lunes, 22 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XIII (23.04.2013)
Don Diego López de Haro, el Abanderado de Castilla, leyó por segunda vez el documento que, procedente de su castillo de Cuéllar, le acababa de entregar un faraute enviado por el Regidor.
Iñigo Aldai, su capitán y Alcaide del castillo cuellarano, solicitaba ser licenciado como Alcaide para poder dedicar todo su tiempo y energía a recuperar a su esposa, raptada por el ex Regidor de la Villa en la víspera de San Juan de ese año mientras él se encontraba con sus soldados en la protegiendo la frontera con León, en los Torozos, tal como su Señor se lo había ordenado.
Don Diego era ya un hombre de edad avanzada - acababa de cumplir cincuenta y un años- que a lo largo de su azarosa e intensa vida había ido acumulando conocimientos suficientes sobre los comportamientos del corazón humano como para comprender muy bien las razones de su Capitán. Conocía a Iñigo Aldai desde hacía mucho tiempo, pues había entrado a su servicio como escudero; era amigo de su hijo Don Lope; le había prestado grandes servicios y su lealtad para con la Casa de Haro era indestructible. Había llegado al grado de capitán por méritos de guerra y nombrado hidalgo por el Rey como recompensa por haber realizado con éxito la misión que en el pasado año del mil y doscientos doce, el propio Monarca le había confiado, así como por haber preservado a la Corona de la conspiración urdida por el Regidor de la villa de Cuéllar.
Don Diego se reunió con Don Álvaro Núñez de Lara, pues el Alférez de Castilla conocía toda lo relativo a las circunstancias del rapto de la esposa de Iñigo Aldai, informándole sobre la petición del Capitán.
- Es una decisión difícil la que he de tomar, Don Alvaro, pues aún comprendiendo ¡y vaya si las comprendo¡ sus razones para solicitar la licencia, dados los últimos sucesos que han puesto en evidencia la fragilidad de esta paz entre los reinos de León y Castilla, su ausencia de la tenencia del castillo de Cuéllar me produce intranquilidad y …
- Os entiendo, Don Diego – le interrumpió Don Alvaro. No os será fácil sustituir a vuestro Capitán, que tan eficazmente ha servido a Castilla, si es que decidís concederle lo que os solicita, petición que quisierais denegar por interés del Reino, pero que también quisierais conceder porque vuestro corazón así os lo exige.
- Cierto, Don Alvaro. He ahí el dilema pues las razones son sólidas para sostener ambas posibilidades, pero … ¿qué opináis Vos?
- Ya que deseáis conocer mi opinión, aunque la decisión es cosa vuestra, os diré Don Diego, que tanto en la guerra como en la paz, ha de prevalecer el interés del Reino sobre cualquier otro y tener un hombre de su lealtad, prudencia y valía en la alcaidía de la estratégica villa de Cuéllar es, sin duda, interés de Castilla y a él nos debemos todos, desde el Rey hasta último de sus vasallos.
- Decís bien, Don Alvaro y así ha de ser también en este caso, aunque no sea de mi gusto negar tan comprensible petición y aumentar, de esa forma, al sufrimiento por el rapto de su esposa, la angustia no ya de no saber dónde pueda estar ni cómo, sino la de no poder, por su responsabilidades y obligaciones con el Reino, tratar de rescatarla. Mañana despacharé a un mensajero a Cuéllar con la respuesta y…
- Pero, y disculpad que os interrumpa, pero del documento que me habéis mostrado no se infiere que el Alcaide esté en el castillo, aunque tampoco lo contrario, lo que hace que me pregunte ¿qué hará vuestro Capitán cuando reciba la negativa a su petición, si está en la alcaidía? ¿Actuará de acuerdo a sus responsabilidades como Alcaide, caballero e hidalgo de Castilla o renunciará a todo ello por el amor de su esposa?
- No tengo duda, Don Alvaro, que…
- Nuevamente os pido disculpas por interrumpiros, pero permitidme que siga pensando en alta voz ¿Y sí el Capitán ya ha iniciado la búsqueda, algo por otro lado muy comprensible, cómo y cuándo conocerá vuestra decisión? Si ya ha partido para tratar de rescatar a su esposa, pueden pasar semanas o meses hasta que lo consiga, e incluso que no lo logre -no lo quiera Dios- porque ese miserable a quien el Rey perdonó la vida, se haya escondido en cualquier lugar remoto del Reino de León o en el vecino de Portugal, lo que disminuiría de forma notable sus posibilidades de éxito; pero suponiendo que, a pesar de todas las dificultades, lo consiga – y ruego a Dios Nuestro Señor para que así sea – durante ese interregno vuestro castillo no tendrá quien lo gobierne y eso, por lo que anteriormente os dije en relación con la seguridad de la frontera con León, es asunto del Reino.
- Respecto de vuestra primera pregunta, os diré Don Alvaro, que no tengo la menor duda de que prevalecerá su sentido de la responsabilidad como Alcaide y el de la lealtad para con Castilla y con el Rey por encima de cualquier otro sentimiento personal aunque se le parta el corazón. Conozco a ese hombre desde hace muchos años y os aseguro que es uno de los pocos por los que pondría la mano en el fuego. Y no es improbable que, como decíais, haya iniciado la búsqueda, extremo que podremos conocer en cuatro o cinco días cuando regrese el mensajero que mañana despacharé a Cuéllar, aunque el hecho de que su solicitud esté firmada por el Padre Gumersindo, su secretario, me hace pensar que así es, pero aun siéndolo, habrá establecido alguna forma de conocer mi respuesta, ya que si no, su solicitud carecería de sentido.
- No seré yo quien ponga en tela de juicio el honor de vuestro Alcaide, mi estimado amigo, pero creo que sería una prudente medida tener prevista cualquier eventualidad que se pudiera presentar para preservar la seguridad en esa parte de la frontera.
- Habladme claro Don Alvaro, os lo ruego, pues siendo consciente de la importancia de Cuéllar para Castilla, no alcanzo a ver qué eventualidad pudiera presentarse, si no es la de que su Alcaide, si se encuentra ausente, tarde más de lo deseado en conocer mi decisión.
- De eso se trata, Don Diego y en estos tiempos de incertidumbre conviene en ser previsor, al menos hasta donde podamos, por lo que os sugiero que penséis en tener redactado el nombramiento – por si se produjera una prolongada ausencia del capitán Aldai- de un nuevo Alcaide. Recordad que hemos de informar de la situación al Rey, cuya preocupación pudisteis comprobar por las posibles consecuencias de la trama urdida por el que fuera su Regidor en Cuéllar y que hace un mes, a punto estuvo de provocar un enfrentamiento armado entre Castilla y León, así que a Don Alfonso hemos de transmitirle la seguridad de que todas nuestras plazas fronterizas están bien preparadas y gobernadas por sus alcaides y tenentes.
- Si, si. Consideraré esa sugerencia que por interés del Reino me hacéis. Es más, esta misma tarde, antes de despachar con Su Majestad, os diré su nombre.
Don Diego, víctima injusta de intrigas cortesanas después de la derrota que quince años antes sufriera en Alarcos a las órdenes de Alfonso VIII y que le valieron el remoquete de El Malo, era hombre de palabra, cumplidor de sus compromisos, así que esa misma tarde se reunió con el Alférez Don Alvaro Nuñez de Lara con quien había mantenido en el pasado una difíciles relaciones, contrariamente a las que mantenía en la actualidad y que nuevamente -él no lo podía saber- se enturbiarían a no tardar mucho entre sus respectivas Casas por la disputa sobre la regencia de Enrique, el hijo de Alfonso VIII.
- Don Alvaro, dado que el nombramiento de un nuevo Alcaide pudiera ser temporal, y así lo creo, desearía que accedierais de buena gana, a que tal hombre sea el Regidor de la Villa, Pablo Isasi, cargo en el que cesaría con el regreso del capitán Aldai. ¿Qué opináis sobre mi propuesta?
- Me admiráis, Don Diego. Es una propuesta inteligente, pues Pablo Isasi ha acreditado, además ser merecedor de nuestra confianza, ser un buen representante del Rey, y también es práctica, ya que conoce la Villa y aunaría en su persona los intereses reales y los vuestros que, no son otros que los de Castilla. Accedo con sumo gusto, Don Alvaro y de ello informaremos a Su Majestad. Y ahora decidme ¿en cuánto estimáis la temporalidad de su cargo? ¿Quizás en seis meses? ¿En un año tal vez? ¿O acaso tenéis pensado dejar ese plazo abierto?
- Dado que no sabemos con certeza el paradero actual del capitán Aldai y, por tanto, desconocemos cuándo podrá saber que su petición de licencia no ha sido estimada o – ojalá que Dios así lo quiera – regrese con su esposa en cualquier momento, había pensado en fijar el tiempo de un año y medio, transcurrido el cual, si el Capitán no ha regresado, el nombramiento será definitivo. ¿Os parece bien así?
- Que así sea y así se lo comunicaremos al Rey en el Consejo de esta tarde.
Era el día veintidós de julio del mil y doscientos trece, y la Iglesia honraba en tal día a Santa María Magdalena. Don Diego nunca pudo ver cumplido ese plazo de año y medio, pues el día diez y seis del mes de octubre del año siguiente, rendiría cuentas ante el Altísimo sobre su vida en la tierra, de igual forma que los siervos de la parábola de los denarios ( Mateo, 25 ) lo hicieron a su Señor, con la esperanza de oír del Creador aquellas palabras: ¡Muy bien, siervo bueno y fiel! Fuiste fiel en lo poco, te daré poder sobre muchas cosas: entra en el gozo de tu señor. Aquel año de la muerte de Don Diego, fue un año muy doloroso para Castilla, pues también comparecieron ante el Sumo Hacedor, Don Alfonso VIII, su Rey, el día seis de octubre y Doña Leonor de Plantagenet, su esposa, tres semanas después, el día el treinta y uno, tan doloroso o más como lo fue para el Reino de Aragón el del mil y doscientos trece por el fallecimiento de María de Montpellier, esposa de Pedro II de Aragón, en el mes de abril y del propio Rey, en la batalla de Muret contra Simón de Monfort, el trece de septiembre.
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