IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XVI (26.04.2013)
El Rey, en la reunión del Consejo de aquella tarde, dio el beneplácito a la propuesta que Alvaro Núñez de Lara y Diego López de Haro le presentaron sobre el nombramiento de Pablo Isasi, Regidor en Cuéllar, como Alcaide accidental del castillo, en los términos que sus consejeros habían acordado.
Con las primeras luces del día, un faraute salía de Toledo para entregar al Regidor de Cuéllar su acta de nombramiento como Alcaide del castillo.
El Padre Gumersindo, visiblemente recuperado de su herida, leyó el acta de nombramiento que le acababa de entregar el mensajero. A medida que iba leyendo, su rostro adquiría mayores rasgos de preocupación. Cuando terminó la lectura del documento, le dijo al faraute que pasara por la cocina para que se ocuparan de su sustento y alojamiento si deseaba quedarse aquella noche. Mandó llamar a Carmen Gómez informándola del contenido del documento que acababa de llegar de Toledo y que firmaban tanto Don Diego López de Haro como Señor del castillo y Alvaro Núñez de Lara como el Alférez de Castilla. La consternación estaba reflejada en sus rostros y no era porque el nombrado fuera Pablo Isasi, el Regidor, pues con él mantenían muy buena relación y era un buen colaborador del castillo además de buen gestor del gobierno de la Villa. No, no era por Pablo Isasi por quién estaban consternados y afligidos, sino porque del nombramiento se desprendía algo tan obvio como que el capitán Iñigo Aldai estaría mucho tiempo ausente, tanto que quizás ya nunca volviera ni tampoco su esposa, Marta De la Fuente, a quién buscaría incesantemente para rescatarla de las manos del indeseable, miserable, ruin y despreciable hijo de Satán que la había raptado.
El Padre Gumersindo había sido testigo del nacimiento de su amor, él los había unido en matrimonio el día de Epifanía de aquel mismo año; eran sus hijos amados y sufría porque ellos estarían sufriendo. Carmen Gómez era la amiga y confidente de Marta. Con ella había compartido las emociones y el nerviosismo de aquel amor inesperado y le había dado ánimos cuando se sentía desfallecer y consolado cuando las lágrimas rodaban por sus mejillas añorando a su amado Iñigo que se encontraba lejos, allá en la frontera del Hornija, protegiendo los intereses de Castilla. Marta era para ella la hermana que siempre quiso y nunca tuvo. Ahora sufría y lloraba por ella.
Sobreponiéndose al dolor y a la tristeza, el Padre Gumersindo convocó a Fabián y a Oono a sus aposentos. Allí les informó sobre lo dispuesto por Don Diego y el Alférez de Castilla, que venía a significar la aceptación de la petición de licencia del Capitán, pero con un límite temporal de año y medio, de tal forma que, de no haber regresado para entonces, su licencia sería definitiva.
Cuando el Capitán les ordenó regresar a Cuéllar con las instrucciones para que el Padre Gumersindo solicitara a Don Diego que le licenciara como Alcaide, sabían, porque así lo habían leído en sus ojos, que fuera licenciado o no, no regresaría al castillo sin su esposa aunque su búsqueda le llevara toda su vida.
Había pasado algo más de una semana desde que dejaron al Capitán en Urueña y sin que ni una sola noticia sobre su paradero o que indicara que estaba sobre la pista del ex Regidor hubiera llegado a la ciudadela. Trataron de animar al Padre Gumersindo y a ellos mismos también diciéndole al buen sacerdote que estaban seguros que el Capitán pronto regresaría con su esposa y con el ex Regidor encadenado, que tenía que tener esperanza y paciencia como ellos la tenían, razón por la que se quedarían en el castillo para esperar su regreso y poder celebrarlo con todos.
- Yo también así lo creo, pues Dios Nuestro Señor vela por aquellos que le aman- les dijo – y a Él elevaremos nuestras oraciones para que la prueba a la que ha sometido a nuestros amigos termine pronto. Mañana –continuó- llamaré a Pablo Isasi para que tome posesión de la alcaidía e informaremos de tal nombramiento a todos los moradores de la ciudadela convocados en el patio de armas. El nuevo Alcaide decidirá si tú – dirigiéndose a Oono – sigues instruyendo a los soldados o si, por el contrario, quedas libre del nombramiento que te hizo el Capitán. En cualquier caso, sois libres de quedaros cuanto tiempo os plazca o iros cuando os parezca sabiendo que aquí os tenemos en mucha estima, que se os aprecia y respeta y que todos nos sentimos honrados de poder considerarnos vuestros amigos. Y ahora, si me lo permitís, voy a ir a la capilla, pues necesito reconfortar mi alma, ya que mi cuerpo parece que poco a poco se va recuperando.
Fabián y Oono salieron cabizbajos de los aposentos del Padre Gumersindo. Guardaban silencio, pues no sabían que decir el uno al otro para tratar de crear un poco de esperanza. El dolor que sentían se había convertido en una fuerte soga que parecía apretarles la garganta ahogándolos. Se despidieron con un gesto encaminándose cada uno a su habitación. Ni aquella noche, ni las que siguieron durante mucho tiempo fueron como aquellas que ambos compartieron en Mariaca, alrededor de la lumbre, en el caserío de Fabián durante el invierno pasado. Las de ahora eran noches tristes y amaneceres de desilusión y de esperanzas cada vez más débiles.
No tardó en extenderse por la Villa la noticia del nombramiento, que fue recibida con sentimiento general de desasosiego, que no se debía a que el Regidor fuera el nuevo Alcaide, sino por la razón que forzaba la ausencia del capitán Iñigo Aldai
A media tarde del día en que el Padre Gumersindo convocó en el patio de armas a los servidores del castillo, una muchacha cruzaba la explanada delante de la iglesia de San Martín y se dirigía a la entrada del castillo.
El soldado de centinela no la reconoció como servidora en la ciudadela, por lo que le dio el alto.
- ¿Quién eres y qué quieres, muchacha? – le preguntó.
- -Soy Ana, la hija del herrero y solicito hablar con el Padre Gumersindo - le contestó.
- ¿Con el Padre Gumersindo dices? ¿Acaso le conoces o te conoce él a ti? – le preguntó sorprendido.
- El a mí no me conoce, pero yo a él sí, aunque no personalmente- contestó.
- ¿Cómo es eso entonces? ¿Le conoces o no le conoces? porque si no le conoces ¿cómo pretendes que te reciba?
- Es que Lucas me ha hablado tanto de él que es como si le conociera y además también me dijo Lucas que podía acudir a él cuando lo necesitara, y ahora…
- ¿Te refieres a Lucas, el escudero del Capitán? – le preguntó interrumpiéndola.
- Si, así es – contestó – pero aún no es su escudero, sino aprendiz.
- Eso cambia las cosas. Tratándose de Lucas creo que el Padre Gumersindo te recibirá, a pesar de su estado. Espera aquí que voy a avisar a Pergentino, el jefe de la guardia.
Cuando Ana le dijo a Pergentino que quería hablar con el Padre Gumersindo para preguntarle por Lucas, pues se había ido con su Señor y, según las noticias que circulaban por la Villa sobre que el Alcaide no iba a regresar mientras no rescatara a su esposa y que no se sabía cuanto tardaría en conseguirlo, ella quería saber si Lucas iba a volver, pues…
- ¡Pobre niña!- se compadeció Pergentino- tan joven y ya te toca llorar ausencias, pues nada se sabe del Capitán ni de Lucas. Sólo sabemos que cabalga por tierras de León decidido a encontrar a la Señora aunque la hayan ocultado en el fin del mundo y Lucas le acompaña en ese empeño. Conociendo al Capitán, todos creemos que no tardará en regresar con la Señora sana y salva. Esto es lo que también te dirá el Padre Gumersindo, pues no hay otra información. Así que, si quieres, te llevo ante él para que te diga esto mismo. ¿Vamos? – la invitó a seguirle.
- No, os lo agradezco mucho, pero ya no es necesario – dijo mientras las lagrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas.
- Esas lágrimas me dicen que tú eres Ana, la muchacha que ha hecho que las mariposas, y así me lo dijo él, revoloteen en su corazón. No me equivoco ¿verdad?
Ana se ruborizó.
- Me llamo Ana y soy hija del herrero, pero no sabía que Lucas os hubiera hablado de mí.
- ¿Hablado dices? Durante las últimas semanas parecía que no sabía hacer otra cosa. Cuando se nos acercaba, a todos nos surgían tareas urgentes que hacer para no tener que aguantarle – dijo Pergentino soltando una carcajada.
Trataba de animar a la muchacha y algo consiguió, pues Ana esbozó una sonrisa y su mirada resplandeció.
- Deja de llorar y no viertas más lágrimas por ese picarón, que no las merece – dijo en tono de broma provocándole otra sonrisa - Eso está mejor y como ya se quién eres y donde vives, cuando regrese con el Capitán, o solo, mandaré a un soldado a comunicártelo si me prometes que no habrá más lágrimas en esos bonitos ojos. ¿Te parece bien?
Ana sonrió.
- Os doy las gracias nuevamente y os prometo no volver a llorar.
- En ese caso y ya que no deseas hablar con el Padre Gumersindo, vete a tu casa, que cuando haya noticias sobre Lucas, te las haré llegar.
Ana había acudido preocupada a buscar información sobre Lucas. Ahora salía de la ciudadela esperanzada, pues la seguridad del jefe de la guardia, que tan amable había sido con ella, al decirle que esperaba que el Alcaide no tardaría en regresar con su esposa y con ellos Lucas, reconfortaba su corazón.
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