IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO IV (14.04.2013)
Desde que tomara la decisión de cabalgar hacia el noroeste y a pesar del calor, que iba aumentando a medida que transcurrían las horas, el Capitán y Lucas mantenían sus caballos a un trote medio, ya que el estado del camino, escaso de vegetación arbustiva, se lo permitía. Iñigo Aldai, de buen grado hubiera cabalgado al galope aún a riesgo de sufrir algún contratiempo, pero la razón principal de no hacerlo era que no sabía, con certeza, a donde dirigirse, así que exponerse a agotar el caballo, tanto por el esfuerzo como por el sofocante calor, era una imprudencia que él no cometería.
Lucas le seguía a corta distancia. Ya no padecía las molestias para su tafanario que había sufrido meses antes, cuando tuvo que cabalgar sin silla desde Cuéllar al arroyo de la Serpiente, para informar su Señor sobre la salida para Toledo del faraute del Regidor.
Cuando el ardiente sol estaba en lo más alto, llegaban a los aledaños de Villa Ardega. Hasta ellos llegó el hedor de los légamos que daban nombre a la Villa, propiedad de los Caballeros del Temple de Alpando.
El calor era abrasador; tanto que ni los mosquitos, tábanos y otros molestos insectos propios de esa época del año, parecían desaparecidos para alivio tanto de los jinetes como de sus monturas.
Al llegar a la orilla del Valderaduey detuvieron sus caballos. La sombra de los chopos era tentadora. Iñigo observó a Lucas y se dirigió a él por primera vez desde que tomara la decisión aquella mañana sobre qué camino tomar.
- Daremos descanso a los caballos, que bien lo necesitan y comeremos algo entretanto, si es que de algo disponemos en tus alforjas, que en las mías nada hay.
- Lo siento Señor, pero mis alforjas están vacías de pitanza o condumio, pues ni tuvimos tiempo ni acuerdo en Urueña para proveernos de alimento alguno; así que, Capitán, de beber no nos ha de faltar pues el río agua lleva, pero de yantar… . - contestó Lucas.
Mientras los caballos abrevaban, Lucas observaba atento las aguas que transcurrían mansas y poco profundas.
- ¿Qué miras con tanto interés, Lucas?
- Las truchas y otros peces que se ven entre los juncos – contestó- que de pesca fácil serían para Fabián.
Al oír el nombre de su amigo, el Capitán recordó también a Oono y se los imaginó cabalgando hacia Cuéllar para informar al Padre Gumersindo sobre las instrucciones que les había dado respecto de su petición de licencia a Don Diego López de Haro como Alcaide de la ciudadela.
Iñigo Aldai llevaba tantos años como podía recordar al servicio de Don Diego, a quien no eran pocos los que lo consideraban como un hombre poco comprensivo, e incluso cruel. Él sabía, pues pruebas le había dado en no pocas ocasiones, de su humanidad, por lo que confiaba plenamente en que comprendería las razones que le llevaban a solicitar su licencia como Alcaide.
Estimaba que pasarían cuatro o cinco días hasta que su Señor tuviera en sus manos la petición de licencia y otros tantos, como poco, hasta que el castillo tuviera un nuevo Alcaide. Entretanto, Oono y aquella amiga y dama de su esposa – un estremecimiento recorrió su cuerpo en ese instante – Carmen Gómez, asegurarían el normal funcionamiento del castillo y Pablo Isasi, el Regidor, el de la Villa. Esta seguridad le permitía no distraer esfuerzo en la consecución del que ya era el único e inquebrantable objetivo de su vida: recuperar a su esposa.
- Si me permitís, Señor, podría intentar pescar algún pez tal como lo hizo Fabián con aquella cesta de mimbres, que parece que aquí los hay abundantes.
- Haz como quieras Lucas, pero no te demores en exceso – concedió el Capitán.
No tardó Lucas en preparar una especie de embudo con los mimbres cercanos y, tras varios intentos fallido y otros tantos chapoteos, consiguió que una trucha entrara en la cesta.
Esa fue toda su comida en aquel caluroso miércoles del diez y siete de julio del mil y doscientos trece.
Tras la frugal pitanza reanudaron su viaje sin destino, bajo aquel fuego que caía del cielo, hasta entonces de un azul inmaculado.
Poco a poco, pequeñas nubes asomaron por el horizonte y que no tardaron en convertirse en enormes torres nubosas cual castillos suspendidos en el cielo sujetándose unos a otros. Pronto más de media bóveda celeste estaba cubierta de nubes, algunas de las cuales presentaban tonos oscuros, como si estuvieran sucias. El silencio sólo era roto por los sonidos de los cascos de los caballos al golpear los guijarros del camino; parecía que el mundo se había quedado quieto. Hasta las cigarras, cuyo chirriar les había acompañado desde media mañana, habían enmudecido. El cielo se oscurecía muy rápidamente y en la negrura de aquellas nubes había algo amenazador que sobrecogía.
- ¡Capitán, Capitán¡ - gritó Lucas- vamos a tener tormenta; deberíamos, si os parece, buscar refugio, pues aquí, en pleno descampado no estamos seguros.
- Lo sé, Lucas – contestó el Capitán- No se divisa nada que pueda servirnos de refugio excepto la ladera de aquel otero lejano en la que quizás haya algún saliente rocoso o cueva que nos cobije, ya que hacerlo bajo alguno de esos encinos sería muy peligroso, así que tratemos de llegar al otero lo antes posible.
Pusieron los caballos al galope y poco antes de llegar, una centella rasgó el oscuro cielo seguida de un trueno no muy lejano. Empezaron a caer las primeras gotas de lluvia, muy escasas al principio, levantando polvo al estrellarse contra el camino, pero pronto la lluvia se hizo tan copiosa que la visibilidad de los dos jinetes no alcanzaba más allá de tres o cuatro brazas y lo que hacía unos minutos sólo era polvo en el camino, ahora era barro que saltaba salpicado por los cascos de los caballo.
El estampido de los truenos era cada vez más fuerte, lo que indicaba que la tormenta se acercaba. Pronto la tendrían encima y entonces la peligrosidad aumentaría.
- Debemos de estar ya muy cerca – gritó el Capitán en medio del fragor.
Lucas no contestó, más pendiente de no perder de vista la grupa del caballo de su Señor que de cualquier otra cosa, pues en medio de aquella oscuridad sería muy fácil perderse. Había sido testigo de muchas tormentas cuando vivía con sus padres en el molino del río Pirón, pero siempre desde la seguridad de su casa y bien resguardado; pero encontrarse bajo una tormenta en pleno páramo y sin protección alguna, la daba tanto miedo como la posibilidad de perderse, así que mientras su atención concentraba en la grupa del caballo de su Capitán, musitaba la plegaria que su madre le había enseñado para las tormentas:
Santa Bárbara bendita
Que en el cielo estás escrita
Con papel y agua bendita
Líbranos de la centella
Y del rayo mal airado
Por Jesús que está clavado
En el ara de la cruz.
A punto estuvo de tener un serio percance de no ser por su caballo, aquel famélico jamelgo que su Señor le había comprado el pasado año al herrero de Navalmanzano y que ahora, bien alimentado y ejercitado, en nada se parecía al de entonces, que clavó los remos en el suelo para evitar el topetazo contra su congénere, pues el Capitán se había detenido bruscamente sin que Lucas, en medio de aquel diluvio, se hubiera dado cuenta de ello.
El estruendo de los truenos era ensordecedor y continuos los rayos que rasgaban la lluvia con formas caprichosas y cayendo por doquier.
- ¡En esas rocas, Lucas! - gritó el Capitán.
Apenas a cuatro varas, una roca caliza sobresalía horizontalmente de la ladera del otero en cuya base se acumulaban otras más pequeñas, consecuencia quizás de algún desprendimiento, y formando una reducida oquedad en la que se refugiaron. Lucas mantenía fuertemente agarradas las bridas los caballos que con cada trueno relinchaban inquietos. De pronto, toda la furia del cielo pareció concentrarse en un instante, pues una luz cegadora acompañada de un estruendo inimaginable que acalló cualquier otro ruido, cayó sobre un encino a poco más de media docena de varas y que empezó a arder partido de arriba a abajo por el rayo. Asustados, los caballos se pudieron de manos y a punto estuvieron de escapársele a Lucas de no ser porque el Capitán, en un rápido reflejo, agarró también las riendas. Arroyos de agua lechosa arrastraban guijarros por la ladera del otero que, al llegar a la parte llana, se estancaban formando charcos de lodo blancuzco.

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