miércoles, 26 de diciembre de 2012


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez

CAPITULO IV

Todo esto recordaba Alarico mientras cabalgaba con su ejército de regreso a la Galia donde, sin duda, le esperaban asuntos importantes de gobierno y alguno de la suficiente gravedad como para que, de no resolverlo favorablemente, su corona como rey de los visigodos corriera peligro, tal como era el de convencer a los nobles arrianos más radicales de la necesidad de aplicar las medidas de tolerancia, que ya tenía in mente, con los católicos para evitar que Clodoveo se erigiera como valedor de éstos y enviara su ejército contra Toulouse.
La herida del muslo parecía ir mejor tras la cura que el físico le había hecho cerca de Legio y las jornadas iban transcurriendo sin contratiempo alguno, pues el orden parecía reinar en aquellas poblaciones por las que pasaban y en las que sus jefes, acompañados por el pueblo, acudían a rendirle pleitesía.

Cierto era que el grueso del ejército iba precedido por una avanzadilla de 50 jinetes como primera fuerza de choque en prevención de encuentros no deseados, así como para asegurarse del caluroso recibimiento con que Alarico sería recibido en todas y cada una de las poblaciones por donde el ejército tenía que pasar.
El avance de un ejército de más de 1500 hombres era necesariamente lento, pues aunque la infantería, algo más de 1100 soldados cargando con sus pertrechos, podía caminar unas ocho horas por jornada, no así las carretas con las vituallas, tiendas, forjas, leña, ruedas para las carretas, etc. lo que limitaba el avance a unas veinte millas diarias y eso siempre que por el estado de la calzada, no siempre en las condiciones adecuadas para aquellas pesadas carretas con ruedas de madera tiradas por mulas, no se rompiera algún eje o rueda, en cuyo caso el avance aún se volvía más lento.
Todos eran soldados experimentados que llevaban años sirviendo en el ejército visigodo, por lo que montar el campamento apenas les llevaba dos horas y otro tanto levantarlo cada amanecer.

Una semana tardaron el llegar desde Legio a Segisama y dos jornadas y media hasta Virovesca, donde Alarico decidió descansar durante un día.
Aquella noche, como todas las anteriores, cenaba con sus generales en la tienda real. Los temas habituales de conversación durante casi toda eran sobre la milicia, los hechos de la campaña, recuerdos de otras pasadas y ya, cuando el abundante vino que trasegaban en cuernos de vaca o póculos de latón empezaba a nublar sus mentes, eran las mujeres el motivo de sus voces pastosas y sonoras carcajadas hasta que o bien Alarico levantaba la reunión o iban cayendo dormidos sobre los maderos de la mesa en la que habían cenado jabalí, cordero o aves de caza, que en el recorrido algunos arqueros y lanceros, sin otra misión que esa, cazaban por los espesos bosques de robles y encinos que se extendían inmensos a ambos lados de la calzada.

Las vituallas de la tropa no eran tan copiosas, aunque en ellas no faltaba la carne y el tocino, además de pan de cebada y vino.
La cena de aquella noche transcurría con inusual tranquilidad y las conversaciones entre los generales eran casi a media voz, quizás debido a que el rey cenaba en silencio y aparentaba estar abstraído.
Allí estaban Huberto, bajo cuyo mandato estaba la mitad de la caballería; Lanfrarico, que mandaba la otra mitad, Edgardo, Arduino y Gerbrando responsables de la infantería y Boleslao, de quien dependía la intendencia.
- ¿Os preocupa algo, Señor? – se atrevió a preguntar Huberto, con la confianza que le daba el haber sido preceptor de Alarico cuando servía a las órdenes de Eurico, su padre y anterior rey.
Pasaron unos instantes hasta que la pregunta sacó a Alarico de su abstracción.
- No, no – contestó – Solamente pensaban en aquella gente que salió del bosque cuando tuvimos el encuentro con la partida de suevos y…
- Fue donde os hirieron, pero pagaron caro su atrevimiento – le interrumpió Arduino, que era el general que había protegido al rey cuando fue herido.
- Si, fue entonces, pero no pensaba en mi herida, ya curada, sino en … - quedo unos instantes en silencio - ¿Os disteis cuenta - continuó – de cuan viejos que eran aquellos hombres y sin embargo con un vigor impropio de la edad que aparentaban? Ochenta años tenía, como poco, aquel que dijo llamarse Froi, pues ya había nacido en los tiempos de Honorio.
- Así es, Señor. A todos nos llamó la atención y más aún cuando en la población que habéis fundado vimos tanto hombres como mujeres muy longevos – comentó Lanfrarico – aunque cierto es que apenas vimos hombres jóvenes.
- No dejo de preguntarme qué hay en la naturaleza de esos Egurros para que vivan tantos años y aún mantengan el vigor, si es que de su naturaleza se trata, o de qué se alimentan, o si toman bebedizos o pócimas secretas que prolonguen su vida. ¿Qué opináis? – preguntó sin dirigirse a nadie en concreto.
- Lo ignoramos, Señor - contestó Boleslao – aunque me atrevería a decir que nada tiene que ver con su alimentación, pues los recursos de la comarca, por lo que pudimos ver, son los mismos que para los Bedunios y Amacos y en ninguno de estos dos pueblos hemos visto cosa igual a la de los Egurros.
La opinión de Boleslao estaba cargada de razón, pues él, como responsable de la intendencia del ejército, se ocupaba del avituallamiento que, necesariamente, había de nutrirse en su mayor parte con los que se diera en cada lugar donde acampaban, y en aquella amplia comarca tan generosamente regada por los ríos Tuerto, Órbigo, Ornia, los recursos procedían de la caza – jabalíes, conejos, aves – así como de la pesca tanto para Bedunios como para Egurros y Amacos.
- Entonces, Boleslao ¿crees que se trata del efecto de bebedizos o encantamientos? – le preguntó el rey.
- No lo creo así, Señor, pues si de magia o pócimas milagrosas se tratara, difícil sería mantener el secreto si se administrara a toda la tribu y, por lo que hemos visto …
- Ergo… ¿cuál es tu conclusión?
- Que la razón para alcanzar edades tan avanzadas está en la naturaleza de esas gentes, por lo que no es ni siquiera un secreto.
Forma parte de su carne y convencido estoy de que ni ellos mismos conocen la razón – concluyó.
- Seguramente así es. Ahora comamos y bebamos, que el estómago también reclama nuestra atención.
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