martes, 2 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LX(03.04.2013)

Leopoldo López, ya en su casa, trataba de tranquilizarse. Paseaba de una lado a otro de la sala intentando, una vez más, encontrar respuetas a todas las preguntas que le surgían en su análisis de la situación, pero sobre todo a dos de ellas: ¿ cómo había sabido el capitán Aldai encontrarle?  y ¿tendría algo que ver en ello Sancho Mena? 
Faltaban demasiadas piezas en aquel rompecabezas Nada encajaba en su sitio. Cruzaba nombres buscando alguna relación distinta a la que tuvieron el él: Gerondio sólo sabía lo del rapto de Marta y nada de su relación con Sancho Mena. Benito Riaño, aquel borracho de La Bañeza, sólo conocía esta relación, pero nada sobre lo de Cuéllar y  Sancho Mena sí que sabía que tenía interés en el Alcaide de por la deduda contraída, pero no podía saber nada sobre lo de  su esposa. Además. Benito Riaño no conocía a Sancho Mena y éste tampoco a Gerondio. Se desesperaba. Tenía tres palos, pero no podía formar con ellos un triángulo  y esa incapacidad para  construir algo coherente chocaba con su mente racional. Acostumbrado como estaba a preparar previamente cada paso, a analizar cada detalle, a diseñar alternativas y, sobtre todo, a no dejar cabos sueltos que en el futuro pudieran volverse contra él, aquella situación le tenía fuera de sí.
Le dijo a la sirvienta que  informara a la Señora que el viaje quedaba aplazado al menos un día más.
Durmió mal y poco aquella noche.

Extramuros de la Villa, protegidos del relente nocturno por un grupo de pinos piñoneros, el Capitán Aldai y sus amigos dormían plácidamente o, al menos esa impresión daba, aunque tanto Lucas como su Señor, aunque tenían los ojos cerrados, no dormían. Iñigo Aldai pensaba en lo cerca que estaba de recuperar a Marta, en cómo se encontraría, si habría sufrido mucho o si aquel miserable de López la había respetado. De algo estaba seguro, y era que el destierro no iba  a ser, como hacía un año, la pena por sus delitos. El hacha del verdugo era el final que le esperaba. 
Lucas pensaba en la reprimenda recibida del Capitán y que consideraba merecida, pues era cierto que no había tenido en cuenta las consecuencias de un posible error. Le dolía mucho haber defraudado a su Señor por lo que hizo propósito firme de que a partir de ese momento, pensaría antes de actuar.

Desde que se abrían la puerta del Azogue a la hora tercia, el movimiento de gentes entrando y saliendo de la Villa, unos a trabajar a las tierras cercanas, otros a pastorear sus rebaños y  también aquellos que venían a mercadear desde las aldeas y lugares cercanos. El incesante flujo empezaba los lunes y sólo cesaba los domingos pues, por ser el día consagrado al Señor, no se podía trabajar.
Ese lunes, trece de julio de mil y doscientos trece no era distinto a los demás lunes del año. Desde el lugar donde habían dormido, bajo los pinos, Fabián, observaba todo aquel movimiento  que le recordaba los días de mercado en San Antón de Armuru, allá en su tierra amurriada. Desde la relativa distancia del pinar, aquel desfilar de personas le parcían hormigas yendo y viniendo ordenadamente, cada una cumpliendo su trabajo. Miró a su derecha, donde el Capitán conversaba con Oono. A su izquierda, Lucas atendía a los caballos. Todo parecía tan normal… pero quizás lo era la vida de aquellas personas que veía en el camino, pero no la suya ni la de sus amigos. La esposa del Capitán había sido raptada; Oono había retrasado, quizás definitivamente, el regreso a su lejana tierra africana. Lucas se había visto obligado a asumir responsabilidades y tomar decisiones que nunca le hubieran correspondido por su condición de escudero y él, un sencillo pastor amurriado, pasado el mediodía, tendría que llevar a cabo la misión más difícil de toda su vida. No, la de ellos no era una vida normal.
Le llamó la atención una gran nube de polvo que se levantaba en el camino que venía del valle. Debía ser un rebaño muy grande o un grupo de jinetes numeroso, pensó. Cuando estuvieron más cerca pudo ver que, efectivamente, se trataba de una decena de jinetes, detrás, lo que le pareció todo un ejército. 
-   ¡ Capitán, Capitán! Mirad lo que sube por el camino del valle.
Todos se volvieron a mirar. El Capitán reconoció los pendones de Urueeña, los mismos que había visto en el Hornija.
- Son las tropas que estaban en la frontera- comentó – Parece que se retiran una vez que lo hicieron las nuestras, lo que confirmaba lo descubierto por Pablo Isasi, el Regidor de Cuéllar.
Vieron como las tropas, diez jinetes y unos treinta infantes - había calculado bien Oono cuando los divisó al otro lado del Hornija, en el alto – entraban en la Villa. La muralla les impedía ver a donde se dirigían, aunque lo lógico es que fuera al castillo. Cuanto más movimiento haya, más fácil será para Fabián, poder cumplir su misión.

La noticia del regreso de las tropas, rápidamente se extendió por la Villa. Flora, una de las sirvientas que Sancho Mena había puesto a disposición de Leopoldo López, llevó a éste la noticia. Leopoldo López se sorprendió, pero tampoco le dio gran importancia. Era algo que le traía sin cuidado una vez que su presencia en la frontra ya había cumplido su función, a menos que … Se le acababa de ocurrir un plan que quizás acabara con todos sus problemas y que tenía que poner en marcha antes que Sancho Mena o alguien enviado desde León para detenerle llegara a la Villa.
Salió de su casa y con extrema precaución se fue acercando al castillo. Los guardias, que le reconocieron  le franquearon la entrada.
- Quiero ver al capitán Amador – dijo a uno de ellos.
- Lo encontraréis en el patio, Señor, despachando a la tropa, pues acaba de llegar de la frontera.
En el patio de armas, los infantes se despojaban de sus pertrechos de guerra, mientras que algunos siervos se ocupaban de despojar a los caballos de las testeras, capizanas, flanqueras y gruperas conque se les protegía cuando salían en misión de guerra.
Divisó al capitán Amador García hablando con uno de los jinetes.
- Capitán, deseo hablaros cuanto antes
- Decidme señor López ¿en qué os puedo servir?- preguntó solícito
- Como ya seguramente sabréis, vuestro Señor no se encuentra en el castillo, sino en la Corte, razón por la que he de pediros a vos que intervengáis en un asunto que me concierne y que conocísteis la noche que acampamos en la frontera.
- ¿Podrías recordarme a qué asunto os referís?
- ¿Recordáis  lo que os comenté aquella noche sobre el alcaide de Cuéllar?
- Ah, sí; recuerdo que dijísteis que tenía una importante deuda con vos y que se negaba a pagárosla y que cuando se la reclamásteis os trató como si fuérais un delincuente
- Tenéis buena memoria, Capitán. Fue tal como acabáis de decir. Y lo que os pido a vos, en ausencia de vuestro Señor, es que detengáis a ese hombre, pues…
- Pero, Señor – le interrumpió – no puedo ir a la villa de Cuéllar, territorio castellano y detener a su alcaide. Eso que me pedís …
- No os pido que vayais a Cuéllar, Capitán; sólo que lo detengáis.
- Pero ¿cómo hacerlo si no es así? 
- Porque el alcaide de Cuéllar se encuentra de incógnito, según he podido saber, aquí, en Urueña, territorio leonés y vuestra Villa.
- ¡Que decís¡ ¿Cómo sabéis eso?
- No importa cómo lo he sabido. El hecho es que está aquí, escondido en la Villa y que no os será difícil encontrarlo y ponerlo a buen recaudo en el castillo hasta que regrese vuestro Señor, pues quien sabe si ha venido con intención  de atentar contra sus intereses, que son los del Reino, porque si nó ¿qué hace aquí? – hizo una pausa para dar tiempo a  que el capitán Amador tratara de contestar la pregunta - ¿No sería lo más lógico que si su presencia no tuviera una finalidad delictiva, hubira venido al castillo a presentar sus respetos a vuestro Señor?
- Tiene mucho sentido lo que decís, señor López. Enviaré a algunos soldados a recorrer la Villa y con órden de prenderle, pero si eestá de incógnito como decís, no se habrá identificado por su nombre o condición en ningun sitio, por lo que sería de gran ayuda conocer algún detalle que permitiera identificarlo ¿podríais darme alguno?
- ¿Os serviría conocer que con él está un muchacho bastante alto y espigado que responde al nombre de Lucas?
- No es mucho, pero de algo servirá.
- Bien, Capitán; entonces todo queda en vuestras manos. Ahora volveré a mi casa.
No podrá escapar, iba pensando, pues seguro que no esperan que les puedan estar buscando. Detenido y encerrado en el castillo, no tendría problema alguno para marcharse hacia el noroeste con Marta tan pronto recibiera la noticia de la detención. Lo que ocurriera después no le inquietaba. Una vez fuera y lejos de Urueña ya no le importaba lo que pudiera ocurrirle a Daniel Mena. Y respecto del capitán Aldai, lo más probable es que fuera puesto en libertad, pues de nada podrían acusarle y no creía que el rey de León se enemistara con su primo castellano por un simple capitán, aunque fuera alcaide.
Pero…¿Y si todos sus cálculos fallaban y el capitán Aldai lo encontraba a pesar de todo? ¿Qué podría ocurrir si así sucedía? Había sido desterrado de Castilla, por lo que, si lo apresaba, no podría llevarle ante el Rey, a menos que Alfonso VIII estuviera al corriente de lo que el capitán Aldai estaba haciendo, ni podría entregarle a la justicia de Alfonso IX sin revelar que era un capitán castellano y alcaide de una de sus plazas recorriendo  el Reino de León para administrar justicia, algo que no sería  del agrado del rey leonés, por lo que esa posibilidad le parecía poco probable. Por otro lado estaba seguro de que el Capitán nunca  se tomaría la justicia por su mano, así que la probabilidad más lógica sería la de llevarle a Castilla; pero eso era algo que nunca iba a ocurrir, pues antes se daría muerte que volver a Toledo encadenado y sabiendo que pasaría el resto de su vida en prisión. 
La muerte no era el final que deseaba para sí mismo, pero… ¿Y si su muerte fuera la solución para, en el caso de ser capturado, seguir viviendo?
Sonrió con satisfacción. Realmente era un genio. El plan que se le acababa de ocurrir era  arriesgado, pero mayor era el riesgo si lo capturaban.

Consiguió llegar a su casa sin ningún encuentro indeseado. Respiró tranquilo y ordenó a Flora que fuera a buscar al físico y si ponía alguna objeción que le dijera que quien le llamaba era el consejero del Señor de la Villa.
El galeno, único en la Villa, no tardó en llegar acompañado por Flora. Era un hombre alto y flaco. Cubría su cabeza con un bonete alto y redondo con carrilleras y cogotera.Vestía una túnica  negra  y sobre ella una capa abierta del mismo color.  Sus ojos pequeños  y hundidos inspiraban más temor que confianza.
- Soy maese  Josué – se presentó – físico y sanador en esta Villa.
Con un gesto, Leopoldo López le indicó a Flora que saliera de la sala.
- Os he mandado llamar maese Josué, pues quiero que me prestéis un sevicio muy especial y por el que seréis generosamente recompensado.
Al oir lo de la recompensa, los ojillos de maese Josué se movieron inquietos en sus órbitas.
- Vos diréis, Señor, auque os advierto que mis conocimientos son limitados en algunos campos.
- Espero que no sea en el de la preparación de pócimas, pues es ahí dónde me seréis útil.
- Al mundo de las plantas medicinales dedico mi vida, Señor, así que confío en poder serviros a satisfacción.
El plan que había ideado era muy sencillo, pero para llevarlo a cabo, si fuera necesario, necesitaba la total colaboración del sanador, colaboración que tendría que comprar con una buena suma de dinero.
- Lo que os voy a pedir, os hará rico si es que aún no lo sois. Os daré dos doblas de oro cuando me entreguéis, y que ha de ser esta misma tarde, lo que os voy a pedir y otra dos cuando finalicen vuestros servicios.
Maese Josué no era un hombre con fortuna. En la Villa se ganaba el sustento y algo más, preparando pócimas, ungüentos, cataplasmas, encajando huesos dislocados, tratando migrañas, enfermedades de la piel,…nada que le reportara beneficios económicos desatacables, pues los más de sus pacientes, pobres también, pagaban sus servicios con frutas, verduras, a veces con alguna gallinas o un conejo, pero pocas veces con monedas, así que cuatro doblas de oro esra una gran fortuna. No pudo evitar frotarse las manos imaginándose tal cantidad de dinero.
- Os serviré con gusto, Señor, así que decidme qué he de entregaros esta misma tarde.
- Quiero que preparéis una sustancia que ingerida sea capaz de producir un estado similar al de la muerte durante varias horas ¿seréis capaz de hacerlo? – preguntó
- No es difícil, pues tal sustancia se prepara con las adecuadas proporciones de amapola, dormidera, lúpulo y valeriana, pero os prevengo que tomarla no está exenta de riesgo y nunca hay seguridad total de que el efecto pretendido  tenga el final deseado, por lo que  conveniente disponer del correspondiente antídoto.
- Os aseguraréis de que  todo vaya bien, ya que de lo contrario, no podrías pagaros las dos doblas de oro restantes.
- Entonces ¿sería para vos?- preguntó incrédulo.
- Así es - contestó -  Si me viera en la necesidad de tomar esa sustancia, aunque espero que no, y entrara en estado de rigidez, la sirvienta que os fue a buscar, os avisará para que certifiquéis mi muerte y os ocupéis de velar el supuesto cadáver, hasta que la pócima deje de surtir efecto. Debéis aseguraros de estar sólo cuando eso ocurra. ¿Me habéis entendido?
- Muy bien, Señor, pero decidme, si siendo como sois consejero del Señor de la Villa, creyéndoos muerto quieren trasladaros al castillo ¿cómo podré velaros y administaros el antídoto si fuera necesario?
- No es preocupéis por ello, maese Josué, pues no estando el Señor, nadie tomará esa decisión. ¿Tenéis alguna pregunta o duda más?
- Ninguna, Señor; y ahora, si me lo permitís, iré a mi apoteca a preparar la pócima que me habéis pedido.
- Id pues y  recordad que he de tenerla esta tarde.
Una vez que el físico se fue, llamó a Flora y le ordenó que comunicara  a la Señora que estuviera preparada para salir en cualquier momento.

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