jueves, 27 de diciembre de 2012

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez


CAPITULO V (28.12.2012)

Clodoveo, rey de los francos, llevaba varios día reunido con sus generales en Soissons, al norte del reino, donde estaba instalada su Corte desde que venciera al último magister militum de las Galias, Siagrio, conocido como Rey de los romanos, cuatro años antes en la batalla de Soissons.
También asistía a la reunión Remigio, el obispo de Reims, pues era su consejero desde la conversión del rey al catolicismo en el año 496, como consecuencia de lo acaecido en la batalla de Tolbiac, frente a los alamanes, aquel conjunto de tribus germanas que vivían en el borde sur del río Elba y a lo largo del Mena, pues según se decía, cuando más delicada era la situación de Clodoveo durante la batalla, y sin que las súplicas a sus dioses fueran oídas, en un gesto desesperado invocó al dios de su esposa Clotilde, que era cristiana y de alto linaje, hija del que fuera rey de los burgundios, Chilperico II y de Caretena, quienes tuvieron un trágico final en el año 476, cuando Gundebaldo, tío de Clotilde, asesinó a su padre y después ahogó a su madre. La invocación a Cristo pareció ser escuchada, pues cuando estaba a punto de ser capturado, Siagrio cayó muerto por una flecha que atravesó su armadura, lo que provocó la huida de su ejército y la gran victoria de Clodoveo.

Clotilde y Remigio presionaban constantemente a Clodoveo para que se convirtiera al cristianismo, llegando finalmente a vencer su reticencia hasta el punto que llegó a prometer que si salía victorioso de la batalla contra Siagrio, se bautizaría, así que cuando regresó victorioso, ambos le reclamaron el cumplimiento de la promesa hecha.
Tras ser instruido por Remigio en los misterios del cristianismo, se celebró el rito del bautismo en Reims, aconteciendo allí un nuevo hecho milagroso, pues al llegar al baptisterio, el obispo dio cuenta de que no había en él crisma para la unción; pero, ante el asombro de todos, apareció una paloma llevando en su pico una crismera de la que el mitrado tomó el sagrado aceite para ungir al rey.

No podía haber duda alguna sobre que Clodoveo era grato a los ojos de Dios.
El motivo de la reunión con el generalato no era otro que analizar con detalle cualquier circunstancia que pudiera justificar un ataque a Alarico y que debía ser tal que no diera razones a su suegro Teodorico para acudir en defensa de su yerno, como ya lo había hecho en el pasado, aunque en enfrentamiento no había sido contra el actual rey franco.
La población franco-romana católica clamaba por la intervención de Clodoveo, no por las razones políticas que a éste le interesaban, sino porque detestaban a los herejes arrianos a los que había que borrar de la faz de la Tierra y de los que Alarico era el máximo exponente.
Los obispos y sacerdotes católicos que aún podía predicar y ejercer su oficio en el reino visigodo, no perdía oportunidad para alentar a sus fieles a manifestarse en defensa de la auténtica fe y a combatir la herejía arriana, así que – cuando llegue el momento, Alarico no sólo tendrá que enfrentarse a vuestro ejército – decía el obispo Remigio – sino que también a una parte importante de su propio pueblo.
- Cierto es que ese será un grave contratiempo, pero en cualquier caso y como bien decís, será cuando llegue el momento y no os he reunido aquí para pergeñar la estrategia más conveniente para esa batalla, sino para determinar qué circunstancias o hechos son los más convenientes para establecer ese momento que decís, obispo – dijo Clodoveo con firmeza – así que centrémonos en ello.
- ¿Os parece débil razón defender la verdadera fe y la doctrina del Papa? – preguntó el obispo algo molesto.
- No, obispo; me parece razón suficiente, pero con razones no se derrota al enemigo en el campo de batalla, sino con soldados y aún cuando nuestro ejército en más numeroso que el de Alarico al que podríamos vencer con facilidad, si esa es la voluntad de Nuestro Señor – contestó Clodoveo – la ayuda de los ostrogodos inclinaría la balanza hacia el otro lado y, ante esa posibilidad de intervención de Teodorico, atacar Toulouse sería de necios, así que ¿cómo evitar esa posible ayuda de Teodorico?
Ante esta argumentación, el obispo Remigio guardó silencio.
- Si Teodorico decidiera acudir en ayuda de su yerno y eso es muy probable, solo lo podría disuadir la presencia de un ejército mucho más numeroso – era Argimiro quien hablaba, uno de los generales de Clodoveo, un hombre de gran corpulencia y una llamativa barba pelirroja – y tal ejército se podría formar si contáramos con la ayuda de Anastasio.
- Pero Anastasio acaba de empezar la guerra contra los persas y, además es monofisita – intervino Gastón, general de infantería.
- Es cierto que sigue defendiendo la doctrina hereje de Eutiques de Constantinopla – se apresuró a decir el obispo – a pesar de que fue condenada en el IV Concilio Ecuménico de Calcedonia hace ya 51 años y…
- Pero practica el Henotikón– replicó Gastón – que, como sabéis y aunque promulgado por su antecesor el emperador Zenón, fue redactado por Acacio, el patriarca de Constantinopla, para lograr la pacificación religiosa y, por lo que sabemos, sigue siendo eficaz en el imperio de Occidente.
- Aún así, sigue siendo un hereje y la defensa de la fe católica no…
- ¡Callad¡ - ordenó Clodoveo – No discutamos ahora por algo que en las actuales circunstancias no es posible contemplar. Cuando el Dicorus termine la guerra contra Persia, será el momento de estudiar la conveniencia de solicitar o no su ayuda, pues como ya os dije, obispo, las batallas las ganan los ejércitos y no las razones teológicas.
- Pero …- Una mirada de Clodoveo hizo que interrumpiera lo que iba a decir.
Los rostros de los dos soldados que, lanza en mano, guardaban la puerta de entrada a la sala donde tenía lugar la reunión, eran hieráticos e imperturbables, lo que en modo alguno, a pesar del grosor de la puerta, les impedía oír la conversación que tenía lugar a sus espald
as.
- ¿Quién es ese Dicorus? – preguntó entre dientes uno de ellos.
- Así le llaman al emperador Anastasio, pues tiene un ojo de cada color – contestó de la misma forma su compañero.
Satisfecha su curiosidad, continuaron con su función de centinelas sin que un músculo de su cuerpo diera a entender que estaban vivos.
Dos horas más tarde, Clodoveo dio por finalizada la reunión sin que hubieran acordado otra cosa distinta a la de esperar noticias tanto del desarrollo de la guerra de Anastasio contra los persas, como sobre el regreso de Alarico de su campaña en Hispania.

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