desconocido, le producía un cierto temor.
La Luna, en cuarto creciente, no iluminaba el camino lo suficiente como para poder caminar con seguridad, aunque lejos ya del río Ería y careciendo de los bosque de chopos propios de los cauces fluviales de aquella comarca, estaba flanqueado por una vegetación de arbustos y arbolado bajo que no le permitían ver más allá de una docena de varas. No se sentía seguro y cada vez con mayor frecuencia miraba a un lado y otro del camino, e incluso volvía la vista atrás, así que cuando después de un par de sustos ocasionados por los ruidos procedente del interior de aquella tupida masa vegetal, que supuso que serían de jabalíes o de garduñas cazando, decidió que dormiría en la primera construcción que encontrara.
A medida que avanzaba, la oscuridad iba aumentando aunque la Luna seguía allí, colgada en su sitio, sobre su cabeza. Hasta la mañana siguiente no se dio cuenta de que ello había sido debido a que Manganeses, que esa era la aldea a la que había llegado aquella noche y donde había dormido, se levantaba en un valle rodeado de lomas que proyectaban su sombra sobre la aldea y el camino de acceso a ella desde el sur.
Le despertó bruscamente un golpe en la frente seguido de un olor desagradable que no le resultaba desconocido. Instintivamente se llevó la mano a la frente y sus dedos se pringaron de una sustancia viscosa que identificó al instante. Estaba recostado contra la pared de barro con la que se había topado por la noche y que supuso que era de una cabaña para el ganado. Ahora, al levantar la vista, comprobó que se trataba de un palomar y que su presencia parecía no ser grata a sus moradores, que de forma tan expresiva se lo acababan de comunicar. Se limpió la mano y la frente con el borde del hábito y retornó al camino cercano. Cuando se alejaba le pareció que se intensificaba el zurear en el interior. ¿Celebrarán mi marcha? – se preguntó en voz alta. Estaba tan ilusionado con su viaje y con el motivo del mismo que en su ánimo no había espacio para el mal humor.
El río Ería bordaba la aldea por su lado oeste antes de unirse al Órbigo, pero el camino cruzaba la aldea y subía por una de las lomas. Por un momento dudó si seguir el cauce, como habían hecho en su viaje a Carrizo con la carreta, o subir por la loma con la esperanza de que al otro lado volviera a encontrar el río que nacía en el Teleno y regaba toda la Valdería. Decidió atajar subiendo la loma y desde lo alto puedo ver la plateada corriente de agua deslizándose entre los chopos y humeiros a uno y otro lado. Siguiendo su curso aguas arriba llegaría a Santa María de Nogales, donde había dormido con la muchacha en la carreta.
Recordaba del viaje anterior, que el río hacía un pronunciado meandro al poco de pasar Manganeses, alejándose del camino, pero que debía tomar este hasta Morales y desde allí volver a tomar como referencia el cauce hasta Villaferrueña. A partir de esta población, apenas recordaba detalles del camino, por lo que esperaba que a medida que fuera avanzando, el paisaje le ayudara a recordar lo necesario para no perderse por aquel frondoso valle, y si a pesar de todo se extraviaba, como las poblaciones eran abundantes y no estaban muy lejos unas de otras, no le resultaría muy dificultoso reencontrar el camino.
Morales se levantaba entre dos colinas pobladas de monte bajo al suroeste y el Ería al norte, por lo que tanto la entrada a la aldea como la salida eran angostas, especialmente la entrada procedente de Manganeses.
Gervasio, eufórico, pues hasta ahora su viaje transcurría sin incidentes, pasó por el medio de la población sin detenerse. Al salir a campo abierto pudo ver abundantes viñedos al otro lado del río y que, aunque hubieran estado a su alcance, de nada le hubiern servido, pues las vides aún estaban granando. El camino era recto y con el sol a su espalda la visibilidad era muy buena, tanto que pudo ver una nube de polvo levantándose del camino como a un cuarto de legua. Se paró inquieto. No es que temiera que le robaran, pues nada tenía para que le robaran si quienes se acercaban fueran mala gente y que al encontrarse con un jovenzuelo con ropas de fraile, quisieran divertirse a su costa. La nube se iba haciendo cada vez más grande y estaba más cerca. Al principio le pareció ver un jinete, pero no, eran dos y venían al galope. Miró a un lado y a otro buscando donde poder esconderse, pero la arboleda del río quedaba lejos y a los lados del camino no había arbustos o ribazos que pudieran ocultarle. ¿Qué hacer? Si echaba a correr tanto hacia un lado del camino como al otro, ellos le verían y pensarían que si huía era por alguna razón, despertando así su interés. Lo mejor- decidió- era agachar la cabeza y seguir por el camino con paso lento, como un buen fraile concentrado en sus oraciones.
Ya estaban casi encima, a una centena de varas y parecía que no tenían intención de parar, pues mantenían el galope. Con la cabeza agachada y semioculta la cara por la cogulla, miraba de reojo a los que se acercaban. Ya sólo faltaban unos veinte pasos para que lo rebasaran. Le envolvió la nube de polvo cuando pasaron a su lado y tuvo que volver la cara para protegerse. Suspiró aliviado y continuó su camino ahora ya con el paso rápido que traía entes de haber visto a los caballistas. El relincho de un caballo a sus espaldas le sobresaltó. Miró hacia a tras a tiempo de ver como uno de los caballos se ponía de manos a punto de derribar a su jinete, obligando al que iba detrás a hacer un movimiento extraño para no topar con él. Ahora sí que se asustó. Los jinetes se habían detenido y volvían sobre sus pasos. El miedo le secaba la garganta dificultándole tragar saliva. No tenía escapatoria, así que adoptó la postura de recogimiento de los monjes del monasterio cuando iban a la iglesia para los rezos o al refectorio.
- Buenos días, hermano – le saludo una voz fuerte en la que no apreció matiz que alguno que justificara su miedo.
Levantó la cabeza y pudo ver al más próximo a él, seguramente- pensó- el que le había saludado. Era un hombre joven y con un cierto aire de nobleza en sus facciones. Vestía veste sobre el que se adivinaba un escudo que no pudo identificar por el polvo que lo cubría. La larga espada que colgaba de su cintura le indicó que se trataba de hombre de armas, aunque lo que le chocó fue que no luciera barba, pues aunque no había visto a muchos caballeros en su vida, sabía que lucir barba era costumbre muy extendida entre ellos. El otro jinete, unos pasos detrás del primero, era un muchacho de edad aproximada a la suya que supuso era el escudero. Vestía jubón y en el cinto lucía una daga. Seguro que era el escudero – concluyó.
- Que el Señor esté con vosotros – contestó al saludo.
- Un fraile solitario y sin bolsa de viaje indica que tu monasterio está cerca –dijo el Capitán, que era quien le había saludado – y quizás sea el que estamos buscando. ¿Es así?
- Depende de cual estéis buscando, pues aquel de donde yo procedo está a más de una jornada de aquí- contestó.
- ¿Y cuál es ese monasterio del que tan lejos te encuentras?
- Es el de Santa María de Moreruela, Señor.
- A él queremos llegar, así que dime si estamos en buen camino, pues no frecuentamos estas tierras.
Gervasio le iba a indicar como llegar a Moreruela sin perderse, cuando le llegó una vaharada a queso. Instintivamente miró a la bolsa que colgaba de la silla del escudero, pues de allí procedía, gesto que no se le escapó al Capitán.
- Sé que el ayuno forma parte de la mortificación del cuerpo con la que los frailes purificáis vuestro corazón, pero en un día de calor como el de hoy y caminando desde tan lejos, seguramente te habrá debilitado y necesites recuperar fuerzas para continuar al camino que te lleva allá a donde vayas, así que si mientras me das indicaciones de cómo llegar a tu monasterio, quieres dar cuenta de un pedazo de queso y pan…
El melón que había robado la tarde anterior lo había cenado y no había probado bocado desde entonces, así que no podía rechazar el ofrecimiento de aquel hombre.
- Cierto es lo que decís y más aún cuando mi único alimento desde que ayer salí de Moreruela ha sido un melón. Os agradezco vuestra bondad Señor.
Lucas no esperó a que el Capitán se lo indicara. Desmontó y sacó de la bolsa el queso y el pan que entregó a Gervasio. El Capitán desmontó también.
Entre bocado y bocado fue indicándole a aquel caballero como llegar a Santa María de Moreruela. Terminó diciéndole que aunque él había tardado más de una jornada hasta donde ahora se encontraba, a caballo y al galope podrían estar allí al atardecer de aquel mismo día y alojarse en la hospedería, si llegaban antes de la hora de completas, pues fray Raimundo, el adjunto al cillerero cerraba el portón a esa hora.
- ¿Cómo te llamas, hermano? – le preguntó.
- Mi nombre es Gervasio – respondió – y era postulante en Moreruela.
- ¿Eras? ¿Ya no postulas para monje? ¿Acaso te han expulsado del monasterio?
- No, no. Señor. Me he ido voluntariamente. Allí me metió mi padre, aunque yo no me sintiera atraído por la vida monástica, aunque, eso sí, soy un buen cristiano, pero ya no podía seguir porque …
- Y de eso ¿hace mucho tiempo?
- No Señor, seis meses van a cumplirse de ello.
Mientras Gervasio hablaba, Iñigo Aldai pensaba que si aquel muchacho venía de Moreruela y había salido el día anterior, quizás supiera o hubiera oído algo sobre la mujer que uno de los monjes había recogido cerca de Santa Cristina. Decidió probar suerte.
- He oído que hace unos días un monje de tu monasterio, haciendo un viaje, llegó con una mujer malherida al monasterio de Santa María de Nogales y que no pudiendo dejarla allí la llevó con él sin que…
- ¿Cómo sabéis eso? ¿Quién os lo ha contado? – le interrumpió con evidente nerviosismo.
- ¿Es cierto entonces lo que me han contado sobre ese monje? ¿Tú lo sabías?
- ¡Cómo no lo voy a saber Señor, si fui yo quien la encontró¡ Si no llega a ser por mí en el camino se hubiera quedado, pues fray Apuleyo no quería complicaciones.
Ni el Capitán ni Lucas, que asistía en silencio a la conversación, podían creer la suerte que tenían.
- ¿Tú? ¿Eras tú el que acompañaba al monje? – preguntó incrédulo.
- Así es Señor. Yo acompañaba a fray Apuleyo para llevar la sal, como cada año, a los monasterios de Santa Colomba, Nogales y Carrizo. Ese viaje era el último del fraile y el primero mío para que conociera el recorrido, pues al año siguiente tendría yo que hacerlo con otro acompañante.
- Y dime Gervasio ¿cómo se llamaba esa mujer? ¿Os dijo qué le había ocurrido o de dónde vivía?
- No, nada nos dijo, pues todo el tiempo estuvo desvanecida. Sólo volvió en sí cuando llegábamos a Carrizo.
- ¿Puedes describirnos como era, qué aspecto tenía? ¿Era joven o de edad?
- Cuando la encontré, su aspecto no era nada bueno pues tenía la cara cubierta de sangre de la herida de la frente y también de barro al igual que su ropa, que no era sino el andrajo de una capa de peregrino – entonces rememoró la imagen de sus piernas desnudas cuando la iba a curar y se sonrojó – Su pelo estaba sucio de barro pues como no hacía mucho que había llovido, se lo mancharía al caerse en el ribazo, donde la encontré. Cuando le lavé la cara, pude ver que se trataba de una mujer joven, casi una muchacha, y muy hermosa a pesar de todo. No era una mujer corriente, aunque esto os lo diga quien carece de experiencia alguna en lo que se refiere a … bueno, ya me entendéis.
Con cada dato que Gervasio les iba dando, el interés y la excitación del Capitán iban en aumento. Cada vez le parecía más probable que aquella mujer fuera Marta.
- Y cuando volvió en si, cerca de Carrizo como dices ¿habló? ¿dijo algo?
- No, nada dijo. Sólo lloraba silenciosamente. Era muy duro ver como sus grandes ojos del color de la miel vertían aquellas lágrimas que no conseguían llevarse la pena de su corazón.
Cuando oyó a Gervasio decir lo de sus ojos del color de la miel, Iñigo Aldai ya no tuvo duda alguna. Aquella mujer era Marta, su amada esposa. Su corazón latía aceleradamente y sentía como la sangre fluía con fuerza por sus arterias y venas. Lucas, interiormente, daba gracias a Dios porque la búsqueda estaba cercana a su fin y con él, la felicidad volvería al corazón de su Señor.
Aunque Gervasio aún no había terminado el queso y del pan, el Capitán le dijo a Lucas que le diera una nueva ración, lo que éste hizo con presteza, pues sabía que de inmediato galoparían hacia Carrizo.
- Una última pregunta Gervasio ¿Dónde queda Carrizo? ¿En qué dirección?
- ¡Ah! Es fácil. Basta llegar a La Bañeza y seguir el Órbigo aguas arriba. No tiene pérdida – contestó ufano.
El Capitán se dio entonces cuenta de lo cerca que había estado de su esposa, tan cerca que incluso podían haberse cruzado. Miró a Lucas. Supo que estaba pensando lo mismo que él. Que en aquella carreta conducida por dos frailes, que se cruzaron cuando iban de Puente de Órbigo a La Bañeza y a la que no prestaron atención, iba ella. Había pasado, sin saberlo, a menos de una braza de la persona que más le importaba en el mundo, su esposa. Sintió una dolorosa punzada en su corazón.
- Lucas, partimos para Carrizo. A ti Gervasio, te doy las gracias por todo lo que nos has contado, y por lo que hiciste por esa mujer.
- Pero Señor ¿No ibais a Moreruela? – preguntó Gervasio confundido.
- Sí, pero gracias a tu información ya no nos es necesario ir- contestó el Capitán.
- ¿Es que vuestro viaje a Moreruela estaba relacionado con esa mujer? ¿Acaso la conocéis?
- Así es Gervasio. Esa mujer, creo que es mi esposa, que fue raptada de mi castillo hace un mes por un miserable que merece cien veces la muerte.
- ¿Vuestra esposa decís? – Gervasio había palidecido y su corazón parecía negarse a bombear sangre- ¿Cómo lo podéis asegurar si ella no recordaba nada de su vida? Seguramente os confundís – dijo con la esperanza de que así fuera.
- No Gervasio. Estoy seguro. Me lo dice mi corazón. ¡Adiós y que el Señor te bendiga!
Mientras el Capitán y Lucas salían al galope con el corazón lleno de ilusión hacia Carrizo, Gervasio fue presa de un profundo abatimiento. El mundo que él se había creado y del que era centro aquella muchacha, había saltado hecho añicos. Le pesaban los brazos y la cabeza. Sus piernas se negaban a sostenerle de pie y se dejó caer sentado sobre el polvoriento camino. Allí estuvo con la mirada perdida bajo el ardiente sol que quemó su cara sin que le importara, y que dejó su cuerpo casi sin agua. Al atardecer y con un esfuerzo sobrehumano, consiguió levantarse y dar los primeros pasos de vuelta a Moreruela.
Al amanecer del día siguiente, dos vecinos de Manganeses lo encontraron aterido de frío, recostado contra el tronco de un árbol, a orillas del Ería. Estaba extremadamente débil y parecía que el alma le había abandonado. Pensaron que dejar abandonado y sin atención a un monje podría ser un pecado muy grave que pondría en peligro la salvación de sus almas, así que con dos varas hicieron una rústica parihuela y lo trasladaron a la aldea, donde su cuerpo recuperó fuerzas, pero no así su alma. Nunca se le hubiera ocurrido pensar a los caritativos vecinos, que aquel joven fraile estaba enfermo de amor. Al día siguiente retomó el camino a su monasterio. Ahora ya no le importaba ser monje.
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