EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO VIII (31.12.2012)
Cuando se despertó, vio el libro abierto sobre la cama. No se acordaba de cuando empezó a quedarse dormida. El último recuerdo que tenía en su memoria era el de una conversación entre la reina visigoda y su médico. Busco el marcapáginas entre la arrugada sábana y lo colocó en la página en la que el libro había quedado abierto. Antes de cerrarlo echó un vistazo a las últimas líneas. Se trataba, efectivamente, de la conversación que recordaba. Dejó el libro sobre la mesilla de noche donde el reloj-despertador señalaba las nueve y veinte de la mañana del lunes 4 de julio. Para las once y media ya había desayunado, hecho la cama y puesto una lavadora con la ropa de Sandra Demsar Kastelic. Después se arregló para salir de compras. Mientras se maquillaba frente al espejo se decía, como todos los días, que nadie diría que acababa de cumplir los cuarenta y siete, pues su aspecto más propio era de una mujer de treinta o treinta y dos años.
Salió al balcón para ver qué tiempo hacía y decidir que ropa ponerse. El día en Gijón era soleado y ya se veían algunos bañistas en la cercana playa del Arbeyal. Al fondo, por encima de la Campa Torres, sobresalían las dos chimeneas rojiblancas de la central de Aboño. No había una sola nube en todo el cielo.
Decidió ir caminando hasta el Carrefour, a unos diez minutos para hacer las pequeñas compras que necesitaba: pan y una caja de cápsulas de café de café au lait para la Dolce Gusto que había comprado hacía dos meses. Una compañera de trabajo le había hablado del buen café que hacía y de lo prácticas que era, y así lo pudo comprobar. Para tan corta distancia y escasa compra y con una mañana tan agradable, nada le apetecía sacar el coche.
Cruzó por la calle Guatemala hasta la República Argentina y desde allí, como hacía habitualmente cuando iba a comprar caminando, subió por la calle Ecuador hasta el Carrefour.
Cuando salió con la compra se acercó al Yelmo Cines, a la izquierda del aparcamiento del Carrefour, para echar un vistazo a la cartelera. No vio nada que encajara en sus gustos. Le gustaba las comedias y dramas románticos, del estilo de Bajo el sol de la Toscana o Memorias de África, además de las películas sobre la Edad Media y nada de lo que se anunciaba pertenecía a ninguno de esos géneros. Era una lástima, pues le hubiera gustado pasar la tarde en una de las salas del Yelmo.
Estaba de vacaciones y sola. Sandra había intentado convencerla para que, mientras ella estaba en Manchester, se fuera al cualquier lugar de la costa mediterránea unos días, pero no le apetecía. La playa no era una de sus debilidades y, aunque no fuera así, a cien metros de su casa tenía la del Arbeyal y no muy lejos la de Poniente o San Lorenzo. Había decidido no hacer ningún plan y que fuera la vida, si tenía alguno, quien se lo presentara.
Volvió a su casa con la desgana propia de quien no tiene nada que hacer y a muy corta distancia del aburrimiento y algo que no se quería permitir, era aburrirse, así que dejó la compra sobre la mesa de la cocina, fue a su habitación y cogiendo el libro de la mesilla de noche- el bolso no lo había soltado ni un instante – salió a la calle. Cruzó por el parque entre el edificio circular de EMA y la Casa del Mar para sentarse en un banco que vio libre en el paseo que bordeaba la playa del Arbeyal. Había varios bancos, pero todos, excepto aquel, estaban ocupados por personas mayores, hombres en su mayoría, que se calentaban al sol mientras charlaban o simplemente miraban añorando sus tiempos de juventud, a las mujeres que con bikini unas y en topless otras paseaban por la arena de aquella playa artificial, otrora asentamiento de un astillero de los muchos en que Gijón había cincuenta años atrás.
Abrió el libro, cruzó las piernas – se sentía así más cómoda – y retomó la lectura de aquella novela de que, poco a poco, comenzaba a interesarla por el personaje femenino protagonista, Teodegonda, la esposa de Alarico, más que por las hazañas de éste.
El sol estaba casi ya en su zénit, por lo que pasaría ya de las doce. Leería hasta las una y media y después tomaría una caña en la terraza del Savannah, donde comería.
…A medida que avanzaban hacia el noreste, la calzada tenía mayor número de tramos con pendiente, haciendo que la marcha del ejército de Alarico fuera más lenta. Ocho tediosas jornadas tardaron en llegar a Pampelon, donde acamparon dos días, tanto para recuperar fuerzas y reponer víveres como para dar tiempo a que los ojeadores de Alarico informaran sobre la seguridad del recorrido hasta Valcarlos, y que sus espías obtuvieran información sobre posibles actuaciones de los vascones, pues las relaciones de los visigodos y este pueblo no era cordiales, al contrario de lo que había sido con los romanos. Era necesario evitar sorpresas en un terreno abrupto, con tramos donde la calzada transcurría entre barrancos desde cuyas alturas un reducido grupo de vascones podría atacar impunemente a cualquier columna de soldados, ya fueran de infantería o caballería que se encontrara cruzando los angostos pasos, sin que los atacados tuvieran posibilidad alguna de responder.
Pampelón había sido levantada por el general Pompeyo Magno en el año 75 a.C. sobre una poblado llamado Iruña, llegando a convertirse en la ciudad principal de los vascones y centro de vital importancia por su posición estratégica para controlar el paso de salida y entrada a la península.
Alarico, como medida preventiva, ordenó formar una tropa de 50 hombres a caballo y 200 de a pie que, partirían un día antes que el grueso del ejército, pues aunque sus espías no obtuvieron indicio alguno sobre que los vascones tuvieran intención de tenderles alguna emboscada aprovechando el paso por la cordillera, ni sus ojeadores hubieran observado nada sospechoso al menos en las siguientes 20 millas, prefería ser precavido. Un tropa de vanguardia como la que había formado, era lo suficientemente numerosa como para merecer el interés de los vascones de forma que si fuera atacada, él, con el resto del ejército podría caer sobre los atacantes y dejar expedito el paso.
Diez jornadas tardaron en llegar a Valcarlos y tres más en recorrer el valle pues los numerosos arroyos que nacían en las altas montañas aún traían el agua del deshielo. En la aldea de Arnéguy o Arnegui, en la lengua de los vascones, al otro lado del valle, les esperaba la tropa que Alarico había enviado como vanguardia. El terreno seguía siendo montañoso, pero no tan abrupto como el que acababan de cruzar y las presencia de los vascones era insignificante, por lo que nada había de temer. Reunido ya todo el ejército y tras descansar una jornada, partieron hacia Toulouse, a donde llegaron un mes más tarde, entrando en la capital del reino visigodo cuando las primeras nieves cubrían de blanco las cimas de las no muy lejanas montañas.
En la corte, informada Teodegonda de la proximidad del ejército por los farautes enviados por Alarico, desde hacía unos días todo estaba preparado para que el pueblo hiciera un gran recibimiento a su rey y a su victorioso ejército.
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