lunes, 8 de abril de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LXV (09.04.2013)

Sorprendido por la violenta e inesperada apertura del portón, instintivamente, Iñigo Aldai aferró con fuerza la empuñadura de su espada e inició el movimiento defensa y ataque que tantas veces  había practicado y ejecutado en el frente de batalla, presto para descargar el golpe.
La sangre pareció huir de sus venas cuando reconoció a la mujer que apareció en el umbral, iluminada su figura por un sol resplandeciente.

-  ¡Marta, amada mía!- exclamó a pesar del nudo que sentía en su garganta.

Marta creyó que el corazón le iba a estallar de la emoción cuando reconoció la voz de su esposo. Durante unos instantes sufrió un desvanecimiento que de no ser por la la rápida intervención de Iñigo, hubiera dado con su cuerpo sobre los peldaños de la escalera. Cuando se recuperó, su esposo la mecía entre sus brazos mientras cubría de besos su rostro
- Mi amor, vida mía. Cuánto habrás sufrido, cuántas penalidades y angustias habrás pasado durante este tiempo, pero ahora…
- Iñigo, mi amado esposo, calla, te lo riesgo y sólo abrázame, estréchame entre tus brazos a los que llegué a pensar que nunca más volvería. Déjame sentir tu calor y que mis lágrimas fluyan libremente pues son la forma en que mi corazón muestra su alegría por volver a estar junto a ti.  ¡Amado mío…¡En lo más profundo de mi corazón sabía que estabas cerca, muy cerca de mí buscándome. Era como si  tu corazón le enviara un mensaje al mío diciéndole que estaba muy próximo y que pronto todo acabaría
La emoción del encuentro les alejó por un momento de la otra realidad, de la que Marta había vivido hacía unos instantes en el interior de la casa.
- ¡ Dis mío! - exclamó  al recordar lo que acababa de ocurrir
Rápidamente y entre sollozos, le contó a Iñigo que, cuando intentaba abusar de ella, había apuñalado al anterior Regidor de Cuéllar con su propia daga, pues él había sido su raptor, y así pudo escapar.
El Capitán le dijo que esperara fuera de la casa mientras él entraba. Encontró a Leopoldo López semiincorporado con la espalda apoyada en la cama. Vio el mango de la daga sobresaliendo entre la ropa manchada de sangre. Su respiración era débil y su cara estaba pálida. Parecía estar agonizando, pero aún así reconoció al Capitán.
- ¿Vos otra vez? ¡Maldito seáis por mil años! - apenas podía hablar y solo el odio que sentía por Iñigo Aldai le dio fuerzas para pronunciar aquellas palabras con las que resumía todos los sentimientos que aquel hombre, al que responsabilizaba del  fracaso de su vida, le inspiraba.
- Os creía muerto, miserable, pero mejor que viváis para poder sentir el hacha del verdugo cercenando  esa vuestra cabeza capaz de idear la forma de causar sufrimiento a las personas inocentes. Merecéis la peor de las muertes y yo a gusto terminaría lo que vuestra propia daga ha empezado, pero eso sería lo mejor para vos. No, no os ajusticiaré yo. No recibiréis la muerte de mi mano. Será la justicia del Rey la que acabe con vuestra miserable y mezquina vida.
- No estéis tan seguro de ello – contestó jadeando - pues primero tenéis que llevarme ante el Rey y esta puñalada os lo impedirá - notaba que las fuerzas le abandonaban y quiso lanzarle  al corazón un último venenoso dardo – como tampoco lo estaba vuestra esposa de disfrutar con mis tiernas caricias, y si  no lo creéis - añadió en un último esfuerzo - preguntádselo a ella.
- ¡Miserable! Tenéis un corazón tan ruin como cobarde, pues de nada sois capaz si no es mediante la traición, la mentira o el engaño. Nada tengo que preguntar a mi esposa, pues antes se quitaría la vida que ceder ante vos.

Leopoldo López cerró los ojos y pareció expirar.
En ese momento  un hombre hizo su entrada en el aposento. 
- Soy el físico – dijo a modo de saludo – Una sirvienta me ha ido a buscar urgentemente pues la Señora de la casa se encontraba gravemente indispuesta, pero parece que se ha recuperado ya que estaba en la entrada de la casa. Ella misma me ha dicho que estabais vos aquí pues había un hombre muerto.
- Me temo que llegáis tarde, pues este hombre, afortunadamente para él, parece que ha comparecido ante el inapelable juicio de Dios Nuestro Señor para responder  de sus horribles pecados.
- Maese Josué reconoció al hombre que le había pedido la pócima y que le había prometido una fortuna.
- Permitidme Señor, que lo examine para así poder certificar su muerte – dijo mientras se inclinaba sobre el  supuesto cadáver.
Palpó su pulso en el cuello.
- Aún vive, aunque está sumamente débil - informó al Capitán, pero Iñigo Aldai había abandonado la estancia.
Al abrirle la camisa para extraer la daga y valorar la gravedad de la herido, vio el frasco que contenía la pócima que le había preparado, lo que quería decir que no la había ingerido.
Tras examinar la herida, concluyó que no había perforado el estómago aunque sí había cortado algunas vasos sanguíneos perdiendo mucha sangre. De su bolsa sacó  un frasco  cuyo contenido vertió sobre la herida. Acto seguido enhebró una aguja y cosió la herida, espolvoreando el contenido de otro frasco sobre la sutura. Colocó un apósito que cubrió con  unas hojas de color ocre y envolvió la cintura con una ancha tira de tela. Después colgó el frasco con la pócima y con el dedo pulgar el corazón de su mano izquierda apretando sobre las mandíbulas consiguió que entreabriera la boca vertiendo el contenido del frasco en ella. 
El efecto del tóxico era cuasi inmediato, así que cuando comprobó que su pulso apenas era perceptible, incluso para un experto como él, y que parecía no respirar, se levantó y salió del aposento con cara de circunstancias.
En la estancia de entrada de la casa, Marta, que seguí abrazada a Iñigo, comentaba con Fabián y Lucas que, ante la tardanza, había acudido por si fuera necesaria su ayuda. 
- Señor – dijo dirigiéndose al Capitán – lamento que mis conocimientos no hayan sido los suficientes para  conservar la vida de ese hombre, quien ha entregado su alma mientras curaba su herida a Dios Todopoderoso. Ahora sólo resta  avisar a sus deudos y entregar su cuerpo a la tierra.
- Siento que no hayáis podido salvar su cuerpo, pues ese hombre, antes de responder ante Dios Nuestro Señor, debía purgar sus delitos en la Tierra. Respecto de sus deudos, no se le conocen, pero ese hombre era consejero del Señor de esta Villa, por lo que debierais informarle de su muerte, y a quien habéis de decir también, que había sido desterrado por traición, del Reino de Castilla y que había raptado a la esposa del Alcaide de Cuéllar, ocultándose en esta Villa para eludir la acción de la justicia, y que su muerte ha sido el justo castigo por su execrable delito.
Maese Josué supo disimular la sorpresa que le producía tal noticia, pero, al fin y al cabo, no era asunto suyo lo que aquel hombre había hecho. Él sólo tenía que ocuparse de certificar su muerte y velar su cadáver hasta que recibiera sepultura y auxiliarle cuando se recuperara de su estado de catalepsia, es decir, cumplir lo acordado para recibir las doblas de oro prometidas.
- Así lo haré, Señor – contestó- Y ahora, si me lo permitís, prepararé el  cadáver para su traslado, si así fuera dispuesto.
- Id y haced lo que os corresponda, físico.
Salieron los cuatro hacia la puerta del Azogue. Oono les vio llegar y su corazón saltó de alegría al ver que la Señora venía con ellos.
El sol empezaba a declinar cuando montaron y partieron en dirección a Cuéllar. Disponía solo de cuatro caballos y Marta montaba con su esposo, por lo que no podían cabalgar al galope. No llegarían aquella noche, pero no querían perder tiempo. Su felicidad sería plena cuando estuvieran en la Villa.
Pernoctaron en una posada en Serrada y al día siguiente, cuando llegaron a Cogeces, Lucas se adelantó para informar al castillo y la regidor Pablo Isasi de que el Alcaide  y su esposa llegarían a  mediodía a la Villa.
La noticia se corrió por la Villa como el humo empujado por el viento y pronto la multitud se congregó espontáneamente en la explanada delante del castillo para dar la bienvenida al Alcaide y a su esposa. Cuando hicieron su entrada por la puerta de San Basilio, las campanas de las iglesias y templos tocaron a rebato sumándose a la bienvenida. Los cuellaranos congregados vitorearon a los llegados quienes con gestos, ya que el gritería haría inútil pronunciar cualquier palabra, agradecieron el caluroso recibimiento.

Sobre sa misma hora hacía su entrada en Urueña, en solitario, Sancho Mena. Le recibió Amador García, quien le informó sobre la muerte de Leopoldo López, apuñalado por un hombre que dijo ser el Alcaide de Cuéllar y cuya esposa había sido raptada por el consejero.

El Señor de Urueña, respiró aliviado. La sentencia dictada por el Rey le iba a suponer, en su momento, un importantísimo desembolso económico, pero del que  tarde o temprano se resarciría; pero tener que ajusticiar a su consejero, le resultaba extremadamente desagradable, así que si alguien ya le había dado muerte, le quitaba ese problema de encima. Despacharía a un correo a la Corte para informar al Rey de que el conspirador estaba muerto; no le contaría cómo. Eso era secundario.
Amador García le informó también que el cadáver estaba en su casa, velado por el físico,  a la espera de lo que se decidiera hacer con él.
- ¡Que le den sepultura cuanto antes¡ - respondió.
Cuando Maese Josué recibió la orden de ocuparse enterrar el cadáver cuanto antes ya se vio con la fortuna prometida en sus manos. Cuando el se quedó sólo en la casa, buscó por los armarios, alacenas y cajones, así como por detrás del escaso mobiliario la bolsa donde suponía que aquel hombre que yacía tumbado en el suelo guardaba sus dineros. Nada encontró, pues Leopoldo López no era hombre que se fiara de cualquiera, y menos de un cómplice, por lo que, en previsión de lo que pudiera ocurrir hasta su salida de Cuéllar, mantenía su dinero a buen recaudo en una bolsa escondida bajo una losa en la cocina y que recogería en el último instante anterior a la salida.
Por esa razón, el físico tuvo que permanecer al cuidado del muerto y seguir con lo acordado hasta el final.
Compró un ataúd  que transportó vació hasta el camposanto donde fue enterrado. Después regresó a la casa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario