CAPITULO II (25.12.2012)
No fue hasta el atardecer del día siguiente cuando llegaron las doncellas que habían recorrido las aldeas cumpliendo las órdenes de Teodegonda.
Lo que le contaron a su Señora en nada complació a ésta, pues – siempre decís lo mismo y esas palabras no moldean mi cuerpo como deseo – les espetó, pues las fámulas le dijeron que había visto más de una docena de mujeres que acababan de parir y a otras que lo había hecho hacía varios meses y que así como las primeras les habían contado que sus senos – y era evidente – se habían desarrollado notablemente y sus vientres había quedado flácidos , aquellas otras que alumbraron meses antes, les dijeron que una vez que habían dejado de amantar, sus senos habían empezado a recuperar el tamaño anterior al del parto y que sus vientres empezaban a endurecerse, así como que no entendían por qué les hacían tales preguntas siendo como eran mujeres como ellas.
Teodegonda no amantaba a su hijo, que de eso se encargaba una nodriza, por lo que sus pechos – pensaba ella - debieran de haber dejado de producir leche, pero no era así y varias veces al día encontraba sus ropas mojadas por la leche que secretaban. Todo ella la había convencido de que, aún siendo cierto lo que todas sus doncellas, incluida Adriana, le decían, no recuperaría su aspecto normal hasta que pasaran muchos meses, quizás un año o más, en cualquier caso mucho después de que su esposo regresara. Dentro de tres meses Alarico la vería con aquellos enormes colgantes pechos que se abrían hasta casi tocar sus antebrazos y con en el vientre estriado que cualquier cosa parecía que no fuera el vientre de una mujer joven.
Si Alarico se decepcionaba – eso era lo más probable – estaba segura de que buscaría consuelo y placer en otras camas y sin que ella pudiera nada pudiera hacer.
Mandó llamar a Bertulfo, a quien expuso la necesidad de que sus pechos dejaran de producir leche, ya que así quizás pudieran recuperar la tersura, tamaño y firmeza perdidas, por lo que le ordenaba que le proporcionara el remedio adecuado para ello, so pena que de no conocer alguno, su incompetencia quedaría acreditada, no siendo, por tanto, necesario como médico de la Corte.
De nada sirvieron las protestas de Bertulfo insistiendo en que el mejor remedio para que su figura volviera a ser la de antes era el tiempo, pues Teodegonda – muchacha testaruda, pensó- reiteró su amenaza, así que, tras advertirle que cortar bruscamente la producción de leche podría traer complicaciones para su salud, le dijo que mandara a una de sus doncellas que hirviera en un cuenco con agua la cantidad de lúpulo que pudiera coger entre sus dedos, otra cantidad igual de nogal y otra más de menta y que después de colar la infusión la bebiera tres veces al día durante siete días y para las estrías del vientre – le indicó - mandad que os preparen una mezcla a partes iguales aceite de olivo con aceite de escaramujo y en la cantidad que os quepa en el cuenco de la mano, con cuatro gotas de aceite de sándalo y cada noche frotad con ella la parte afectada.
Apenas habían trascurrido cinco semanas desde que iniciara el tratamiento indicado por Bertulfo, cuando ya empezó a notar que la presión de sus pechos disminuía y que aunque los apretara ya nada salía de los pezones, todo o cual la satisfizo esperando que con rapidez encogieran y adquirieran la dureza que tenían antes de haber parido, por lo que no dejaba de prestarles atención día y noche, así como a su vientre, que examinaba con detenimiento y del que ya habían desaparecido casi todas las estrías, aunque seguía encontrándolo flácido.
Bien fuera por el tratamiento de Bertulfo o bien por lo que la Naturaleza dispone sobre la recomposición de la morfología de ciertas partes del cuerpo tras el alumbramiento, recomposición que se realiza con mayor eficacia en los cuerpos jóvenes de madres primerizas, lo cierto es que Teodegonda tuvo que admitir que todo aquello que sus doncellas le habían dicho, así como también el médico Bertulfo, no carecía de razón, pues cuando aún faltaban dos semanas para el regreso del rey, el aspecto de su cuerpo parecía ser el mismo que antes de quedar preñada.
La desazón que la había acompañado durante aquellos dos largos meses formaba ahora parte del pasado y había dejado paso a la impaciencia gozosa por el regreso de su esposo Alarico.
Cierto es que su matrimonio había sido por conveniencia política y que cuando su padre Teodorico la mandó llamar para decirle que iba a ser desposada con el visigodo Alarico, no palpitó de felicidad su corazón, sino de incertidumbre y, por qué no, de temor, pues fama de brutos tenía los visigodos, que en nada se parecían a ellos, los ostrogodos, que eran un pueblo civilizado y católico y que además habían sido declarados herejes por la Iglesia católica en el I Concilio de Nicea, en el 325 y por el de Constantinopla en el 381 por defender el arrianismo, aquella pecaminosa doctrina que negaba la naturaleza divina de Jesucristo.
Le habían contado que la juventud de su futuro esposo había trascurrido entre banquetes y concubinas, con una de las cuales, Arcaagna, tuvo a Gesaleico así como que su vida licenciosa a punto estuvo dejar vacías las arcas del tesoro real, viéndose obligado a acuñar moneda de muy baja ley.
Teodorico había justificado el enlace con un personaje tan poco digno de ceñir corona, para extender y consolidar el imperio ostrogodo con el que soñaba, pues habiendo casado a su otra hija ,Otsgoda con Segismundo, el rey de Borgoña; a su hermana Amalafreda con Trasimundo, rey de los vándalos y habiéndose desposado él mismo con Audafledas, hermana de Clodoveo I, rey de los francos, sólo quedaba por incorporar el reino de Tolosa, cuya corona ceñía Alarico y de esta forma también frenaría cualquier intento expansionista de Clodoveo sobre el reino visigodo.
Cuando Teodegonda conoció a Alarico, el mismo día en que se celebraron los esponsales, aunque su opinión sobre el pueblo al que se unía seguía siendo la misma, no fue así sobre el que iba a ser su esposo.
Alarico era un hombre alto, de facciones agradables y con una sonrisa que no borró de su rostro ni aún en los momentos más solemnes de la ceremonia, todo lo cual la sorprendió agradablemente, pues esperaba encontrarse a un hombre de más edad, de facciones toscas y rostro ceñudo.
A Teodegonda le gustó Alarico y empezó a pensar que, a pesar de ser un enlace motivado por la necesidad de alianzas políticas, pudiera llegar a ser feliz con aquel hombre que era la estampa de quien sólo parecía importarle el momento en que vivía y del que procuraba disfrutar.
Desde una de las ventanas de su aposento, con la mirada fija en el Garona que a corta distancia serpenteaba entre la lujuriosa frondosidad de la arboleda que crecía en su ribera, Teodegonda recordaba aquel día y hasta el momento primero en el que conoció al que iba ser su esposo y las dichosas noches de intimidad una vez que acreditaron ante el obispo Heraclius y los nobles de mayor rango, su unión carnal tras la ceremonia que los convirtió en esposos.
Con el paso del tiempo, aquella agradable impresión producida en el momento del primer encuentro, terminó convirtiéndose en un sentimiento que hacía que su corazón palpitara gozoso cuando él estaba con ella o, al menos, en la Corte y que lo llenaba de una angustia insufrible durante sus largas ausencias al mando de las tropas por las tierras de Hispania.
El agua del río reflejaba los rayos del sol del atardecer convirtiéndola en una palpitante cinta plateada sobre la que Teodegonda lo imaginaba cabalgando victorioso de regreso a sus brazos y al calor de su lecho.
Ella, que era la reina, le había dado un hijo que sería su sucesor, pues era legítimo y no como el tenido de Arcaagna; pero enamorada como estaba de aquel hombre que ceñía la corona de los visigodos y que parecía vivir siempre en una eterna juventud, quería que sólo con ella se sintiera feliz y que sólo a ella deseara. Era preciso - y a punto estaba de lograrlo – que su cuerpo volviera a ser aquel que encendió la pasión de su esposo desde el instante en que sus cuerpos se juntaron; quería oír de sus labios las mismas arrebatadoras palabras que noche tras noche le susurraba al oído y, a la tenue y temblorosa luz de la lumbre de su aposento, ver el brillo de su mirada apasionada.
Unos golpes en la puerta de su alcoba la sacaron de su ensimismamiento.
Suspiró profundamente, como liberando sus emociones y se dirigió al lecho para que su doncella le aplicara en el vientre el remedio indicado por Bertulfo
- Es preciso – se dijo.
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