lunes, 3 de junio de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LV (04.06.2013)

La nota estaba signada por la Abadesa y en ella decía que … dado el estado de la hermana María y la ausencia de pruebas sólidas y suficientes que permitan dirimir el conflicto creado por la existencia de dos disputantes, la jurisdicción civil careciendo de elementos de juicio para dictar una solución que garantice la legitimidad de una de las dos reclamaciones planteadas, así como preservar la seguridad de la hermana María mediante su entrega a su verdadero esposo, y siempre en el supuesto de que  uno de los dos lo fuera…
El Capitán leía sorprendido el contenido de aquella nota. Nunca hubiera pensado que esa pudiera ser la decisión que la Abadesa adoptara. Había oído hablar de la existencia de esa clase de pruebas para determinar la culpabilidad o inocencia de un acusado, así como que el recurso a ella era poco habitual tanto por la crueldad de alguna de sus modalidades como por la inseguridad de que la conclusión a la que llevaba fuera justa.


Así como la reacción de Iñigo Aldai al leer la nota de la Abadesa había sido de sorpresa, en el ex Regidor de Cuellar, había sido de indignación.
- ¡Maldita bruja! - exclamó rojo de ira - ¿Pretendes privarme de lo que es mío, hija de ramera? No sabes a quien te enfrentas, maldita, y te voy a demostrar que lo  que es mío no me lo quita ni Dios.
Su tez  pálida era ahora del color de la grana. Las venas de las sienes estaban hinchadas y su corazón parecía desbocado.
Volvió a leer la nota y sobre todo la parte que tanto le había indignado:
      … de que uno de los dos lo fuera, he decidido someter la disputa sobre la hermana María, al juicio de de Aquél cuya justicia es invariable e inmutable, pues Él es infinitamente justo en su propio Ser  y en todos su caminos, por lo que mañana, en el día trigésimo primero del mes de julio de este año del mil y doscientos trece, os conmino a comparecer a la hora tercia, en la iglesia de este monasterio para someter vuestra reclamación al juicio de Dios, apercibiéndoos que de no comparecer, decaerá vuestra reclamación y seréis  hecho preso por intento de fraude a este monasterio.
 No tenía alternativa. O comparecía y se sometía a aquella estúpida prueba, o no lo hacía, en cuyo caso le esperaba la cárcel. Conocía lo que era la ordalía o el juicio de Dios, pues su conocimiento formaba parte de los necesarios para un Regidor real, ya que, en ocasiones, era quien sellaba las vendas del acusado que había metido la mano en agua hirviendo y quien verificaba, tres días después, si había señales de daño en la piel, lo que acreditaba la culpabilidad del acusado. Nadie le impediría - al menos así lo creía – salir de la posada y huir, pero eso sería hacer inútiles todos los esfuerzos y sufrimientos padecidos desde que Marta se le escapó. No. No huiría y tampoco se presentaría para someterse a la ordalía, ni iría a la cárcel. Tenía que pensar  sobre como hacerlo posible. Iba de un lado a otro de su aposento buscando ideas. Una veces se mesaba la perilla y otras el cabello y cuando le parecía encontrar un atisbo de solución, se paraba concentrándose al máximo. En uno de estos momentos, al pasar la mano derecha por la nuca, notó el cordoncillo de …   
- ¡Ya! Ya se como burlar tu estúpida exigencia – exclamó.
Del cordoncillo que llevaba al cuello colgaban el frasquito que le había proporcionado el físico de Urueña, cuando preparaba una huida urgente. Allí seguía – cómo no haberse dado cuenta antes – el bebedizo que le llevaría a un estado de muerte aparente y aunque no tenía el revulsivo que lo contrarrestaría, recordaba que aquel galeno le había indicado la dosis máxima que debería ingerir para que el efecto de catalepsia desapareciera por sí sólo a las ocho horas de la ingesta, recuperando su estado normal.
Pondría en marcha la misma estratagema que elaboró en Urueña. Sólo necesitaba  un colaborador dispuesto a venderle su lealtad por un puñado de cobres y si era un físico mejor, pues tendría más fácil acceso al supuesto cadáver.
Preguntó en la posada por un físico y salió hacia la dirección que le había indicado el posadero.
Lucas, arrimado a la pared del cuartel, seguía manteniendo  guardia por si el Capitán lo necesitaba. Vio salir a un hombre de la posada y su figura le pareció familiar. Los últimos rayos del sol iluminaron su cara. El corazón le dio un vuelco. Era Leopoldo López, el hombre que había secuestrado a su Señora, el miserable al que perseguían desde hacía dos meses. El hombre se alejaba y Lucas dudaba si entrar en el cuartel e informar  al Capitán o seguirle. Recordó que él  le había animado a tener iniciativa, así que decidió seguir al ex Regidor, que parecía saber a dónde dirigirse.
Vio que entraba en el establecimiento de un físico, según indicaba el cartel colgado al lado de la puerta.
¡Qué extraño! - se dijo – pues aparte de que cojeaba un poco, no parecía tener mal aspecto.
Se apostó en la esquina de una casa próxima  dispuesto a  esperar largo tiempo, pero no fue tan larga la espera como suponía. El ex Regidor regresó a la posada sin que sospechara que alguien le seguía.
Lucas, al dar cuenta de lo ocurrido al Capitán, se extraño cuando no observó en el ningún gesto de sorpresa.
- ¿Sabíais que él estaba aquí, Capitán?
- Sí, Lucas. Lo supe ayer por boca de la Abadesa.
Y entonces le contó lo de la nota y lo que era la ordalía o el juicio de Dios.
     -    La visita al físico  de ese bellaco me preocupa, pues si estuviera enfermo sería el médico quien lo visitara y, por lo que me dices, exceptuando la cojera, nada había que diera la impresión de que su salud no era buena.
           Procura enterarte de qué hablaron- le dijo después de unos instantes de silencio.
- No se preocupe, Capitán, que eso se me da muy bien.

Leopoldo López había regresado satisfecho de su visita al físico. Había sido más fácil y barato de lo esperado. Una dobla de oro fue el precio de la lealtad del médico, con el que había acordado que, al alba del día siguiente tomaría el bebedizo haciéndole parecer muerto, por lo que el posadero, cuando  lo descubriera, avisaría al físico y también al Juez, quien ordenaría el levantamiento  del cadáver y su entierro del que se ocuparía el médico a costa del erario de la localidad, pero tal entierro no se produciría, sino que velaría el supuesto cadáver hasta que pasara el efecto de la pócima.
Recuperado del efecto del tóxico, le pagaría lo acordado- así se aseguraba su asistencia. 
Una vez que aquella prueba de la ordalía se hubiera celebrado con Iñigo Aldai como actor principal, como era imposible, salvo milagro, que una mano introducida en agua hirviendo no presentara señales de daño, el Capitán sería declarado culpable y su reclamación rechazada, además de la posible pena de prisión por fraude al monasterio, como decía bien claro la nota de la Abadesa, y Marta quedaría en el monasterio, quedándole el terreno libre para poner en marcha su plan.

Mientras Lucas se dirigía a la casa del físico, se acordó de aquel día en el que consiguió saber que había sido el Leopoldo López quien había comprado el mortal polvo de ricino al  alquimista Simón, en Cuéllar, hecho que constituyó una prueba fundamental para condenar al Regidor por el asesinato del Fenando Huarte, Alcaide de la ciudadela. Las circunstancias de aquel caso no eran comparables con el que ahora se le presentaba pero, igual que entonces, actuaría con osadía.
- ¿Qué quieres muchacho? ¿Quién está enfermo?
- No hay nadie enfermo- contestó Lucas 
- Entonces ¿qué te trae aquí además de hacerme perder el tiempo?
- Quiero saber  qué habéis tratado el hombre que  ha estado aquí no hace mucho- le espetó.
- Eso no es asunto tuyo, muchacho, así que lárgate de una vez- contestó enfadado.
- Me iré, si así lo queréis, pero os advierto que esa persona es un fugitivo de la Justicia y cualquier acuerdo o trato con él os convertiría en cómplice de su delito y mi Señor se vería obligado a advertir de ello al Juez y a la Abadesa, pues su delito afecta a la seguridad del monasterio. Así que, quedad con Dios - dijo dirigiéndose a la puerta.
Al oírle nombrar al monasterio, se asustó. El vivía pacíficamente en aquella población donde tenía un nivel de vida que podía considerar como bueno y sabía del celo de la Abadesa para todo aquello que podía afectar al cenobio o a sus pertenencias. Lo último que deseaba era darle motivos para intervenir contra él. Las monedas que, como señal, le había entregado aquel hombre y la dobla de oro, eran escaso pago para el riesgo que corría, así que sin decirle a Lucas que ya había cobrado una cantidad a  cuenta, le contó lo acordado con su visitante.
- No le digas nada al Juez, te lo ruego – le imploró
- No diré nada a nadie si vos olvidáis la visita que tuvisteis y de lo que os propuso. ¿Estáis de acuerdo? 
- ¿Cómo no podía estarlo? Gracias muchacho. De haber sabido que ese hombre era un malhechor, nada hubiera acordado con él. Nuevamente te doy las gracias.

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