EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS (26.12.2012)
por Alfonso Martínez.
CAPITULO III
Mientras Teodegonda se sometía gustosa y esperanzada al tratamiento prescrito por Bertulfo, Alarico, que iniciaba el regreso a Toulouse de Languedoc al frente de sus tropas, compuestas por 410 hombres a caballo y 1164 soldados de a pie después de haber dejado una guarnición de 18 jinetes y 32 soldados de infantería en el recién fundado lugar de Requeixo, entre el Órbigo y el Tuerto, cruzaba pensativo la población de Villa Aurea, donde antaño había estado acampada una legión de sus seculares enemigos: la romana Legio VII Ferrata.
Cuando partió de la corte tolosana seis meses antes para iniciar la campaña que ahora había finalizado, su esposa Teodegonda había concebido al que sería su primer hijo y sucesor, porque no tenía duda alguna sobre que sería un varón, hecho que, unido a su victoriosa campaña, le aseguraría una mayor protección de su suegro Teodorico, el Grande, frente a las pretensiones expansionistas del rey de Clodoveo, el rey de los francos, a quien sólo quedaba por conquistar el reino visigodo de Toulouse para dominar toda la Galia.
Eurico, su padre, rey de los visigodos desde el 446 hasta el 484 después de asesinar a su hermano Teodorico II, había sido un fanático arriano y combatido a los prelados católicos acabando con los obispos de Perigueux. Limoges, Bazas, Cousans, Burdeos, Mende y Eause. El obispo de Bigorre, Fausto, tuvo mejor suerte pues le perdonó la vida aún cuando se negó a abjurar del catolicismo, pero no así Gaudencio y Sidonio Apolinar, obispos de Bigorre y Clermont. Los fanáticos arrianos sintiéndose protegidos por Eurico, crearon un clima de terror entre los católicos que obligó a muchos a huir buscando lugares seguros allende los Pirineos, en la Hispania visigoda.
Mientras cabalgaba, analizaba la reciente historia del reino, cuya estabilidad le preocupaba grandemente. Él también era arriano, pero más le importaba conservar la corona para él y el hijo que ya habría nacido, que las discusiones teológicas sobre la esencia divina del Hijo, convenciéndose cada vez más de la necesidad de aplicar medidas tolerantes con los católicos que permitieran acabar con aquella peligrosa situación que, de mantenerse, no tendría otra consecuencia que la de dar argumentos a Clodoveo, convertido al catolicismo, para intervenir, algo que desde hacía tiempo estaba deseando hacer y no por defender la ortodoxia católica, aunque ese pudiera ser el pretexto, sino para cumplir sus objetivos políticos: hacerse con la corona del reino visigodo.
Aunque el paso de los hombres de a pie era ágil, el avance era menos rápido de lo que a él le hubiera gustado. Había acordado con sus generales utilizar como ruta de regreso a Toulouse la vía construida hacía unos siglos por los romanos y que naciendo de Asturica Augusta (Astorga) les llevaría por Legio (León), Segisama (Sasamón) donde había estado asentada la Legio IV Macedónica al mando de Octavio Augusto para someter a cántabros y astures, para seguir por Virovesca (Briviesca), Pompelon (Pamplona) y superar el puerto Sumo Pyrineo (Ibañeta) desde donde quedaban unas 215 millas romanas hasta Toulouse, la capital de su reino. En total recorrerían más de 550 millas que un jinete avezado y sin contratiempo alguno en el camino podría hacer en ocho o nueve días, pero un ejército de más de 1500 hombres con sus carretas y pertrechos y teniendo además que ir asegurándose de la consolidación de los asentamientos, al menos de los principales, no podía avanzar más de 8 o 9 millas diarias, razón por la que el mensajero que había enviado a Toulouse informó a Teodegonda que el rey tardaría unos tres meses en llegar.
Cuando eso ocurriera – pensaba Alarico – dispondría que se abrieran las iglesias que su padre había clausurado, renunciaría a su derecho a intervenir en el nombramiento de los obispos, a quienes autorizaría para convocar concilios, y daría a los católicos libertad para gestionar sus propios recursos eclesiásticos. Confiaba que estas medidas calmaran los ánimos de los católicos y frenaran las intenciones de Clodoveo, aunque antes de llevarlas a cabo informaría de sus intenciones a los nobles arrianos más notables, no sea que por estabilizar el reino, pudiera perder la corona.
Un ligero pinchazo en el muslo izquierdo hizo que se fijara en el vendaje que lo envolvía y en la mancha de sangre que le indicaba que la herida se había vuelto a abrir.
No era una herida grave, pero si molesta y que le hacía cojear ligeramente cuando caminaba. Había sido cuando en un recorrido a pie – era imposible utilizar caballos - por la ribera del río Órbigo con dos docenas de soldados, a unas tres millas aguas abajo de Villa Aurea, sorprendieron a una partida de suevos rezagados que recorría la margen derecha del río saqueando las pequeñas aldeas que se levantaban entre los claros de la abundante floresta que acompañaba al río en todo su recorrido, cuyos habitantes eran por derecho súbditos visigodos y a los que, por interés del propio reino, debía proteger, cuando en la refriega pudo, en el último instante con su escudo de madera, desviar una francisca, la temible hacha franca, destinada a partirle el pecho, pero sin poder evitar que le hiriera en el muslo. Ni siquiera sintió el dolor pues toda su atención y esfuerzo estaban concentrados en atravesar con su espada de algo más de una vara, el cuerpo de aquel suevo cuya frustración por lo fallido de su ataque puedo ver en sus ojos antes de que los cerrara para siempre. No tardó en empezar a notar algo de torpeza al moverse coincidiendo con la aparición del dolor en la parte herida y que no protegía la cota de malla de hierro con la que cubría su cuerpo. Se dio cuenta de que sangraba abundantemente, pero – ya había sido herido en ocasiones anteriores – coligió que no era una herida grave aunque si aparatosa, por lo que siguió inmerso en la lucha tratando de compensar con coraje la pérdida de agilidad. Uno de sus generales, que se percató de la situación, gritó dos nombres y casi al instante, tres hombres se situaron a su lado protegiéndole.
No tardaron los suevos en ser muertos y los pocos que no perecieron en la lucha, fueron ejecutados.
El físico que se ocupaba de la atención al rey, le aplicó un emplasto de consuelda en la herida, pues esa planta era un extraordinario cicatrizante, y se la vendó.
Hasta tres docenas de hombres empezaron a salir del bosque acercándose al grupo armado y al que algunos soldados se dispusieron a cortarles el paso. Estaban desarmados y – recordaba Alarico – tal parecían que había salido de
la noche de los tiempos, pues todos ellos eran hombres que por su aspecto parecían de muy ancianos, aunque se mantenían erguidos y su caminar erguido no era propio de la edad que aparentaban.
Cuando con un gesto del rey se acercaron, se postraron ante él expresándole su agradecimiento por haberles librado de aquellos suevos que les robaban y les obligaban a mantener escondidas a sus mujeres en la espesura del bosque, pues en el pasado se habían llevado a algunas de ellas y a otras, tras haberlas tomado por la fuerza, las había degollado delante de sus familias.
El que se identificó como jefe del grupo respondió a Alarico cuando éste le preguntó por qué no había jóvenes entre ellos, que muchos hombres había muerto luchando contra los romanos y que otros había sido esclavizados o forzados a servir en su ejército. Que pertenecían a la tribu de los Egurros y que ya estaban establecidos allí cuando llegaron los romanos, a los que habían combatido, pues preferían morir antes que ser convertidos en esclavos para trabajar en la extracción del oro, la plata y otros minerales abundantes en la comarca, así que cuando los aguerridos visigodos los liberaron del yugo romano, habían aceptado de buen grado su dominio, pues respetaban sus costumbres y les permitían dedicarse a aquello que había sido siempre su medio de vida: la pesca y los cultivos, razón por la que siempre se asentaban en las proximidades de los ríos.
Cuando Alarico le preguntó por su edad, el egurro, que dijo llamarse Froi, le contestó que no la conocía, pero que cuando él nació, Honorio era el emperador de Roma, lo que permitió al rey deducir que, habiendo muerto Flavius Honorius en el año 423, el hombre que tenía delante pasaba de los 80 años, una edad tan sorprendente que Alarico, arrastrado por la curiosidad, le preguntó si todos los miembros de la tribu, incluidas las mujeres, eran así de longevos.
- Así es, mi Señor- contestó – todos somos muy viejos, pero aún con las fuerzas necesarias para esperar con ilusión la salida del sol cada día.
- Asombroso, realmente asombroso- se admiró Alarico. Desde ahora ya no tendréis que preocuparos por vuestras mujeres y
pertenencias- continuó - pues para proteger esta comarca he dejado una guarnición allá cerca de donde este río se junta con el que viene del oeste, al que llaman Tuerto y a la que podéis recurrir en caso de necesidad. Y ahora, volved con vuestra gente.
Los Egurros era una tribu del pueblo astur y que desde hacía siglos vivía en el territorio entre la confluencia de los ríos Órbigo y Tuerto, al norte del que habitaban los Bedunios y al sur del territorio de los Amacos, cuyo principal núcleo de población era la Astúrica Augusta de los romanos.
El asentamiento fundado por Alarico era de dimensiones reducidas, de unos 10 actus quadratus, y había sido cercado con una empalizada de unos 9 cubitus o codos de alto con los troncos de los árboles que habían talado para despejar la zona. Solo había una entrada custodiada permanentemente por cuatro soldados.
Dentro del recinto se había instalado la tropa que quedaba de retén mientras que el grueso del ejercito estaba acampado en las afueras, entre la arboleda.
A la recién fundada población empezaban a llegar lugareños por curiosidad unos, por ver la forma de asentarse otros y sin que faltaran los que buscaban comerciar vendiendo a la tropa peces, quesos o frutas, así que Alarico pudo ver tanto hombres como mujeres con aspecto de ser muy longevos, pero sin que sus movimientos indicaran tal cosa.
A los dos días también aparecieron algunos niños y también muchachas, cuya presencia obligo a algunos jefes militares a poner orden en su alterada tropa.
Así, desde su tienda en Requeixo, pudo comprobar Alarico que lo que aquel anciano le había dicho sobre la longevidad de las gentes de su pueblo era cierto. No recordaba haber visto nunca tantos ancianos con tal vitalidad.
Una semana más tarde Alarico ordenó a sus generales que se preparan para regresar a Tolosa. Antes de partir también llamó al jefe de la guarnición que quedaba en Requeixo dándole instrucciones para que atendiera las demandas de protección que pudieran presentarle los lugareños, así como que favoreciera el libre trato entre sus mujeres y los soldados, - pues hembras capaces de llegar a edades tan avanzadas parirán hijos que servirán al Reino durante más tiempo – le dijo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario