sábado, 6 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LXIII (06.04.2013)

Leopoldo López salió profundamente contrariado y preocupado. Contrariado porque estaba seguro de que, aunque no sabía cómo, toda su trama había sido puesta al descubierto y en conocimiento del Rey. Su plan de quedarse largo tiempo en Urueña y de ganarse la confianza de Sancho Mena hasta el extremo de que, de facto, fuera él el Señor de la Villa, se había esfumado, pues no tenía duda alguno de que su nombre e intervención sería utilizado por aquél para justificar su actuación y, la consecuencia probable, es que el Rey ordenara su búsqueda y detención, por lo que debía abandonar Urueña lo más rápidamente posible y  huir a… ¿a dónde?. Había sido desterrado de Castilla y sería `perseguido en León. Claro que encontrarle, tanto en un reino como en el otro, sería tarea harto difícil, por no decir imposible, siempre que se mantuviera lejos de las respectivas Cortes y llevara una vida muy discreta. Y vivir en la clandestinidad era algo que no iba con su idiosincrasia. Él había nacido para algo grande y no renunciaría tan fácilmente a conseguirlo por mucho que se empeñaran los reyes y nobles de Castilla y León. Y estaba preocupado porque, acostumbrado a planificar todas sus actuaciones, en este caso, los acontecimientos le habían sorprendido sin tener ningún plan previsto para el caso de que algo saliera mal.
Mientras caminaba  hacia su casa iba pensando a dónde podría ir que le conviniera por su seguridad y porque le permitiera relacionarse adecuadamente, pues no olvidaba que los dineros traidos de Guadalajara no iban a durar siempre.
No soportaba la improvisación y tener que decidir sin tiempo para el análisis, le irritaba. Calculaba en dos días el tiempo que pararía antes de que Sancho Mena compareciera ante Alfonso IX y otros dos para que los soldados, quizás mandados por aquel mismo capitán Río, vinieran a prenderlo, así que disponía de cuatro días para alejarse todo lo posible de los Torozos. No había tiempo para la elaboración de planes detallados. Era la hora de actuar.

Le ordenó a la sirvienta que dijera a la Señora que debía estar preparada para salir de viaje al día siguiente por la mañana. A pesar de su malhumor, quería seguir por el camino de cortesía que había iniciado en su relación con Marta. 
No le parecía conveniente salir esa misma tarde, pues con la puesta del sol el flujo de gente era de entrada a la Villa, al contrario que en las horas matutinas, por lo que cualquier salida no pasaría desapercibida y eso era algo que en modo alguno le convenía; cuantas menos pistas dejara sobre su marcha y, sobre todo, qué camino tomaba, mejor.
La preparación de su marcha no le iba a llevar mucho tiempo, pues no tenía enseres que llevar. Los caballos los tenía cerca y  el equipaje de Marta era muy reducido, así que lo más importante era decidir hacia dónde ir y qué camino tomar, aunque quizás – pensó - ella valorara el detalle de no tener que montar el mismo caballo que llevaba su equipaje, así que compraría una mula para el equipaje.
Hacía nueve meses que el Rey de Castilla le había desterrado y, probablemente, además de Alvaro Núñez de Lara, Diego López de Haro y, lógicamente, del propio Rey, serían muchos nobles, hidalgos y ricoshombres los que  acordaría de tal hecho él y en León pronto su nombre sería conocido, así que quizás la opción mejor, descartado el reino de Navarra por su lejanía, sería ir hacia la periferia del reino leonés. Irían a Galicia donde, pensaba, no le costaría mucho relacionarse con alguno de los señores feudales de aquellas tierras; y es que, además, como peregrinos a Compostela, su viaje sería más seguro o, y eso lo decidiría en función  las circunstancias del viaje, quizás fuera al reino de Portugal, donde reinaba  Alfonso II, primo del Rey de Castilla. El caso era alejarse lo  antes  que pudiera de los Torozos.
No dejaba de preguntarse  quien  había desvelado su plan. Era evidente que Sancho Mena, el inepto Señor de Urueña, no había sido, ya que él sería – creía que ya lo era – el primero en sufrir las consecuencias y, aunque pensaba má con el estómago que con la cabeza, no era tan memo como para cavar su propia fosa. Amador García, había estado presente cuando presentó el plan a Sancho Mena, pero su lealtad a su Señor y el hecho de que llevaba en la frontera desde el desplazamiento de las tropas, le descartaba. Solo tres personas conocían su plan y ninguna de ellas – y eso era lo desconcertante - lo había desvelado.
¿Qué detalle se le habría escapado? ¿Habría cometido algún desliz sin darse cuenta?  No encontrar la respuesta hacía que se sintiera inseguro y eso podría ser peligroso, así que seguría intentando encontrar dónde se había producido el fallo que había permitido que su plan fuera concodo en la Corte.
Cuando el sol empezaba a declinar, salió hacia la herrería con el fin de comprar la mula. Caminaba siguiendo la muralla hacia el oeste, ensimismado en estos pensamientos, por lo que tardó en reaccionar cuando, al doblar la esquina, vió a un muchacho que, parado delante del portón de la herrería, parecía hablar con alguién de dentro. Había algo en aquel jóven que le resultaba familiar. El corazón le dio un vuelco cuando su memoria le trajo el recuerdo del escudero de Iñigo Aldai. ¿Qué hacía en Urueña, en territorio de León? ¿Sería por casualidad o tendría que ver con todo lo que estaba pasando? Y si estaba el escudero ¿estaría también el causante de su infortunio? Y si Iñigo Aldai estaba en Urueña, no había duda de que buscaba a su esposa? Y si era así ¿cómo había podido saber que ella estaba allí? y ¿desde cuándo estaba en la Villa? ¿Habría alguna relación entre la presencia del capitán Aldai y la llamada urgente a la Corte de Sancho Mena?
Se ocultó en el portal de la casa que hacía esquina, esperando que el muchacho, que se llamaba…. – no conseguía recordar su nombre – que se llamaba…. ¡ah sí! Lucas, se llamaba Lucas, se fuera.
Cuando Lucas se alejaba en dirección a la puerta del Azogue, Leopoldo López salió de su protección y se acercó a la herrería.
Después de decirle al herrero que tuviera enjaezados los caballos para primera hora de la mañana, comentó con aire indiferente que era una pena que no le quedar alguna mula para vender, pues necesitaba una.
- ¿Por qué decís eso, Señor, si hay dos mulas, y muy buenas, en el establo?  
-  Es que al venir he visto que había un muchacho  aquí  delante y que supongo que un caballo no estaría a su alcance, por lo que deduje que estaría tratando sobre una mula.
- Pues estáis acertado, Señor, pues ese muchacho sólo buscaba información.
-  ¿Sobre caballos y mulas? – pregunto con fingida extrañeza.
-  No, no. Quería saber si recientemente había visto por aquí a un forastero acompañado de una dama.
-   ¿Y los has visto?- preguntó
-   ¿Acaso también a vos os interesa?
-  No, de ninguna manera. Solo os lo preguntaba por conocer el final de vuestra conversación.
-  Pues no; nada he visto y aunque  no hubiera sido así, tengo por norma no meteme allí donde no me llaman mis propios intereses, así que nada hubiera dicho.
-  Sabia actitud la tuya, herrero. La mejor forma de no tener problemas es no buscarlos.
Después de ajustar el precio de la mula, Leopoldo López regresó a  su casa con mucha precaución para asegurarse de que no iba a tener algún encuentro no deseado durante el camino. La supuesta presencia de Iñigo Aldai en Urueña era un grave contratiempo. Tendría que  aplazar su salida de la Villa  y extremar las precauciones. No sabía desde cuando estaba su odiado enemigo en Uruña, pero sí sabía que le estaban buscando, así que permanecería en la Villa tanto timpo como pudira, pero que no fuera mayor del necesario para que pudieran venir a detenerle desde la Corte, pues estaba seguro que Sancho Mena trataría de echarle a él la culpa de todo lo ocurrido para que su castigo fuera menor.Permanecer en su casa  hasta el día de la maracha, sería la mejor forma de no correr riesgos, aunque eso le hiciera sentirse prisionero.

El Capitán le había dicho a  Lucas que, al día siguiente, se acercara al castillo en busca de informacíón, pues un muchacho no levantaría sospechas, pero ya que ahora eran cuatro a buscar, se distribuirían por la Villa preguntando, discretamente, por un forastero y una dama que le acompañaba. Lucas le dijo al Capitán que ya que él había estado toda la mañana haciendo lo mismo, que Oono, por su color y corpulencia llamaría innecesariamente la atención y que Fabián no estaba acostumbrado a tratar con gentes de costumbres tan distintas a las suyas, así que él se encargaría de hacer las pesquisas y es que, además, un muchacho haciendo preguntas, llamaba menos la atención.
Lucas informó al Capitán, que con Fabián y Oono esperaban  extramuros de la Villa, en el camino que llevaba al monasterio de la Santa Espina, del fracaso de sus averiguaciones. Se sentía dolido por ello, pues había confiado en poder dar una buena noticia al Capitán, en medio de tantas malas como había tenido durante los días pasados.
Un poco más tarde le pidió autorización al Capitán para regresar a la Villa, pues quería ver con detenimiento las murallas, que parecían muy nuevas. Sabía que la excusa era poco cosistente, pero no se le ocurría otra cosa. El Capitán no puso objeción alguna y así Lucas cruzaba nuevamente la puerta del Azogue.
No se dirigió a la muralla, sino que fue directamente al castillo. Se plantó con todo descaro delante de los guardias mientras miraba, poniendo la mano como visera y con la boca abierta, las almenas de los torreones.
- ¿A qué no has visto nunca nada igual, eh muchacho? – le dijo uno de los guardias.
- Pues no, es impresionante- contestó mientras pensaba que su treta  había  dado resultado. Los guardias se aburrían y tenían ganas de conversación.
- Se nota que no eres de aquí. ¿De dónde vienes? - le preguntó el otro guardia.
- De Malgrat – respondió. Era el primer nombre que le había venido a la  cabeza.
- Eso queda lejos. ¿Qué te trae por aquí? ¿Te has escapado de tu amo?
- No, no, es que  he odio hablar de esta Villa y de lo importante que era su Señor y vine por si encontraba trabajo en el castillo.
- ¡Ja, ja, ja! ¿Encontrar trabajo en el castillo, dices? Creo que has hecho el viaje en vano, muchacho. Aquí hace tiempo que no se contrata a nadie. El Señor no debe andar sobrado de dineros o los que tiene le cuesta soltarlos.
- ¡Vaya! Pues no es eso lo que me habían contado- dijo con aire apenado.
- Pues es la verdad, muchacho. Fíjate hasta que punto, que en los últimos tiempos, la única novedad ha sido la de un nuevo consejero del Señor.
- ¡Ah, bueno! es que un consejero no es lo mismo que un criado. Los consejeros son hombre importantes y de la nobleza ¿o no?- preguntó
- No te lo creas todo, que este, por lo que sabemos, no pertenece a la nobleza; incluso dicen que ni siquiera es de aquí, que si de La Bañeza, que si de Tortosa,…pero el Señor le tiene en mucha estima.
- ¿Y como se llama ese nuevo consejero, que quizás pueda yo sustituirle?- preguntó simulando cara sería.
- ¡Ja, ja, ja! - rieron con ganas los guardias – se llama Leopoldo López y alguien nos ha dicho que tiene una mujer muy hermosa y joven aunque él, además de feo como un demonio, podría ser su abuelo.
- ¡Calla, calla!- le instó el otro guardia – no sea que alguien te oiga que aquí hasta estas gruesas paredes de piedra oyen.
- Bueno, pues si las cosas están así, creo que intentaré buscar trabajo en otro sitio; cualquier cosa antes que seguir cuidando ovejas. Adiós – se despidió.
- Adios, muchacho, y que tengas suerte.
Lucas volvió eufórico al lugar donde estaba el Capitán con Oono y Fabián. Había hecho lo que mejor sabía hacer: sonsacar información sin aparentar que la buscaba, tal como lo había hecho con maese Simón, el alquimista de Cuéllar. Su Señor estaría satisfecho.
- Pronto has vuelto, Lucas – le saludó Oono.
- ¿A que viene esa cara tan sonriente? - le preguntó Fabián
Iñigo Aldai estaba con la cabeza entre las manos pensando, seguramente, en su esposa, por lo que  no se dio cuenta de la llegada de su escudero.
- ¡Capitán, Capitán!.Os traigo  buenas noticias – le dijo Lucas excitado.
Entonces le contó todo lo que había hecho. 
El Capitán se levantó sin hacer ningún comentario sobre lo que Lucas le acababa de contar.  Le puso la mano en el hombro y se alejaron unos pasos.
- Lucas, la principal obligación de un escudero es obedecer a su Señor y yo te ordené hacer esa investigación mañama, no hoy – le dijo. Has hecho una magnífica labor, pero ¿qué hubiera ocurrido si te hubieras encontrado con Leopoldo López sin  que nosotros lo supiéramos? Seguramente, al verte, huiría y perderíamos su pista – hizo una pausa - Yo valoro que tengas iniciativa, Lucas- continuó – pero, en el futuro, dímelo antes ¿de acuerdo?
- Señor, os pido perdón. Tenéis razón, No había pensado que antes de ver  que pudiera ser visto. No volverá a ocurrir Capitán, os lo prometo.
- Bien, Lucas – y dirigiéndose a todos - ahora, ya con la seguridad de que está aquí, tendremos que averiguar dónde vive, y se me está ocurriendo algo para que nos lo digan en el castillo, pero hoy ya no, sino mañana, a  mediodía  y tendrás que ser tú, Fabián, quien lo lleve a cabo pues yo ya he estado hablando con los guardias esta mañana y Lucas por la tarde y nos reconocerían. 
- Capitán ¿por qué ha de ser a mediodía?- preguntó Fabián.
- Porque día y medio es el tiempo que se tarda en llegar desde La Bañeza hasta aquí si se cabalga de sol a sol, lo que hará más creible que vienes desde allí - explicó – pero este plan exige que no nos vean por la Villa, así que esta noche dormiremos a la intemperie.

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