lunes, 31 de diciembre de 2012
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO IX (01.01.2013)
Ana cerró el libro y también los ojos. Sintió la agradable brisa que venía de la mar aunque con un ligero olor a petróleo, quizás por la cercanía de los depósitos de CLH, y se imaginó a Teodegonda, inquieta, nerviosa y ansiosa por ver a su esposo y también preocupada por el temor de que él no la encontrara suficientemente atractiva o, incluso, a que centrara toda su atención y emociones en su hijo - no tanto por el niño en sí, carne de su carne, sino porque era su primer hijo legítimo y por tanto sería su sucesor - dejándola en un segundo plano de atención no sólo como reina, que eso era lo que menos le importaba, sino como su esposa.
Ana también había pasado por algo similar, pues siendo y sintiéndose el centro de la vida de su marido, después de nacer Sandra, ésta se convirtió en lo más importante para él y eso a ella le satisfacía, pero a medida que la niña fue creciendo y él asumía nuevas y más altas responsabilidades en la empresa, la entrega casi obsesiva a su trabajo por un enfermizo sentido de la lealtad con la entidad, casi sin darse cuenta, le fue alejando de ambas hasta el punto de llevarles a la situación en la que desde hacía tres años se encontraban.
Supo de la angustia que causa la impotencia por evitar lo que parecía inevitable, pues cuando un hombre visceral como Alberto se entregaba a una causa, y ésta era la de su trabajo, todo lo demás pasaba a un segundo o tercer lugar y sin que él fuera consciente de ello. Cuando ella, en las escasas ocasiones en que tuvo la oportunidad de hablar de lo que estaba ocurriendo entre ellos, del alejamiento que, aunque lentamente, se estaba produciendo entre ellos, el decía no tener esa sensación y que si bien cierto era que dedicaba la mayor parte de su tiempo a su trabajo, lo hacía por ellas, por darles una vida mejor, porque su vida fuera transcurriera sin incertidumbres económicas presentes ni futuras, que lo hacía por su familia, que era ella y su hija. Ana sabía que Alberto estaba convencido de lo que decía y que se lo exponía con sinceridad, lo que aumentaba su dolor, pues aunque el motivo llenaba de amor su corazón, la consecuencia suponía pagar un precio inaceptable, pero la propia causa lo hacía inevitable.
Comprendía muy bien los temores de aquella Teodegonda, y empezó a sentir empatía por ella. Aunque les separaban más de quince siglos, tenían mucho en común.
Pensando en la reina visigoda, tomo el Camino del Arbeyal y enseguida la calle de la Estrella para llegar al Savannah, donde comió pixín alangostado como único plato. Mientras que dejaba que el té –dark ceylon era su preferido – reposara los preceptivos cinco minutos, sacó el libro de su bolso para seguir conociendo la historia de aquella mujer visigoda. Se estaba bien allí, bajo aquella sombrilla que la protegía del sol y con una temperatura agradable.
… La entrada de Alarico y su ejército en Toulouse fue apoteósica. La muchedumbre, que ocupaba la calle desde la entrada a la ciudad hasta el palacio, vitoreaba su nombre sin cesar apagando el sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado de la calle. De algunos balcones colgaban paños de color rojo, pues éste era el color de los visigodos, por ser el de la sangre y, por asociación, el de la vida.
Alarico encabezaba la comitiva y sus generales cabalgaban unos pasos por detrás. Tras la caballería, imponente con sus robustos caballos engalanados – Alarico así lo había ordenado para entrar a la ciudad – avanzaba la infantería en perfecta formación, cual si de una legión romana se tratara. El entusiasmo de la población era inmenso, pero entre esa multitud, no faltaba quienes no lo compartían y cuyos ojos estaban más pendientes de cuantificar los efectivos de aquel ejército, que de los fastos organizados para recibirles. Eran civiles, curas y frailes católicos que siguiendo instrucciones de Clodoveo unos y de sus obispos y abades los otros, espiaban al rey hereje buscando toda la información posible sobre su capacidad para resistir un ataque de los francos para reinstaurar el catolicismo y, por tanto la disciplina de Roma, en toda la Galia, interés principal de la Iglesia, mientras que para Clodoveo era el de la conquista del reino visigodo. Para poder conseguir su objetivo, Clodoveo necesitaba la alianza con la Iglesia y ésta, para lograr el suyo, con Clodoveo, pero prevaleciendo siempre la voluntad de Roma, pues esta voluntad, era la voluntad de Dios.
La reina flanqueada por el obispo y otros dignatarios religiosos arrianos y algunos nobles, esperaban en el patio del palacio la llegada del rey. Un nutrido
grupo de sirvientes formados a ambos lados del patio y tras las filas de soldados armados con lanza que formaban el pasillo de entrada, esperaban para hacerse cargo de las monturas tan pronto los jinetes desmontaran.
Alarico hizo su entrada diez pasos por delante de sus caballeros. Su sonrisa era la de un hombre satisfecho. Había sido informado semanas antes, del feliz nacimiento de su hijo, su heredero, cumpliéndose así uno de sus más fervientes deseos, pues era preciso que así fuera para asegurar la línea sucesoria de su casa, evitando que nobles ambiciosos pretendieran el trono si a él le ocurriera algo o incluso que pudiera servir de excusa a su vecino Clodoveo para hacerse con él.
El corazón de Teodegonda latía apresuradamente cuando el rey se acercó a ella. ¿La encontraría atractiva? ¿Despertaría sus deseos? Había llegado el momento de encontrar la respuesta a esas preguntas que llevaba haciéndose tantos meses y que tan angustiada la habían tenido.
Cuando Alarico estaba a dos pasos de distancia, Teodegonda se inclinó, pues así lo exigía el protocolo.
- Mi rey y Señor, mi corazón está feliz por vuestro regreso- saludó.
- Levantaos, mi reina – dijo Alarico al tiempo que la tomaba de la mano – y dejad que os estreche entre mis brazos que tanto os han añorado.
Y él la abrazó con tal intensidad que, aun cuando la presión de la cota de malla sobre sus pechos le provocó dolor, nunca había vivido unos instantes de tanta felicidad. Aquellas breves palabras pronunciadas por su esposo, compensaban sobradamente la soledad, la angustia, los sacrificios y los miedos padecidos durante los meses de su ausencia. Habían sido la respuesta a sus preguntas. Él la seguía amando, la seguía deseando, así que la encontraba atractiva.
Alarico se volvió hacia sus generales:
- Id y abrazad a vuestras esposas e hijos, que bien lo merecéis, pues me habéis servido bien. Y ahora esposa mía, decidme dónde está mi hijo, que ardo en deseos de conocerlo.
- Venid, mi Señor, a conocer a vuestro hijo.
Adriana tenía a Amalarico en brazos cuando Alarico y Teodegonda entraron en la estancia.
El brillo que la emoción había puesto en sus ojos, pareció apagarse al tiempo que un cambio de la expresión de su cara imperceptible para todos menos para Teodegonga, le hizo saber a ésta que se sentía decepcionado.
Alarico miró a su esposa y cogió al niño en sus brazos.
- Me lo imaginaba más crecido – dijo. Después lo devolvió a Adriana y salió de la estancia.
Teodegonda reaccionó rápidamente del estado de desconcierto que las palabras del rey le habían producido y fue tras él.
- Mi Señor, sólo tiene cinco meses y es un niño sano y fuerte. En pocos meses más ya andará y…- la angustiosa voz de Teodegonda hizo que Alarico se detuviera.
- Esposa mía, nada te reprocho y estoy satisfecho por haberme dado el hijo que esperaba – dijo al tiempo que cariñosamente cogía sus manos – Ha sido el deseo de que pudiera estar ya a mi lado delante del pueblo, el que ha nublado mi razón, haciéndome querer ver una realidad que sólo es posible con el paso del tiempo.
Cuidadlo – continuó – para que crezca sano y fuerte, pues así ha de ser para que algún día pueda ceñir la corona de este reino.
Las palabras del rey parecieron devolver el sosiego al corazón de Teodegonda.
- Son muchos los asuntos que tras tan larga ausencia requieren mi atención – continuó Alarico sin soltar sus manos - y que me mantendrán ocupado y hasta alejado de él y de vos más tiempo del que quisiera, pero tenedme al corriente de su evolución y especialmente informadme cuando pueda ya sostenerse de pie.
- Descuidad, esposo mío, mi rey, pues vos y nuestro hijo sois lo más preciado de la vida y a ambos entrego la mía sin límite alguno.
Alarico pudo ver como los ojos de Teodegonda se humedecían, lo que era la mejor prueba de que hablaba con el corazón. Había sido un acierto la elección de la hija de Teodorico como esposa. No tenía la menor duda.
Alarico había dispuesto que al día siguiente se celebrara un acto religioso de acción de gracias en la basílica que había levantado Exuperio, el que fuera obispo de Tolosa tras la muerte del obispo Silvio en el 405, en honor de San Saturnino, pues este santo había sido quien 150 años antes había construido la capilla que ahora servía de base a la basílica. Tras la ceremonia religiosa, en el palacio tendría lugar un gran banquete al que acudiría la nobleza y los dignatarios de la Iglesia arriana, así como todos sus generales. Quería celebrar tanto su regreso como el éxito de la campaña en Hispania contra los suevos.
La noticia sobre la celebración del acto religioso y precisamente en la basílica, irritó sobremanera a los dignatarios eclesiásticos católicos y a algunos nobles fieles la doctrina de Roma, interpretando la decisión de rey hereje como una provocación a la Iglesia de Roma y una afrenta al obispo fundador de la basílica, pues Exuperio, al haberse negado a aceptar la doctrina arriana en tiempos del padre de Alarico, tuvo que exiliarse muriendo en el destierro.
Dos días más tarde también llegó la noticia a la corte de Clodoveo que no dudó tampoco en considerarlo, convenientemente aconsejado por el obispo Remigio, como una provocación y una manifestación de fuerza frente a él, el rey católico que defendía la auténtica fe.
Teodegonda temía la llegada de la noche, cuando su esposo se acostara a su lado. Él la había visto vestida a su llegada, pero ¿la seguiría encontrando sensual y atractiva cuando la viera desnuda? Su estado de ánimo navegaba entre la esperanza y el nerviosismo. Adriana, a quien hizo partícipe de sus temores, insistió en que nada debía temer en ese sentido, pues su cuerpo era tan hermoso como antes de que concibiera a su hijo. Aún así, le ordenó que perfumara su cuerpo con agua de flores y frutas, pues es sabido- le dijo – que su olor produce en el hombre efectos afrodisiacos.
Vanos había sido sus temores, pues aquella noche, tras tan larga ausencia, fue pródiga en amores, ternuras y caricias de las que las temblorosas llamas de la chimenea fueron únicos testigos.
Fue también noche de confidencias, pues aquella cama la compartían no sólo el rey y la reina, sino un hombre y una mujer que se amaban.
Alarico le contó cómo se había producido la herida en el muslo cuando ella se fijó en la cicatriz y también la impresión que le había producido encontrar a aquel pueblo de gentes tan ancianas y al mismo tiempo con buen aspecto y sin falta de vigor y cómo alguno de sus generales decía que era obra de su propia naturaleza, pues no sabían cuál podría ser la razón de ese efecto, ya que todas las gentes de aquella parte del reino se alimentaban de igual manera y si de pócimas o magia se tratara, no hubiera sido posible mantener el secreto. Lo cierto es que – le decía mientras la cabeza de ella descansaba sobre su pecho – me intriga tal misterio. Diríase que esas gentes poseen el secreto para vencer a la muerte.
Teodegonda permanecía en silencio. Las últimas palabras de su esposo se asentaban sólidamente en su cabeza.
- ¿Te imaginas – continuó él – lo que supondría conocer ese secreto?
- Pero, amado mío, nadie puede vivir eternamente, aunque coincido contigo que poder vivir muchos, muchos años sin acusar los efectos del paso del tiempo, sería algo maravilloso.
- Si, sería fantástico ver como mis enemigos van desapareciendo y sus hijos y los hijos de sus hijos, pero…sólo son ilusiones, pues nadie vive para siempre, aunque con alcanzar la edad de aquel hombre, que ya había nacido en tiempos de Honorio… me daría por satisfecho.
- ¿Tan anciano era? – le preguntó Teodegonda interesada.
- No supo decirme su edad, pero ésta era de más de 80 años- contestó.
- Son muchos años ciertamente y si, como dices, otros de su pueblo, hombres y mujeres también, son muy longevos, causa habrá para ello que no conocemos – comentó ella.
- No conocer esa causa es lo que ocupa mi pensamiento con más frecuencia de la que debiera. Tanto – continuó Alarico - que no he dejado de pensar en ello durante el largo trayecto de regreso desde aquella parte del reino.
- No permitas que esos pensamientos turben tu ánimo. Mañana puedes preguntarle a Bertulfo, que entiende de medicinas, de pócimas, ungüentos y raíces si algún preparado puede alargar la vida de un hombre, o al obispo por si para ello hubiera razón divina, que por tal desconocemos. Ahora, esposo mío, mi rey, duerme y descansa, que yo velo tu sueño.
A la mañana siguiente no fue el rey quien habló con Bertulfo, sino Teodegonda. El médico no conocía tratamiento alguno capaz de alargar la vida de un hombre más allá de lo que la voluntad de Dios hubiera dispuesto, y nunca había oído de nada que se le pareciera.
Cuando tras los actos religiosos en la basílica Alarico le preguntó al obispo, éste le contestó que la hora de la muerte la decidía el Altísimo y que nadie podría vivir eternamente, ya que en el Génesis, el libro sagrado mediante el que el Creador había manifestado su voluntad, estaba escrito: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; más serán sus días ciento veinte años” (Gen. 6.3)
Ni aún así Alarico se dio por satisfecho. Ahora eran muchos los asuntos y muy graves algunos los que requerían su máxima atención y dedicación, pero cuando los hubiera resuelto se ocuparía de encontrar la respuesta a la pregunta que no conseguía quitar de su cabeza: ¿cuál es la causa de la longevidad de aquellas gentes que conoció en Hispania, en la ribera del Órbigo y cercanas a la población donde había dejado parte de su ejército y a la que había puesto Requeixo de nombre?
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