jueves, 4 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LXII (05.04.2013)

Sancho Mena estaba aterrado; cabalgaba entre aquellos soldados como ausente. Temía más la ira que la justicia del rey. Sabía que Alfonso IX castigaba con extrema dureza las intrigas contra la Corona, quizás marcado por las muchas sufridas desde que fuera coronado y, aunque la suya no había sido contra el reino ni contra Él, había puesto en peligro las relaciones, siempre difíciles, entre León y Castilla y eso podría  ser considerado como traición.
Día y medio después de haber salido de Urueña, el edecán Juán Vallejo conducía a Sancho Mena ante  el Alférez de León, Rodrigo Pérez de Villalobos, quien le recibió con gesto serio.
- ¡Don Rodrigo¡ - le saludó con fingida alegría – Me alegra veros.
- No es un encuentro para la alegría, señor Mena, como ya supongo que os imagináis – contestó fríamente - Esperad aquí mientras informo al rey de vuestra llegada.
El Alférez de León, en las contadas ocasiones en que habían coincidido ya fuera en la Corte o en los campos de batalla, siempre le había tratado amablemente, por lo que el saludo que acababa de recibir, le hizo presagiar lo peor. 
Miró a Juan Vallejo, que permanecía de pie a dos pasos de distancia, esperando un gesto  o una mirada que le dijera que no tenía nada que temer, pero nada de eso encontró. La mirada del edecán del Alférez no era la mirada amistosa.
- ¿Conocéis, por un casual, a qué se debe esta  audiencia, señor Vallejo?
- Desconozco la razón por la que el rey quiere veros - contestó – pero no tardaréis en saberlo, pues  llega  Don Rodrigo.
- ¡ Acompañadme, señor Mena! Su Majestad os espera.
No conseguía para el temblor de sus piernas. Se acercaba el momento que, con seguridad, sería el más decisivo de su vida. Tragó saliva y siguió al Alférez.
Los soldados que custodiaban la puerta de entrada al la Sala del Trono separaraonn sus picas dejándoles el acceso libre. Don Rodrigo abrió la gruesa puerta y entraron en la Sala. A pesar de su estado de ánimo,  a Daniel Mena le sorprendió su austeridad. Esperaba encontrarse una sala suntuosamente decorada, con mobiliario de roble, tapices y pieles, y… sólo vio paredes desnudas, sin más elementos sobre ellas que las antorchas que la iluminaban, complementadas por la luz que entraba a través de una doble ventana de arco de medio punto en la pared lateral  de su izquierda, provistas de cristaleras que formaban el escudo de la Corona de León. Un  sillón de madera, seguramente de roble, con alto respaldo y colocado sobre una pequeña tarima cubierta con pieles de oso, era el trono desde que Alfonso IX regía los destinos del Reino de León. En la pared de la derecha, unas gruesas telas de color rojo colgadas de una barra horizontal dorada, ocultaban la puerta por la que hizo su entrada  el hijo de Fernando II y Urraca de Portugal, Alfonso IX, rey de León.
El monarca leonés era un hombre alto, no excesivamente corpulento, nariz  recta y grande; larga melena y barba negra rizada. Nacido el quince de  agosto del mil y ciento setenta y uno bajo el signo de Leo, era un hombre generoso,   cariñoso y muy seguro sobre lo que quiere hacer, pero también prepotente, intolerante  y dogmático. El Alférez Real y Sancho Mena inclinaron la cabeza cuando hizo su entrada. El Rey se sentó en el trono.
- Acercaos, Señor Mena – le ordenó – Nuestro primo, el rey de Castilla, Nos ha informado y documentado sobre la trama urdida por un amigo vuestro y con vuestra colaboración para enfrentar a nuestros reinos en una guerra fronteriza que Nos no deseamos ni tampoco Nuestro primo. No podemos ocultaros el desagrado que tal hecho Nos ha producido y especialmente por ser vos uno de Nuestros nobles más estimados. Espero que hayáis tenido amplias y profundas razones para actuar como Nuestro primo Nos ha relatado y que  tales razones hayan estado fundadas en informaciones interesadamente  errónes que vuestros asesores o consejeros os hicieran llegar, ya que  de no ser así, vuestros hechos serán considerados como de alta traición.  Os escucho ¡hablad!
El hecho de que el Rey pareciera estar dispuesto a aceptar que había actuado basándose en informaciones falsas, le dio un poco de esperanza. Si conseguía convecer al  Rey que la culpa había sido de su consejero y que sólo le había guiado el interés del Reino cuando decidió enviar las tropas a la frontera, quizás todo se resolviera con una generosa contribución a las arcas reales, lo que no era mal final teniendo en cuenta lo que esperaba desde que fue solicitada su presencia en la Corte, así que relató lo ocurrido, excepto lo relativo a cómo crearon las circunstacias para que Castilla enviara sus tropas al Hornija, pero poniendo énfasis en que había sido su consejero quien le había confirmado la presencia de las tropas castellanas y sus intenciones de cruzar la frontera.
- Recuerdo, Señor Mena – intervino el Alférez Real – que me dijisteis que  esa informacón la había obtenido de vuestros espías en Cuéllar.
- Así es Don Rodrigo, decís bien, pero tales espías había sido enviados por mi consejero informándome él de las intenciones castellanas. 
- ¡ Proseguid, proseguid! - le instó el Rey
Daniel Mena terminó su relato de los hechos y  de las circunstancias que los motivaron, reafirmándose en que, en todo momento, su único interés fue proteger la frontera del Reino y ningún otro.
- No ponemos en duda  vuestras  intenciones, Señor Mena – dijo el Rey – pero nos sorprende tanto vuestra imprudencia nombrando consejero a un hombre al que apenas conocíais, como vuestra ingenuidad actuando según sus indicaciones haciendo dejación de vuestra responsabilidad, pues Señor sois de Urueña y como tal habéis de actuar al servicio de la Corona y no al de interese ajenos a ella aunque fueran los vuestros. Nos habéis causado un gran perjuicio  y que no ha sido mayor porque Nuestro primo, el rey de Castilla, Nos envió, en buena hora, a su embajador para informarnos de la conspiración urdida por vuestro consejero. Sois noble de este Reino y Nos habéis prestado juramento de lealtad, por lo que vuestros actos traicionan tal juramento. No obstante – continuó – Nos inclinamos a ser condescendiente en atención a los servicios que  en el pasado reciente habéis prestado al Reino, y a que atribuimos vuestro comportamiento a la indeseable influencia de vuestro consejero. He aquí nuestra sentencia: apresaréis y ejecutaréis en la horca a vuestro consejero  bajo la acusación de conspiración contra el Reino – hizo una breve pausa – y vos, pagaréis vuestra parte de  culpa aportando, cuando las necesidades del Reino lo requieran, veinte hombres a caballo totalmente armados  y cuarenta infantes,  cuyas soldadas vos sufragaréis mientras permanezcan al servicio de la Corona.
Sancho Mena respiró aliviado. El encierro en una mazmorra o la pérdidad de su condición de Señor de Urueña, era la sentencia que esperaba, por lo que se consideraba afortunado con la dictada por el Rey en lo referido a la aportación de tropas. La captura de Leopoldo López y su ejecución le incomodaba sobremanera, pero no tenía escapatoria. No pondría en peligro su propia vida o su libertad por salvar la del comerciante tortosino. 
Inició el regreso a Urieña dispuesto a cumplir lo ordenado por su rey.

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