martes, 9 de abril de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO LXVI Y LXVII (10.04.2013)
CAPITULO LXVI
Dos días después del regreso del Alcaide y su esposa a Cuéllar, la Comunidad de Villa y Tierra, reunida en sesión extraordinaria y a propuesta de Pablo Isasi, acordó la celebración de unos nuevos juegos de toros, le feliz desenlace tanto del rapto de Marta De La Fuente como el final de la tensión bélica en la frontera, eran aconteciminto que lo justificaban sobradamente, pues tales juegos además de celebrarse por San Juan, también se hacían cuando algún acontecimiento importante y favorable para la Villa ocurría.
Lucas no tardó en visitar a Ana, la hija de Elpidio, el herrero. Oono empezó nuevamente a preparar su viaje a la lejana tierra africana. Fabián pemaneció en Cuéllar hasta que Oono partió. Después regresó a su añorada tierra amurriana y a su caserío de Mariaca.
El Padre Gumersindo se recuperaba de su herida y no tardaría en volver a asumir formalmente sus funciones de Secretario, pues de facto ya lo hacía aunque con la inestimable ayuda de Carmen Gómez.
La familia de Máximo Paniagua y su compañero, asesinados por los sicarios de Leopoldo López, recibieron una generosa ayuda económica del Alcaide y la Comunidad les arrendó, a un precio simbólico, un pequeño huerto extramuros.
Tras las desgracias padecidas, la felicidad parecía haber vuelto a aquella Villa rodeada por un mar de pinares y a sus gentes.
CAPITULO LXVII
Maese Josué estab pendiente del despertar de Leopoldo López. Cuando esto ocurrió se acercó a él y le contó lo de su falso entierro, así que para todos, incluido el Señor del castillo, estaba muerto y bien enterrado. El exregidor le ordenó que fuera a la herrería y que comprara su caballo diciéndole al herrero que, puesto que su propietario había muerto y él no había recibido pago alguno por sus servicios como físico ni por los gastos del entierro, que tenía derecho a su caballo. Si el herrero se negaba a entregárselo, entonces que le ofreciera la mitad de su precio y seguro que el herrero aceptaría, pues el caballo tampoco era suyo y lo más probable es que fuera requisado por el castillo si seguía allí.
Aunque le herida le había debilitado mucho tenía que salir de Urueña, pues la casa que habitaba no era suya y no tardaría en presentarse el dueño. Mientras que el físico cumplía su encargo, levantó la losa de la cocina, y con mucho cuidado, guardó la bolsa en el interior de su ropa una vez que hubo extraido de ella dos doblas de oro. Era el pago al físico.
Mientras a unas diez y ocho leguas de allí, en Cuéllar, se iniciaban los preparativos para los juegos de toros, una figura vestida con una túnica marrón y cubierta la cabeza con una capucha que impedía ver su rostro, salía por la puerta del Azogue, en Urueña, con destino indeterminado. El odio al Alcaide de Cuéllar era lo que mantenía su corazón palpitando. Su cabeza le decía que había perdido una nueva batalla, pero que la guerra aún no había terminado.
El verano señoreaba los campos de Castilla y León.
Fin del Libro II
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