miércoles, 2 de enero de 2013

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XI (02.01.2013)

Mientras trajinaba en la cocina preparando algo de cena, no dejaba de pensar en Teodegonda. Sentía una enorme curiosidad por saber cómo iba a ser su vida ahora que sabía de la existencia de un pueblo en el que, por alguna razón aún desconocida, sus gentes tenía una larga, muy larga vida.
¿Cómo podría vivir sabiendo que lo que más deseaba en el mundo existía y dónde, pero desconociendo como conseguirlo? ¿Se desesperaría ante la impotencia? ¿Sería capaz de esperar a que Alarico pudiera encontrar la razón, la causa que propiciaba conseguir aquello que tanto deseaba?
Después de cenar y recoger los escasos utensilios empleados, se sirvió un chupito de crema de whisky y se acomodó en el chaise longue para retomar la lectura de aquel viejo libro que de la forma menos esperada había llegado a su vida.
Antes de abrirlo lo olió. Aquel olor le recordaba el del archivo de su empresa, donde se almacenaban las carpetas con documentación de los muchos años de actividad, los periódicos- El Comercio y La Nueva España- atados por meses, los BOE y un sinfín de documentos que en su conjunto contenían la historia de la Junta de Obras del Puerto. Era un olor rancio, a papel viejo, a pasado. Le gustaba.

El libro no era grueso y el marcapáginas la indicaba que ya había superado la mitad.
Lo abrió y comenzó a leer:
Finalizado el acto religiosos en la basílica y una vez que hubo hablado con el obispo, Alarico se reunió con sus consejeros, y Teodegonda, acompañada por Adriana, regreso a sus aposentos. Estaba ansiosa por saber qué respuesta le había dado el obispo, ya que la de Bertulfo no había sido la que esperaba. Pasaban las horas lentamente, tanto que parecía que hasta el sol surcaba el cielo más despacio de lo habitual.
- ¿Falta mucho para el anochecer? – le preguntó en varias ocasiones a Adriana.
- Pronto anochecerá, Señora- contestaba ella.
- ¿Por qué aún no ha regresado el rey si ya va a anochecer?
- El rey estará ocupado con los asuntos del reino ya que, como pudisteis ver, convocó a sus consejeros después del oficio religioso.
- Pero…
- Dominad vuestra impaciencia, Señora, que no tardará en llegar – Adriana trataba de calmar su nerviosismo que no sabía a qué se debía.
Teodegonda paseaba inquieta de un lado a otro de la estancia parándose súbitamente cuando le llegaba algún sonido del exterior.
- Señora, ¿qué causa vuestra inquietud? ¿Os encontráis bien? – se atrevió a preguntar.
- No – respondió – No estoy bien. Me devora la impaciencia por saber lo que el obispo le ha respondido al rey.
- No os comprendo, Señora. ¿Acaso se trata de algún grave asunto de gobierno? Porque si así fuera…
- No … y sí – respondió
- Me confundís Señora y perdonad mi atrevimiento, pero ¿cómo puede ser y no ser al mismo tiempo?

Teodegonda interrumpió su constante ir y venir y mirando a Adriana le dijo que se sentara. Ella hizo lo mismo y le contó lo de aquellas gentes que vivían en una lejana comarca del reino, en Hispania, en la ribera de un río llamado Órbigo donde el rey había fundado una población antes de regresar de su campaña contra los suevos.
Adriana escuchaba en silencio y a medida que Teodegonda avanzaba en el relato, empezaba a comprender su estado de nerviosismo e impaciencia. En el fondo de su corazón se entristeció, pues la angustia de Teodegonda, por la que sentía gran cariño, ya no era sólo por el temor a no recuperar plenamente la belleza de su cuerpo, algo de lo que la Naturaleza se encargaba, sino por el miedo a envejecer y a morir. ¡Pobrecilla¡- pensó - ¿acaso crees que es posible vivir y no envejecer? ¿por qué te torturas de esa forma? La vida tiene para todos un principio y tiene también un final. ¿Acaso no murió Jesús, en su condición de hombre? ¿No murieron los Profetas, los Apóstoles, los Santos? ¿No dejan también este mundo cuando les llega su hora los papas, los reyes, los obispos…? ¿Por qué te aferras a ese sueño irrealizable que tanto turba tu espíritu, altera tu ánimo y te provoca la desesperación ante la impotencia? Decidió ser prudente cuando Teodegonda le preguntara sobre lo que le estaba contando.

- Realmente es extraordinario los de esas gentes, Señora, y ahora comprendo vuestra impaciencia por conocer qué es lo que los hace tan longevos, pero vuestro esposo os dijo que eran ancianos aunque vigorosos; es decir, que habían envejecido y…
- Sí, sí – le interrumpió Teodegonda excitada - pero no es lo mismo ser viejo a los cuarenta años que a los cien. El envejecimiento es mucho, mucho más lento, por lo que para los demás, siempre se parecerá más joven. ¿Lo entiendes Adriana?
- Expuesto de esa forma… - contestó sin querer comprometerse. No quería provocar su enfado, pues ese sería el resultado, estando tan aferrada como estaba a su ilusión, si la contradecía.

Horas más tarde, Teodegonda fue informada sobre la llegada del rey así como que no la visitaría esa noche, pues aún tenía asuntos que resolver. Desilusionada, se echó sobre la cama llorando. Cuando Adriana quiso desvestirla para dormir, le dijo que la dejara sola. Aún así trató de consolarla diciéndole que tras tan larga ausencia, muchos e importantes serían los asuntos del reino que reclamaban su atención y que la mejor prueba es que había estado muchas horas reunidos con sus consejeros y generales. De nada sirvieron sus palabras, pues los sollozos de Teodegonda no cesaron. Ya no era la impaciencia por saber lo que el obispo había dicho lo que la angustiaba, sino que lo que ahora oprimía con rabia su corazón era el demonio de los celos.
¿Satisfecha la necesidad tras la larga ausencia ya no la deseaba? ¿Habría otra mujer calentado su cama? Y si no compartía lecho con otra ¿eran para él, a aquella hora, más importantes los asuntos del reino que su propia esposa con la que tan tierno y amoroso había sido la noche anterior? Durante unos instantes tuvo deseos de acudir a él, pero… ¿y si hallaba a otra mujer en su lecho? ¿Acaso no era mejor la duda que confirmar tal hecho si es que éste se daba? Y si realmente lo encontraba ocupado ¿no se enojaría por la irrupción, máxime cuando había ordenado que la avisaran que, por esa razón, ésa noche no la visitaría?
Poco a poco su espíritu se fue sosegando y no tardó en quedarse dormida, aunque su subconsciente se resistía a olvidar lo que tanto la preocupaba durante el día y todos los días, así que soñó y en su sueño vio a Amalarico convertido en un aguerrido guerrero que de regreso a la corte cabalgaba al lado de su padre, el rey, después de una victoriosa batalla contra los galos y como el hijo y el padre parecían tener la misma edad y ella, engalanada con sus mejores ropajes, los recibía al pie de la Torre. Adriana, convertida en una anciana, estaba a su lado sosteniéndose erguida gracias al bastón que sujetaba con fuerza.
Hacía años que Alarico había enviado una expedición a la tierra de los Egurros, a aquella parte del reino donde había fundado Requeixo y habitaban aquellas gentes de edad tan avanzada, para que encontraran el secreto, la razón o la causa de aquella longevidad y tras varios meses durante los que la impaciencia parecía consumir a ambos, regresó la expedición con noticias positivas que trasladaron al rey.
Para asegurarse que el secreto sólo lo conocía él y la reina, ordenó que los miembros de la expedición, que eran cinco, fueran eliminados con la mayor discreción posible.
Eran tiempos aquellos en los que el ansia de poder no respetaba parentescos ni derechos, por lo que era frecuente que un hijo conspirara contra su padre para arrebatarle el trono o un hermano contra otro, como ya había sucedido con Eurico, padre del actual rey, que accedió al trono tras asesinar a su hermano Teodorico II, razón por la que Alarico no quiso que su hijo participara del secreto, no fuera que con el paso del tiempo, la espera para sucederle le pareciera demasiado larga e intentara destronarle por la vía más expeditiva.
Sólo ellos, los reyes del reino de Toulouse, parecían disfrutar de una eterna juventud.

Un ruido en el exterior de su aposento la rescató de aquel placentero sueño. Se irguió con la esperanza de que fuera Alarico y que en un instante abriría la puerta para compartir con ella lo que aún restaba de la noche, pero nada de eso sucedió. Seguramente, pensó, sería uno de los soldados que velaban en el pasillo de acceso a los aposentos reales.
Se arropó y cerrando los ojos trató de recuperar el sueño durante el cual se había visto eternamente joven, pero… quien se adueñó de su ánimo fue la angustia con la que se había acostado.
Pasaban las horas y no conseguía dormir. Los ojos le dolían del esfuerzo por mantenerlos cerrados y así, pensaba, abrir el camino al sueño. Si seguía empeñada en ese esfuerzo, por la mañana tendría los ojos enrojecidos y enormes ojeras que afearían su rostro y que su esposo no debería ver, así que se levantó y salió de la estancia ante la sorpresa de los dos centinelas que con sendas lanzas enhiestas hacían guardia en el pasillo, escasamente iluminado por los hachones colocados sobre la pared cuya luz dibujaba sombras fantasmagóricas sobre los vetustos muros de pizarra. Teodegonda se dirigió a la alcoba donde dormía Adriana, entrando sin llamar. Se acercó al lecho donde, a juzgar por su prolongada respiración, dormía profundamente su dama. Cuando la sacudió para que se despertara, Adriana, sobresaltada, al reconocer a su Señora, con dificultad pudo ahogar el grito que el miedo había formado en su garganta.
- Señora, ¿qué ocurre? ¿Os encontráis bien? – preguntó extrañada, pues no era habitual, de hecho no recordaba que hubiera ocurrido en alguna otra ocasión, que la reina irrumpiera en su aposento.
- ¡Shiit¡ - le dijo poniendo el índice de su mano derecha sobre los labios – No hables. No ocurre nada. Levántate y ven a hacerme compañía a mi aposento, pues la noche me niega el sueño.
Adriana se colocó una capa encima del camisón y salió tras ella.
Caminaban tan discretamente que sus pisadas sobre el suelo de madera de roble apenas eran perceptibles. El silencio era casi absoluto.

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