sábado, 27 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XVIII (28.04.2013)


Gervasio sabía que tendría que confesarse, pues lo que estaba haciendo, además de ser impropio de un monje o postulante a monje, era faltar a la caridad. Estaba  pidiéndole a su santo favorito, San Nemesio, que intercediera ante el Supremo para que aquella muchacha no recuperara la consciencia antes de la cercana población de Jiménez donde fray Apuleyo tenía intención de dejarla si salía de su desmayo.
Seguía pensando que encontrarla había sido el hecho más destacado de su vida y que, aún no sabía bien por qué, al haber sido él quien la descubriera tirada en aquel ribazo del camino, era responsable de su vida. En su imaginación, más proclive a fantasear con aventuras terrenales que espirituales, que hubieran sido las más propias por su condición de postulante a monje cisterciense, él era un  audaz caballero que había rescatado de los brazos de la muerta a aquella doncella que quedaba prendada de él por su valentía y prestancia y que un día ella, rendida a sus pies, le entregaría la pureza de su amor.
Las preces a San Nemesio se alternaban con el  recuerdo de aquellas gotas de agua  que resbalando por la barbilla de la muchacha desaparecían entre sus senos.
Había cerrado los ojos para concentrarse mejor y tan abstraído estaba que no se dio cuenta de que entraban en la población que fray Apuleyo dijo que  llamaban Jiménez de Jamuz.
- ¿Ha vuelto ya en si? – preguntó el fraile
Gervasio tardo unos instantes en regresar de su mundo de fantasía al de la realidad.
- No, fray Apuleyo, sigue dormida y su respiración – se fijó en su pecho que subía y bajaba lentamente – sigue siendo débil, como si estuviera a punto de detenerse.
El anciano fraile, contrariado, murmuró algo entre dientes.
- ¿Qué decís, fray  Apuleyo, que no os he oido?
- Nada, nada, que no podemos entonces dejarla aquí al cuidado del cura- contestó para satisfacción de Gervasio que, al darse cuenta de donde estaban, temía que  hubiera llegado el momento de que la muchacha se quedara en el pueblo.
- ¡Qué contrariedad, Señor¡ - seguía hablando entre dientes fray Apuleyo -¿Qué  te he hecho para que me castigues de esta forma en mi último viaje? Si merecería algún castigo podías haber hecho que se soltara una rueda de la carreta, o que las lluvias  nos hubieran impedido vadear el río, pero …Señor, encontrar una mujer  sola y malherida en el camino, sin saber quién es, ni de donde viene ni a dónde quería ir… y por si te pareciera poco, además joven y aunque sucia y harapienta, capaz de perturbar a este muchacho que sin mucha convicción, por lo que parece, quiere convertirse en tu siervo. Pero ¿quién soy yo para juzgar tus planes, Señor? – la firmeza de su fe se imponía sobre sus conveniencias terrenales -  Si tu voluntad es que siga con nosotros, seguirá hasta que se despierte o una señal tuya nos indique que debe irse.
Dejaron atrás Jiménez llegando a  media tarde a las proximidades de La Bañeza, aunque no entraron en ella para evitar el portazgo o pontazgo al cruzar el río que llaman Tuerto. Fray Apuleyo le explicó a Gervasio que bordeando  la población por el sur, aunque ello suponía un pequeño rodeo, podían vadear el Tuerto en una zona muy poco profunda aguas abajo de La Bañeza  muy cerca de donde el Tuerto vertía sus aguas al Orbigo y que después seguirían el curso de este, siempre al norte, llevándoles sin perdida hasta el monasterio de Santa María de Carrizo, final de su viaje.
Las choperas que  se miraban en las aguas del Órbigo formaban en todo el recorrido del río una muralla arbórea tan alta y espesa que ni la luz del sol era capaz de penetrarla, por lo que el camino que transcurría bajo ellas estaba en penumbra durante el día y en la más absoluta oscuridad durante la noche. No era el mejor lugar para pernoctar – ya se estaba acercando la hora – así que fray Apuleyo decidió que lo harían en los aledaños de la iglesia de Requeixo de Alarico, bajo la protección de Santa Leocadia, a la que estaba dedicada su iglesia.
Quiso la Santa o el azar, que mientras tomaban una frugal cena consistente en un mendrugo de pan y un pedazo de queso duro, la muchacha que yacía en la carreta recobrara el sentido. Al abrir los ojos, Marta no vio otra cosa que un cielo poblado de miríadas de estrellas y, a pesar del natural aturdimiento producido por tan largo tiempo privada del sentido, pudo distinguir sobre su cabeza la  Osa Mayor y a su derecha a Cassiopeia, Conocía los nombres de muchas estrellas, aunque ahora no recordaba quién se los había enseñado. Al intentar incorporarse, el gemido que salió de su garganta hizo que Gervasio a punto estuviera de atragantarse con el pedazo de queso duro. Su corazón se aceleró y levantándose rápidamente corrió hacia la carreta, que estaba a unas cuatro o cinco varas de donde se habían  sentado para dar cuenta de sus escasas viandas. Llegó a su lado cuando ella había logrado incorporarse.
- Bendito y alabado sea el Señor, pues te has despertado No temas, estás entre amigos – dijo tratando de tranquilizarla al ver el gesto de ella echándose hacia atrás.- Somos monjes y… bueno el monje es él, fray Apuleyo y yo sólo soy postulante. Déjame que te ayuda a bajar de la carreta para que cenes con nosotros y nos digas quién eres y qué te ha ocurrido.
Marta recordó entonces que había visto a dos monjes  de espaldas hablando entre sí, aunque no sabría decir si la visión había sido real o en un sueño. Con un notable esfuerzo, más por su estado que por la altura de los adrales, bajó de la carreta. Gervasio tuvo que agarrarla  por un brazo para que no diera con su cuerpo en el suelo, pues la pérdida de sangre y los dos días de postración y sin alimento, la había debilitado hasta el punto de resultarle dificultoso mantenerse erguida.
Fray Apuleyo, que también se había levantado, la cogió por el otro brazo al tiempo que le decía que no temiera, que estaba entre hombres de Dios y que pronto se restablecería de sus heridas. Entonces Gervasio cayó en la cuenta de que no le había aplicado las medicinas que le había dado el monje enfermero en Santa María de Nogales.
Cuando Marta intentó masticar un pedazo de queso que le entregó fray Apuleyo, un pinchazo de dolor en la sien  hizo que llevara una mano a la herida, cubierta por el apósito que le había colocado el fraile enfermero en Santa María de Nogales.
- ¿Qué me ha ocurrido? ¿Por qué este vendaje? – preguntó extrañada- Y mis piernas ¿qué les ha pasado a piernas que están arañadas y mi rodilla ennegrecida? Decidme ¿que me ha ocurrido? ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es este y por qué estoy aquí con vosotros? ¿Cuándo …?
- ¡Cálmate, muchacha, vamos, tranquilízate¡ - le cortó fray Apuleyo. No nos hagas preguntas cuya respuesta desconocemos, pues sólo a algunas de ellas podemos responder. La venda en la cabeza  cubre la herida  de la frente, aunque no sabemos ni cómo, ni dónde ni cuándo te la has hecho y lo mismo sobre el estado de tus piernas y rodilla. Y sobre por qué estás con nosotros, se debe a que este imprudente muchacho que postula para monje, te descubrió malherida en un ribazo del camino y como su poco juicio pudo más que su sentido común empeñándose en que dejarte en manos de Dios sería faltar a la caridad cristiana, te subió a nuestra carreta en la que has permanecido dormida desde hace dos días. 
Gervasio permanecía en silencio. Sentía la sequedad de su garganta y sabía que sería incapaz de pronunciar palabra alguna. La voz de aquella muchacha, había entrado por sus oídos y llegado no sólo a su cerebro, sino también a su corazón. No era la voz de un ángel, pensó, sino la de un arcángel, pues de todos es sabido que al estar más cerca del Creador, su voz es más bella, más celestial. Quería  cambiarle las vendas de la frente y de la rodilla y aplicarle los cataplasmas que le había preparado el fraile enfermero, pero sus manos temblaban demasiado - no sabía por qué – y tampoco recordaba cuál había de aplicar en cada lugar. El fraile había insistido en que no confundiera el de la cabeza con el de la rodilla, pues podría causarle grave daño, pero ¿dónde el de verbena? ¿dónde el de caléndula? Su corazón, que latía muy rápido, parecía negarse a enviar sangre a su cerebro, pues era incapaz de pensar con claridad. Era como  en algunas ocasiones en el monasterio cuando, durante los oficios, el humo del incienso casi hacía irrespirable la atmósfera del templo.
Marta estaba sentada sobre el tronco de  un chopo caído. Fray Apuleyo permanecía de pie y él se sentó sobre otro tronco de los muchos que por allí había, frente a ella. La destrozada capa de peregrino  de Marta apenas cubría sus piernas hasta las rodillas, dejando al descubierto las pantorrillas arañadas de las que Gervasio era incapaz de retirar la mirada. Había Luna nueva pero el cielo estrellado hacía que  la oscuridad en plena noche, en los aledaños de la iglesia de Santa Leocadia, no fuera tan intensa , aunque suficiente como para que fray Apuleyo no pudiera darse cuenta de lo que le ocurría a Gervasio, por fortuna para el postulante, pues de haberse percatado, la ya mala opinión que le merecía como aspirante a monje, hubiera empeorado de forma tan notable que seguramente su camino hacia el monacato se hubiera terminado con el regreso a  Santa María de Moreruela.
- Y ahora dinos tú  qué es lo que te ha ocurrido ¿cómo te has hecho esas  heridas?- preguntó fray Apuleyo.
- No lo sé- respondió ella – No lo recuerdo.
- Pues entonces dinos quien eres, cómo te llamas y de dónde eres, que eso si lo recordarás.
- Me llamo… me llamo… ¡Oh Dios mío¡ ¡No recuerdo mi nombre!- exclamó asustada.
- ¿Cómo no vas a saber tu nombre? ¿Te burlas de nosotros que te hemos auxiliado?
- No, no. Os lo aseguro. No recuerdo mi nombre…¡Ay, Señor! ¿qué me está pasando?
El tono de su voz era tan angustioso que fray Apuleyo se estremeció. Gervasio sintió como el vello de sus brazos se erizaba.
- Pero  al menos sabrás de dónde eres o de dónde vienes- afirmaba más que preguntaba fray Apuleyo, aunque sin gran convicción - porque esa capa, o lo que queda de ella, es propia de quien peregrina a Compostela.
- No sabría decíroslo, pues lo único que recuerdo es que me desperté en un lugar desconocido, mojada y cubierta de barro y que caminé hasta que las fuerzas me abandonaron. Y tampoco sé porque llevo esta capa - respondió acongojada
- Así que no sabes como te llamas, ni tampoco de dónde eres, ni de donde vienes, ni a dónde ibas, ni cómo te has herido, ni nada de nada. ¡Señor, Señor¡- exclamo mirando al cielo estrellado - ¿Por qué este castigo en mi ancianidad? ¿No te parecía bastante el tener que hacer mi último viaje acompañado por este muchacho que pretende servirte sin otra motivación que huir de la pobreza de su casa? ¿Te das cuenta a dónde nos ha llevado ese errado sentido  tuyo de la caridad y que no es otra cosa que imprudencia? – preguntó enfadado a Gervasio- ¿Qué hacemos ahora? Dímelo tú que veías en todo esto la mano de Dios. Ya la has oído. No sabe quien es, ni dónde está su casa. ¿Dónde ves ahora la mano del Creador?
Gervasio agacho la cabeza. No sabía que contestar. De pronto tuvo una idea que aplacaría el malhumor del fraile y solucionaría el problema creado.
- No os enojéis conmigo fray Apuleyo, pues si cierto es que el no saber quién es la muchacha ni dónde vive, nos impide entregarla a su familia, no lo es menos que nuestro viaje termina en el cenobio de Santa María de Carrizo, donde seguramente la aceptarán de buen grado como miembro de la comunidad y quien sabe si todo lo ocurrido forma parte de un plan del Señor para que esta muchacha tome los hábitos para Su mayor gloria y la de su Santa Iglesia. ¿No lo veis así?- preguntó con voz melindrosa.
- Ya lo veremos mañana, al anochecer, cuando lleguemos a Carrizo – respondió, dándose cuenta de que aquellas mismas palabras habían sido las pronunciadas por el Prior de Santa María de Nogales - Y ahora durmamos, que ya es muy tarde. Tú – dijo dirigiéndose a Marta- puedes echarte en la carreta si lo prefieres.
- Pero antes debo cambiar los cataplasmas de sus heridas- dijo Gervasio.
- Con tan poca luz no lo podrás hacer, así que espera a mañana. 
- Recordad fray Apuleyo que la primera cura fue ayer por la noche y el fraile enfermero dijo que había que cambiar los apósitos la noche siguiente, es decir, ahora, y por la luz no os preocupéis, pues bastante hay para poder hacerlo con seguridad.
El anciano fraile no se molestó en responder.
Cuando Gervasio no tenía ocupada su mente con fantasías, era capaz de encontrar salidas a las situaciones comprometidas que pudieran presentársele, así que mientras fray Apuleyo se lamentaba por lo ocurrido, se le ocurrió que si al quitarle el cataplasma de la herida de la cabeza lo olía y también lo hacía con los que el enfermero le había dado, sabría dónde tenía que poner cada uno y al hacerlo por la noche, nadie le vería olerlos. 
Con la autorización tácita de fray Apeyo para hacer la cura, y tras respirar profundamente para tranquilizar su corazón, se acercó a Marta. Esta, llena de angustia por lo que le estaba pasando y que no entendía, no había prestado atención a la conversación de los dos religiosos, por lo que la acercarse Gervasio, se  echó ligeramente hacia atrás.
- No tengas miedo, solo voy a curarte las heridas – le dijo con voz calmosa – Te cambiaré los vendajes de la cabeza y de la rodilla. No te dolerá y te sentirás mejor. Después, si quieres, te traeré un poco de agua para que te quites el barro y la sangre de la cara.

No hacía mucho calor aquella noche del diez y nueve de julio del mil y doscientos trece, pero las manos de Gervasio sudaban y también su frente. Con la mayor delicadeza  quitó le la venda de la frente y al hacer el movimiento de dejarla en el suelo, la pasó por delante de su nariz, captando su olor. Después cogió una de las que había preparado el enfermero y simulando verificar de cerca su estado, la acerco a la cara. Tuvo suerte pues olía como la que acababa de quitar, así que con la seguridad de no errar, la colocó sobre la herida mientras interiormente rogaba a San Nemesio que acallara los latidos de su corazón que, seguramente,  se oirían  a muchas brazas de distancia.
Apenas podía controlar el temblor de sus manos cuando, arrodillado delante de Marta, empezó a quitarle la venda de la rodilla. Por suerte para él, la muchacha parecía no darse cuenta. Una vez colocada la venda, fue a  la carreta a por agua indicándole a Marta que hiciera un cuenco con sus manos para verter el agua en él y que así pudiera lavarse la cara. Después se recostó sobre el tronco en el que había estado sentado, sabiendo que aquella noche le sería muy difícil conciliar el sueño. Marta permaneció  sentada sobre el seco tronco de chopo.

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