domingo, 7 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO LXIV (08.04.2013)
Durante unos instantes los latidos de su corazón se aceleraron por el terror que le producía sentir la respiración de aquel asesino cerca de su cara. Temía que la inevitable agitación de su respiración descubriera su engaño. Notaba como su pecho subía y bajaba e imaginaba su mirada observándola, preñada de lascivia y a punto estuvo de abrir los ojos por la tensión.No sabía cómo iba a reaccionar si la tocaba. Trató de pensar únicamente en que su esposo estaba cerca, que pronto la liberaría y que todo lo ocurrido no tardaría en parecerle un mal sueño.
Sus temores no carecían de fundamento. Leopoldo López nunca había estado tan cerca de ella y mucho menos estando tumbada en la cama dónde la había depositado Flora. Allí estaba inerme, con las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos y su pecho agitado, lo que no era propio de su estado, pero no se dio cuenta de este detalle, pues su razón se debilitaba por momentos en beneficio de su apetito sexual. Sentía un cosquilleo extraño en sus manos. Su respiración también se agitaba y notaba como la sangre fluía poderosa excitando todo su cuerpo. Ella era suya por derecho de compensación. Era de su propiedad y podía hacer con ella lo que quisiera. Quería que su relación con Marta fuera también, con el paso del tiempo, del agrado de ella y por eso la trataba con amabilidad y deferencia; pero ahora estaba desvanecida y el físico tardaría aún en llegar. ¿Por qué no aprovechar ese tiempo para disfrutar de lo que tomaría en el futuro, cuando ya estuviera a salvo en Portugal? Ella no se daría cuenta en ese estado y si se recuperaba, sorprendiéndole, le diría que trataba de recuperarla de su desmayo. La pasión quemaba sus entrañas y ciego por el deseo, atraido por aquella boca entreabierta de labios carnosos, acercó su cara a la de ella. Marta notó su aliento y el olor a sudor. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sintió náuseas pero se mantuvo inmóvil. Las manos de él agarraron sus hombros pero con más fuerza en el izquierdo, lo que le permitió imaginar que estaba recostado sobre el borde la cama. Cuando se inclinó sobre ella, sintió la presión de un objeto duro a la altura del estómago, donde tenía las manos. Era la daga que siempre llevaba al cinto. Con un enorme esfuerzo hizo frente al asco que le produjo sentir el roce de sus labios sobre los suyos. No se resistió; necesitaba que se confiara lo suficiente, algo que no tardó en ocurrir, pues Lepoldo López, aquel hombre de mente calculadora y fría, que cuidaba los detalles de sus planes al máximo, era ahora el instrumento de una pasión incontrolada, ajena a cualquier atisbo de raciocinio.
Marta movió muy despacio su mano derecha sacando la daga de su vaina. Leopoldo López no se dio cuenta de ese movimiento. Solo sintió que el calor de aquellos labios tanto tiempo deseado se transformaba en un repentino e intenso dolor en el vientre que le obligó a incorporarse. Miró asombrado el mango de su daga sobresaliendo por debajo de la cintura. Un sudor frío perló su frente al tiempo que las fuerzas parecían abandonarle. Dobló lentamente las rodillas y quedó tumbado en el suelo, viendo como Marta saltaba de la cama y salía corriendo del aposento.
- ¡Vuelve, vuelve! No puedes irte. Eres mía. Me perteneces – gritó con voz apenas audible – Vuelve
A Marta aún le costaba creer que hubiera sido capaz de apuñalar a un hombre. Corrió hacia la puerta, que no estaba cerrada con llave. La empujó con la fuerza surgida de la posibilidad real de huir. La luz del sol de la tarde la deslumbró y durante unos instantes nada pudo ver. Cuando sus pupilas se adaptaron a la intensidad luminosa, puedo ver, a penas a dos pasos, la figura de un hombre cuyas facciones no podía distinguir pues estaba de espaldas al sol. Se pudo dar cuenta de que era un hombre alto y que en su mano derecha llevaba una espada.
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