jueves, 30 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO LI (31.05.2013)

La Abadesa de Santa María de Carrizo, Renata Faubero, estaba preocupada. El ejercicio de sus responsabilidades abaciales no estaba exento de problemas, tanto de índole interna  como externa, ya que como Abadesa tenía postestades  de señorío y vasallaje con jurisdicción civil y criminal no sólo sobre Carrizo, sino también sobre las localidades y poblaciones de San Pedro de las Dueñas, Grulleros, Cubillos de los Oteros, Argavayones y Tapia. Ella nombraba personalmente al Juez Ordinario y a su Tenente y proponía  al Obispado el nombramiento del cura cuando se producía vacante en alguna de las poblaciones sometidas al monasterio.
Desde que había asumido el cargo de Abadesa, había tenido que intervenir en no pocas ocasiones en asuntos de índole civil, pero ninguno como el que presentía que iba a requerir su máxima atención, como era el de las reclamaciones formuladas por el capitán castellano Iñigo Aldai y el comerciante tortosino Leopoldo López sobre la hermana María, de la que los dos decían ser esposos. El asunto no hubiera tenido mayor importancia si la hermana María no sufriera de amnesia, pero…
Uno de los dos mentía; de ello no tenía duda alguna, pero ¿quién? ¿El hidalgo o el comerciante? Solo quedaba la prueba de reconocimiento prevista para la hora de vísperas. Si la hermana María decía que no conocía al comerciante, el problema se diluía, pero si su rostro le era conocido y, como había ocurrido con el castellano, no sabía de qué, la situación se complicaría sobremanera, y como no podía inhibirse desde el momento en que la hermana María estaba bajo la protección del monasterio, tendría que pensar cómo resolverla. 
Si tal como le había dicho al capitán Aldai, tendría que presentar  testigos o Fiel de fechos  que  acreditaran su relación con la que decía era su esposa, idéntica prueba pediría al comerciante. Esa le pareció, en principio, la fórmula mejor, pero después pensó que si uno de los dos mentía, el mentiroso podría presentar testigos de conveniencia. Pero ¿cuáles eran o podían ser los falsos testigos? ¿Los del caballero castellano o los del  comerciante peregrino? Así que concluyó que una solución que la llevaba  al principio del problema, no era solución. Otra posibilidad sería pedirles que concurrieran los sacerdotes que oficiaron su enlace, pero pronto desechó la idea, pues las distancias que había desde Carrizo hasta cada una de las poblaciones de cada uno de los disputantes, no permitiría resolver el problema, en el mejor de los casos, en menos de un mes, y no era el hecho de tener a la hermana María tanto tiempo en el monasterio lo que la preocupaba, pues bien le gustaría que se quedara de por vida formando parte de la comunidad si así lo deseaba, sino que aquel que mintiera, tendría tiempo sobrado para asegurar la presencia de cualquier sacerdote que se prestara a dar fe  en su favor a cambio de dinero, pues, lamentablemente, no todos aquellos  consagrados para servir a Dios vivían de acuerdo con Sus mandatos.
¿Cómo resolver el problema, entonces? Los haría detener entre tanto no encontrara la solución, tal como le había dicho a la Madre Priora, aunque quizás se estaba preocupando antes de tiempo, pensó,  porque podía ocurrir- era lo deseable – que la hermana María  reconociera al comerciante.


La agradable temperatura de la iglesia y la penumbra existente producían un efecto relajante que no tardó en sumir en el sopor a Leopoldo López. En su sueño se veía como señor de un castillo de esbeltas líneas, observando los ejercicios de armas que realizaban en el patio sus soldados, cuando una nube de polvo en el camino que desde la llanura subía hasta el castillo, llamó su atención. Cuando el jinete apareció tras el último recodo antes de llegar al puente, lo reconoció como al hombre que había enviado a Cuéllar para que comentara por las tabernas y posadas de la Villa que la que otrora  Señora de la ciudadela y esposa del Alcaide, era ahora una mujer feliz viviendo con el que fuera Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra y al que complacía con tal entrega, que hasta le había dados hijos, y que permaneciera en la Villa el tiempo necesario para asegurarse que tales noticias llegaban a oídos del capitán Aldai, y así pudiera ver su reacción.
La llamada de la campana a vísperas le sacó de su feliz sueño. Tardó unos segundos en volver a la realidad. Después se situó en el lugar que le había indicado la Priora.

Con su mano derecha, la Madre Priora separó un palmo el  cortinón de la reja, mientras que con la otra mano agarraba el brazo derecho de la hermana María, así que pudo percibir, sin dificultad, el estremecimiento de ella cuando fijó su mirada en el hombre que con capa de peregrino estaba en la iglesia, a poco más de cuatro pasos de ellas y como su respiración se agitaba.
- ¿Lo conoces, hija mía? – preguntó.
- Si madre – respondió temblorosa – pues es el hombre que  aparece en mis sueños.
- ¿En tus sueños? ¿Pero de qué le conoces? ¿Por qué lo ves en tus sueños? ¿Recuerdas si ha formado parte de tu vida pasada?
- No lo sé Madre Priora. Pero al verlo, he sentido algo extraño en mi interior.
- Está bien, hija. Ahora  vuelve a la hospedería y no te preocupes, que  aquí nada has de temer.
Después que se hubo ido, la Priora llamó a Leopoldo López. 
- La hermana María os ha reconocido, pero no como su esposo.
Leopoldo López se alarmó. ¿Habría recuperado la memoria precisamente ahora, pensó? No, no podía ser. Tendría que apelar a su insania.
- ¿Cómo es posible que me reconozca, pero no como su esposo? Qué dice de mí desde su desgraciada locura?
- Que no recuerda de qué os conoce.
- Pero aún así ¿podremos continuar nuestra peregrinación, verdad? – preguntó.
- Informaré primero a la Madre Abadesa; entretanto esperad aquí a que os traiga su respuesta.

No se explicaba a qué se debía tanto reparo para que le entregaran a Marta. Si las monjas sabían que nada recordaba de su pasado y aún así a él lo había reconocido ¿qué importancia tenía, en su estado, que no supiera decir de qué le conocía? Esperaría la decisión de la Abadesa que, necesariamente, tendría que ser favorable a sus intereses. No aceptaría una respuesta negativa.

- Esa respuesta es la que no deseaba Madre Priora, pues no estaré tranquila mientras tengamos cerca a esos hombres reclamando a una misma mujer sin saber quien  de los dos tiene legitimidad para hacerlo o puede que, incluso, ninguno de ellos la tenga, así que por la seguridad del monasterio y  por la de la hermana María, hemos de actuar. Como sabéis – continuó - el caballero castellano estará al llegar y desearía que no se encontrara con el comerciante, pues si ambos pretenden lo mismo, no es improbable un enfrentamiento entre ellos, así que ordenad a la hermana portera que cierre la iglesia y que cuando  ese caballero la encuentre cerrada y acuda al locutorio, que le diga que aguarde allí pues deseo hablarle. Daos prisa. Y después haced saber al Juez que deseo verle con urgencia, y que se haga acompañar por dos alguaciles.
- Si Madre Abadesa. Ahora mismo. 

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