martes, 30 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXI (01.05.2013)

Le dolía fuertemente la cabeza por el intenso esfuerzo de ahondar en su memoria  buscándose. Nada encontraba en ella que le dijera quien era. Sus recuerdos parecían estar al otro lado de un enorme e infranqueable muro. Toda su vida la constituían los sucesos que recordaba y estos no eran otros que el despertarse mojada y llena de barro y un vacilante caminar ¿hacía dónde? hasta que la oscuridad la envolvió. Después eran las espaldas de aquellos monjes hablando y el chirrido de las ruedas de una carreta mientras caía en un negro abismo sin fondo. Ahora estaba allí, sin saber dónde ni por qué, con su cuerpo dolorido y la aflicción clavándole en el alma sus afiladas garras.  Levantó sus ojos al cielo y el sufrimiento se transformó en una angustiosa súplica que, silenciosa, surgió desde lo más profundo de su corazón:
- Dios mío, mi Señor misericordioso, apiádate de mí pues estoy perdida. No sé quien soy ni conozco mi lugar en este mundo. Señor, me falta parte de mi vida y siento como  si con ella hubiera perdido parte del alma que Tú me diste. Dios de bondad, haz que se llene el vacío de mis recuerdos, te lo suplico humildemente. Apiádate de mi Señor, y alivia el sufrimiento de mi corazón, calma mi angustia y devuélvele la plenitud a mi alma. Por tu hijo Jesús, oye mi súplica.
Sintió el sabor salado de las lágrimas en los labios. Sentada sobre el viejo tronco de chopo, lloró silenciosamente hasta que sus ojos, secos ya, se cerraron en un sueño reparador del cuerpo y puede que también del alma.
La quietud de la noche solo era rota por los chapoteos de las nutrias pescando en los cercanos ríos Órbigo y Tuerto que flanqueban Requeixo de Alarico y algún jabalí hocicando en los sembrados.
Los muchos años  de vida monacal levantándose  para maitines y laudes  cada noche, unas veces de grado y otras por exigencia de la Regla, habían acostumbrado a  fray Apuleyo al sueño profundo, pero breve, de apenas  tres horas, así que apenas pasada la medianoche, se despertó y antes de que siquiera se hubiera dado cuenta de  dónde estaba, sus labios ya musitaban el salmo Miserére:
Miserére mei, Deus / secúndum misericórdian tuam / et secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum / dele iniquitátem meam / Amplius lava me ab iniquitáte mea / et a peccáto meo munda me/ Quóniam iniquitátem meam ego cognósco/ …
(Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa …)
Cuando abrió los ojos pudo ver que Gervasio estaba despierto, lo que le satisfizo pensando que también estaba rezando, pero interrumpió su propia plegaria la darse cuenta de que el aspirante a monje, que seguía sentado en un tronco frente a la muchacha, tenía la mirada puesta en ella como si nada a su alrededor existiera.
- ¿Duermes con los ojos abiertos o has entrado en éxtasis? – le preguntó en voz baja.
Gervasio se sobresaltó al oírle y sintiéndose sorprendido, la vergüenza subió a su rostro aunque fray Apuleyo no pudiera ver cuan rojo se ponía. 
- Pensaba que si la muchacha, que ahora está dormida, hablara en sueños, podríamos saber algo de su vida, por lo que estaba en forzada y cansada vela, tal como me habéis visto -respondió tratando de justificarse.
- ¡Ingenuo muchacho¡ Viejo soy y algo sordo, pero no del todo ciego- dijo fray Apuleyo con tono enfadado - Mañana, al atardecer llegaremos, Dios mediante, al final de nuestro viaje, así que ya poco importa saber quién es, de dónde viene o a dónde iba. Si la Abadesa de Santa María la acoge, será ella quien tenga que buscar las respuestas a esas preguntas, si es que son de su interés, así que cumple ahora con tus obligaciones y recita la plegaria de laudes, que buena falta le hará a tu alma pecadora.
Gervasio no respondió, sino que inclinando la cabeza en actitud piadosa, pareció entregarse al rezo.

El ruidoso canto de los pájaros en las cercanas choperas les despertó. El sol  aún no había hecho su aparición, pero la claridad que le precedía le permitió a Gervasio  enganchar la mula a la carreta antes de que fray Apuleyo terminara de rezar el salmo 5 correspondiente a la hora prima.
Marta seguía dormida, pero Gervasio no se atrevió a acercarse a ella para despertarla, en aras de no provocar el enfado del anciano monje. Fue este quien se acercó a ella.
- Despierta muchacha, que ya es hora de partir – le dijo mientras la zarandeaba del hombro - a menos que prefieras quedarte aquí, que sería lo más conveniente - añadió apenas en un susurro.
Marta abrió los ojos. Estaba pálida y ojerosa por el llanto silencioso de aquella noche. Su aspecto no era  nada saludable, lo que preocupaba a fray Apuleyo que temía que recayera en la inconsciencia y que tal estado fuera un impedimento para que la Abadesa de Santa María de Carrizo la acogiera en el monasterio. Era necesario mantenerla consciente hasta entonces y para ello necesitaba recuperar fuerzas, así que mandó a Gervasio que trajera un pedazo de queso y un trozo del pan que había en la saca y también que le acercara la vasija de barro bajo el pescante de la carreta - pues esta muchacha necesita hacer sangre para acabar con su palidez – añadió justificando así que hasta entonces  nada hubiera dicho de la existencia de la vasija.
Ante el gesto de extrañeza de Gervasio, que nada sabía sobre lo que el monje guardaba bajo el pescante, le dijo que se trataba de vino, el mismo que cada mañana les servían en el monasterio en cantidad de una hemina y que él acostumbraba a llevar  cada vez que salía de viaje, pues no olvidaba cuánto lo había echado en falta para calentar su cuerpo durante su primer viaje llevando la sal, ya que aunque había salido  de Moreruela con sol y calor, al segundo día el tiempo tornó bruscamente y a punto estuvo de enfermar de pulmonía por el frío y la humedad.
Marta  apenas comió y bebió un único sorbo de vino. Gervasio, a un paso de distancia, se fijó en sus ojos color miel  buscando su mirada, pero ella parecía ausente. Miraba al horizonte, sobre los chopos, hacia donde pronto asomaría el sol, pero era la mirada perdida de quien tiene el corazón desgarrado por el sufrimiento. Sintió deseos de acercarse a ella, cogerle las manos y decirle palabras de consuelo, pero…fray Apuleyo no lo contemplaría como un acto de compasión cristiana, sino como algo menos espiritual, tal como había ocurrido aquella noche cuando le sorprendió mirándola mientras dormía.

Después de lo ocurrido aquella noche y tras recitar la plegaria de laudes, se esforzó en dormir, pero no pudo. Su ánimo estaba inquieto y en su cabeza parecía haber perdido la capacidad de razonar, pues no sabía qué es lo que le estaba pasando. Aquella muchacha había despertado en él sensaciones desconocidas y contrapuestas. Mientras que un nudo estrangulaba su estómago ocasionándole dolor y desasosiego, una miríada de mariposas parecía haberse instalado en su corazón. Nunca, hasta ahora, había  sentido nada igual, por lo que no sabía si era algo bueno o desagradable a los ojos de Dios. Necesitaba el consejo de un hombre sabio y bueno, pero aunque esa consideración le merecía fray Apuleyo, no creía que fuera el más indicado para confesarle lo que le estaba pasando, pues ya le había juzgado aquella noche,
Gervasio, por indicación del monje, ayudó a  Marta a subir a la carreta, donde se acomodó sin siquiera preguntar a dónde iban. La verdad es que no le importaba. ¿Cómo le iba a importar tal cosa a quien  ni siquiera sabía como se llamaba o quién era?.
Fray Apuleyo, como en años anteriores, seguiría el curso del Órbigo por su margen izquierda, pues el camino era mejor, conservando aún en algunos tramos restos que indicaban que en el pasado había sido una importante vía de comunicación entre las poblaciones ribereñas. Quedaban solamente unas seis leguas hasta Carrizo, así que  antes de que el sol se ocultara tras el Teleno habría culminado  el que para él era su último viaje.
El terreno llano favorecía la marcha y no tardaron en cruzar los asentamientos  de Soto y Vecilla para adentrarse ya en las aldeas del alfoz de San Cristóbal  que apenas – comentaba fray Apuleyo – habían crecido desde que las conociera en su primer viaje. Veguellina, a la misma orilla del Órbigo, contaba con media docena de rústicas construcciones de barro, mientras que San Román, alejado del río unos cientos de varas, tenía una población mayor y sería en el siglo siguiente, sede de la Orden Militar de Malta u Hospitalaria de San Juan de Jerusalén al mando de un Prior militar, y que dio lugar a que la población empezara a ser conocida como San Román del Priorato. Siguiendo el camino, que nuevamente les llevaba a la orilla del Örbigo, se acercaban a Villamediana, cuyo nombre no tenía relación con su tamaño, sino con su localización a medio camino entre San Cristóbal, a cuyo alfóz pertenecía y  Villa Aurea o Villoria, que en el pasado fuera campamento de la Legio VII Ferrata e importante nudo de comunicaciones al pasar por la localidad la Vía que desde Astorga llegaba a León para seguir a  Zaragoza, así como por  formar parte del Camín Real que unía la Meseta o La Mesa con Asturias. Como todas las  viejas aldeas y los nuevos asentamientos a lo largo del Órbigo, Villamediana se había levantado paralelamente al río, quedando sus tierras de cultivo al oeste. Hasta estas tierras llegó el monótono chirriar de los ejes de la carreta que hizo que algunos labriegos que laboraban en la recolección del trigo enderezaran, curiosos, sus corvas espaldas. 
De la misma forma que le ocurriera al ver por primera vez la Vega del Jamúz, Gervasio contemplaba  admirado aquella llanura  que, desde la densa fronda de chopos a lo largo del cauce fluvial, se extendía sin sobresaltos orográficos entre el cordal del Teleno al oeste y la Cordillera Cantábrica, pues de ella formaban parte las montañas que se veían al norte, según le dijo fray Apuleyo.  El camino continuaba desde Villamediana a la aldea de Seisón, a unas trescientas brazas, desde donde se divisaban ya las casas de la población a la que los romanos llamaban Villa Aurea por el potencial aurífero del río que la regaba, nombre  que con el paso del tiempo derivó en Villoria. 
Al salir de Villamediana se encontraron con un rebaño de ovejas ocupando todo el ancho del camino y custodiado por dos enormes mastines, obligándoles a moderar la marcha, para contrariedad del fray Apuleyo.
- ¿Cuánto creéis que pesarán esos enormes perros, fray Apuleyo? –preguntó Gervasio.
- Más  de quintal y medio - contestó- pues el mastín, que de esta raza son los que ves  y me atrevería a decir que es el mastín leonés, es uno de los perros de mayor peso, lo que lo hace especialmente útil para pastorear en tierra de lobos. ¿Ves la carlanca con que el pastor les protege? No hay lobo que se atreva a lanzarse a su cuello? 
- Fray Apuleyo estaba locuaz, pues mientras Gervasio conversara con él, y aunque ello supusiera el incumplimiento  de la regla del silencio, no estaría pensando o pendiente de la muchacha a la que pronto dejarían en manos de la Abadesa del monasterio de Santa María de Carrizo.
Marta permanecía ajena a todo. Ni el paisaje, ni la conversación entre los dos religiosos, ni el sol que caía a plomo parecían importarle. Su cerebro seguía incansable buscando cualquier grieta o fisura en el muro que le separaba de su vida pasada. Su mundo actual apenas tenía cuatro días de existencia y se negaba a aceptar la inexistencia de una vida anterior. Tenía que recuperar el mundo que se le había ido de la cabeza. Su vida presente carecería de sentido si no lograba saber quien era. 

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