CAPITULO L (30.05.2013)
Marta acudía a la llamada de la Abadesa que le había transmitido la hermana Ines, preguntándose qué querría de ella. Entró en la iglesia por la puerta que comunicaba con la hospedería. Hizo una genuflexión al pasar por delante del altar central en el que permanentemente ardía un candil de aceite y se dirigió a la puerta que comunicaba con el claustro. Aunque caminaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, la luz que entraba por las saeteras de iluminación era la suficiente como para que Iñigo Aldai, bajo el arco apuntado donde la Abadesa le había indicado que se colocara, viera su rostro. El corazón pareció parársele y tuvo que hacer una profunda inspiración para recuperar el impulso vital. Era ella. Era su adorada Marta. No podía ver sus maravillosos ojos pero el cabello que sobresalía de la toca, reflejaba la luz produciendo destellos cobrizos. Apretó los puños con fuerza y también los dientes para ahogar el grito que, llamándola, pugnaba por salir de su garganta. La siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Era el momento de salir sigilosamente, tal como le había pedido la Abadesa, pero su cuerpo se resistía a obedecer las órdenes de su razón. Quizás pudiera oír su voz cuando hablara con la Abadesa; aunque sólo fuera una palabra. Lo necesitaba.
- ¿Me habéis mandado llamar, Madre?
Ni los cantos de los mismos ángeles hubieran alegrado tanto su corazón como lo hizo aquella voz que no oía desde… ¡ Dios mío¡ ¿Cómo había podido soportar esta ausencia durante tanto tiempo? Ahora ya podía salir y lo hizo con el corazón rebosando alegría y con una radiante sonrisa que contagió a Lucas cuando le vio aparecer por la puerta del templo.
No necesitó preguntar nada a su Señor. No hacían falta las palabras. El Capitán había encontrado a su esposa. Notó que sus ojos se humedecían.
- Se acabó la búsqueda, Lucas. Pronto volveremos a casa.
- Lo sé Capitán. Creo que me acordaré de este momento como uno de los más felices de mi vida. ¿Cuándo la recogeréis, Señor?
- Es necesario esperar al mediodía, pues la Abadesa quiere saber si ella me reconoce.
- No os entiendo Capitán ¿Qué queréis decir con eso de que os reconozca?
El Capitán expuso a Lucas lo acordado con la Abadesa y las razones de tal proceder, que no eran otras que la de su protección, pues cualquiera podría aprovecharse de su ausencia de recuerdos para reclamarla como su esposa, y entre ellos, el miserable que la había raptado y de quien había conseguido huir.
- Pero mi Señor ¿qué ocurrirá si Doña Marta no os reconoce? ¿Os la entregará?
- No Lucas, pues cuando esa misma pregunta hice yo a la Abadesa, me contestó que si ese era el caso, tendría que acreditar la legitimidad de mi reclamación mediante testigos o Fiel de fechos.
- ¿Mi testimonio serviría, Capitán?
- Me temo que no Lucas, pues eres mi escudero y eso te condiciona. Si se diera el caso, supongo que la Abadesa me indicará qué nivel de testimonio considera necesario, pero esperemos que no sea preciso.
- ¡Ójala, Capitán!
- Yo así lo espero. Dentro de tres horas lo sabremos. Esperaremos por aquí cerca.
Aun no estaba el sol en su cenit cuando el Capitán ya estaba arrodillado en el primer banco de la fila más próxima a la reja de la clausura, tal como le había indicado la Abadesa, en el caso de que hubiera reconocido en la hermana María a su esposa.
No tardó en oír el tañido de la campana llamando a la oración del mediodía. Se acercaba el momento decisivo. Si Marta le reconocía, la pesadilla que tanto ella como él habían vivido durante aquellos dos meses, concluiría.
La Abadesa separó apenas un palmo el cortinón que cubría la reja y pudo ver, de perfil, al capitán Aldai, que mantenía la cabeza alta, mirando ligeramente a su derecha. Entonces le indicó a la hermana María que mirara detenidamente aquel hombre.
- Fíjate bien, hija mía – le susurró.
La hermana María fijó su atención en aquel hombre. La Abadesa observó como fruncía ligeramente el entrecejo, lo que no era buena señal.
- Y ahora dime si te es conocido – le pidió.
- Su rostro me resulta familiar, pero no sabría deciros de qué le conozco. No sé quien es; pero ¿por qué me lo preguntáis Madre?
- A su tiempo te lo diré, hija mía; ahora vete a la oración con el resto de las hermanas. Yo enseguida iré también.
Cuando la hermana María se hubo alejado, llamó en voz queda al Capitán, que se acercó a la reja temiendo lo peor, pues estaba seguro que si Marta le hubiera reconocido, le habría llamado.
- Lo siento, caballero Aldai. A la hermana María le resultáis conocido, aunque no sabe de qué. No tengo por tanto, la seguridad plena de que seáis su esposo, por lo que no os la puedo entregar.
- Pero Madre Abadesa, si me conoce, aunque no recuerde ahora de qué, ¿acaso no es prueba suficiente? No prolonguéis nuestro sufrimiento, por Dios os lo suplico – imploró.
- No puedo complaceros Capitán y lamento que mi decisión prolongue vuestro dolor, pero tal como ya os expliqué, si sois quien decís, deberéis acreditarlo suficientemente.
- ¿Qué testimonios aceptaréis como válidos, Madre Abadesa?
- Os lo haré saber esta misma tarde, después de vísperas, no antes ni a esa hora, sino después. Es importante que así sea. Os espero en este mismo lugar a esa hora.
¿Por qué la Abadesa no le había dicho ya que testimonios tenía que aportar? ¿Qué estaba pasando? Empezaba a sentirse preocupado, pero no tenía otra opción que la de esperar hasta después que la sombra del gnomón del reloj de sol que había en la fachada del monasterio, pasara de las seis.
- Es ella, Madre Priora; es mi pobre esposa. ¡Pobrecilla¡ ¡Cuánto habrá sufrido sola por esos campos y en su estado¡ Gracias, Madre, por haberla protegido. ¡Que Dios os bendiga¡
Leopoldo López, en su papel, estaba exultante.
- ¿Cuándo nos podremos reunir para continuar nuestra peregrinación? – le peguntó impaciente.
- Tal como os dije esta mañana, es necesario que estéis aquí para la hora de vísperas. Entonces responderé a vuestra pregunta. Ahora, idos o quedaos en la iglesia si deseáis rezar.
Nada en Carrizo que no fuera la espera hasta la hora indicada requería su atención, así que decidió quedarse en la iglesia. En el exterior y a esa hora del día, el calor era asfixiante mientras que en la iglesia la temperatura era agradable y en medio de aquel silencio se encontraba cómodo. Puede que incluso la suerte le dedicara una amplia sonrisa haciendo que Marta volviera a pasar por la iglesia. Si eso ocurría – pensó- cabía la posibilidad de sorprenderla y llevársela sin tener que esperar a vísperas; pero no, no lo haría porque seguramente ella se resistiría, aún cuando no lo reconociera, y llevar por la fuerza y por la vía pública a una monja- ya que ese aspecto ofrecería vestida con hábito- pudiera provocar la intervención de los alguaciles, algo que en modo alguno le convenía. Pero imaginarse que la sorprendía, le agradaba.

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