miércoles, 17 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO VIII(18.04.2013)


Marta abrió los ojos lentamente y antes de que fuera consciente de lo que veía, un punzante dolor en la parte izquierda de su cabeza a punto estuvo de sumirla en la oscuridad de la que regresaba. Instintivamente se palpó la zona dolorida con su mano izquierda y cuando la retiró vio sus dedos machados de sangre y barro. Estaba tumbada boca abajo sobre hierbajos y lodo. Al intentar darse la vuelta, el dolor de su cabeza fue tan intenso que creyó que iba a estallar. Despacio, muy despacio, consiguió ponerse boca arriba. Su  tosca capa de peregrino, rasgada y cubierta de barro, dejaba al descubierto sus pantorrillas con   múltiples rasguños, algunos de cuales aún sangraba.
Superando el dolor de su cabeza, se incorporó hasta quedar sentada. Miró a su alrededor. Solo había hierbas y arbustos rastreros, aunque no muy lejos le pareció distinguir una masa boscosa. ¿Dónde  estaba? ¿Por qué vestía aquella sucia capa? ¿Qué había pasado para hacerse la herida de la cabeza y los rasguños de las piernas? ¿Por qué tenía la cara y el cabello llenos de barro?
Trató de recordar, pero  su cerebro era incapaz de construir ningún recuerdo. No encontraba nada que recordar. Era como si su memoria se hubiera vaciado.
Con dificultad logró erguirse, pues a su alrededor todo parecía dar vueltas. 
¿Por qué vestía aquella andrajosa y embarrada capa? - volvió a preguntarse.
Tenía un pie descalzo. La sandalia perdida estaba  a un paso. Se calzó y casi sin darse cuenta, empezó a caminar sin saber a donde dirigirse, pues no sabía donde estaba. La capa, impregnada de aquel barro grisáceo, se pegaba a sus muslos y dificultaba su andar. Cada paso que daba era como un nuevo estallido en su cabeza y al que se sumó un nuevo dolor en su rodilla derecha. Su blanca piel estaba decolorada por un moretón en la rótula. Los fuertes dolores y el suelo embarrado hacían que caminara muy despacio. Aunque el sol era radiante, sentía frío, temblaba y sentía nauseas. Llevaba caminando unas veinte varas y se sintió muy débil, casi sin fuerzas para seguir caminando. Intentaría llegar al bosque que estaba más cerca de lo que al principio le pareció. Allí, bajo la sombra de los árboles, descansaría y recuperaría fuerzas. Quizás, si los dolores se lo permitían, pudiera dormir un poco y cuando despertara, lo de la capa, el golpe en la cabeza, el de la rodilla y su falta de recuerdos habrían desaparecido pues sólo eran creaciones de un mal sueño, de una pesadilla que tenía mientras dormía en sus aposentos en… en… ¿dónde? ¿Dónde estaban sus aposentos? ¿Dónde vivía? Empezó a asustarse. Los dolores eran reales, el barro también y el sol que brillaba sobre su cabeza también lo era ¿Y si no era una pesadilla y todo era real? ¿Por qué no encontraba  recuerdos en su cabeza? ¿Dónde se escondía su pasado? ¿De dónde venía y a dónde iba, si es que iba a alguna parte? ¿Quién era ella? ¡No recordaba su nombre!
- ¡Dios mío, ayúdame! - imploró. ¡Haz que despierte de este terrible sueño!
Delante de ella, a unas cuatro varas, parecía pasar un camino. Al intentar subir el ribazo para acceder a él, resbaló y cayó al suelo. Empezó a sollozar y, sin darse cuenta, se fue quedando dormida echada sobre la húmeda pendiente.


- Ha debido de caer una buena tormenta esta tarde  ¿eh fray Apuleyo?
- Te he dicho Gervasio, y además sabes que forma parte de tu obligaciones como postulante, que guardes un estricto silencio  y así no harás que yo tenga que romper el mío. ¡Calla y reza!
- Lo siento fray Apuleyo, pero es que llevamos tantas horas con la boca cerrada… En el monasterio al menos la abrimos para orar y cantar.
- Si eres incapaz de permanecer en silencio unas horas ¿cómo pretendes hacerte monje? ¿No has pensado que entonces tendrás que guardar silencio toda tu vida? 
- Tenéis razón, pero es que a mi esto de ser monje… Fue cosa de mi padre que dijo que siéndolo no me faltaría nunca de comer y un lugar seco donde dormir, algo que el no me podía garantizar y que, además, salvaría mi alma y la de ellos con mis rezos – se justificó.
- Para salvar el alma no hace falta ser monje, sino un buen cristiano, cumplidor de los Mandamientos y de la doctrina del Papa. El monje no se hace monje para ganar la vida eterna, sino para servir mejor a Dios Nuestro Señor y para mayor gloria de su Iglesia y …
- ¡Fray Apuleyo¡ ¡Fray Apuleyo! Mirad allí, al lado del camino, en aquel ribazo. Parece que hay alguien tendido –le interrumpió Gervasio.
Instintivamente el anciano fraile se palpó la bolsa que llevaba bajo el negro escapulario y que le habían entregado en Santa Colomba. Temiéndose lo peor le entregó la bolsa a Gervasio.
- Puede tratarse de bandoleros, así que guarda tú  esta bolsa, que de ti no sospecharán y si nos han de robar que sea sólo la sal.
- No parece que sea un bandolero, fray Apuleyo; más bien parece alguien que está descansando.
- O muerto quizás – dijo mientras se santiguaba. Mejor que sigamos nuestro camino y que dejemos a esa mujer, porque parece una mujer ¿verdad? que siga descansando si es eso lo que hace.
Estaban ya a la altura del lugar donde Marta dormía sobre el ribazo.
- Pero fray Apuleyo, fijaos en su aspecto. Tiene la ropa llena de barro y hecha jirones. Puede que esté muerta o gravemente herida, pues hay sangre en su cara.
- Si está muerta nada podemos hacer por ella y si esta malherida no disponemos de pócimas, ungüentos, cataplasmas ni de hierbas o bayas para preparar medicinas, así que tampoco podemos hacer nada.
Como parecía que el viejo fraile no iba a detener la carreta, Gervasio saltó del pescante y se acercó a Marta.
- ¿Qué haces? ¡ Vuelve a la carreta! ¡Vamos! - le urgió.
- Está viva, fray Apuleyo, aunque parece malherida. Tiene un enorme golpe en la cabeza y una brecha por la que sangra. Tenemos que socorrerla, no podemos dejarla aquí, pues podría morir.
- Recemos para que eso no ocurra si  esa es la voluntad de Dios. Es lo único que podemos hacer por ella; y ahora, vuelve a la carreta, te lo ordeno, y sigamos nuestro camino, que pronto anochecerá y hemos de buscar cobijo para pasar la noche. 
De mala gana Gervasio subió a la carreta al tiempo que fray Apuleyo arreaba la mula, alejándose de aquel lugar.
El aspirante a monje no dejaba de mirar hacia atrás, a donde quedaba aquella mujer malherida. No estaba de acuerdo con la decisión del fraile porque dejar a aquella mujer allí, malherida y abandonada a su suerte, era faltar a la caridad cristiana y porque la máxima que regía la Orden para la que postulaba, era bien clara: ora et labora. Rezar y trabajar. Estaba bien rezar por aquella pobre mujer o muchacha, pues joven parecía, pero ellos tenían la posibilidad de hacer algo más por ella, como haberle dado de beber o llevarla a la población más cercana para que un físico la atendiera. No. No le parecía que la decisión de aquel venerable monje fuera la correcta. Su conciencia y su corazón así se lo decían; pero él no era más que un postulante que pronto sería novicio, pues se iba a cumplir el medio año establecido como aspirante y fray Apuleyo era un monje  sabio y bueno, así que puede que sea yo el equivocado –razonó tratando de  acallar conciencia y corazón.
No tardaron en llegar a los primeros chopos en la orilla del Órbigo, muy  próximos a Santa Cristina de la Polvararia, Allí, el río, que era muy ancho,  tenía muy poca profundidad, apenas tres pies, pero  al formar un  meandro muy largo, había bancos de arena y cantos rodados en  el cauce que posibilitaban el paso de la carreta sin dificultad; pero habría que hacerlo de día, así que tendrían que esperar bajo los chopos hasta la mañana siguiente.

Engañaron al estómago, mas que cenaron, con un trozo de cecina y un poco de vino. Fray Apuleyo pronto se durmió, pero Gervasio estaba en vela pensando en aquella muchacha. Al final pudo más su conciencia que su razón y cuando los ronquidos del anciano monje acreditaron sobradamente que se encontraba sumido en un profundo sueño, se levantó y volviendo sobre el camino que había traído, no tardó en llegar al lugar donde habían encontrado a la mujer. La noche no era muy clara, pues la luna estaba en cuarto menguante – no sería llena hasta el viernes día diez y nueve – pero aún así pudo ver sin dificultad que la muchacha seguía donde la habían encontrado y en la misma postura. Se acercó a ella lentamente. La sangre que había brotado de la herida de la cabeza se había secado mezclada con barro sobre su cara. Vio sus pantorrillas cubiertas de arañazos y el moretón en la rodilla derecha. La capa, o eso parecía ser, estaba rota y sucia; el cabello estaba machado de barro al igual que su manos y pies. Se acercó un poco más y pudo oír su respiración, que le pareció muy débil. Toco su frente y la notó muy caliente. El no sabía casi nada de enfermedades o males del cuerpo, pero sí lo suficiente como para saber que aquella frente ardiente no era síntoma de buena salud, sino de todo lo contrario. Aquella  muchacha estaba mal, muy mal, tanto que no sabía decir si estaba dormida o desmayada. Convencido de que necesitaba algo más que las oraciones de fray Apuleyo, la sacudió por los hombros tratando de reanimarla. Marta se despertó, pero tan falta de fuerzas que apenas pudo abrir los ojos. Sus párpados le pesaban como losas y al ver ante sí, aunque borroso, un rostro, trató de hablar, pero de sus labios sólo salio un apenas perceptible ¡ayudadme¡
- Dime, ¿Quién eres? ¿Qué te ha pasado? ¿De dónde vienes? ¿Dónde vives? - preguntó nervioso e impaciente.
Pero Marta no pudo contestar pues cayó nuevamente en la inconsciencia.
Gervasio recordaba que cuando le había contado a fray Apuleyo que su vocación religiosa se debía a una decisión de su padre, el buen fraile le había dicho que para salvar el alma no hace falta ser monje, sino buen cristiano. El se consideraba un buen cristiano y como tal debía de prestar ayuda al necesitado. ¿Acaso no lo decían así las obras de misericordia? ¿No estaba escrito en el Evangelio, que era la palabra de Dios, aquello que ahora recordaba con claridad, pues muchas veces lo había  escuchado durante las comidas cuando el fraile semanero hacia la lectura de los libros sagrados: 
“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; estuve enfermo, y me visitasteis; estuve preso, y vinisteis a mí.”
Y con la convicción de quien sabe que hace lo que es justo, con su brazo derecho agarró a Marta por la espalda mientras que con el izquierdo lo hacía por detrás de las rodillas y la levantó dispuesto a llevarla en brazos hasta donde estaban pernoctando, tanto si le parecía bien a fray Apuleyo como si no. Allí  le limpiaría el rostro con agua del río y la sangre reseca de los arañazos de las piernas, y si se volvía en sí le daría de beber. Cuando fray Apuleyo se despertara no se podría oponer a que la llevaran para se atendida, si es que conseguía sobrevivir aquella noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario