viernes, 12 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO III (13.04.2013)
A medida que el sol iba ascendiendo sobre el horizonte, el calor se hacía notar cada vez más. A mediodía era ya insoportable incluso para los caballos que, sin estar sometidos a un gran esfuerzo, sudaban ostensiblemente. El camino había sido sustituido por un apenas perceptible sendero que en ocasiones desaparecía entre los hierbajos, cardos e hinojos que parecía ser los únicos habitantes de aquel inhóspito páramo. Los encinos y robles eran cada vez más escasos y, a medida que avanzaban, la llanura parecía hacerse más y más extensa. Leopoldo López seguía aferrando con firmeza las riendas del caballo de Marta. Temía que al encontrarse en espacio abierto intentara escapar.
Cerca ya de Malgrat alcanzaron a dos carretas entoldadas tiradas por mulas y profusamente pintadas y a las que seguían una docena de personas entre hombres y mujeres y que Leopoldo López supuso que se traba de cómicos y no peregrinos como al principio imaginó. Caminaban con el paso de aquellos que perecen no tener prisa por llegar a ninguna parte, mientras hablaban animadamente y reían. Tenía sed y el vino que llevaba estaba demasiado caliente como para mitigarla, así que cuando llegó a la altura del grupo y tras tirar de las riendas del caballo de Marta para que se pusiera a su lado, sin dirigirse a nadie en concreto, saludó.
- ¡Buenos días, hermanos¡ Somos peregrinos a la tumba del Apóstol y estamos sedientos. ¿Podríais, por caridad, mitigar nuestra sed?
- El Señor esté con vosotros – respondió el que parecía el más viejo del grupo mientras descolgaba un cuero del adral de la carreta y que entregó al ex Regidor - Bebed cuanto queráis, pues no se ha de decir que Silvestre, que así me llamo, maese de cómicos, ha dejado de socorrer en su necesidad a quien camina para venerar al Apóstol.
Leopoldo López tomó el cuero y después de beber se los pasó a Marta sin decir palabra. La expresión de sus ojos hacia ociosa cualquier palabra de advertencia. Marta bebió silenciosamente y devolvió el cuero al ex Regidor.
- Cuando nos postremos ante la tumba del Apóstol, rogaremos por vos y por vuestra gente, pues habéis sido caritativo – agradeció el otrora Regidor de Cuéllar.
- -Buena falta nos hará la ayuda divina, pues no corren buenos tiempos para la gente de nuestro oficio – respondió Silvestre – Como podéis ver, somos cómicos y que, como tales, vamos de pueblo en pueblo tratando de ganarnos los aplausos y el sustento, lo que no siempre conseguimos.
- ¿Y a dónde os diri…
El ex Regidor tiró bruscamente de las riendas del caballo de Marta impidiéndole que terminara su pregunta, al tiempo que la fulminaba con la mirada.
- ¡ Quedad con Dios! - dijo a modo de despedida y sin más picó espuelas haciendo que su caballo se pusiera de manos mientras el de Marta, sorprendido ,a punto estuvo de derribarla.
- ¡Que Él os acompañe!- respondió Silvestre
Cuando los dos jinetes se alejaron, el maese de cómicos preguntó a los más próximos:
- ¿No os ha parecido que era voz de mujer la del segundo jinete o sólo ha sido una impresión mía?
- Si no de mujer, sí de un jovencito – contestó uno de ellos.
- Eso mismo me pareció a mi – añadió otro.
- ¡Sois más torpes que una mula! Sin duda era voz de mujer - intervino una de las mujeres del grupo - y o bien es su hija, o quien le calienta la cama, aunque por la forma en que la ha hecho callar, más me inclino por esta última.
- Sea lo que sea, no es asunto nuestro, así que continuemos nuestro camino mientras el calor nos lo permita – dijo Silvestre dando por terminada la conversación.
Cuando llevaban cabalgando sobre un cuarto de legua, Leopoldo López detuvo los caballos y volviéndose hacia Marta apuntándole con el índice y con una mirada que parecía echar fuego, le dijo:
- Señora, os ordené que os mantuvieseis callada y que sólo hablaseis cuando yo os lo ordenara. Deseo daros el mejor trato posible dadas las circunstancias, pero si volvéis a desobedecerme, no dudaré en poneros una mordaza que os obligue a permanecer en silencio.
Marta sostuvo desafiante la mirada. Ella sabía que tenía que empezar a no desaprovechar la menor oportunidad que se le presentara para ir dejando pistas sobre su paso, por lo que intuyendo la reacción del ex Regidor si hablaba con los cómicos, éstos se extrañarían por su comportamiento y, sin duda, que no olvidarían el suceso y así quizás, pensaba esperanzada, si su amado Iñigo se encontraba con ellos, sabría por que camino la llevaba aquel miserable.
Tras vadear el Esla, no tardaron en llegar a las puertas de Malgrat, villa repoblada por Fernando II de León, en la que llegó a convocar cortes y conocida hasta el siglo anterior como Ventosa, pero no entraron en ella.
Marta pensó esperanzada que quizás se le ofreciera una nueva oportunidad o bien de huir o de, al menos, llamar la atención sobre ellos como para que alguien pudiera recordar su paso por la Villa. Puede fuera suficiente despojarse del capuchón de la capa cuando se cruzaran con algún grupo de personas para provocar una reacción airada de su captor. Lo intentaría a pesar de las amenazas del felón que la retenía contra su voluntad, por lo que se sintió momentáneamente abatida al ver que el ex Regidor la conducía bordeando la fortaleza por el sur, siguiendo la llanura. Leopoldo López, de acuerdo con su plan de pasar lo más desapercibidos posible en aras del éxito de su huida, había decidido no entrar la Villa, aun cuando aún cuando aquellas horas del día no eran las más aconsejables para cabalgar, pues el sol estaba en lo más alto de su recorrido diario dejando caer sobre toda aquella planicie un fuego abrasador.
Marta, aunque se sentía extremadamente incómoda por el exagerado calor y el sudor que impregnaba sus ropas, así como por el hambre que desde hacía un par de horas había empezado a sentir, pues no había comido nada desde la noche anterior, se esforzaba en no dar muestras de debilidad. No le suplicaría a aquel desalmado que detuviera la marcha para descansar y poder tomar algún alimento o saciar la sed. No correría el riesgo de que, si así lo hacía, aquel sañudo lo interpretara como un gesto de sumisión. Nunca, nunca se doblegaría ante él aunque la vida le fuera en ello. Aunque físicamente se sentía débil, el desánimo que reinaba en su corazón desde que aquel joven que dijo llamarse Lupicinio - ¿qué habrá sido de él? - le había contado lo ocurrido en Cuéllar y más aun tras el encuentro en La Bañeza con su secuestrador, había cedido ante la arrolladora fuerza interior que le había producido el hecho de la precipitada huida de Urueña debida, ya sin ninguna duda, a la presencia cercana de su amado esposo que, aunque ella no pudo constatar, sí sentía en su enamorado corazón.
Cada vez era más consciente de que la gravedad de su situación crecía a medida que se iban alejando hacia el oeste, tanto por desconocer aquella parte del reino de León, como porque cuanto más se alejaran, mas difícil sería para su esposo poder encontrarla. Sabía que su amado renunciaría a cualquier atadura propia de su condición de caballero al servicio del Señor de Vizcaya y de Alcaide del castillo de Cuéllar y se entregaría en cuerpo y alma a su búsqueda, sin concesión alguna al desfallecimiento o la desesperanza. Ese convencimiento profundo, fruto del intenso amor que ambos compartían, le impelía a intentar hacer todo lo posible a su alcance para acabar con el sufrimiento y la angustia que estaría ahogando el corazón de su esposo. Ya no temía a aquel miserable que cabalgaba apenas a tres varas delante de ella. Se lo imaginaba sonriendo bajo aquella capa de paño de color terroso sabiendo que la podía hacer suya cuando quisiera y supo que le odiaba con toda su alma, tanto que si tuviera un puñal a su alcance, espolearía su caballo y antes de que él se diera cuenta le hundiría la daga en la espalda. Se recreó durante unos instantes en esa imagen, pero esos segundos de placer concedidos al odio, fueron inmediatamente seguidos por otros de horror. Su conciencia y su corazón le reprochaban lo que el odio, ese sentimiento para ella hasta entonces desconocido, le sugería.
Quitar la vida a un ser humano era para ella las más grave ofensa, el mayor de los pecados contra Dios. Nada justifica la muerte de un ser humano por la mano de otro. Nada. El hombre es la obra sublime del Creador y destruir esa obra es atentar contra el propio Dios. Se sintió culpable por haber deseado matar a aquel que era el responsable del asesinato del Padre Gumersindo y de tres soldados de la ciudadela y del sufrimiento de su esposo y del suyo propio, y de su corazón contrito surgió una plegaria implorando el perdón divido y una súplica rogando a Dios que le ayudara a expulsar de su corazón el odio hacia aquel hombre que la precedía. Las lágrimas que se deslizaron por sus mejillas se fundieron con las gotas de sudor que perlaban su cara.
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