IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LII (01.06.2013)
Leopoldo López se sobresaltó al oír lo que le pareció el cerrojo de la puerta de la iglesia. Supuso que sería la hora de cierre. La Madre Priora aún no había regresado para comunicarle la decisión de la Abadesa y ya se estaba impacientando.
- Señor, Señor – la voz venía de detrás del cortinón – la Madre Priora os pide que vayáis al locutorio. En un momento la hermana portera os abrirá el portón de la iglesia.
Sin contestar, se levantó y con pasos tan largos como su pierna aún no curada del todo le permitía, cruzó la nave central y después la lateral llegando a la puerta de salida en el momento en que una monja, la hermana portera, la abría.
- Señor, os ruego que os dirijáis al locutorio, donde os esperan.
Mientras recorría la corta distancia que había desde la puerta de la iglesia a la de entrada al monasterio se iba preguntando el por qué de aquel cambio. Algo no va como debiera – pensó - así que tendría que estar alerta.
- Soy la Abadesa de este monasterio y la Madre Priora me ha informado sobre vuestra reclamación, así como que la hermana María os ha reconocido, aunque no os identifica. ¿Podéis aportar alguna prueba que legitime vuestra reclamación sobre quien decís que es vuestra esposa?
- Nunca hubiera podido imaginar poder encontrarme en una situación como esta, en la que la enfermedad de mi pobre esposa le impide reconocerme como su legítimo esposo, así que Madre Abadesa, todas los testimonios que yo pudiera aportar, están en Tortosa, desde donde peregrinamos y presentároslos requeriría, en el mejor de los casos, un mes. Comprenderéis Madre que…
- No disponemos de ese tiempo, cuando además de vos, hay un caballero que ha reclamado también a la hermana María como su esposa y … ¿Os encontráis bien? –le preguntó al ver, aún con la escasa luz del locutorio, la repentina palidez de su rostro.
- Si, si, me encuentro bien. Es que el paso del excesivo calor de fuera al fresco de esta estancia ha debido de afectarme - necesitaba ganar tiempo para rehacerse de la impresión - ¿Otro hombre decís? No es posible, pues yo soy su único y legítimo esposo. No sé quien puede querer arrebatarme a la mujer que el sacramento del matrimonio convirtió en mi esposa hace casi dos años ¿Acaso, Dios mío, es una prueba más de nuestra fe? – se preguntó en voz alta con tono resignado y elevando los ojos al techo del locutorio.
La noticia de que aquel odiado capitán Aldai lo había localizado y no sólo a él, sino también a su esposa, le había sorprendido y atemorizado. Recuperar a Marta ahora se volvía una misión muy difícil, casi imposible. La única probabilidad le quedaba, era la de mantener su reclamación aprovechándose de que Marta, por su estado, tampoco reconocería a su esposo. Si ahora, por miedo a ser atrapado por el Capitán, huía, Marta se le escaparía para siempre y con ella la venganza que había convertido en el objetivo de su vida. Correría el riesgo a la espera de lo que resolviera la Abadesa.
- Esta anómala situación en la que hay dos disputantes alegando cada uno la legitimidad de su reclamación y sin que sea posible aportar el testimonio de la hermana María, me impide reconocer vuestro derecho de igual forma que la del otro pretendiente; pero buscando lo mejor para la mujer que reclamáis y que vive bajo la protección del monasterio, os tengo que pedir que accedáis, si persistís en vuestra reclamación, a permanecer en la posada donde os alojáis, sin salir de ella, hasta que os llame para haceros saber cómo dirimir este asunto. Si incumplís esta condición -continuó – consideraré que renunciáis a vuestra reclamación. ¿Accedéis a cumplir lo que os pido?
- Así lo haré, Madre Abadesa – contestó – pues confío en vuestra sabiduría.
- Los alguaciles os acompañarán a la posada. Id con Dios.
Apretando los dientes para contener su rabia, Lepoldo López adoptó una vez más el aspecto sumiso con el que se había presentado. De todo lo ocurrido en el locutorio, solo le satisfacía la escolta de los alguaciles, pues ignoraba dónde podría estar el capitán Aldai y temía un encuentro con él.
El Capitán y Lucas, pendientes del avance de la sombra de gnomón esperando que superara las seis, no se dieron cuenta de que delante de la entrada del monasterio dos alguaciles - a juzgar pos su vestimenta - parecían esperar a alguien del interior.
Encontraron el portón de la iglesia cerrado.
- No debiera estar cerrada – comentó con gesto de extrañeza. Iré al locutorio para que me abran. Tú espera aquí Lucas.
- La Madre Abadesa os ruega que aguardéis aquí su llegada – le dijo la hermana portera.
- Tenía que encontrarme con la madre Abadesa en la iglesia ¿Qué ocurre, hermana? - preguntó sin obtener respuesta.
La impaciencia que sentía desde que reconoció a Marta en la hermana María, empezaba a convertirse en preocupación e intranquilidad.
Un hombre vestido con el ropaje propio de los Justicias, entró en el locutorio.
- ¿Sois vos el caballero castellano que busca a su esposa?- preguntó.
El Capitán se volvió sorprendido.
- Si, yo soy. Y vos ¿quién sois? ¿Cómo sabéis que busco a mi esposa?
- Yo le he informado caballero Aldai y ese hombre es el Juez Ordinario de esta población y de todas aquellas pertenecientes al monasterio - era la voz de la Abades, detrás de la reja.
- Y la razón de su presencia – continuó – es que hay un segundo hombre con vuestra misma pretensión sobre la hermana María, lo que me haría inferir, en el caso de que diera verosimilitud a vuestra versión, que ese…
- ¿Dónde está ese miserable? ¡Decídmelo, os lo ruego, pues he de hacerle pagar caro su delito! Os lo suplico, decidme dónde está – insistió al tiempo que apretaba con fuerza la empuñadura de la espada que llevaba al cinto.
El capitán estaba visiblemente alterado.
- Sosegaos caballero. No os dejéis conducir por la ira, ni desenvainéis vuestra espada en mi jurisdicción. Yo dispondré lo que convenga en interés de la hermana María. Ahora, os ruego acompañéis al Juez que os conducirá al cuartel, donde permaneceréis hasta que nuevamente os llame.
- ¿Me detenéis Madre Abadesa? – preguntó incrédulo.
- No es una detención, sino una medida necesaria que las circunstancias me obligan a tomar y que, cuando este asunto se resuelva, comprenderéis. Como no vais a estar preso, podéis salir del cuartel si así lo deseáis, pero si así lo hiciereis – aclaró – consideraré que renunciáis a vuestra reclamación y consideraré como legítima la del otro disputante. ¿Os queda claro, Capitán?
No le cabía la menor duda de que así lo haría, así que aceptó acompañar al Juez y permanecer en el cuartel el tiempo que fuera necesario.
Lucas, que aguardaba delante del portón de la iglesia, se quedó con la boca abierta al ver a su Señor escoltado por dos alguaciles y un tercer hombre también con indumentaria negra, aunque distinta de la de los justicias.
- ¡Señor, Señor! ¿qué ocurre?
- No te preocupes – respondió el Capitán - busca un establo para los caballos y permanece cerca del cuartel por si necesito de ti.
Lucas no entendía nada de lo que estaba pasando, pero se dispuso a cumplir las órdenes de su Señor.
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