IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XV (25.04.2013)
Lucas regresó al otero donde había quedado el Capitán.
- Lo siento, mi Señor, pues en la única posada de esta aldea, ni están ni se les ha visto –le informó.
Una nueva nube de tristeza se sumó a las muchas que ya cubrían el corazón de Iñigo Aldai. Había llegado a Senabrie con la esperanza de que allí terminara su búsqueda, pues si todo había sido tal como el maese de cómicos se lo había contado a Lucas y, si como él suponía, el miserable ex Regidor trataba de pasar al Reino de Portugal utilizando el camino a Santiago vestido como peregrino, el paso más rápido y seguro era desde donde estaban, ya que la distancia a Bragança apenas superaba las siete leguas, que podrían recorrer en una jornada. Cabía la posibilidad, aunque era muy remota, de que el vil raptor de su esposa, pensando que le estaba siguiendo, decidiera salir del camino y entrar en Portugal por cualquier otro punto de la frontera antes de Senabrie, pero para ello tendría que cruzar la sierra de La Culebra, tarea nada fácil y muy arriesgada para quien no estuviera bregado en recorridos por sierras de elevadas cumbres y sin senderos o caminos definidos. El riesgo de extraviarse o de ser atacado por los lobos era alto, todo lo cual le hacía pensar que, dado que el ex Regidor ni era experimentado jinete, y además tendría que mantener vigilada permanentemente a Marta y que no conocería la comarca, no habría optado por otro paso que no fuera el de Senabrie. Y si ni estaban ni se les había visto en esa población y tampoco en el camino desde Malgrat, forzoso era concluir que aún se encontraban en la Villa o cerca de ella, así que volverían sobre sus pasos y retomarían la búsqueda en la antigua Ventosa donde y si aún continuaba allí, hablaría con el maese de cómicos a fin de obtener todos los detalles posible que le permitieran tomar decisiones más acertadas.
- Dormiremos aquí, bajo aquello pinos y al alba cabalgaremos de regreso a Malgrat – le dijo a Lucas.
La noche era calurosa pero obscura, pues había Luna nueva, lo que permitía apreciar el esplendor de aquel firmamento tachonado de estrellas y dividido por aquel blanco camino al que llamaban Vía Láctea. El Capitán Aldai, tumbado sobre la osma que los pinos habían ido dejando sobre el reseco suelo, recordó aquella otra noche, camino de Torrelobatón, en la que sentado al lado de Oono, se extasiaron contemplando la belleza del cielo estrellado. Entonces su corazón estaba triste también pues había dejado a su esposa en Cuéllar, pero no era la misma tristeza y dolor que sentía ahora, pues entonces ella quedaba segura en el castillo y él regresaría en pocos días, mientras que el desconocimiento de su paradero y de su estado ahora y el no saber cuándo la encontraría, constituían un sufrimiento tal que, a veces, temía no poder soportarlo.
Cerró los ojos y con la imagen de Marta en su cabeza, poco a poco se fue entregando al sueño.
Lucas, tumbado a unos pasos y cerca de los caballos que había atado al tronco de un pino joven, dormía profundamente.
Desde que Alfonso II, el Casto, Rey de Asturias, peregrinara a Compostela para visitar la tumba del apóstol Santiago el Mayor, el flujo de peregrinos desde cualquier punto de la cristiandad con el mismo fin, no había cesado, favoreciendo así los intereses de aquellos a los que, bien por gusto o porque la vida o la ambición los había hecho de esa forma, eran amigos de vivir de los bienes ajenos conseguidos nunca de grado y siempre por fuerza. Las cuadrillas de asaltantes de peregrinos no escaseaban, por lo que quienes podían formaban grupos numerosos capaces de disuadir a los posibles asaltantes; otros, con medios económicos suficientes, se hacían acompañar de hombres de armas y eran los solitarios o grupos pequeños los que con mayor frecuencia sufrían el robo de las escasas pertenencias que portaban.
Los alguaciles y regidores de las localidades importantes del camino, despachaban hombres armados que patrullaban por su recorrido en prevención de asaltos, pues ese incesante flujo humano era una fuente de ingresos para el Señores de las comarcas que atravesaba el Camino mediante el derecho de guía que aplicaban a los peregrinos, o el de paso en los puentes donde los había o por cruzar en barca un río, además del impuesto con que gravaban las mercancías de aquellos que utilizaban el camino como vía para la realización de su comercio.
La pena capital establecida para los asaltantes no era lo suficientemente disuasoria, pues abundaban las cuadrillas de bandidos mejor o peor organizadas, beneficiándose del escasa o nula eficacia de los alguaciles para detenerlos, ya que la orografía facilitaba la emboscada y posterior ocultación y como el flujo de personas, ya fueran peregrinos o comerciantes, era constante, los bandoleros podías permitirse elegir el momento y lugar más adecuado para ejercer su oficio lejos de los agentes de la Justicia.
Cuando el sol empezaba a asomar por encima de los montes de la sierra de La Culebra, Iñigo Aldai y Lucas llevaban cabalgando ya más de dos horas. Habían salido con las primeras luces del alba, tanto por la impaciencia del Capitán como para cabalgar lo más que pudieran antes de que el sol calentara en exceso, encontrándose ya no muy lejos de la población de Mombuey, cuya torre militar, levantada por la Orden del Temple, destacaba con nitidez contra el horizonte y a una legua de Rionegro, donde tendrían que pagar por cruzar el puente sobre el río Negro, de igual forma que lo hicieran el día anterior en dirección contraria. Rionegro era lugar de encuentro del camino de Zamora (Azemur la llamaban los árabes) con el de Malgrat y Senabrie, y aunque su población de derecho no era numerosa, sí lo era la de hecho por la afluencia de peregrinos, así que su mercado semanal de los viernes era muy concurrido, para disfrute, especialmente, de los alcabaleros.
No fue la necesidad de comprar, sino la de buscar, la que decidió al Capitán y a su aprendiz de escudero a entrar en la población y recorrer su mercado con la esperanza de encontrar allí a quien estaban buscando. Bajaron la suave pendiente que conducía hasta el río, en cuya orilla se levantaban una docena de casas circulares con paredes de piedra y techo cónico de paja y que, por lo que supieran más tarde, eran las habituales en la comarca y las llamaban pallozas. Se acercaron al santuario de Nuestra Señora de la Carballeda, en cuyos alrededores se celebraba el mercado. Su esperanza resultó fallida, pues aún había muy poca gente en el lugar, así que, tras pagar el portazgo, cruzaron el río y tomaron el camino de Malgrat.
El camino seguía en su mayor parte el curso del río Tera, cuyas orillas estaban pobladas de chopos, protegiendo del sol a quienes por él transitaran.
A media mañana llegaban a Camarzana, en la orilla norte del río Tera. Desde allí hasta la siguiente población de Sitrama, los peregrinos, en su afán de acortar distancias, con el paso del tiempo habían abierto una nueva senda que se alejaba de la que seguía el curso del río por que sólo transitaban aquellos que llevaban carretas o que, simplemente, no tenían prisa.
El Capitán y Lucas tomaron el camino antiguo, más ancho y también, a esas horas del día, más fresco por la sombra de los chopos y la proximidad del río.
Cabalgaban con un trote ligero, cada uno ensimismado en sus pensamientos, cuando unos gritos procedentes del bosque les sorprendieron hasta el punto de obligarles a detener sus caballos. Los gritos y voces airadas sonaban muy cerca, quizás tras el recodo que hacía el camino forzado por un meandro del río.
- Alguien está en apuros – dijo el Capitán – Vamos a ver que ocurre.
Picaron espuelas y la escena con la que se encontraron cuando doblaron el recodo era la suficientemente explícita como para no necesitar explicación alguna sobre lo que allí estaba ocurriendo. Un hombre, armado con un gran cuchillo de hoja curva, tenía cogido por el cuello a un anciano mientras se dirigía al grupo de hombres y mujeres que otros dos mantenían agrupados también bajo la amenaza de sus navajas. Sin duda eran bandidos atracando a un grupo de viajeros.
- No os lo volveré a preguntar ¿dónde guardáis la bolsa y los objetos de valor? O me lo decís ya o rebano el cuello a vuestro jefe. ¡Vamos, hablad de una vez! Y vosotras, dejas de gritar¡ - dijo dirigiéndose a las mujeres, cuyos gritos eran los que habían oído el Capitán y Lucas.
Los bandidos no se percataron de su llegada hasta que oyeron a sus espaldas, una voz conminatoria:
- ¡Alto! ¡Soltad a ese hombre y deponed las armas!
Al volverse sorprendidos hacia donde procedía la voz, vieron a dos hombres a caballo, vestidos con ropas vulgares y aparentemente desarmados. Dos clientes más - pensaron
El que tenía cogido al anciano por el cuello se desentendió de él y se dirigió a los recién llegados. Era un hombre corpulento, con barba de color indefinido por la suciedad y una cicatriz desde la mejilla izquierda hasta la fosa nasal de ese mismo lado y que estaba incompleta, quizás como consecuencia de alguna pelea con cuchillo o espada. Vestía un jubón raído bajo el que se podía ver partes de una camisa de color terroso. Sus compinches no mejoraban el aspecto del que, sin duda, era su jefe. Alto y enjuto uno de ellos, con una cabellera casi roja y nariz prominente, mientras que su compañero era de mediana estatura, cabello oscuro y cargado de espaldas. Ahora le observaban con una mueca que pretendía ser una sonrisa. Estaban seguros que el encuentro con aquellos dos recién llegados les iba a proporcionar un rato de diversión, además de dos monturas que, junto a las otras dos que tiraban de las carretas, constituían el mejor de los botines para quienes tenían como oficio aligerar el peso de los demás.
- Sois justo lo que necesitamos llegando en el momento oportuno- dijo el de la cicatriz acercándose al Capitán. Desmontad y vaciad vuestra bolsa y árguenas, pues seguramente su peso no os deja cabalgar ligeros – dijo mientras soltaba una carcajada que dejó al descubierto una boca con escasos dientes y aún éstos, por lo que amarilleaban, más parecían de alimaña que de humano.
El Capitán no llevaba su espada a la vista, pues al entrar en el Reino de León no había querido significarse como hombre de armas para no llamar la atención, así que envuelta con un trozo de tela la ocultaba atada a la silla, de tal forma que cuando estaba montado quedaba oculta totalmente a los ojos de cualquiera. Lucas no se había separado de su daga en ningún momento y, al acercarse el jefe de aquella chusma, con un lento movimiento de su mano derecha, pudo asir la empuñadura bajo el jubón.
- Ya has soltado a ese hombre como te dije; ahora deponed las armas- le ordenó el Capitán sin desmontar.
Los bandidos soltaron una carcajada al unísono. Les hacía gracia el atrevimiento de aquel infeliz que, desarmado y acompañado sólo de un muchacho, pues eso les pareció Lucas, se atrevía a dar órdenes a su jefe.
. - O tienes agallas o careces de juicio – respondió Alercio, que así se llamaba el jefe – lo que me da igual, así que baja del caballo y vacía los bolsillos y las alforjas, a menos que prefieras que lo haga yo una vez que te rebane el cuello.
El Capitán hizo además de desmontar al tiempo que le dirigía una rápida mirada a Lucas. Este apretó con fuerza la empuñadura de la daga presto a desenvainarla, pues sabía que su Señor se disponía a luchar. Iñigo Aldai desmontó despacio y por el lado contrario al de donde se encontraba Alercio, quedando así oculto por el caballo, lo que impidió que el jefe de los bandidos pudiera ver como extraía su espada. Lucas le imitó.
Con el caballo cogido por la brida con la mano izquierda, el Capitán se acercó hasta donde Alercio le esperaba confiado, pues ninguno de aquellos hombres representaba ningún peligro para un grupo armado como el que él dirigía.
Con un rápido movimiento, el Capitán extrajo la espada y colocó certeramente su punta en el gañote del bandido antes de que éste fuera consciente de lo que estaba ocurriendo.
- Di a esos dos que suelten sus cuchillos o a tu cabeza que se despida de tu cuerpo- le ordenó el Capitán.
Alercio sintió el pinchazo de la punta de la espada y, aunque no se explicaba aún de dónde había salido, no tuvo duda de que la amenaza iba en serio y con voz vacilante ordenó a sus hombres que tiraran sus armas.
Lucas, tembloroso por la emoción – era su primera oportunidad de participar en un enfrentamiento armado - había sacado también su daga y estaba dispuesto a saltar contra cualquiera de aquellos bandidos si la ocasión así lo exigía.
Los compinches de Alercio habían mutado su sonrisa por una mueca de asombro y temor. Estaban acostumbrados a asaltar a peregrinos o carreteros indefensos y nunca se habían enfrentado a un hombre armado con espada y con aquella habilidad para manejarla.
El pelirrojo lanzó un escupitajo al suelo, muestra de su impotencia quizás, y tiró su cuchillo. Su compañero no le secundó, por lo que Alercio, al sentir como aumentaba la presión de aquella espada de tres pies de longitud en su gaznate, le conminó a que lo hiciera.
- Y ahora, idos de aquí rápidamente y procurad que no nos volvamos a encontrar, porque entonces no tendréis tanta suerte – les ordenó el Capitán cuando los tres estuvieron desarmados.
Tuvieron que salir corriendo, pues tan pronto los vieron sin armas, las mujeres y hombres de aquel grupo, empezaron a tirarles cantos rodados del camino mientras corrían tras ellos diciéndoles toda clase de improperios.
Lucas, que había reconocido en el viejo al que Alercio tenía agarrado, a Silverio, el maese de cómicos, se lo iba a decir al Capitán, pero se le adelantó el viejo.
- Gracias, Señor, por habernos salvado de esos maleantes. Soy Silverio, maese de cómicos y toda esta gente es mi compañía, y nos dirigimos a Senabrie después de haber actuado ayer en Malgrat. Si no llega a ser por vuestra intervención, no sé que hubiera sido de nosotros, pues esos bandidos seguramente, además de las pocas monedas que ganamos con nuestro oficio, se hubieran llevado los caballos que tiran de las carretas y, sin ellas, nada podríamos hacer. Pero, muchacho - dijo mirando a Lucas- ¿no eras tú el que ayer por la mañana estaba en Malgrat preguntando por unos peregrinos?
Lucas iba a contestar, pero fue el Capitán quien habló.
- No es necesario que nos agradezcáis lo hecho, pues deber es de todo hombre honrado ayudar al necesitado y sí, este muchacho, mi escudero, estuvo ayer en Malgrat y me contó que había hablado con vos y que le habíais dicho que una pareja de peregrinos os había pedido ayuda en el camino así como que el comportamiento de uno de ellos os había parecido poco natural. Os agradecería que me contarais también a mi cómo fue tal encuentro.
- Os lo contaré con gusto, Señor, aunque como ya le dije a vuestro escudero, no pude ver bien la cara a ninguno de los dos, pero cuando uno de ellos quiso hablar…
Maese Silverio le contó a Iñigo Aldai lo ocurrido unas leguas antes de Malgrat y cuando dijo que el que había querido hablar fue callado bruscamente por el otro, así como que su voz no era de hombre, una de las mujeres del grupo que presenciaba la conversación y a la que se unieron las otras dos, dijo:
- No hay duda, Señor. Aquella voz era voz de mujer y joven, aunque su atuendo y aspecto fuera de hombre con aquella capa y la capucha calada. Os lo aseguro, Señor; era una mujer y no parecía ir a gusto con aquel hombre.
- Entonces ¿os dijo aquel hombre que iban a Compostela a venerar al Apóstol? – preguntó el Capitán.
- No exactamente – contestó maese Silverio – sino que cuando se postraran ante la tumba del Apóstol, rogarían por nosotros. ¿Así fue, verdad? –dijo mirando a su gente.
- Si, es como has contado – contestaron algunos.
- Pero ¿no pudisteis oír qué camino tomarían? – preguntó el Capitán ansioso por recibir una respuesta afirmativa.
- No Señor- contestó maese Silverio- pero desde Malgrat solo hay una forma de ir y es tomando el camino que nosotros llevamos, el de Senabrie y desde allí hasta Verín, donde actuamos el año pasado; después llegar a Xinzo para seguir hasta Orense y de allí a Lalín y Santiago. Es mucha la distancia, pues aunque nunca hemos llegado tan lejos para comprobarlo, algunos nos han contado que desde Senabrie hay más de cincuenta leguas, que no se recorren en menos de cuatro o cinco jornadas y eso siempre que no tenga uno encuentros como el del que hoy nos habéis salvado vos. Pero vos no vais en esa dirección, sino en la contraria y aunque …
- Os agradezco la información, maese Silverio, y ahora decidme, vos que parece que conocéis muy bien estos caminos, si ayer fue el encuentro con ese hombre y la mujer ¿dónde pensáis que pudieran hallarse hoy, al mediodía, por ejemplo?
- Como habrán tenido que parar para pasar la noche y si han seguido el camino que antes os he dicho, no debieran estar muy lejos de Rionegro- le contestó – aunque si al llegar a Malgrat se dirigieron al norte para coger el camino francés en Puente de Órbigo, podrían estar cerca de Astorga que, como seguramente sabréis, es un camino más concurrido y seguro que este que llaman sanabrés.
Esa podía ser la razón por la que no los encontraron en el camino a Senabrie, pensó el Capitán. Aunque seguía teniendo dudas sobre la verdadera intención del ex Regidor, no podía descartar cualquier posibilidad de encontrarle y el camino de Astorga era una más, así que tendrían que regresar a Malgrat y cabalgar hasta la que fuera sede de la Legio X Gemina, Asturica Augusta.
Desde Malgrat hasta Astorga había unas trece o catorce leguas, que podrían recorrer en lo que quedaba de jornada, si se daban prisa.
- Nuevamente os doy las gracias, maese Silverio y ahora hemos de partir, pues quisiera llegar a Astorga antes de que oscurezca- dijo a modo de despedida.
- Permitidme Señor, que os manifieste mi agradecimiento por vuestra ayuda con, como vos mismo decíais, mis buenos conocimientos de estos caminos, ya que ganaréis tiempo si en vez de llegaros hasta Malgrat volvéis hasta la población de Sitrama y tomáis el camino hacia el norte que os llevará hasta Castro Calbón, al otro lado del Ería y ya en dirección noroeste, cruzareis el Jamúz y a una legua toparéis con el Ornia que podréis vadear sin dificultad en esta época del año , en cuya orilla norte se encuentra la población de Destriana. Desde allí solamente os quedarán por recorrer unas tres leguas hasta Astorga sin otro obstáculo que vadear el río Turienzo, algo que incluso podríais hacer a pie.
- Así lo haremos, maese Silverio. ¡Que Dios os bendiga!
- ¡Que Él os acompañe!

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