lunes, 15 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO VI (16.04.2013)


Aquella tormenta, como todas las propias del estío, fue de gran intensidad, pero de corta duración. Apenas media hora transcurrió desde que empezara a diluviar hasta que, con los truenos cada vez más lejanos, cesó la lluvia.
Las nubes empezaron a abrirse dejando ver retazos azules de cielo cada vez más grandes, hasta que el sol volvió a señorear sobre aquel páramo del que emanaba un agradable olor a tierra húmeda, olor que Lucas aspiró con deleite, pues era el mismo que tantas veces había olido allá en su casa, junto al río Pirón.
El Capitán, que le vio con los ojos cerrados, le preguntó:
       - ¿Rezas agradeciendo haber salido bien librados de la tormenta, Lucas?    
       -   ¡ Oh, no, Capitá! Es que este olor a tierra húmeda me recuerda a mi casa y con ella a mis padres- contestó.
       -   ¿Deseas volver con ellos? Respóndeme sinceramente Lucas, pues si así fuera, eres libre de hacerlo, ya que esta búsqueda a la que dedicaré mi vida no es la mejor escuela para que te formes conmigo como escudero, tal como prometí a tus padres.
       -   Ya que así me lo pedís, mi Señor, os contestaré con toda sinceridad. 
 Vos, casi sin conocerme, confiasteis en mí tomándome a vuestro servicio. Este año largo sirviéndoos me ha deparado mucho más de lo que jamás hubiera soñado. He aprendido el manejo de la espada, he estado en la Corte, he conocido a personajes importantes del Reino y me han honrado con su amistad hombres tan extraordinarios  como Fabián y  Oono, pero lo mejor, Capitán, es haberos servido a Vos y a vuestra esposa, por lo que os ruego, os suplico  que me permitáis seguir sirviéndoos, pues  no hay en mi vida mayor deseo que ese; así que respondiendo a vuestra pregunta, os diré que sí, que quisiera ver a mis padres como lo desearía cualquier hijo; pero no para quedarme, ni antes de que Vos y Doña Marta estéis nuevamente en Cuéllar y por lo que ruego a Dios Nuestro Señor cada día.

Al oír el nombre de su esposa, Iñigo Aldai sintió una punzada de dolor en su corazón ya muy sensible, pues le habían emocionado las palabras de Lucas y también sorprendido, pues era la primera vez que aquel espigado muchacho  hablaba tanto de forma seguida. Era un joven de corazón generoso y en el que se podía confiar plenamente, como ya lo había demostrado durante los aciagos sucesos acaecidos en Cuéllar hacía menos de un mes. Era querido en el castillo tanto por los soldados como por la servidumbre y en más de una ocasión fue objeto de conversación entre su esposa y el Padre Gumersindo durante las veladas después de la cena,  cuando el sacerdote contaba alguna de sus ocurrencias en la cocina de Serafina. Tanto él como su esposa sentían por el muchacho gran estima.
- No esperaba menos de ti, Lucas. Seguirás conmigo tanto tiempo como desees. Y ahora que la tormenta nos ha adelantado, continuemos el camino que nos llevará hasta la población de Malgrat.
- ¿Creéis que conseguiremos  en ella alguna información que nos sea útil, Capitán?
- No lo sé, Lucas, pero es necesario empezar por algún sitio y como creo que el miserable del ex Regidor habrá considerado más seguro para él el Reino de León que el de Castilla, Malgrat es un buen lugar para empezar, pues el hombre con quien se relacionó en La Bañeza y que le facilitó los contactos con el Señor de Urueña, es de esa población.

Sus ropas empapadas les  entorpecían los movimientos, por lo que montaron con alguna dificultad. Cabalgar con las ropas mojadas y sobre una silla en iguale estado, era sumamente incómodo, pero Iñigo Aldai estaba dispuesto a sacrificar cualquier comodidad en aras de la reducción de tiempo de búsqueda.
Recorrieron las seis leguas que les separaban de Malgrat en apenas tres horas.
Malgrat destacaba en aquella llanura para los viajeros que se acercaban por el sur y el oeste, mientras que para los que llegaban a ella por el norte, la Villa se confundía con la llanura, al no poder divisar el desnivel que se producía por su lado sur, por el que se llaneaba entre alisos, fresnos y sauces hasta la localidad de Santa Cristina de Polvararia, acariciada por el Órbigo con pronunciados meandros y arenales y una  vegetación dominante  de chopos y mimbres.
Malgrat era una villa importante en la que se habían celebrado cortes en el pasado y recientemente, en el mil y doscientos dos, allí las había convocado Alfonso IX  (presentibus episcopis, et vasallis meis, et multis de qualibet villa regni mei in plena curia) que acudió acompañado de su esposa Doña. Berenguela, hija de su primo Alfonso VIII de Castilla, y de su hijo Don Fernando. 
Subieron  la pendiente, aún mojada por la reciente turbonada, y preguntaron a un transeúnte cual era el lugar más concurrido de la población, indicándoles éste que era la plaza delante de la iglesia de Santa María, llamada del Azogue, a donde llegaron sin dificultad. Era una amplia plaza de forma irregular en la que se levantaba una  iglesia cuya grandiosidad impresionaba  aún a pesar de no estar terminada. Era el centro de la Villa, apenas a unas trescientas varas de la fortaleza que, levantada al borde del barranco, dominaba la llanura de norte a suroeste.
No dejó de llamarle la atención a Lucas que aquella plaza se llamara del Azogue  igual que una de las puertas de entrada a la villa de Urueña y como su curiosidad era incapaz de poner límite a su atrevimiento, le preguntó a su Señor, que más interesado estaba en las gentes que pululaban por la plaza que en admirar aquella magnífica arquitectura dedicada a Santa María.

      - Capitán, ¿qué  es eso del azogue, que no es esta la primera vez que oigo tal nombre? ¿Recordáis que la puerta de entrada a Urueña también se llama así?
    - El azogue, Lucas, no sólo es el nombre que se le da  a  ese   metal llamado  
      hidrargirium o agua de plata que usan los alquimistas, sino también el  de los lugares donde se tienen tratos y comercio público, es decir, los mercados.
- Ahora entiendo por qué la puerta de la muralla de Urueña se llama así, y es porque es la puerta que da a la plaza del mercado y …
- Así es Lucas. Ahora ten ojo avizor por si vemos alguna cara conocida u oímos alguna conversación que nos interese – le cortó el Capitán.

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