martes, 16 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO VII (17.04.2013)
Con la hora prima, una pesada carreta tirada por una vieja mula, traspasaba los muros del cenobio de Moreruela, a unas ocho leguas al sur de Malgrat siguiendo el curso del Esla. Un monje de avanzada edad, con el hábito blanco y el escapulario negro que lo identificaba como cisterciense o monje blanco guiaba la carreta. Un muchacho vestido con una áspera túnica de lana, probablemente se trataba de una postulante, iba sentado a su lado.
Era miércoles, diez y siete de julio y el sol que acababa de iniciar su andadura por el cielo, auguraba un día muy caluroso, algo que no deseaban ni el monje ni el postulante, pues les esperaba un largo y pesado camino para llevar el contenido de la carreta, que no era ligero a juzgar por el esfuerzo que parecía hacer la mula para arrastrarla.
El cenobio de Moreruela, levantado a la orilla de una manga del río Esla, se proveía de sal de las cercanas salinas de Villafáfila y a su vez suministraban el preciado elemento a los cenobios cistercienses del Salvador, en Santa Colomba, a una legua al sur de Malgrat, al de Santa María de Nogales y al lejano de Santa María, en Carrizo, ambos de monjas. A hacer esa provisión se dirigían fray Apuleyo y su acompañante.
La vida ordinaria en el cenobio era de oración y trabajo, según la regla de San Benito, ora et labora, y en silencio, por lo que salir de aquellos muros– así lo creyó el postulante - les daba la oportunidad de hablar.
- Decidme, fray Apuleyo ¿habéis hecho muchas veces este viaje?
- Desde hace diez, una vez cada año, y no olvides que el silencio es parte de nuestra regla de vida y que no ha de ser roto salvo circunstancias extremas, así que calla y …
- Pero fray Apuleyo, estamos fuera del cenobio y nos esperan dos largas jornadas de viaje ¿hemos de permanecer en silencio todo este tiempo?
Fray Apuleyo le miró.
- No- respondió – puedes hablar con Dios Nuestro Señor y con tu corazón, pero hazlo en silencio, como hago yo y así quizás puedas encontrar el camino interior que te permita llegar algún día a ser uno de sus siervos.
Aunque no muy convencido de que la regla del silencio se aplicara extramuros, el postulante, a quien su padre, diez y seis años atrás, había puesto por nombre Gervasio, se calló, pues tampoco quería incomodar a fray Apuleyo, no sea que a la vuelta tuviera que informar a fray Justo, Abad del cenobio, sobre su indisciplina y que así se pusieran en riesgo sus aspiraciones de alcanzar el noviciado, por lo que se enfrascó pensando en la carga que llevaban tan lejos y en su importancia.
El cenobio de Moreruela obtenía notables ingresos de la sal que extraían de las cercanas lagunas de Villafáfila, pues era titular del monopolio para su extracción y comercio desde el año mil y doscientos cuatro cuando Alfonso IX dona al monasterio Bretocino y Villafáfila.
Llevaban unos dos quintales repartidos en cuatro sacos de pellejo de vaca, de unas dos arrobas cada uno, que le reportarían al monasterio unos notables ingresos de los que la mitad serían en monedas y la otra mitad en especies, según la costumbre de la época para el pago de la sal, sino fuera que los monasterios a los que la llevaban sólo hacían el pago únicamente moneda.
Al mediodía llegaron a la población de Bretó, dependiente de su monasterio, situada sobre un otero y desde el que se dominaba la confluencia de los ríos Tera, Esla y Órbigo. Cruzaron el Esla por un puente de piedra en el meandro aguas arribas de la desembocadura del Tera y tomaron el camino que les llevaría, siguiendo el curso del Órbigo por su margen derecha, al cenobio de Santa Colomba, a donde llegaron sin contratiempo alguno a la hora de vísperas.
En el monasterio de Santa Coloma, dedicado al Salvador, docena y media de mojas cistercienses se dedicaban a la vida contemplativa según la regla de San Benito.
Gervasio descargó uno de los sacos de sal ante la atenta mirada de fray Apuleyo dejándolo en el patio del monasterio, pues ningún hombre, fuera fraile o no, podía entrar en la zona de clausura salvo para realizar reparaciones imprescindibles en las dependencias. El monje recogió una pequeña bolsa con monedas que desde el interior habían dejado sobre la repisa bajo el torno.
Fray Apuleyo no se molestó en comprobar el contenido de la bolsa. Durante los diez años llevando la sal a aquellas monjas, el pago siempre había sido el acordado con el Abad. No había razón para la desconfianza y no estaba preocupado por ello. Su preocupación era por que pronto se verían obligados a pernoctar y tendría que ser a la intemperie, pues en el monasterio sólo podía entrar fray Justo, el Abad de Moreruela por depender de éste el de Santa Colomba.
Pasaba ya de los sesenta y sus huesos soportaban mal la humedad de la noche que suele acompañar a los días muy calurosos en las proximidades de los ríos y sabía, por los viajes anteriores, que no llegarían antes de la noche a Santa Cristina de Polvoraria, que era, a una legua y cuarto, la población más próxima, así que tendrían que acomodarse bajo los chopos a la orilla del Órbigo y sin poder encender una hoguera, pues no quería atraer la atención de nadie que pudiera interesarse en la carga que llevaban o en la bolsa con los dineros que le habían entregado las monjas. Además, su vista era cada vez peor y eso le creaba una inseguridad que apenas podía mitigar con toda su fe.
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