IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LVI (05.06.2013)
Aquel capitulum sería recodado durante mucho tiempo en el monasterio. Nunca se había celebrado una ordalía en él y la expectación era enorme, aunque disimulada.
Comenzaron los preparativos en la iglesia, pues allí se celebraría el ritual. Tras la reja, en el coro, se situaría las monjas. La Abadesa, flanqueada por la Priora y Subpriora, delante del altar mayor y, a seis pasos delante de la mesa que ocuparían, se colocarían lo dos recipientes con agua hirviendo donde cada uno de los dos disputantes meterían la mano por un tiempo de un minuto medido por un reloj de arena que controlaría la Madre Priora. Según establecía el ritual, si uno de los dos sacaba la mano antes de que ese tiempo se cumpliera, sería declarado culpable, lo que en el caso que se iba a abordar, significaría que su reclamación se desestimaba. A quien aguantara durante ese minuto, el Juez le vendaría la mano y sellaría la venda para abrirla al cabo de tres días. Aquél que presentara señales de quemadura en la piel, sería declarado culpable y sufriría la pena establecida en función del delito.
La hermana María estaba ahuecando los jergones de la hospedería, cuando la hermana Inés le contó lo de la ordalía a la que se iban a someter los dos hombres que decían ser su esposo, y a la que podría asistir toda la Comunidad.
- Tú no podrás estar en el coro, pero podrás observar lo que ocurre, si lo deseas, desde la puerta que comunica la hospedería con la iglesia, pero hazlo sigilosamente para que no te vean. Será a la tercia.
Lucas había contado al Capitán su conversación con el físico, lo que le había dejado aún más preocupado de lo que estaba, pues era una prueba más de hasta donde estaba dispuesto a llegar aquel miserable para conseguir su objetivo.
Caminaba seguido por Lucas con paso decidido hacia la iglesia del monasterio. Sabía bien lo que le esperaba, pero aún así, estaba dispuesto a soportar cualquier prueba por dolorosa que fuera para recuperara a su amada. No ignoraba que tanto él como el ex Regidor, cuando se les retiraran las vendas, tendrían las señales de la quemadura, pero confiaba en que este no fuera capaz de aguantar el tiempo establecido con la mano metida en el agua hirviendo, pues lo que alimentaba su interés era el odio y el deseo de venganza, no el amor. El amor que él sentía por Marta le daría la fuerza para soportar no un minuto, sino todos los que fueran necesarios. Era ese amor que todo lo vence. Amor vincit omnia.
Aunque el ex Regidor no acudiera, él tendría que realizar la prueba necesariamente.
Entraron en la iglesia. Los rayos de luz que entraban por las saeteras incidían sobre el humo del brasero sobre el que había colocadas dos vasijas de las que salían nubes de vapor. Lucas tuvo un escalofrío. La Abadesa ocupaba ya su lugar así como la Priora y Subpriora. El Juez estaba de pie cerca del brasero y sobre una pequeña mesa estaban las vendas y el material para el sellado. A su lado un alguacil. En el coro, las monjas imploraban la ayuda del Espíritu entonando el Veni, Creator Spiritus.
La hermana María aún no había terminado con los jergones. Quería presenciar el ritual de la ordalía, así que se apresuró, pues acababa de oír la campana que anunciaba la tercia. Cruzó por la cocina en la que dos conversas preparaban verduras para la comida. Cuando estaba a punto de llegar al refectorio de la hospedería, desde el que se accedía a la iglesia, pisó el borde del hábito cayendo al suelo y golpeándose con la cabeza contra las duras pizarras del suelo.
- ¡Dios mío¡ ¡Dios mío¡- exclamó una de las conversas al ver lo ocurrido.
Las dos corrieron a auxiliar a la hermana María que estaba inconsciente y pálida. Una de ellas le levantó la cabeza tratando de incorporarla.
- Afortunadamente no hay herida; parece que sólo ha sido un golpe. Tráeme un trapo mojado para humedecerle la frente y así quizá se recupere- le pidió a su compañera.
El frío del trapo humedecido produjo su efecto y, aunque muy despacio, abrió los ojos.
- ¡Gracias a Dios! Qué susto nos has dado hermana María- suspiraron.
Ella les miró con extrañeza, al tiempo que les preguntaba que por qué la llamaban hermana María, cuando su nombre era Marta y qué hacía vestida de monja en aquel lugar y tumbada en el suelo.
Todas en el monasterio, monjas, novicias y conversas, conocían el estado de pérdida de memoria de la hermana María, así que al oírla hablar ahora de aquella forma, se sorprendieron grandemente.
- Corre, corre y avisa a la hermana Inés – dijo la que le sostenía la cabeza – y dile que la hermana María ha recuperado la memoria o que, al menos eso parece, después de …
No siguió hablando, pues su compañera ya había desaparecido por la puerta que comunicaba el refectorio con la iglesia.
El coro ya había finalizado el canto al Espíritu sin que el comerciante de Tortosa hubiera aparecido, así que la Abadesa llamó al Juez y éste ordenó al alguacil que fuera a la posada y condujera engrilletado a aquel hombre a la cárcel, para ser juzgado.
- Acercaros, caballero Aldai – dijo la Abadesa – La no comparecencia del otro disputante os deja a vos sólo con vuestra reclamación, pero ello no acredita la legitimidad de la misma, por lo que, y así os lo expuse en la nota que os envié, os pregunto si aún persistís en ella, con la advertencia de la culpa en la que incurriréis si desistís. Así pues ¿qué contestáis?
- Me someteré con gusto a esta y cualquier otra prueba que me permita recuperar a mi esposa, así que podéis proceder cuando gustéis- contestó.
- Vuestro comportamiento bien acredita vuestra convicción, pero no así cuánto valor hay tras ella para haceros soportar el dolor de tan dura prueba como la que os espera.
- El amor por mi esposa me da el valor para soportar el más intenso de los dolores y que por ser del cuerpo nunca serán tan intensos como el que hace sangrar mi corazón por su ausencia.
- Procedamos entonces, ya que así lo deseáis- ordenó.
El Capitán descubrió el brazo derecho y con la mano extendida se acercó sin vacilar a la vasija más cercana. Cerró los ojos para retener en su cabeza la imagen de Marta y alargó la mano para meterla en el agua. En la penumbra, Lucas lloraba en silencio.
En el coro todas estaban pendientes de lo que ocurría, así que casi ninguna de las monjas se dio cuenta de la entrada de una conversa que susurró algo oído a la hermana Inés. Esta se levantó llamando la atención de las demás y abriendo la portilla de la reja se dirigió a la mesa donde estaba la Abadesa, a la que cuchicheo algo al oído.
- ¡Deteneos, caballero Aldai¡¡Deteneos¡- ordenó la Abadesa.
Iñigo Aldai, que ya había empezado a sentir el agua hirviendo en la yema de los dedos, retiró la mano, aunque no bruscamente, mirando sorprendido, como los demás, a la Abadesa.
- Me acaban de comunicar que la hermana María ha recuperado la memoria, y el haberlo hecho en este momento, bien puede considerarse como algo milagroso. Contamos ahora con la prueba que podrá confirmar como legítima vuestra pretensión, caballero Aldai, sin necesidad de infligiros un dolor físico que la acredite – Y dirigiéndose a la hermana Inés – Id a buscar a la hermana María y traedla aquí.
El Capitán estaba convencido de que los latidos de su corazón eran oídos por todos los que estaban allí. Lucas había dejado de llorar y respiraba agitadamente por la excitación producida por la noticia que la Abadesa acaba de dar a conocer.
El tiempo transcurría con lentitud exasperante. Por la puerta que comunicaba la iglesia con la hospedería apareció la hermana Inés; tras ella la hermana María. Las monjas que seguían en el coro no perdían detalle de lo que estaba ocurriendo.
Pasaron unos segundos antes de que los ojos de la hermana Maria se adaptaran a la penumbra de la iglesia. Miró en primer lugar hacia la mesa donde estaba la Abadesa, iluminada por sendos candelabros y después al…
- ¡ Iñigo, amor mío¡¡Amado mío¡
No pudo decir más, pues se desvaneció y contra el suelo se hubiera golpeado si no fuera por la rápida intervención del Capitán, que la cogió amoroso entre sus brazos, al tiempo que la cubría de besos. La emoción del encuentro tan deseado había podido con la fortaleza que durante su secuestro la había mantenido viva. Lucas disimulaba sus lágrimas, ahora de alegría, ocultando el rostro en las sombras.
El alguacil que había ido a prender al ex Regidor, entró aceleradamente en la iglesia y se dirigió al Juez. Este informó a la Abadesa que el posadero había encontrado muerto en su aposento al comerciante de Tortosa y que el físico, al que había llamado con urgencia, según le había dicho un vecino, había salido de viaje la tarde anterior.
- Iré a levantar el cadáver y a ordenar su enterramiento – dijo el Juez.
Marta, recuperada ya de su desmayo, se había quitado la toca y permanecía abrazada a Iñigo Aldai, su esposo, su vida.
En el coro, las monjas entonaban el himno de acción de gracias:
Te deum laudámus/ te Dóminum confítemur/Te aetérnum Patrem /ovnis terra venerátur/Tibi amnes ángeli/ tibi caeli/ et univérsae potestátes.
El Capitán y Marta, de rodillas sobre las frías losas del suelo se sumaron a la acción de gracias.
A media tarde, el Capitán, Marta y Lucas iniciaban el regreso a su villa de Cuellar, bajo un sol radiante que llenaba de luz la inmensa llanura abierta ante sus ojos.
A esa misma hora caían las primeras paladas de tierra sobre el tosco ataúd de madera de chopo en el que, bajo los efectos del bebedizo que había tomado cinco horas antes, yacía, aparentemente muerto, el que fuera Regidor de Cuéllar.
FIN DEL LIBRO TERCERO
PERSONAJES HISTÓRICOS Y DE FICCIÓN DE LA NOVELA
Albizua Pablo .tesorero del castillo
Alejandro III Papa, (1159-1181)
Alercio Jefe bandidos
Alfonso IX, Rey de León ( 1171-1230)
Al-Nasir Sexto califa de la dinastía almohade ( 1198 - 1213)
Amauri Arnaldo, legado pontificio en Ocitania (1160- 1225)
Ana Hija de Elpidio
Aniceto Posadero de La Bañeza
Apuleyo Monje de Moreruela
Aquilino Soldado de Urueña
Astarac Céntulo de, conde
Ba rtolomé Monje de san Pedro de Carcedo
Beatriz Cillerera de Carrizo
Benito Monje camarero de San Pedro de Carcedo
Berenguer Obispo de Barcelona (1212- 1241)
Bernarda Subpriora de Carrizo
Blason Teobaldo de, Señor de Poitou
Busto Laureano , jefe alguaciles de Cuéllar
Carril Alonso, comerciante lanero de Cuéllar
Celedonio Sicario de Gerondio
Celestino III Papa, (1191-1198)
Costa Marcial, soldado de Urueña
Cuadra Angel María, vidriero del castillo
De la Fuente Marta, esposa del Alcaide del castillo de Cuéllar
Díaz Antonio ,comerciante lanero de Cuéllar
Díaz de Haro Lope, hijo de Diego López de Haro (1170-1236)
Dimas Monje de San Pedro de Carcedo
Elpidio Herrero de Cuellar
Enrique Hijo de Alfonso VIII de Castilla ( 1204-1217)
Ernesto Prior de Santa María de Nogales
Escubi Ignacio , mantenimiento en el castillo
Expósito Mulero de Belorado
Faubero Renata, Abadesa de Carrizo
García Amador, jefe soldados de Urueña
García Obispo de Tarragona (1199- 1215)
Gerardo Obispo de Osma
Gerondio Criado de Leopoldo López
Gervasio Postulante de Moreruela
Giraldo Obispo de Segovia
Gómez Carmen, dama de Marta de La Fuente
Gómez Rodríguez, Maestre del Temple
Guillermo Arzobispo de Burdeos
Gumersindo Sacedote secretario y confesor del castillo
Halaja Martín, cabrero en el Muradal
Huarte Fernando , Alcaide del castillo y esposo de Marta
Inés Adjunta cillerero de Carrizo
Inocencio III Papa, ( 1198- 1216)
Isasi Pablo ,Regidor de Cuéllar
Justo Abad de Moreruela
Leonila Tesorera de Carrizo
Leonor Hija de Alfonso VIII de Castilla ( 1190-1244)
Llorca Juan, bandolero
López Leopoldo ,Regidor de Cuéllar
López de Haro Diego, Abanderado de Alfonso VIII (1162-1214)
Lupercio Sicario de Gerundio
Lupicinio Hombre de La Bañeza
Maldonado Pedro , mantenimiento del castillo
Marcos Camarero del castillo
Mariaca de Fabián, amurriano de extremada fuerza
Martín Crisanto ,capitán de Alfonso VIII
Matías Camarero de Sta. María de Nogales
Mena Sancho, Señor de Urueña
Menéndez Pergentino ,jefe de los soldados del castillo
Molina Marcelino, Señor de Carrión
Mónica Priora de Carrizo
Moreno Matilde, esposa de Mateo Ros y madre de Lucas
Nuñez de Lara Alvaro , Alférez de Castilla
Oono Esclavo en la Guardia Negra del Miramamolín
Paniagua Máximo ,soldado del castillo
Paniego Francisco , tesorero del castillo
Pardo Baudelio, soldado de Urueña
Pedro Adjunto al cillerero de Sta. María de Nogales
Pedro II Rey de Aragón (1178- 1213)
Pérez de Villalobos Rodrigo, Alférez de León (1158-1214)
Pinedo Pedro, escribano del castillo
Pinedo Eugenio , limosnero del castillo
Plantagenet Leonor , esposa de Alfonso VIII de Castilla (1160.1214)
Raimundo Adjunto al cillerero de Moreruela
Remírez Jesús , armero del castillo
Riaño Benito ,comerciante de La Bañeza
Río Salvador, capitán de León
Rodríguez Cipriano , procurador de Hontalbilla
Ros Lucas, escudero del capitán Aldai
Ros Mateo , padre de Lucas, molinero
Rosendo Jefe alguaciles de La Bañeza
Saez de Salcedo Hurtado , Señor de Ayala ( 1160 - )
Said ben Djami Abud, visir de Al-Nasir
Salcedo Ramón, mensajero del Regidor
Sánchez Paulino, Secretario de Urueña
Sancho VII Rey de Navarra (1194- 1234)
Serafina Cocinera del castillo
Servando Sicario de Gerundio
Silverio Maese de cómicos
Simón Alquimista de Cuellar
Tamayo Soldado-trovador del castillo
Téllez de Meneses Tello, Obispo de Palencia
Turena Ramón de , vizconde
Vallejo Juan, ayudante del Alférez de León
Vicenta Esposa de Lupicinio
Victorio Jefe accidental del castillo de Cuéllar
Ximénez de Rada Rodrigo , Arzobispo de Toledo (1209- 1247)
Yusuf II Califa padre de Al-Nasir ( 1163- 1184)
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