EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS por Alfonso Martínez.
CAPITULO VI (29.12.2012)
CAPITULO VI
Acababan de salir de la Estación de Autobuses de Oviedo, así que en poco más de veinte minutos llegaría a Gijón, su destino.
Colocó un marcapáginas que encontró en el bolso y que quizás estaba allí desde que asistiera a la presentación de un libro en la Librería Central tres meses antes, tercera parte de la trilogía del caballero Iñigo Aldai, novela histórica que le había gustado, obra del escritor asturiano Alfonso Martínez, y cerró despacio, como distraída, la novela que aquella misma mañana, casi al mediodía, había comprado en el Rastro de Madrid.
Estaba cansada como consecuencia de haber dormido poco, pues había cogido el ALSA Gijón- Madrid a la una de la mañana para acompañar a su hija Sandra al aeropuerto de Barajas, donde debía tomar el vuelo VX1013 Madrid- Manchester, de aireuropa a las ocho. Sandra iba a pasar el verano trabajando de au-pair para una familia y mejorar así su inglés.
Después de despedirla en la puerta de la zona de embarque, tomó el 8 hasta Nuevos Ministerios y allí el 10 hasta Puerta del Sur. Dudó si seguir caminando hasta la Puerta del Sol o tomar el 1 en Tribunal. Optó por seguir utilizando el Metro y ya en Sol, donde el calor empezaba a sentirse, después de comprar un décimo de lotería en Doña Manolita donde ya había que hacer cola, se dirigió a la aledaña calle del Carmen. La terraza de la cafetería Europa, con sus sombrillas blancas, invitaba a sentarse y a tomar un desayuno que buena falta le hacía, pues en el aeropuerto sólo había tomado un café.
Allí estuvo durante casi una hora disfrutando del croissant relleno de jamón y lechuga acompañado por una caña y que remató con un café a la crema.
Tenía el billete de regreso a Gijón para las cinco de la tarde en el Supra, así que disponía de varias horas para hacer lo que quisiera en la capital del Reino.
Siempre había tenido ganas de ir al Rastro y esta era una buena ocasión, pues era domingo y no quedaba lejos. Iría paseando, sin prisa.
Allí fue donde en un puesto de libros antiguos y descatalogados, le llamó la atención uno de tapa dura, de color azul desleído, con el título impreso en color dorado: La fuente de Alarico. Lo cogió y miró los créditos. Había sido editado
en 1823 por una editorial de Barcelona que ni le sonaba y tampoco el autor. La hojas estaban amarillentas y los bordes irregulares. Echó un vistazo a la primera página para colegir de qué iba la novela:
Que Teodegonda era una mujer hermosa nadie lo ponía en duda. Su cuerpo esbelto y bien proporcionado, del que estaba ausente la aparente robustez habitual del resto de las mujeres de su pueblo, así lo acreditaba. Sus ojos azules eran como dos pedazos de cielo destacando en un rostro de delicadas facciones y su cabellera, rubia como el oro procedente del mejor crisol, emitía destellos dorados cuando los rayos del sol incidían sobre ella.
Aunque hija ilegítima de Teodorico, nacida de Audefleda, había sido considerada por su padre como prenda bastante para fortalecer la unión del pueblo ostrogodo (godos del este) con el visigodo (godos del oeste) dándola como esposa a Alarico II, rey de los visigodos, y así poder enfrentarse a los francos de Clodoveo I que eran demasiado numerosas como para que cada pueblo pudiera enfrentarse a ellas con alguna probabilidad de éxito.
Se trataba de una novela histórica, pensó, de las que a ella le gustaba y más aún si transcurría en la Alta Edad Media. Pagó los 12 euros que le pidió el librero y lo guardó en su bolso.
Eran las diez y media de la noche cuando el Supra entraba en la Plaza del Humedal y enfilaba Magnus Blikstad para, por la calle Ribadesella, entrar en la Estación de Autobuses de Gijón.
Cogió un taxi en la parada de Prendes Pando y en menos de quince minutos estaba abriendo el portal de su casa, en el 68 Bis de la Avenida de Eduardo Castro, en el Arbeyal, cerca del edificio de la Empresa Municipal de Aguas.
Por rutina y al no darse cuenta que era domingo, echó un vistazo al buzón. Ana Toral y Sandra Llanos, 4º A, decía la etiqueta.
Hacía 3 años que sobre ese mismo buzón también estaba el nombre del que había sido su marido.
El divorcio se había producido de forma amistosa, quizás porque la separación, inconscientemente, se estaba gestando desde hacía unos años. La continuos viajes de Alberto al extranjero por razones de trabajo – era director de
producción de una empresa dedicada a la exportación de bienes de equipo – había ido enfriando su relación hasta el punto que casi nada había que hablar entre ellos.
Fue ella la que, tras meditarlo profundamente y durante largo tiempo, le expuso lo inútil de una relación que a nada conducía y que, lo más probable era que terminara causando la infelicidad de ambos, viéndose impedidos a tener una vida sentimental aceptable. Él le propuso pedir un cambio de puesto en la empresa que le permitiera estar junto a ella y su hija todo el tiempo posible, pero no aceptó la propuesta, pues sabía que aunque él lo decía sinceramente, el sacrificio de su carrera profesional, tarde o más bien pronto que tarde, cobraría su precio en términos de frustración personal, y ella no quería ver en su mirada el reproche que con palabras nunca le haría. No. Era mejor ahora que más tarde. Ella le quería y no dudaba que el sentimiento era recíproco, pero cambiar la situación para que las circunstancias fueran las adecuadas era prácticamente imposible, pues no era tan fácil en los tiempos de crisis que corrían, disponer libremente de tal o cual trabajo en función de la conveniencia de cada momento, ni el sacrificio podía ser sólo de una parte, pues ella a nada tendría que renunciar, ya que su jornada de trabajo como administrativo en la Junta de Obras del Puerto era intensiva, de siete a dos y media, lo que le permitía compatibilizar perfectamente su vida familiar y laboral.
Estuvieron hablando durante largas horas, tumbados en la cama, casi hasta el amanecer, envueltos por la penumbra de la habitación que favorecía el diálogo sincero.
Acordaron que él haría una asignación mensual de 800 € para Sandra hasta que cumpliera los 21 y a la que podría visitar siempre que las circunstancias se lo permitieran, así como que pudiera llevarla de vacaciones, cuando las tuviera, si así lo deseaba, mientras que ella se quedaría con la vivienda, pero sin asignación, ya que tenía los ingresos propios de su trabajo.
Quince días más tarde y después de hablarlo con Sandra, dieron finalizada oficialmente su convivencia, iniciada 22 años antes.
El primer año fue doloroso, especialmente en las Navidades, pero el tiempo fue suavemente mitigando aquel dolor y casi sin darse cuenta, los sentimientos que habían nacido y crecido en su corazón, poco a poco se fueron durmiendo y
ahora apenas se acordaba de él, salvo cuando recibía la asignación mensual y que agradecía con una sonrisa.
Ya en su casa, se dio una ducha y se preparó un sándwich vegetal que cenó sentada delante de la tele aunque no la encendió.
Eran las once y media cuando decidió irse a la cama segura que en cuanto se tumbara caería en un sueño profundo. La noche era calurosa por lo que se cubrió solamente con la sábana. Cerró los ojos y se dejó llevar al mundo de la inconsciencia; pero …incomprensiblemente, el sueño no llegaba. Es más; tenía que forzar los párpados para mantenerlos cerrados. Temiendo una noche de insomnio, se levantó y preparó una infusión de valeriana con miel de azahar que tomó ya metida en la cama.
Sobre las 3 de la mañana, el bocinazo de un conductor irresponsable que seguramente vendría de alguna verbena de las muchas que por esas fechas tenían lugar en las pedanías de Gijón, la despertó. ¿Estaría condenada a pasar la noche en blanco? ¿Cómo era posible que no tuviera sueño cuando apenas había dormido desde la noche anterior? Nada había ocurrido que la preocupara hasta el punto de privarla del sueño, pues la marcha de Sandra a Manchester era algo que habían hablado entre ellas y estaban de acuerdo y, además, Sandra era una chica muy responsable, quizás incluso demasiado madura para su edad.
Se acordó del libro que había venido leyendo en el ALSA. Quizás si leyera un poco le entrara el sueño. Fue al salón, donde había dejado el bolso tirado en el chaise longue y cogió el libro. Dobló la almohada para estar con el tronco más erguido y abrió la novela por dónde había colocado el marcapáginas.
Comenzó a leer.
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