IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO I (11.04.2013)
Aquella salida precipitada de Urueña para evitar ser apresado por el capitán Aldai o por los soldados del Rey si Sancho Mena, tal como suponía, le había acusado para salvar su propia vida, era una humillación que le costaba digerir y no sólo por el hecho de tratarse de una huida, sino porque Marta De La Fuente, sin duda, se había dado cuenta de que era por temor a su esposo.
Cabalgaban a medio galope, pues él, que no era un experto jinete, tenía que sujetar las bridas de su propio caballo con la mano derecha mientras que con la izquierda agarraba las del caballo que montaba Marta y que apretaba con fuerza por la rabia que sentía. Notaba la mirada despectiva de ella fija en su nuca, lo que hacía que aún se sintiera más incómodo.
Cuando tras la salida del valle alcanzaron la llanura, tomaron el camino hacia el noroeste, en dirección a Malgrat, de acuerdo con su plan de incorporarse como peregrinos a Compostela para pasar desapercibidos mientras se alejaban de las poblaciones que consideraba peligrosas para su seguridad, como la villa que acababa de dejar, y muy especialmente La Bañeza, pues Sancho Mena sabía que allí había vivido, y estaba también aquél estólido de Benito Riaño que por su relación con el edecán del Alférez del Rey, constituía una fuente de información sobre él que nada le convenía.
Había esbozado un itinerario de acuerdo con su plan de viajar como peregrino, hasta donde lo considerara necesario, que les llevaría inicialmente a Malgrat. Desde allí seguirían hacia el oeste, siguiendo la cuenca del río Tera atravesando la comarca que llamaban Senabrie, al norte de la Sierra de La Culebra y al sur de La Cabrera. Desde la Urbs Senabrie, si no había contratiempos, se dirigirían al vecino Reino de Portugal, desde donde, ya sin temor por su seguridad, planearía cómo llevar a cabo la parte de su venganza que no había podido culminar por la torpeza de aquel cacaseno de Sancho Mena.
Había obligado a Marta a vestir con capa de peregrino que ocultaba, a primera vista, su condición de mujer. Él, también vestido con la tosca capa de paño, de color terroso, en modo alguno aparentaba ser hombre de condición alta. Pasarían sin dificultad como dos peregrinos más que impulsados por su fe se dirigían a visitar la tumba del apóstol Santiago en el antiguo Reino de Galicia, ahora parte del de León.
Como miembro de una familia con notable hacienda, Leopoldo López había recibido una amplia educación que iba desde el arte de la escritura y de la lectura, a la geografía y, como era habitual y principal en el seno de una familia de profundas convicciones religiosas, no sólo sobre la historia política, sino la de la Iglesia también, por lo que tenía un amplio conocimiento sobre aquel acontecimiento histórico ocurrido casi tres siglos antes, allá por el año ochocientos y treinta de Nuestro Señor, cuando el ermitaño Pelagio y los feligreses de la iglesia de San Félix de Solobio, en Amaea, en la diócesis de Iria Flavia, vieron unas luminarias semejantes a estrellas sobre un campo, y acercándose allí localizaron un sepulcro, hecho del que informaron al obispo Teodomiro, quien identificó los restos que contenía la tumba como los del apóstol Santiago el Mayor y dos de sus discípulos. El rey Afonso II, el Casto, rey de Asturias, decidió peregrinar al lugar y una vez allí ordenó construir una iglesia para honrar los restos del Apóstol. También sabía que cuando el rey de Asturias informó sobre lo acaecido a su amigo y aliado Carlomagno, la noticia se extendió por toda Europa provocando que una corriente ingente de creyentes peregrinara incesante a aquel campo de estrellas.
Su preceptor- recordaba Leopoldo López - le había advertido el pecado grave en que caería si daba crédito a aquellos que sostenían que los restos hallados por Pelagio no eran los de Santiago, sino los del obispo hereje Prisciliano, acusado de herejía por Evodio, prefecto del emperador Máximo en el año trescientos y ochenta y cinco y decapitado en Tréveris, a donde acudió engañado por el Emperador, junto con sus discípulos Felicísimo, Armenio, Eucrocia, Latroniano, Aurelio y Asarino, así como que unos años más tarde, en el trescientos y ochenta y nueve, su cuerpo había sido trasladado por un grupo de sus discípulos dirigidos por Dictínio a su tierra natal, Gallaecia, donde fue sepultado muy cerca de la ermita e la que inició su actividad evangélica y que, casualmente, se levantaba en el Campo de la Estrella, algo que había incomodado sobremanera a la Iglesia , por lo que, según comentaban aquellos herejes que se decían sus discípulos, el obispo Teodomiro identificó convenientemente los restos encontrados como los del apóstol Santiago para tratar así de anular el movimiento priscilianista, que nada convenía a los intereses de Roma.
Nada de esto le importaba ahora a Leopoldo López. Fueran de Santiago o de Prisciliano los restos que provocaron aquella marea incesante de peregrinos de cualquier lugar y condición para venerarlos, era algo para él secundario. Le interesaba beneficiarse de ese flujo humano para pasar desapercibido y poder llegara su destino sin ningún contratiempo.
Los peregrinos no despertaban mucho interés entre las cuadrillas de ladrones que nunca faltaban en las rutas muy concurridas, quizás porque sabían que quienes peregrinaban a la tumba del santo no llevaban encima más fortuna que la que representaba su hábito y que aquellos que podían despertar su codicia como obispos, hidalgos y otros nobles de mayor rango, llevaban una abundante escolta armada, así que no se formaban grupos numerosos, sino que cada uno hacía el camino según le parecía. Leopoldo López y Marta De La Fuente serían una pareja más de las muchas que, etapa tras etapa y superando el cansancio y las enfermedades, se iban acercando a aquel lugar donde su fe les decía que alcanzarían grandes bendiciones.
La distancia desde Malgrat a la Urbs Senabrie era de unas dos decenas de leguas y que podrían cubrir en dos jornadas y media, casi lo mismo que tardarían en llegar al Reino de Portugal, pues el Portillo de Padornelo primero y la Sierra del Marabón finalmente, constituían obstáculos geográficos de notable dificultad. Leopoldo López había decidido entrar en Portugal por esta ruta a pesar de su dificultad, pues cuanto antes estuviera a salvo, mejor para sus intereses.
Una vez en el reino portugués se establecería en Braganza, pues esta ciudad encastillada era lugar de paso de los comerciantes que desde Zamora y Valladolid se dirigían a Oporto, lo que le permitiría estar informado de todo lo que aconteciera de importancia en los reinos de Castilla y León.
Fuertemente agarrada con ambas manos al arzón de la silla del caballo, pues no tenía bridas que asir, Marta soportaba estoicamente las molestias de cabalgar de esa forma. No estaba acostumbrada a montar y tenía que hacer notables esfuerzos para mantenerse erguida sobre aquella dura silla forrada con un raído trozo de lana de oveja.
Estaba cada vez más segura que la precipitada huida se debía a que Iñigo Aldai, su amado esposo, estaba muy cerca; quizás en esos momentos estuviera dirigiéndose a la casa donde había estado ella los últimos días y ahora, con cada movimiento de las patas de su caballo, se alejaba cada vez más de él y del ansiado encuentro. Sintió deseos de saltar sin que el ex Regidor se diera cuenta y esconderse entre la masa de quejigos, pero el trote era ágil y el camino pedregoso, por lo que la acción sería muy peligrosa y aunque el deseo de escapar era intenso, no quería sufrir un grave percance físico o incluso perder la vida y no poder volver a ver a su esposo. La masa forestal llegaba hasta el horizonte y seguramente – pensaba - en algún momento el camino se estrechará y su miserable raptor se verá obligado a reducir la marcha. Aprovecharía ese momento pues no podía seguir alejándose. Cuanto más tiempo pasara, mayor sería la distancia que le separaía de Iñigo y, por tanto, también mayor la dificultad para que su esposo la encontrara. Nunca había estado por aquellos parajes que ahora cabalgaban, pero no tenía duda alguna de que se dirigían al oeste, pues seguían el camino del sol.
Sabía por el Padre Gumersindo, que el Reino de León llegaba hasta los confines de la tierra conocida, hasta una región llamada Galaecia en la que varios siglos antes y en un paraje conocido como Campo de la Estela, una señal de los cielos permitió encontrar el sepulcro de Santiago Apóstol. Las ropas con las que el ex Regidor la había obligado a vestirse era pobres y ásperas, más de gentes del camino que de noble clase y que al cubrirse con el capuchón hacía imposible que alguien la identificara como una mujer. Si aquel miserable que la mantenía secuestrada no quería que pareciera una mujer a los ojos de los demás, sin duda se debía a que no quería dejar pistas de su paso por aquellas poblaciones que se encontraran en el camino, lo que parecía indicar – pensaba Marta – que no se sentía seguro en el Reino de León, lo que… Un nudo se formó en la garganta de Marta cuando su análisis la llevó a concluir que el camino que seguían tenía como destino el Reino de Portugal. Si así era, como se temía- sería imposible que su esposo la encontrara. No lo podía permitir. No dejaría pasar la primera oportunidad, por arriesgada que fuera, para escapar. No le importaría tener que cabalgar o caminar durante días o semanas por aquellas tierras desconocidas, pues sabía que haciéndolo en dirección contraria a la que llevaban, es decir, hacia el este, llegaría a tierras castellanas y entonces ya no le sería difícil poder hacerlo hasta Cuéllar si antes no la había encontrado su esposo.
Leopoldo López mantenía los caballos al trote pues el camino aún era ancho. Empezaba a oscurecer y tenía que decidir dónde pasarían la noche. La villa que llaman Alpando era la localidad más cercana, pero aquella villa que había amurallado Fernando II y dotado con castillo para su defensa frente a Castilla allá a mediados del Siglo XII, no le parecía un lugar adecuado para pasar la noche pues sería imposible que su paso por allí no fuera recordado. No le gustaba tener que dormir bajo las estrellas, pero antes que su comodidad estaba la seguridad de su huida. El hecho de que tuviera que salir huyendo de Urueña ese diez y seis de julio, precisamente cuando se cumplía un año justo de la victoria sobre los almohades del que había sido su rey, Alfonso VIII, le desagradaba. Aquel día el Miramamolín se vio obligado a huir para no ser capturado por el rey castellano y ahora el que huía era él para no serlo por el de León, el de Castilla y aquél maldito Iñigo Aldai. No eran buenos presagios, así que tendría que extremar las precauciones.
La luna estaba en cuarto menguante, con lo que la luz para buscar un buen lugar para pasar la noche pronto sería escasa, así que aflojó el trote y finalmente puso su caballo al paso. A la izquierda del camino había un pequeño claro al que se dirigió sin soltar las riendas del caballo de la mujer que deseaba y que era el instrumento principal de su venganza. Marta empezó a preocuparse. Tener que pasar la noche a solas con aquel miserable, en un lugar aislado y sin posibilidad de pedir ayuda, le aterrorizaba. Sabía que aquel hombre ruin y mezquino quería hacerla suya y no ignoraba que trataría de llevar a cabo sus lascivos deseos tan pronto tuviera oportunidad, pues si hasta ahora había mantenido una cierta distancia había sido, sin duda, por la proximidad de otras personas.
Desmontó primero el ex Regidor sin soltar las riendas del caballo de Marta.
Señora, hasta ahora os he tratado con deferencia y es mi deseo seguir haciéndolo en tanto no me deis motivos, lo que en modo alguno deseo, Ahora desmontaréis y os aconsejo que os acomodéis lo mejor posible pues pasaremos la noche aquí. Si me prometéis no intentar huir, algo que por otro lado no lograríais, no os ataré. ¿Me dais vuestra palabra de no intentar escapar?
Marta le miró despectivamente pero no contestó; simplemente se sentó sobre la hojarasca, lo que Leopoldo López interpretó como un sí implícito. Ató los caballos a uno de los encinos que rodeaban el claro y descolgó la bolsa que llevaba atada a la silla, sacando de ella un taco de cecina que partió en dos con su daga.
Siento no poder ofreceros una mejor cena, pues no he tenido tiempo de aprovisionarme mejor, aunque trataré de compensaros por ello tan pronto lleguemos a nuestro destino – dijo mientras le ofrecía el trozo de cecina.
Marta tomó el taco de carne curada. Tenía hambre y estaba decidida a huir, por lo que no podía permitirse perder fuerzas o enfermar. Bebieron vino del cuero que llevaba el ex Regidor. Aquel martes, diez y seis de julio, había sido inhabitualmente poco caluroso y aunque la noche iba a ser fría, la tosca y gruesa capa con la que el exregidor había dispuesto que se vistieran para pasar desapercibidos en su supuesta peregrinación a Compostela, sería protección suficiente.
Leopoldo López no se atrevía a encender fuego, tanto por miedo a que algún bandido los pudiera descubrir, como por el hecho de que no sabía como hacerlo. Se sentó apoyando la espalda en el tronco de un árbol, frente a Marta, y cubriendo el pequeño y estrecho sendero que unía el claro en el que estaban con el camino. Si Marta tenía intención de huir, incumpliendo así lo prometido, no podría hacerlo por el camino y entre la masa de encinos, quejigos y robles le sería imposible tanto a pie como a caballo. La Naturaleza le estaba echando una mano al haber construido aquella prisión natural – pensaba - así que podría dormir relativamente tranquilo.
Marta tardó mucho tiempo en conciliar el sueño. Cuando sus párpados se cerraban, se esforzaba en mantenerlos abiertos. Temía que aquel cobarde intentara atacarla mientras dormía. Se despertó de madrugada. El exregidor dormía o parecía dormir profundamente. ¿Sería ese el momento mejor para escapar? Miró a su alrededor. Estaba rodeada por una espesa e impenetrable barrera de árboles de pequeño porte y arbustos y el sendero hasta el camino la obligaría a pasar al lado de su secuestrador y era probable que al pisar la hojarasca se despertara. No. No era el momento. Se envolvió con la capa y cerró los ojos aunque no consiguió volver a dormir.
Aunque se esforzaba en poder hacerlo, Leopoldo López tampoco conseguía dormir. Entre los extraños sonidos que de vez en cuando llegaban del bosquecillo y el frío de la madrugada, lo mantenían en forzada vela. Con el capuchón de la capa totalmente calado, su cara quedaba oculta por lo que Marta no podía ver sus ojos mirándola. Aquella mujer le enloquecía. Cada vez la deseaba más, tanto que ese deseo de poseerla empezaba a relegar su papel como instrumento de la venganza sobre el capitán Aldai. No tardaría en llegar el momento de satisfacer ese deseo que le corroía las entrañas.
El agotamiento físico pudo más que la preocupación y la intranquilidad y el alba les sorprendió dormidos.
Al contrario que el día anterior, el día amaneció con un sol radiante que prometía subir la temperatura por encima del nivel de confortabilidad. El cielo estaba virginalmente azul y ni siquiera la más mínima brisa se hacía notar en las ásperas hojas de los encinos.
Leopoldo López se levantó y quitándose el capuchón se desperezó sin el menos recato al darse cuenta de que Marta parecía estar dormida. Los caballos volvieron la cabeza mirándolo. Uno de ellos piafó haciendo que con el ruido Marta se despertara. Notó que tenía los ojos hinchados. Había dormido mal y poco.
- ¡Levantaos¡ - le ordenó el ex Regidor – Hemos de partir.
Se levantó con alguna dificultad pues tenía los músculos entumecidos por la prolongada postura.
- Nos espera una larga cabalgada, así que satisfaced vuestras necesidades ahora si tenéis menester, pues no tendréis ocasión de hacerlo una vez nos hayamos incorporado al camino.
Marta miró a un lado y al otro buscando un lugar fuera de la mirada de aquel felón.
Como ya seguramente os habréis dado cuenta, no es posible internarse en el bosque, así que me daré la vuelta, pero os ruego que os deis prisa - urgió su captor.
Montaron y salieron al camino. Como el día anterior, Leopoldo López asía las riendas del caballo de Marta. Cabalgaban al paso por aquel camino que a duras penas se abría paso entre el espeso quejigal.

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