miércoles, 26 de diciembre de 2012

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS , por Alfonso Martínez.

CAPITULO I

Ana Miranda esperaba sentada en un banco frente al andén 27 de la Estación del Sur, Méndez Álvaro en Madrid, a que abrieran las puertas del ALSA Supra que la llevaría de vuelta a Gijón.
Llevaba allí unos quince minutos y estaba cansada. El paseo por el Rastro madrileño a mediodía y con el calor intenso de aquel domingo 3 de julio, sobre todo el sofocante calor, parecían haber agotado sus fuerzas.
Cinco minutos antes de las 5, hora de salida, un operario de ALSA abrió la puerta. Los pasajeros hicieron cola para mostrar sus billetes y empezaron a entrar.
El empleado cogió y el suyo y lo cotejó con su lista.
- Asiento número 15, señora- le dijo al tiempo que le devolvía el billete.
- Gracias – contestó ella.
Cuando localizó su plaza, se dijo que había tenido suerte, pues era en la fila de individuales, con lo que el viaje sería más cómodo al no verse obligada a conversar con vecino de asiento. No es que fuera poco sociable, simplemente es que le apetecía dormir un poco si podía.
No cerró los ojos hasta pasar Las Rozas. La temperatura agradable en el interior del SUPRA y el silencio solo alterado por el monótono zumbido del aire al abrirse al paso del autobús, la ayudaron a sumirse en un agradable sopor que no tardó en convertirse en sueño, pues aunque había una película, 60 segundos recordaba que era el título, los pasajeros que no dormitaban la seguían con los cascos puestos.
No despertó hasta cerca de Tordesillas. Tras la siesta se sentía mejor, así que sacó del bolso aquel libro de pastas duras de color azulado con olor a desván que había comprado en el Rastro y se dispuso a llenar el tiempo que faltaba hasta Gijón con su lectura. La fuente de Alarico era el título que figuraba impreso con letras doradas en la tapa.
Comenzó a leer.
ue Teodegonda era una mujer hermosa nadie lo ponía en duda. Su cuerpo esbelto y bien proporcionado, del que estaba ausente la aparente robustez habitual del resto de las mujeres de su pueblo, así lo acreditaba. Sus ojos azules eran como dos pedazos de cielo destacando en un rostro de delicadas facciones, y su cabellera, rubia como el oro procedente del mejor crisol, emitía destellos dorados cuando los rayos del sol incidían sobre ella.
Aunque hija ilegítima de Teodorico, nacida de Audefleda, había sido considerada por su padre como prenda bastante para fortalecer la unión del pueblo ostrogodo (godos del este) con el visigodo (godos del oeste) dándola como esposa a Alarico II, rey de los visigodos, y así poder enfrentarse a los francos de Clodoveo I, que eran demasiado numerosos como para que cada pueblo pudiera enfrentarse a ellos con alguna probabilidad de éxito.
La elección de Teodegonda agradó a Alarico porque, aunque ilegítima, el prestigio de Teodorico, su padre, era notable tras su victoria sobre el rey suevo Requiario, el viernes día 5 de octubre del año 456 en la orilla derecha del Órbigo, donde hoy se levanta el Hospital que da nombre a la localidad, victoria tras la cual los visigodos controlaron toda la Hispania excepto la Galleacia, que permanecería en poder de los suevos hasta el año 586 cuando la conquista el rey Leovigildo.
Corría el año 502 cuando Teodegonda paría a su primer hijo, al que pusieron por nombre Amalarico y que llenó de gozo a Alarico , aunque su felicidad poco le había de durar, ya que cinco años más tarde moriría en el transcurso de la batalla de Vouillé contra el franco Clodoveo I. Pero así como Amalarico fue el único hijo de Teodegonda, no lo fue de Alarico II, pues no siendo la fidelidad conyugal práctica habitual entre los reyes visigodos, reconoció la paternidad de Gesalaeico, concebido en cama ajena, que llegaría a ser rey de los visigodos entre el 507 y el 510, usurpado el trono a Amalarico, aunque éste fuera repuesto más tarde en su trono por los ostrogodos, provocando la huida de Gesalaeico a África.
Pero nada de los sucedido y mucho de lo que aún tendría que suceder preocupaba de forma notable a Teodegonda. Sus preocupaciones eran de otra
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índole y nada relacionadas con la política y sus responsabilidades como reina, sino con algo más suyo, más cercano y, desde su punto de vista, no menos noble o principal que los asuntos del reino. Se trataba de su propia persona, de su cuerpo que, como consecuencia del parto, había experimentado un cambio que en nada la satisfacía. Sus pechos se habían agrandado hasta el punto de haber perdido toda su firmeza y su vientre, otrora cuasi liso y cuyo tacto tanto agradaba a su esposo, estaba ahora flácido desde la cintura hasta el pubis presentando, además, un aspecto agrietado.
Todo ello parecía ser consecuencia del hijo que había parido, pues pesaba las diez libras pasadas. Sus damas trataban de consolarla diciéndole que con el paso de los meses, tanto sus pechos como su vientre recuperarían el aspecto anterior al parto, pero estas palabras ciertas no parecían sosegar el ánimo de Teodegonda ni acabar con su preocupación. Ella se sabía hermosa y pensaba que siempre lo sería, y ahora su aspecto actual le resultaba tan odioso que empezó a caer en un estado de melancolía que no tardó en hacer mella en su salud.
Mientras Alarico estaba ocupado en los asuntos del reino ya fuera en la corte de Toulouse, batallando contra los francos o buscando el calor en otros lechos, Teodegonda se sumía más y más en un pozo sin fondo empujada por un miedo que parecía haberse apoderarse de su voluntad e instalado en su corazón: el miedo a envejecer y que con el paso de los años, no sólo no recuperara la belleza que cautivó a Alarico y que tanto le satisfacía a ella misma, sino que su horrible aspecto actual pudiera llegar a ser aún peor.
El físico de la Corte, de quien decían que poseía los conocimientos de los antiguos druidas, en vano trataba de convencerla sobre lo pasajero de su estado físico, llegando incluso a traer a su presencia a una mujer de edad parecida a la suya y que como ella acababa de parir, y a otra que hacía cinco meses que lo había hecho para que, desnudas, pudiera ver el aspecto de una y otra. Tan obsesionada esta Teodegonda, que lo hecho por el físico no solamente no consiguió el efecto pretendido por éste, sino que agravó su estado al considerar horribles a ambas mujeres.
Bertulfo, que así se llamaba el físico, había preparado ungüentos diversos utilizando fórmulas arcanas con plantas, raíces y bayas que obtenía de los
bosques cercanos, más por contentarla que por pensar que le harían el efecto que ella pretendía y que se aplicaba con frenesí una y otra vez esperando ver de un momento a otro cómo su vientre volvía a ser terso, sus pechos se erguían y la piel de su rostro recuperaba la lozanía perdida. Pero nada de eso ocurría y de nada le servían las palabras de Bertulfo diciéndole que el efecto no era inmediato, que hasta que pasaran al menos dos lunas llenas nada notaría.
Harta de los ungüentos del físico, despachó a algunas sirvientas por las aldeas cercanas y por la propia ciudad con instrucciones de que en toda casa, choza o cobertizo en la que hubiere recién nacidos, hicieran que las madres les mostraran el vientre y los pechos y en la que vieren el vientre sin estrías y los pechos, aunque cargados de leche, erguidos, que preguntaran si siempre habían tenido ese aspecto también antes de parir o si habían aplicado algún ungüento y, de ser así, que les dijeran cual y cómo conseguirlo.
Dos días habían pasado desde que Teodegonda enviara a las sirvientas a las aldeas. Ninguna de las que recorrieron la ciudad, trajo buena nueva alguna. Esperaba ansiosa el regreso de las que había enviado a las aldeas.
Un mensajero había llegado a la Corte el día anterior con nuevas sobre la campaña del rey Alarico en la Hispania, consolidando los asentamientos en las tierras conquistadas, fundando otros y acabando con las bandas de suevos que cruzaban la frontera del reino, asaltando algunas poblaciones que su abuelo había fundado tras la batalla del Órbigo, y que graves daños estaban causando a sus súbditos.
Alarico necesitaba que sus éxitos militares fueran conocidos por los nobles de la Galia- Aquitania que no le habían acompañado en su campaña, y así frenar cualquier intento de aprovechar su ausencia para usurpar el trono, costumbre esta bastante extendida, cuando no era el asesinato del propio rey el medio elegido y es que aún no estaba plenamente aceptado el sistema de sucesión hereditaria que se había iniciado con Teodorico I.
El mensajero informó a Teodegonda que el rey, tas haber aniquilado a las bandas de suevos en territorio visigodo, había dado por finalizada su campaña
con la fundación de una población entre los ríos Órbigo y Tuerto, a la que había puesto por nombre Requeixo, pues entre dos ríos significa esa palabra y que iniciaba el regreso a la Corte, a donde llegaría tres meses más tarde.
- ¿Por qué tardan tanto?– preguntaba a sus sirvientas mientras paseaba nerviosa de un lado a otro de su estancia – Ya has pasado más de dos días desde que salieron para recorrer las aldeas y deberían estar aquí.
- Sosegaos, Señora, que no tardarán en regresar –contestó una de ellas – Habéis de tener en cuenta que algunas aldeas se encuentran casi a una jornada de distancia y si además han de pararse en todas…
- Lo sé, lo sé; pero es que dentro de tres meses llegará mi esposo y no quiero que me vea en este estado y …
- Os torturáis sin razón, mi Señora, pues seguís siendo una mujer muy bella y el haber parido un hijo en casi nada ha afectado vuestro cuerpo – trató de animarla Adriana, su primera dama, esposa de Erminoldo, uno de los nobles que acompañaban a Alarico en su campaña por Hispania – Sin duda que no hay otra mujer más hermosa en todo el reino.
- ¡No me mientas, Adriana¡ Mira mis pechos casi en mi cintura y mi vientre que más parece un pellejo lleno de cerveza ¿Acaso te has vuelto ciega? ¿O es que tomas por tonta a tu reina?
- No mi Señora - contestó con firmeza -. Ni soy ciega ni os tomo por tonta. Lo que os digo no es por consolaros y, aunque me duele ver como os torturáis sin razón y ello pudiera ser razón suficiente para hacerlo, os digo lo que mis ojos ven con la misma sinceridad con la que os diría lo contrario si yo así lo viera.
Adriana era ya una mujer mayor y tenía la experiencia de haber parido cinco hijos y en cada uno de ellos había pasado por las mismas alteraciones físicas
que aquella joven inexperta y temerosa que era su reina y que se negaba a aceptar la transitoriedad que la Naturaleza había dispuesto para la clase de modificaciones corporales que el parto le había producido. Debía respeto a la reina, pero la mujer que tenía delante era solo una madre primeriza asustada a la que en modo alguno quería compadecer, así que aún a riesgo de provocar su enojo, consideraba que su deber era decirle lo que pensaba aunque ello no fuera lo que la reina esperara, por lo que, nuevamente, le contó el proceso por el que pasa toda mujer mientras gesta y cómo su cuerpo se modifica después del parto para, al cabo de unos meses, recuperar su aspecto habitual - Así me ha ocurrido a mí y os ocurrirá a vos como ha venido ocurriendo desde los tiempos de Eva, de quien todos descendemos- concluyó

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