sábado, 1 de junio de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LIII (02.06.2013)

                                                 
Iñigo Aldai, como cada noche desde que se había producido el rapto de su esposa, tardó en conciliar el sueño; pero la noche que se vio obligado a pasar en el cuartel, aunque no estaba en condición de preso, fue toda ella de  vela. El constante esfuerzo para controlar su deseo de salir y buscar al miserable responsable del rapto de su esposa y de los asesinatos de Lupicinio y de dos de sus soldados, le privaba del sosiego necesario. Temía además que el astuto ex Regidor consiguiera, a pesar de la protección del monasterio, llegar a Marta y volver a huir con ella.  
No podía imaginar que en la posada aledaña al cuartel, el ex Regidor, también en vela, elaboraba los planes para recuperar a Marta si la Abadesa decidía no entregársela y fallaba a favor del Capitán, o si tampoco se la entregaba a él. 
Serían situaciones distintas que requerirían planes diferentes. Por el momento cumpliría las exigencias de la Abadesa, pues no sería inteligente desaprovechar la oportunidad de que decidiera que él era el legítimo esposo. Contaba a su favor, que cuando Marta  fue llevada al monasterio, aunque desgarrada y sucia, vestía una capa de peregrino, prueba suficiente para dar verosimilitud a su versión de que ambos peregrinaban a Compostela como esposos.

Lucas, cumpliendo las órdenes del Capitán permanecía cerca del cuartel. Al anochecer le había llevado dos muslos de pollo, queso y una jarra de cerveza para cenar. Había dormido en el establo con los caballos y ahora, ya con la luz del sol dorando el polvo de las calles de Carrizo, esperaba instrucciones sentado al lado de la puerta de entrada al cuartel. Sabía que su Señor no debía salir del recinto si deseaba recuperar a su esposa, y eso era lo que el Capitán deseaba más que nada en este mundo, así que permanecería allí hasta que la Abadesa lo llamara. El tendría que estar pendiente de lo que necesitara.
La agradable temperatura a esa hora de la mañana y el no haber dormido bien, lo condujeron, sin darse cuenta, a un  placentero estado de estado de somnolencia del que le sacó la voz del alguacil.
- ¿Te duermes, muchacho? Pues espabílate, que tu Señor lleva ya levantado desde el alba y si te pilla dormido te va a dar un buen tirón de orejas.
- No es mi Señor de esos –contestó – que no hay caballero  en el mundo que mejor trate a su escudero que él.
- Veo que le tienes aprecio, razón de más para que estés alerta por si te pide algo, que aquí dentro sólo agua le podemos proporcionar. ¿Tú sabes por qué el Juez lo ha mandado aquí? No habrá sido muy grave su delito cuando no nos ordenaron engrilletarlo ni cerrar con llave la puerta de su celda.
- Mi Señor no ha cometido ningún delito y no está ahí dentro como preso, sino porque la Abadesa del monasterio le pidió que esperara en el cuartel la respuesta a un asunto que le había planteado, sólo por eso.
- ¡Ah! Y ese asunto que dices ¿tiene algo que ver con un peregrino al que ayer, poco antes que a tu Señor, acompañamos a esta posada? – preguntó mientras con un gesto de la cabeza señalaba la posada aledaña.
- No os lo puedo decir, pues no sé que peregrino es ese – contestó- pero ¿por qué tuvisteis que acompañarlo? ¿acaso es ciego?
- No, no. Fueron órdenes del Juez y supongo que siguiendo indicaciones de la Abadesa, pues también estaba en el monasterio.
- ¿No os parece que es muy extraño?
- Sí que lo es, pero a nosotros, como a ti, sólo nos toca cumplir  órdenes. Bueno, ahora voy dentro, que no soy yo muy amigo del sol.
Lucas, mirando a la posada, se preguntaba quién sería el peregrino que había dicho el alguacil. No sería ningún malhechor, si no habría sido conducido a la cárcel. Quizás alguien que no encontrara alojamiento en la hospedería del monasterio y que habiéndose encontrado casualmente con el Juez, a quien habría preguntado por alguna posada en la población, habría ordenado a los alguaciles que lo guiaran hasta allí. Habrá sido eso - concluyó.

En el interior de su celda, el Capitán, sentado en el jergón sobre el que había pasado la noche y con la cabeza entre sus manos y los ojos cerrados, se concentraba en retener la imagen de Marta cuando cruzó frente al altar mayor, con aquel hábito marrón  cuyas mangas ocultaban sus manos, aquellas manos capaces de acariciar tan dulcemente y que él había besado con amor tantas y tantas veces, y la cofia blanca que no conseguía ocultar sus cabellos cobrizos que destellaban bajo la luz que entraba por las saeteras de iluminación. Estaba tan cerca y podía estar  tan lejos al mismo tiempo. Todo dependía de la decisión que tomara la Abadesa. Le pareció una mujer sabia y como tal, prudente y decidida a tomar la mejor decisión para Marta, para la hermana María, como la llamaba. La espera le resultaba insufrible, pero no podía hacer otra cosa.

Leopoldo López también se había levantado temprano aunque estaba cansado. Durante la noche, había puesto en juego todas sus dotes de estratega en la elaboración de los planes para recuperar a Marta teniendo en cuenta las tres posibles decisiones que la Abadesa podría tomar. Ahora solamente quedaba esperar su llamada y conocer cuál de las tres había tomado para poner en marcha  el plan correspondiente.

Poco antes de que el sol se ocultara tras los montes de la cordillera del Teleno, el Juez entraba en el cuartel y entrega un escrito de la Abadesa al capitán Aldai y, minutos más tarde, otro idéntico al peregrino alojado en la posada.

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