viernes, 26 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XVII (27.04.2013)
Ya fuera por el entablillado que le hizo el huesero y que le permitía caminar, aunque auxiliado por un muleta que el posadero le proporcionó y cuyo coste incluyo en la cuenta del alojamiento, o por la rabia que sentía por lo ocurrido, Leopoldo López logró reunir las fuerzas y ánimos necesarios para abandonar su forzada reclusión en aquella posada que más parecía cochiquera que alojamiento para personas, y tratar de recuperar a la que era su instrumento para vengarse del Capitán y también porque deseaba, de forma casi enfermiza, a aquella mujer.
Durante aquellos dos días pasados en la posada, Marta De La Fuente podía haber llegado a Castilla y si así fuera – era la peor de las posibilidades- las suyas de encontrarla eran prácticamente inexistentes. Pero dado que ella desconocía el camino que habían seguido desde que salieran de Urueña, no era descabellado pensar que pudiera estar perdida o que, incluso, hubiera solicitado ayuda en cualquier población que encontrara en su huida. Si estaba perdida, la encontraría desandando el camino recorrido, aunque más se inclinaba por la posibilidad de que hubiera pedido protección a las autoridades identificándose como la esposa del Alcaide de Cuéllar, algo que sólo podría hacer en Malgrat, ya que era la población más cercana al lugar donde habían tenido el accidente, así que la buscaría allí.
No le preocupaba en absoluto si era como pensaba, pues si ella se había presentado al alguacil identificándose y denunciándole, difícilmente el Justicia creería a una mujer vestida con una tosca capa de peregrino y sin nadie que corroborara su identidad, por lo que él, presentándose en el cuartel, podría reclamarla como su esposa contando al alguacil lo mismo que le había dicho al cacaseno de Sancho Mena: que la muerte temprana de su hijo de pocas semanas de vida, había roto su corazón y, lo que era peor, que su razón había enfermado de forma que, según los físicos, no tenía cura y desde entonces su comportamiento era el propio de su estado, que le hacía contar historias absurdas. También le diría – iba hilvanando su discurso mientras cabalgaba hacia Malgrat - que su dolor era tan grande o mayor que el de ella, pues no era sólo por el hijo perdido, sino por la enfermedad que afectaba a su querida esposa y que sin remedio conocido para su mal, quedándole sólo la fe, peregrinaban a Santiago para postrase ante el Apóstol y rogarle que intercediera ante Nuestro Señor para que su recuperara la cordura, y que estando en ese peregrinaje le había dado un ataque de enajenación escapando al galope mientras gritaba incoherencias dictadas por su insania. Que él, cuando se dio cuenta de lo ocurrido, trató de salir en su busca, pero su caballo tropezó derribándolo y que tuvo que ser asistido en la vecina población de Santa Cristina, como muy bien puede acreditar tanto el posadero como el físico de la localidad que trató su pierna herida.
Leopoldo López no tenía la menor duda de que el alguacil daría crédito a su versión. Era perfecta, sin la menor fisura. Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro. El era un halcón y ella una paloma desprevenida. Ya eres mía – musitó.
Casi sin darse cuenta se encontró subiendo la empinada cuesta que desde el llano conducía al interior de la Villa y que bordeaba el ala sur del torreón. Una vez en el alto no tuvo dificultad alguna para dirigirse hacía la plaza del Azogue, pues, aunque inconclusa, la iglesia de Santa María del Azogue destacaba sobre las casas de la localidad. Hubiera querido entrar en la plaza desmontado para pasar desapercibido, lo que le daría una notable ventaja en el caso de que Marta se encontrara entre las gentes que deambulaban y comerciaban delante de la iglesia de Santa María, pero su pierna herida, rígida por el entablillado y que le ocasionaba un constante y sordo dolor, no le permitía hacerlo con suficiente habilidad, y pedir ayuda llamaría la atención, así que se cubrió con la capucha de la capa y discretamente, con el caballo al paso, recorrió el perímetro de aquella plaza de forma irregular– algo que le sorprendió, pues no era ni cuadrada ni circular como era lo habitual - buscando ansioso entre aquellas gentes a la que él consideraba mujer de su propiedad, al tiempo que prestaba atención, aunque si detenerse, a las conversaciones cercanas, pues sabía, por su experiencia como Regidor de Cuéllar, que son muy pocos los sucesos, independientemente de su importancia, que pasan inadvertidos en una población con gentes deambulando por sus calles y mucho menos si ese suceso tiene alguna singularidad y no se podría decir – así se lo imaginaba – que la llegada de una mujer sin compañía, ataviada con pobres ropas de peregrino, pero a caballo, no fuera un suceso si no singular, al menos extraño, y que su llegada sería objeto de comentarios entre los viandantes, posibilidad esta que le había hecho tomar la decisión de echar un vistazo en la plaza, antes de ir al cuartel del alguacil.
No tuvo éxito su búsqueda en la plaza, así que salió extramuros, en dirección a la sinagoga pensando que como el accidente sufrido había sido a orillas del Órbigo y allí se asentaba la judería, quizás Marta pudiera haber buscado socorro en la colación judía. Sin duda sus habitantes pertenecían a la clase no privilegiada a juzgar por los carteles que de sus oficios colgaban de las paredes de las casas, anunciando a curtidores de pieles, linaceros, aguadores, herreros, …Siguió su lento recorrido buscando el cartel - ¿cómo no se le habría ocurrido antes? pensó – que anunciara los servicios de un médico, pues aquel golpe con la rama al huir, seguramente la habría herido y necesitaría la atención de un galeno. No tardó en encontrar lo que buscaba y, en esta ocasión, aunque con dificultad, desmontó. Su ostensible cojera y el entablillado de su pierna derecha, que seguía doliéndole, justificarían sobradamente su visita al físico. Ayudándose con la muleta que le había proporcionado el posadero de Santa Cristina, entró en el establecimiento. A punto estuvo de dar con su cuerpo en el suelo, pues la penumbra le impidió ver el pequeño escalón de piedra que salvaba el nivel de la calle, seguramente como protección contra el agua. Un mareante olor a hierbas llenaba todo aquel reducido espacio que no mediría- pensó cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz – más de diez pies de largo por otros tantos de ancho. Un hombre de baja estatura y de edad avanzada, vistiendo una túnica de color ceniza y cubierta su cabeza con un bonete, echaba en un recipiente redondo de barro una cucharada del polvo amarillo que había en un cuenco sobre la mesa en la que laboraba. Había también un mortero de madera y un puñado de bayas rojas sobre la mesa y que Leopoldo López identifico como escaramujos, pues siendo él propenso a las evacuaciones frecuentes de consistencia líquida o cagalera - como le había dicho en cierta ocasión el físico de Cuéllar- había sido tratado con infusiones de este fruto de la rosa silvestre.
El galeno no le prestó atención hasta que vació la cuchara con el polvo amarillo en el recipiente. Tenía la rala barba blanca y los ojos tan hundidos en sus cuencas que resultaba difícil verlos. La nariz era ganchuda, muy común entre los de su raza.
- No tengo nada para darte, así que sigue tu camino – dijo malhumorado.
- No vengo a pediros nada que no sean vuestros servicios como físico – contestó Leopoldo López con voz meliflua conteniendo sus deseos de contestar desabridamente a aquel vejestorio - ¿podéis atenderme?
El físico pareció entonces darse cuenta de que aquel peregrino pudiera no ser lo que aparentaba, así que convendría ser prudente, ya que el haberlo sido en aquellos tiempos tan revueltos y poco seguros, era lo que le había permitido alcanzar una edad a la que pocos llegaban.
- Decidme entonces que mal os aqueja – contestó amablemente.
- Hace unos días que un accidente de caballo me rompió una pierna y que un huesero me compuso como mejor pudo al no ser ese su oficio, por lo que quiero que mi pierna rota sea examinada y tratada por un médico de prestigio – le aduló - cuya asistencia pagaré generosamente, pues aunque con toscas ropas de peregrino me veis vestido, lo es por una promesa y no por carencia de medios.
- Tumbaos ahí – le indicó señalándole una mesa alargada en un rincón que por la penumbra Leopoldo López no había podido ver.
El médico, tras mirar las ataduras del entablillado, empezó a desatarlas con mucho cuidado. Leopoldo López observaba aquellos dedos flacos, nudosos y alargados que deshacían con facilidad los nudos de sus ataduras. Cuando el galeno le quitaba una de las tablillas, un intenso ramalazo de dolor que partía de la pantorrilla rota llegó hasta su cerebro.
- ¡Tened cuidado, os lo ruego, que la herida es reciente!- gritó muy a su pesar.
- Es normal que os duela – dijo el galeno mientras tanteaba la zona morada que a media pantorrilla contrastaba con la blancura del resto de su piel – pues la inflamación es grande debido a que al romperse la tibia, ha dañado algunos músculos y vasos. Las dos partes del hueso parecen estar bien ensambladas – continuó - por lo que os daré algo para tratar la inflamación y os volveré a colocar las tablillas. Ahora quedaos quieto mientras voy a por un remedio.
El galeno desapareció tras la cortina que separaba la estancia en la que estaban de la que sería su almacén o vivienda. Por un momento vino a su memoria la imagen de la botica de Cuéllar donde había adquirido el ricino que le había servido para acabar con Fernando Huarte, el Alcaide. Al acordarse de lo ocurrido, más que sangre, fue rabia lo que pareció circular por sus venas. ¡Maldito Iñigo Aldai que había acabado con su sueño¡ Pagaría, ya estaba pagando por ello, aunque su castigo apenas había comenzado.
No tardó en regresar el galeno que, tras aplicarle una tintura de manzanilla sobre la zona inflamada, le colocó las tablillas que ató fuertemente.
- Durante tres días tomaréis estos polvos de harpago a razón de un adarme cada vez y dos veces al día. Os reducirá la inflamación y dejaréis de sentir dolor; pero – le advirtió - no debéis excederos en la dosis, pues sus efectos se volverían contra vuestro cuerpo pudiendo causaros grave daño.
- Así lo haré y con la seguridad de que me producirá efectos beneficiosos, pues a vuestra ciencia sumareis una larga experiencia en su aplicación con los muchos peregrinos que por aquí pasan, algunos de los que, sin duda aquejados de males diversos consecuencia del largo camino desde sus lejanas tierras, acudirán a vos buscando remedio como yo le he hecho.
- Decís bien, pues no hay semana en la que no llamen a mi puerta solicitando mis servicios, aunque no siempre me es posible prestárselo por no disponer ellos de bolsa u otra forma de compensarlo.
- ¿Y atendéis por igual a hombres que mujeres?- preguntó el ex Regidor.
- Soy médico, Señor y pongo mis conocimientos al servicios de quien los necesita y puede pagarlos, ya sea hombre o mujer y …
- No os ofendáis, os lo ruego. Solo lo preguntaba por satisfacer una curiosidad más, pues aunque este peregrinaje a Santiago tiene una finalidad mística, es también fuente de conocimientos sobre los usos y costumbres de los hombres y poblaciones que el peregrino se encuentra a lo largo del camino. Como veis es sólo curiosidad o, si lo preferís, una permanente sed de saber y que en el caso de vuestro oficio me es insaciable pues acumuláis tales conocimientos sobre los humores del cuerpo, sus huesos y sus vísceras además de sobre pócimas, cataplasmas, emplastos, elixires, polvos, infusiones, plantas, semillas, raíces y venenos que hacen que hasta un comerciante de buena posición como yo, se considere un gran ignorante – comentó con fingida humildad.
El galeno, que sintió reconocido su trabajo con aquel comentario tan sincero – pensó – recuperó su afabilidad anterior.
- Son muchos los años necesarios para adquirir todos esos conocimientos y muchos también para aplicarlos correctamente, por lo que una vez adquiridos, aplicarlos han de tener su compensación, pues así como es posible expulsar el mal del cuerpo o arreglar un hueso roto, no hay forma de mantener un cuerpo sin vida si no se le alimenta. Eso es lo que he querido haceros ver cuando os dije que ya fuera hombre o mujer si pueden pagar mis conocimientos…
- Tenéis mucha razón. Lo que decís tiene mucho sentido; pero decidme – y os ruego disculpéis mi insistencia, motivada por lo que ya os he dicho - ¿atendéis a más hombres que mujeres o son estas las que solicitan vuestros servicios médicos en mayor número?
- Son muy pocas la mujeres, pues una matrona las ayuda a parir y cuando se hieren trabajando en los campos, aplican sus propios remedios. Más de un año ha desde que la última mujer, esposa de un caballero portugués que regresaba a Bragança, entró en esta apoteca buscando alivio para unas migrañas.
- Me gustaría seguir hablando con vos, pero ahora que el dolor de mi pierna parece aliviarse, he de continuar mi camino – dijo al tiempo que le entregaba unas monedas que el galeno se apresuró a coger haciéndolas desaparecer rápidamente por una abertura de su túnica.
Ya sabía que Marta no había pasado por allí, así que como tampoco la había visto por la plaza, iría al cuartel del alguacil, como tenía planeado.
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