viernes, 19 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO X (20.04.2013)

El Capitán y Lucas recorrieron la Villa con la esperanza de ver entre las numerosas personas que transitaban por sus calles al ex Regidor y a Marta; incluso entraron en dos tabernas con el mismo fin, pero sus esperanzas no se cumplieron, así que ya cuando el farolero pasó con su araña enciendo las antorchas de  la calle que desde la plaza del Azogue conducía hasta la fortaleza, el Capitán dio por finalizada su búsqueda por aquel día y se dirigieron a una posada donde, tras dejar en manos del  mozo de paja y cebada - que así llamaban al que en las posadas y mesones llevaba cuenta de lo que cada pasajero tomaba para el ganado – cenaron frugalmente y durmieron en unos jergones viejos, aunque de paja nueva, pues cuando el posadero vio las monedas que le mostraba el Capitán, se apresuró en reponer la paja, al tiempo que los lisonjeaba diciéndoles que señores  tan distinguidos bien se merecían una buena cama, pero que su posada era humilde y solo podía proporcionarles un jergón con la paja más nueva que tenía.
El Capitán tardó en conciliar el sueño y  ni siquiera cuando sucumbió a él, sus preocupaciones, angustias y temores dejaron de estar presentes. Su dormir era inquieto y la respiración agitada. Lucas se había dormido pronto, pues aunque estaba afectado por la situación que vivía su Señor, sus pensamientos volaron a la herrería de Cuéllar en busca de Ana, la que ya, sin duda, era la reina de su corazón. Cada vez que el Capitán cambiaba de postura, los maderos del camastro crujían y le despertaron en un par de ocasiones interrumpiendo  sus agradables pensamientos, que eran inmediatamente sustituidos por otros de preocupación por todo lo que estaba ocurriendo en la vida de su Señor y de su esposa, Doña Marta y del Padre Gumersindo y en la de todos aquellos que, como él, tanto apreciaban al Alcaide y a su esposa.
Se levantaron con el dilúculo y dejando los caballos al cuidado del mozo de la posada, salieron por la Villa en un último intento de encontrar a quienes buscaban. El Capitán ordenó a Lucas que se situara en la salida de la Villa hacía el oeste, mientras que él recorrería las calles aledañas a la plaza, pues con el amanecer salían de sus posadas los viajeros para continuar su camino y quizás, entre ellos, se encontrara el raptor de su esposa.
El sol, reluciente, se levantaba ya por la Tierra de Campos, cuando las aun escasas personas que pululaban por aquella villa de Malgrat y que antiguamente llamaban Ventosa, se vieron sorprendidos por el sonido de cascabeles y flautas provenientes de un par de carretas profusamente engalanadas y junto a las que caminaban un grupo de hombres y mujeres, vestidos de forma llamativa y algunos de los cuales hacían sonar  las flautas. 
Identificada la procedencia de los sonidos, ya nadie pareció prestarles mayor interés. Eran cómicos, sin duda, que acudían con su espectáculo al mercado de Malgrat, pues era jueves, día de mercado.
Lucas, después de más de una hora vigilando la salida hacía el oeste, tal como le había ordenado el Capitán, había decidido volver a la plaza para encontrarse con su Señor, pues por la puerta cuya vigilancia tenía encomendada, nadie había  salido y sí que entraban carretas y mulas cargadas de verduras, buhoneros con su quincalla y algún que otro ganadero con un hato de ovejas.
Llegó a la plaza del Azogue cuando el grupo de cómicos entraba en ella asomando por la cara este de la iglesia de Santa María. Sorprendido por aquel bullicio, se quedó mirando con la boca abierta; nunca había visto tal cosa, ni siquiera en Cuéllar. Al llegar a su altura, uno de sus componentes, un hombre de edad avanzada, se dio cuenta de aquel semblante de pasmado y con un tono socarrón, le dijo:
- Si así te quedas sólo con vernos, muchacho ¿qué va a pasar contigo cuando veas nuestro espectáculo? ¿Nos obligarás a llamar al sepulturero?
Algunos de sus compañeros se rieron, lo que no molestó a Lucas, pues realmente estaba sorprendido por lo que estaba viendo y, además el tono del viejo, le pareció amable, lo que le animó a preguntar:
- ¿Quienes sois y por qué vais vestidos así y ya desde tan pronto tocáis flautas y hacéis sonar los cascabeles?
- ¡ Ay muchacho¡ pero ¿en qué mundo vives o de qué aldea perdida has salido, que no sabes reconocer  una compañía de cómicos?
- Si te digo la verdad, esta es la primera vez que veo a unos cómicos, así que te ruego que disculpes mi asombro, pero…
- Pues tu estreno no ha podido ser el mejor – le interrumpió - ya que acabas de conocer a la mejor y más importantes compañía de cómicos de este reino y que bajo mi dirección, la del gran Silvestre, que así me llamo, hemos actuado para plebeyos y nobles e, incluso, hemos sido llamados a la Corte para actuar ante el Rey.
Algunos de sus compañeros asentían con mirada pícara a lo que Silverio decía.
- ¿Y cuándo vais a actuar? ¿Será pronto? ¿Y lo haréis aquí, en esta Villa?  ¿Qué haréis? – preguntó impaciente-
- Calma, muchacho, calma, que te vas a quedar sin respiración. Nuestro espectáculo será aquí, a media mañana, en esta misma plaza, como hace seis meses, pues dos veces al año pasamos por aquí camino de otras poblaciones importantes como La Bañeza y Astorga y puede que incluso lleguemos hasta Ponferrada, siguiendo el camino de los peregrinos a Santiago.
La comitiva, ya en la plaza, se había detenido.
- Y ahora, muchacho, tengo que ir a ver al Regidor, pues  necesitamos su permiso para instalarnos y actuar, así que espero verte más tarde, en el espectáculo – se despidió maese Silverio.
- No creo que pueda, maese Silverio – ahora que sabía quien era le trataba con mayor consideración- porque tan pronto llegue mi Señor, creo que partiremos. Quizás podamos coincidir en el camino.
- ¿Y a dónde os dirigís tu Señor y tú, si es que se puede saber, y a qué  negocio tan importante que os impide ver actuar a la mejor compañía de cómicos del reino?
- No puedo deciros hacia dónde, porque sólo mi Señor lo sabe, aunque el negocio, como decís, no es tal, sino un asunto muy doloroso y grave, pues se trata de encontrar a la esposa de mi Señor, que ha sido raptada por un miserable hijo de Lucifer y que, probablemente, está escondido por esta comarca, pues hace dos días que se nos escapó por muy poco, en Urueña, sin saber en que dirección, aunque creemos no debe andar muy lejos de aquí, pues …
- Si que es grave el asunto y, como dices, muy doloroso para tu Señor. Lamento que sea esa la razón de que no nos veas actuar, pero quizás coincidamos en otra villa o ciudad cuando todo se haya resuelto, así que os deseo a tu Señor y a ti mucha suerte. Y ahora he de ir a por el permiso y a pagar la tasa establecida.
- Gracias, maese Silverio y adiós.
Apenas se había alejado un par de pasos, cuando el maestro de cómicos se volvió. Lucas seguía en el mismo lugar mirando a un lado y a otro buscando al Capitán.
- Dime, muchacho ¿es joven la esposa de tu Señor?
- Sí, pero  ¿por qué os interesa saberlo?- preguntó extrañado.
- Y dices que hace dos días que se os escapó de Urueña  ¿verdad?- preguntó a su vez sin responder a Lucas.
- Si, así es, pero sigo sin entender la razón de vuestras preguntas, maese Silverio y no sé si las hacéis en serio u os estáis burlando de mí y eso es …
- No muchacho, no me estoy burlando de ti. Lo que me has contado es muy serio como para tomarlo a chanza. Es que ayer – y te advierto que lo más seguro es que no tenga nada que ver con vuestro  asunto – pasado el mediodía, nos dio alcance una pareja de peregrinos a caballo que nos pidieron agua; mejor dicho, sólo habló uno de ellos, algo que ni siquiera recordaríamos si no fuera porque cuando el otro peregrino me iba a preguntar algo, no recuerdo el qué, el otro, que sujetaba las riendas de los dos caballos, lo hizo callar bruscamente. Nos pudimos verle la cara pues llevaba  la capucha de la capa puesta, pero su voz nos pareció la de un muchacho muy joven o la de una mujer, más bien de ésta, según las mujeres de nuestra compañía que la oyeron y …
- ¿Os fijasteis en el rostro del peregrino que os habló? ¿Os disteis cuenta si tenía barba? – le interrumpió ansioso.
- También tenía la cabeza cubierta, por lo que no ví su cara  y tampoco tenía motivos para que me interesara verla. Pero recuerdo que se despidió precipitadamente, aunque de forma amable, pues nos dijo que rezaría por nosotros ante el Apóstol, pues a Compostela se dirigían.
- Algo me dice que eran el raptor y la esposa de mi Señor. Y si, tal como os dijo, iban a Compostela, no hará muchas horas que han pasado por aquí. Ahora, maese Silverio, ya sabemos hacia donde ir. Mi Señor se sentirá aliviado y esperanzado al mismo tiempo por esta información que me habéis proporcionado. Gracias, maese Silverio y que Dios os pague por el bien que nos habéis hecho.
- Que El os acompañe, muchacho, pero ten en cuenta que pudiera tratarse de otras personas, aunque…
- ¡Por allí veo a mi Señor¡ Voy en su busca para informarle de esto que me habéis contado. Adiós maese Silverio.
- ¡Adiós, muchacho¡ - se despidió.
Los latidos del corazón de Lucas retumbaban en su cabeza. La emoción le embargaba y los nervios reclamaban su papel en aquellos momentos de excitación. Sí, seguro que eran aquel maldito ex Regidor y la Señora. Seguro que era así. Lo sentía en su corazón. Corrió hacia donde había visto aparecer al Capitán.
- ¡Señor, Señor!- gritó.
- Lucas ¿qué haces aquí que no estás en la salida de la Villa?- le preguntó contrariado- ¿Acaso no te ordené que…
- ¡Capitán, mi Señor¡ - le interrumpió Lucas jadeando – Tengo noticias, muy buenas noticias, Capitán.
- ¿Qué noticias son esas, Lucas? ¡Serénate y dime de qué se trata!
Cuando Lucas terminó de contarle la conversación que había tenido con maese Silverio, la expresión del rostro del Capitán había cambiado. El brillo de sus ojos se había intensificado y los músculos de su cara se habían tensado. Su corazón bombeaba sangre con fuerza  preparando su cuerpo para la acción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario