lunes, 29 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XX (30.04.2013)

     -  ...Y los caballos se asustaron, derribándome a mí el mío y desbocándose el de mi esposa que pronto, y bajo aquella intensa lluvia, desapareció entre la arboleda sin que pudiera yo nada pudiera hacer, pues quedé atrapado bajo mi montura y con la pierna rota, como podéis ver.
El alguacil escuchaba con atención lo que Leopoldo López le contaba sobre la desaparición de su esposa, una vez superada la desconfianza inicial provocada por la indumentaria del ex Regidor, cuando éste le dijo que se trataba de un pudiente comerciante tortosino que iba de peregrino a Compostela para pedir  al Apóstol que intercediera para que su esposa, enferma de insania desde que muriera su hijo a las pocas semanas de nacer, recuperara la cordura.
- … así que, dado que nuestro desgraciado accidente se produjo cerca  de esta ciudad, es posible que – y ojalá haya sido así – hasta aquí haya llegado, por lo que os ruego, y sabré agradecer adecuadamente vuestra dedicación, hagáis que vuestros alguaciles recorran las calles en su búsqueda así como los alrededores, por si su caballo la hubiera derribado, lo que no es improbable, ya que no siendo buena amazona estando cuerda, con su salud tan gravemente dañada…
- Haré que dos de mis hombres busquen por  la ciudad y que otros dos recorran  el camino desde donde tuvisteis el accidente hasta  aquí. Si ha llegado a la ciudad no será difícil encontrarla, pero si no ha sido así y está perdida entre la floresta o ha sufrido una caida …deberías preparaos para lo peor.
- Lo sé, lo sé – contestó Leopoldo López con voz apenada- pero mi corazón me dice que está viva y que no desespere. Disponed según acabáis de decir, pero no olvidéis, por si la encontráis,  que en su locura podría deciros cosas extrañas que su mente enferma le dicta y a las que no debéis dar crédito pues…
- ¿Cosas extrañas decís? ¿Cómo cuales? – le interrumpió el alguacil.
- Decíroslas me produce vergüenza y dolor, por lo que os ruego me libréis de repetirlas, salvo que insistías por necesidad de vuestro trabajo.
- Comprended que no es otra la razón que la de mejor hacer mi oficio, ya que cuando una mente enferma dice cosas extrañas, a veces es conveniente fingir que se comparten para así ganarse  su confianza y poder traerla o llevarla dócilmente, según me han contado algunos físicos de los que con frecuencia pasan por aquí peregrinando a Compostela.
- Sin duda sois un hombre tan inteligente como parecéis y comprensivo, por lo que os diré que, para mayor dolor de mi corazón, desde hace varios meses a mi esposa se le ha metido en la  cabeza que es otra persona, que yo no soy su esposo y que la llevo conmigo a la fuerza. Incluso en ocasiones dice que su marido es un noble castellano, alcaide de no sé que castillo- dijo poniendo cara de enorme pena.
- Lo que me decís es, efectivamente, muy doloroso y comprendo bien vuestro sufrimiento. Intentaré traérosla lo antes posible si se encuentra en la ciudad o en los alrededores. Decidme donde os vais a alojar para avisaros del hallazgo.
- El caso es que si no la encontráis antes de media tarde, habría de colegir que su caballo desbocado la ha llevado muy lejos de aquí, por lo que tendría que reanudar su búsqueda por las poblaciones próximas. No podría pasar la noche durmiendo en una posada mientras mi esposa está perdida o yace malherida en algún camino expuesta a las alimañas. Yo buscaré también por la ciudad y si os parece bien, cada hora pasaré por aquí por si hay nuevas.
- Como deseéis – concedió el alguacil. Y ahora prepararé la búsqueda que espero sea fructuosa.
- Ruego a Dios Nuestro Señor para que así sea- dijo el ex Regidor a tiempo que se despedía.
Salio del cuartel satisfecho por como se había desarrollado la entrevista con el alguacil. Si por un casual encontraban a Marta De La Fuente y ésta le contaba quien era y lo que había ocurrido, el alguacil no la creería, poniéndola en sus manos otra vez.
Esperaría, tal como le había dicho al justicia, hasta media tarde y si para entonces no la habían encontrado, desandaría el camino que habían traído desde Urueña y preguntaría en todas las poblaciones que encontrara y, si era necesario, llegaría hasta Cuéllar para dar con ella, confiando en que, con su astucia y el disfraz de peregrino, nadie podría reconocerle.
Su pierna herida no le permitía permanecer de pie mucho tiempo y menos aún caminar un largo trecho, así decidió pasar la espera sentado en el interior de la iglesia de Santa María.
Ató el caballo a una argolla encastrada en uno de los muros de la iglesia y entró en el recinto sagrado que tenía planta de cruz latina, de tres naves y cinco ábsides en la cabecera y con los pilares cruciformes. Era una iglesia magnífica, tuvo que reconocer. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo ver que no había más de una docena de fieles en el templo, arrodillados algunos sobre las toscas losas de pizarra del suelo y de pie otros, esperando todos, quizás, el inicio de los Oficios. Se sentó en un banco de piedra adosado a la pared de la nave izquierda  intentado aliviar el dolor de su pierna, pues la tintura que le había puesto en ella el médico de la Judería, había dejado de producir su efecto sedante. Recordaba la advertencia del galeno sobre que no se excediera en la toma de medicina que le había dado ya que podría causarle grave daño, así que soportaría el dolor como mejor pudiera hasta que al anochecer tomara los polvos de harpago.
Notaba que cuando conseguía  dejar la mente en blanco durante un buen rato, el dolor desparecía, pero le era imposible mantenerse así todo el tiempo, pues al menor descuido, su cabeza se llenaba con las imágenes de todo lo ocurrido desde que saliera  de Urueña con Marta y entonces la rabia que sentía, hacía que la sangre fluyera alocada por sus venas y que su estómago se encogiera hasta producirle náuseas… y el dolor volvía con más intensidad como para que no se olvidara de que aquella pierna rota era consecuencia de lo ocurrido.

Salió a mediodía para tomar un refrigerio en una taberna próxima a la plaza y después se acercó al cuartel del alguacil, que encontró cerrado, por lo que supuso que no había nueva alguna sobre el paradero de Marta ya que los justicias la estarían aún buscando. Como el calor apretaba, se refugió nuevamente en la penumbra y frescor de la iglesia donde permaneció  hasta media tarde cuando de nuevo volvió al cuartel que, entonces ya abierto. 
¿Habrían encontrado a Marta? ¿Cómo reaccionaría cuando le viera entrar por la puerta? La pierna entablillada le impedía caminar con la celeridad que le impelía la necesidad de conocer la respuesta a esas preguntas.
Aún no se habían adaptado a la penumbra sus ojos, cuando oyó al alguacil:
-   Ni en la ciudad ni el los alrededores hemos encontrado pista alguna que nos permitiera localizar a vuestra esposa- le informaba el alguacil – y ni siquiera hemos podido encontrar a alguien que la hubiera visto ya fuera aquí o por los caminos de la comarca. Lamento que así haya sido, pero colijo que vuestra esposa puede estar lejos de aquí, aunque no podría deciros en que dirección.
- Os agradezco, no obstante, vuestros interés y trabajo y también el de vuestros hombres. Aceptadme, como muestra de mi agradecimiento, estas monedas para que os regaléis unas jarras de vino, que tengo entendido que el de esta comarca agrada y mucho a los buenos paladares.
- Pues nos las beberemos a vuestra salud y brindaremos por que encontréis pronto a vuestra esposa y por su recuperación.
- Os lo agradezco, y ahora he de irme  continuar  su búsqueda. Quedad con Dios - se despidió
- Y que Él os acompañe- respondió el alguacil.
Minutos más tarde el ex Regidor de Cuéllar, profundamente decepcionado y lleno de rabia, salía de Malgrat en dirección sureste. 

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