miércoles, 3 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LXI (04.04.2013)


Había llegado la hora para Fabián. Sus instrucciones eran las de entrar en la Villa al  galope, como si fuera portador de un asunto urgente y llegar al castillo donde preguntaría por el Lepoldo López, consejero del Señor de la Villa, para entregarle en mano un mensaje de Benito Riaño, y que preguntaba en el castillo, ya que el mandante, pariente del ayudante del Alférez de Léon, sólo sabía que el destinatario se hallaba en Urueña desconociendo su domicilio. 
Fabián montó y salió al camino donde puso el caballo no al galope, pues no era un jinete suficientemente hábil como para entrar por la puerta de la muralla al galope, sino a un moderado trote. Al no vestir ropas que lo identificaran los guardias le cerraron el paso obligándole a parar. Contado con ello, Fabián no les dio tiempo a que le preguntaran.
- Traigo un mensaje urgente par el consejero del Señor de la Villa- dijo sacando la voz más firme que pudo y que debió ser suficiente, pues los guardias le indicaron que pasara.
Aunque desde el castillo se podía ver la puerta del Azogue, apenas a un centenar de varas castellanas, Fabián supuso que los guardias aún no le habrían visto, así que espoleó suavemente el caballo, que inició un trote ligero hacia el castillo.
-     ¿Quién eres y qué buscas, que con tanta prisa vienes?
- Soy un faraute con un mensaje urgente para el consejero del Señor de la Villa – dijo sin desmontar – decidme dónde puedo encontrarle.
- El consejero no se encuentra en el castillo, así que déjanos el mensaje que nuestro capitán se lo hará  llegar.
- Se me ha ordenado que lo entregue en mano, así que  os ruego me digáis donde puedo hallar al consejero - insistió.
- Espera aquí a que llame al Capitán- dijo uno de los guardias.
No tardó en salir el capitán Amador a quien Fabián explicó el motivo de su presencia allí. El Capitán dudó sobre si atender la petición del faraute, pero cuando Fabián dijo que su mandante era el cuñado del edecán del Alférez Real de León, le dijo dónde podía encontrar a Leopoldo López.
Amador Fernández se quedó pensativo mirando como el mensajero se alejaba. Tan abstraido estaba que ni se dio cuenta del error cometido por Fabián, que se dirigió a la puerta de la muralla y no a la dirección que le había indicado. Había algo que le mantenía intranquilo. No sabía qué era, pero la salida escoltada de su Señor para la Corte, la presencia del alcaide de Cuéllar en la Villa, la petición de Leopoldo López para que lo apresara – petición que, a pesar de todos sus esfuerzos durante la tarde anterior, no había podido satisfacer, pues nadie había visto a quien sus soldados buscaban – la retirada sorpresiva de la frontera y la llegada de aquel faraute con un mensaje desde La Bañeza para el consejero… eran hechos que algo en su interior le decía que estaban relacionados y que había algo en todo ello que no le gustaba , aunque seguía sin saber qué era. Regresó al cuartel, en el interior del castillo.

El nerviosismo de Leopoldo López era cada vez mayor. Desde la tarde anterior esperaba la llegada de algún soldado enviado por el capitán  Amador García para informarle que el alcaide de Cuéllar estaba en las mazmorras de castillo, pero nadie llegó, ni a lo largo de la mañana siguiente, lo que podía deberse a que no estuviera en la Villa y que la presencia de aquel Lucas se debiera a que el Alcaide lo hubiera enviado allí, como a otros a las poblaciones más importantes y cercanas a Cuéllar,  para tratar de averiguar dónde podría estar su esposa. Sí – pensó – seguramente esa sería la razón, así que esa misma  tarde se iría de la Villa con Marta. Esperar un día más era arriesgarse demasiado, pues se había cumplido el tiempo para que Sancho Mena se presentara ante el Rey, y a partir de ese momento su libertad, y quizás su vida también, empezarían a correr serio peligro si el Señor del castillo lo acusaba como autor de la conspiración y, estaba seguro que así lo haría para intentar salvarse. Lo que le ocurriera a Sancho Mena le traía sin cuidado una vez que su plan inicial de instalarse en Urueña y convertirse en el Señor de facto, se había esfumado. No se quedaría un día más, no. Saldría esa misma tarde poco antes del cierre de la puerta de la muralla. Estaba decidido. Le ordenó a Flora que comunicara a la Señora  que estuviera preparada para partir al atardecer. Colgado del cuello por un fin cordón  y oculto bajo la camisa, llevaba el diminuto frasco con la pócima que le había entregado el sanador.

Fabián  se dio cuenta del error cometido cuando llegaba  a la puerta del Azogue, pero ya no podía dar la vuelta. Iba con el caballo al paso para no llamar la atención y así siguió hasta alejarse de la muralla, ya por el camino donde le esperaba el Capitán, Oono y Lucas. 
Sabiendo ya dónde encontrar a su esposa y temiendo que el error de Fabián hubiera sido visto por el oficial del castillo y le hiciera sospechar que algo anómalo estaba ocurriendo, el Capitán decidió que no esperarían a la noche para  rescatar a su esposa.

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