sábado, 20 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XI (21.04.2013)


La fiebre se había adueñado del cuerpo de Marta que pasó la noche inquieta y delirando. Gervasio, a su lado,  le humedecía la frente con el borde de su hábito que había ido a mojar al río. 
 Fray Apuleyo seguía sumido en un profundo sueño. Su respiración acompasada le indicaba a Gervasio que sus sueños eran tranquilos. Si duerme bien – pensó – estará de mejor humor y no me reprenderá severamente cuando vea a esta muchacha aquí y hasta puede que ni siquiera me denuncie en el capitulum.
Aunque la vocación de Gervasio era más que dudosa, tampoco quería que lo expulsaran y verse así obligado a regresar a casa de sus padres, donde su vida sería muy difícil por la pobreza en la que vivían sus progenitores. El sabía que mientras no fuera miembro de la comunidad monacal, no podría participar en el capitulum diario que se hacía después de la hora prima, pero ello no era óbice para que se le castigara y también sabía, pues así se lo habían contado, que cuando  un monje o novicio transgredía las reglas de la Orden, la pena podía ser el ayuno, la  remoción del cargo o incluso la excomunión, prisión o expulsión.

Gervasio había nacido a la sombra del castillo de Alba de Aliste, aquella fortaleza levantada sobre un promontorio rocoso desde la que se dominaba el curso del río Esla. Su  padre servía en una familia de no muchos recursos, uno de cuyos miembros  profesó como monje en Moreruela y que fue expulsado de la Orden en aplicación del estatuto del mil y ciento ochenta y ocho que establecía que todos aquellos que dejaran sus monasterios buscando baños calientes, no debían ser readmitidos, pues el único lugar para el lavatorio de los pies de los monjes era la fuente o lavabo a la entrada del refectorio y sólo los sábados por la noches desde Pascua hasta el catorce de septiembre, fecha en que se conmemora  el descubrimiento de la Santa Cruz por Santa Elena en el año trescientos veinte. El monje expulsado regresó a su casa y ya nunca volvió a salir de ella. Por él supo Gervasio de los monjes blancos y sus reglas, razón por la que sabía lo que podría ocurrir si fray Apuleyo le denunciaba en el capitulum. De cualquier forma y por si acaso, durante el largo camino que aún les quedaba  hasta el monasterio de Carrizo, trataría de hacer méritos ante él para que valorara hecho de recoger a aquella muchacha malherida como un espontáneo acto de caridad propio de un joven inmaduro, aunque de buen corazón.
Con estos pensamientos ocupando su mente y al mismo tiempo pendiente de la evolución de la malherida, casi sin darse cuenta,  se quedó dormido.

La incipiente claridad de un nuevo día empezaba a colarse entre las ramas de los chopos cuando se despertó sobresaltado. Algo había tocado su brazo izquierdo. La  mano derecha de la muchacha estaba aferrada a su antebrazo, seguramente como consecuencia de un movimiento inconsciente durante su prolongado sueño, pues seguía con los ojos cerrados, aunque su respiración era sosegada. Le tocó la frente. Ya no tenía fiebre. Pronto despertará- pensó.
Sin darse cuenta se quedó mirando su cara que, aunque con la sangre seca pegada a ella, le pareció muy hermosa. Sus pestañas era largas y los ojos debían de ser grandes y se los imaginó, sin saber por qué, del color de la miel. El perfil de su nariz era el intermedio entre la recta y la aguileña. Sus labios carnosos y bien perfilados  estaban pálidos como consecuencia de la sangre perdida. El mentón armonizaba con el resto de los rasgos de su cara. Era una muchacha hermosa y que, sin duda, lo sería más cuando su cabello  se liberara del barro y su piel de la sangre de su herida. La capa dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos que subían y bajaban al ritmo sosegado de la respiración, y allí se quedó fija, como atrapada, la mirada de Gervasio.
El ruido que hizo fray Apuleyo al levantarse, le volvió a la realidad de la que su imaginación le había alejado. Se volvió hacia la carreta. El anciano monje le miraba incrédulo.
- Pero ¿qué has hecho, insensato? ¿Acaso no te dije que siguiéramos nuestro camino  que ya el Señor, si era Su voluntad, se ocuparía de esa mujer? ¿Por qué me has desobedecido? ¿Has olvidado el deber de obediencia a tus superiores? ¿Qué …?
- Os equivocáis, fray Apuleyo. Esta mujer malherida, ha debido de caminar durante la noche y el Señor ha querido que llegara hasta donde nosotros placidamente dormíamos – decidió no contarle la verdad, porque aquella mentira no iba a alterar su conciencia y decir la verdad podría traerle consecuencias no deseadas. Estaba seguro que Dios le comprendería- y yo, al igual que vos ahora, al despertarme la he encontrado tumbada sobre la hojarasca tal como la veis y, por lo que parece, debe estar agotada por  la caminata nocturna, ya que su sueño es profundo.
   - Todo esto es muy extraño y …
Nuevamente Gervasio le interrumpió
- Vos, fray Apuleyo, que sois un hombre sabio y un venerable siervo de Dios, seguramente y mucho antes que yo, simple postulante - Gervasio sabía como tocar su  fibra sensible - haréis adivinado Su mano dirigiendo a esta pobre mujer hasta nosotros.
- No sé, no sé. Puede que sea la voluntad de Nuestro Señor, cuyos designios son inescrutables mientras que  la sabiduría del hombre es limitada para comprenderlos, así que la socorreremos  en su necesidad más inmediata y la dejaremos, en cuanto se despierte, al cuidado de alguna familia caritativa en la primera población que encontremos. Ahora, súbela a la carreta y acomódala lo mejor que puedas entre las sacas de sal. Ah, y tápala  con la arpillera, no sea que nos encontremos con alguien en el camino y tengamos que explicar que hace una mujer en la carreta con un viejo monje y un mozalbete imberbe.
Con más celeridad de la habitual en cumplir las órdenes del venerable fraile, Gervasio cogió en brazos a la muchacha y la depositó en el hueco que había dejado la saca de sal que entregaron en Santa Colomba. Era el lugar perfecto pues nadie, desde el exterior, la podría ver.

Gervasio se  sentó al lado del monje y reanudaron el camino que les llevaría al fértil valle de Nogales donde se levantaba el cenobio cisterciense, dependiente del de Moreruela por deseo de Sancha Ponce, viuda del noble Vela Gutiérrez, que en el año de mil y ciento sesenta y cuatro donó todas sus posesiones en Nogales a Santa María de Moreruela para que se construyera en el valle un monasterio que se llamaría de Santa María.

Cruzaron el Órbigo aprovechando el arenal que con el transcurso de los siglos y de las avenidas se había formado en medio del cauce y atravesaron la población de Santa Cristina sin pararse, pues la muchacha seguía dormida, tal como aseguró Gervasio.
A media mañana, y ya siguiendo el río Ería, llegando a la población de Morales. Unos gemidos de Marta hicieron pensar a Gervasio que se iba a despertar, pero no fue así, lo que en el fondo de su corazón  agradeció, pues no deseaba que se quedara en alguna de las poblaciones del camino. Encontrarla había sido, sin duda, el hecho más emocionante que había experimentado en su vida y llevarla en la carreta hacía que el tedioso viaje hasta Carrizo no lo fuera tanto. Además, había algo  especial en aquella muchacha. No era su belleza mediatizada por el barro, la sangre y las andrajosa capa, sino algo que no podría describir; era una percepción sin fundamento aparente pero que despertaba su interés, su curiosidad y la sensación de que aquella mujer no era lo que parecía. Y quería saber quién era, cómo se llamaba, de dónde venía, qué le había ocurrido,… Sabía que no era propio de un aspirante a monje ocupar su mente con esas cosas, pero – se justificaba – aún no era más que postulante y no había hecho voto alguno que le comprometiera ante Dios o la Orden, así que… 
Tras subir con alguna dificultad las lomas que dan protección a  Morales  por el norte, iniciaron la bajada a Villaferrueña, donde cruzaron el Ería sin ningún contratiempo. Fray Apuleyo, después de diez años haciendo el mismo recorrido, conocía bien por donde vadear el río sin peligro. Aun recordaba los apuros que pasó en el segundo viaje cuando una rueda de la carreta montó sobre un canto rodado de considerable tamaño, oculto bajo el agua, y al ladearse, uno de los sacos a punto estuvo de caer al río, lo que hubiera supuesto una gran pérdida. Siguieron el curso del río aguas arriba buscando el llano que les llevaría hasta el valle de Nogales donde se asentaba el monasterio de Santa María, llegando después de la hora de vísperas.

Era aquel un monasterio de monjes, por lo que  el portero, les franqueó el paso al interior pudiendo dejar la carreta en el patio que, como todos los monasterios cistercienses, estaba rodeado por el claustro. Allí debían de dejar dos sacas de sal y al acercarse dos conversos- se les distinguía por su barba y hábito marrón – acompañados por el monje cillerero, Gervasio, que no se había bajado de la carreta, trató de colocarse de forma que la muchacha quedara oculta tras él, pero el intento era innecesario, ya que fray Apuleyo venía hacia la carreta acompañado por quienes supuso, y no erró, eran el Abad y el Prior. No pudo ver sus rostros pues tenían las cogullas caladas. Fray Apuleyo le hizo un gesto con la mano a Gervasio y éste saltó de la carreta quedando a la vista lo que había tratado de ocultar.
- … y no sé qué hacer, por eso os pido consejo – oyó que decía fray Apuleyo.
- El enfermero le curará la herida de la cabeza, pero después debéis  llevárosla y  dejarla en lugar seguro.  Habéis sido caritativo hasta donde, por vuestra condición de monje, os es permitido, y eso agradará, sin duda, a Dios Nuestro Señor, pero no olvidéis vuestros votos solemnes de estabilidad, obediencia y conversión de costumbres – era el Abad quien hablaba con fray Apuleyo – Aquí no se puede quedar ni tampoco en ninguna granja de los conversos.
- Si no encontrarais lugar seguro donde dejarla – dijo el Prior – pedid a la Abadesa de Santa María de Carrizo le permita quedarse en el monasterio hasta su total curación. Quizás, como decías, Dios la puso en vuestro camino para ponerla a su servicio.
El Abad asintió.
A fray Apuleyo no le agradó la propuesta; pero se abstuvo de manifestarlo. Al fin y al cabo ¿quién era él para  cuestionar lo que proponían un Abad y su Prior? Por el contrario, Gervasio, que  oyó la conversación, celebró en su interior la propuesta de aquellos santos varones.
Poco tiempo más tarde, el monje enfermero, tras examinar la herida de la frente de Marta  y la contusión de la rodilla, extrajo de su cajón un tarro de barro, cuyo contenido echó sobre un trozo de tela colocándolo, a continuación sobre la herida. Preparó otro cataplasma con el contenido de otro tarro y se lo puso sobre el moretón de la rodilla. Gervasio miraba en silencio. El monje enfermero, al tiempo que le entregaba los dos tarros, le dijo que al día siguiente quitara aquellos cataplasmas y que le pusiera otros nuevos, pero que no se equivocara, ya que el de la herida debía ser el de verbena y el de la rodilla de  caléndula y aunque éste podía aplicarse sobre la herida sin que causara ningún mal, el de verbena sería inútil para la contusión de la rodilla.
Fray Apuleyo le dijo que dado que la muchacha seguía inconsciente y tras las atenciones del enfermero,  podría quedarse sóla en la carreta mientras cenaban. En un lateral de la puerta de entrada al refectorio había un lavabo de piedra con agua corriente en la que se lavaron las manos, tal como estaba establecido. El Abad no se sentaba en la mesa común, sino que tenía su propia comedor  que, de acuerdo con la Regla, debía compartir con los huéspedes que hubiera en ese momento, aunque la comida era la misma que para el resto de los monjes, así que a ella sentó a fray Apuleyo, mientras que Gervasio lo hacía en el refectorio común. La cena ya estaba servida en los cuencos de barro y en consistía en verduras con legumbres. Delante de cada plato había un pedazo de pan cubierto con una servilleta y un jarro de  barro que contenía una hemina de vino que cada uno debía administrar, pues era la cantidad establecida por la Regla para el consumo diario de cada monje. Tras la bendición en latín, el Prior descubrió su pan y todos empezaron a cenar en total silencio, mientras el semanero daba lectura al texto de la Biblia Latina señalado para ese día.  

Gervasio sentía curiosidad por saber si en ese monasterio se seguían las mismas normas que en el de Moreruela, así que, con escaso disimulo, observaba el comportamiento de los monjes mientras daban cuenta de la frugal cena. Pudo ver como  servían la sal con la punta del cuchillo y como para beber cogían con las dos manos el cuenco en el que habían servido el vino o frotaban los cubiertos con el pan y no con la servilleta. Eran las mismas normas que se aplicaban en su cenobio de Moreruela.
Finalizada la cena, todos se dirigieron a la iglesia para el callatio, la lectura comunitaria que precede a completas, antes de acostarse.
Fray Apuleyo y Gervasio fueron alojados en la hospedería, aledaña a la portería. Las celdas era similares a las que ya conocían: un catre con colchón de paja, una almohada y una manta. La Regla establecía que debían dormir totalmente vestidos, algo que se agradecía en invierno, pero en verano y con el calor que había hecho aquél diez y ocho de julio del mil y doscientos trece, era algo que sólo se podría hacer obligado por el voto de obediencia. Por eso se alegró Gervasio cuando fray Apuleyo le dijo que como aquella muchacha pasaría la noche en la carreta y podría salir de su sueño en cualquier momento, que fuera a velarla hasta la llamada a laudes y que si se despertaba en ese tiempo, que le avisara, pues era preciso saber quien era para poder dejarla en manos de alguna caritativa familia.
Poder pasar  aquella noche en el atrio en lugar de hacerlo en la  angosta celda de la hospedería, era algo que agradecía. Se acomodó en el pescante de la carreta después de comprobar que la muchacha seguía dormida y, sin darse cuenta, se fue sumiendo en un reparador sueño.

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