NOTA: Ayer cometí un error y publiqué el Capitulo LIV en ligar del LIII, con lo que para muchos carecería de sentido. Hoy publico en LIII que habrá que leer antes del de ayer. Pido disculpas por el error.
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LIII (03.06.2013)
La Abadesa esperaba a la hermana María en el claustro. La había visto en la iglesia y la llamó cuando se levantó para regresar a la hospedería. Era casi mediodía, la hora sexta monástica del día siguiente al de los reconocimientos y reuniones con los dos hombres que la reclamaban como su esposa.
El día, como era habitual en el mes de julio, era luminoso. Los rayos del sol caían verticalmente sobre el espacioso claustro cuadrado, de unas veinte varas de lado.
La Abadesa le estaba contando a la hermana María la llegada de aquellos hombres que decían que la reclamaban como esposa y que a ella le habían resultado conocidos cuando los vio en la iglesia.
… uno de ellos aparece en tus sueños, según me dijo la Madre Priora, así como que al verlo en la iglesia tuviste un estremecimiento y me gustaría que me dijeras qué emoción, qué sentimiento te lo provocó. ¿Qué sentiste en ese momento? ¿Afecto? ¿Quizás temor? Trata de recordar, hija mía.
- No lo podría describir Madre. Sentí como una ráfaga de aire frío recorriendo mi cuerpo y calándome hasta los huesos, pero no sabría deciros que la motivó.
- Y con el otro hombre ¿sentiste algo al verlo?
- No Madre Abadesa. Sus rasgos me eran muy familiares, pero tal como os dije ayer, no se por qué, ni si le conocí en el pasado, ni …
- Está bien, hija mía. No llores. Tranquilízate. Sólo te lo preguntaba por si con ello te ayudaba a recordar. Vuelve a tus tareas y no te preocupes más por esos hombres.
Marta regresó a la hospedería pensando en todo lo que la había contado la Madre Abadesa. Iba tan abstraída que a punto estuvo de caer al pisar el borde de su hábito, que le quedaba un poco holgado.
La Abadesa convocó a la Madre Mónica, a la Madre Bernarda, a la Madre Leonila, Priora, Subpriora y Tesorera respectivamente del monasterio, además de a la Madre Beatriz, la Cillerera, a una reunión en la Sala Capitular tan pronto finalizaran la hora nona.
No había querido exponer en el capitulum de la mañana el problema ocasionado por la presencia de aquellos dos hombres, pues aún no había decidido sobre la forma de resolver el problema.
- … y, en resumen, la situación es esta: ninguno de los dos hombres ha sido reconocido por la hermana María como su esposo, por lo que no disponemos de ningún elemento de juicio que nos permita saber quien de ellos dice la verdad o si los dos mienten. Podíamos esperar a que la hermana María se recuperara – continuó - pero no sabemos cuando podría ocurrir, si es que ocurre y tener a esos dos hombres acechando, crearía una situación de peligro permanente no sólo para ella, sino también para la Comunidad, y eso es algo que no puedo permitir.
Guardó silencio durante unos instantes esperando alguna pregunta de las hermanas.
… los dos hombres están uno en el cuartel y el otro en la posada, para evitar un encuentro entre ellos, que supongo que no sería pacífico, esperando mi llamada para comunicarles mi decisión sobre sus reclamaciones. El caso es, hermanas mías, que ni podemos eludir el caso ni podemos someterlo a la jurisdicción civil al carecer de testimonios tanto por una como por la otra parte.
- ¿Cómo resolver el problema entonces, Madre? – preguntó la Priora.
No contestó al momento. Lo que iba a decir nunca había sido puesto en práctica en el monasterio desde su fundación, hacia medio siglo, y deseaba darle toda la solemnidad posible. Las monjas esperaban expectantes la respuesta.
- Ya que los siervos somos incapaces para resolver con justicia este singular caso, lo someteremos a la justicia del Señor.
Se miraron unas a otras como preguntándose si habían oído bien.
- ¿Os referís a la ordalía Madre? – preguntó la Subpriora.
- Así es, hermanas mías. El Juicio de Dios resolverá este conflicto.
- ¿Y cuándo se celebrará el ritual Madre Abadesa? La Madre Beatriz, como Cillerera, era la responsable de toda la intendencia del monasterio, por lo que la competían los preparativos necesarios para la ordalía.
- Las circunstancias que os he expuesto, requieren que esta situación se resuelva con urgencia, así que disponed todo lo necesario para mañana, a la tercia. En el capitulum informaré al resto de las hermanas.
Las ordalías o juicios de Dios, era prácticas probatorias de inocencia o culpabilidad de acusados o de la veracidad de lo que se manifestaba y que, a pesar de la prohibición del papa Alejandro III en la segunda mitad del siglo XII, continuaron celebrándose cuando la justicia civil agotaba sus recursos, aunque ya no se realizaba la prueba del hierro candente, ni la de la inmersión en agua, sino la del agua hirviendo para los caballeros o la del agua fría para los villanos o pecheros.
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