domingo, 14 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO V (15.04.2013)
Leopoldo López miraba al cielo preocupado. Poco a poco los castillos de nubes iban cubriendo el cielo y el calor seguía aumentado. Al bordear la fortaleza de Malgrat, había observado la ausencia de aves en el cielo, ya fueran propios de esa época del año, como vencejos y golondrinas, o los cuervos, habituales moradores de las almenas. Sin duda que habría tormenta y aunque sus conocimientos sobre la climatología no eran abundantes, intuía que no iba a ser pequeña.
La próxima localidad estaba, según estimaba, a una legua y temía no poder evitar tener que refugiarse en ella si la tormenta descargaba. No le gustaban los campos abiertos; era hombre de ciudad y sólo pensar que podría verse rodeado de rayos y truenos le aterrorizaba, pues no era improbable en aquella llanura que pudiera ser víctima de alguno de ellos, ya que de todos bién sabido es que los rayos no siguen ninguna pauta para caer, sino que lo hacen caprichosamente.
En caso de verse obligado a entrar en la villa de Santa Cristina de Polvoraria, que así se llamaba desde la batalla que en ella tuvo lugar entre Alfonso III de León, el Magno, y Al-Mundir, sexto emir independiente de Córdoba, en el año de ochocientos y setenta y seis, y en la que unos trece mil musulmanes fueron acuchillados en los Prados del Mato, junto al Órbigo, advertiría a Marta sobre que cualquier intento de quitarse la capucha o llamar la atención sobre su persona le acarrearía graves consecuencias, incluso la que más pudiera temer.
No le sobraban motivos al ex Regidor para estar preocupado, pues la tormenta no tardaría en descargar toda su furia sobre aquella vasta comarca, tal como lo había hecho muy poco antes a unas diez leguas al sureste y que había obligado al capitán Aldai y a su escudero Lucas a buscar refugio entre unas rocas al pie de un otero.
Al no tener que ocuparse de las riendas de su caballo y necesitar sólo una mano para asirse a la silla, Marta utilizaba la derecha para mantener la capucha separada del rostro tratando de aprovechar cualquier ligero soplo de aire para refrescarse, intento vano, pues tal quietud había que nada se movía, excepto los negros nubarrones cubriendo el cielo a sus espaldas. Había observado que su captor había vuelto la cabeza mirando al cielo y que parecía inquieto. Desde que dejaran atrás la villa que habían bordeado, cabalgaban más deprisa. Algo preocupaba a aquel miserable. ¿Quizás les estaban siguiendo? ¿Podría ser que su amado esposo estuviera sobre su pista? Sin darse cuenta volvió la cabeza para mirar hacia atrás y un estremecimiento recorrió su cuerpo. Algo negro, inmenso y de aspecto terrorífico se les echaba encima. A sus espaldas y no muy lejos, una gigantesca cortina oscura ocultaba el horizonte de un confín a otro confín.
Marta, desde sus habitaciones en el castillo, había presenciado muchas tormentas de verano sobre el mar de pinares que era aquella planicie de la tierra de Cuéllar, pero ninguna le había causado la impresión que la estaba produciendo la que se les venía encima. Ahora sabía el por qué de la inquietud de aquel malvado. Él también se había dado cuenta de la cercanía de la tormenta y de que les pillaría en medio del páramo, sin ningún tipo de protección. Durante unos instantes sintió miedo, pero sólo el pensar que aquel miserable y lascivo felón estaría sintiendo la garra del miedo clavada en su cuerpo y en su corazón, hizo que el suyo propio desapareciera. Si la voluntad de Dios – pensó – era que ella pereciera en aquella tormenta, nada podía hacer y siempre sería preferible esa muerte que vivir sometida a aquel que había destruido su felicidad.
A pesar de la oscuridad que iba en aumento, ya se divisaban a lo lejos chopos que marcaban el curso del Órbigo en casi todo su recorrido hasta que entregaba sus aguas al Esla.
Leopoldo López detuvo su caballo y clavando en Marta su fría y dura mirada, le advirtió:
- Señora, como ya os habréis dado cuenta, se acerca una gran tormenta y no disponemos de cobijo seguro, si no es la población que veis tras esa línea de árboles cercana y en la que no podremos refugiarnos pues los árboles y cuanto más altos, mejor atraen a los rayos, así que nos veremos obligados a acercarnos a esa población y guarecernos en alguna construcción que seguramente habrá en sus alrededores y, si no las hubiera, entraríamos en la localidad, lo que no deseo; pero si así me viera obligado a hacerlo os advierto, y os ruego que toméis la advertencia muy en serio, que si tratáis de llamar la atención, de la forma que sea, de la gente que podamos encontrarnos u os quitáis la capucha, todo lo que habéis pasado hasta ahora, no será nada comparado con lo que os espera. No os respetaré ni tendré consideración alguna con vos. Haré de vuestra vida un infierno. Tenéis mi palabra de que así será.
Marta se imaginó lo que aquel desalmado podría hacer y sintió un calambre doloroso en su estómago vacío; pero aún así, a pesar de las amenazas, estaba firmemente dispuesta a intentar escapar cuando se le presentara la ocasión aunque muriera en el empeño, ya que la alternativa sería peor que la propia muerte.
Un inesperado y fresco viento se levantó cimbreando los ya cercanos chopos, apenas a una treintena de pasos y sobre los que, sin relámpagos previos, cayó un zigzagueante rayo acompañado de un estruendo de tal magnitud que bien pudiera hacer suponer que el cielo se venía abajo, tal fue el estruendo de aquel interminable trueno. Sorprendidos y aterrorizados, los caballos relincharon y se pusieron de manos. El ex Regidor, en un acto reflejo de autoprotección, soltó las riendas del caballo de Marta para agarrar con sus dos manos las del suyo y así tratar de evitar la caída, pero su falta de experiencia como jinete unido al pánico de su montura, hicieron que ambos dieran con sus cuerpos en tierra y con tan mala fortuna que el otrora Regidor de la villa de Cuéllar, quebrara su pierna derecha al quedar atrapada bajo la silla del caballo.
Marta se agarró con una mano a la crin del caballo y con otra al arzón logrando evitar ser despedida cuando el equino, al sentirse libre de las riendas, giró sobre sus cuartos traseros y con el terror reflejado en sus ojos, inició un desesperado galope alejándose de la chopera.
No había forma de parar aquel desbocado galope. Las riendas ondulaban al viento colgadas de los asideros del bocado y metiéndose entre los remos delanteros del caballo.
El ex Regidor, sin poder levantarse, veía impotente como Marta se alejaba. Tuvo tiempo de ver como el golpe de una rama baja de un árbol a punto estuvo de derribarla, pero no fue así. El dolor de su pierna fue sustituido por la desesperación y la rabia.
- ¡Os cogeré maldita, os cogeré y seréis mía! ¡Nunca volveréis con ese maldito Capitán, porque antes os mataré! ¡Vayáis donde vayáis os encontraré! - gritaba desesperado aún sabiendo que ella no le podía oír y levantando al oscuro cielo un puño amenazador increpaba a Dios pidiéndole explicaciones por el trato que recibía.
Ni la fuerte lluvia que empezó a caer, ni siquiera el alivio producido al levantarse el caballo enfrió su cólera, pues siguió gritando y vociferando hasta que el dolor de la pierna retornó con tanta intensidad que le hizo caer en la inconsciencia.
Marta estaba realmente asustada. El caballo parecía enloquecido y no disminuía su galope. El esfuerzo que tenía que hacer para mantenerse sobre la silla era continuo. El viento le había quitado la capucha y su cabellera ondeaba bajo la intensa lluvia que le azotaba el rostro.
Hizo un intento arriesgado, consecuencia del miedo que tenía, inclinándose sobre el cuello del caballo para coger las riendas que el viento levantaba, pero el inesperado salto del caballo sobre un reguero que había formado el intenso aguacero, la desequilibró y salió despedida cayendo sobre los hinojos que se inclinaban por la fuerza del agua que arroyaba por aquella pequeña pendiente. La vegetación y el barro hicieron menos brusco el golpe, pero aún así, su cabeza golpeó con fuerza contra uno de los innumerables cantos rodados, posibles consecuencias de avenidas pasadas del Órbigo, que había sobre aquellas tierras. Fue consciente de que se caía. Después la envolvió la más absoluta oscuridad.
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