jueves, 11 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO II (12.04.2013)
El capitán Iñigo Aldai y Lucas, su escudero, llegaron al portón de entrada al cenobio cisterciense de San Pablo y San Pedro de Cubillas donde el herrero, la tarde del día anterior, dijo a Lucas que había llevado a Leopoldo López y a su esposa.
A la angustia de tantos días de búsqueda y a la frustración sufrida en La Bañeza donde esperaba haber podido recuperar a su esposa, se sumaba ahora, no sólo la decepción de no haberlo conseguirlo habiendo estado tan cerca de ella en Urueña, sino también la de no saber por dónde o hacia dónde continuar su búsqueda.
Su ánimo empezaba a resentirse y así se reflejó en su rostro cuando el monje portero les dijo que nadie había llegado al convento desde esa tarde ni durante la noche, lo que le confirmó, muy a su pesar, que el miserable que había raptado a su esposa había huido y, lo que era peor, sin que dejara pista alguna para poder seguirle.
Salieron del recinto conventual callados. El Capitán cabizbajo y Lucas sintiendo una dolorosa opresión en el estómago. Sufría con su Señor y le dolía su incapacidad para poder ayudarle.
Subieron en silencio y lentamente la prolongada cuesta hasta la llanura que parecía extenderse hasta el infinito y siguieron el camino marcado por las ruedas de los carros y los cascos de las caballerías, bordeado por hinojos floridos, cardos resecos y abrojos. A un cuarto de legua el camino se bifurcaba: un ramal al noroeste y el otro al sureste. ¿Cuál elegir? ¿Cuál habría tomado el miserable que retenía a su esposa? El de la izquierda se internaba en Castilla y conducía a Segovia – pensaba el Capitán – mientras que el de su diestra llevaba al interior del Reino de León.
Trató durante unos instantes de ponerse en el lugar del ex Regidor y así poder aproximarse a lo que pensaría: si Leopoldo López sabía que él lo había descubierto en Urueña, necesariamente consideraría muy arriesgado refugiarse en Castilla y mucho más llevando consigo a una dama de la nobleza contra su voluntad. En Castilla no encontraría lugar en el esconderse. Los soldados del Rey, sus justicias y regidores, los Señores, tenentes y alcaides de los castillos pronto estarían buscándolo por todo el Reino una vez que el Padre Gumersindo enviara el informe sobre lo ocurrido a Don Alvaro Núñez de Lara y su petición de licencia como Alcaide de Cuéllar a Don Diego López de Haro.
No era, por tanto, probable que un hombre inteligente como él, hubiera optado por meterse de lleno entre las fauces del lobo. Por otro lado si, tal como había ocurrido, el Rey de León había sido informado por el embajador de Alfonso VIII sobre la conspiración urdida por Leopoldo López, era más que probable que el rey leones hubiera dispuesto la búsqueda y captura del conspirador por todo su Reino, ergo León no era tampoco lugar seguro para refugiarse. ¿Dónde entonces? ¡Ah, si tuviera la contestación a esa pregunta¡ El Reino de Castilla limitaba con el de Navarra y Aragón y las distancias desde la frontera con el de León hasta cualquiera de los otros dos reinos no eran cortas y estaban sembrada de poblaciones, villas y aldeas, por tanto era arriesgado para un fugitivo pasar del Reino de Castilla al de Navarra o Aragón; en cambio, el de León se extendía hasta Finisterrae, por toda la Gallaecia, con una orografía muy abrupta de altas sierras y profundos valles, con amplísimas zonas sin habitar y grandes distancias entre las poblaciones que no estuvieran próximas al camino que llevaba a Compostela. Si alguien deseara pasar desapercibido – pensaba el Capitán- se dirigiría a esa parte del Reino ya que, además, ofrecía la posibilidad de entrar en el Portugal, fuera del alcance de cualquier alguacil o justicia leonés.
Lucas, a unos pasos de tras de su Señor, se mantenía en silencio. Suponía que el Capitán estaría tratando de decidir qué camino tomar y que la decisión que tomara no iba a estar basada en un simple impulso, sino que sería consecuencia de un profundo análisis de todos aquellos factores y circunstancias producidas durante los últimos días. Lucas no ignoraba que, dependiendo del camino que tomaran, la búsqueda de la Señora podría ser un éxito o un fracaso y que la línea que separaba ambos resultados era extremadamente fina, tan fina, que era la que dividía en dos el camino que hasta allí les había traído desde Urueña. Él tenía el pálpito de que el de la diestra era el que debían seguir, pero no se atrevía a decir nada al Capitán, pues carecía de razones para sustentar su opción.
El calor empezaba a apretar y allí parados, a pleno sol, el tiempo parecía transcurrir con exasperante lentitud.
- Iremos al noroeste – dijo el Capitán al tiempo que tomaba el camino de la derecha.
- Bien, Señor – contestó Lucas.
Pusieron los caballos al galope. Era agradable sentir el frescor producido por el aire al chocar con la cara.
Lucas no sabía a dónde se dirigían ni tampoco si el Capitán tenía algún plan, aunque supuso que no, ya que, en caso contrario, no habrían estado tanto tiempo parados en la bifurcación del camino. No tenían pista alguna que seguir, así que quizás el Capitán tuvo el mismo pálpito que él cuando, sin base alguna sentía, que era el camino de la diestra el que debían seguir.
Lucas había oído hablar, sin recordar ni dónde ni a quien, que aunque no se conocía la razón y tampoco se hablaba abiertamente de ello, no sea que fuera atribuido a cosa de brujería, había personas capaces de sentir la tristeza o la alegría de otra persona con la que tenían una profunda relación afectiva, aún cuando se hallaran muy distantes una de la otra. Puede – seguía pensando Lucas- que al corazón del Capitán hubiera llegado alguna señal haciendo que su cerebro decidiera tomar el camino del noroeste, sin que supiera decir por qué si se le preguntara, y eso era algo que Lucas no tenía intención de hacer. El, que apenas hacía un mes que había conocido a Ana, la hija de Elpidio, el herrero de Cuéllar y de la que estaba enamorado, sufría alejándose de ella aún sabiendo que estaba segura en su casa de la herrería, así que se imaginaba lo que estaría pasando su Capitán sin saber donde estaba su esposa, ni en qué condiciones padecía su rapto.
Lucas reconocía que no era el mejor ejemplo de buen cristiano, pero no carecía de fe, así que rogó a San Alejo, al santo preferido de su madre, para que ayudara al Capitán a encontrar a su esposa sana y salva.
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