jueves, 18 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO IX (19.04.2013)


El mismo dolor que lo había sumido en la inconsciencia, lo rescató de ella casi una hora después de la caída del caballo. El equino se había levantado y al ir alejándose la tormenta, se fue tranquilizando. Ahora pastaba las escasas hierbas que crecían a la orilla del río.
Leopoldo López, el otrora poderoso Regidor de la importante villa de Cuéllar, yacía  ahora en aquel camino, con su cara y la capa llenas de barro  y con una pierna rota que le ocasionaba un indescriptible dolor, pero más le dolía el alma, pues la presa que con  su complejo y minucioso plan había conseguido atrapar, había escapado de sus manos cuando más segura la tenía, y todo por un suceso tan natural como una tormenta que, aunque fuerte, no era algo anormal. Nuevamente maldijo al cielo y al destino que se habían confabulado contra él y a los que retó:
- ¡No me rendiré¡ ¡ No podréis impedirlo¡ Aunque me lleve toda la vida, la  recuperaré, pues es mía, me pertenece. No permitiré que vuelva con ese maldito Alcaide de Cuéllar que me robó lo que por derecho me correspondía. ¡Nunca, nunca¡
Su determinación, que era tanta como su rabia, le impelió a intentar levantarse para poder acercarse al caballo y tratar así de llegar a la población que veía al otro lado del río. Con la pierna derecha en aquel estado era imposible lograrlo. Le faltaba un apoyo. Miró a su alrededor. A unas cinco brazas había algunas  ramas  secas por el suelo.  Quizás  alguna pudiera servirle de bastón. Recorrer arrastrándose por el barro aquella corta distancia, le supuso tan notable esfuerzo que a punto estuvo de acabar con sus fuerzas. Agarró una de ellas, la que la parecía más fuerte e hincó un extremo en el suelo y agarrándose  a ella con las dos manos, poco a poco fue consiguiendo ponerse erguido. Se quedó quieto unos minutos para recuperarse del esfuerzo realizado antes de ir hacia donde estaba su caballo que, ajeno a todo, seguía pastando.
Cogió las riendas para evitar que pudiera escaparse si algo lo asustaba, aunque, si así fuera, en las condiciones en que se encontraba, no iba a poder impedirlo, a menos que estuviera dispuesto a ser arrastrado.
El problema  ahora era como subir a la silla. No podía poner el pie izquierdo en el estribo de ese lado y al mismo tiempo sujetar las riendas, agarrarse a la silla y sujetarse al bastón. Era imposible. ¿Qué hacer? Necesitaba cruzar aquel río para llegar a la población y recibir ayuda y eso sólo lo podría hacer a caballo.
El grueso tronco de chopo caído que había a su derecha podría servirle, pues levantaba  unos dos pies del suelo y eso sería suficiente, si el caballo  no se movía, para pasar su pierna herida por encima de la silla mientras se apoyaba con al izquierda en el tronco y con las manos en el bastón, así que decidió arriesgarse – tampoco tenía alternativa – y enrollando las riendas en la muñeca derecha y cojeando, llevó el caballo hasta el tronco caído. Tenía que darse prisa pues estaba anocheciendo y no podría vadear de noche.
Le resultó más fácil de lo que pensaba, pero mucho más doloroso de lo que imaginaba. Ya convertido en jinete, vadeó el río llegando sin dificultad a la otra orilla  cuando ya empezaba a anochecer.  Nunca hubiera imaginado que muy cerca, tan cerca como a unas ciento cincuenta varas, un monje blanco y un postulante sostenían una acalorada discusión sobre el alcance de la caridad cristiana  mientras  a su lado, tumbada sobre la hojarasca, yacía inconsciente una mujer vestida con una tosca capa hecha jirones y llena de barro: la presa que el destino le había escamoteado. El temor del anciano  monje cisterciense a ser asaltado, había librado a Marta de caer nuevamente en las crueles garras del ex Regidor, ya que de no haber sido por ese temor a los bandoleros, la hoguera que le hubiera mandado encender a Gervasio, habría dirigido hasta ellos a Leopoldo López con la esperanza de ser socorrido de su herida, y entonces… Pero nada de eso ocurrió, así que entró en la población dirigiéndose la única casa que supuso habitada, pues su entrada estaba iluminada por una temblorosa antorcha. Era la posada de aquel lugar y que se levantaba muy cerca de la iglesia. El portón de entrada estaba abierto, pero con su pierna rota no podría desmontar. 
- ¡Posadera, posadero! - gritó 
Algunos perros ladraron alterando la quietud de la noche.
- ¡ Posadero, posadero! - insistió
- ¡Ya voy, ya voy!  contestó alguien desde el interior.
La luz de la antorcha le permitió ver a un hombre anciano ya, con  escaso pelo y que caminaba encorvado.
     .  -   ¿Qué diablos te pasa? ¿Tan ciego estás que no ves el portón abierto?   ¿Para eso me haces venir? – refunfuñó.
- Deja de rezongar y busca ayuda para que pueda desmontar – contestó irritado- pues tengo una pierna rota.
El posadero, que de él se trataba, le miró con desconfianza. Aquella sucia capa llena de barro no era vestidura propia de un buen cristiano.
- ¿Una pierna rota? ¿Se te rompió cabalgando? Porque si no ¿cómo has podido subir a la silla?
- Eso no es asunto tuyo así que busca quien me ayude, que alguien habrá en la posada que pueda hacerlo.
- ¿Es que piensas quedarte aquí? ¿Con qué me vas a  pagar?
Leopoldo  López metió la mano a su bolsa y echó una moneda  al viejo que éste atrapó en el aire. Tras echarle un rápido vistazo le dijo que esperara, que había dos fornidos viajeros en la posada y que les iba a llamar.

Cuando tras no pocas dificultades y mucho dolor, aquellos  viajeros, que no eran tan fornidos como había dicho el mesonero salvo que los comparara con él mismo, lo sentaron en un  banco ya dentro de la posada, Leopoldo López les ofreció unas monedas como recompensa y que ellos rechazaron, pues no es de buenos cristianos cobrar por hacer caridad, que por eso lo hicieron y no por dinero, aunque sí aceptarían con gusto una jarra de vino de Toro si él les acompañaba. El ex Regidor les invitó pero – dijo – que él más estaba para que lo  viera un físico que para beber, aunque fuera un vino tan afamado como el de Toro, por lo que le dijo al posadero que enviara a alguien a buscar al médico ya que los dolores de su pierna eran insoportables y se estaba poniendo morada a media pantorrilla. El viejo y mal encarado posadero le dijo que no había galeno en Santa Cristina, pero que sí había un huesero que vivía no lejos de allí y al que se le daba muy bien recomponer huesos y dislocaciones y que si le parecía bien mandaría al mozo de la posada a buscarle, pero que entretanto debiera él mismo acostarse  antes de que aquellos viajeros hicieran lo mismo o bebieran tanto que no pudieran ayudarle.
Ya en su camastro, en el que el posadero había colocado paja limpia, esperó la llegada del huesero con la esperanza de que aliviara el dolor de su pierna y recompusiera los huesos rotos.
Mientras estas tribulaciones tenía Leopoldo López, Fabián de Mariaca y Oono entraban en la ciudadela de Cuéllar. La expresión de sus rostros fue  suficiente como para que  el jefe de la guardia, Pergentino Menéndez, supiera de inmediato que traían malas noticias. Tras los saludos correspondientes, le contaron lo ocurrido en Urueña y como el Capitán, acompañado por Lucas, había salido en persecución del que había sido Regidor de la Villa, pues él era quien habían mandado raptar a la Señora.
En la Torre fueron a visitar al Padre Gumersindo, que se recuperaba lentamente de su herida, y a quien informaron de todo lo ocurrido desde que Lucas llegara al campamento de Torrelobatón con la noticia de los sucesos del día veintitrés, durante los juegos de toros, así como  que el Capitán le pedía que redactara un documento solicitando su licencia como Alcaide del castillo, pues dedicaría todo su tiempo y sin descanso a  buscar a su esposa, y que despachara un correo con ese documento a Toledo para serle entregado a su Señor, Don Diego López de Haro.
Aunque ya era tarde, el Padre Gumersindo mandó buscar a Pablo Isasi, actual Regidor de la Villa, para informarle de lo acontecido y de la decisión del Capitán. Carmen Gómez, que desde aquel nefasto día víspera de San Juan en que tuvo que hacerse cargo de la administración del castillo y que se había convertido en estrecha colaboradora del Padre Gumersindo, asistía silenciosa a esta reunión sin poder evitar que las lágrimas rodaran pos sus mejillas.
Fabián, Oono, Pablo Isasi, el Padre Gumersindo y Carmen Gómez estuvieron reunidos hasta muy tarde, pues aunque tenían una orden concreta del Capitán, todos ellos coincidían en que si  éste estaba sobre la pista del malvado  ex Regidor no tardaría en capturarle y recuperar a su esposa, por lo que si esperaban unos días para redactar y enviar la solicitud de licencia a Toledo, quizás en ese tiempo todo se habría resuelto, aunque esta conclusión era más fruto del aprecio y estima que sentían por el Iñigo Aldai y su esposa, que por la existencia de razones objetivas para creerlo. Finalmente, el Padre Gumersindo, que era quien había recibido la orden del Capitán – era el secretario del castillo- decidió que en momentos tan difíciles para todos y especialmente para el Capitán, debían dar cumplimiento al mandato, pues  estaba seguro que tomó tal decisión pensando que  su búsqueda iba a ser larga, puede que de meses. y que entretanto el castillo no podría tener a su Alcaide ausente y que si así pudiera ser, tal decisión le correspondía al Señor del castillo, Don Diego López de   Haro, Señor de Vizcaya y Abanderado de Alfonso VIII, el Noble, Rey de Castilla.
Aquella misma noche el escribano, al dictado del Padre Gumersindo, redactó el documento. Con el dilúculo, Ramón Salcedo, faraute de Pablo Isasi, salía desde Cuéllar para Toledo con el documento ordenado por el capitán Aldai.

No hay comentarios:

Publicar un comentario