martes, 23 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XIV (24.04.2013)

Fray Apuleyo, como huésped del monasterio, no estaba obligado a seguir la rutina diaria de la abadía, pero tantos y tantos años de monje levantándose cada tres horas a lo largo de la noche para los rezos - maitines, laudes y prima – habían acostumbrado a su cuerpo de tal forma que no precisaba para levantarse oír el tañido de la campana anunciando cada hora.
Como un monje más de la comunidad, acudió después del desayuno, a la sala capitular, aunque como un miembro pasivo del capitulum, aquel acto diario que comenzaba con la lectura del martirologio recordando a los santos de ese día, para seguir con una oración monástica, que se iniciaba con la antífona  Pretiosa, in conspectu Domini, entonada por el monje solista y contestada por el coro Mors Sanctorum eius  (preciosa es a los ojos del Señor, la muerte de sus Santos) leyéndose a continuación un capítulo de la Regla. Después, el Abad requería a todos los monjes que confesaran públicamente sus faltas y transgresiones de la Regla y sus ordenanzas, aplicándoseles a los infractores las penitencias que correspondían a la gravedad de sus faltas y que podían ir desde la humillación pública, el ayuno, o la destitución de su cargo en el monasterio, hasta la prisión, pues ya en el Capítulo General del Císter del mil y doscientos seis se contemplaba la existencia de prisiones en los monasterios para castigar las infracciones graves. El capitulum finalizaba con el recordatorio a los fallecidos de la comunidad recitando el Salmo 129:
De profundis clamavit at te, Domine/ Domine exaudi vocem mean /Fiant aures tuae intendentes /In vocem deprecationis meae /Si iniquitates observaveris,Domine /Domine, quis sustinebit ?... 
(Desde la profundidad a tí te grito, Señor / Señor, escucha mi voz / Estén tus oídos atentos/ a la voz de mi súplica / Si llevas en cuenta los delitos/ ¿quién podrá resistir?...)
Tras despedirse del Abad y el Prior, fray Apuleyo salió al patio donde aún dormitaba Gervasio medio caído sobre el pescante de la carreta. Una rápida mirada al interior del carromato le  confirmó lo que más temía: que allí  siguiera dormida aquella mujer a la que no podía dejar abandonada a su suerte en tanto no volviera en sí, tal como le había dicho el Abad.
Con una sacudida despertó a Gervasio, a quien preguntó si la muchacha se había despertado durante la noche. Gervasio, que no quería volver a mentir al anciano monje, le contestó que él no era consciente de que así hubiera sido. No podía decirle ni que sí ni lo contrario, pues había dormido de un tirón toda la noche y nada había visto u oído. 
- Hemos de continuar nuestro camino, así que engancha la mula y partamos- le dijo a Gervasio.
- Pero fray Apuleyo ¿no vamos a desayunar? Desde anoche mi estómago…
- Hoy es viernes, día de ayuno – contestó -así que mortificaremos el cuerpo para la salvación de nuestra alma y hasta la hora de vísperas   no ingeriremos otra cosa que agua. En nuestro monasterio en tales días como el de hoy tomaríamos un poco de pan mojado en vino antes de la sexta, pero… aquí no hay cillerero que nos provea. Alimenta tu alma con la oración que eso reconfortará tu estómago. Y ahora vámonos ya, que el camino es largo y me temo que los problemas no van a ser pocos con la carga que llevamos, y no lo digo por la sal.
Sin decir palabra alguna, el monje portero abrió el portón para que salieran y ni siquiera levantó la cabeza para ver como se alejaban.
 Siguiendo el sinuoso curso del río Ería, llegaron a la aldea de Castro Calbón, a algo más de una legua de distancia desde Santa María de Nogales, cuando en el monasterio tañerían las campanas anunciando la tercia, y aquella mujer, para desesperación de fray Apuleyo, seguía profundamente dormida. Tenía ganas de  deshacerse de ella, pues su presencia había roto la plácida rutina de su vida y  no le gustaba el brillo que había visto en los ojos de Gervasio cuando la miraba, que se le antojaba que no era lo más conveniente para afianzar su  dudosa vocación y porque, además,  tanto, tanto dormir no era normal, Así que quizás a lo peor, el golpe – porque seguro que había sido un golpe - que le había producido la herida en la cabeza, había dañado también su cerebro dejándola desvalida y él sólo era un monje que no podía asumir la responsabilidad de su cuidado más allá de lo que durara su viaje hasta el monasterio de Santa María de Carrizo. No podía regresar con ella a Moreruela aún cuando siguiera sumida en la inconsciencia. Si cuando llegaran a Carrizo todavía no se había despertado, trataría de convencer a la Abadesa para que la acogiera en el monasterio y si antes regresaba de su largo sueño, la dejaría en la primera población que encontraran. Y eso no sería faltar a la caridad, se decía. 

El calor empezaba a adueñarse del ambiente cuando, con  notable esfuerzo  de la mula, iniciaron la larga y penosa subida de la colina que se levantaba entre la llanura de Nogales y la Vega del Jamuz. El camino era sinuoso abriéndose paso entre las negros encinares que cubrían aquella ladera. Un lugar ideal para ser emboscados, pensó Gervasio. Y así se lo comentó a fray Apuleyo quien le contestó que en los nueve viajes que había hecho, nunca había sido objeto de asalto o contratiempo alguno, exceptuando este viaje -  y al que no eres ajeno. Ante aquella alusión tan directa, Gervasio optó callarse y aún cuando hubiera querido hablar, no lo hubiera logrado pues se había quedado  boquiabierto por la impresión que le produjo la belleza del  paisaje que divisaba desde la cima de la colina que acababan de coronar. Aquella llanura inmensa parecía no tener fin, pues el cielo y la tierra se fundían en un horizonte tan lejano que  no se podía definir. De levante a poniente  todo era llano, sin una irregularidad del terreno. Entre el color pajizo de las tierras que habían estado sembradas de cereal, ya cosechado, destacaba el verde de lo que seguramente serían viñedos y frutales. Algunas volutas  de humo en la lejanía indicaban labores agrícolas o granjas. Una franja verde, más alta que las demás, sugería el curso del río que regaba aquellas tierras. La Tierra Prometida de Moisés, debió de ser una tierra como ésta, pensó un emocionado Gervasio. Fray Apuleyo observaba curioso el comportamiento de Gervasio. Tiró ligeramente de las riendas y la mula se paró.            
-   Esta tierra que ves, es la Vega del Jamuz, llamada así por estar regada por el río Jamuz que nace allí – le explicó fray Apuleyo a Gervasio señalando al oeste- en la falda de aquellos montes llamados de Tabuyo y que son continuación de aquel otro al que llaman Teleno. Vete recordando por donde pasamos, pues algún día serás tú el que haga este viaje acompañado de un novicio menos tonto que tú. 
El monje le fue señalando cada una de las poblaciones y lugares que se divisaban desde  el alto: 
- Herreros  de Jamuz a la izquierda y Tabuyedo un poco más lejos, al otro lado del río. Al oeste Santa Elena de Jamuz y allí abajo Jiménez y, aquel campanario que ves al norte, ya en el horizonte, es el del cenobio de San Salvador, en La Bañeza.
- Si tiene campanario, es que no es de nuestra Orden ¿verdad fray Apuleyo?
- Así es- contestó el anciano monje – Veo que algo has aprendido durante estos meses, ya que, efectivamente, los monasterios de nuestra Orden no tienen campanario, pues al ser de clausura, no necesitan llamar al pueblo para los oficios y, como sabes, a la comunidad se la llama a las horas con las campanas del claustro.
Aunque la bajada hasta el llano era suave, en más de una ocasión Gervasio tuvo que tensar las riendas, pues a la mula parecía agradarle acelerar el paso tanto, que por un momento pensaron que iba a trotar.
Gervasio sabía sobradamente, ya que a diario lo sufría en el monasterio, todo lo relativo a  toques de las horas canónicas: maitines a medianoche, laudes a las tres, prima al amanecer, tres horas después de la salida del sol, sexta al mediodía, nona a media tarde, vísperas al atardecer y completas antes de acostarse, pero querías desquitarse del forzado silencio desde que salieron de Santa María de Nogales, aprovechando aquel momento de locuacidad de fray Apuleyo, así que siguió fingiendo interesarse por aspectos de la vida monacal, tema  que  el buen monje no sometió a la disciplina del silencio. El chirrido del eje de la carreta era el único sonido que junto con sus voces se dispersaba por aquella planicie.

Marta abrió los ojos e instintivamente se llevó una mano a la sien herida. Intentó levantar la cabeza, pero el dolor se lo impidió y la hizo gemir. Tenía sed y sus labios estaban resecos. El sol le daba en la cara haciéndola sudar.  Quiso gritar, pero apenas salió un débil sonido de su garganta. Delante de ella y de espaldas, dos frailes- lo eran sin duda por el hábito blanco de uno de ellos y marrón del otro – hablaban animadamente. Hizo un nuevo intento gritar poniendo en el empeño las escasas fuerzas que le quedaban. Pudo ver que el fraile de  hábito marrón se volvía. Era joven, pues aún no lucía barba. Tendió su mano hacia él  y, con ese último esfuerzo, se volvió a sumir en la inconsciencia.
- Fray Apuleyo, fray Apuleyo¡ Se ha despertado – exclamó emocionado Gervasio - Coja la riendas  para que pueda asistirla – dijo  al tiempo que saltaba al interior de la carreta.
El  monje cogió las riendas y tirando de ellas obligó a la mula a detenerse.
     -Dios Nuestro Señor ha escuchado mis súplicas – pensó – Apenas falta media legua para Jiménez y podremos dejarla allí y así todo volverá a lo que nunca tuvo que dejar de  ser.
Gervasio de acercó a ella y trató de reanimarla echándole una gotas de agua en las frente y que se mezclaron enseguida con el sudor; entonces se dio cuenta de que el sol le daba de lleno en la cara y movió el paño con el que cubrían la sal, para protegerla. Vio sus labios  resecos y agrietados y apoyando con mucho cuidado el borde del pitón del botijo sobre ellos, vertió un poco de agua fresca que resbaló por su barbilla y que cayendo sobre su pecho desapareció entre sus senos, recorrido que Gervasio siguió fascinado.
- ¿Cómo está? – preguntó fray Apuleyo
- Se ha vuelto a dormir, aunque más parece desvanecimiento que sueño ¿Qué opináis vos?
- Sin duda que no es sueño, sino consecuencia del golpe en la cabeza; pero es buena señal que, aunque haya sido por poco tiempo, haya recuperado la consciencia. No creo que tarde en volver en sí, lo que nos vendría muy bien dada la proximidad de Jiménez, donde la podríamos dejar al cuidado de la Iglesia.
- Pero fray Apuleyo ¿creéis que eso será lo mejor? Y si no vuelve en sí para entonces ¿quién le diremos al clérigo que es? ¿Habéis pensado que quizás sea un cura pobre sin medios para poder asistirla? ¿Qué sería de ella entonces? ¿Dejaremos a un alma, que por alguna razón Dios puso en nuestras manos, abandonada a su suerte? ¿Pensáis que puedan ser esos …?
- ¡Calla, calla, calla! - le interrumpió enojado - No prejuzgues los planes del Señor y morigera tus sentimientos, que  no me parece que sean  tan nacidos de la caridad como debieran.
Gervasio guardó silencio. Nunca había visto a fray Apuleyo tan molesto. Seguramente estaba deseando dejar a aquella muchacha en cualquier lugar tanto como él  deseaba lo contrario. Reanudaron en silencio el camino.

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